Respira (con tapabocas)

Todo se ha detenido, incluso mi respiración. Mi cara y los dedos de los pies sienten el frío que deja el aire al esquivarlos, mientras oigo un ronroneo cada vez más fuerte y profundo que opaca poco a poco otro sonido; este, parecido al que hace el arroz inflado en un bol de leche. Cuando alcanza su máximo volumen, al ronroneo se suma el de burbujas reventando en agua y entre estos escucho una voz. Creo que es de mujer y tiene un tono consternado.

Pero nada se ha movido. Yo no me he movido. Mis pulmones no se han movido.

Me empieza a invadir una nube de escape. Quisiera olerla, que me hiciera toser, pero nada. Ahora oigo una voz masculina. “¡¿Otra vuelta?!” No respondo. No puedo responder. La voz femenina: “¿estás bien?” Me encantaría contestar.

Magnificado por las lagrimas, me deslumbra el sol de mediodía. Intento inhalar. Consigo exhalar: “neh.” Despacio, giro la cabeza de un lado al otro. Mi cuello funciona. Inhalo bocanadas microscópicas de aire.

Recuerdo los sonidos que escuché al caer. Algunos ya los conocía: la cachetada, el zumbido agudo que se enciende dentro de la cabeza e incluso el crujido de la espalda y cuello. Faltaban los suspiros acelerados y profundos; sobraba el que hace el bambú al quebrar bajo el agua.

Un velerista campeón de la Copa America dijo hace poco que “estrellarse contra el agua a 40km/hr es como ir a toda velocidad en la bicicleta y que un bombero te encienda la manguera en la jeta”.

“¿Estás bien?” Estiro los brazos hacia mis pies pero no llego ni a las rodillas. Mi abdomen rehúsa contraerse. El chaleco salvavidas es más fuerte que mi torso. Ese extraño sonido de bambú… Sufro por exhalar. “Neh.” ¿Cómo le voy a hacer para quitarme el wakeboard?

Qué impotencia, qué tortura… respirar. Una actividad natural e inconsciente de súbito vuelta sobrenatural y consciente.

De pequeño tuve asma. Recuerdo partidos de fut abandonados y paradas al bat dudando si llegaría hasta primera. Veinte años separan esos recuerdos de la siguiente vez que observé el vaivén natural de mi cuerpo. Fue en un curso de yoga, del que salí sorprendido del calor que podía generar con tal de respirar de cierta manera. Luego, cuando aprendí a bucear: no te puedes andar echando los tanques de hidalgo y aguantar la respiración puede deformarte. Más tarde, me volví a fijar durante un retiro de meditación. Descubrí que observando la respiración podía alcanzar momentos de dicha inimaginables.

Aun así y a pesar de los tiempos, necesité una emboscada por el H. Cuerpo de Bomberos de Acapulco para recordar.

Respira (con tapabocas). Anitya.

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