El Humor sovietilandés

Ya en julio de 2003, cuando visité Sovietilandia por primera vez, había llegado a la conclusión que los locales eran malolientes. Durante un recorrido de dos semanas por los monasterios del Zolotoe Koltso (Золотое Кольцо) tuve la oportunidad de ver el proceso de descomposición del ser sovietilandés, pasando de estar bien peinado, bañado y con ropa limpia, a traer el pelo seboso, oler a curtido de ajo, cebolla y pepinillo, portar ropa con manchas de borsh y gulash y, por supuesto, ofuscar con el clásico e internacional aliento a cenicero.



En aquel entonces viajé acompañado de Veribor, aquel gran amigo que seis años después ayudaría a los personajes del testimonio de Yuri Pavlovich a entrar a Sovietilandia. No obstante su parecido sovietilandés, Veribor no hablaba más que un “spasibo” o un “kak dila?” en ruso y yo lo hablaba peor que Peña Nieto inglés. Íbamos con la pura intención de ver qué tal se ponían Moscú, las devushkas y los suvenires de la era soviética. Para darle tintes serios al viaje, nos inscribimos a dos semanas de ruso intensivo en el Instituto Pushkin; un lugar único que, por su bananerismo, nivel de peda, peculiar afluencia y guardias malpedisimos, merece un cuento independiente de éste.

Sergei Posad

El resto de la vacación lo arriesgamos en un paseo todo incluido, todo pagado, todo explicado, todo supervisado, todo en grupito, por el Zolotoe Koltso. En el barrio chino de Moscú encontramos una agencia de viajes de mala muerte donde una pelirroja parecida a Leeloo (la del Quinto Elemento) solo que más flaca y menos madreadora, wiixandose de la risa, accedió a vendernos unos VTPs para pasar nuestras vacaciones en compañía de Sergei, el guía, y otros cuarenta sovietilandeses de clase mediojodidona.

Veribor, con una maleta de ruedas gigantesca y yo, con una mochila del tamaño de su maleta, nos extrañamos cuando al llegar al punto de partida del turíbus vimos que la mayoría de los pasajeros no llevaban equipaje o que el que llevaban era pequeño y parecía estar vacío. Nos sentimos como moscas en la sopa, observados con curiosidad y desprecio por los demás pasajeros, pero sobre todo por Sergei, quien seguro no había recibido de Leeloo advertencia alguna respecto a los dos amerikantsi (como en México, los turistas siempre son gringos) que se sumaban a su aventura.

Con el paso del tiempo, nuestros compañeros de viaje nos fueron perdiendo el asco y nosotros… lo contrario. Intentaban hacernos conversación, se preocupaban porque Sergei no nos fuera dejar botados en algún pueblucho e incluso empezaron a invitarnos a salir en sus fotos de familia.


Más allá de los malos alientos y sin ser mujeres que están al pendiente de la ropa que usa la gente en las bodas, nos fuimos dando cuenta que éramos los únicos desfilando cada mañana con ropa limpia y olor a champú: Sergei y sus seguidores se resistían al cambio de vestuario, eran fieles al peinado de almohadazo, y parecían estar empecinados en concentrar su hedor a ajo, cebolla, pepinillo, vinagre, etc. en el camión. Estuvo cabrón… dos semanas… Tras dos semanas fétidas despedimos a nuestros amigos, quienes descendieron del turíbus con un look seboso, pero en todo lo demás idéntico a cuando abordaron, ahora sí cargando maletas llenas e incluso nuevas, todas repletas de matrioshkas, jarrones de cristal, bordados y demás parafernalia que uno hubiera creído destinada al consumo de los amerikantsi. Nuestros tavarishi demostraron lo prácticos que eran, olvidándose de las ventajas que traen las mudas de ropa y dejando pendiente la compra o llenado del equipaje hasta saber cuantos suvenires compraron en la vacación. Es en este comportamiento que se distingue la esencia del sovietilandés: pragmatico como un soviético, consumista como un gringo.

Así, una abuelita sale de vacaciones con su bolso y un paraguas y regresa a casa con su bolso, un paraguas y una bolsa de plástico llena de regalitos para la familia; un recién graduado lleva su chamarra de jeans, un walkman y una chela y a la vuelta a esto le suma una matrioshka y alguna piedra que se haya encontrado sobre la banqueta; una familia, si es antojadiza, parte con una maleta llena de salchichas, salami-jamón (колбаса), pan, pescados deshidratados, maruchans, pepinillos, jitomates y cebollas y vuelve con la misma maleta, ahora llena de juguetes, adornos, aparatos electrodomésticos y chupe. Todos, sin distinción de genero, religión, afiliación política, edad o estrato social, retornan a sus casas oliendo a madres.

Varios años más tarde, mientras cruzaba de Ucrania a Rusia por el estrecho de Kerch, a fin de evitar pasar la noche en la ciénaga del Puerto Kavkaz, tuve que pedirle aventón a un camión que iba camino a Sochi con una piara de sovietilandeses similar a la que conocí en el Zolotoe Koltso. Uno de estos era un monje ortodoxo convencido -y así me lo expresó- que una de las consecuencias menos placenteras de ingerir alimentos de origen animal era la secreción de malos olores y que, gracias a su vegetarianismo, peregrinaba durante meses sin necesidad de un baño. Tal aberración me dejó claro que uno sólo huele el halo ajeno, por lo que después de intercambiar unas palabras más, me alejé y volví a una respiración nasal.

Abordo del transiberiano todo esto se acentúa. Pasan días enteros sin que la gente se eche aunque sea un jicarazo; la ingesta de pepinillos en vinagre se da a todas horas; bebes llenan sus bacinicas a pocos centímetros de uno y oleadas de azufre recorren sin frenos los pasillos del platzkart, donde, muy a pesar de todas sus desventajas, el aire fluye por todo el vagón y convierte en pasajeros los momentos nauseabundos. En la categoría superior –kupé– se presenta el mayor sufrimiento en cuanto a tufos se refiere, ya que consiste de una cabina para cuatro pasajeros con una ventana que rara vez abre y donde el mal olor de la banda alcanza concentraciones que provocan claustrofobia.

Tal fue nuestra experiencia cuando emprendimos el camino de Vladivostok a Ulan Ude, ahora en clase kupé para limitar nuestro contacto con sovietilandeses.

A estas alturas de la Odisea ya no disfrutábamos viajar en tren y soñábamos con volver a nuestras casas. De Tynda al Consomé del Amor (Комсомольск на Амуре) sufrimos el acoso de una familia de teporochos que nos tuvo entre borrachos y crudos durante más de dos días y, a pesar de que en el Consomé tuvimos la oportunidad de ducharnos, en Vladivostok, tras cuarenta horas en el platzkart solo fue posible higienizarnos con un chapuzón en el Mar de Japón. No habiendo resting rooms ni duchas en la terminal de este puerto, tuvimos que abordar el tren con un humor cuasi-sovietilandés. De inmediato festejamos ser solo tres en la cabina, pero al tratarse de un viaje de 76 horas a Ulan Ude, sabíamos que en cualquier momento nuestra suerte cambiaria. Efectivamente, una mañana (cuando ya llevábamos aproximadamente cien horas sin un baño decente) nos detuvimos en Chita para permitir el ascenso a un joven que, a pesar de su aspecto aceptable, superaba incluso el hedor de aquél monje iluso antes mencionado. El cabrón manejaba un tufo tan fuerte, acido, penetrante, que hasta tenia sabor y erizaba la lengua de disgusto; lo que nos obligó a pasar las últimas 20 horas del viaje deambulando por el tren cuales pasajeros del economiquisimo platzkart.

Son, pues, humores sumamente gachos los que acompañan al aventurero por Sovietilandia. A pesar de lo dificil que es aguantarlos, he de precisar que el platzkart huele a Vel Rosita si uno lo compara con el metro parisino y que ni en sus peores días el sovietilandés apestará como un compa de la India.

De Cabo da Roca a Moscú, el amuse-bouche del transiberiano

Para apreciar correctamente el estado de ánimo con el que llegué a Beijing, sin entrar en mucho detalle, es importante mencionar que, habiendo salido de Lund, Suecia, mi primera parada fue Madrid, donde durante un fin de semana (que mi hígado todavía resiente) celebramos la despedida de soltero de un muy buen cuate que una semana después se casaría en Lisboa con una linda portuguesa. Deteriorados física y económicamente por las cubas de 14 euros del Pacha, 2 monstruos, una princesa guerrera, un litro de vodka y un servidor y amigo de todos ustedes, Vasily Ivanovich Kamerno, emprendimos el camino a Lisboa, pasando a degustar las tapas y bebidas locales, conocer los bares y antros, turistear tantito y crudear bastante, en Salamanca y Porto. Llegamos a la boda a entonarnos, bailar, reírnos, brindar, gritar, llorar, vomitar, etc. Al día siguiente, algunos invitados decidimos intentar recuperar la salud con un paseo a Cabo da Roca, donde el viento, la increíble vista hacia America y el saber que pasarían dos meses y medio antes de llegar a Beijing, me erizaron la piel y revolvieron la alberca de tequila que guardaba en mi panza.

Un día después, uno de los monstruos, Pëtr, su porcina (H1N1) y yo dejamos la civilización occidental para dar inicio a la verdadera aventura e inmiscuirnos en Sovietilandia. El buen Pëtr iba tosiendo todo el camino, espantando a los pasajeros y a mi, aunque por diferentes motivos: yo sabia que su enfermedad era resultado de los excesos de la despedida de soltero, boda y demás convivios, mientras que los demás pasajeros solo sabían, a lo mucho, que era mexicano. Mi temor era que nos fueran a meter en cuarentena al bajar del avión, ya que a principios de junio esa era una practica muy común, especialmente aplicada a mexicanos. Sorprendentemente, a una polaca muy guapa que iba leyendo El Laberinto de la soledad no le causó tanto asco y hasta se puso a platicar con el sobre literatura mexicana, con lo cual Pëtr dejo de poner atención a las clases de cirílico que estaba intentando darle. Hicimos escala en Katowice, Polonia, donde mientras esperábamos nuestras maletas me volví a sorprender: primero, al ver las piernas interminables de nuestra amiga polaca de 1.85m. y luego, al sentir los pequeños mordiscos y jaloneos de un labrador negro, seguidos de los gruñidos de un soldado malencarado. Sin discreción alguna fui alejado de los demás pasajeros, metido en un cuartito e interrogado por algo que nada tenía que ver con la H1N1, lo cual en mi cabeza no hacia ningún sentido puesto que Pëtr era la verdadera amenaza.
Tras unos diez minutos de intercambios en una mezcla de ruso, inglés y polaco sacado del calzón, recupere mi libertad, so advertencia que el labrador no iría lejos. Para entonces, la polaca, aterrorizada, ya se había alejado de Pëtr.
Al término del día llegamos a Kiev, donde afortunadamente Pëtr logró mantener la respiración durante las horas que se tardaron en ponerle el sellito al pasaporte. De haber tenido la porcina, Pëtr hubiera contribuido a su propagación por todo el planeta: en la boda hubo gente que venia de México, Estados Unidos, Rusia, Europa, Australia; la luna de miel fue en África; y yo estaba empezando mi Odisea hacia Asia.

En cuanto a Ucrania, la verdad es que no tenia ninguna expectativa ni planes: Llegue con la intensión de pasar 2 semanas y terminé quedándome un mes, de tanto que me gustó. Además de Kiev, visité Poltava, Kharkiv, Odesa, Yalta y varios pueblitos en Crimea. Me cruce a Moldova un par de días e incluso estuve en un país que no existe: Transnistria, ubicado entre Moldova y Ucrania. En este pequeño territorio de muy escasos recursos, sufrí la clásica extorsión al turista. Me querían cobrar 100 dolares para poder salir, pero gracias a mi excelente nivel de ruso con acento de albañil y experiencia en el trato con tamarindos logré escaparme con una muy módica cooperación.
Recorrí todo Crimea, visitando playas, iglesias, pueblitos, castillos y bases militares secretas, hasta llegar a Kerch, donde tome un ferry a Rusia.
Fue en este tramo que me di cuenta que me había excedido en mi grado de aventurero, pues el ferry me dejó a las 8pm en una terminal marítima a 50-60 kilómetros de cualquier pueblo, cuando yo esperaba encontrar una ciudad con vía férrea o por lo menos estación de camiones. Antes de que se vaciara el ferry intercepté un camión que iba hacia Sochi (pueblucho casi en la frontera con Georgia donde serán las olimpiadas de invierno en 2014) y me apalabré con el chófer para que me diera un aventón. No era mi plan ir tan al sur, pues en realidad mi objetivo era Moscú, pero ya a bordo del camión, rodeado de gente de fuertes humores pero feliz de haberme salvado de una noche en los manglares que rodean el Puerto Kavkaz, decidí ir a ver que había.

Después de unas 15 horas de marzhrutka llegué a Sochimilco, donde pasé el día echado en una playa de piedras y mar lleno de medusas. Aproveché para quitarme un poco del mal olor que me habían pegado mis compañeros de viaje y el monje en particular. En la noche de ese mismo día emprendí el camino hacia la capital. Fue largo y apestoso, e implico otras 50 horas sin ducha.
Pude darme una refrescada en el Río Don, durante una breve escala en Rostov del Don, pero de igual manera llegué al festival de la cerveza en Moscu oliendo a ajo, cebolla, pepinillo y vinagre.
En Moscú disfrute de unos días con mi novia moldovesa, mi amigo Veribor y su mujer, y encontré a los 3 amigos con los cuales viajaría hasta Beijing: Andrei, Yuri y David.
Habiendole dedicado un par de días a tramites de visas y turisteo por el Moscva, Andrei, Yuri y su servilleta nos subimos al famoso Transibirski Magistral, guzano de fierro abordo del cual –little did we know- recorreriamos aproximadamente 15,000km (la mitad de los cuales no estaban planeados); pasariamos 250 horas en platzkart (a.k.a. toilet class o auschwitz express) y 100 horas en clase «decente» (goulag nostalguia); beberiamos quien sabe cuantas cervezas y botellas de vodka; conviviriamos con decenas de sovietilandeses; y perfeccionaría mi ruso de albañil. De esto David ya no se enteró, pues en su primera noche en Rusia, y primer encuentro con messieurs Rusky Standart y Beloe Zoloto, perdió su pasaporte y cartera y tuvo que quedarse atrás.