La Caída de un Titán. Parte II.

En mayo publiqué la primera parte de esta triste historia y esperaba publicar una parte al mes hasta llegar a este, que fue el mes en que Sacha Mandinga murió. Sobra decir que me distraje, pero ahora que estoy por partir a Madagascar en velero siento que no puedo dejar pasar más tiempo; no vaya a ser que la historia acabe en las profundidades del Océano Indico. (A partir del 7 de octubre podrás seguir la ubicación del velero en tiempo real a través de este link).

Es posible que para quienes conocieron a Sacha resulte difícil la lectura de estos textos y entender como una situación aparentemente bajo control escaló a una tragedia. Tal vez haya quien opine que todo hubiera podido darse de otra manera, que fuimos unos estúpidos o incluso juzgar que soy parcialmente responsable de lo sucedido. Yo lo viví y sé que darle vueltas no lleva a nada. Mejor, reconocer que la vida es frágil, bella y única y tratar de aprovechar el tiempo y vivirla feliz.

 

Ketapang Guesthouse, Canggu, Jueves 3 de septiembre de 2015.

Como en noches anteriores, Sacha no logró descansar mucho. Le tomó mucho tiempo alistarse para emprender el camino al Hospital General Kasih Ibu; uno de los recomendados por el doctor de Kuta, Lombok y también el más cercano y fácil de llegar  desde Canggu, según Google Maps.

Mientras lo esperaba, yo cotorreaba con Lela y Putu, las encargadas del hotel, compartiéndoles la cronología de la odisea que emprendimos al despedirnos de ellas tres meses antes, el amor que en este tiempo desarrollamos por Indonesia, nuestros avances en el idioma y lo bien que se habían portado nuestras motos, Juanita Chantik y Chinta Besar, a pesar de las largas distancias y los pésimos caminos sobre los que les tocó rodar. Se sorprendieron mucho cuando Sacha por fin salió del cuarto, acercándose tímidamente a pedirles de desayunar; lo recordaban con una tremenda sonrisa, siempre haciendo un esfuerzo por expresarse en indonesio y conversar un poquito.

Cerca de las 12pm partimos hacia Denpasar. Ahí se nos fue el día entre análisis de sangre, pláticas con varios doctores y la resonancia magnética; justo el tipo de actividades que yo odiaba y que sentía eran muy personales como para hacerlas acompañado. Varias veces quise dejar a Sacha solo pero lo sentía en las nubes y notaba que necesitaba ayuda para comunicar sus síntomas y entender las preguntas o comentarios que le hacían los doctores. Al final del día, yo sentí que le había ido bien y que indudablemente le confirmarían que con tantito reposo y unos chochitos quedaría como nuevo.

Nos regresamos a Canggu y, como era jueves por la noche, decidimos darnos una vuelta a Old Man’s a echar el taco de ojo y ver si había buena música en vivo, pues teníamos gratos recuerdos de un jueves cuatro meses antes, donde además de la buena música y ambiente, esa noche sucedieron cosas insólitas: un amigo quiropráctico nos corrigió la espalda, nadamos bajo la luna y las estrellas con doce preciosas yoggis en cueros y nos chutamos una aburridísima final de la Champions. En fin, se nos antojó ver si había algo interesante y también queríamos olvidar un poco lo que habíamos hecho durante el día. Desgraciadamente, no había mucha gente, así que luego de una cerveza decidimos regresar al Ketapang a ver una peli y dormirnos. Aproveché que aún era temprano para ponerme de acuerdo con nuestra coyote de las visas, Valeria, pues estás vencían el martes 8 de septiembre y queríamos que nos tramitara la renovación lo más rápido posible para seguir nuestro camino hacia Java. Sacha había quedado de ver a una amiga, Constance, en Yogyakarta el fin de semana del 20, lo que nos dejaba poco tiempo para hacer el recorrido e incluir unas visitas a Njean y Bromo, volcanes que habíamos optado por brincarnos meses antes, cuando estuvimos en Yogya y yo sentía que me moría de paludismo.

Viernes 4 de septiembre de 2015.

Llegamos al Kasih Ibu a medio día a preguntar por los resultados de Sacha. Nos pasaron a la sala de urgencias, donde, sin introducciones elaboradas ni rodeos, la neuróloga colocó las radiografías sobre una pantalla de luz. No fue necesario escuchar lo que decía -y Sacha probablemente lo dejó de hacer tan pronto encendió la pantalla- las imágenes hablaban por sí solas. La expresión en la cara de la doctora y una foto que mostraba una mancha más grande que una pelota de golf me dejaron claro que estaba atestiguando una pesadilla que sólo había visto en la tele. Le estaba confirmando lo que en días anteriores Sacha se había imaginado y lo que yo juraba era una estupidez creer.

Sentí como se me acalambrada la quijada y volví a desear estar en otro lado. Entre otras cosas desagradables, la doctora le informó que a pesar de ser viernes, no habría fiesta en Deus y que convenía que se quedara en el hospital en tanto lo medicaban para atender el dolor de cabeza y prepararlo para el vuelo a casa, pues su vacación había terminado.

Lo instalaron en una recamara del cuarto piso que contaba con una buena vista a los tejados de Denpasar y nos permitía echarle un ojo de vez en cuando a nuestras queridas Chinta Besar y Juanita Chantik, mientras estas aguardaban noticias en el estacionamiento del hospital. Lo habían internado justo antes de la cena, así que lo primero que una de las enfermeras le preguntó era qué iba a querer cenar, mostrándole un menú típico de warung indonesio. Sacha se pidió el clásico nasi goreng y, cuando llegó, yo me fui a buscar unas papitas y una coca a la tiendita de la recepción. Pasamos la tarde viendo el campeonato mundial de atletismo mientras el me platicaba de sus logros universitarios, comparando sus tiempos con los que íbamos viendo en la televisión. En ocasiones se sorprendía al ver que no estaban tan lejos de los que estaban haciendo las corredoras. Cuando dieron las ocho me despedí, diciéndole que volvería temprano al día siguiente, pero que esa noche había quedado de ver a Sinead, una amiga que estaba en Bali por unos días y que llevaba días presionando para que nos viéramos. Sacha me pidió que no le contara a nadie sobre el diagnostico que había recibido, que no quería llegar a México a abrazos de lástima y condolencias, y sugirió que me llevara su moto para ir agarrándole la onda, ya que ahora pasaba a ser mi responsabilidad. Le dí el avión e hice lo posible por mantener una sonrisa y mirada optimista, pero al darle la mano y desearle un buen descanso, fue inevitable que se me inundaran los ojos. Traté de que no se diera cuenta y no se si lo logré, pero antes de perder todo el control me salí de la habitación. En el pasillo fue inevitable y me quedé parado afuera de su cuarto unos minutos tratando de reponerme.

Con un terrible nudo en la garganta me regresé a Canggu, ahora solo y sin poder creer el desenlace del día. La doctora le había dicho a Sacha que necesitaría alrededor de tres días de acondicionamiento para poder tomar el avión sin riesgo de derrame o convulsión y que convenía que el viaje lo hiciera con escolta médica. Todo esto implicaba un par de cosas prácticas. Primero, debía encargarme de recuperar su pasaporte, pues ya no iba a ser necesaria la extensión de su visa y era importante tenerlo a la mano para poder salir en el momento que fuera oportuno. Segundo, ¿viajaría yo con el o no? En el hospital Sacha había insistido que yo debía quedarme en Bali, luego continuar hasta Sumatra, pero no me sentía a gusto con la idea. Tercero, había que cancelar los planes con Contance. Cuarto, yo debía considerar mudarme a Denpasar. Quinto, ¿qué hacer con la moto de Sacha? A estos pensamientos se sumaban muchos más, al grado que no lograba enfocarme en uno y solo conseguí enviarle un mensaje a Valeria preguntándole si aún podía recuperar el pasaporte de Sacha.

Esa noche fui a cenar con Sinead al Echo Beach Club. Nos comimos unos increíbles filetes de dorado acompañados de una miserable porción de camarones. Me forcé a tomar un par de araks y unas cervezas, esperando que eso ayudara a relajar mi cuerpo, pues aun sentía ese nudo y una quijada acalambrada. Después de cenar nos fuimos a Old Man’s, que a diferencia de la noche anterior sí estaba lleno, aunque de puros aussies desagradables. Seguimos tomando, ahora vodka tonics y un par de shots, hasta que alcanzamos un nivel de peda bastante alto. Nos divertimos mucho esa noche y siempre le agradeceré a Sinead haber estado ahí para distraerme un poco.

Sábado 5 de septiembre.

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Camino a Denpasar pasé a Kerobokan, que fue donde compramos nuestras motos y, casualmente, el barrio donde vivía Valeria. Encontré su casa al final de una serie de callejuelas entre pequeños templos, casas y arrozales. Definitivamente un lugar precioso para vivir, alejado del caos de Canggu y de Denpasar, rodeado de una peculiar naturaleza, donde sólo se escucha el ruido de pájaros y gallinas. Me devolvió el pasaporte, preguntando por Sacha. No quería compartirle toda la tragedia y me limité a decirle que había tenido un accidente, que estaba bien pero que necesitaba regresarse a México para que lo operaran.

Cuando llegué al cuarto de Sacha no lo encontré en su cama e imaginé que estaba en el baño o que se lo habían llevado a hacer más estudios. De repente empezaron a moverse las cortinas y al cabo de unos segundos apareció Sacha, exhalando humo. La ventana se abría completamente y hacía difícil que Sacha se aguantara las recurrentes ganas de fumar, a pesar de que, como en todos los hospitales del mundo, estaba prohibido.

Lo vi bien, fresco, sonriente y con mucha energía, como si no tuviera nada que estar haciendo en el hospital. Me contó que la administración del hospital andaba viendo los requisitos para que un doctor lo acompañara a México pero como el consulado mexicano estaba cerrado, no sabrían los detalles hasta el lunes. Noté cierta frustración en Sacha al contarme esto. Sabía que esperar al lunes implicaría que de requerir visa, este, cuanto antes, se movilizaría el martes para obtenerla y por tanto no sería hasta el miércoles por la tarde, en el mejor de los casos, que podría emprender el vuelo de dos días a casa.

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En el tema de las gestiones consulares sentía que podía finalmente serle útil, fuera a través de mi padre o a través de Clarita, quien además de ser una gran amiga y la excusa que nos trajo a Indonesia, fue cónsul de Portugal en Yakarta hasta el mes de agosto y conocía muy bien al cónsul mexicano. Con el permiso de Sacha, le hablé a mi padre y le conté toda la historia, pidiéndole además que me pusiera en contacto con el Embajador de México en Yakarta. A los pocos minutos de colgar hablé con el emba y después con el cónsul. Ambos se portaron muy atentos y brindaron toda la información y ayuda que de momento requeríamos.

Le entregué a la jefa de enfermeras del cuarto piso un papelito escrito con toda claridad que contenía todos los requisitos que debía cumplir el doctor para obtener la visa mexicana, la cual, desgraciadamente, sólo le podrían expedir en Yakarta. Pasaron unas horas y me vino a visitar alguien de la administración para comentarme que habían varias agencias que ofrecían el servicio de traslado médico, por si quería encargarme de cotizar e ir viendo disponibilidad, a fin de no retrasar el vuelo de Sacha más de lo necesario. Los intercambios con las agencias, con el cónsul y con el personal médico me sirvieron mucho ese fin de semana para mantenerme enfocado y optimista y a la vez sentirme un poco útil. Poder desahogarme con mis padres también servía de alivio, pues a ratos sentía una enorme necesidad de expresarme y no había nadie en Bali con quien lo pudiera hacer. Supongo que Sacha sentía algo parecido, pero en los largos ratos que pasamos en su cuarto de hospital siempre se mostró positivo, satisfecho con el viaje que habíamos hecho juntos y listo para irse a casa. El insistía que yo debía quedarme en Indonesia, que con mi hermano Rafael ya había vivido lo que le venía y que no tenía caso que me regresara a repetirlo con él. Entendía su argumento y hasta estaba de acuerdo, pero sentía que no podría seguir viajando sabiendo que mientras tanto el estaría intercalando operaciones con quimioterapia, radiación y un nivel de sufrimiento y dolor que en la vida podría imaginarme.

Todos los días tocábamos el tema y el insistía que no tenía caso que lo acompañara a México. Todos los días yo acababa cediendo, pues por un lado no quería que sufriera por la idea de que “por su culpa” mi viaje también había terminado y, por el otro, porque sabía que no habría nada que yo pudiera hacer allá; quizás hasta podría ayudarlo a esperanzarse si sabía que yo seguía viajando. En fin, de los dilemas más tortuosos que he tenido en la vida y que espero no volver a tener.

En la tarde vimos la película de Matilda con Danny Devito y una niñita de poderes mágicos. Después de la peli nos echamos diferentes etapas del campeonato mundial de atletismo y me contó más sobre sus hazañas universitarias y de cómo una ideología retrograda del entrenador había acabado con su carrera deportiva. Se aproximaba la hora de la cena así que salí por una pizza hawaiana con orilla de queso (nunca dejó de sorprenderme que esta fuera la favorita de Sacha) y compartimos su nasi goreng y la pizza viendo mujeres corriendo.

Dieron las diez de la noche y decidí que convenía dejar a Sacha descansar y emprender el viaje de vuelta a Canggu. Había sido un día muy agradable, como cualquier día que hubiéramos pasado sin hacer gran cosa, solo disfrutando del buen clima, la amabilidad de los indonesios y de una buena conversación. Aprovechando que ya era tarde y que al día siguiente sería domingo, día en que quizás habría menos tráfico que de costumbre, se me ocurrió que era buen momento para aprender a usar la moto de Sacha. Sólo la había probado una vez, sin alcanzar a recorrer más de cien metros, intimidado por su clutch, mayor potencia y peso. Luego de recibir un par de consejos, bajé al estacionamiento, me despedí de Juanita Chantik e intenté arrancar a Chinta Besar. Desde su ventana, Sacha me observaba y gritaba algunas consignas. Varias veces me falló el clutch pero finalmente pude ponerla en marcha y, nervioso y despacio, me dirigí hacia la salida mientras Sacha me observaba con una enorme sonrisa y un cigarro en mano. Me tardé un poco en acostumbrarme a hacer los cambios de velocidad, pero cuando llegué a la quinta, disfrute enormemente la superioridad del motor de Chinta Besar sobre aquel de Juanita Chantik, además de la estabilidad y suavidad con la que corría.

Había notado que la televisión en el hospital tenía una entrada USB, así que esa noche preparé una tarjeta de memoria con varias películas. Mientras hacia esto, me entretuve con un talk show indonesio pero sin lograr concentrarme lo suficiente como para que sirviera de clase de idiomas. Al cabo de un rato caí dormido. Sacha, por su parte, dedicó gran parte de la noche a subir fotos de nuestro viaje al feis.

Domingo 6 de septiembre de 2015.

En el camino al hospital me topé con un Dunkin Donuts y compré un chingo de donas de todos los sabores, recordando que Sacha se había quedado con el antojo de unas cuando venimos por los resultados de la resonancia magnética.

El día transcurrió lentamente, como todo Domingo debe transcurrir, y entre pelis y atletismo, Sacha se la pasó sorteando sus chivas y yo, cotizando vuelos y escolta medico. Los servicios de escoltas insistían que dada la distancia era importante que tanto Sacha como su doctor viajaran en primera clase, con cada boleto costando más de $5,000 dolares. El servicio de ambulancia y de atención durante el viaje también estaba carísimo y su burocracia interna hacia que el tramite de la visa fuera a tardar casi una semana.

Sacha se veía muy sano, ya no le dolía la cabeza y cada que podía se colgaba de la ventana a fumar un cigarro. Estaba harto del hospital, de estar echado en la cama, y ansiaba volar a casa. Como lo veía con ganas de subir más fotos, le pedí que las subiera a este blog en lugar de a facebook, pues en aquel entonces aún tenía la ilusión de que este proyectito se volviera viral y fuera la fuente de ingresos que necesitábamos para viajar.

Lunes 7 de septiembre de 2015.

Yo seguía viviendo en el Ketapang, que quedaba a unos 45 minutos del hospital y representaba una chinga todos los días. Ahora tenía dos motos: Chinta, conmigo y Juanita, estacionada en el Kasih Ibu. Para facilitar la logística de recuperar mi moto, le pedí un aventón al novio de Putu y llegué al hospital como a las 10am. Las enfermeras me recibieron con un paquete de documentos que debía firmar para liberar al hospital de toda responsabilidad en caso de que sucediera algo durante el traslado a México.

Sacha me comentó que a mitad de la noche había hablado con su neurólogo en México para preguntarle si consideraba imprescindible el servicio de escolta medico y viaje en primera clase. Le había enviado copias escaneadas de todos los análisis, resultados y el detalle del tratamiento que había estado recibiendo los últimos días. Con todo esto, el doctor consideró que el tumor estaba bien contenido y que no debía haber problemas con volar a México en el gallinero y sin chaperón. Me puse a buscar dos boletos para el día siguiente y el se escondió en la ventana a fumar un cigarro. En eso entraron la neuróloga, el gerente y una enfermera. Se sorprendieron al verme echado en la cama y más cuando se percataron que Sacha estaba fumando, colgado de la ventana. En el susto de haber sido sorprendido, Sacha reapareció de detrás de las cortinas y, enredándose en ellas, les quemó un agujerito. La enfermera se cagó de la risa, el gerente lo miró furioso y la neuróloga no pudo más que sonreír y pedirle que de favor lo dejara de hacer. Luego de este pequeño oso, la neuróloga nos expresó que estaba muy preocupada por la decisión de volar a México sin enfermero y que había traído al gerente para que atestiguara su desacuerdo.

Estaba a punto de comprar los boletos cuando Sacha volvió a pedirme que lo dejara ir solo. Su argumento era que si en el avión le daba un derrame, de todas formas yo no iba a saber que hacer y sólo me tocaría verlo morir en el asiento de a lado, luego atender pedos legales en donde hiciera escala y finalmente quedarme con un terrible recuerdo. Le dí la razón y le compré el vuelo más rápido a México. A cambio, le pedí que se comprometiera a llamarme cada dos horas desde el avión y en cuanto hiciera escala en Ámsterdam. También le hice prometer que no pasaría por un coffee shop. 

Harto del nasi goreng, fui por una cena coreana para llevar y nos echamos a ver la película de Lego, que al parecer era una de sus favoritas, especialmente por esta canción.

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