Roberto Cámara, una vida en el mar

Esperando pronto retomar la pluma, aquí les dejo un video que explica un poco lo que me ha llevado a dejarla por un tiempo.

Gracias, Gabrich e Irreversible, por su interés y el espacio.

Hace un par de años que no escribo y este video resume las razones. Las compus y el mar no se llevan muy bien. Es deficil sentarse frente a una pantalla cuando la naturaleza tiene tanto que mostrar.

Sail in Mexico

Respira (con tapabocas)

Todo se ha detenido, incluso mi respiración. Mi cara y los dedos de los pies sienten el frío que deja el aire al esquivarlos, mientras oigo un ronroneo cada vez más fuerte y profundo que opaca poco a poco otro sonido; este, parecido al que hace el arroz inflado en un bol de leche. Cuando alcanza su máximo volumen, al ronroneo se suma el de burbujas reventando en agua y entre estos escucho una voz. Creo que es de mujer y tiene un tono consternado.

Pero nada se ha movido. Yo no me he movido. Mis pulmones no se han movido.

Me empieza a invadir una nube de escape. Quisiera olerla, que me hiciera toser, pero nada. Ahora oigo una voz masculina. «¡¿Otra vuelta?!» No respondo. No puedo responder. La voz femenina: «¿estás bien?» Me encantaría contestar.

Magnificado por las lagrimas, me deslumbra el sol de mediodía. Intento inhalar. Consigo exhalar: «neh.» Despacio, giro la cabeza de un lado al otro. Mi cuello funciona. Inhalo bocanadas microscópicas de aire.

Recuerdo los sonidos que escuché al caer. Algunos ya los conocía: la cachetada, el zumbido agudo que se enciende dentro de la cabeza e incluso el crujido de la espalda y cuello. Faltaban los suspiros acelerados y profundos; sobraba el que hace el bambú al quebrar bajo el agua.

Un velerista campeón de la Copa America dijo hace poco que «estrellarse contra el agua a 40km/hr es como ir a toda velocidad en la bicicleta y que un bombero te encienda la manguera en la jeta».

«¿Estás bien?» Estiro los brazos hacia mis pies pero no llego ni a las rodillas. Mi abdomen rehúsa contraerse. El chaleco salvavidas es más fuerte que mi torso. Ese extraño sonido de bambú… Sufro por exhalar. «Neh.» ¿Cómo le voy a hacer para quitarme el wakeboard?

Qué impotencia, qué tortura… respirar. Una actividad natural e inconsciente de súbito vuelta sobrenatural y consciente.

De pequeño tuve asma. Recuerdo partidos de fut abandonados y paradas al bat dudando si llegaría hasta primera. Veinte años separan esos recuerdos de la siguiente vez que observé el vaivén natural de mi cuerpo. Fue en un curso de yoga, del que salí sorprendido del calor que podía generar con tal de respirar de cierta manera. Luego, cuando aprendí a bucear: no te puedes andar echando los tanques de hidalgo y aguantar la respiración puede deformarte. Más tarde, me volví a fijar durante un retiro de meditación. Descubrí que observando la respiración podía alcanzar momentos de dicha inimaginables.

Aun así y a pesar de los tiempos, necesité una emboscada por el H. Cuerpo de Bomberos de Acapulco para recordar.

Respira (con tapabocas). Anitya.

El Virus, el mar y la tierra

Dormido, el escandalo del agua golpeando contra el techo laminado del vecino no hacia sentido. La cubierta es de fibra de vidrio, las escotillas, de algún plástico macizo; materiales que suenan totalmente distintos bajo la lluvia. Y a pesar de la falta de sentido, me desperté decidido a confirmar que todas las escotillas estuvieran bien cerradas. Mi instinto, aunque desubicado, acertó al ver la laptop de mi compañero de piso al pie de una ventana abierta de par en par.

Son las 0730, lunes de pandemia, no tengo trabajo ni grandes planes para el día. Hace media hora que espero se infle la masa para el pan de desayuno y bebo un café mientras repaso y rearmo este borrador que esperaba publicar hace semanas. Varias veces he despertado con la sensación de estar arrastrando el ancla: el vecino de arriba estaría reacomodando sus muebles, haciéndolos roncar por el piso cómo lo hace la cadena al acomodarse en el lecho marino; o la vecindad de a lado, que percibo tan cerca escuchando clásicos de Juanga mientras se mientan la madre y alburean que no dudo la inminencia de una colisión. Los hábitos del mar no solo habitan mi subconsciente. Paso el confinamiento pintando muebles, tratando de reparar gadgets y vaciando los tesoros de la sentina de un departamento que dejé hace cinco años: libros, CDs, DVDs, juegos de Nintendo, ropa y demás lastre de otros tiempos. Mientras se infla la masa, volvamos a la aventura a bordo del velero «Korvessa» en tiempos de COVID.

20200425_072739

Eran las 0725 del sábado 25 de abril -dieciséis días, veintiún horas y quince minutos después de levar ancla en Las Marquesas- cuando encendimos el motor, bajamos las velas y doblamos la boya que marca la entrada al puerto de Kewalo Basin en Honolulu. A estribor veíamos la playa Ala Moana extendiéndose un kilómetro hasta la Isla Mágica, que habíamos pasado media hora antes. Olas de dos a tres pies rompían lo largo de la playa y decenas de surfers ya estaban en el agua.

Dormí poco la última noche. Aún estaba resentido por la guacara que había echado el día anterior. Supongo que también influía cierta emoción con llegar a puerto. El Capi, al timón desde las 0300, y yo nos ocupamos de preparar los fenders, bajar los paneles solares, meter los anzuelos y guardar las cañas de pescar. Me tomó dos intentos despertar a Jake. Avanzábamos con el puro impulso del velero, en un estado de trance, alucinando los rasca cielos y yates de lujo, lo plano del agua y la gente, algunos enmascarados, otros no, caminando por las escolleras. Tom recordó que debíamos dirigirnos hacia el Club de Yates de Hawái y tomó su tableta para revisar el mapa (la pantalla del GPS había dejado de ser confiable). Entonces se dio cuenta que estábamos en el puerto equivocado y, a las 0735, dimos vuelta en U.

20200425_073158

Al librar la boya de salida, viramos a babor para volver hacia la Isla Mágica, que no era ni isla ni mágica, detrás de la cual se escondían el Puerto de Ala Wai y el Club de Yates. El Capitán llevó el motor a sus máximas revoluciones y a las 0800 aventé la primera línea a tierra. El Club estaba lleno, tanto por la presencia de otros refugiados de la pandemia, cómo por ser un lugar bueno, bonito y barato para vivir a bordo. Amarramos a un costado de otro barco, que a su vez estaba amarrado a otro. Concluida la maniobra, nos encontramos incapaces de parar de hablar con quienes desde el otro barco habían ayudado a estacionarnos. Eran nuevas caras, voces y sonrisas, pero también eran oídos y eso, en ese instante, parecía una fuente de alivio para una tripulación acostumbrada ya a conversar con un gato. A parte de que no nos dimos la mano (que bien podría considerarse normal allá), ver esas sonrisas hacía que todo pareciera normal.

A las 1000 llegó Paula, amiga de la infancia de Sandi, con dos cartones de chelas y una pizza gigante. Jake y yo acordamos que tanto los cartones cómo la caja de pizza y su correspondiente COVID debían permanecer fuera del barco, así que desde la cubierta me paso botella por botella, que acomodé en el refri. Luego nos limpiamos las manos con gel antibacterial y colocamos parte de la pizza en una charola para hornear y el resto en platos desechables.

Justo en ese momento llegó Sanidad, con un chingo de formatos y detalles que revisar. Semi-confisco dos toronjas, un salchichón, unos dientes de ajo y unas papas y ordenó al Capi a limpiar con toallitas desinfectantes la cocina. Luego lo obligó a contratar un servicio autorizado para el desecho de las toronjas y demás. Pasarían el lunes por $250.00 dólares y la basura. Esperó a que la pizza se enfriara para irse, no sin antes tocar varias superficies del barco con sus asqueros guantes de latex.

Las formalidades de arribo concluyeron con la visita de otra persona de Sanidad. Quería revisar el historial de vacunas y diagnostico reciente del gato. Resulta que Demonio tiene dos microchips insertados, dónde aparecen su historial médico. Uno es compatible con los escaners de EE.UU., otro con los del resto del planeta. ¿Cuanto falta para que todos seamos cómo Demonio?

A partir de ese momento nadie volvió a pensar en la sentina. Cuando se acabaron las veinticuatro, nos fuimos a dar un paseo a la Isla Mágica, de ahí a un minisuper a comprar otras veinticuatro y un pomo de ron. Después paramos en un changarro de pizzas, y nos echamos otras chelas. Al llegar al jardín del Club vimos que unas diez personas estaban con-cierta distancia-gregadas, escuchando música y bebiendo. Nos unimos y su peda, que siguió hasta las dos o tres de la mañana, luego a bordo por unas horas más.

20200425_163753

Me despertó la cruda. A las 0800 me metí a bañar. Aunque la presión de la regadera no era de fantasía, la temperatura y cantidad algo alivibiaban. Por la tarde, Jake y yo, de cubrebocas, nos fuimos a buscar comida y dar un paseo por Waikiki. La ciudad estaba muy limpia y bien podada. Después de casi cincuenta y dos días encerrado en un velero de 13 metros de largo, no era natural caminar. Sentía el peso de cada paso en la planta del pie, el tobillo, las rodillas, los muslos, la cadera, el pecho, el cuello, los hombros, en fin… hasta los codos. En Praia, un restaurant que nos recomendaron en el Club por sus cortés de atún y ensaladas, el menu restringido por lo tiempos nos limitó a unos fish & chips y calamares. Por si a caso, camino al barco pasamos por más cervezas. La cena resultó medio pinche, ya aguada. Agarramos una caja de chelas y nos fuimos al jardín, atraídos de alguna manera por una hermosa brasileña que habíamos visto instalarse ahí. Más personas se fueron uniendo y volvimos a empezar. Aunque las circunstancias imponían cierta distancia, era magnifico poder conversar y reírse con otros.

Al día siguiente pasé la mayor parte de la mañana empacando y limpiando mi cabina. Curiosamente, el colchón debajo de la sabana se veía más empolvado que el de a lado, que no había tenido sabana. Me preguntaba si a caso la sabana había filtrado semanas de partículas finas de mi piel. En vano, lo traté de sacudir sobre la cubierta y ahí lo dejé a que al menos se ventilara, junto con el edredón y almohada que tanto tiempo me acompañaron.

Mientras tanto, el Capi se la pasaba discutiendo con el Director del Club y el Capitán de Puerto. Algunos socios del Club, sobre todo los viejitos, se habían enterado que venían en camino los hijos y la esposa del Capitán, refugiados en Anacortés  desde finales de marzo en casa de los abuelos. Temían que trajeran el virus consigo y los preferían fuera.

Tom volvía de la Capitanía cuando Kae y yo salimos a la calle con las maletas, a esperar mi escolta al aeropuerto. Tras la odisea que vivimos desde que zarpamos de Vallarta, era difícil encontrar palabras para despedirnos. En realidad, creo que ninguno de los tres entendía que nos estábamos despidiendo. Chris, de metro noventa, flaco, medio pelón con colita de caballo y sin cubrebocas, detuvo su camioneta frente a nosotros, abrió la cajuela y de manera muy eficiente acomodó mis cosas y me llevó a sentarme de copiloto. A penas y alcancé a darles el último abrazo de estos tiempos.

Chris hablaba mucho y no usaba cubrebocas. Yo llevaba cubrebocas pero había olvidado traer guantes; hacía un esfuerzo consciente por no tocar nada. Sentía la presencia de una persona atrás, pero esta no decía nada. En el camino, Chris iba compartiendo el valor de distintos inmuebles sobre la costa de Honolulu, su opinión sobre Trump, el virus y algunas anectadotas con marineros filipinos. Me preguntó si había cometido algún crimen o por qué requería escolta. Paramos frente a un taller, se bajo el fantasma y le conté que era un refugiado de la pandemia, sin visa para el gabacho.

El aeropuerto estaba casi vacío. Aunque faltaban tres horas para el despegue, Chris caminaba con prisa, ahora si con cubrebocas (aunque dejando asomarse la nariz), un gafete y una hoja dónde minutos antes con un Sharpi había escrito mi nombre, fecha de nacimiento y vuelo. Al llegar al mostrador, sugirió que etiquetara la maleta con mis datos y quiso contestar todas las preguntas por mi. Salió el tema de la visa gringa, luego si tenía visa para México, si quería documentar equipaje hasta mi destino, si traía algo peligroso y qué asiento prefería. Chris insistió que me dieran una ventana de babor. Hacia rato que yo había dejado de hablar.

En el puesto de manoseo y detección de monedas, Chris debía pasar su gafete por un lector y digitar un cogido que había olvidado. El de seguridad tuvo que perder algo de tiempo con él antes de poder toquetear mi pasaporte y boleto. Luego fui manoseado y mi gorra también, a pesar de que pasé por el escanner que te encuera. Con tremendo asco, me puse la gorra, recogí mis monedas, empaqué la laptop, amarré los zapatos, ajusté el cinturón y embadurné en gel antibacterial.

No había desayunado y lo único abierto era Burger King. Sólo permitían ordenar para llevar, así que con Chris a tres metros de mi, sentados sobre una banca, me comí una hamburguesa con papas. De ahí nos fuimos a la sala de espera y Chris permaneció cerca hasta que subí al avión. Iba a un tercio de su capacidad. Con una persona en cada fila, aunque cómodos, todos teníamos otra a menos de un metro, capaz de estornudarte en el oido.

Tomé mi lugar, curiosamente de estribor, me desinfecté las manos y con una toallitas, los posa brazos, sus botones, el cinturón, la mesa, pantalla y el control remoto. Envolví mi cabeza en un sorong, cubriendo todo menos mis ojos, que ya estaban protegidos por lentes de sol. Por el bien de los pasajeros, durante el vuelo sólo sirvieron una bebida y botanitas.

20200428_074737

Hice escala en Los Angeles, a donde llegué cómo a las once de la noche para esperar el vuelo que saldría a las diez al día siguiente. Había mucha más gente que en el aeropuerto de Hawái y que la que yo sentía prudente congregar en estos tiempos. La mitad iba sin tapabocas, habían grupos que no guardaban susana, y las pocas tiendas abiertas tenían demasiada clientela.

Durante nueve horas me recluí al fondo de una sala de espera desierta, sin poder dormir, a penas pudiendo leer, simplemente viendo la pared, ponderando el presente: ¿estaré infectado ya? y el porvenir: ¿qué voy a hacer en tierra? Ya no pensaba en si nos estábamos hundiendo, si era necesario ajustar las velas o trapear los meados en la cocina.

A las seis de la mañana mis pensamientos empezaron a manifestarse físicamente. El corazón latía más rápido, me dolía un poco respirar, sentía el estomago acalambrado… el hambre me estaba matando y todo estaba cerrado. Una hora después, por fin abrió una hamburguesería. Compré una marranada que bajé con un jugo de naranja. De ahí me fui a instalar frente a la puerta de embarque y, gracias a una aplicación que descargué con la esperanza de que me calmara, dormí poco más de una hora escuchando la lluvia caer en una selva distante.

20200428_151134

El vuelo a México fue mucho más agradable, con a penas diez pasajeros. Para mi sorpresa, dos o tres de ellos iban vestidos como springbreakers. Al bajar del avión, militares nos tomaron la temperatura. El aeropuerto estaba desierto. Una señora con cubrebocas y careta, protector que hasta ahora no había visto, manoseó mi pasaporte y me dio la tradicional bienvenida a casa. A Aduanas le intrigó una Ziploc con doscientos gramos de un polvo naranja y más cuando les expliqué que era un polvo de mantequilla para palomitas que me había regalado el Capitán del barco del que acababa de desembarcar. ¡Hacia que supieran a las palomitas del Cine!

Me recogió un cuate de toda la vida y por fin pude relajarme. A mi lado encontré un kit de bienvenida que incluía dos cubrebocas, dos caretas, dos pares de guantes, medio litro de gel antibacterial, una caja de carton para dejar mi zapatos y un libro sobre historias épicas en velero. Después de ponerme al tanto sobre la situación mundial, la de nuestras familias y amigos, me dejó frente al departamento de una amiga y, sin darnos la mano, nos despedimos. En el departamento encontré a mi primo Chesco. Me cedía su lugar para que pudiera pasar la readaptación y cuarentena solo. Manteniendo nuestra distancia, nos echamos varias cervezas y aprendí más sobre la vida en ciudad. Desde entonces he estado encerrado, en un estado similar al que me invadió en Los Angeles y sintiendo la misma frustración que anclado en Nuku Hiva. Quisiera zarpar.

Entretanto, el Capi y su esposa acaban de llegar a Kodiak, Alaska, y Jake logró volver a Guaymas, dónde igual que yo, había dejado su barco/hogar mientras hacia el cruce del Pacífico. Desafortunadamente para el, de momento la marina no tiene autorizado echar barcos al agua.

El Virus y el mar. De Polinesia Francesa a Hawái.

Levamos ancla a las 1010 del 8 de abril. Aunque conocimos pocas caras durante nuestro confinamiento en Taiohae, era difícil despedirse de esta bahía, a la que nos había costado tanto llegar y en la que a través del radio habíamos conocido tantas voces y, sentía, hecho varios amigos. Pero la isla no estaba dispuesta a reconocer nuestra llegada al país, teníamos prohibido nadar sus irresistibles aguas turquesas e ir a tierra era una actividad restringida a una persona, una vez por semana y exclusivamente para ir al supermercado, banco y/o correo. Nos íbamos sin convivir con los descendientes de los marineros más extraordinarios; sin explorar aquella jungla cuya colorida fragancia había logrado disipar el hedor acumulado a abordo; sin gozar de la vista, desde uno de sus picos volcánicos, al infinito azul y el archipiélago aquí creado por el Anillo de Fuego; y sin el registro de nuestro cruce del ecuador y del Océano Pacífico, gravado siguiendo tradiciones ancestrales.

Para despedirnos de nuestros amigos remotos, dimos una pequeña vuelta por el fondeadero. Al pasar por el velero Saorsa, sus cuatro tripulantes nos tenían preparado el «Saludo de los veintiún bras» (21 bras tendidos sobre la proa) y una coreografía. El motor sonaba demasiado fuerte para escuchar la música, pero los tres les seguimos el baile con sonrisas de oreja a oreja. El doctor italiano a bordo de Jan se asomó en tanga para desearnos buen viento y hasta los del superyate El León se dignaron a salir del aire acondicionado para un primer y último saludo.

A las 1100 dejamos atrás la bahía a encontrarnos con vientos superiores a veinte nudos y olas de dos metros sobre el través de babor. Quince minutos en estas condiciones bastaron para derramar la mitad de la cerveza que aún estaba fermentando. En silencio, el Capitán y yo embotellamos lo rescatable y limpiamos el cagadero.

La moral volvió a las 1500 cuando llegamos al abrigo de la isla en su costa oeste. En un mar plano, de verdes y azules, pescamos un barrilete de buen tamaño, alimento por varios días. Eran las siete cuando dejamos atrás Nuku Hiva. Comenzaba mi turno a un promedio de seis nudos (11km/hr), vientos del este de 15 nudos y embistiendo olas que nos llegaban del noreste. Estimábamos 2 a 3 semanas de navegación nor-noroeste para llegar a Hawái, con vientos preponderantemente del noreste y olas del este-noreste. En resumen, una batalla contra el viento y el mar. Al llegar las estrellas, caí en cuenta que de esa noche en adelante el cielo cambiaría constantemente hasta ubicarme en latitudes conocidas. Cada noche empezaría un poco después y sería un poco más larga. La luna iría desapareciendo y todos los días entre las 1900 y las 2300 me tocaría navegar en un escenario distinto.

El segundo día, Demonio, el gato y segundo al mando, empieza a mostrar su enojo. No tolera impuntualidad en la atención de su delicada dieta: atún de desayuno, croquetas para comer y cenar. Por tolerar nuestra existencia, exige recompensas ocasionales de salchichón, paté y jamón. Aunque se mete a su caja a orinar, es evidente que no le atina a propósito y que se regocija viéndonos trapear la cocina. Más tarde se echa una caca sobre la almohada del Capi y a la menor provocación nos araña tobillos o brazos. Además de sus varias meadas, Demonio vomita en la sala. Antes de echarlo, se expresa con voz de foca, luego regurgita con espasmos, toma un suspiro y en silencio lo deja escurrir de su hocico. Nos lanza una mirada de desprecio y se retira tambaleando hasta caer en la cama del Capitán. Sobre cubierta, el único incidente es la pérdida de un anzuelo. Yo termino de leer Trópico de Cáncer y tomo El Viejo y el mar.

Todo el tercer día disfrutamos de muy buen viento pero la pesca vuelve a decepcionarnos con dos anzuelos perdidos. Algo grande se los está chingando, algo tan grande cómo el marlin del viejo Santiago. Avisos de tráfico marino reportan flotas pesqueras chinas con redes esparcidas sobre 20,000 kilómetros cuadrados unas veinte millas náuticas al oeste de nosotros.

A las 0200 me despierta el escándalo de la Genovesa azotando. Jake habría soltado la escota, tal vez para guardar la vela ante un inminente chubasco. Al salir de mi cabina, ahora la de proa, me topo con Demonio. Acaba de orinar la cocina. El barco está inclinado unos 20° a babor así que los meados desaparecen rápidamente por grietas en el piso. Su limpieza puede esperar. En cubierta, Jake se prepara para recibir un aguacero. Ofrezco mi ayuda para bajar o ajustar velas pero he llegado tarde. El barco está listo para lo que traiga aquella nube que primero desaparece el horizonte y luego, la luna. Tenemos acordado que no es necesario que más de uno sufra las embestidas de la noche y dado que sólo llevo tres días sin bañarme prefiero desearle suerte y retomar el refugio de mi cabina. Después de trapear aquel desmadrito, me vuelvo a acostar. Sé que viene una tormenta y ya no me es posible dormir. No comienza gradual. De súbito suena cómo si estuviera granizando. La escotilla de mi cabina, que en diluvios anteriores se había portado bien, empieza a permitir que enormes gotas caigan sobre mi cara. La tormenta dura veinte minutos y se lleva consigo el viento. Jake enciende la vela de acero y yo me duermo leyendo las primeras páginas de Drácula. Por la tarde cruzamos el ecuador y festejamos con una botella de champagne que por más de un mes el Capi había logrado esconder de nosotros. En treinta días, era la segunda vez que lo cruzábamos. Al atardecer vemos con ansias la aproximación de otra nube lista para vaciarse sobre nosotros. Hasta saco el champú y jabón, pero es una lluvia que apenas sirve para quitarnos lo pegajosos y entrar a el Hemisferio Norte un poco más decentes.

Tras seguir un rumbo Norte por cinco días, a las cinco y media de la mañana el Capitán da por librada la flota china y alteramos rumbo hacia el Noroeste, directo a Hawái. A partir de este momento la pantalla del GPS, además de nuestra posición, velocidad y ángulo de viento y velocidad del barco, nos irá actualizando cuánto falta, en tiempo y distancia, para llegar al sur de la Isla Grande, la más austral de Hawái. Seguimos a motor, el mar se ha calmado y el barco sube y baja sobre las alargadas olas. Aprovecho la relativa estabilidad para encuerarme y darme unos cubetazos de agua de mar, incluso jabón y champú, esperando por la tarde encontrar un último aguacero que me mantenga sin sal por unos días. Mi cabina se llena de moscas. Han de venir de los mangos o de aquella fruta extraña, parecida a un durian o guanabana. Paso la mayor parte del día en la sala o en cubierta, molestando a Demonio o leyendo, ahora Club de la Pelea. El aguacero no llega y duermo salado.

El sexto día, luego de más de cincuenta horas a motor, el viento vuelve y lo podemos silenciar. A estas alturas del viaje, Demonio mea la cocina dos veces al día, el generador ya no enciende, seguimos sin pescar, la cerveza que conseguimos embotellar resulta estar podrida y parece que soy el único que se preocupa por su olor. Es la primera cerveza que bebe Jake desde la noche previa a su salida de Puerto Vallarta; le vale madres el sabor extraño. Durante el enlace cotidiano que tenemos vía radio de alta frecuencia, nos informan que las autoridades de Nuku Hiva están activamente forzando a los veleros a zarpar. Me toca un turno agradable, dónde ya veo la estrella polar y lo apacible del viento me permite permanecer en la sala leyendo. Voy empezando Lolita.

El séptimo día me refresco con unos cubetazos y poco después una agradable lluvia me deja perfecto. Desayuno el último de los plátanos. Perdemos dos anzuelos más, lo que consolamos con dos, aunque culeras, cervezas. En la noche, mientras me resigno a preparar una cena de pasta y algo enlatado, pescamos algo extraño, algo entre pez y anguila. Curioso cómo la vista influye el apetito. Seguro sabe igual a cualquier otro pez, pero lo devolvemos y cenamos otra de muchas tristes cenas. Llueve gran parte de mi turno y tengo que esquivar dos o tres tormentas. Así prosigue la noche y no queda de otra más que estar alerta, listo para amarrarse y mojarse.

Mi mañana empieza durante una tormenta. Suelo despertarme diez minutos antes de mi turno para prepararme un café. Aquí es imposible, el barco azota de lado a lado y el ruido de la lluvia ensordece. Me asomo a preguntarle a Tom si requiere ayuda. Para mi desgracia, asiente. Tomo mi chaleco salvavidas, lo engancho a una correa que a su vez está enganchada al palo de la Mesena (vela de popa) y salgo a emprender el día en una lluvia que pega lastimosamente de lado y un viento de 35 nudos. Llevamos un foque de batalla y la Mesena con dos rizos. El barco soporta el azote de maravilla, así que decidimos dejarlo cómo está y tomo el timón. Abajo es otra historia: tenemos goteras en todas las escotillas, al pie del mástil y en otros lados no identificables. A las 0830 cambiamos el foque por la Genovesa y bajo a desayunar un mango. No puedo dejar que se nos pudran. A las 1030 izamos la Mayor y echamos las líneas de pesca. El día trascurre plagado de tormentas cortas seguidas de poco viento. A ratos usamos el motor para mantener un rumbo norte y así acortar la distancia que nos separa de los vientos mercantes, dónde con suerte ya no habría tormentas. La lluvia deja el interior empapado y resbaloso. Ahora le toca al gato disfrutar de vernos patinar de lado a lado.

El noveno día también inicia con lluvia, ahora con ráfagas de 25 nudos. Día similar al anterior, con alternancia entre la calma y la tormenta, olas de 3 metros de costado, vientos oscilando entre los 15 y 22 nudos, casi no usamos la Mayor, mientras que la Genovesa entra y sal. Es un pedote balancearse e imposible cocinar algo decente. El pan ya enmoheció. La Mayor se atora cada vez que toca bajarla. Es del tipo que debe enrollarse en la botavara, pero el sistema requiere coordinación, paciencia, condiciones ideales y suerte para funcionar. Veo una botella de Coca-Cola en el agua. El Capitán no consigue dormir bien y eso, sumado al calor, está alterando su ánimo. Toca andar de puntitas. Muchas cosas se han ido rompiendo, las olas dificultan el sueño y nuestra alimentación es a base de botanas. La lluvia acaba por penetrar la pantalla del GPS. Demonio sigue de mal humor y lo expresa con sus uñas, dientes y meados.

El día 10 permanece nublado, con vientos alrededor de 20 nudos. A las 1400 nos encuentra una escuela de más de cien delfines listados y me temo que uno, probablemente un bebé, muerde el anzuelo. La línea se desenrolla a toda velocidad, aguanta unos instantes en manos de Jake y cuando no hay más que soltar, con el trueno de un disparo, revienta en el carrete. A las 1720 el Capi detecta que la sentina se está inundando. Tiene unos veinte litros de agua y, tras beber un sorbo, Tom dictamina que es agua salada. Estamos a 700 millas náuticas de Kiribati, el refugio más cercano. Nos invade el silencio. La bomba de achique no funciona y, con una bomba manual conectada a una manguera, me pongo a bombear el agua hacia el lavabo. Tardo unos quince minutos en vaciar la sentina.

Mientras revisaba la sentina, el Capi encontró una botella de vino tinto ahí escondida, así que me pongo a hacer una pasta y durante la cena pasamos del silencio a hablar de temas dispersos, buscando distraernos del hecho de que el barco posiblemente se esté hundiendo. A las dos horas y media volvemos a revisar la sentina y no parece haber vuelto a entrar agua o, en todo caso, está entrando muy poca. De postre parto una toronja gigante que resulta tener una colonia de gusanos en su interior. Pruebo con otra: deliciosa.

El 19 de abril amanece con un cielo azul intenso interrumpido por pequeñas cumulonimbi. El viento sopla de través por estribor a 15-20 nudos y las olas son altas pero no tan incomodas cómo en días pasados. El Capi pasa unas horas tratando de arreglar la pantalla del GPS, que recuerda le vendieron cómo impermeable. Veo nadar una caja de unicel. Un bobo ya viejito pasa horas descansando sobre la proa y todo indica que no nos estamos hundiendo. Sin embargo, no hemos pescado y se empiezan a acabar las opciones de comida. Desanimado, almuerzo una Maruchan. Conforme nos acercamos a Hawái, la necesidad de comprar un boleto de avión comienza a inquietarme. No es fácil evaluar opciones sin acceso a internet. Desde de Dinamarca, por mensajes de hasta ciento sesenta caracteres, mi madre me ayuda enviando alternativas. Al atardecer, montamos la pantalla y funciona.

Paso el siguiente día ponderando itinerarios disponibles, todos mucho más caros que lo que parecía haber dos semanas antes. Ahora vamos ciñendo por la amura de estribor, buscando librar la Isla Grande de Hawái por babor. Esto hace que las olas salpiquen la cubierta y quizás expliquen por qué sigue entrando agua al barco. Por babor, pasamos otro objeto de plástico, quizás una boya pérdida. Cambios sutiles en la velocidad del viento impactan fuertemente el ángulo de inclinación y nos mantienen ocupados ajustando el tamaño de la Mayor. Un dorado muerde pero problemas con el carrete de la caña permiten que se escape. El nuevo rumbo nos tiene más inclinados que de costumbre y el interior del barco parece haber sufrido un terrible terremeto. En un ajuste de velas trueno la cuerda que sujeta el vang. Segundos después, el Capi sube a cubierta a pedir un estimado de daños. Basta con remplazar la cuerda, que parece haber reventado por desgaste. Ansioso por pescar algo, luego de reparar el vang, permanezco gran parte del día sobre la cubierta, incluso dedicando horas a confeccionar nuevos anzuelos.

El día trece de esta madriza el viento vira hacia el noreste para pegarnos de través a 15- 20 nudos, y aunque las olas son mayores a tres metros, vamos menos inclinados y por lo tanto un poquito más cómodos. De brunch hago unos huevos revueltos con chorizo y frijoles refritos negros, mientras que por la tarde Jake se arma un pan artesanal, que bajamos con mantequilla y unas chelas podridas. Hemos descubierto que el tanque de agua está contaminado con agua de mar. La pantalla del GPS nos marca en el Golfo de Guinea, unas cuatrocientas millas al sur de Abidjan. Los vuelos han subido dramáticamente y ahora estoy considerando volar a México en lugar de pasar esta crisis en Copenhague. En un lapso de dos horas, alcanzo a distinguir dos artículos de basura. Me pregunto si estamos acercándonos a alguna de aquellas islas gigantes de plástico que existen en el Pacífico. Si tuviera internet, buscaría sus coordenadas, al menos para estar seguro de no meternos ahí. Perdemos otro anzuelo. Paso horas ojeando manuales sobre cómo reparar y mantener mi velero, mientras Demonio, patinando de babor a estribor, lamenta su miserable existencia.

Después de dos semanas luchando contra el viento y las olas, ya quiero llegar. Ese día compro mi boleto a México y no puedo dejar de pensar en lo que viene: la migra, el virus, el vuelo, la ciudad, las paredes… Me es difícil disfrutar del presente, que normalmente viene con naturalidad en un velero. Tampoco puedo enfocarme en leer. A media tarde Jake se rifa con unos pretzels y las últimas chelas. Mientras espera que horneen, inspecciona la sentina y la encuentra llena de agua.

Cuando despierto para mi turno de las 0700 el viento está de locos, yendo de 8 a 23 nudos. Esa mañana perdemos un anzuelo más, termino de leer los Viajes de Gulliver y empiezo Packing for Mars. Por la tarde el viento se mantiene entre 15 y 20 nudos y hasta vira para darnos un ángulo cómodo, por la aleta de estribor. Tom aprovecha para cocinar un chili, especie de caldo de frijol con trozos desmenuzados de carne enlatada, elote, ajo, chiles y quien sabe qué tantas cosas más. Por la noche nos pega entre 18 y 22 nudos de través, con lo que vuelve el caos al barco. La pantalla funciona de manera intermitente. Paso mi turno con dos rizos en la Mesena, sin Mayor y un rizo en la Genovesa. En su turno de 2300 a 0300, Jake agrega un rizo a la Genovesa. Durante mi descanso, mi cabina adquiere un aroma intolerable.

A las 0830 del día dieciséis vemos tierra por primera vez. La Isla Grande, de las más bonitas de Hawái, supuestamente. No nos vamos a acercar, ya que hacerlo afectaría nuestro ángulo de viento así cómo su fuerza. Aún a veinte millas náuticas de la costa, alcanzamos a ver el pico del volcán Mauna Loa. Las olas rebasan los cinco metros pero su frecuencia es placentera. El viento va y viene, hasta obligarnos a usar el motor unas horas. Pescamos un pequeño dorado que Demonio disfruta verme filetear pero se niega a probar. Media hora después desayunamos unas probaditas de ceviche. A las pocas horas vuelve el hambre, que trato de aplacar con una Maruchan. No sé si el olor de esta, los meados esparcidos por la cocina, el nuevo vaivén de las enormes olas o una indigestión por el chili de Tom, pero opto por regalarle mi sopa a Jake y vomitar por la borda. Mientras vomito, una botella de Coca-Cola en las olas me hace pensar en el pronto alivio que sentiría con una bien fría y cargada de burbujas. Hace tiempo que se terminaron los refrescos. Por la tarde sopla a quince nudos y de popa, lo que a ratos nos permite surfear las olas y acelerar un poco. Me echo una siesta y horas después logro meterme un caldito de pollo. Finalmente atribuyo mi alivio a un sal de uvas que, pensando aún en esa coca, encuentro justo antes de mi turno vespertino. Estamos a menos de doce horas de tocar tierra. La noche está despejada y reconozco el cielo que dejé dos meses atrás. El Capi acaba de vaciar otros veinte litros de la sentina y pide que le eché un ojo al final de mi turno. Tan cerca y tan lejos.

El Virus y el mar (cont.)

Llevamos 12 días aquí y he tocado tierra una vez, experiencia que puedo resumir cómo sumamente incómoda y extraña. Fui poco después de llegar a Nuku Hiva y habían transcurrido más de tres semanas desde la última vez que usé zapatos.

20200405_173616Con mi pasaporte y una attestation, documento impreso que explica el motivo por el cual voy a tierra, me despedí de Tom, el Capitán, agarré la escalera que sube al muelle y empecé a caminar al pueblo. A unos cincuenta metros de donde me había bajado, noté una carpa con gendarmes que, supuse, estaban vigilando a los barcos fondeados en la bahía de Taiohae. Llevaba a lo mucho cinco minutos caminando cuando una patrulla me detuvo. El oficial, muy serio, me preguntó qué hacía en tierra. Me acerqué para ofrecer documentos y una explicación, sin pensar que mi buena voluntad fuera ser correspondida con un grito firme y de evidente repugnancia, ordenándome mantener mi distancia. Superado el malentendido, contesté que iba al banco. ¡¿A qué?! Por… dinero. ¡¿Para qué?! Para después ir al Correo y comprar un chip para mi teléfono. ¡En el Correo hay un cajero! OK. Gracias. ¿Le enseñaste tus documentos a los gendarmes del muelle? Ehhh… no; no sabía que debía hacerlo. Respondió con un ruido entre ladrido y eructo, cerró su ventana y partió. Al llegar al edificio de Correo encontré un cajero descompuesto y un señor parado afuera, leyendo ciertos carteles pegados a las ventanas. Me miró con asco. Suponiendo entonces que era francés, le pregunté en su idioma si sabía de otro cajero al interior del edificio. Su única respuesta fue alzar los hombros. Volví a preguntar, ahora en inglés. Contestó que no tenía idea. Me dirigí hacia la puerta y justo antes de abrirla me interrumpió para explicar que el estaba formado y que sólo podíamos entrar uno a la vez. Del otro lado de la puerta de vidrio alcancé a ver una señora hacerme señas de que no entrara. Tenía puestos unos guantes de latex azules y un cubrebocas del mismo color.

Decidí volver hacia el banco, con algo de miedo de toparme al policía que probablemente había sido adiestrado en el hexágono. En la avenida principal vi pasar dos o tres coches y noté con extrañeza que siempre iba una persona al volante y un pasajero atrás, del lado opuesto, ambos con cubrebocas. Los saludé con una sonrisa; sus ojos no sonrieron de vuelta. Por un momento pensé que tal vez parecía un borracho, tambaleándome sin darme cuenta, mareado en tierra firme. A parte de esos coches, las calles estaban desiertas. No entendía de dónde venía tanta mala vibra. En contraesquina del banco encontré otra carpa con gendarmes. ¡¿A dónde vas?! Al cajero. D’accord, fais vite! Había tres personas mosqueando el cajero, todas viendo el suelo. Cuando una salía, esta abría la puerta empujándola con el hombro y la mantenía abierta hasta que entrará la siguiente. Por medio de unos carteles, el banco sugería limpiarse las manos con gel antibacterial antes y después de usar el cajero. No encontré el gel. Saqué una cantidad de dinero al azar -no tenía idea de la paridad del Franco del Pacífico- y salí sintiendo que mis dedos habían tocado ácido. Al pasar los gendarmes les sonreí, pero sus ojos no sonrieron de vuelta. En el Correo atendían dos personas, ambas con guantes, pero sólo la señora que vigilaba la puerta usaba cubrebocas. Mientras ella me insinuaba que olía a caca, un señor enorme, con los brazos y cuello cubiertos de tatuajes polinesios, me dio la bienvenida y pidió que me sentara detrás de un escritorio que habían improvisado a un costado de la puerta. La superficie estaba empapada en alcohol, igual que la silla. Por un instante consideré que no había entendido; me parecía extraño que pidieran que mojara mis nalgas en alcohol. Miré a la señora, quien con asco me dirigió la palabra para insistir que me sentara sobre el charco, apuntando a la vez a un bote de gel que debía usar cuanto antes. Por fin pude quitarme de las manos los bichos del cajero. Con tono agradable y un acento interesante, el señor se dirigió a mí. ¿Qué puedo hacer por usted? Quisiera un chip para usar internet y hacer llamadas desde mi teléfono. Muy bien; ¿trae su pasaporte? Si. Tenga la gentileza de llenar este formato, por favor. Le pasó un formato a la señora, quien, con los cachetes llenos de vómito, me lo entregó. ¿No importa que se moje? El otrora jugador de rugby sonrió, dándome a entender que no importaba. Le ofrecí el pasaporte a la señora; lo tomó cómo si estuviera en llamas. Llené el formato haciendo un esfuerzo por que no acabara cómo el papel de baño en un velero (vid infra) y, cómo si se tratara efectivamente de ese papel ya usado, lo recuperó la doña. Con toda claridad y amabilidad, el gigante mauri explicó el proceso para activar el chip e informó sobre el precio y tarifas. Casi regurgitando, la señora intercambió el pasaporte por la mitad de lo que había sacado del cajero. Si no hay nada más que pueda hacer por usted, le deseo un excelente día. Con el culo mojado, salí del Correo y regresé al muelle, repasando confundido las interacciones que acababa de vivir. Al menos había una persona amable en Nuku Hiva.

¡¿Que estás haciendo? ¡Ven para acá! Muéstrame tus papeles. ¿A dónde fuiste? Al Correo. ¿Sólo al Correo? Bueno… no… al banco también. ¿Por qué no te sellaron esta hoja los gendarmes del banco? No sé. ¿Eres Danés? Sí. ¿Roberto Sanchaise?, ¿conoces a Roberto Baggio?, ¿te gusta el fútbol? Claro, muy buen jugador. En un idioma ininteligible, pasó a hablar con su compañero sobre Roberto Baggio y fútbol. Sin voltear a verme ni decir algo, me devolvió los documentos y dejó parado esperando instrucciones. Pasaron quince segundos incómodos antes de que volteara a verme. Ouiiii? ¿Me puedo ir? Si, regresate a tu velero y quédate ahí. No vuelvas a salir. Estamos en cuarentena. OK. Gracias.

Regresé al barco sin palabras. Mi cabeza no alcanzaba a procesar lo que acababa de vivir. Logré conectarme a internet y empecé a encontrarle justificación: Fiji es el único país de la región que aún no cierra sus fronteras, la cuarentena es la norma, miles han muerto, la economía se está derrumbando, la mezcla mexicana está en quince dólares… el mundo no es el que dejamos en Vallarta; hay que pensar en un plan B; tengo que lavarme las manos, bañarme. ¿Cuantas personas no habrán tocado la pluma con la que llené el formato en el Correo? ¿Y el cajero? ¿Me toqué la cara? Tengo que lavarme las manos, bañarme, echarme al agua. Está prohibido nadar.

Mientras andábamos en altamar sólo nos llegaban indicios de que la situación se estaba poniendo loca, pero nada de detalles. Ahora vemos que de La Marquesa a Las Marquesas el Virus está fuera de control. En algunos lados se pasean libremente, en otros, reciben catorrazos o multas por hacer lo mismo; hay quienes aprovechan para aprender algo, limpiar a fondo su casa o sacar algún pendiente, luego los que no pueden despegarse de la tele o de las redes sociales; algunos quisieran poder darse el lujo de quedarse en cuarentena, otros se sienten encerrados y al borde de la locura.

Aprendo esto de lo que me comparten amigos y familiares, y los titulares que ocasionalmente logra cargar el feis. La señal no da para leer noticias o descargar memes o videos cagados. Anticipo que subir esta reseña será tan desesperante cómo intentar cancelar Cablevisión. Hay quienes se imaginan que estamos a toda madre, anclados en una bahía paradisíaca, tal vez echándonos chela tras chela mientras escuchamos éxitos de Luis Miguel y coqueteamos con mujeres en bikini. La realidad es otra. Para empezar, hace tiempo que se nos acabaron las chelas y hay ley seca en la isla. Los bikinis más cercanos son los de Saorsa, velero anclado a ciento cincuenta metros de nosotros con cuatro babyboomers neozelandesas a bordo -detalle que los binoculares no alcanzan a apreciar.

La rutina en un barco anclado no es igual a la de uno en movimiento. En movimiento, uno se ejercita izando, bajando y ajustando velas, tirando los anzuelos y arreando pescados o simplemente manteniendo el equilibrio mientras lee un libro, pendejea con el sextante o trata de tomar una foto del atardecer. Cocinar en un velero sujeto a una inclinación de 20 grados que sube y baja las olas sin orden aparente conlleva malabarear sartenes, ollas, cuchillos y diversos ingredientes, que más parece cruce entre crossfit y trapecio.

Dormir… uno se acostumbra, pero también es peculiar. Imagina una hamaca bajo la sombra de dos palmeras en una playa virgen, a la que llegas a descansar luego de un día terrible en el trabajo y un par de horas en el tráfico. Te instalas, cierras los ojos, empiezas a desconectarte. De pronto llega un escuincle caguengue a mesearte abruptamente. Sin insultos, le ruegas que te deje tranquilo pero tu disimulada desesperación sólo le divierte más. Intentas ignorarlo, confiando que el chamaco se va a cansar o aburrir. Pasa media hora y sigues azotando de lado a lado, ahora creyendo que podrías incluso caerte de la hamaca. Pero a la vez sientes que en poco tiempo tu cansancio vencerá y dormirás a pesar de la chinga que te están acomodando. Sin darte cuenta, consigues dormir a tu cerebro, mientras tu cuerpo se mantiene tenso y haciendo ejercicio.

Los baños suelen ser del tamaño de un ataúd y sentarse es tan complicado cómo en algunos peseros, sobre todo si te toca el asiento que va justo arriba de la salpicadera. En este cubículito suele hacer más calor que en el resto del barco, lo que resulta en la desintegración inevitable del papel de baño. En movimiento, es cómo combinar yoga bikhram (o cómo se llame ese tipo de yoga que hacen en un sauna) con una vuelta en la montaña rusa de la feria de Chapultepec: es alta la probabilidad de que salgas con costillas lastimadas, además de agotado, sudado y sintiéndote un poco sucio. Sin darte cuenta, después de unos meses en altamar, además del asco, haz perdido peso, ganado fuerza muscular y hasta empiezas a ver cuadritos en el abdomen que no habías visto desde los 15 años. La vida a bordo es cómo tener el abshaper puesto 24 horas al día. En los trópicos, combinalo con una faja reductora de celofán.

Anclados, el abdominaizer deja de funcionar y el único ejercicio que hacen los brazos se da al lavar ropa; las idas al baño pasan a ser breves sesiones de sauna; las olas pueden, pero no suelen, dar entrada a una versión menos malévola del demonio de la hamaca, que sin contribuir a la salud física del marinero dificulta el sueño y hace un cochinero de la cocina.

Confinado al barco, me siento tan culpable cómo el godín que se alimenta de galletitas, tacos y garnachas y que aunque no lo conoce paga puntualmente la mensualidad del gimnasio. Es imposible pensar en hacer sentadillas o abdominales, aerobics o improvisar algo de yoga. Me encantaría quitar el pinche celofán que envuelve mi puerco, pero tenemos prohibido nadar. Aunque no fuera así, tampoco me imagino dar vueltas al rededor del barco. Lo que si haría, y con gusto, sería esnorkelear con las mantarrayas que diario nos saludan, o explorar los arrecifes, pero incluso eso lo haría por poco tiempo porque me molesta el sol y vivo con miedo de que me queme.

Una vez que tiras el ancla necesitas ser muy disciplinado para no perder esa condición, pues la próxima vez que hagas ejercicio será cuando leves el ancla y si durante el descanso -en este caso, la cuarentena- te dejaste ir cómo ballena en tobogán hay riesgo de que no puedas y te quedes anclado para siempre.

¿Cómo se pasan los días? Supongo que en algunos aspectos similar a cómo la pasan en tierra. El día empieza con una tasa de café, seguido de las noticias que comparte voluntariamente un velero a través del VHF. Estas suelen incluir estadísticas sobre la pandemia, reglas de la cuarentena y algunos anuncios, cómo venta o regalo de refacciones, trueque de tripulantes, solicitudes de apoyo, etc. Luego nos ponemos a reparar algo.

Para mediodía el calor se ha vuelto insoportable y es hora de la siesta. Por la tarde, otros voluntarios transmiten un programa de su propia producción con entrevistas a gente que está anclada aquí, noticias falsas y clases de francés. Así descubrimos que hay un dos olímpistas sufriendo la cuarentena con nosotros: un velerista australiano y un snowboarder de EEUUA. Antes de que oscurezca, tratamos de reparar otra cosita y cuando llega la noche empieza nuestro momento favorito del día. Ya no hace calor y durante una hora unos veinte barcos participamos en una trivia por el VHF. La mayoría de las preguntas y respuestas son absurdas y se escucha de inmediato qué participantes conservan reservas importantes de alcohol a bordo. Entre todas estas actividades, claro que hay varias visitas al refri, usualmente cargadas de desilusión.

Más allá de la rutina, me siento cómo el Tom Hanks de Europa del Este atorado en el limbo del aeropuerto: a la fecha, ni las autoridades migratorias ni las aduaneras han querido reconocer nuestra llegada al país. Aunque los gringos han prometido que mi falta de visa no será un problema, estaremos tres semanas en altamar durante y temo que todo podría volver a cambiar. Eso mantiene el cerebro dando vueltas y hace difícil leer un libro. Por la misma razón, aunada al calor y las olas, me cuesta mucho meditar.

Todo, en fin, parece muy difícil, y es por eso que aunque conlleve sus riesgos me urge zarpar. Ya terminamos de abastecernos y sólo estamos esperando que lleguen Esteban y Jake a bordo de Volunteer, amigos de México que habían zarpado dos días después de nosotros. Vienen en un barco casi tres metros más pequeño, con menos combustible y más paciencia para los vientos leves del ecuador. Conocí a Esteban de La Paz y Jake me había salvado meses atrás en el Mar de Cortés, un día que mi motor se puso en huelga. No dudé en sugerirle al Capitán hacerle el paro de llevarlo con nosotros, además que de a tres tendríamos turnos menos pesados.

Estimamos zarpar el 7 u 8 de abril. Todos, me imagino, estamos de una u otra manera en las mismas. Habrá que ser pacientes, recordar que todo es pasajero y confiar que de esta también saldremos adelante. Anitya.