De Ferromozas

El siguiente relato se apega a la realidad en todo menos identidades.

Hasta ahora, poco he contado sobre lo que uno encuentra camino a Vladivostok o Beijing. Los malos olores sin duda pesaron en los recuerdos, pero seria triste reducir esta Odisea a lo percibido por un sólo sentido.

Falta mucho por narrar y esta parte se enfoca en una especie particular de acompañante, cuya función es amenizar las interminables horas del recorrido, ya sea sirviendo comida, facilitando tasas para el chai o prestando sabanas y colchas para librar la noche: son las ferromozas, o provodnitsi (проводницы), como les dicen los sovietilandeses.

El 23 de julio de 2009, de la Kazansky Vokzal (Казанский вокзал) en Moscú, partieron abordo del transiberiano los tres mexicanos que meses antes habían batallado por conseguir sus visas. Iban rumbo a Ekaterimburgo -la ciudad dónde los bolcheviques ejecutaron a la familia Romanov– en categoría kupé, así que compartían cabina con un cuarto pasajero, que en este primer tramo resultaba ser una mujer de Kazán.

A los quince minutos de haberse subido al tren, Yuri, Andrei y Vasily (por emplear los nombres soviéticos que adoptaron nuestros amigos durante el viaje) tuvieron su primer encuentro consciente con una ferromoza. Oksana, de cabello rubio, alta, blanca, de ojos verdes y algunos lunares, vistiendo un uniforme elegante, azul, con un escote que exaltaba sus tremendos volovanes y una minifalda que dejaba ver mucha, mucha carne, venia a presentarse.

Empezaba el viaje y con el, las clases intensas de ruso, los enfrentamientos vs. sovietilandeses, las pedas, las crudas, los malos olores, fuertes dolores y momentos hardcores.

Oksana era enorme. Era fácil imaginarla tumbando puertas para pasar de un vagón a otro, como si fuera la nana del Conde Patula. Al tiempo que le lanzaba sonrisas coquetas a Yuri, Oksana hacía lo posible por mostrar la variedad de antojos que ofrecía. Su carrito adornado de chocolates, papitas (sabores a sal, cebolla, jaiba, res, pollo, caviar, eneldo y pepinillo), pescaditos salados, sopas maruchan, cervezas, refrescos, café y té, parecía de juguete en sus brazos gruesos como extintores.

La mujer de Kazán se pidió una botella de vodka y los mexas, un par de pivos.

A unas cuantas horas de Moscú se soltaron las riendas: Mientras Vasily y Yuri vaciaban los últimos caballitos de la segunda botella, la mujer de Kazán reposaba su codo sobre la lonja de un Andrei asustado que evitaba a toda costa la mirada cachonda de esta nueva amiga.

Hacia como 20 minutos que la ferromoza no pasaba a ofrecer sus viandas, lo que significaba que podía pasar en cualquier momento, no tanto por servicial, sino por su evidente antojo de Yuri. Este güey, por su parte, retorciéndose del último trago, argüía que se necesitaban quinientos gramos más de vokda y ofrecía ir por ellos al vagón restauran. Todos sabían que más que la sed, era la calentura provocada por la cruda, el jetlag, la emoción de iniciar el viaje hacia Beijing, las chichis de la mujer de Kazán y la franqueza de Oksana, lo que lo obligaban a pararse. A pesar de sus obvias intenciones, volvió más rápido de lo esperado, con una botella verde, de tapa rosca, dudosa marca y al tiempo, comentando sobre lo increíble que estaba el tren, los personajes que había visto en el vagón restauran, los vecinos y la existencia de otras ferromozas.

Nadie le puso mucha atención y probablemente por ello, por el batazo que luego recibió de la mujer de Kazán y por la paralela e hiperveloz evaporación del agüita, Yuri huyó de la cabina, dejando atrás a dos pedos y una pobre mujer borracha…

Yuri se instaló en el restauran, ordenó una cerveza e intento meditar sobre su nivel de peda al vaivén del transibirski magistral. Oksana pidió que le invitara un trago y, ya con un cognac en la mano, se sentó a platicar. Estuvieron hablando alrededor de una hora, Yuri en Español, Oksana en Ruso, Yuri sobre el desmadre que se había armado en la cabina, Oksana sobre su hijo de 17 años, etc. Estaban a punto de agarrarse de la mano cuando Irina, una provodnitsa de tamaño normal, tomó asiento a un costado de Yuri y se integró a las conversaciones. Yuri Pavlovich, buena onda como lo es, también le invitó un cognac.

Vasily llegó unas horas más tarde y encontró a Yuri sentado en una butaca, rodeado de mujeres, botellas y comida, hasta las chanclas y sin conciencia alguna del costo de su vecherinka. Divertido por la escena y asqueado por la que acababa de vivir en el kupé, Vasily se instaló a lado de la tal Irina, quedando frente a Galia, otra ferromoza, y Sergei, quien se presentó como el dueño del vagón restauran. Oksana, ahora en su mejor vestido de antro, se estaba encargando de que fluyeran los cognacs y la traga cuando Yuri le gritó que era el «happy birthday» de Vasily y que, por lo tanto, era fundamental que le sirvieran de inmediato una copa de champagne. Efectivamente, ya eran pasadas las doce y Vasily cumplía veintiocho. Mientras servía la sidra, Oksana aprovechó que Vasily parecía entender ruso para preguntarle: 1. si creía que Yuri había entendido que ella tenía un hijo; 2. si creía que Yuri de verdad se casaría con ella y 3. si el plan de ir al antro con ella y las demás provodnitsi seguía en pie. Vasily, cagándose de risa por dentro e intentando asentir de manera que pareciera sincero, buscaba desesperadamente un punto sobre el cual enfocar su mirada para no soltar la carcajada. Oksana estaba tan cerca que centrarse en la sidra que escurría de sus manos implicaba echarse un clavado al cañón entre sus senos; tornarse hacia la mesa provocaba nauseas debido a la cantidad de comida fermentada, ahumada, salada o curtida que se asomaba entre la decena de latas, vasos, frutas, verduras y papitas que la sobrepoblaban; y levantar la mirada invitaba a que Sergei lo agotara como traductor con Yuri. Finalmente, Vasily optó por escapar al baño.

Era evidente que Oksana, en el transcurso de la noche, al abrigo de ojos indiscretos, y fruto de los momentos íntimos –y románticos- que parecía haber tenido con Yuri, se había enamorado de él, o cuando menos de la idea de irse a vivir a México: la tierra donde los ricos también lloran y María es simplemente María.

Después de 1,800 kilómetros y aproximadamente 32 horas, llegaron a Ekaterimburgo, y a petición de Yuri, los tres mexicanos salieron corriendo del tren y no se detuvieron hasta asegurar refugio y escondite en el resting room de la terminal.

De Sergei y de sus viejas, nunca más se supo nada.

Un par de días después conocieron a Ksenia, Julia y Sveta, tres ferromozas de muchos kilómetros, vestidas ya no de uniforme sino de cabaret, que servían las maruchans y cognacs en el trayecto a Tobolsk. Desde un principio se mostraron encantadas por la presencia de tres galanazos en su restauran. Tardaron poco en sentarse cerca de ellos, invitarlos a picharles unos cognacs o champagne, e iniciar la carrera por vaciar sus carteras. Fue a penas en este momento que Yuri concedió que las provodnitsi del tren pasado le habían visto la cara con los cognacs, que Oksana era enorme y que Sergei era el padrote de sus compañeras de peda. En este trayecto también descubrimos que el cognac que abordo costaba $10 dólares la copa, en las paradas lo vendían a $3 dólares la botella. Con Ksenia, Julia y Sveta no hubo ni vecherinka, ni cognacs, ni maruchans. Les ofrecieron unas cervezas pero Sveta, la matrona, rechazó la invitación protestando que la cerveza era de pobres y hacia orinar.

Conforme se fueron sumando las etapas, Andrei, Yuri y Vasily aprendieron a distinguir dos especies de ferromozas: por un lado, las ficheras que trabajan el vagón restauran y, por el otro, las mucamas, de las cuales hay una por vagón, que simplemente se encargan de distribuir colchas y sabanas; mantener el tren limpio y en orden; ofrecer chais y en ocasiones hasta jolodnie pivo, o lo que es lo mismo, cervezas frías. Las ferroficheras, aunque divertidas, por lo general eran ya grandes tanto de edad como de cuerpo y no muy agraciadas. En cambio, las ferromucamas podían ser de cualquier edad, simpáticas o mala onda, feas o hermosas… Eran aliadas imprescindibles a bordo del transiberiano: si les caías mal, no te ofrecían chai,  ni baltikas, ni te dejaban poner música, echar desmadre, coquetearles, dar clases de salsa, etc. te miraban feo y se negaban a entender un nivel de ruso jodidón. Las ferromucamas de mayor edad, junto con las señoras que venden los boletos de tren y algunas ferroficheras, eran la expresión perfecta del individuo sovietilandés: Parecían enojadas con la vida, con los empleos que sentían el Estado les había impuesto, con la invasión extranjera y, sobre todo, con sus pasajeros y clientes; sin embargo, eran madres orgullosas de sus hijos, seguido satisfechas con sus maridos, con buenos amigos, quizás una dacha y en general agradecidas con lo que la vida les había dado. Resulta entonces imprescindible hacer lo posible por interactuar con esta especie de acompañante.

Insider’s tip: Si lo tuyo son las rusas y te pareció intrigante el tema de las ferromozas, sea en versión ferrofichera o en ferromucama, apreciarás saber que durante el verano y en vacaciones importantes, el número de trenes que atraviesa Siberia aumenta y resulta ser que para muchas jóvenes los trenes son una buena fuente de trabajo, que permite viajar, hacerse de unos kopeks y conocer a gente extraña como Yuri, Andrei y Vasily, quienes convivieron con muchas y muy guapas a lo largo de su viaje. Lamentablemente para ellos, ninguna pareció aceptar la clásica invitación a conocer el México de Thalía y Verónica Castro. No tiene que ser tu caso.

Si lo tuyo son los rusos, ten en mente que los rusos aprovechan del día de la marina o el del ferrocarril para ponerse sus peores pedas y hacerse de las más grandes cicatrices.

Visas, Testimonio de Yuri Pavlovich

Hace unos años, cuatro mexicanos aceptaron el reto de hacer este trámite sin la ayuda de una agencia de viajes. Considerando que el trámite de la visa es la tarjeta de presentación perfecta de Sovietilandia, les comparto el testimonio, sin tachaduras ni enmendaduras, de Yuri Pavlovich.

«Conseguir visa para viajar por algunas partes de Sovietilandia es un verdadero follón. Aún teniendo todas las palancas, planeando, echándole ganas y sonriéndole a los del Consulado, el trámite para la visa es una hemorroide que sólo se equipara al de la cartilla militar o del pago de impuestos. Conocidos de conocidos han pasado años analizando el sistema y llegaron a la conclusión de que no hay cómo evitarlo.

Todo apunta a pensar que los sovietilándeses creen que operan un antro súper exclusivo y que no basta con que estés en la lista para entrar. Si no eres ‘alguien’ -que seguramente es tu caso- no tienes derecho a tratos especiales como acceso preferencial, mesa, lugar frente al espejo, pomo, edecanes o visa de entradas múltiples.

«En aquel entonces, la página de internet del Consulado decía algo así:

‘A. VISAS TURÍSTICAS

1). Paquete turístico (touristic voucher, tour turistico) y la “Confirmación de recepción de turista extranjero” (“confirmation letter”) tramitada por empresa – operadora turística en [Sovietilandia] (vale por fax)

NOTA IMPORTANTE: Ni billetes de avión ni reserva del hotel no son suficientes para tramitar la visa. Es indispensable tener un paquete turístico de viaje organizado siendo la “Confirmación” el documento que lo acredita.’

Al igual que tu… tampoco entendimos gran cosa. Lo que sí logramos inferir fue que esta modalidad requería la intervención de una operadora turística en Sovietilandia -recurso que no estábamos dispuestos a utilizar. Después del apartado de visas de negocios, nos apareció el de visas para visitar a familiares o amigos en Sovietilandia, precisando los siguientes requisitos:

‘Si va a visitar a sus familiares o amigos en [Sovietilandia], en el Consulado se le preguntará por una carta de invitación formal (original exclusivamente), expedida por el Departamento Territorial de Visas del lugar de residencia de la persona que invita, así como su pasaporte, cuestionario y una foto.’

Sí… también nos quedamos pendejos leyendo esto. De hecho, la hueva que nos estaba provocando el reto nos iba orillando a cambiar los planes por unas vacaciones en el espacio Schengen.

Contactamos a un amigo que vive allá, Veribor, confiando que nos echaría la mano con las cartas requeridas por las autoridades sovietilándesas. Básicamente, lo que Veribor tenía que hacer era pedirle permiso a las autoridades para que le dejara invitar a sus cuates (nosotros) a dar el rol. A la mera hora, por ser extranjero, a Veribor le pusieron un chingo de trabas. Luego llegó la porcina.

Los consulados de muchos países cerraron y los mexicanos estaban siendo tachados de leprosos. Nadie nos daba visa. Esto llevó a considerar alternativas y a entender que en Sovietilandia las cosas eran diferentes.

De entrada, los sovietilándeses tienen dos pasaportes: uno para viajar al interior del país, otro para pasear fuera de él. Cuando te mudas, luego luego tienes que ir a registrarte en la ciudad a la que llegas. El objetivo de estas medidas seguramente es tenerte ubicado. La misma lógica los lleva a exigir que los turistas den hasta el detalle más pendejo sobre su viaje y destinos, provocando con ello la mencionada hemorroide. Un experimentado nos dijo: ‘Normalmente necesitas enseñar tus reservaciones de hotel para cada puto pueblito al que piensas ir, así como tu boleto pal trenesito si es que piensas viajar.’

Con la invitación súper legal que nos iban a conseguir esperábamos -aún así- burlarnos del sistema y preservar la libertad de viajar por donde quisiéramos. Se trataba de una invitación especial elaborada por un consulado occidental, que pasa directamente por el ministerio de asuntos exteriores y que este mismo manda vía telex (¡¿!) al consulado en México -donde se supone que sabrán que hacer con ella. El coyote enfatizó que no se nos podía ‘ocurrir platicarle a la devushka del consulado de lo emocionados que estábamos por conocer todos los puebluchos entre Yalta e Irkutsk o que íbamos a turistear a Siberia‘, motivo por el cual decidimos fingir que nos quedaríamos todo el verano en casa de Veribor. Por último, nos informó que el trámite de la visa podía tardar hasta 5 días hábiles (hablaba de alguien a quien: ‘se lo hicieron en caliente’) y ‘dependía de que tan culera fuera la persona que te atendiera’.

El registro, por su parte, es como una patada en los huevos que acompaña de la mano a la hemorroide. Ya que tienes visa, empacas tus chivas, vuelas a Sovietilandia y te diriges al ministerio del interior, si mal no recuerdo, para informar que llegaste con bien y que te sientes súper privilegiado de haber sido invitado a conocer tan gran Nación y que esperas encontrar muchas oportunidades para gastar tus divisas. El ministerio se queda con tu pasaporte durante todo el trámite, que puede durar al rededor de una semana (‘por pinches funcionarios jodidos’, según el coyote). Mis cuates no tenían suficientes semanas de vacaciones para tomarse una entera esperando el registro, así que una vez más, se evaluaron alternativas. Para nuestra tranquilidad, Don perito coyote aclaró que era posible que el consulado occidental que había tenido la bondad de invitarnos hiciera una cartita oficial que dijera que a su invitado no le daba tiempo hacer el trámite de registro ‘y que pues nada, pa’ la próxima’.

Total que gracias a esta alternativa, fue sólo una patadita en los huevos.»

Luego de la entrevista, Yuri Pavlovich tuvo la gentileza de enseñarme una lista de respuestas a preguntas frecuentes que el coyote les había regalado y que transcribo verbatim:

«1. Ahora que tengo el numerito de mi invitación que pex, llamo al consulado pa’ confirmar y hago una cita para ir por mi visa, ¿o como esta el pedo? Llama para preguntar cuando puedes pasar por tu visa.

2. Es correcto suponer que la invitación dice que me voy a quedar en casa de algún camote del consulado occidental durante X meses, ¿no? Sí.

3. ¿Puedo entrar a Sovietilandia por la tierra de Chinggis Khan? o ¿a huevo tengo que llegar a la capital primero y registrar mi llegada? Si vienes de Ulán Bator no hay pex, en el primer hotel pides que te registren. Puedes cruzar la frontera sin pepe por donde se te hinche el huevo ( bueno, ten cuidado: a veces hay puntos fronterizos cerrados o reservados para camiones).

4. En cuanto a la fotocopia del pasaporte, ¿las autoridades necesitan todo el puto librito escaneado o sólo la página de la foto y los datos? Sólo la página de la foto y los datos.

5. ¿Que tan lejos está el aeropuerto de Sheremetevo del de Domodedovo? Tienes que cruzar la ciudad de norte a sur ( casi 100 km). Puedes tardar entre hora y media y 4 horas según si vas en tren, metro o taxi ( te recomiendo el tren porque es mas baras y estas seguro de llegar). Además tienes que pasar migración llegando al Domo de Adobo y a veces te hacen esperar más de una hora.

6. ¿Que tan complicado es sacar una visa de múltiples entradas? Las visas de múltiples entradas si son un pedo.»

Yuri Pavlovich y sus amigos lograron su cometido de entrar a Sovietilandia sin pasar por una agencia de viajes. Sin embargo, tuvieron que hacer uso de un coyote y acabaron recorriendo Sovietilandia con los huevos de corbata, pensando que en cualquier momento algún militzianier objetaría la carta que decía ‘pues nada, pa’ la próxima’. Hoy, sin embargo, parece que ya no es necesario sufrir esta faena: los sovietilándeses ya no requieren visa para entrar a México, por lo que seria justo pensar que el mismo trato recibirán los mexicanos que quieran viajar a Sovietilandia. Sin embargo, la página de internet no lo precisa. 

Ofrezco una disculpa por el lenguaje florido de Yuri Pavlovich.