El Virus, el mar y la tierra

Dormido, el escandalo del agua golpeando contra el techo laminado del vecino no hacia sentido. La cubierta es de fibra de vidrio, las escotillas, de algún plástico macizo; materiales que suenan totalmente distintos bajo la lluvia. Y a pesar de la falta de sentido, me desperté decidido a confirmar que todas las escotillas estuvieran bien cerradas. Mi instinto, aunque desubicado, acertó al ver la laptop de mi compañero de piso al pie de una ventana abierta de par en par.

Son las 0730, lunes de pandemia, no tengo trabajo ni grandes planes para el día. Hace media hora que espero se infle la masa para el pan de desayuno y bebo un café mientras repaso y rearmo este borrador que esperaba publicar hace semanas. Varias veces he despertado con la sensación de estar arrastrando el ancla: el vecino de arriba estaría reacomodando sus muebles, haciéndolos roncar por el piso cómo lo hace la cadena al acomodarse en el lecho marino; o la vecindad de a lado, que percibo tan cerca escuchando clásicos de Juanga mientras se mientan la madre y alburean que no dudo la inminencia de una colisión. Los hábitos del mar no solo habitan mi subconsciente. Paso el confinamiento pintando muebles, tratando de reparar gadgets y vaciando los tesoros de la sentina de un departamento que dejé hace cinco años: libros, CDs, DVDs, juegos de Nintendo, ropa y demás lastre de otros tiempos. Mientras se infla la masa, volvamos a la aventura a bordo del velero «Korvessa» en tiempos de COVID.

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Eran las 0725 del sábado 25 de abril -dieciséis días, veintiún horas y quince minutos después de levar ancla en Las Marquesas- cuando encendimos el motor, bajamos las velas y doblamos la boya que marca la entrada al puerto de Kewalo Basin en Honolulu. A estribor veíamos la playa Ala Moana extendiéndose un kilómetro hasta la Isla Mágica, que habíamos pasado media hora antes. Olas de dos a tres pies rompían lo largo de la playa y decenas de surfers ya estaban en el agua.

Dormí poco la última noche. Aún estaba resentido por la guacara que había echado el día anterior. Supongo que también influía cierta emoción con llegar a puerto. El Capi, al timón desde las 0300, y yo nos ocupamos de preparar los fenders, bajar los paneles solares, meter los anzuelos y guardar las cañas de pescar. Me tomó dos intentos despertar a Jake. Avanzábamos con el puro impulso del velero, en un estado de trance, alucinando los rasca cielos y yates de lujo, lo plano del agua y la gente, algunos enmascarados, otros no, caminando por las escolleras. Tom recordó que debíamos dirigirnos hacia el Club de Yates de Hawái y tomó su tableta para revisar el mapa (la pantalla del GPS había dejado de ser confiable). Entonces se dio cuenta que estábamos en el puerto equivocado y, a las 0735, dimos vuelta en U.

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Al librar la boya de salida, viramos a babor para volver hacia la Isla Mágica, que no era ni isla ni mágica, detrás de la cual se escondían el Puerto de Ala Wai y el Club de Yates. El Capitán llevó el motor a sus máximas revoluciones y a las 0800 aventé la primera línea a tierra. El Club estaba lleno, tanto por la presencia de otros refugiados de la pandemia, cómo por ser un lugar bueno, bonito y barato para vivir a bordo. Amarramos a un costado de otro barco, que a su vez estaba amarrado a otro. Concluida la maniobra, nos encontramos incapaces de parar de hablar con quienes desde el otro barco habían ayudado a estacionarnos. Eran nuevas caras, voces y sonrisas, pero también eran oídos y eso, en ese instante, parecía una fuente de alivio para una tripulación acostumbrada ya a conversar con un gato. A parte de que no nos dimos la mano (que bien podría considerarse normal allá), ver esas sonrisas hacía que todo pareciera normal.

A las 1000 llegó Paula, amiga de la infancia de Sandi, con dos cartones de chelas y una pizza gigante. Jake y yo acordamos que tanto los cartones cómo la caja de pizza y su correspondiente COVID debían permanecer fuera del barco, así que desde la cubierta me paso botella por botella, que acomodé en el refri. Luego nos limpiamos las manos con gel antibacterial y colocamos parte de la pizza en una charola para hornear y el resto en platos desechables.

Justo en ese momento llegó Sanidad, con un chingo de formatos y detalles que revisar. Semi-confisco dos toronjas, un salchichón, unos dientes de ajo y unas papas y ordenó al Capi a limpiar con toallitas desinfectantes la cocina. Luego lo obligó a contratar un servicio autorizado para el desecho de las toronjas y demás. Pasarían el lunes por $250.00 dólares y la basura. Esperó a que la pizza se enfriara para irse, no sin antes tocar varias superficies del barco con sus asqueros guantes de latex.

Las formalidades de arribo concluyeron con la visita de otra persona de Sanidad. Quería revisar el historial de vacunas y diagnostico reciente del gato. Resulta que Demonio tiene dos microchips insertados, dónde aparecen su historial médico. Uno es compatible con los escaners de EE.UU., otro con los del resto del planeta. ¿Cuanto falta para que todos seamos cómo Demonio?

A partir de ese momento nadie volvió a pensar en la sentina. Cuando se acabaron las veinticuatro, nos fuimos a dar un paseo a la Isla Mágica, de ahí a un minisuper a comprar otras veinticuatro y un pomo de ron. Después paramos en un changarro de pizzas, y nos echamos otras chelas. Al llegar al jardín del Club vimos que unas diez personas estaban con-cierta distancia-gregadas, escuchando música y bebiendo. Nos unimos y su peda, que siguió hasta las dos o tres de la mañana, luego a bordo por unas horas más.

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Me despertó la cruda. A las 0800 me metí a bañar. Aunque la presión de la regadera no era de fantasía, la temperatura y cantidad algo alivibiaban. Por la tarde, Jake y yo, de cubrebocas, nos fuimos a buscar comida y dar un paseo por Waikiki. La ciudad estaba muy limpia y bien podada. Después de casi cincuenta y dos días encerrado en un velero de 13 metros de largo, no era natural caminar. Sentía el peso de cada paso en la planta del pie, el tobillo, las rodillas, los muslos, la cadera, el pecho, el cuello, los hombros, en fin… hasta los codos. En Praia, un restaurant que nos recomendaron en el Club por sus cortés de atún y ensaladas, el menu restringido por lo tiempos nos limitó a unos fish & chips y calamares. Por si a caso, camino al barco pasamos por más cervezas. La cena resultó medio pinche, ya aguada. Agarramos una caja de chelas y nos fuimos al jardín, atraídos de alguna manera por una hermosa brasileña que habíamos visto instalarse ahí. Más personas se fueron uniendo y volvimos a empezar. Aunque las circunstancias imponían cierta distancia, era magnifico poder conversar y reírse con otros.

Al día siguiente pasé la mayor parte de la mañana empacando y limpiando mi cabina. Curiosamente, el colchón debajo de la sabana se veía más empolvado que el de a lado, que no había tenido sabana. Me preguntaba si a caso la sabana había filtrado semanas de partículas finas de mi piel. En vano, lo traté de sacudir sobre la cubierta y ahí lo dejé a que al menos se ventilara, junto con el edredón y almohada que tanto tiempo me acompañaron.

Mientras tanto, el Capi se la pasaba discutiendo con el Director del Club y el Capitán de Puerto. Algunos socios del Club, sobre todo los viejitos, se habían enterado que venían en camino los hijos y la esposa del Capitán, refugiados en Anacortés  desde finales de marzo en casa de los abuelos. Temían que trajeran el virus consigo y los preferían fuera.

Tom volvía de la Capitanía cuando Kae y yo salimos a la calle con las maletas, a esperar mi escolta al aeropuerto. Tras la odisea que vivimos desde que zarpamos de Vallarta, era difícil encontrar palabras para despedirnos. En realidad, creo que ninguno de los tres entendía que nos estábamos despidiendo. Chris, de metro noventa, flaco, medio pelón con colita de caballo y sin cubrebocas, detuvo su camioneta frente a nosotros, abrió la cajuela y de manera muy eficiente acomodó mis cosas y me llevó a sentarme de copiloto. A penas y alcancé a darles el último abrazo de estos tiempos.

Chris hablaba mucho y no usaba cubrebocas. Yo llevaba cubrebocas pero había olvidado traer guantes; hacía un esfuerzo consciente por no tocar nada. Sentía la presencia de una persona atrás, pero esta no decía nada. En el camino, Chris iba compartiendo el valor de distintos inmuebles sobre la costa de Honolulu, su opinión sobre Trump, el virus y algunas anectadotas con marineros filipinos. Me preguntó si había cometido algún crimen o por qué requería escolta. Paramos frente a un taller, se bajo el fantasma y le conté que era un refugiado de la pandemia, sin visa para el gabacho.

El aeropuerto estaba casi vacío. Aunque faltaban tres horas para el despegue, Chris caminaba con prisa, ahora si con cubrebocas (aunque dejando asomarse la nariz), un gafete y una hoja dónde minutos antes con un Sharpi había escrito mi nombre, fecha de nacimiento y vuelo. Al llegar al mostrador, sugirió que etiquetara la maleta con mis datos y quiso contestar todas las preguntas por mi. Salió el tema de la visa gringa, luego si tenía visa para México, si quería documentar equipaje hasta mi destino, si traía algo peligroso y qué asiento prefería. Chris insistió que me dieran una ventana de babor. Hacia rato que yo había dejado de hablar.

En el puesto de manoseo y detección de monedas, Chris debía pasar su gafete por un lector y digitar un cogido que había olvidado. El de seguridad tuvo que perder algo de tiempo con él antes de poder toquetear mi pasaporte y boleto. Luego fui manoseado y mi gorra también, a pesar de que pasé por el escanner que te encuera. Con tremendo asco, me puse la gorra, recogí mis monedas, empaqué la laptop, amarré los zapatos, ajusté el cinturón y embadurné en gel antibacterial.

No había desayunado y lo único abierto era Burger King. Sólo permitían ordenar para llevar, así que con Chris a tres metros de mi, sentados sobre una banca, me comí una hamburguesa con papas. De ahí nos fuimos a la sala de espera y Chris permaneció cerca hasta que subí al avión. Iba a un tercio de su capacidad. Con una persona en cada fila, aunque cómodos, todos teníamos otra a menos de un metro, capaz de estornudarte en el oido.

Tomé mi lugar, curiosamente de estribor, me desinfecté las manos y con una toallitas, los posa brazos, sus botones, el cinturón, la mesa, pantalla y el control remoto. Envolví mi cabeza en un sorong, cubriendo todo menos mis ojos, que ya estaban protegidos por lentes de sol. Por el bien de los pasajeros, durante el vuelo sólo sirvieron una bebida y botanitas.

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Hice escala en Los Angeles, a donde llegué cómo a las once de la noche para esperar el vuelo que saldría a las diez al día siguiente. Había mucha más gente que en el aeropuerto de Hawái y que la que yo sentía prudente congregar en estos tiempos. La mitad iba sin tapabocas, habían grupos que no guardaban susana, y las pocas tiendas abiertas tenían demasiada clientela.

Durante nueve horas me recluí al fondo de una sala de espera desierta, sin poder dormir, a penas pudiendo leer, simplemente viendo la pared, ponderando el presente: ¿estaré infectado ya? y el porvenir: ¿qué voy a hacer en tierra? Ya no pensaba en si nos estábamos hundiendo, si era necesario ajustar las velas o trapear los meados en la cocina.

A las seis de la mañana mis pensamientos empezaron a manifestarse físicamente. El corazón latía más rápido, me dolía un poco respirar, sentía el estomago acalambrado… el hambre me estaba matando y todo estaba cerrado. Una hora después, por fin abrió una hamburguesería. Compré una marranada que bajé con un jugo de naranja. De ahí me fui a instalar frente a la puerta de embarque y, gracias a una aplicación que descargué con la esperanza de que me calmara, dormí poco más de una hora escuchando la lluvia caer en una selva distante.

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El vuelo a México fue mucho más agradable, con a penas diez pasajeros. Para mi sorpresa, dos o tres de ellos iban vestidos como springbreakers. Al bajar del avión, militares nos tomaron la temperatura. El aeropuerto estaba desierto. Una señora con cubrebocas y careta, protector que hasta ahora no había visto, manoseó mi pasaporte y me dio la tradicional bienvenida a casa. A Aduanas le intrigó una Ziploc con doscientos gramos de un polvo naranja y más cuando les expliqué que era un polvo de mantequilla para palomitas que me había regalado el Capitán del barco del que acababa de desembarcar. ¡Hacia que supieran a las palomitas del Cine!

Me recogió un cuate de toda la vida y por fin pude relajarme. A mi lado encontré un kit de bienvenida que incluía dos cubrebocas, dos caretas, dos pares de guantes, medio litro de gel antibacterial, una caja de carton para dejar mi zapatos y un libro sobre historias épicas en velero. Después de ponerme al tanto sobre la situación mundial, la de nuestras familias y amigos, me dejó frente al departamento de una amiga y, sin darnos la mano, nos despedimos. En el departamento encontré a mi primo Chesco. Me cedía su lugar para que pudiera pasar la readaptación y cuarentena solo. Manteniendo nuestra distancia, nos echamos varias cervezas y aprendí más sobre la vida en ciudad. Desde entonces he estado encerrado, en un estado similar al que me invadió en Los Angeles y sintiendo la misma frustración que anclado en Nuku Hiva. Quisiera zarpar.

Entretanto, el Capi y su esposa acaban de llegar a Kodiak, Alaska, y Jake logró volver a Guaymas, dónde igual que yo, había dejado su barco/hogar mientras hacia el cruce del Pacífico. Desafortunadamente para el, de momento la marina no tiene autorizado echar barcos al agua.

Del Pachipedo y sus pasacanas

La península de Baja California goza de un residente majestuoso y hoy, antes de volver a la mar, retomo este blog para compartirles lo que he aprendido de el.

Se llama Cardón pero los que lo conocen bien le dicen el Pachipedo Pringles, o pachycereus pringlei. Llega a rebasar los diecinueve metros de altura, con un tronco de hasta un metro de diámetro y agujas tan largas como una regla.

Cuando el Hombre lo deja ser, el Cardón logra celebrar hasta trescientas vueltas al sol. Incluso se dice que algunos ejemplares contemporaneos presenciaron el nacimiento de Chabelo. Sin embargo, esto rara vez sucede, dado que el Pachipedo, inoportuno como su nombre, tiene el mal gusto de instalarse donde sabe que estorba la construcción de un resort o campo de golf, o desarrolla un look tan chingón que su madera se antoja para fabricar muebles y artesanías.

Hay unas cabras que han adquirido tanto el gusto por su carne rica en alcaloides que, abandonadas a su suerte por el mismo ser destructor de siempre, pasean por Espíritu Santo con la actitud de aquel que ha perdido su perico.

El Cardón ha estado en peligro de extinción, pero por suerte la corrupción y el valemadrismo gubernamental mexicanos casi no han entorpecido su protección; festejo que no comparten las últimas vaquitas marinas que aún nadan en el norte del Golfo de California, que ya solo son doce o trece según nos cuentan unos marinos asignados a su salvaguarda.

Foto tomada de la nota de Regeneración.

A diferencia de muchas plantas del desierto, que se desgastan buscando dónde echar raices, el Cardón crece dónde se le pega la gana. Cómo un futbolista, el pachycereus pringlei tiene los pies repletos de bacterias y hongos, sólo que estos, en lugar de perjudicarlo, le hacen un parote: se ponen a tragar igual al Comepiedras de la Historia Sin Fin y así demuelen la roca a la vez que producen nutrientes. Esto le permite anclarse en los lugares con mejor vista al mar, que es justo donde se pone chingón el golf y el spring break.

El Cardón se la lleva tranquilo hasta que cumple los cincuenta, que es cuando le sale lo Pachipedo. Entonces se viste de quinceañera y lo vuelve a hacer cada año hasta que la hueva, su propio peso o un culero lo tumban. En estas fiestas luce un vestido de flores blancas que con la cruda se convierten en frutas llamadas pasacanas. De estas salen unas ochenta mil semillas, de las cuales sólo una le echará ganas para desarrollarse y convivir -de preferencia de lejitos- con nosotros. Y ni quién las culpe, con el cagadero que estamos haciendo de nuestro planeta.

Si sabes algo más sobre este precioso cactus o quisieras corregirme en lo que escribí, no dudes en dejar un comentario.

El Éxodo hondureño

En México y el mundo, cuando los problemas sociales se dan lejos, pareciera que no son problemas. Si a caso, compartimos nuestra opinión en redes, para luego seguir con nuestras rutinas como si nada. Así le hacemos con el cambio climático o el consumo desmedido de plásticos; la guerra en Siria o el genocidio Rohingya; las recientes inundaciones en el norte de México o los terremotos en Indonesia; la ocupación ilegal del Territorio Palestino o la anexión de Crimea; la homofobia o los feminicidios; las centenas de fosas clandestinas o millares de desapariciones forzadas, las elecciones en Brasil o la crisis en Venezuela, por citar algunos ejemplos.

A finales de agosto llegué a Tapachula, consiente que, siendo ciudad fronteriza, me encontraría con muchos migrantes. Aún así, no dejó de sorprenderme ver sus calles llenas de restaurantes chinos, tiendas que aceptan quetzales y un tipo de cambio del dólar estadounidense más competitivo que en la Ciudad de México. Paseando por la ciudad en busca de herramientas y materiales, de vez en cuando, me cruzaba con africanos y centroamericanos. Lo mismo sucedía en Puerto Madero, a dónde me mudé unos días después para estar más cerca de la marina en la que paso mis días. Los vecinos en el hotel eran escasos, pero eran hondureños, huyendo situaciones que no deberían resultar, a mexicanos, difíciles de imaginar. Una pareja viajaba con cinco menores, algunos suyos, otros de parientes, con el fin de alejarse de la violencia y pobreza, ilusionados con encontrar una mejor vida del otro lado; una madre soltera, harta de no encontrar trabajo como paramédico por no militar por el partido en el poder y habiendo perdido el que tenía, por la misma razón, el día que se dio la transición.

Los apoyaba entreteniendo a los niños con malabares, regalándoles objetos extraños que entraba a bordo del barco (como una colección enorme de conchas de mar), compartiéndoles de los antojitos que me compraba en la tiendita y, en el caso de la madre soltera, ayudándole a cobrar el poquito de dinero que cada ciertos días le mandaban sus parientes de Honduras y Estados Unidos, porque resulta que Banco Azteca solo le permite tres giros al mes. También andaba atento a posibles chambitas que pudieran hacer o los asesoraba sobre qué camino seguir para llegar a Tijuana de la manera más segura y económica.

Hace tres días la situación empeoró. Miles de migrantes, sobre todo hondureños, empezaron a cruzar la frontera. Son niños, niñas, bebes, mujeres embarazadas, jóvenes,  no tan jóvenes. Ahora las calles de Tapachula están llenas como Acapulco en semana santa. El mismo Puerto Madero se llenó de vida, y eso a pesar de las fuertes lluvias que lo mantienen inundado. El hotel de mala muerte en el que me hospedo está casi lleno, con familias enteras ocupando una sola habitación y sus integrantes trabajando en el aseo del hotel cuando no están limosneando por las calles. Aquellos que conocí cuando llegué siguen esperando sus visas humanitarias para poder permanecer en México hasta seis meses y así seguir su camino hacia la frontera norte sin acosos ni extorsiones. Poco a poco van perdiendo la esperanza y considerando regresar a sus infiernos. Hasta ahora los chiapanecos con los que he platicado los reciben con compasión, reflejo de su humanismo, de la solidaridad latina y tal vez del trato que ellos quisieran que sus parientes reciban en aquel territorio ahora presidido por un xenófobo.

A pesar de que el gobernador de Chiapas y las autoridades federales pregonan su intención de salvaguardar los derechos humanos de todas estas personas, la realidad es que con este nuevo flujo migratorio la gente ya vive en las calles, ya no tiene con qué comer y muchos sufren de problemas de salud. Si el Instituto Nacional de Migración sigue su ritmo burocrático habitual y les hace esperar meses para otorgarles visas humanitarias, la situación aquí se va a poner caliente.

Entiendo que ya hay asociaciones civiles y no gubernamentales organizando el acopio de víveres y la ayuda médica y los invito a que las apoyen. Por mi parte, me ofrezco a recibir sus donativos y dárselos a aquellos que lo requieran para alimentarse, comprar medicinas o pagar su transporte a las oficinas de Migración en Tapachula, que el viaje de ida y vuelta cuesta 50 pesos por persona… Si lo requieren, no tengo inconveniente en reportarles el detalle de lo que hice con sus aportaciones o en seguir sus sugerencias sobre a qué dedicarlas. He puesto un vinculo en este blog que les facilita hacer donativos a través de Paypal. Si alguien conoce un sistema que permita hacer pagos con similar facilidad pero que no cobre las comisiones cercanas al 10% que este cobra, mucho agradeceré me lo comparta -y más, nuestros amigos necesitados.

Demostremos que somos mejores que muchos europeos y norteamericanos, quienes parecen haber olvidado que alguna vez fueron refugiados o migrantes, y recordemos que así como buscamos que del otro lado traten bien a nuestros connacionales, a los centroamericanos les debemos un buen trato de este lado.

I Married a Prickly Pear

I married a prickly pear
Was smitten on the phone
Seemed a great idea
Now I am all stung.

To tend to all your needs
I share a room with nine
Roaches of the night
Skip lunch and seldom dine.

When you’re ready we shall sail
Through doldrums, storms and trash
To islands threatened by the sea
Do I need to bear the rash?

For to give a voice to those
Who’ve been salted and would flee
Must I first endure this pain?
Must I first make out with thee?

Under the scorching sun of Mexico
Or in the heat of your saloon
Muse in disrepair
You make itch even the Moon.

You are meant to be a healer
Yet you fill me with your spine
Fiberglass from Hades
Are you really a Balian?

Volar

Desde chavito volé mucho. Nacido en el pueblo de Hans Christian Andersen y con algunos años de residencia en México, Perú, Gringolandia, Francia y Suecia, me tocó cruzar el charco varias veces, hacer escalas en lugares inubicables, probar toda suerte de aeronaves y ver la evolución del servicio aéreo desde principios de los 80 al día de hoy, marcada en mi mente por el contraste entre un avión con televisiones personales repletas de películas de estreno y otro pasando tres veces seguidas la película de Lassie en colores sepia, con una pantalla compartida por toda la cabina, audífonos que servían también de popotes, al tiempo que sus pasajeros fuman un cigarro tras otro.

Creo que no fue hasta que empecé a volar solo que mi atención comenzó a centrarse en los pasajeros y, hasta hoy, reconozco que sentía harta pena ajena cuando veía la cantidad exagerada de equipaje de mano con el que viajaban mis compatriotas y al ver que eran incapaces de esperar su turno para abordar (y esto, muy a pesar de que les rogaran una y otra vez solo formarse cuando fueran llamados). Sé que es poca cosa, comparada, por ejemplo, con la rabia que me produce ver la descarada corrupción de nuestro gobierno, pero me ponía de malas y estresaba porque sabía que si no me aperraba con ellos, mi maletita, 100% reglamentaria, no cabría en los compartimientos superiores desbordados de fayuca, krispy cremes, tere casola, sombreros y kilos y kilos de ropa de invierno que siempre se llevan o compran por si las moscas.

Sentado en la sala de espera, atento a mi vuelo de Copenhague a Doha, me vuelven estos recuerdos, pero ya no es pena ajena lo que me invade, sino miedo. Rodeado ahora de chinos (hablaban mandarín), comienzo a añorar a mis amigos guajoloteros, a sentirme fuera de mi elemento, a temer los miles de contrastes culturales con los que me voy a enfrentar los próximos meses. Y no importa si estos cuates -son como 30, los que a menos de 5 metros de mi están echando el picnic, saboreando sus toppers llenos de guisos bien apestositos, acomodando y reacomodando sus chivas en las miles de bolsas de plástico -disque del duty free- o llenando formatos de migración; lo fuerte es que están gritando como si estuvieran vendiendo acciones en Wall Street.

Siempre consideré que el «vagón silencioso» que existe en algunos trenes de Suecia y Dinamarca era una mentada de madre y me reía cuando en Kastrup, sin malas intenciones, lo abordaban turistas gachupines, cuyo escandalo desataba de inmediato convulsiones mudas en los vikingos a su alrededor. Ahora que estoy aquí sentado, esperando el arranque de mi gira por Asia, temo no disfrutar del bullicio, los olores y contrastes que me esperan. Con el miedo, espero absurdo, viene también algo de vergüenza por esa pena ajena antes mencionada. Nunca en esos vuelos a, de o dentro de México, temí por sentarme junto a un güey que gritara todo el camino o que llevará semanas sin lavar su ropa, o comiendo curry, o que fuera a la vez alérgico a la regadera y fan de los perfumes (solo confieso que algunas veces temí que me tocará un gordo o un mochilero europeo). Al subirme al avión de Qatar Airways me recibe una bonita aeromosa, quien después de leer mi boleto y pronunciar perfectamente mi nombre, me acompaña a mi asiento, disculpándose por su mala pronunciación. Sorprendido con el servicio, noto que muchas personas no logran leer lo que dicen sus boletos y que algunos, intimidados o confundidos por la atención de la aeromoza, se adelantan a asientos equivocados. Los picniqueros toman sus lugares, se gritan de un lado a otro, continúan esparciendo sus olores y yo: me resigno -no sin emoción- a la idea de una aventura similar a la del Transiberiano, aunque distinta por no tener trazadas sus vías; una aventura en la que, como en ese tren, esta clase de temores no tienen más relevancia que su valor anecdótico.