De violaciones al derecho internacional a bordo de un velero

Hace unas tres semanas me encontraba a bordo de un velero en el estrecho de La Perouse, entre las islas de Hokkaido y Sakhalin. Habíamos zarpado diez días antes de Petropavlovsk-Kamchatski con apenas suficiente combustible para la mitad del trayecto hasta Japón, lo que nos forzaba a estar al pendiente del viento las 24 horas del día. Vientos leves y una espesa neblina nos obligaron a usar el motor mucho más de lo prudente y la tensión a bordo iba creciendo con cada litro de diésel que se evaporaba. Soplaban a penas ocho nudos y con las velas que llevábamos avanzábamos a escasos 2 nudos -que es la velocidad a la que alguien con bastante hueva camina. Estábamos a la vez tan lejos y tan cerca de nuestra meta. Sugerí entonces cambiar el foque por una genova dos veces más grande; vela que nunca usamos en el Mar de Bering, donde sufríamos ráfagas de hasta 50 nudos, porque hubiera o explotado en mil pedazos o doblado el mástil como si fuera un popote.

Una combinación de pequeños desgarres en el grátil de la vela y roturas en la pista del estay de proa hicieron que la vela se atorara encontrándose a poco más de medio camino. No había forma de izarla ni bajarla sin mandar a alguien a la verga para de ahí bajar en rapel por el estay y desatorarla. Debíamos actuar rápido porque, como siempre sucede en estas situaciones, el viento incrementó y amenazaba con despedazar la vela. El Capitán se ofreció para escalar el mástil y yo tomé el timón, tanto para evitar una colisión con alguno de los tanqueros o cargueros que también iban transitando por el canal como para tratar de suavizar el vaivén del barco y así evitar que el Capi se convirtiera en Volador de Papantla. Con la vela sacudiéndose enfurecida y el Capitán haciéndola de trapecista nos fuimos acercando a Rusia. Tan absorbido estaba yo en mi labor que no le presté atención a lo que sonaba a un juego de bingo transmitido por el VHF.

Después de casi una hora de lucha, con las manos ya ensangrentadas, el Capitán logró zafar la vela, que bajamos y dejamos hecha bulto sobre la cubierta. Poco después de retomar el canal navegación la Guardia Costera nos abordó. Cual Tamarindo en Día de las Madres, el oficial nos informó que quedábamos detenidos y el barco arrestado por penetrar en aguas territoriales rusas sin su autorización. Siendo el único a bordo que hablaba ruso, fui el único que se cagó encima. Habiendo desafiado y vencido los vientos y olas del Bering, los osos y las morsas de Alaska y la cirrosis en Kamchatka, nuestro viaje terminaría en una celda en Korsakov, si no en un gulag en Siberia.

Disimulé tanto como uno que se ha cagado encima cree poder disimular y empecé a alegar el derecho de paso en tránsito que toda embarcación tiene para navegar por un estrecho utilizado para la navegación internacional. Me concedió mi argumento, pero reviró preguntando, por un lado, por qué nos habíamos desviado del estrecho y acercado a menos de una milla de la costa y, por el otro por qué no había respondido a sus llamados por radio. Empezaba una ronda de final del Jessup (competencia mundial de derecho internacional en la que participé de estudiante), de aquellas donde ya no se trata tanto de qué sabes, sino como lo vendes y que tan bien caes.

En respuesta a lo primero, le hablé de las broncas que tuvimos con la vela, apuntando al enorme bulto que yacía sobre la cubierta, y de como eso constituía una fuerza mayor; a lo segundo, que estando en un estrecho altamente transitado, yo había estado a cargo de monitorear el VHF y que no había escuchado los llamados, quizás por el caos que teníamos sobre la cubierta; probablemente por mi limitada maestría de su idioma. Con cara incrédula, repitió que nos llamaron una decena de veces, indicando nuestras coordenadas. Por fin entendí qué era aquello que me había sonado como un juego de bingo. En lugar de llamarnos por el nombre del barco, que es un dato publico visible en AIS (un sistema muy chingón que a través de GPS te permite ver la ubicación de cualquier barco en el planeta, su nombre, características, signo distintivo, rumbo y velocidad), habían guacareado una docena de números, en chinga, que con mi nivel de ruso no habían hecho mucho sentido. Me disculpe por mi ineptitud. El oficial prosiguió con su madriza preguntando por qué, si teníamos una situación de fuerza mayor, no habíamos informado a la Guardia Costera. Su argumento me hizo sentido desde el punto de vista jurídico pero en la práctica, con un capitán en la verga, una vela a punto de reventar y la esperanza de que pudiéramos resolver el problema en pocos minutos, no; argumento que traté de explicarle a la muy seria autoridad.

No lo convencí y ofreció que alegara esta postura ante los jueces de Korsakov, a donde nos remolcarían si no le echaba más ganas. Para esto, el Capitán ya intuía que nos estaba yendo mal. Le explique que nos estaban arrestando y ¡claro! se cagó. Ante la pena de ver su cara torcerse, prometí que eso no sucedería.

Repetí tres veces la misma historia y argumentos, les juré que había sido sin querer queriendo, que lamentaba si se nos había hecho fácil y que sólo eramos unos inocentes e ignorantes veleristas tratando de llegar a Japón para celebrar mi cumpleaños en tierra, sin intención alguna de volver de ilegales al país que tan bien nos había acogido semanas antes. Todo esto en un ruso tarzanesco pero lleno de sinceridad y confianza. Por fin conseguí que el oficial y sus marineros se rieran.

El oficial se retiró a discutir el caso con sus colegas y volvió al cabo de 10 minutos, nuevamente serio, a pedirnos nuestros pasaportes y los documentos del barco. A pesar del pequeño triunfo, mi experiencia previa con Tamarindos me hizo pensar que una vez entregados los papeles no los volveríamos a ver hasta cumplir nuestra pena en el gulag o pagar una buena mordida. Volví a implorar. Le pedí que me ayudara a ayudarle. Le hablé del respetable desempeño de la selección rusa en el mundial y de lo guapas que me parecen las rusas. Las risas volvieron y el oficial, habiendo percibido mi angustia, prometió que solo les iban a sacar unas copias, levantar un acta y que nos soltarían.

Traduje todo al Capitán, quien accedió a entregar nuestros documentos. Pasó otra media hora y me pasaron el acta a revisión y firma. Cual acta de Ministerio Público mexicano, estaba ininteligible, además de en ruso, pero siguiendo mis costumbres arraigadas de lic., la rubriqué y le sugerí al Capi firmarla.

Nos devolvieron nuestros documentos y soltaron sus amarres, no sin antes recordarnos la obligación de enarbolar su pabellón mientras navegaramos en aguas territoriales rusas.


Por supuesto que, como siempre sucede en estas situaciones, el viento murió en cuanto nos soltaron y tuvimos que usar el motor para alejarnos de Rusia. Cargado de adrenalina, baje por nuestra última botella de vodka. En eso, sobre una cama, noté la caña de pescar de uno de nuestros flamantes tripulantes, húmeda y con el anzuelo enredado en algas, y antes de poder echarme el primero de varios caballitos necesarios para calmar mi ritmo cardíaco, le tuve que mentar la madre y explicar que bajo el derecho internacional no constituye paso inocente el andar pescando, que por su culpa ¡hubiéramos podido acabar en un gulag!

Contra todo pronóstico meteorológico, esa noche se levó el viento y dos días después, con los vapores en reserva, llegamos a Otaru en Hokkaido, donde pasamos mi cumpleaños comiendo sashimi, bebiendo Sapporo y echando el karaoke.

De Ferromozas

El siguiente relato se apega a la realidad en todo menos identidades.

Hasta ahora, poco he contado sobre lo que uno encuentra camino a Vladivostok o Beijing. Los malos olores sin duda pesaron en los recuerdos, pero seria triste reducir esta Odisea a lo percibido por un sólo sentido.

Falta mucho por narrar y esta parte se enfoca en una especie particular de acompañante, cuya función es amenizar las interminables horas del recorrido, ya sea sirviendo comida, facilitando tasas para el chai o prestando sabanas y colchas para librar la noche: son las ferromozas, o provodnitsi (проводницы), como les dicen los sovietilandeses.

El 23 de julio de 2009, de la Kazansky Vokzal (Казанский вокзал) en Moscú, partieron abordo del transiberiano los tres mexicanos que meses antes habían batallado por conseguir sus visas. Iban rumbo a Ekaterimburgo -la ciudad dónde los bolcheviques ejecutaron a la familia Romanov– en categoría kupé, así que compartían cabina con un cuarto pasajero, que en este primer tramo resultaba ser una mujer de Kazán.

A los quince minutos de haberse subido al tren, Yuri, Andrei y Vasily (por emplear los nombres soviéticos que adoptaron nuestros amigos durante el viaje) tuvieron su primer encuentro consciente con una ferromoza. Oksana, de cabello rubio, alta, blanca, de ojos verdes y algunos lunares, vistiendo un uniforme elegante, azul, con un escote que exaltaba sus tremendos volovanes y una minifalda que dejaba ver mucha, mucha carne, venia a presentarse.

Empezaba el viaje y con el, las clases intensas de ruso, los enfrentamientos vs. sovietilandeses, las pedas, las crudas, los malos olores, fuertes dolores y momentos hardcores.

Oksana era enorme. Era fácil imaginarla tumbando puertas para pasar de un vagón a otro, como si fuera la nana del Conde Patula. Al tiempo que le lanzaba sonrisas coquetas a Yuri, Oksana hacía lo posible por mostrar la variedad de antojos que ofrecía. Su carrito adornado de chocolates, papitas (sabores a sal, cebolla, jaiba, res, pollo, caviar, eneldo y pepinillo), pescaditos salados, sopas maruchan, cervezas, refrescos, café y té, parecía de juguete en sus brazos gruesos como extintores.

La mujer de Kazán se pidió una botella de vodka y los mexas, un par de pivos.

A unas cuantas horas de Moscú se soltaron las riendas: Mientras Vasily y Yuri vaciaban los últimos caballitos de la segunda botella, la mujer de Kazán reposaba su codo sobre la lonja de un Andrei asustado que evitaba a toda costa la mirada cachonda de esta nueva amiga.

Hacia como 20 minutos que la ferromoza no pasaba a ofrecer sus viandas, lo que significaba que podía pasar en cualquier momento, no tanto por servicial, sino por su evidente antojo de Yuri. Este güey, por su parte, retorciéndose del último trago, argüía que se necesitaban quinientos gramos más de vokda y ofrecía ir por ellos al vagón restauran. Todos sabían que más que la sed, era la calentura provocada por la cruda, el jetlag, la emoción de iniciar el viaje hacia Beijing, las chichis de la mujer de Kazán y la franqueza de Oksana, lo que lo obligaban a pararse. A pesar de sus obvias intenciones, volvió más rápido de lo esperado, con una botella verde, de tapa rosca, dudosa marca y al tiempo, comentando sobre lo increíble que estaba el tren, los personajes que había visto en el vagón restauran, los vecinos y la existencia de otras ferromozas.

Nadie le puso mucha atención y probablemente por ello, por el batazo que luego recibió de la mujer de Kazán y por la paralela e hiperveloz evaporación del agüita, Yuri huyó de la cabina, dejando atrás a dos pedos y una pobre mujer borracha…

Yuri se instaló en el restauran, ordenó una cerveza e intento meditar sobre su nivel de peda al vaivén del transibirski magistral. Oksana pidió que le invitara un trago y, ya con un cognac en la mano, se sentó a platicar. Estuvieron hablando alrededor de una hora, Yuri en Español, Oksana en Ruso, Yuri sobre el desmadre que se había armado en la cabina, Oksana sobre su hijo de 17 años, etc. Estaban a punto de agarrarse de la mano cuando Irina, una provodnitsa de tamaño normal, tomó asiento a un costado de Yuri y se integró a las conversaciones. Yuri Pavlovich, buena onda como lo es, también le invitó un cognac.

Vasily llegó unas horas más tarde y encontró a Yuri sentado en una butaca, rodeado de mujeres, botellas y comida, hasta las chanclas y sin conciencia alguna del costo de su vecherinka. Divertido por la escena y asqueado por la que acababa de vivir en el kupé, Vasily se instaló a lado de la tal Irina, quedando frente a Galia, otra ferromoza, y Sergei, quien se presentó como el dueño del vagón restauran. Oksana, ahora en su mejor vestido de antro, se estaba encargando de que fluyeran los cognacs y la traga cuando Yuri le gritó que era el «happy birthday» de Vasily y que, por lo tanto, era fundamental que le sirvieran de inmediato una copa de champagne. Efectivamente, ya eran pasadas las doce y Vasily cumplía veintiocho. Mientras servía la sidra, Oksana aprovechó que Vasily parecía entender ruso para preguntarle: 1. si creía que Yuri había entendido que ella tenía un hijo; 2. si creía que Yuri de verdad se casaría con ella y 3. si el plan de ir al antro con ella y las demás provodnitsi seguía en pie. Vasily, cagándose de risa por dentro e intentando asentir de manera que pareciera sincero, buscaba desesperadamente un punto sobre el cual enfocar su mirada para no soltar la carcajada. Oksana estaba tan cerca que centrarse en la sidra que escurría de sus manos implicaba echarse un clavado al cañón entre sus senos; tornarse hacia la mesa provocaba nauseas debido a la cantidad de comida fermentada, ahumada, salada o curtida que se asomaba entre la decena de latas, vasos, frutas, verduras y papitas que la sobrepoblaban; y levantar la mirada invitaba a que Sergei lo agotara como traductor con Yuri. Finalmente, Vasily optó por escapar al baño.

Era evidente que Oksana, en el transcurso de la noche, al abrigo de ojos indiscretos, y fruto de los momentos íntimos –y románticos- que parecía haber tenido con Yuri, se había enamorado de él, o cuando menos de la idea de irse a vivir a México: la tierra donde los ricos también lloran y María es simplemente María.

Después de 1,800 kilómetros y aproximadamente 32 horas, llegaron a Ekaterimburgo, y a petición de Yuri, los tres mexicanos salieron corriendo del tren y no se detuvieron hasta asegurar refugio y escondite en el resting room de la terminal.

De Sergei y de sus viejas, nunca más se supo nada.

Un par de días después conocieron a Ksenia, Julia y Sveta, tres ferromozas de muchos kilómetros, vestidas ya no de uniforme sino de cabaret, que servían las maruchans y cognacs en el trayecto a Tobolsk. Desde un principio se mostraron encantadas por la presencia de tres galanazos en su restauran. Tardaron poco en sentarse cerca de ellos, invitarlos a picharles unos cognacs o champagne, e iniciar la carrera por vaciar sus carteras. Fue a penas en este momento que Yuri concedió que las provodnitsi del tren pasado le habían visto la cara con los cognacs, que Oksana era enorme y que Sergei era el padrote de sus compañeras de peda. En este trayecto también descubrimos que el cognac que abordo costaba $10 dólares la copa, en las paradas lo vendían a $3 dólares la botella. Con Ksenia, Julia y Sveta no hubo ni vecherinka, ni cognacs, ni maruchans. Les ofrecieron unas cervezas pero Sveta, la matrona, rechazó la invitación protestando que la cerveza era de pobres y hacia orinar.

Conforme se fueron sumando las etapas, Andrei, Yuri y Vasily aprendieron a distinguir dos especies de ferromozas: por un lado, las ficheras que trabajan el vagón restauran y, por el otro, las mucamas, de las cuales hay una por vagón, que simplemente se encargan de distribuir colchas y sabanas; mantener el tren limpio y en orden; ofrecer chais y en ocasiones hasta jolodnie pivo, o lo que es lo mismo, cervezas frías. Las ferroficheras, aunque divertidas, por lo general eran ya grandes tanto de edad como de cuerpo y no muy agraciadas. En cambio, las ferromucamas podían ser de cualquier edad, simpáticas o mala onda, feas o hermosas… Eran aliadas imprescindibles a bordo del transiberiano: si les caías mal, no te ofrecían chai,  ni baltikas, ni te dejaban poner música, echar desmadre, coquetearles, dar clases de salsa, etc. te miraban feo y se negaban a entender un nivel de ruso jodidón. Las ferromucamas de mayor edad, junto con las señoras que venden los boletos de tren y algunas ferroficheras, eran la expresión perfecta del individuo sovietilandés: Parecían enojadas con la vida, con los empleos que sentían el Estado les había impuesto, con la invasión extranjera y, sobre todo, con sus pasajeros y clientes; sin embargo, eran madres orgullosas de sus hijos, seguido satisfechas con sus maridos, con buenos amigos, quizás una dacha y en general agradecidas con lo que la vida les había dado. Resulta entonces imprescindible hacer lo posible por interactuar con esta especie de acompañante.

Insider’s tip: Si lo tuyo son las rusas y te pareció intrigante el tema de las ferromozas, sea en versión ferrofichera o en ferromucama, apreciarás saber que durante el verano y en vacaciones importantes, el número de trenes que atraviesa Siberia aumenta y resulta ser que para muchas jóvenes los trenes son una buena fuente de trabajo, que permite viajar, hacerse de unos kopeks y conocer a gente extraña como Yuri, Andrei y Vasily, quienes convivieron con muchas y muy guapas a lo largo de su viaje. Lamentablemente para ellos, ninguna pareció aceptar la clásica invitación a conocer el México de Thalía y Verónica Castro. No tiene que ser tu caso.

Si lo tuyo son los rusos, ten en mente que los rusos aprovechan del día de la marina o el del ferrocarril para ponerse sus peores pedas y hacerse de las más grandes cicatrices.

El Humor sovietilandés

Ya en julio de 2003, cuando visité Sovietilandia por primera vez, había llegado a la conclusión que los locales eran malolientes. Durante un recorrido de dos semanas por los monasterios del Zolotoe Koltso (Золотое Кольцо) tuve la oportunidad de ver el proceso de descomposición del ser sovietilandés, pasando de estar bien peinado, bañado y con ropa limpia, a traer el pelo seboso, oler a curtido de ajo, cebolla y pepinillo, portar ropa con manchas de borsh y gulash y, por supuesto, ofuscar con el clásico e internacional aliento a cenicero.



En aquel entonces viajé acompañado de Veribor, aquel gran amigo que seis años después ayudaría a los personajes del testimonio de Yuri Pavlovich a entrar a Sovietilandia. No obstante su parecido sovietilandés, Veribor no hablaba más que un “spasibo” o un “kak dila?” en ruso y yo lo hablaba peor que Peña Nieto inglés. Íbamos con la pura intención de ver qué tal se ponían Moscú, las devushkas y los suvenires de la era soviética. Para darle tintes serios al viaje, nos inscribimos a dos semanas de ruso intensivo en el Instituto Pushkin; un lugar único que, por su bananerismo, nivel de peda, peculiar afluencia y guardias malpedisimos, merece un cuento independiente de éste.

Sergei Posad

El resto de la vacación lo arriesgamos en un paseo todo incluido, todo pagado, todo explicado, todo supervisado, todo en grupito, por el Zolotoe Koltso. En el barrio chino de Moscú encontramos una agencia de viajes de mala muerte donde una pelirroja parecida a Leeloo (la del Quinto Elemento) solo que más flaca y menos madreadora, wiixandose de la risa, accedió a vendernos unos VTPs para pasar nuestras vacaciones en compañía de Sergei, el guía, y otros cuarenta sovietilandeses de clase mediojodidona.

Veribor, con una maleta de ruedas gigantesca y yo, con una mochila del tamaño de su maleta, nos extrañamos cuando al llegar al punto de partida del turíbus vimos que la mayoría de los pasajeros no llevaban equipaje o que el que llevaban era pequeño y parecía estar vacío. Nos sentimos como moscas en la sopa, observados con curiosidad y desprecio por los demás pasajeros, pero sobre todo por Sergei, quien seguro no había recibido de Leeloo advertencia alguna respecto a los dos amerikantsi (como en México, los turistas siempre son gringos) que se sumaban a su aventura.

Con el paso del tiempo, nuestros compañeros de viaje nos fueron perdiendo el asco y nosotros… lo contrario. Intentaban hacernos conversación, se preocupaban porque Sergei no nos fuera dejar botados en algún pueblucho e incluso empezaron a invitarnos a salir en sus fotos de familia.


Más allá de los malos alientos y sin ser mujeres que están al pendiente de la ropa que usa la gente en las bodas, nos fuimos dando cuenta que éramos los únicos desfilando cada mañana con ropa limpia y olor a champú: Sergei y sus seguidores se resistían al cambio de vestuario, eran fieles al peinado de almohadazo, y parecían estar empecinados en concentrar su hedor a ajo, cebolla, pepinillo, vinagre, etc. en el camión. Estuvo cabrón… dos semanas… Tras dos semanas fétidas despedimos a nuestros amigos, quienes descendieron del turíbus con un look seboso, pero en todo lo demás idéntico a cuando abordaron, ahora sí cargando maletas llenas e incluso nuevas, todas repletas de matrioshkas, jarrones de cristal, bordados y demás parafernalia que uno hubiera creído destinada al consumo de los amerikantsi. Nuestros tavarishi demostraron lo prácticos que eran, olvidándose de las ventajas que traen las mudas de ropa y dejando pendiente la compra o llenado del equipaje hasta saber cuantos suvenires compraron en la vacación. Es en este comportamiento que se distingue la esencia del sovietilandés: pragmatico como un soviético, consumista como un gringo.

Así, una abuelita sale de vacaciones con su bolso y un paraguas y regresa a casa con su bolso, un paraguas y una bolsa de plástico llena de regalitos para la familia; un recién graduado lleva su chamarra de jeans, un walkman y una chela y a la vuelta a esto le suma una matrioshka y alguna piedra que se haya encontrado sobre la banqueta; una familia, si es antojadiza, parte con una maleta llena de salchichas, salami-jamón (колбаса), pan, pescados deshidratados, maruchans, pepinillos, jitomates y cebollas y vuelve con la misma maleta, ahora llena de juguetes, adornos, aparatos electrodomésticos y chupe. Todos, sin distinción de genero, religión, afiliación política, edad o estrato social, retornan a sus casas oliendo a madres.

Varios años más tarde, mientras cruzaba de Ucrania a Rusia por el estrecho de Kerch, a fin de evitar pasar la noche en la ciénaga del Puerto Kavkaz, tuve que pedirle aventón a un camión que iba camino a Sochi con una piara de sovietilandeses similar a la que conocí en el Zolotoe Koltso. Uno de estos era un monje ortodoxo convencido -y así me lo expresó- que una de las consecuencias menos placenteras de ingerir alimentos de origen animal era la secreción de malos olores y que, gracias a su vegetarianismo, peregrinaba durante meses sin necesidad de un baño. Tal aberración me dejó claro que uno sólo huele el halo ajeno, por lo que después de intercambiar unas palabras más, me alejé y volví a una respiración nasal.

Abordo del transiberiano todo esto se acentúa. Pasan días enteros sin que la gente se eche aunque sea un jicarazo; la ingesta de pepinillos en vinagre se da a todas horas; bebes llenan sus bacinicas a pocos centímetros de uno y oleadas de azufre recorren sin frenos los pasillos del platzkart, donde, muy a pesar de todas sus desventajas, el aire fluye por todo el vagón y convierte en pasajeros los momentos nauseabundos. En la categoría superior –kupé– se presenta el mayor sufrimiento en cuanto a tufos se refiere, ya que consiste de una cabina para cuatro pasajeros con una ventana que rara vez abre y donde el mal olor de la banda alcanza concentraciones que provocan claustrofobia.

Tal fue nuestra experiencia cuando emprendimos el camino de Vladivostok a Ulan Ude, ahora en clase kupé para limitar nuestro contacto con sovietilandeses.

A estas alturas de la Odisea ya no disfrutábamos viajar en tren y soñábamos con volver a nuestras casas. De Tynda al Consomé del Amor (Комсомольск на Амуре) sufrimos el acoso de una familia de teporochos que nos tuvo entre borrachos y crudos durante más de dos días y, a pesar de que en el Consomé tuvimos la oportunidad de ducharnos, en Vladivostok, tras cuarenta horas en el platzkart solo fue posible higienizarnos con un chapuzón en el Mar de Japón. No habiendo resting rooms ni duchas en la terminal de este puerto, tuvimos que abordar el tren con un humor cuasi-sovietilandés. De inmediato festejamos ser solo tres en la cabina, pero al tratarse de un viaje de 76 horas a Ulan Ude, sabíamos que en cualquier momento nuestra suerte cambiaria. Efectivamente, una mañana (cuando ya llevábamos aproximadamente cien horas sin un baño decente) nos detuvimos en Chita para permitir el ascenso a un joven que, a pesar de su aspecto aceptable, superaba incluso el hedor de aquél monje iluso antes mencionado. El cabrón manejaba un tufo tan fuerte, acido, penetrante, que hasta tenia sabor y erizaba la lengua de disgusto; lo que nos obligó a pasar las últimas 20 horas del viaje deambulando por el tren cuales pasajeros del economiquisimo platzkart.

Son, pues, humores sumamente gachos los que acompañan al aventurero por Sovietilandia. A pesar de lo dificil que es aguantarlos, he de precisar que el platzkart huele a Vel Rosita si uno lo compara con el metro parisino y que ni en sus peores días el sovietilandés apestará como un compa de la India.

De Cabo da Roca a Moscú, el amuse-bouche del transiberiano

Para apreciar correctamente el estado de ánimo con el que llegué a Beijing, sin entrar en mucho detalle, es importante mencionar que, habiendo salido de Lund, Suecia, mi primera parada fue Madrid, donde durante un fin de semana (que mi hígado todavía resiente) celebramos la despedida de soltero de un muy buen cuate que una semana después se casaría en Lisboa con una linda portuguesa. Deteriorados física y económicamente por las cubas de 14 euros del Pacha, 2 monstruos, una princesa guerrera, un litro de vodka y un servidor y amigo de todos ustedes, Vasily Ivanovich Kamerno, emprendimos el camino a Lisboa, pasando a degustar las tapas y bebidas locales, conocer los bares y antros, turistear tantito y crudear bastante, en Salamanca y Porto. Llegamos a la boda a entonarnos, bailar, reírnos, brindar, gritar, llorar, vomitar, etc. Al día siguiente, algunos invitados decidimos intentar recuperar la salud con un paseo a Cabo da Roca, donde el viento, la increíble vista hacia America y el saber que pasarían dos meses y medio antes de llegar a Beijing, me erizaron la piel y revolvieron la alberca de tequila que guardaba en mi panza.

Un día después, uno de los monstruos, Pëtr, su porcina (H1N1) y yo dejamos la civilización occidental para dar inicio a la verdadera aventura e inmiscuirnos en Sovietilandia. El buen Pëtr iba tosiendo todo el camino, espantando a los pasajeros y a mi, aunque por diferentes motivos: yo sabia que su enfermedad era resultado de los excesos de la despedida de soltero, boda y demás convivios, mientras que los demás pasajeros solo sabían, a lo mucho, que era mexicano. Mi temor era que nos fueran a meter en cuarentena al bajar del avión, ya que a principios de junio esa era una practica muy común, especialmente aplicada a mexicanos. Sorprendentemente, a una polaca muy guapa que iba leyendo El Laberinto de la soledad no le causó tanto asco y hasta se puso a platicar con el sobre literatura mexicana, con lo cual Pëtr dejo de poner atención a las clases de cirílico que estaba intentando darle. Hicimos escala en Katowice, Polonia, donde mientras esperábamos nuestras maletas me volví a sorprender: primero, al ver las piernas interminables de nuestra amiga polaca de 1.85m. y luego, al sentir los pequeños mordiscos y jaloneos de un labrador negro, seguidos de los gruñidos de un soldado malencarado. Sin discreción alguna fui alejado de los demás pasajeros, metido en un cuartito e interrogado por algo que nada tenía que ver con la H1N1, lo cual en mi cabeza no hacia ningún sentido puesto que Pëtr era la verdadera amenaza.
Tras unos diez minutos de intercambios en una mezcla de ruso, inglés y polaco sacado del calzón, recupere mi libertad, so advertencia que el labrador no iría lejos. Para entonces, la polaca, aterrorizada, ya se había alejado de Pëtr.
Al término del día llegamos a Kiev, donde afortunadamente Pëtr logró mantener la respiración durante las horas que se tardaron en ponerle el sellito al pasaporte. De haber tenido la porcina, Pëtr hubiera contribuido a su propagación por todo el planeta: en la boda hubo gente que venia de México, Estados Unidos, Rusia, Europa, Australia; la luna de miel fue en África; y yo estaba empezando mi Odisea hacia Asia.

En cuanto a Ucrania, la verdad es que no tenia ninguna expectativa ni planes: Llegue con la intensión de pasar 2 semanas y terminé quedándome un mes, de tanto que me gustó. Además de Kiev, visité Poltava, Kharkiv, Odesa, Yalta y varios pueblitos en Crimea. Me cruce a Moldova un par de días e incluso estuve en un país que no existe: Transnistria, ubicado entre Moldova y Ucrania. En este pequeño territorio de muy escasos recursos, sufrí la clásica extorsión al turista. Me querían cobrar 100 dolares para poder salir, pero gracias a mi excelente nivel de ruso con acento de albañil y experiencia en el trato con tamarindos logré escaparme con una muy módica cooperación.
Recorrí todo Crimea, visitando playas, iglesias, pueblitos, castillos y bases militares secretas, hasta llegar a Kerch, donde tome un ferry a Rusia.
Fue en este tramo que me di cuenta que me había excedido en mi grado de aventurero, pues el ferry me dejó a las 8pm en una terminal marítima a 50-60 kilómetros de cualquier pueblo, cuando yo esperaba encontrar una ciudad con vía férrea o por lo menos estación de camiones. Antes de que se vaciara el ferry intercepté un camión que iba hacia Sochi (pueblucho casi en la frontera con Georgia donde serán las olimpiadas de invierno en 2014) y me apalabré con el chófer para que me diera un aventón. No era mi plan ir tan al sur, pues en realidad mi objetivo era Moscú, pero ya a bordo del camión, rodeado de gente de fuertes humores pero feliz de haberme salvado de una noche en los manglares que rodean el Puerto Kavkaz, decidí ir a ver que había.

Después de unas 15 horas de marzhrutka llegué a Sochimilco, donde pasé el día echado en una playa de piedras y mar lleno de medusas. Aproveché para quitarme un poco del mal olor que me habían pegado mis compañeros de viaje y el monje en particular. En la noche de ese mismo día emprendí el camino hacia la capital. Fue largo y apestoso, e implico otras 50 horas sin ducha.
Pude darme una refrescada en el Río Don, durante una breve escala en Rostov del Don, pero de igual manera llegué al festival de la cerveza en Moscu oliendo a ajo, cebolla, pepinillo y vinagre.
En Moscú disfrute de unos días con mi novia moldovesa, mi amigo Veribor y su mujer, y encontré a los 3 amigos con los cuales viajaría hasta Beijing: Andrei, Yuri y David.
Habiendole dedicado un par de días a tramites de visas y turisteo por el Moscva, Andrei, Yuri y su servilleta nos subimos al famoso Transibirski Magistral, guzano de fierro abordo del cual –little did we know- recorreriamos aproximadamente 15,000km (la mitad de los cuales no estaban planeados); pasariamos 250 horas en platzkart (a.k.a. toilet class o auschwitz express) y 100 horas en clase «decente» (goulag nostalguia); beberiamos quien sabe cuantas cervezas y botellas de vodka; conviviriamos con decenas de sovietilandeses; y perfeccionaría mi ruso de albañil. De esto David ya no se enteró, pues en su primera noche en Rusia, y primer encuentro con messieurs Rusky Standart y Beloe Zoloto, perdió su pasaporte y cartera y tuvo que quedarse atrás.

El Baile y el salon


En Sovietilandia la gente simplemente es diferente. Mientras en México y gran parte del mundo bailar es la herramienta de atracción más socorrida en antros y fiestas, en Sovietilandia las cosas no son tan fáciles.

El baile, como medio para llegar al arrimón, de ahí a los besos y luego a lo demás, sin tener que pasar por tanto cotorreo, es sin duda la técnica más popular, aplicada tanto por seres humanos como animales, latinos como gringos, negros como blancos. Claro, cada grupo tiene su estilo.

Así, por ejemplo, mientras no entendemos que hacen los chinos, los de Escandinavia se caracterizan por guardar su distancia, los gringos por su clásico rebote o bounceo (una o dos manos al aire mientras se flexionan las rodillas al ritmo del hip hop), y los latinos por sus sutiles arrimones con ritmo y sensualidad.

En Sovietilandia, sin embargo, las cosas no son así. El arrimón solo es permisible tras un extenso uso de la cartera o, aunque con menos frecuencia, horas de verbo. La razón, una vez escuchada, resulta obvia, pero es necesario explicar ciertos puntos antes de llegar a ella: Primero, los rusos están hechos todos con el mismo molde: todos son blancos, no muy altos ni muy chaparros, de ojos claros, güeros, fornidos, feos y por lo general con cara de amargados. En lo que se refiere al aspecto físico, las únicas diferencias se encontrarán en el diseño de los zapatos de cuero blanco (mocasines, puntiagudos, con agujeritos, etc.) y el corte de pelo, que puede ser casquete corto con colita de rata y/o con copete de tintín y/o con cicatrices de la peda. Con esto en mente, resulta evidente que cuando salen a bailar, las mujeres no están en busca de un galanazo, sino de alguien que tenga dinero para invitarles un Cognac o un Champagne.

Segundo, sabiendo que este tipo de hombre es escaso, particularmente debido a que la caída del socialismo trajo consigo el empobrecimiento de la clase media y el enriquecimiento de algunos pocos mafiosos y/o emprendedores, las mujeres ya ni se molestan en buscarlo.
Por ende, cuando salen a bailar, aunque se visten para matar, más importante que lucir su belleza, vestidos, zapatos, etc. es presumir los pasos que estuvieron ensayando toda la semana frente al espejo. Ahora, esto puede ser que pase en todo el mundo y que yo sea el único que lo ignore y por eso fracase siempre al intentar la técnica del baile, pero lo curioso en Sovietilandia es que las mujeres, de las más bellas del mundo mundial (como dicen por ahí) no ejecutan sus pasos en la pista con alguna pareja o siquiera en grupito de amigas, sino que lo hacen frente al espejo, tal y como lo hicieron media hora antes de salir mientras se vestían.

Sabiendo que alrededor de la pista encontraran, en un 95% de los casos, a hombres desgraciados, sin dinero y probablemente borrachos, prefieren pasar la noche bailando frente a los enormes espejos que adornan los antros de Sovietilandia, peleándose a ratos por estar en primera fila, por tener algunos metros más y así poder hacer alguna pirueta, al tiempo que vigilan que otras no se fusilen sus pasos y velando siempre porque la expresión en la cara sea lo mas parecida a la de sus estrellas favoritas.

Total, la pista se convierte en el escenario de una macarena desordenada donde los hombres no tienen lugar y deben esperar pacientemente a que se cansen o emborrachen, o interceptarlas camino al baño o a la barra. Tal frustración, como en otras latitudes, los motiva a concentrarse en la bebida, si es que no vienen ya bien servidos, y a ver feo a los demás hombres del lugar, buscando cualquier excusa para provocar o recibir nuevas cicatrices que combinen con sus innovadores cortes de pelo.