¡Salud!

De pequeño me parecía aburrido que los adultos se desearan buena salud en los cumpleaños o festejos de fin de año. Pensaba: ¡Qué hueva! ¿Por qué no se desean dinero o unas vacaciones bien chingonas? Ya más grandesito, me decía ¿por qué no se desean un chingo de sexo, buenas pedas y también dinero y vacaciones chingonas. ¡Wacala con su deseo de «mucha salud para ti y tu familia».

Al cumplir 38 este año, celebré con una cena tranquila y una peliculita, yéndome a dormir bastante temprano. Al día siguiente iba a bucear y quería estar al 100% para disfrutar al máximo del paseo en lancha y de las tres horas que pasaría bajo el agua.

DCIM104GOPROGOPR7035.Fue algo muy raro para mi: los veinte festejos cumpleañeros que lo precedieron siempre incluyeron cantidades irresponsables de alcohol y desde el número 30, unas crudas lamentables y duraderas. En esos veinte años, entre festejos propios y ajenos, comidas con amigos o familia, tardes de calor o de frío, partidos de fútbol o juegos de póker, noches de FIFA o de MarioKart, habré brindado unas cien mil veces, la mayoría usando la sencilla exclamación «¡salud!» o sus equivalentes en otros idiomas, la minoría con discursos o expresiones más largas, cómo es costumbre en Rusia, por ejemplo. Cien mil veces repetí esta palabra sin nunca darle una importancia sincera a su significado; algo así como cuando le preguntamos a alguien «¿qué tal?» sin dar tiempo para responder o valiéndonos totalmente madres la respuesta.

«¡Salud!» Se dice fácil y repite muchas veces en una noche de copas, provocando con frecuencia un estado contrario a lo que la expresión desea.

En los últimos años mi relación con la expresión ha cambiado. Ahora soy ese adulto que tanta hueva me provocaba de chamaco y no lo puedo evitar. Por un lado, en los últimos años he visto a amigos y familiares sufrir en hospitales o hasta morir por falta de salud. He visto que el dinero ayuda para obtener la atención médica necesaria, pero que no siempre es suficiente. Más que distracción, aprendizaje u entretenimiento, ahora veo unas buenas vacaciones como oportunidad inigualable para recuperar la salud pérdida detrás de un escritorio o una rutina llena de estrés.

En las últimas dos semanas he pensado mucho en esta palabra, en los deseos de buena salud, en su uso cuando alguien estornuda, y es que a bordo de un velero sin piloto automático, hay poco que uno pueda hacer a parte de ver la brújula y meditar.

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Amanecer en Sumbawa, con el Volcán Rinjani en el fondo.

El 27 de agosto a las 1700, luego de un día de carreras bajo el sol y la lluvia para cargar combustible, agua, cervezas, despedirnos de Aduanas, Migración y del Capitán de Puerto, levamos el ancla en el Puerto de Tanjung Pandan, Isla de Belitung, Indonesia, con destino a Phuket,Tailandia. El último jalón.

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Atardecer dejando Tanjung Pandan. El río lleno de basura después de un aguacero.

El día siguiente estuvo en su mayoría nublado, pero durante una hora sufrimos un aguacero en el que, muy a pesar de mi chamarra super pedera de marinero profesional, acabé empapado y helado. Habiendo librado la tormenta, dejé el timón por unos instantes para ponerme un suéter grueso y seco y aún así tardé media hora en dejar de temblar.

Llegada la noche, sentí un ligero dolor de cabeza, como aquel que acompaña una resaca fresona. A las 12am comenzó mi turno de tres horas al timón y me rendí a tomar una aspirina. Me hizo lo que el viento a Juárez. Al despertar la mañana siguiente, tomé otra y nada. Por la tarde, con un dolor de cabeza cada vez más intenso y ahora acompañado por una debilidad generalizada y un dolor en todas las articulaciones, mis compañeros tripulantes sugirieron que me metiera dos. Funcionó. Por seis u ocho horas me sentí casi normal, sólo carente de fuerza para ayudar izando o bajando velas. Cuando la anestesia de las aspirinas pasaba, tomaba otras dos, y así me la llevé hasta el 3 de septiembre, día en el que pisamos tierra para recargar combustible, agua y cervezas.

Fueron casi 150 horas de agonía, de pensar en dengue, porcina y malaria, de recordar lo efímera  que puede ser la salud, de hacer las paces con un velero al que tantas cosas se le habían roto y descompuesto, de arrepentirme de haber anclado en un pinche pantano y cenado en un restauran dónde abundaban los mosquitos,  de pensar que con salud, nada es imposible y que sin ella, todo es difícil. Me iba a dormir temblando de frío y despertaba poco después empapado en sudor. Era imposible encontrar una posición cómoda en mi camarote y muchas veces dormía sentado o con las piernas estiradas y los pies haciendo presión contra el techo. Durante el día pasaba mucho tiempo al timón, era lo único en lo que podía apoyar. Cocinar, ajustar velas, lidiar con los motores e incluso las líneas de pesca (que solían ser una responsabilidad que asumía con gusto y entusiasmo) implicaban esfuerzos que no era capaz de hacer.

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Así se veía el pantano en Tanjung Pandan con marea baja. Cómo es catamaran, mientras el fondo sea de lodo, no hay bronca si lo tocas o incluso te posas sobre el.

El 30 de agosto sacamos un pecesote y por la mera emoción hice el esfuerzo de limpiarlo y convertir la mitad en ceviche. La otra mitad se fue a la parrilla. Temía no tener apetito suficiente para disfrutarlo. Esa noche, a pesar de la ocasión especial, renuncié a mi derecho a una segunda cerveza y me fui a dormir inmediatamente después de cenar. A esto se sumaba una angustia psicológica: estábamos a punto de entrar al estrecho de Malaca, el más transitado del mundo, y habiendo llegado al hemisferio norte, esperábamos encontrarnos con una buena tormenta al día. Compartí mis síntomas con una amiga en el otro lado del mundo y entre ella y sus googleadas calmaron mis peores temores. También aclaró que paracetamol, que era lo que llevaba días tomando, no era lo mismo que aspirina, y que no corría riesgo de sobredosis.

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La madrugada del 31, luego de una noche terrible y un amanecer espectacular, entramos al estrecho de Malaca. Fueron cuatro días de riesgos de colisión con barcazas, buques y barcos de pesca, poco sueño, vientos leves, mucho calor, nada en los anzuelos, en un laberinto de redes de pesca.

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El 3 de septiembre, con a penas 20 litros de gasolina restantes y unos cuarenta de agua, nos desviamos de la ruta para hacer una escala de emergencia. Yo aprovecharía, además, para visitar a un doctor. Pero en el puerto al que llegamos no había doctor ni farmacia, solo otros navegantes con botiquines de primeros auxilios igual de escuetos que el nuestro. Decidí rendirme ante el destino y ver si de pura casualidad una buena ducha de agua caliente seguida de unas Carlsberg rete-frías de barril me curarían.

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El 4 de septiembre zarpamos nuevamente y yo, incrédulo, me sentía como nuevo. Tal vez no era dengue ni porcina, sino el efecto de la abstinencia, el delirium tremens, o quizás todo fue psicológico, asociado al cansancio y hartazgo acumulado, o al temor de estar tan cerca del destino pero a la vez tan lejos, o a la preocupación de no saber qué hacer ahora que la odisea concluyera. Lo cierto es que mi semana en el infierno fue un recordatorio de que la salud es invaluable, es primordial, es aquello sin lo cual todo lo demás es irrelevante.

Entonces, ¡brindemos por la salud! Y con tanta ocasión para brindar, también brindemos por dinero, vacaciones chingonas, mucho sexo, buenas pedas y todo lo que se les ocurra. Y quienes gocen de salud, ¡sáquenle jugo! Anitya.

¡Embaucado por Mercator!

¡Ese Mercator! Por su culpa estoy en el culo del mundo y no veo pa’ cuando salga de aquí. El cabrón, aprovechándose de mi ingenuidad, me hizo creer que llevar un velero de Papúa Occidental, en el extremo este de Indonesia, a Phuket, en el suroeste de Tailandia, sería un viaje relativamente corto.

Hay quienes culpan a Mercator de la desgracia de millones y la opulencia de algunos, y sobre esto hay un chingo de material en internet, ideal para esos días en que no sabes qué basura escoger en Netflix. Yo me limitaré a tratar de explicar por qué lo culpo de mi jodida situación, empezando con un poco de historia y ciencia.

A mediados del siglo XVI, Gerardus Mercator, un cartógrafo ilustre de Flandes, obsequió a su hijo Romualdo un balón de Krachtbal con el globo terraqueo impreso en el. Buscaba, por un lado, inspirarlo a hacer un poco de deporte para bajar los Neuzekes que, veía, iban cobrando residencia permanente en su barriga y, por el otro, darle una manera fácil y divertida de aprender los países y las capitales del mundo. Procrastinador nato, no fue hasta el día del cumpleaños de Romualdo que Mercator se puso a pintar el balón y, con las Mañanitas ya entonadas en el cuarto de junto, de volada lo envolvió en una de las hojas cuadriculadas que solía ocupar para trazar mapas. Al recibir el esférico regalo, Romualdo se mostró emocionado y contento, pues sabía que por primera vez no recibiría calcetines. Desenvolvió el balón con mucho cuidado y entregó el papel a su madre, quien meses después lo uso para revestir una botella de Crabbelaer edición especial y regalársela a su marido.

Ocupado con piratear unos mapas chinos, el ingrato Lalo desempacó y bebió la cerveza en la soledad de su despacho. Cuando el alcohol ya lo tenía algo apendejado, no habiendo feis ni Youtube, se puso a contemplar la envoltura de su regalo. Notó que el mundo, aunque medio deforme, estaba marcado en el y que había traspasado un objeto tridimensional a un plano en dos dimensiones. Orgulloso de su genio, festejó con otra(s) cerveza(s) que conservaba debajo del escritorio y se sentó en el suelo a jugar con pelotas y papel hasta perfeccionar la técnica. Bárbara, su esposa, lo encontró al día siguiente tirado en el suelo, en bolas, con algo de vómito en el pelo y decidió dejarlo ahí. No obstante, Mercator pasó a la historia como uno de los cartógrafos más importantes y su técnica es la que hoy me tiene algo encabronado.

En su peda, Mercator llegó a «cuadricular» un globo terráqueo, con rebanadas yendo de un polo a otro y otras líneas paralelas a la que hoy conocemos como el ecuador. Partió el globo a la mitad y colocó una vela en su interior. Luego envolvió esa mitad en una hoja en blanco y vio como se proyectaba el mundo y las líneas en el papel. Se quedó pendejo viendo la imagen hasta que se le acabaron las chelas y cayó dormido. Tardó dos días en deshacerse de la cruda y retomar el proyecto, ahora haciendo cálculos que le permitieran reproducir matemáticamente el efecto de la luz sobre el papel y así lograr, por un lado, evitar incendiar su casa y, por el otro, una representación que suponía más precisa del orbe.

Aqui como lo presenta la Enciclopedia Británica:

Mercator Projection

A estas alturas probablemente estés considerando ver si te llegó un meme cagado por whats o darle otra pasada al feis, así que iré al grano. Como lo muestra la imagen, la proyección de Mercator distorsiona los tamaños conforme uno se aleja del ecuador. Los continentes cercanos a los polos cobran dimensiones mucho mayores a las reales y, de la misma forma, las distancias entre estos se amplifican.

El año pasado fui de Alaska a Kamchatka en un velero y la distancia en un mapa de esta proyección parece enorme, mucho más grande que la de Papúa a Phuket. Sin embargo, es casi la mitad. Habiendo logrado cruzar el Mar de Bering bastante rápido, pensé que este viajecito tropical sería más corto, además de más fácil. La culpa la tiene entonces Mercator, por diseñar mapas con tantas falacias y orillarme a aceptar la responsabilidad de llevar un velero más de 4,600 kilómetros.

Si bien fue la distorsión en distancias la que me embaucó, el problema ahora es que el barco resultó ser una chatarra y su dueño, aún más ingenuo que yo.

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Estamos a punto de cumplir seis semanas a bordo y sólo hemos recorrido una tercera parte. Los motores no funcionan, las velas se deshilan con cualquier ráfaga y los dos cascos del barco se mantienen unidos por un mecate de tendedero. Para colmo, somos pesimos pescadores. La tensión a bordo ha llegado al grado que ayer renunció uno de nuestros tripulantes y el dueño voló a su casa para que lo apapacharan, abandonando su barco y a su capitán hasta nuevo aviso.

Así las cosas ¡pinche Mercator! Y la Tierra no es redonda ni esférica. Es una roca amorfa, producto de miles de millones de años de crecimiento y madrazos. ¡Otra razón por la que tu técnica apesta!

De violaciones al derecho internacional a bordo de un velero

Hace unas tres semanas me encontraba a bordo de un velero en el estrecho de La Perouse, entre las islas de Hokkaido y Sakhalin. Habíamos zarpado diez días antes de Petropavlovsk-Kamchatski con apenas suficiente combustible para la mitad del trayecto hasta Japón, lo que nos forzaba a estar al pendiente del viento las 24 horas del día. Vientos leves y una espesa neblina nos obligaron a usar el motor mucho más de lo prudente y la tensión a bordo iba creciendo con cada litro de diésel que se evaporaba. Soplaban a penas ocho nudos y con las velas que llevábamos avanzábamos a escasos 2 nudos -que es la velocidad a la que alguien con bastante hueva camina. Estábamos a la vez tan lejos y tan cerca de nuestra meta. Sugerí entonces cambiar el foque por una genova dos veces más grande; vela que nunca usamos en el Mar de Bering, donde sufríamos ráfagas de hasta 50 nudos, porque hubiera o explotado en mil pedazos o doblado el mástil como si fuera un popote.

Una combinación de pequeños desgarres en el grátil de la vela y roturas en la pista del estay de proa hicieron que la vela se atorara encontrándose a poco más de medio camino. No había forma de izarla ni bajarla sin mandar a alguien a la verga para de ahí bajar en rapel por el estay y desatorarla. Debíamos actuar rápido porque, como siempre sucede en estas situaciones, el viento incrementó y amenazaba con despedazar la vela. El Capitán se ofreció para escalar el mástil y yo tomé el timón, tanto para evitar una colisión con alguno de los tanqueros o cargueros que también iban transitando por el canal como para tratar de suavizar el vaivén del barco y así evitar que el Capi se convirtiera en Volador de Papantla. Con la vela sacudiéndose enfurecida y el Capitán haciéndola de trapecista nos fuimos acercando a Rusia. Tan absorbido estaba yo en mi labor que no le presté atención a lo que sonaba a un juego de bingo transmitido por el VHF.

Después de casi una hora de lucha, con las manos ya ensangrentadas, el Capitán logró zafar la vela, que bajamos y dejamos hecha bulto sobre la cubierta. Poco después de retomar el canal navegación la Guardia Costera nos abordó. Cual Tamarindo en Día de las Madres, el oficial nos informó que quedábamos detenidos y el barco arrestado por penetrar en aguas territoriales rusas sin su autorización. Siendo el único a bordo que hablaba ruso, fui el único que se cagó encima. Habiendo desafiado y vencido los vientos y olas del Bering, los osos y las morsas de Alaska y la cirrosis en Kamchatka, nuestro viaje terminaría en una celda en Korsakov, si no en un gulag en Siberia.

Disimulé tanto como uno que se ha cagado encima cree poder disimular y empecé a alegar el derecho de paso en tránsito que toda embarcación tiene para navegar por un estrecho utilizado para la navegación internacional. Me concedió mi argumento, pero reviró preguntando, por un lado, por qué nos habíamos desviado del estrecho y acercado a menos de una milla de la costa y, por el otro por qué no había respondido a sus llamados por radio. Empezaba una ronda de final del Jessup (competencia mundial de derecho internacional en la que participé de estudiante), de aquellas donde ya no se trata tanto de qué sabes, sino como lo vendes y que tan bien caes.

En respuesta a lo primero, le hablé de las broncas que tuvimos con la vela, apuntando al enorme bulto que yacía sobre la cubierta, y de como eso constituía una fuerza mayor; a lo segundo, que estando en un estrecho altamente transitado, yo había estado a cargo de monitorear el VHF y que no había escuchado los llamados, quizás por el caos que teníamos sobre la cubierta; probablemente por mi limitada maestría de su idioma. Con cara incrédula, repitió que nos llamaron una decena de veces, indicando nuestras coordenadas. Por fin entendí qué era aquello que me había sonado como un juego de bingo. En lugar de llamarnos por el nombre del barco, que es un dato publico visible en AIS (un sistema muy chingón que a través de GPS te permite ver la ubicación de cualquier barco en el planeta, su nombre, características, signo distintivo, rumbo y velocidad), habían guacareado una docena de números, en chinga, que con mi nivel de ruso no habían hecho mucho sentido. Me disculpe por mi ineptitud. El oficial prosiguió con su madriza preguntando por qué, si teníamos una situación de fuerza mayor, no habíamos informado a la Guardia Costera. Su argumento me hizo sentido desde el punto de vista jurídico pero en la práctica, con un capitán en la verga, una vela a punto de reventar y la esperanza de que pudiéramos resolver el problema en pocos minutos, no; argumento que traté de explicarle a la muy seria autoridad.

No lo convencí y ofreció que alegara esta postura ante los jueces de Korsakov, a donde nos remolcarían si no le echaba más ganas. Para esto, el Capitán ya intuía que nos estaba yendo mal. Le explique que nos estaban arrestando y ¡claro! se cagó. Ante la pena de ver su cara torcerse, prometí que eso no sucedería.

Repetí tres veces la misma historia y argumentos, les juré que había sido sin querer queriendo, que lamentaba si se nos había hecho fácil y que sólo eramos unos inocentes e ignorantes veleristas tratando de llegar a Japón para celebrar mi cumpleaños en tierra, sin intención alguna de volver de ilegales al país que tan bien nos había acogido semanas antes. Todo esto en un ruso tarzanesco pero lleno de sinceridad y confianza. Por fin conseguí que el oficial y sus marineros se rieran.

El oficial se retiró a discutir el caso con sus colegas y volvió al cabo de 10 minutos, nuevamente serio, a pedirnos nuestros pasaportes y los documentos del barco. A pesar del pequeño triunfo, mi experiencia previa con Tamarindos me hizo pensar que una vez entregados los papeles no los volveríamos a ver hasta cumplir nuestra pena en el gulag o pagar una buena mordida. Volví a implorar. Le pedí que me ayudara a ayudarle. Le hablé del respetable desempeño de la selección rusa en el mundial y de lo guapas que me parecen las rusas. Las risas volvieron y el oficial, habiendo percibido mi angustia, prometió que solo les iban a sacar unas copias, levantar un acta y que nos soltarían.

Traduje todo al Capitán, quien accedió a entregar nuestros documentos. Pasó otra media hora y me pasaron el acta a revisión y firma. Cual acta de Ministerio Público mexicano, estaba ininteligible, además de en ruso, pero siguiendo mis costumbres arraigadas de lic., la rubriqué y le sugerí al Capi firmarla.

Nos devolvieron nuestros documentos y soltaron sus amarres, no sin antes recordarnos la obligación de enarbolar su pabellón mientras navegaramos en aguas territoriales rusas.


Por supuesto que, como siempre sucede en estas situaciones, el viento murió en cuanto nos soltaron y tuvimos que usar el motor para alejarnos de Rusia. Cargado de adrenalina, baje por nuestra última botella de vodka. En eso, sobre una cama, noté la caña de pescar de uno de nuestros flamantes tripulantes, húmeda y con el anzuelo enredado en algas, y antes de poder echarme el primero de varios caballitos necesarios para calmar mi ritmo cardíaco, le tuve que mentar la madre y explicar que bajo el derecho internacional no constituye paso inocente el andar pescando, que por su culpa ¡hubiéramos podido acabar en un gulag!

Contra todo pronóstico meteorológico, esa noche se levó el viento y dos días después, con los vapores en reserva, llegamos a Otaru en Hokkaido, donde pasamos mi cumpleaños comiendo sashimi, bebiendo Sapporo y echando el karaoke.

Cocos (Keeling) to Rodrigues

With another sailing adventure on the horizon (from Sand Point, Alaska to Petropavlovsk Kamchatka), I again find myself full of unfinished material I’ve been meaning to publish on this blog, such as video, photos and stories from my Indian Ocean crossing. As a first step in this effort, here is some footage taken from Cocos (Keeling) to Rodrigues, a journey of 12 days and 2,007 nautical miles; roughly 3,700 km.

Early morning, fishing lines out:

One of many stunning Indian Ocean sunsets.

Sometimes you are forced to watch the sunset with the engine on…

Rodrigues

Coming into Port Mathurin

The anchorage

Refuelling with the utmost efficiency

A little degustation before properly stocking up.

Rodrigues is a beautiful part of Mauritius, populated by genuinely hospitable people, which I strongly recommend to anyone wishing to escape to a paradise in middle of nowhere.

Sailing «Un Jour»

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