El Transiberiano corporativo

En agosto de 2012 publiqué el último de los pocos relatos que logré escribir sobre Sovietilandia; un proyecto que, curiosamente, había comenzado con mucho entusiasmo y pretendía, al menos, introducir al lector al peculiar mundo del tren que va de Moscú a Vladivostok. No alcancé a describir las diferentes -y muy distintas- categorías que ofrece el Magistral, los peligros no tan obvios del vodka, las bondades de los samovar, la austeridad de la dachas, la cultura del gargajo chino, los mongoles con didgeridoo integrado ni los manjares de lengüitas de pato en gelatina, alacranes fritos y maruchans con salsa habanera. Por encima de esto, fallé en no concluir, en no demostrar que, contra toda apariencia, los sovietilandeses son gente buena y que la aventura del Transiberiano merece la madriza.

No me desaparecieron ni me entambaron; tampoco me secuestraron o asesinaron; ni me volví militar y menos asceta; no me case ni tuve chamacos; tampoco me enfermé ni morí. Sin querer queriendo, simple y sencillamente, el 3 de septiembre de 2012 me subí a un Transiberiano corporativo: un tren que, contrario al Transibirski Magistral, llena tu cartera pero que, al igual que este, drena tu tiempo y te mantiene cansado, sin ganas de hacer gran cosa al llegar a la parada; un tren que requiere desensibilizantes para sobrellevarlo; un tren que ofrece una visibilidad muy limitada hacia el mundo exterior, mas justo la suficiente para desear estar afuera en lugar de abordo.

El día que los Sovietilandesitos regresaron a clases, yo empecé un trabajo de tiempo completo como abogado interno de una compañía de exploración petrolera y, sin darme cuenta, quedé como un caballo con anteojeras, dirigido por un ser de otra especie; por ese jinete que unos llaman el sistema, otros, el capital; a veces lo normal, otras, la vida.

Por varios años me convencí que el jinete era un buen guía, que era mi amigo y que tenía mis intereses en alto. Todos los días en la caballeriza eran iguales: mismo corral, mismos colegas, mismos paseos, mismos cubitos deliciosos de azúcar. A pesar de los años acumulados de amaestramiento, de tanto caminar viendo tan solo la zanahoria pendiente, aquel jinete tornó pesado y empezó a lastimarme la espalda. Las anteojeras, diseñadas para no distraer mi atención de los documentos impresos y electrónicos de mayor aridez (así como los documentos mismos) comenzaron a lastimarme la vista. Terrible también: la dieta, consistente en puros alimentos de altísimo contenido energético, con la contradicción de que toda la energía debía consumirse en el corral o bien, enchufándome a un carrusel al terminar la jornada o antes del amanecer.

Los cubos de azúcar ya no eran suficientes para compensar la caída de ánimo ni de salud, mucho menos la impuesta ceguera.

Después de meses ponderando las miles de excusas para no hacerlo, hace 3 semanas me bajé del Transiberiano corporativo y ahora voy de regreso a aquellas estepas sobre las que nunca llegue a narrar. El objetivo: reflexionar sobre la forma en que quisiera pasar los próximos 50 años, haciendo un mayor esfuerzo a aquel que hice cuando, con tremenda ligereza, apliqué para una carrera sin haberme preguntado en qué consistiría el día a día de la profesión correspondiente; conforme con la mera descripción general -seguido idealizada- que algún jinete me dio.

Dejo mi México lindo y querido ahogándose en una inmensa crisis, donde la corrupción, el abuso de poder y la inseguridad harían difícil lograr la emancipación que anhelo. Lamentablemente, estos males, sumados a la intolerancia, xenofobia y el racismo actuales, también limitan los destinos. De ahí que las estepas se presenten tan atractivas y Bali, como un buen punto de partida. En ocasiones iré a paso, otras a galope, pero siempre serpenteando por todo lo que merezca ser contemplado, saboreado, inhalado, palpado o escuchado.

No prometo retomar el hábito de escribir en este u otro blog porque también quisiera liberarme de la computadora, del feis, wassap, correos, esemeses, aicikius y demás medios de comunicación incesantes; pero de retomarlo, sólo será porque quise y espero les agrade.

De Estilo e ingenio

Bajémonos un momento del tren para describir mejor el entorno en el que se desarrolla la aventura de Andrei, Yuri y Vasily. Hablemos, por ejemplo, de moda y tecnología.

Hace alrededor de diez años el mundo dio el paso a la fotografía digital. Este avance, entre muchos otros beneficios, permitió a la gente documentar con mayor facilidad los detalles de sus viajes, festejos, eventos y observaciones; para mi, hizo posible gastar unas fotografías en algo que bajo circunstancias anteriores me hubiera dolido el codo y ahora me permite ilustrar este paréntesis ahorrándome un buen de palabras.

Ya hablamos un poco de los zapatos blancos, seguido puntiagudos y de pieles exóticas, que tanto aprecian los galanes sovietilandeses, quienes los usan con pantalón blanco (que también les encanta) o de cualquier otro color; para eventos formales o casuales y probablemente tanto en verano como en invierno. Simplemente les fascinan. Vean, por ejemplo, esta familia domingueando por el ayuntamiento de Yalta, aquella ciudad dónde los aliados se repartieron el mundo hace casi setenta años: notarán que tanto padre como hijo disfrutan del paseo en mocasín blanco.

O este joven, con cuates igualmente elegantes, asistiendo a una boda en Poltava, ciudad recordada por los madrazos que Pedro el Grande le acomodó a los invasores suecos en el verano de 1709:

Las mujeres también tienen sus preferencias. A muchas les gusta andar en tejidos que asemejan o son de piel de animal. Vean, por ejemplo, esta belleza moscovita esperando entrar a su prom:

O esta señora que atraviesa la toma en pijama de seda, oreando tantito la lonja, mientras yo inmortalizaba a una zhenshina comprando cigarros:

O este galán, quien por vergüenza pidió se escondiera su cara, luciendo un abrigo hecho con la piel de las foquitas que habitan el lago más profundo del mundo:

Si Moscú en 2004 era así, como me hubiera encantado conocer sus 90’s, cuando los sovietilandeses descubrían a penas todos esos atuendos de los que se habían perdido por culpa de algunos miembros del partido comunista soviético. Vean nomás lo que esta joven seguía aprovechando, casi 14 años después del putch:

"Mais, je reve"

Por favor deleiten sus pupilas con la variedad de un sábado por la tarde en el malecón de Yalta en dos mil nueve:

Los sovietilandeses no solo son retrovanguardistas con su vestuario: también lo aprovechan para dar a conocer sus servicios o habilidades:

Más allá del vestuario, el ingenio sovietilandés tiene aplicaciones tecnológicas, como lo muestra este baño con Wi-Fi en Feodosia, Crimea, pueblo del pintor  de paisajes marítimos, Ivan Aivasovsky:

La idea de un baño con Wi-Fi sin duda parece perfecta para un mundo ávido de información, dónde la comunicación es instantánea y el tiempo más valioso que nunca. Sin embargo, el sueño de sacarle todo el jugo al smartphone mientras vas po bolshomu (по большому) se escurre al encontrarte con un baño que te obliga a estar muy al pendiente de lo que haces.

La combinación de estilo e ingenio sovietilandés se ve con claridad en la siguiente fotografía, donde vemos una generación moscovita de 90210 frente a la campana más grande del mundo, cuya construcción fue capricho de la sobrina del madreador de suecos, la Emperadora Anna Ivanovna. Sus doscientas toneladas y completa inutilidad hicieron que hasta al propio Napoleón Bonaparte le diera hueva llevársela de suvenir tras su ocupación del Kremlin en 1812.

Si hoy puedo mostrarles estas y otras fotos, es sin duda gracias a la fotografía digital. Hoy solo los fotógrafos aficionados recuerdan o saben como poner un rollo, el ruido que hace la cámara al avanzar la película o lo importante que es tener paciencia y esperarse al revelado para poder ver la foto. Existen, sin embargo, algunos sovietilandeses que aun no han dado el paso al aparato numérico y que no obstante han sabido sobrellevar esta frustración, y es que han encontrado la forma de mantenerse clásicos en un mundo moderno: simplemente agarran su celular, que ahora toma fotos (aunque medio jodidas), y lo ponen arriba o abajo de la cámara tradicional, apuntando en la misma dirección que esta, para finalmente oprimir a la vez ambos disparadores. Hay quienes incluso han perfeccionado el ingenio amarrando la cámara al celular con agujetas o alambres, lo que les ha permitido tomar fotografías sin batallar con la superposición y, por supuesto, sin tener que hacer el oso de ver por la mirilla o esperar hasta que se hayan agotado sus 24 posibilidades que, no obstante los avances, tuvieron que administrar. Finalmente, hay que entender que poder ver la foto asap es crucial para un pueblo que posa meticulosamente en cada retrato, como también se pudo apreciar en la foto anterior.

A pesar del asombro que provoca la moda sovietilandesa y la forma en que aprovechan los avances tecnológicos, los sovietilandeses son en mucho muy parecidos a los mexicanos. Su amor por las bromas pesadas, coches pimpeados, cortes de pelo ochenteros, nadar con playera, cantar en la peda, vestir de leopardo o escuchar música del celular -sin audífonos- son sólo algunos ejemplos, entre otros que irán apareciendo a lo largo del transiberiano.

De Ferromozas

El siguiente relato se apega a la realidad en todo menos identidades.

Hasta ahora, poco he contado sobre lo que uno encuentra camino a Vladivostok o Beijing. Los malos olores sin duda pesaron en los recuerdos, pero seria triste reducir esta Odisea a lo percibido por un sólo sentido.

Falta mucho por narrar y esta parte se enfoca en una especie particular de acompañante, cuya función es amenizar las interminables horas del recorrido, ya sea sirviendo comida, facilitando tasas para el chai o prestando sabanas y colchas para librar la noche: son las ferromozas, o provodnitsi (проводницы), como les dicen los sovietilandeses.

El 23 de julio de 2009, de la Kazansky Vokzal (Казанский вокзал) en Moscú, partieron abordo del transiberiano los tres mexicanos que meses antes habían batallado por conseguir sus visas. Iban rumbo a Ekaterimburgo -la ciudad dónde los bolcheviques ejecutaron a la familia Romanov– en categoría kupé, así que compartían cabina con un cuarto pasajero, que en este primer tramo resultaba ser una mujer de Kazán.

A los quince minutos de haberse subido al tren, Yuri, Andrei y Vasily (por emplear los nombres soviéticos que adoptaron nuestros amigos durante el viaje) tuvieron su primer encuentro consciente con una ferromoza. Oksana, de cabello rubio, alta, blanca, de ojos verdes y algunos lunares, vistiendo un uniforme elegante, azul, con un escote que exaltaba sus tremendos volovanes y una minifalda que dejaba ver mucha, mucha carne, venia a presentarse.

Empezaba el viaje y con el, las clases intensas de ruso, los enfrentamientos vs. sovietilandeses, las pedas, las crudas, los malos olores, fuertes dolores y momentos hardcores.

Oksana era enorme. Era fácil imaginarla tumbando puertas para pasar de un vagón a otro, como si fuera la nana del Conde Patula. Al tiempo que le lanzaba sonrisas coquetas a Yuri, Oksana hacía lo posible por mostrar la variedad de antojos que ofrecía. Su carrito adornado de chocolates, papitas (sabores a sal, cebolla, jaiba, res, pollo, caviar, eneldo y pepinillo), pescaditos salados, sopas maruchan, cervezas, refrescos, café y té, parecía de juguete en sus brazos gruesos como extintores.

La mujer de Kazán se pidió una botella de vodka y los mexas, un par de pivos.

A unas cuantas horas de Moscú se soltaron las riendas: Mientras Vasily y Yuri vaciaban los últimos caballitos de la segunda botella, la mujer de Kazán reposaba su codo sobre la lonja de un Andrei asustado que evitaba a toda costa la mirada cachonda de esta nueva amiga.

Hacia como 20 minutos que la ferromoza no pasaba a ofrecer sus viandas, lo que significaba que podía pasar en cualquier momento, no tanto por servicial, sino por su evidente antojo de Yuri. Este güey, por su parte, retorciéndose del último trago, argüía que se necesitaban quinientos gramos más de vokda y ofrecía ir por ellos al vagón restauran. Todos sabían que más que la sed, era la calentura provocada por la cruda, el jetlag, la emoción de iniciar el viaje hacia Beijing, las chichis de la mujer de Kazán y la franqueza de Oksana, lo que lo obligaban a pararse. A pesar de sus obvias intenciones, volvió más rápido de lo esperado, con una botella verde, de tapa rosca, dudosa marca y al tiempo, comentando sobre lo increíble que estaba el tren, los personajes que había visto en el vagón restauran, los vecinos y la existencia de otras ferromozas.

Nadie le puso mucha atención y probablemente por ello, por el batazo que luego recibió de la mujer de Kazán y por la paralela e hiperveloz evaporación del agüita, Yuri huyó de la cabina, dejando atrás a dos pedos y una pobre mujer borracha…

Yuri se instaló en el restauran, ordenó una cerveza e intento meditar sobre su nivel de peda al vaivén del transibirski magistral. Oksana pidió que le invitara un trago y, ya con un cognac en la mano, se sentó a platicar. Estuvieron hablando alrededor de una hora, Yuri en Español, Oksana en Ruso, Yuri sobre el desmadre que se había armado en la cabina, Oksana sobre su hijo de 17 años, etc. Estaban a punto de agarrarse de la mano cuando Irina, una provodnitsa de tamaño normal, tomó asiento a un costado de Yuri y se integró a las conversaciones. Yuri Pavlovich, buena onda como lo es, también le invitó un cognac.

Vasily llegó unas horas más tarde y encontró a Yuri sentado en una butaca, rodeado de mujeres, botellas y comida, hasta las chanclas y sin conciencia alguna del costo de su vecherinka. Divertido por la escena y asqueado por la que acababa de vivir en el kupé, Vasily se instaló a lado de la tal Irina, quedando frente a Galia, otra ferromoza, y Sergei, quien se presentó como el dueño del vagón restauran. Oksana, ahora en su mejor vestido de antro, se estaba encargando de que fluyeran los cognacs y la traga cuando Yuri le gritó que era el «happy birthday» de Vasily y que, por lo tanto, era fundamental que le sirvieran de inmediato una copa de champagne. Efectivamente, ya eran pasadas las doce y Vasily cumplía veintiocho. Mientras servía la sidra, Oksana aprovechó que Vasily parecía entender ruso para preguntarle: 1. si creía que Yuri había entendido que ella tenía un hijo; 2. si creía que Yuri de verdad se casaría con ella y 3. si el plan de ir al antro con ella y las demás provodnitsi seguía en pie. Vasily, cagándose de risa por dentro e intentando asentir de manera que pareciera sincero, buscaba desesperadamente un punto sobre el cual enfocar su mirada para no soltar la carcajada. Oksana estaba tan cerca que centrarse en la sidra que escurría de sus manos implicaba echarse un clavado al cañón entre sus senos; tornarse hacia la mesa provocaba nauseas debido a la cantidad de comida fermentada, ahumada, salada o curtida que se asomaba entre la decena de latas, vasos, frutas, verduras y papitas que la sobrepoblaban; y levantar la mirada invitaba a que Sergei lo agotara como traductor con Yuri. Finalmente, Vasily optó por escapar al baño.

Era evidente que Oksana, en el transcurso de la noche, al abrigo de ojos indiscretos, y fruto de los momentos íntimos –y románticos- que parecía haber tenido con Yuri, se había enamorado de él, o cuando menos de la idea de irse a vivir a México: la tierra donde los ricos también lloran y María es simplemente María.

Después de 1,800 kilómetros y aproximadamente 32 horas, llegaron a Ekaterimburgo, y a petición de Yuri, los tres mexicanos salieron corriendo del tren y no se detuvieron hasta asegurar refugio y escondite en el resting room de la terminal.

De Sergei y de sus viejas, nunca más se supo nada.

Un par de días después conocieron a Ksenia, Julia y Sveta, tres ferromozas de muchos kilómetros, vestidas ya no de uniforme sino de cabaret, que servían las maruchans y cognacs en el trayecto a Tobolsk. Desde un principio se mostraron encantadas por la presencia de tres galanazos en su restauran. Tardaron poco en sentarse cerca de ellos, invitarlos a picharles unos cognacs o champagne, e iniciar la carrera por vaciar sus carteras. Fue a penas en este momento que Yuri concedió que las provodnitsi del tren pasado le habían visto la cara con los cognacs, que Oksana era enorme y que Sergei era el padrote de sus compañeras de peda. En este trayecto también descubrimos que el cognac que abordo costaba $10 dólares la copa, en las paradas lo vendían a $3 dólares la botella. Con Ksenia, Julia y Sveta no hubo ni vecherinka, ni cognacs, ni maruchans. Les ofrecieron unas cervezas pero Sveta, la matrona, rechazó la invitación protestando que la cerveza era de pobres y hacia orinar.

Conforme se fueron sumando las etapas, Andrei, Yuri y Vasily aprendieron a distinguir dos especies de ferromozas: por un lado, las ficheras que trabajan el vagón restauran y, por el otro, las mucamas, de las cuales hay una por vagón, que simplemente se encargan de distribuir colchas y sabanas; mantener el tren limpio y en orden; ofrecer chais y en ocasiones hasta jolodnie pivo, o lo que es lo mismo, cervezas frías. Las ferroficheras, aunque divertidas, por lo general eran ya grandes tanto de edad como de cuerpo y no muy agraciadas. En cambio, las ferromucamas podían ser de cualquier edad, simpáticas o mala onda, feas o hermosas… Eran aliadas imprescindibles a bordo del transiberiano: si les caías mal, no te ofrecían chai,  ni baltikas, ni te dejaban poner música, echar desmadre, coquetearles, dar clases de salsa, etc. te miraban feo y se negaban a entender un nivel de ruso jodidón. Las ferromucamas de mayor edad, junto con las señoras que venden los boletos de tren y algunas ferroficheras, eran la expresión perfecta del individuo sovietilandés: Parecían enojadas con la vida, con los empleos que sentían el Estado les había impuesto, con la invasión extranjera y, sobre todo, con sus pasajeros y clientes; sin embargo, eran madres orgullosas de sus hijos, seguido satisfechas con sus maridos, con buenos amigos, quizás una dacha y en general agradecidas con lo que la vida les había dado. Resulta entonces imprescindible hacer lo posible por interactuar con esta especie de acompañante.

Insider’s tip: Si lo tuyo son las rusas y te pareció intrigante el tema de las ferromozas, sea en versión ferrofichera o en ferromucama, apreciarás saber que durante el verano y en vacaciones importantes, el número de trenes que atraviesa Siberia aumenta y resulta ser que para muchas jóvenes los trenes son una buena fuente de trabajo, que permite viajar, hacerse de unos kopeks y conocer a gente extraña como Yuri, Andrei y Vasily, quienes convivieron con muchas y muy guapas a lo largo de su viaje. Lamentablemente para ellos, ninguna pareció aceptar la clásica invitación a conocer el México de Thalía y Verónica Castro. No tiene que ser tu caso.

Si lo tuyo son los rusos, ten en mente que los rusos aprovechan del día de la marina o el del ferrocarril para ponerse sus peores pedas y hacerse de las más grandes cicatrices.

Un Perrito en Katowice

Un sabio alguna vez dijo, con más, menos u otras palabras: «Una aventura no es memorable si no involucra un altercado con la autoridad.» Por supuesto que esta «aventura» de casi 20,000 km es memorable.

Entre otros roces con la autoridad que irán siendo narrados en este blog, merece la pena contar aquel encuentro que tuve con el oficial Ivan Putski en el aeropuerto de Katowice, mientras esperaba mi mochilota. Eran tiempos de porcina, hacia un calor bestial y Pëtr, quien había fracasado bastante bien en la boda de la que veníamos, acababa de echar toda la carne al asador, esperando conquistar a una altísima y bella polaca llamada Agatha con su sapiencia sobre El Laberinto de la soledad. Estaba a un costado de la banda, observando pasivamente -aunque con asombro- el poco asco que expresaba la güerota ante los claros síntomas de H1N1 que mostraba Pëtr. Repasaba las interminables piernas que con elegancia presumía la dievochka, al tiempo que disfrutaba del soundtrack de The Life Aquatic en mis audífonos.

Fue en este estado de contemplación sonorizada que, al compas, empecé a sentir mordiscos y jaloneos extraños en las piernas. Su intensidad creció rápidamente hasta obligarme a distraer mi atención para atender lo que no era un chamaco ni limosnero, sino un labrador negro retenido por su dueño, un luchador/policía ultra-mamado, serio, rapado, malencarado, de dos metros de alto, que gruñía a mi lado expresiones de odio e intolerancia que se entrelazaban a la perfección con la canción que estaba escuchando.

Sin discreción alguna fui alejado de los demás pasajeros. Me llevaron a un cuartito donde tuve que vaciar mis bolsillos; quitarme los zapatos y dialogar con el oficial Sputski sobre un tema que nada tenía que ver con la H1N1. No entendía qué estaba pasando. Los tambores se enardecían.

Nos esforzábamos por comunicar, alternando ruso, inglés y polaco sacado del calzón; en ocasiones lográbamos avances, en otras no. El gigante hojeaba una pequeña bitácora en la que había anotado pendejadas como horarios de vuelos, nombres de viejas y ciudades que esperaba visitar camino a Beijing y, con cara de sospecha, exigía explicaciones. ¿Cómo explicas que vas a Kiev para tomar un tren a China? ¿y en polaco? Entendí que el perro parecía haber olido una sustancia peligrosa o narcótico. Ni él ni el firulais daban con algo prohibido. Me acusaba de traficar drogas y de portar armas. En mi cabeza seguía sonando la música.

Afortunadamente, después de ver que mis chicles, libro, bitácora, cámara y ipod no representaban una amenaza para Polonia, y en un momento que hubiera coincidido con aquel en que la rola debiera haberse serenado, hulk se calmó. Preguntó si había llegado en el vuelo de Barcelona y, de paso, «si me la había acomodado sabroso en aquella ciudad del demonio». Por lo menos eso entendí. Se alivianó el ambiente y riéndose me dijo que Firulais tenia el don de poder oler hasta los ingredientes de la peda de hace una semana y que seguramente había percibido la loción de Padrino que llevaba desde hace un par de días. Iván acabó felicitándome por las fiestas en las que había estado y por aquellas que seguramente tendría en Katowice, advirtiéndome no obstante que Firulais me estaría vigilando. Sin aclarar que estaba por tomar un avión a Ucrania, aproveche la interrupción del radio de policía para despedirme y retomar mi puesto a un costado de la banda, sintiendo algo de lástima por Firulais, quien se quedaría en Katowice a soportar el olor de su amo y de los demás sovietilandeses de la ciudad, alivio por haberme librado de la autoridad y resentimiento contra aquellos que apestaron mi ropa.

Para entonces, Agatha, la güerota increíble que no le hacia el fuchi a la porcina, aterrorizada, se había alejado de Pëtr. Se dijo luego: «La paloma voló y voló.» Fue un capítulo memorable de la aventura, y el primer encuentro de varios con las autoridades sovietilandesas.

El Humor sovietilandés

Ya en julio de 2003, cuando visité Sovietilandia por primera vez, había llegado a la conclusión que los locales eran malolientes. Durante un recorrido de dos semanas por los monasterios del Zolotoe Koltso (Золотое Кольцо) tuve la oportunidad de ver el proceso de descomposición del ser sovietilandés, pasando de estar bien peinado, bañado y con ropa limpia, a traer el pelo seboso, oler a curtido de ajo, cebolla y pepinillo, portar ropa con manchas de borsh y gulash y, por supuesto, ofuscar con el clásico e internacional aliento a cenicero.



En aquel entonces viajé acompañado de Veribor, aquel gran amigo que seis años después ayudaría a los personajes del testimonio de Yuri Pavlovich a entrar a Sovietilandia. No obstante su parecido sovietilandés, Veribor no hablaba más que un “spasibo” o un “kak dila?” en ruso y yo lo hablaba peor que Peña Nieto inglés. Íbamos con la pura intención de ver qué tal se ponían Moscú, las devushkas y los suvenires de la era soviética. Para darle tintes serios al viaje, nos inscribimos a dos semanas de ruso intensivo en el Instituto Pushkin; un lugar único que, por su bananerismo, nivel de peda, peculiar afluencia y guardias malpedisimos, merece un cuento independiente de éste.

Sergei Posad

El resto de la vacación lo arriesgamos en un paseo todo incluido, todo pagado, todo explicado, todo supervisado, todo en grupito, por el Zolotoe Koltso. En el barrio chino de Moscú encontramos una agencia de viajes de mala muerte donde una pelirroja parecida a Leeloo (la del Quinto Elemento) solo que más flaca y menos madreadora, wiixandose de la risa, accedió a vendernos unos VTPs para pasar nuestras vacaciones en compañía de Sergei, el guía, y otros cuarenta sovietilandeses de clase mediojodidona.

Veribor, con una maleta de ruedas gigantesca y yo, con una mochila del tamaño de su maleta, nos extrañamos cuando al llegar al punto de partida del turíbus vimos que la mayoría de los pasajeros no llevaban equipaje o que el que llevaban era pequeño y parecía estar vacío. Nos sentimos como moscas en la sopa, observados con curiosidad y desprecio por los demás pasajeros, pero sobre todo por Sergei, quien seguro no había recibido de Leeloo advertencia alguna respecto a los dos amerikantsi (como en México, los turistas siempre son gringos) que se sumaban a su aventura.

Con el paso del tiempo, nuestros compañeros de viaje nos fueron perdiendo el asco y nosotros… lo contrario. Intentaban hacernos conversación, se preocupaban porque Sergei no nos fuera dejar botados en algún pueblucho e incluso empezaron a invitarnos a salir en sus fotos de familia.


Más allá de los malos alientos y sin ser mujeres que están al pendiente de la ropa que usa la gente en las bodas, nos fuimos dando cuenta que éramos los únicos desfilando cada mañana con ropa limpia y olor a champú: Sergei y sus seguidores se resistían al cambio de vestuario, eran fieles al peinado de almohadazo, y parecían estar empecinados en concentrar su hedor a ajo, cebolla, pepinillo, vinagre, etc. en el camión. Estuvo cabrón… dos semanas… Tras dos semanas fétidas despedimos a nuestros amigos, quienes descendieron del turíbus con un look seboso, pero en todo lo demás idéntico a cuando abordaron, ahora sí cargando maletas llenas e incluso nuevas, todas repletas de matrioshkas, jarrones de cristal, bordados y demás parafernalia que uno hubiera creído destinada al consumo de los amerikantsi. Nuestros tavarishi demostraron lo prácticos que eran, olvidándose de las ventajas que traen las mudas de ropa y dejando pendiente la compra o llenado del equipaje hasta saber cuantos suvenires compraron en la vacación. Es en este comportamiento que se distingue la esencia del sovietilandés: pragmatico como un soviético, consumista como un gringo.

Así, una abuelita sale de vacaciones con su bolso y un paraguas y regresa a casa con su bolso, un paraguas y una bolsa de plástico llena de regalitos para la familia; un recién graduado lleva su chamarra de jeans, un walkman y una chela y a la vuelta a esto le suma una matrioshka y alguna piedra que se haya encontrado sobre la banqueta; una familia, si es antojadiza, parte con una maleta llena de salchichas, salami-jamón (колбаса), pan, pescados deshidratados, maruchans, pepinillos, jitomates y cebollas y vuelve con la misma maleta, ahora llena de juguetes, adornos, aparatos electrodomésticos y chupe. Todos, sin distinción de genero, religión, afiliación política, edad o estrato social, retornan a sus casas oliendo a madres.

Varios años más tarde, mientras cruzaba de Ucrania a Rusia por el estrecho de Kerch, a fin de evitar pasar la noche en la ciénaga del Puerto Kavkaz, tuve que pedirle aventón a un camión que iba camino a Sochi con una piara de sovietilandeses similar a la que conocí en el Zolotoe Koltso. Uno de estos era un monje ortodoxo convencido -y así me lo expresó- que una de las consecuencias menos placenteras de ingerir alimentos de origen animal era la secreción de malos olores y que, gracias a su vegetarianismo, peregrinaba durante meses sin necesidad de un baño. Tal aberración me dejó claro que uno sólo huele el halo ajeno, por lo que después de intercambiar unas palabras más, me alejé y volví a una respiración nasal.

Abordo del transiberiano todo esto se acentúa. Pasan días enteros sin que la gente se eche aunque sea un jicarazo; la ingesta de pepinillos en vinagre se da a todas horas; bebes llenan sus bacinicas a pocos centímetros de uno y oleadas de azufre recorren sin frenos los pasillos del platzkart, donde, muy a pesar de todas sus desventajas, el aire fluye por todo el vagón y convierte en pasajeros los momentos nauseabundos. En la categoría superior –kupé– se presenta el mayor sufrimiento en cuanto a tufos se refiere, ya que consiste de una cabina para cuatro pasajeros con una ventana que rara vez abre y donde el mal olor de la banda alcanza concentraciones que provocan claustrofobia.

Tal fue nuestra experiencia cuando emprendimos el camino de Vladivostok a Ulan Ude, ahora en clase kupé para limitar nuestro contacto con sovietilandeses.

A estas alturas de la Odisea ya no disfrutábamos viajar en tren y soñábamos con volver a nuestras casas. De Tynda al Consomé del Amor (Комсомольск на Амуре) sufrimos el acoso de una familia de teporochos que nos tuvo entre borrachos y crudos durante más de dos días y, a pesar de que en el Consomé tuvimos la oportunidad de ducharnos, en Vladivostok, tras cuarenta horas en el platzkart solo fue posible higienizarnos con un chapuzón en el Mar de Japón. No habiendo resting rooms ni duchas en la terminal de este puerto, tuvimos que abordar el tren con un humor cuasi-sovietilandés. De inmediato festejamos ser solo tres en la cabina, pero al tratarse de un viaje de 76 horas a Ulan Ude, sabíamos que en cualquier momento nuestra suerte cambiaria. Efectivamente, una mañana (cuando ya llevábamos aproximadamente cien horas sin un baño decente) nos detuvimos en Chita para permitir el ascenso a un joven que, a pesar de su aspecto aceptable, superaba incluso el hedor de aquél monje iluso antes mencionado. El cabrón manejaba un tufo tan fuerte, acido, penetrante, que hasta tenia sabor y erizaba la lengua de disgusto; lo que nos obligó a pasar las últimas 20 horas del viaje deambulando por el tren cuales pasajeros del economiquisimo platzkart.

Son, pues, humores sumamente gachos los que acompañan al aventurero por Sovietilandia. A pesar de lo dificil que es aguantarlos, he de precisar que el platzkart huele a Vel Rosita si uno lo compara con el metro parisino y que ni en sus peores días el sovietilandés apestará como un compa de la India.

De Cabo da Roca a Moscú, el amuse-bouche del transiberiano

Para apreciar correctamente el estado de ánimo con el que llegué a Beijing, sin entrar en mucho detalle, es importante mencionar que, habiendo salido de Lund, Suecia, mi primera parada fue Madrid, donde durante un fin de semana (que mi hígado todavía resiente) celebramos la despedida de soltero de un muy buen cuate que una semana después se casaría en Lisboa con una linda portuguesa. Deteriorados física y económicamente por las cubas de 14 euros del Pacha, 2 monstruos, una princesa guerrera, un litro de vodka y un servidor y amigo de todos ustedes, Vasily Ivanovich Kamerno, emprendimos el camino a Lisboa, pasando a degustar las tapas y bebidas locales, conocer los bares y antros, turistear tantito y crudear bastante, en Salamanca y Porto. Llegamos a la boda a entonarnos, bailar, reírnos, brindar, gritar, llorar, vomitar, etc. Al día siguiente, algunos invitados decidimos intentar recuperar la salud con un paseo a Cabo da Roca, donde el viento, la increíble vista hacia America y el saber que pasarían dos meses y medio antes de llegar a Beijing, me erizaron la piel y revolvieron la alberca de tequila que guardaba en mi panza.

Un día después, uno de los monstruos, Pëtr, su porcina (H1N1) y yo dejamos la civilización occidental para dar inicio a la verdadera aventura e inmiscuirnos en Sovietilandia. El buen Pëtr iba tosiendo todo el camino, espantando a los pasajeros y a mi, aunque por diferentes motivos: yo sabia que su enfermedad era resultado de los excesos de la despedida de soltero, boda y demás convivios, mientras que los demás pasajeros solo sabían, a lo mucho, que era mexicano. Mi temor era que nos fueran a meter en cuarentena al bajar del avión, ya que a principios de junio esa era una practica muy común, especialmente aplicada a mexicanos. Sorprendentemente, a una polaca muy guapa que iba leyendo El Laberinto de la soledad no le causó tanto asco y hasta se puso a platicar con el sobre literatura mexicana, con lo cual Pëtr dejo de poner atención a las clases de cirílico que estaba intentando darle. Hicimos escala en Katowice, Polonia, donde mientras esperábamos nuestras maletas me volví a sorprender: primero, al ver las piernas interminables de nuestra amiga polaca de 1.85m. y luego, al sentir los pequeños mordiscos y jaloneos de un labrador negro, seguidos de los gruñidos de un soldado malencarado. Sin discreción alguna fui alejado de los demás pasajeros, metido en un cuartito e interrogado por algo que nada tenía que ver con la H1N1, lo cual en mi cabeza no hacia ningún sentido puesto que Pëtr era la verdadera amenaza.
Tras unos diez minutos de intercambios en una mezcla de ruso, inglés y polaco sacado del calzón, recupere mi libertad, so advertencia que el labrador no iría lejos. Para entonces, la polaca, aterrorizada, ya se había alejado de Pëtr.
Al término del día llegamos a Kiev, donde afortunadamente Pëtr logró mantener la respiración durante las horas que se tardaron en ponerle el sellito al pasaporte. De haber tenido la porcina, Pëtr hubiera contribuido a su propagación por todo el planeta: en la boda hubo gente que venia de México, Estados Unidos, Rusia, Europa, Australia; la luna de miel fue en África; y yo estaba empezando mi Odisea hacia Asia.

En cuanto a Ucrania, la verdad es que no tenia ninguna expectativa ni planes: Llegue con la intensión de pasar 2 semanas y terminé quedándome un mes, de tanto que me gustó. Además de Kiev, visité Poltava, Kharkiv, Odesa, Yalta y varios pueblitos en Crimea. Me cruce a Moldova un par de días e incluso estuve en un país que no existe: Transnistria, ubicado entre Moldova y Ucrania. En este pequeño territorio de muy escasos recursos, sufrí la clásica extorsión al turista. Me querían cobrar 100 dolares para poder salir, pero gracias a mi excelente nivel de ruso con acento de albañil y experiencia en el trato con tamarindos logré escaparme con una muy módica cooperación.
Recorrí todo Crimea, visitando playas, iglesias, pueblitos, castillos y bases militares secretas, hasta llegar a Kerch, donde tome un ferry a Rusia.
Fue en este tramo que me di cuenta que me había excedido en mi grado de aventurero, pues el ferry me dejó a las 8pm en una terminal marítima a 50-60 kilómetros de cualquier pueblo, cuando yo esperaba encontrar una ciudad con vía férrea o por lo menos estación de camiones. Antes de que se vaciara el ferry intercepté un camión que iba hacia Sochi (pueblucho casi en la frontera con Georgia donde serán las olimpiadas de invierno en 2014) y me apalabré con el chófer para que me diera un aventón. No era mi plan ir tan al sur, pues en realidad mi objetivo era Moscú, pero ya a bordo del camión, rodeado de gente de fuertes humores pero feliz de haberme salvado de una noche en los manglares que rodean el Puerto Kavkaz, decidí ir a ver que había.

Después de unas 15 horas de marzhrutka llegué a Sochimilco, donde pasé el día echado en una playa de piedras y mar lleno de medusas. Aproveché para quitarme un poco del mal olor que me habían pegado mis compañeros de viaje y el monje en particular. En la noche de ese mismo día emprendí el camino hacia la capital. Fue largo y apestoso, e implico otras 50 horas sin ducha.
Pude darme una refrescada en el Río Don, durante una breve escala en Rostov del Don, pero de igual manera llegué al festival de la cerveza en Moscu oliendo a ajo, cebolla, pepinillo y vinagre.
En Moscú disfrute de unos días con mi novia moldovesa, mi amigo Veribor y su mujer, y encontré a los 3 amigos con los cuales viajaría hasta Beijing: Andrei, Yuri y David.
Habiendole dedicado un par de días a tramites de visas y turisteo por el Moscva, Andrei, Yuri y su servilleta nos subimos al famoso Transibirski Magistral, guzano de fierro abordo del cual –little did we know- recorreriamos aproximadamente 15,000km (la mitad de los cuales no estaban planeados); pasariamos 250 horas en platzkart (a.k.a. toilet class o auschwitz express) y 100 horas en clase «decente» (goulag nostalguia); beberiamos quien sabe cuantas cervezas y botellas de vodka; conviviriamos con decenas de sovietilandeses; y perfeccionaría mi ruso de albañil. De esto David ya no se enteró, pues en su primera noche en Rusia, y primer encuentro con messieurs Rusky Standart y Beloe Zoloto, perdió su pasaporte y cartera y tuvo que quedarse atrás.