Puerto Escondido, paraíso en extinción

“Like all great travelers, I have seen more than I remember, and remember more than I have seen.” – Benjamin Disraeli

Cómo comenzar un viaje alrededor del mundo sin visitar aquellos lugares que llegamos a amar y disfrutar con locura, donde cada minuto que se vive es un mar de felicidad,buenos  recuerdos y experiencias que se crean, repiten y renuevan a cada paso. Para mi Puerto representa uno de estos poquísimos, pero muy especiales lugares.

Mi odisea comienza en este paradisiaco lugar, durante los últimos días de marzo del 2015, con toda la intención de pasar tres semanas de goce, surf y la buena vibra que sólo un lugar así puede ofrecer, sin embargo, como pronto iba a darme cuenta, Puerto Escondido es un oasis pronto a evaporarse y del que ya sólo sus últimos resquicios quedan.

Para quienes tuvimos la fortuna de conocer este destino turístico por primera vez 20 años o mas atrás recordaremos que, gracias a su poca accesibilidad y desarrollo, el sitio atraía, ante todo, a aventureros y personas dispuestas a sacrificar el confort por la diversión y belleza del lugar. Durante muchos años esta ciudad de Oaxaca fue punto de encuentro de personas abiertas e inclinadas a dejar en casa prejuicios, puritanismos y snobismos; la ausencia de grandes hoteles y resorts, sus doce horas de carretera desde la Ciudad de México, los escasos vuelos y sus altos costos y otros tantos inconvenientes formaban un filtro infalible para el turista regular de Acapulco, Cancún, Vallarta y otros destinos con servicios y comodidades similares. En la década de los noventa y primeros años del Siglo XXI la playa de Zicatela únicamente contaba con unos pocos hoteles  con aire acondicionado, para dejar espacio más que suficiente a  campamentos surf, cabañas de suelo de arena y hotelitos con servicios mínimos; El Cafecito, para muchos de los asiduos visitantes y amantes de Puerto, representaba  un lujo de una vez por día, o ni eso, y la alternativa a la sopa maruchan calentada en la regadera del hotel (si es que donde uno se hospedaba contaba con agua caliente, o incluso regadera), latas de atún, jochos, y el obligado mezcalito callejero pre-antrero; enramadas con hamacas sobre la playa para pasar el día, que se convertían en pequeñas discotecas durante la noche y las atracciones de la vida nocturna del Bar Fly y el Wipe Out del Adoquín. bb

En esta última visita reconozco con tristeza que encontré un Puerto irreconocible (mi anterior visita fue en el año 2005), donde el lugar más frecuentado de la playa es el Oxxo, los bares para mirreyes, luismis wannabe y lobuquis se expanden por la playa, la música estridente no para durante día y noche y el turista basura se empeña en ir dejando su residuos allá donde pisa, acompañados siempre, claro está, por sus inseparables bocinas inalámbricas que dejan a relucir su pésimo gusto musical y van violando oídos indiscriminadamente.

Empero, el alma del Puerto Escondido de antaño no ha desaparecido por completo, no todavía. La Punta, en el lado más alejado de la playa de Zicatela, protege algunas de sus delicias y conserva su antigua paz, tranquilidad y espíritu. En este lugar todavía es posible acampar sobre la playa, comer en lugares baratos y convivir con viajeros, aventureros y turistas más conscientes del lugar donde se encuentran y su relación con el entorno y los otros.

Yo, por mi parte, me hospedé en un idílico rincón llamado Las Cabañas Buena Onda; un lugar muy recomendable. Olivier, el anfitrión, es una persona responsable que mantiene el lugar limpio y muy bien acondicionado. Las Cabañas Buena Onda está ubicado sobre la playa, cuenta con espacio para acampar y un área común que se convierte en punto de reunión y convivencia obligatoria para todos los huéspedes.

No obstante, como todo paraíso, La Punta no puede evitar tener su caca en la punta del pastel: el locales culero. Este personaje siempre ha existido en Puerto; gente arrogante y  mala vibra que puede fácilmente arruinar el buen momento y diversión.

Recuerdo que cuando estaba en los teens y que por las noches de fiesta iba a la caza de güeritas extranjeras, tenía que cuidarme de ellos, ya que aseguraban que ellas estaban apartadas exclusivamente para los locales y no era difícil ser amenazado o violentado cuando esto no se respetaba; lo mismo sigue sucediendo con las olas u otras situaciones donde el visitante tiene que compartir el entorno con este deshecho de persona.

Está última visita no estuvo exenta de situaciones desagradables con estos payasos, que los hay de todas las edades, sexos y orígenes, ya sea por prioridad en el break point, porque no les gustó como los viste, tuvieron un mal día o vida, o bien, por los borrachines de la vinata que gastan su tiempo en molestar a los visitantes. Pero bueno, falta con no pelarlos y dejar pasar el mal-trago y La Punta no tiene por qué perder su encanto.

Aún así, la amenaza de la apertura de la nueva súper vía a Oaxaca-Puerto Escondido amenaza con extinguir incluso este pequeño bastión de felicidad, así que si estás pensando en visitarlo no dudes más, puede que mañana haya desaparecido por completo.

Entre el surf y la hoguera

El lunes 8 de junio, cerca del medio día, llegamos a Balian, una pequeña playa al noroeste de Canggu, que es donde estuvimos los últimos diez días y de donde salieron unas flamantes motos que nos acompañarán hasta que su muerte nos separe, o hasta la frontera con Malasia, luego de haber rodado por Timor, Papua Nueva Guinea y unas cuantas islas del archipiélago indonés. Ese día, como suele suceder cuando uno, no siendo surfer profesional, observa las olas de una playa nueva, todo se veía ad hoc para que pusiéramos a prueba lo aprendido en Batu Karas, en el sur de Java. Bueno, quizás algo picado y rudo, pero nada como Puerto Escondido o Pie de la Cuesta suelen estar.

Campamento de Surf de Balian

Campamento de Surf de Balian

Agarramos un par de long boards que venían incluidas en la renta de nuestra cabañita y salimos a tentar las aguas. La fuerza de las olas hizo imposible que saliéramos a tomarlas desde su inicio, pero nos divertimos un buen rato con la espumita. Las tablas no eran de la mejor calidad, pero tampoco les podíamos echar la culpa, pues ya adentro era evidente que el mar estaba picadísimo. No había ningún otro loco en el agua y el cielo estaba tornando negro, así que nos salimos para echar el nasi goreng.

Con la ilusión de que las olas nos trataran un poco mejor , al día siguiente madrugamos y salimos a surfear. Desde la playa, nuevamente, todo se veía idílico y apto para principiantes. No había viento, las olas parecían de máximo un metro de altura y el sol aún estaba por mostrarse-factor que yo asociaba con las mejores condiciones en Batu Karas. No tardé mucho en salir, pues iba lleno de determinación, entusiasmo y energía para asegurar un par de olas esa mañana (hasta hice unos estiramientos antes de entrar al agua); la corriente, aunque no muy fuerte, arrastraba mar adentro; y le había atinado a un momento de relativa calma. Pasó poco tiempo antes de que me diera cuenta que, otra vez, mi percepción de las dimensiones me había fallado. Me preguntaba entonces en qué carajos se había distraído el Furlong, que no estaba en el agua conmigo para repartir o, al menos, compartir, los madrazos que se venían. El tamaño de las ombak triplicó y mi tabla, curiosamente, en lugar de ayudarme a surfear, se convirtió en un imán de revolcones. Cada que pensaba haberme salvado, la ola engullía mi tabla y está, con su leash súper poderoso, se negaba a ahogarse sola o a dejarse socorrer por mi amable tobillo, llevándome consigo a la lavadora una y otra vez. Cuando por fin terminó el set y tanto el mar como yo recuperamos la calma, me puse a remar para tratar de encontrar una posición donde pudiera intentar tomar las olotas, que no tardarían en volver. Tras un gran esfuerzo, logré colocarme en un lugar apropiado y llegó una medianona (solo cuatro veces más grande que las que había agarrado en Java). Me acomodé sobre la tabla, apreté las nalgas y empecé a bracear durísimo. Después de la caída libre, la punta de la tabla se enterró y yo me fui de jeta, a llenar de agua mi cerebro, principalmente por los ojos.

Como siempre sucede en estos casos, a aquel revolcón le siguieron otros cuatro que se contentaron con llenar mis pulmones de sal, antes de que el mar se volviera a calmar. Aún así, no sentía que me moría, como alguna vez lo sentí nadando en Zicatela, ni sentía que me faltaban fuerzas, como también sentí alguna vez que intenté aprender a surfear en Puerto. Decidido a tomar aunque fuera una sola ola esa mañana, me subí a la tabla y remé sin parar hasta pasar la línea de la muerte. Llegué justo para librar otro set de tsunamis y ahí me quedé flotando un ratito, repasando los pasos a seguir para pasar de las brazadas a estar de pie. Primero estuve recostado sobre la tabla pero luego pensé que eso no se veía muy profesional, que los surfers suelen estar sentados sobre sus tablas, en lo que esperan la ola perfecta, así que cambié de posición, pero no tanto con el animo de verme bien, sino porqué pensaba que quizás la gente que ahora me observaba desde la playa estaba preocupada por mi, un solitario en el agua que claramente no sabía en lo que se había metido. No quería que comenzaran su día estresados, que yo, aunque a ratos quería llorar, en realidad no sentía que mi vida peligraba.

Dejé pasar otro set de colosos y me dispuse a intentarlo de nuevo. Me coloqué perpendicular a la pared que venia hacia mi, remé y sin mucho esfuerzo empecé a descender la tremenda masa de agua, solo para que mi tabla, ciertamente por algún defecto de fábrica, se enterrara nuevamente al pie de la ola y me mandara de hocico a rellenar el tinaco. Sabia que detrás de mi verdugo venían otros a rematarme, así que opté por ponerme flojito y cooperar hasta que se cansaran de zangolotearme.

A pesar del nuevo intento fallido, quise intentar una vez más y remé y remé hasta cruzar la zona de riesgo. Tranquilo, recuperando fuerzas, aliento y repasando nuevamente los pasos a seguir y los errores quizás cometidos, noté hacia la punta de mi tabla ciertas manchas de sangre e identifiqué en mi dedo anular la fuente. Con toda la adrenalina de las olas, no me había dado cuenta que me había cortado, probablemente con las quillas, y en ese momento, toda mi relativa calma desvaneció y me acordé de las bromas pesadas que un día antes de venir a Balian Fin y Marty habían hecho sobre los tiburones que supuestamente habitan estas aguas. También recordé los comentarios burlescos de Wayan, nuestro anfitrión, quien dijo que solo habían pequeños, incapaces de comer todo un ser humano, y que lo peor que podía pasar era que te dieran una mordidita. Además, como a cualquiera de mi generación, me vinieron a la mente las terroríficas pelis de Spielberg y el Shark Week del Discovery Channel.

Llegó otro set y decidí que no iba a intentar pararme, que era hora de salir por patas. Una mega ola me acercó bastante, pero me dejó temiendo por mis extremidades en un remolino de corrientes, justo donde desemboca el rio Balian. Apanicado, remaba sin lograr nada. Veía cerca mi meta, pero no me estaba aproximando y las olas llegaban de la izquierda, de la derecha y del rio. Por suerte, un tsunami que había reventado unos 100 metros atrás llegó a aplacar todas las demás y aproveché su espuma para planear hasta la playa, salir del agua y no volver el resto del día, aunque por varias razones y no solo por el fundado respeto a las olas de está playa o el leve temor a las mordidas de tiburón.

Exhausto, me arrastré al warung de confianza, donde encontré a Furlong echando el cafecito y claramente entretenido por la exhibición de deporte temerario que acababa de ofrecerle.  Con cierto morbo, le recordé que habíamos sido invitados a presenciar la cremación de una viejita del pueblo y que convenía, si no le daba miedo, que saliera cuanto antes a probar su suerte con Poseidón. No le fue mucho mejor pero si logró, a diferencia de mi, tomar una ombak que alegrara su mañana.

A las 8.30am nos subimos a Juanita Chantik, mi moto, y partimos en busca de Wayan, quien se suponía nos iba a colar a la ceremonia. Nunca lo encontramos, pero nos colamos de igual manera y en un relato posterior, contaré un poco sobre está experiencia muy interesante.

Volar

Desde chavito volé mucho. Nacido en el pueblo de Hans Christian Andersen y con algunos años de residencia en México, Perú, Gringolandia, Francia y Suecia, me tocó cruzar el charco varias veces, hacer escalas en lugares inubicables, probar toda suerte de aeronaves y ver la evolución del servicio aéreo desde principios de los 80 al día de hoy, marcada en mi mente por el contraste entre un avión con televisiones personales repletas de películas de estreno y otro pasando tres veces seguidas la película de Lassie en colores sepia, con una pantalla compartida por toda la cabina, audífonos que servían también de popotes, al tiempo que sus pasajeros fuman un cigarro tras otro.

Creo que no fue hasta que empecé a volar solo que mi atención comenzó a centrarse en los pasajeros y, hasta hoy, reconozco que sentía harta pena ajena cuando veía la cantidad exagerada de equipaje de mano con el que viajaban mis compatriotas y al ver que eran incapaces de esperar su turno para abordar (y esto, muy a pesar de que les rogaran una y otra vez solo formarse cuando fueran llamados). Sé que es poca cosa, comparada, por ejemplo, con la rabia que me produce ver la descarada corrupción de nuestro gobierno, pero me ponía de malas y estresaba porque sabía que si no me aperraba con ellos, mi maletita, 100% reglamentaria, no cabría en los compartimientos superiores desbordados de fayuca, krispy cremes, tere casola, sombreros y kilos y kilos de ropa de invierno que siempre se llevan o compran por si las moscas.

Sentado en la sala de espera, atento a mi vuelo de Copenhague a Doha, me vuelven estos recuerdos, pero ya no es pena ajena lo que me invade, sino miedo. Rodeado ahora de chinos (hablaban mandarín), comienzo a añorar a mis amigos guajoloteros, a sentirme fuera de mi elemento, a temer los miles de contrastes culturales con los que me voy a enfrentar los próximos meses. Y no importa si estos cuates -son como 30, los que a menos de 5 metros de mi están echando el picnic, saboreando sus toppers llenos de guisos bien apestositos, acomodando y reacomodando sus chivas en las miles de bolsas de plástico -disque del duty free- o llenando formatos de migración; lo fuerte es que están gritando como si estuvieran vendiendo acciones en Wall Street.

Siempre consideré que el «vagón silencioso» que existe en algunos trenes de Suecia y Dinamarca era una mentada de madre y me reía cuando en Kastrup, sin malas intenciones, lo abordaban turistas gachupines, cuyo escandalo desataba de inmediato convulsiones mudas en los vikingos a su alrededor. Ahora que estoy aquí sentado, esperando el arranque de mi gira por Asia, temo no disfrutar del bullicio, los olores y contrastes que me esperan. Con el miedo, espero absurdo, viene también algo de vergüenza por esa pena ajena antes mencionada. Nunca en esos vuelos a, de o dentro de México, temí por sentarme junto a un güey que gritara todo el camino o que llevará semanas sin lavar su ropa, o comiendo curry, o que fuera a la vez alérgico a la regadera y fan de los perfumes (solo confieso que algunas veces temí que me tocará un gordo o un mochilero europeo). Al subirme al avión de Qatar Airways me recibe una bonita aeromosa, quien después de leer mi boleto y pronunciar perfectamente mi nombre, me acompaña a mi asiento, disculpándose por su mala pronunciación. Sorprendido con el servicio, noto que muchas personas no logran leer lo que dicen sus boletos y que algunos, intimidados o confundidos por la atención de la aeromoza, se adelantan a asientos equivocados. Los picniqueros toman sus lugares, se gritan de un lado a otro, continúan esparciendo sus olores y yo: me resigno -no sin emoción- a la idea de una aventura similar a la del Transiberiano, aunque distinta por no tener trazadas sus vías; una aventura en la que, como en ese tren, esta clase de temores no tienen más relevancia que su valor anecdótico.

Andrei Rostislavovich

Esperando no aburrirlos, lo que sigue busca explicar lo que para muchos es inexplicable. Se trata de una serie de decisiones, donde algunas fueron genuinas y otras ilusorias, que me llevaron a tomar la ultima, que fue botarlo todo por una vida en el camino, o al menos muchos meses.

A los quince años me fui a vivir un año a Barcelonnette, un pueblito perdido en los Alpes franceses donde no había más que hacer que deportes extremos como esquí, snowboard, tiro al blanco, parapente, kayak, alpinismo y escalar, todos los cuales practiqué con muchísimo entusiasmo. Ese año me tocó escoger el área de estudios en la que me quería enfocar, teniendo como opción literario, científico y económico-social; nada muy apetecible, pero algo debía escoger. Elegí la tercera, pero los franceses no pudieron aguantarse las ganas de intentar humillarme, poniendo por escrito que había sido rechazado del área científico pero aceptado en económico-social. Ese año también aprendí a malabarear, a darle al diabolo y al bastón del diablo, y estoy convencido que pasé el tan temido baccalaureat gracias a estas artes, que me ayudaban a soportar la tremenda hueva que implica estudiar para ese examen. Hasta saqué mención assez bien, que para mi no es más que otro insulto francés pero que según ellos es algo cabrón. ¿Por qué querrías que tu diploma diga que lo hiciste «suficiente bien»?

Mi siguiente gran decisión se dio al acercarse el fin de la prepa: ¿qué y donde estudiar? Malabares me parecía lo más divertido y brevemente coquetee con la idea de irme a Bélgica a estudiar circo. Claro, ¡qué idea tan poco seria! Entonces pensé en Relaciones Internacionales, que por su simple nombre parecía una carrera que me permitiría viajar por el mundo como hasta entonces lo había hecho con mis padres, ambos diplomáticos. En qué consistía el plan de estudios o cual era el mercado laboral no fueron preguntas que me hice, pero me desanime cuando oí que los que estudian eso no saben hacer nada y sólo tienen buena conversación. Entonces, sin cuestionarlo en absoluto, me compré la idea de que podría seguir los pasos de mi papa, quien había estudiado derecho en la UNAM. Para cuando acabé la prepa, la UNAM llevaba un par de meses en huelga, así que me fui a viajar por Europa del Este en lo que reanudaban clases. Para Noviembre seguía cerrada y decidí irme a Dinamarca a ver si conseguía una chambita y luego, a escoger una escuelita donde estudiar algo chido. Después de trabajar de obrero en un invernadero, me fui a Krogerup Hojskole, una especie de camp para adultos donde podía aprender fotografía y música, todo en danés. Como el de Barcelonnette, el año de huelga de la UNAM fue una maravilla.

Cuando la UNAM abrió sus puertas, una parte de mi murió. Nadie me había advertido que correría el riesgo, contrario a los internacionalistas, de tener una conversación de ultra-hueva (que si la reforma constitucional esto, que si la ley de amparo lo otro… terrible) o que estaría rodeado de la gente más pretenciosa del país, con pelmazos de primer semestre que no trabajaban, pero aun así usaban traje, corbata y -hazme el chingado favor- portafolios. Tampoco me advirtieron sobre la discriminación que por güerito de escuela privada iba a sufrir en la UNAM, que para mi papa, aunque americanista, era la unica universidad; ni me confesaron que de las seis mil mujeres que diario pisan sus aulas, solo vería a 5 o 6 bonitas, aunque con el tiempo ajustaría mis gustos hasta dejar de discriminar (¡Qué ardido me puse el día que conocí la Ibero!) Estuve muy cerca de librarme de esos cinco años de derecho x, derecho y, derecho z, etc. cuando reprobé el examen de admisión a la UNAM. Volví a estar cerca cuando sus estudiantes se fueron a huelga, pero como los huevones no lograron bloquear la entrada al sitio de inscripción al examen, pude presentarlo una segunda vez y, habiéndole atinado a una pregunta demás, lo pasé.

Después de unos años, hasta empecé a comprarme la idea de que amaba mi Facultad, de que a pesar de sus centenas de maestros mediocres, sus burócratas nefastos, instalaciones deplorables y alumnos flojos y tramposos, no había nada como la UNAM. Hoy me atrevo a decir que son solo tres cosas las que la hicieron chingona en los tiempos que estuve: el apoyo económico que me dio para irme de intercambio a Montreal, el CELE, donde aprendí ruso, tantito griego y algo de italiano y, finalmente, el espacio escultórico y reserva ecológica. No tengo recuerdos gratos de la Facultad, sino lo contrario, pero aun así me eché 5 años estudiando ahí lo más aburrido que hubiera podido escoger. Si tuve 5 materias (¡de unas 85!) que me interesaron «genuinamente», creo que fueron muchas. Las comillas son porqué en realidad dudo que me hayan interesado, simplemente creo que tenia que encontrarle el gusto a algo, o me hubiera vuelto loco. ¿Por qué no lo dejé? Probablemente porque no se me ocurría otra cosa que estudiar, porque no quería «tirar el tiempo ya invertido a la basura», porque el CELE, el espacio escultórico y, casi la olvidaba, la curvita, me ayudaban a soportar esa monotonía jurídica. En fin, seguramente por falta de huevos o porque seguia pensando que era el camino para convertirme en funcionario internacional y así poder recorrer el mundo y ser feliz.

Siguiente decisión importante: ¿donde hacer el servicio social? Por falta de créditos, me batearon en la Secretaria de Relaciones Exteriores. Entonces, entré a PMI Comercio Internacional, una filial de PEMEX, a revisar contratos para comprar papelería, muebles, software y cuanta cosa de hueva te puedas imaginar. Gente muy linda, eso si.

La que le siguió: participar en el torneo mundial de ñoñería jurídica llamado Jessup, o no. Me vendieron unas super fiestas en D.C. y yo me convencí que era la única forma de dejar de beber Tonayán y de frecuentar tanto el espacio escultórico.

Luego, ¿donde chambear? se acercaba el verano y me proponían entrar a un despacho medio tiempo. Cuando pregunté si durante las vacaciones también iba a ser medio tiempo o si pagarían más por el tiempo completo, se rieron de mi. Les rechacé su miserable oferta y entonces me llamaron de PMI, donde tendría que trabajar tiempo completo a cambio de lo que entonces parecía un sueldazo. Entré y, con el tiempo, me empecé a convertir en abogado petrolero, lo ultimo que me hubiera imaginado o deseado; nada que ver con volverme diplomático.

Cumplí tres años de servicio y decidí que era hora de irme a la maestría. ¿A donde? A donde durara más y costara menos. ¿Qué? Derecho marítimo, si lo mio, me convencí, eran los barcos y el mar. La Universidad de Lund en Suecia cumplía estos criterios y ofrecía un programa en colaboración con la Universidad Marítima Mundial, cuyo nombre ya lo vendía muy bien. Si le hubiera echado un ojo a su pagina de internet hubiera visto que solo era el segundo año que daban la maestría, que sus maestros no tenían mucha idea del tema y que la UMM era una institución estancada en los ochenta. Si hubiera cuestionado un poco el fondo de una maestría en derecho marítimo, también hubiera caído en cuenta que me estaba haciendo otra mega chaqueta mental, pues de barcos y mar no ves nada: se trata en realidad de aprender a disecar los documentos que los describen y regulan, algo así como buscarle errores o puntos de mejora a las paginas amarillas o a un diccionario. En fin, como no le eché muchas ganas y solo me quería largar, el plan parecía muy chingón y nuevamente tomé una decisión al chile. La experiencia fue una gran vacación, con muchas menos clases, aunque misma monotonía y mediocridad, que aquella licenciatura que hasta me dio mención honorifica.

Me fui a Suecia con la intención de quedarme en Escandinavia, de encontrar una empresa que reconociera el esfuerzo y merito profesional, pero extrañé demasiado la comida y calidez mexicana, así que con el arranque de la Copa en Alemania, regresé a PMI. Volvieron a entrar las quincenas, retomé mi rutina de comer garnachas alrededor de la Torre de PEMEX y, para soportar la rutina godinez, convertí mi departamento en un auberge espagnole y cursé unos talleres de redacción y narración, que espero se noten.

Como todo lo que nunca me apasionó, PMI me empezó a cagar: la gente a mi alrededor ascendía, yo no. ¿Trabajaban más? ¿Eran más inteligentes? ¿Mejores en su chamba? ¿Más simpáticos? No creo. Simplemente no eran abogados y eso les permitía correr al elevador todos los días a las 16.55 y gozar de promociones inverosímiles. En mi caso, debía esperar a que el de arriba muriera. Frustrado, traté de que me mandaran a vivir a un astillero en el culo de Corea a supervisar la construcción de unos barcos que había ayudado a comprar. Nadie quería ir pero alguien debía. Pasaron unos meses, arrancó la construcción y no nombraron a nadie. Entre pena ajena, hartazgo y porque, supuse, no era digno de semejante premio, hice lo impensable: tiré la toalla, renuncié a una plaza de privilegio, rechacé a PEMEX, uno de los «mejores» patrones de México, a su hospital, jubilación, auto, vales, horario de mierda, etc. ¡Una locura! me decían.

Como el de Barcelonnette y el de la huelga, el año que siguió mi repudio a PEMEX, donde tomé decisiones 100% mías, fue una maravilla. Lamentablemente, para estas alturas, estaba ya tan gravado en mi cabeza que yo era abogado petrolero-marítimo, que era una fumada tirarlo todo para hacer algo verdaderamente ameno, así que me dejé comprar por una compañía de exploración petrolera, aunque me gustaba pensar que había vendido mi buena vida por los barcos bien chingones que veía en los posters de la oficina. Otra vez, como si ser su abogado implicara salir a navegar en ellos…

Les dediqué casi tres años de mi vida, subiendo el corporate ladder como la burocracia mexicana nunca lo hubiera permitido. Con la promesa de expatriarme a Brasil, me patrocinaron clases de portugués, las cuales eran mi mejor momento de la semana. Cuando renuncié, me hicieron efectiva la promesa, esperando con ello que retirara mi renuncia. Aunque por razones muy distintas a las que me motivaron a mandar a la chingada a PEMEX, me negué a retirarla. No fue fácil, pues por fin había encontrado un lugar donde me trataran con respeto, tenia un horario no tan pinche, colegas agradables, un gran jefe, ganaba rebien, veía oportunidades de desarrollo y miles de cosas por aprender, no solo del mundo aburridísimo de las leyes, sino de barcos, sísmica, geología, supervivencia en alta mar, etc.

Ya casí llego al punto de este relato, pero antes un par de ideas más, porque son importantes para darle sentido al choro que ya se chutaron y entender por qué me fui.

En mi trayectoria académica y profesional, el dinero siempre me sobró: Cuando me fui a Montreal, además del apoyo de la UNAM, empecé a recibir una beca bastante sabrosa del gobierno danés. En PMI arranqué con un muy buen sueldo que, combinado con lo ahorrado de la beca, permitió que a los 26 años me consintiera con un A3 nuevesito, con quemacocos y lector de Ipod (era algo cabrón en 2007). Poco después del Audi, me compré una lancha y antes de cumplir los 28 decidí invertir en un gran departamento en la Condesa, que me imaginaba terminaría de pagar a los cuarenta y tantos. Luego me fui a Suecia con cierto apoyo económico de PMI, que tuve que devolver cuando renuncié, incluyendo el costo de un boleto de avión de casi 10,000 dólares (porque al gobierno no le gusta pagar precio de mercado). Aun con estos setbacks, hace aproximadamente un año terminé de pagar el depa y, por si fuera poco, lo logré sin sacrificar una escapada al mundial de Brasil ni una inversión sustancial en una casa en Mérida. Si comparto esto no es por presumir, es por lo siguiente:

Desde que elegí económico-social he estado tomando decisiones supuestamente difíciles e importantes y, bajo los estándares actuales de la sociedad, se podría decir que todas fueron acertadas, siendo me llevaron a la profesión de Cicerón, a la industria que mejor paga y a tanta satisfacción material. Pero como comento arriba, los mejores años fueron aquellos donde hice lo que quise, donde el dinero no jugó ningún papel en mi toma de decisiones, donde la ambición y planes a largo plazo no tenían cabida… pero viene la sociedad y dice: estudia algo serio, consigue un trabajo que pague bien, ahorra, gasta, invierte, ahorra, despilfarra, invierte más…

Cuando terminé de pagar mi depa caí en cuenta que ya no tenia ningún objetivo material que perseguir y me nortee. Hubiera podido convencerme que el siguiente paso era un segundo bien raíz, cosa que consideré muchas veces. Por suerte, antes de volver a gastar en algo innecesario, empecé a reconocer que lo que a mi me gusta es viajar, no pensar demasiado a futuro, sino gozar del momento, aprender otros idiomas (y entre más raros, mejor), disfrutar de la naturaleza, del día, de las calles, de la gente, de lo nuevo y perpetuamente cambiante. Brasil me atraia, pero no para ver el Pan de Azucar desde la ventana de una oficina en el centro, sino para conocer su gente, el Amazonas y otros lugares increibles.

Reconociendo esto, mi desktop se volvió mi peor enemiga, los contratos, el reflujo que ni con peptobismol se quita, los trajes y corbatas, disfraces asfixiantes y el celular, un cactus que nunca perdía sus espinas. Por eso no retiré mi renuncia y ahora emprendo este viaje, un viaje por solo viajar, sin importar a donde, ni por donde, ni como, ni nada…

Traté de seguir el camino de la mayoría y por varios años lo hice bien, pero ese camino se volvió absurdo porque no entendía porqué lo había emprendido. Me tardé, pero ahora reconozco que yo no elegí ser abogado, menos petrolero, no era mi sueño entrar a la UNAM ni trabajar para PEMEX, ni tener un super puesto en una trasnacional, ni cambiar de vista como si fuera cambiar de wallpaper. Mi sueño, desde que pensaba en la diplomacia, era viajar. No era ser ni cónsul, ni embajador, mucho menos burócrata en un sistema corrupto, nepotista y que lo último que le interesa es el bien del pueblo por el qué se supone trabaja. Pero eso nunca lo entendí porque nunca lo cuestioné. Simplemente acepté que debía elegir una profesión, una carrera, un auto, una casa… hasta la fucking big television y demás chingaderas que lista Rent-boy en Trainspotting.

Hoy, por suerte, lo tengo más claro aunque, confieso, no 100% claro. Llegar aquí me tomó varios años, un par de renuncias, gastos estúpidos, mucho hartazgo, algunos artículos topados en el feis, otros vídeos inspiradores de youtube (de esos a los que la gente le da like pero que nunca los llevan a reaccionar), algunas conversaciones, muchas que buscaron disuadirme, otras que aplaudían mi valentía (porque, al parecer, ¡buscar la felicidad es un lujo!) y, no lo niego, atestiguar la veloz y terrible degradación de salud de mi hermano, Rafael, quien murió de cáncer el pasado 12 de enero, a sus 35 años de edad.

Ahora entiendo lo que vale el tiempo, mi tiempo, y que no tiene nada de malo querer buscar la felicidad en sí y no a través de la riqueza. Acepto que viajar es el mejor camino que hoy me pueda imaginar, pero que no necesariamente será el único. Voy a viajar porque trabajé mucho y ahorré a lo pendejo y porque ahora, además del dinero, tengo la salud y el tiempo. Voy a viajar porque me daría vergüenza encontrarme a Rafis más adelante y tener que confesarle que viví frustrado e incluso, que morí por estrés o colesterol o depresión, no sin antes jorobarme, perder la vista y sufrir de artritis, todo por las horas pasadas frente a la compu. Quiero que cuando me muera, sea mañana  o en muchos años, que no importe, que no sea triste, aunque sea por un atropello, naufragio, asesinato, cáncer, infección o cualquier chingadera que se puedan imaginar -mientras no sea una de las que matan oficinistas.

Puede ser que en algún momento me canse, añore mi camita, mi regadera, los amigos, la familia, los tacos o inclusive la tranquilidad que aportan las quincenas. Pase lo que pase, espero retener que el camino a la felicidad hay que elegirlo, no conformarse con seguir el tráfico. Mientras tanto, disfrutaré del paseo y, para mis recuerdos, ejercicio mental y, si les late y no se ofenden fácil, entretenerlos un poco, escribiré en este blog.

Sacha Mandinga

Not all those who wander are lost.

J.R. Tolkien

EL INICIO

Que no quepa duda, viajo para fugarme, una evasión de la realidad, mi realidad, tal y como sucede con el consumo de drogas. Cuando uno pasa de nivel turista a nivel viajero, el sedentarismo y la rutina se convierten en sus enemigos naturales. El turista sabe perfectamente a donde va y su fecha de regreso; al viajero no le importa la primera y se niega a reconocer la segunda.

A mis 34 años de edad lo más difícil al emprender el viaje fue ignorar la presión social a la que casi todos cedemos sin cuestionamientos. Con una prometedora trayectoria profesional, un valioso grupo de amigos y familiares, un buen estatus económico y el confort del mundo de lo conocido, las personas a mí alrededor se preguntaban si mis facultades mentales y buen juicio no estarían flaqueando. Renunciar, dejarlo todo y partir a recorrer el globo sin rumbo, boleto de regreso y con únicamente diez kilos de posesiones a cuestas, es una idea que a buena parte de la sociedad le parece descabellada y arriesgada en todos sentidos.

Sin embargo, a solo tres años de haber regresado de mi última vagancia por el planeta, la rutina y comodidad fueron combustible suficiente para aventurarme de nuevo a lo desconocido.

¿Hacia dónde? Es lo que menos importa. ¿Hasta cuándo? Que el tiempo lo decida. ¿Por qué? por el reto, el asombro, el movimiento, la vida misma.

El viajero, cuando se traza una ruta, no busca nada en particular más allá de abrir su mente para redescubrir la belleza del mundo, midiendo la distancia, no mediante kilómetros, sino a través de experiencias y encuentros; el trayecto mismo.

Aquel que viaja debe de tener la disposición de olvidar todo lo que ha aprendido, volver a empezar de cero, arriesgar y sacrificar todo; de otra forma, sin importar las vueltas que consiga dar al universo, jamás saldrá de casa.

La historia va más o menos así. El año 2014 resultó una mierda. El proyecto  social que dirigía en cárceles para menores, que había comenzado un año antes, perdió impulso y me era cada vez más difícil encontrar la motivación necesaria para continuar, menester indispensable para quien  dedica su tiempo, esfuerzo y recursos en aras de mejorar la situación del marginado y excluido. La ayuda económica nunca llegó y yo me vi en la necesidad de encontrar un trabajo paralelo que me permitiera sostener el proyecto, además de continuar con un  tercer trabajo como coordinador de la sección de Derechos Humanos y Cooperación para la revista Pensamiento Libre y colaborador en otras publicaciones del mismo corte.

Por x o y encontrar trabajo nunca ha representado un problema para mi, por lo que en mayo de ese año, y sin prácticamente esfuerzo para conseguirlo, comencé a laborar en una dependencia gubernamental dedicada a la protección de derechos humanos, específicamente en la lucha contra la discriminación. Las funciones de mi puesto resultaron sumamente atractivas y parecían haber sido pensadas expresamente para mi perfil profesional. Todo fue un fraude. Al burócrata, en la mayoría de los casos, le importa un reverendo sorbete en qué consiste su trabajo; lo mismo le da el desarrollo de proyectos con miras a proteger a personas en situación de vulnerabilidad que pasarse el día entero abriendo y cerrando cajones, actitud que se refleja en el mediocre y pobre trabajo que realizan, a menos que, claro está, persigan intereses personales de tipo económico o profesional, con lo que tal vez logren desempolvar la piedra y hacerla girar un poco.

Mi mala experiencia en el gobierno se potenció debido a mi jefa, que además de ser una persona gris y sin chispa, parecía estar completamente amargada por la vida, y cualquiera podía pensar que maltratar a sus subalternos era una de sus actividades favoritas. Mantener tres trabajos, y en uno de ellos con una perra como jefa (ella misma se auto-nombraba con ese mote) absorbía toda mi energía y me dejaba poco tiempo y ganas para disfrutar la vida; para cerrar con broche de oro mi precaria situación, y al tiempo que comenzaba mi tercer trabajo, me enfrente a una seria enfermedad que me obligó a someterme a un par de cirugías mayores de las que, con un poco de suerte y un equipo de cirujanos de mano experta, logré salir avante.

El cáncer me abrió lo ojos. Dinero, desarrollo profesional, estatus social; nada de eso cuenta si mañana expira tu último aliento y no eres capaz de mirar atrás y sonreír. Vivir como si no fuéramos a morir y morir como si nunca hubiéramos vivido tiene que dejar de ser la regla. Es por eso que hoy he dicho adiós a todo y me he propuesto no pensar en el futuro, sino únicamente disfrutar a tope el presente, y que mejor manera que  viajando.

GoingNoW

GoingNoW es una serie de escritos que intentan plasmar en palabras las motivaciones que nos llevaron a salir corriendo de una rutina sin sentido, de un modo de vida casi impuesto y no elegido y de un acumulado de supuestos y prejuicios, que a base de repetición terminamos aceptando como verdades: a qué aspirar, qué metas alcanzar, qué hitos superar y cómo el seguir ese caminito que millones van tomando, supuestamente, conduce a la felicidad. Aspiraciones, metas e hitos que, de no ser palpables o materiales, son consideradas propias de los forevers.

Lo hacemos porque nos gusta escribir, compartir lo que sentimos y lo que vivimos, y si estos textos pueden ayudar a que el lector cuestione el camino que tiene por delante, sea para confirmar que es el correcto, o bien, para darse cuenta que es hora de hacer ajustes, pues qué mejor, pero no somos tan pretenciosos.

Para expresar estas ideas iremos narrando la odisea, que para uno empieza en Puerto Escondido y para el otro en Copenhague, y así, además del choro filosófico, esperamos introducir a nuestros amigos al maravilloso y loquísimo mundo del sureste asiático.

GoingNoW refleja varias ideas: la urgencia de dejarlo todo; un viaje sin rumbo ni destino, aunque con una ligera orientación de sur a noroeste… la simple intensión de reconocer la emoción de vivir.

Finalmente, porque ambos nos fuimos asqueados de un México que vuelve a competir por los primeros lugares en índices de corrupción, impunidad e inseguridad, aprovecharemos este espacio para desahogar tantito nuestra frustración.

Atentamente,

los autores