¡Sampa yumpa nanti, Bali! La Carrera por las visas. Parte 1

Como ya hemos venido comentando, salimos de México sin planear nada; solo con el compromiso de encontrarnos el 11 de mayo en Yakarta. Puede parecer intrépido, emocionante e incluso envidiable, y sin duda lo es, pero tiene su precio. Una tarde en «Ámsterdam 205» (como se le conoce al auberge espagnole mexicano en el que solíamos vivir), después de varios días sacando brevemente el tema de visas a colación, sin indagar nada ni prestarle mucha atención, decidimos hacer un pequeño esfuerzo al respecto. Marie, con su instensidad organizacional alemána, sacó una pluma y papel y empezó a anotar los requisitos para obtener visas que íbamos descubriendo en internet. La concentración se desvaneció rápidamente, como sucedía con muchas cuestiones en Ámsterdam, pero nos permitió saber que podíamos conseguir una visa de 30 días al llegar al aeropuerto internacional Soekarno-Hatta en Yakarta y que esta era renovable por otros 30 días en cualquier oficina de migración dentro de Indonesia, así que nunca nos molestamos por averiguar si podía convenir algún otro tipo de visado o, siquiera, si había un consulado indonesio en el DF.

Cada uno llegó a Yakarta por su cuenta, compró su visa y, siguiendo los consejos de Clarita, agarró un taxi Bluebird al Four Seasons Apartments, residencia súper placentera donde pasaríamos los siguientes cinco días recuperándonos del jetlag, descubriendo la Lonely Planet de este país, armando el formato del blog y planeando la salida de la capital. Durante ese tiempo también asistimos a un par entrenamientos de la Selección Indonesia de Polo, hicimos unas breves excursiones por la ciudad, compramos un smartphone y nos echamos nuestros primeros nasi goreng (arroz frito).

Entrenamiento de polo

Entrenamiento de polo

Asado con la Selección Indonesia de Polo

Asado con la Selección Indonesia de Polo

Las albercas del Four Seasons Apartments

Las albercas del Four Seasons Apartments

Monumento Nacional, Yakarta

Monumento Nacional, Yakarta

El primer mes pasó rapidísimo: 5 días en Yakarta, 10 en Batu Karas, 3 en Yogyakarta, unos días en traslados y 10 en Canggu, Bali, que fue donde nos pusimos en contacto con una coyote rusa que por 60 dólares (incluyendo los $35 del costo de la visa)  se encargaría de la renovación para que pudiéramos quedarnos en la playa echando la hueva, en lugar de pasar nuestro tiempo en la oficina de migración, que nos habían descrito como algo equiparable a las oficinas del servicio de aguas de la Ciudad de México.

Playa de Batu Karas, ideal para aprender a surfear

Batu Karas

Vista desde el cuarto en Batu Karas

Vista desde el cuarto en Batu Karas

aprendiendo a surfear en Batu Karas

aprendiendo a surfear en Batu Karas

Aprendiendo a surfear en Batu Karas

Yogjakarta

Yogjakarta

Campos de arroz a las afueras de Ubud

Campos de arroz a las afueras de Ubud

Changos en las carreteras de la sierra balinesa

Changos en las carreteras de la sierra balinesa

Campamento de Surf de Balian

Campamento de Surf de Balian

El 17 de junio, es decir, 23 días antes de que las visas expiraran por segunda vez, la coyote devolvió los pasaportes a Sacha, quien no esperó ni un minuto para emprender camino hacia Dili. Desgraciadamente la “visa on arrival” únicamente puede extenderse una vez por 30 días más, por lo que, si queríamos permanecer más tiempo en indonesia, era necesario salir del país para conseguir un nuevo permiso; y fue así que decidimos recorrer miles de kilómetros para llegar a Timor Oriental con el fin tramitar nuestras nuevas visas.

La primera parada fue Kuta en la isla de Lombok, ya en la provincia de Nusa Tenggara Occidental, una playa muy tranquila, de restaurantes y hoteles pequeños, terracerías, locales sonrientes y muchos surfistas. Un poco como Puerto Escondido cuando, de adolescentes, lo descubrimos. Yo alcancé a Sacha a tres días de su llegada, después de un detour por el archipiélago de Komodo en busca de dragones y manta rayas gigantes. Nos quedaban 20 días de estancia legal en el país y estábamos lejos, muy lejos de la isla de Timor, así que sólo alcancé a pasar un día en esta isla, visitando unas cascadas.

Lombok

Cascadas en las faldas del volcan Rinjani

A penas nos despedimos de Julián, quien había volado de Kuala Lumpur para pasar el fin de semana, como también lo había hecho el fin de semana anterior, cuando nos encontrábamos en Uluwatu, Bali, para festejar la boda de Clarita y Vasco, nos sentamos a planear la siguiente etapa del Rally, esfuerzo que duró solo un par de minutos, pero que nos llevó a decidir cambiar el placentero Surfer’s Inn de Kuta y su deliciosa alberca por un par de días de camino hasta llegar a Pantai Lakey en el sureste de la isla de Sumbawa.

Pantai Nemberala, Rote. La Carrera por las visas. Parte final

Hemos llegado a la meta de esta carrera, al pueblo de Nemberala en la isla de Rote; una desa de pescadores y surfers, con una sola calle y unas cuantas terracerías, quizás dos restaurantes y menos de una decena de hoteles. Llegar hasta acá implicó un esfuerzo enorme, tanto nuestro como de parte de Chinta Besar, Juanita Chantik, Rayo Athul y Peter, que ahora se recompensa con una semana en la playa para echar la hueva, leer, escribir, surfear, comer rico y ver el Sol, la Luna, Júpiter y Venus pasar sin preocupación alguna.

Nos estamos quedando en el Tirosa, un humilde hostal compuesto de una casa principal que otrora hubiera podido albergar la administración y cafetería de una típica escuela indonesia; un conjunto de pequeños edificios y cabañas de colores pastel, amarillo o verde, que hubieran podido ser los salones y un patio central para jugar fútbol o cotorrear a gusto, si no fuera por el riesgo de morir descalabrado por los cocos que caen constantemente. Las construcciones recuerdan aquellas de la costa norte de Yucatán, abandonadas al mar y salitre o destruidas por pasados huracanes. Nuestro cuarto se eleva un metro sobre el suelo y cuenta con una terraza lo suficientemente amplia para que quepa una mesita, un par de sillas y nos invite a pasar la mayor parte del día aquí, disfrutándolo. La habitación se mantiene siempre fresca, con ventanas sin vidrio ni mosquetero, invitando, a pesar de los colchones de espuma y almohadas robadas de algún antiguo sofá, los sueños más profundos y, de vez en vez, psicodélicos. Tenemos la suerte, a diferencia de nuestros vecinos, de contar con un escusado «occidental»; los baños son a jicarazos, y la electricidad sólo fluye de noche. El viento sopla constante todo el día, apaciguando los treinta y tantos grados habituales y manteniendo alejados a los moscos y moscas. A unos cincuenta metros de nuestra mesita el mar, de colores azul, verde y turquesa comparte el horizonte con una playa de harina blanca y lo único que se escucha es el baile de las palmeras, el cacareo de los gallos y alguna discusión entre las cabras que pasean libremente en busca de algún antojito.

Tirosa

En esta isla hay dos rutinas posibles: la primera es la de Sacha, quien despierta todos los días entre las 5.30 y 6am para a ir a surfear, luego de uno o dos cafecitos y un par de cigarros; regresa a las 11.30, justo para echarse encima unos cubetazos de agua fresca sacados del poso ubicado al centro del patio y sentarse a la mesa gigante ubicada en el comedor comunal que invita a todos los huéspedes a comer lo que Martina y sus hijas, administradoras del lugar, hubiesen preparado, usualmente un guiso, sea de pescado o de pollo, acompañado de una ensalada siempre fresca, otro guiso de verduras y el siempre presente nasi putih (arroz blanco). Su almuerzo concluye con uno o dos cafecitos más alrededor de nuestra mesita, leyendo alguna novela, hablando de lo que tiene pensando escribir para el blog, seguido de una siesta de supuestamente 30 minutos, que normalmente se extiende por un par de horas. Cuando la siesta es breve, lee un poco más o se aventura a recoger madera para la fogata de la noche. Más o menos a las 3pm, después de otro cafecito y cigarrito, se va surfear hasta que el sol se pone, hora a la que vuelve, agotado pero feliz, para convivir alrededor de la recién encendida hoguera.

La segunda rutina posible es la de Andrei, mucho menos compleja: se despierta entre las 6 y 10am, dependiendo de que tan temprano se haya dormido, de que tan fuerte hubiesen bienvenido la aurora los gallos o de si algún vecino impertinente está conversando en o cerca de su terraza. Desayuna el pancake o panesito que toque, un café, a veces dos, y se pone a leer o a escribir. A eso de las 11am se echa una nadadita, sus cubetazos de agua fresca y, con cierta angustia, debido a su falta de hambre, se reinstala en la mesita a esperar el llamado de «¡makan!»  que invita a todos los huéspedes a dirigirse voluntariamente a la mesa principal, so riesgo de ser llevados de la oreja por Martina. Al terminar, con un copi en mano, vuelve a la terraza y se dispone a seguir leyendo o a escribir un poco más, si es que aún no se ha acabado la pila de su laptop, ya que solo hay electricidad por la noche. Intercala estas actividades conversando con los vecinos, yendo a nadar, a recoger leña o simplemente echándose unos refrescantes cubetazos (él únicamente surfeó el día de su cumpleaños, y eso porque una güerota australiana le insistió, procuró una longboard perfecta y llevó de la mano a marea alta, para que no le diera tanto miedo el filo del arrecife).

A las 6.30 pm se vuelve a escuchar el grito «¡makan!» y todos, sin importar lo colorido del atardecer o lo agradable que esté la fogata, nos volvemos a juntar en la mesa principal del Tirosa para la última comida del día. Las cenas son igual de buenas que las comidas y siempre les sigue un rato de sobre mesa y uno que otro café, tras lo cual regresamos a la fogata; los aussies con sus Bintang besar (chelotas de marca Bintang) y nosotros simplemente a jugar con el fuego y platicar. La mayoría de los huéspedes se duerme entre las 8 y las 9pm pero nosotros, con alguno que otro que no sea surfista intenso, aguantamos hasta las 11pm, hora en la que nos metemos a dormir, protegidos de los bichos de la noche, dengue y malaria por unas redes que engloban las camas en nuestro cuarto.

Es el contexto perfecto para recuperarnos de las cien horas que pasamos sobre las motos para recorrer los casi cuatro mil kilómetros que implicó la carrera de Bali a Dili con el fin de extender nuestras visas indonesias -que aún nos faltan muchas islas por recorrer- y, de paso, tratar de ponernos al día en la narración de nuestro viaje antes de que retomemos el camino y volvamos a carecer de tiempo y energía.

Orient de Boston Whaler, José y Marvin

El 31 de marzo fue mi último día de chamba. Antes de encontrarme el 11 de mayo con Sacha en Yakarta, quería hacer un par de escalas en lugares ya conocidos y apreciados. La muerte de mi hermano, varios viajes de trabajo a Ecuador y los pendientes organizacionales necesarios para sobrevivir tiempo ilimitado en el extranjero habían impedido que me enfocara en la planeación del viaje. Aun así salí el 16 de abril, estresado por la prisa con la que me estaba yendo, los pendientes que dejaba y por aún no tener vuelo a Yakarta, ni idea sobre las visas que requeriría.

Con el único propósito de pasar unos días en compañía de los maravillosos Olivia y Guillaume, mi primera parada fue Nueva York. En lugar de agobiarme con el caos de Manhattan, ellos tuvieron a bien llevarme a pasar el fin de semana a Orient, Long Island, donde, además de tener una preciosa casita en la playa, habían logrado que Mark, el suegro de Guillaume, les prestara su recién adquirido Boston Whaler. Previo al viaje inaugural del juguete de Mark, como sucede en muchas primeras venturas marítimas,  el motor no arrancó. Le echamos un par de litros de gas y aún así nada. Llegó a la Marina un francés que se veía ducho en eso de las lanchas, hizo a un lado a Guillaume –por poco y ni siquiera se ahorra el zape-  y en dos segundos consiguió que la máquina rugiera con la potencia de sus cientos de caballos de fuerza, ahora obligados a llevarnos de paseo. Aprovechamos que José, nombre que debe pronunciarse con acento francés, también salía a navegar en su propia embarcación para ver como lo hacia, calar las aguas, aprendernos los obstáculos submarinos, las vías de entrada y salida de la bahía, etc. En el momento que nos alejamos lo suficiente de toda civilización y que José ya no sentía necesidad de chaperonearnos, los cientos de caballos murieron a un tiempo.

No podía ser la gas, pues le habíamos echado ese mencionado par de litros. Tampoco podía ser el motor, puesto que sólo unos días antes Marvin, un mecánico guatemalteco que también resultó ser jardinero, paisajista y talachero, había dado su visto bueno a la compra. Un misterio que nos llevó a tirar el ancla y poner el hámster a correr. No llevábamos agua, ni comida, ni bloqueador, ni radio; verdaderos novatos haciéndola de navegantes.

No pasaban lanchas y el servicio de salvamento (afortunadamente, sí había señal) quería 500 dólares por sacarnos de nuestro pedo, el cual  ni siquiera podíamos describir, pues no supimos explicar dónde estábamos ni a dónde queríamos  ser remolcados, y de cualquier forma esa era una opción que no íbamos a tomar en cuenta, dado que tarde o temprano José tenía que pasar cerca de donde estábamos en su regreso hacia la Marina. Tierra firme, aunque desierta, no estaba muy lejos, así que al final un estúpido consenso nos llevó a levar el ancla y dejar que la corriente nos acercara a la orilla para poder varar la lancha.

Varamos y en lo que paseábamos por la playa buscando la solución al predicamento, sin darnos cuenta, la marea bajó.Orient y el Boston Whaler Cuando por fin pasó el frenchie a rescatarnos habían pasado varias horas y el juguetito de Mark ya estaba totalmente fuera del agua, haciendo imposible jalarlo mar adentro. No obstante, hicimos un par de intentos, pues era bastante feo pensar que íbamos a abandonar la nueva lancha ahí, sobre la arena, sin saber qué pasaría en el momento en que volviera la marea. No hubo alternativa y el bendito José nos llevó de vuelta a la marina, no sin antes ofrecernos unos chocolatitos y agua, proponiendo que volviéramos por el Whaler a la medianoche, cuando se suponía lo encontraríamos nuevamente a flote.

Ya apenados con la sucesión de osos frente a José y no queriendo molestarlo más, contactamos a Marvin. Él vivía en una isla de la zona y prometió que tempranito al día siguiente se lanzaría con un compa a recuperar la lancha y que para eso de las ocho la veríamos ya amarrada en Marina. Como buena promesa de latino, muy a pesar de unas excelentes intenciones, eso no se dio. Resulta que su propia lancha no arrancó, cosa rara para un mecánico de lanchas. Ya entrada la mañana, con varios de sus cuates subidos en una pick up azul metálico con vidrios polarizados, llegó a la cabaña a preguntarnos si había forma de acercarse a la lancha por tierra. Viendo que nuestras descripciones del camino no estaban sirviendo de mucho, decidimos escoltarlos al parque nacional a través del cual podrían llegar a la playa donde habíamos varado, a sabiendas que la lancha estaría en ese momento a flote, probablemente a unos cien metros de la costa. En lo que nuestros amigos de aspecto de maras salvatruchas se echaban su trekk hacia la lancha, Guillaume y yo guiamos quien se había quedado al volante de la pick up, un joven rastafari medio lelo (hasta Marvin lo advirtió), chimuelo y de piocha llena de palomitas, a la Marina para que pudiera recoger a sus cuates una vez concluida la hazaña encomendada.

Pasaron otras horas y el bote no llegaba a puerto. Resultó que, para sorpresa de Marvin, el agua estaba demasiado fría para llegar a la lancha nadando. No fue hasta que casualmente pasó por ahí José, nuestro héroe salvador, que consiguieron un ride al Whaler, lo arrancaron y concluyó el maiden voyage. Gracias José, por esta y por las que seguramente vendrán.

Marvin contó luego que el único problema con la lancha era que no le habíamos puesto suficiente gasolina. Sabiendo que el nuevo juguete de Mark había quedado bien estacionado y que no tenia ningún problema, regresamos a Brooklyn por unas chelas de despedida, tras las cuales Guillaume me llevó al aeropuerto para tomar el vuelo a Copenhague.

La experiencia me trajo muchos recuerdos de la Cuicuiri, aquella lancha que compré sin considerar sus implicaciones y que después de unos 5 años de mucha diversión, varias remolcadas, buenísimo wakeboard, broncas con el solenoide, viajes a playas preciosas, tremendos gastos y demasiadas frustraciones, se hundió en el muelle de Los Cocos, Disco Beach Club Resort & Spa, Acapulco; día que me confirmó que es tan bonito comprar una lancha como deshacerte de ella.

La Triste historia de Chinta Besar

Hoy, siendo aproximadamente las 17.30 hora de Kefamenanu, Indonesia, Chinta Besar fue diagnosticada en estado crítico y una hora después partió en un vehículo de emergencias para ser tratada en Kupang por los más expertos de la isla de Timor. En estado de shock y preocupación, Sacha se fue con ella y abajo algunas fotos que, a falta del super video que hice y que no logro cargar, muestran la escena trágica de la partida de Chinta.

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El diagnostico habla de falta de aceite y problemas en los pistones, pero no se puede saber hasta desarmarla toda. No pudiendo ayudar en nada, Rayo Athul, Juanita Chantik, Peter y un servidor pasaremos la noche en Kefamenanu (que es como Pinotepa Nacional por su apariencia y la suerte que trae) y haremos lo posible por recorrer los 192km que nos separan de Kupang antes de que se ponga el sol dominical.

Solo me queda agradecer que esto sucedió en Indonesia, el país del tidak apa apa, donde todo se puede, que de haber sucedido en Timor Leste, los buitres ya se habrían ocupado de la pobre Chinta Besar, a quien deseo una pronta recuperación.

Al fondo, Labuan Bajo y el archipielago de Komodo. Al frente, de izquierda a derecha, Peter, Rayo Athul, Sacha, Chinta Besar y Juanita Chantik

Juanita Chantik

En un pueblito de Bali llamado Kerobotan, el 29 de mayo, compramos dos flamantes motocicletas o, mejor dicho, una moto y una motoneta. La decisión fue el resultado de muchos factores, entre los cuales destacan la inmediata sugerencia hecha por Vasco el día que llegamos a Yakarta, lo poco que se ve o se disfruta el camino en tren o bus en Indonesia, el apoyo constante que recibía esta idea cada que se la comentábamos a algún bule residente en estas islas y lo divertido y satisfactorio que fue pasear de esta manera al momento de rentarle un scooter a Komping, el marido de Rini, quien era la cocinera de nuestro warung de confianza en Batu Karas y además nos daba clases de bahasa indonesia.

paseando por Batu Karas

paseando por Batu Karas

Los primeros consejos de como llevar a cabo la transacción fueron proporcionados por Ustad, marido de la cocinera de otro warung y arquitecto/albañil de Joni, un joven alemán que había optado por mandar a su mujer sudanesa a trabajar a Alemania mientras el construía una preciosa casa al borde del Río Verde. Ustad nos enseñó a leer y entender los documentos de las motos; explicó como lidiar con la autoridad (todo se resuelve con un gochap, billete de 50,000 rupias que equivale como a 4 dólares); sugirió ciertas marcas y modelos que podían repararse fácilmente y, lo mejor de todo, nos acompañó en nuestras primeras negociaciones. Así, nos dimos una idea de los precios y qué tan dispuestos a negociar estaban los vendedores. Con el visitamos 3 agencias y a algún pariente que ya quería deshacerse de su motoneta, pero no logramos regatear tanto como pretendíamos; probablemente por el conflicto de interés natural de Ustad.

Por circunstancias del camino (falta de voluntad para irnos de Batu Karas, una probadita del dengue y un poco de indecisión), la compra quedó pendiente hasta que llegamos a la Isla de los Dioses, Bali. Ahí, Nyoman, el chofer de Vismai, nos llevó un buen viernes a recorrer los showrooms de Canggu. Para estas alturas, nuestro nivel de indonesio había mejorado simbólicamente y la negociación y chascarrillos fluían mejor. Cerramos el trato en la ultima agencia que visitamos, ya en Kerobotan, casi llegando a Denpasar, donde Sacha encontró justo el modelo que tenia en mente y yo elegí la que me parecía más sencilla y común posible, sin imaginarme el grado de apego que luego de pocos días habría desarrollado por ella. Decidí bautizarla Juanita Chantik, que en indonesio se escribe Wanita Cantik y quiere decir mujer preciosa.

Mi experiencia con las motos era mínima. Había rentado un scooter en Isla Mujeres y no creo haber logrado darle la vuelta a la isla sin embarrarme primero. Ese clásico y estúpido error que comete quien no está acostumbrado a tener un acelerador en el manubrio y que al dar una vuelta en U lo lleva a estirar el brazo derecho y, con ello, sin querer, a darle potencia al motor en el momento que menos requiere de ella. Me fui a un barranco, donde, por suerte, los arboles me frenaron a pocos metros de la carretera. Después de eso preferí pasear en carrito de golf.

Pasaron unos diez años antes de que me volviera a atrever manejar una moto y, para ello, elegí el lugar con más motos que jamás había visto: Hanoi. Al borde de un laguito medianamente transitado, con la urgencia de salir a buscar una calle menos frecuentada, me tomó 5 minutos aprender a cambiar las velocidades sin perder empuje, equilibrio ni la confianza de mi maestro, el Sr. Vu. Nunca encontré esa calle, pero con algo de huevos empecé a moverme por las avenidas de la capital con cierta agilidad. Una noche hasta llevé a su casa a una joven filipina que se había puesto hasta las chanclas y que cada que la desatendía, comenzaba a irse de lado, como queriendo pulirse tantito el cutis con el asfalto. Llegó sana y salva y en esas vacaciones no tuve ningún incidente, aunque sí un par de sustos en las montañas de Sapa, donde las motos van rapidísimo y los camiones se comen las curvas cubiertas de grava.

Volvieron a pasar muchos años antes de que volviera a sentarme en una moto. Poco antes de salir del DF saqué mi credencial de Econduce, un servicio que renta scooters por muy poco dinero y que hace divertidísimo el commute de Polanco a la Condesa. La primera vez iba nervioso, pues la experiencia en Ecobici me había demostrado que la gente de Polanco, al igual que los taxistas en general, odia cualquier cosa que anda en dos ruedas. También me sacaba de onda que, siendo eléctrica, la moto no hiciera ruido, nada de ruido. Confieso que por miedo y algo de hueva (no habían estaciones ni muy cerca de mi casa, ni muy cerca de mi trabajo) no lo usé mucho, pero sí lo recomiendo ampliamente.

Juanita Chantik es una motoneta de 100cc, marca Honda, modelo Supra Fit, que todo local sabe reparar y de la cual toda tiendita tiene refacciones. Tiene un pequeño compartimiento debajo del asiendo donde guardo un poncho por si llueve y un sombrero tico que me protege del sol cuando no traigo el casco. Consume poca gasolina y, salvo que tenga el viento en popa, difícilmente alcanza velocidades peligrosas, haciéndola perfecta para mi y para este recorrido por el archipiélago indonesio.Juanita Chantik

Llevo ya tres accidentes, pero ninguno grave. El primero fue por querer atravesar un arrozal para llegar a la playa de Medewi. El caminito por el que iba se convirtió, sin previo aviso, en canal de irrigación, tragándose la llanta delantera de Juanita de una mordida y mandándome de golpe contra el volante. El segundo fue en Labuan Bajo, donde saliendo de una curva mi moto se encontró con la de un indonesio que había decidido detenerse en plena calle sin motivo aparente. La carrocería de la Chantik se cuarteó un poquito y su acelerador se deformó de tal modo que ya no desaceleraba en automático. El indonesio insistió que yo era el culpable y que debía pagar la reparación de sus faros traseros, que según el se habían sumido. Para evitar broncas y viendo que con cada segundo que pasaba nos mosqueaba un indonesio más, Sacha sacó un gochap y nos fuimos. Mi reparación salió en 60,000 rupias; casi 5 dólares. El tercero fue por andar viendo google maps mientras descendía lentamente por una terracería, buscando llegar de Tablolong a Baun, para de ahí seguir a Soe sin pasar por Kupang. A Juanita se le aboyó tantito el reposa pies; pero justo lo suficiente para complicar el cambio de velocidades. Afortunadamente, Sacha, con sus botas caterpillar, logró enderezarlo todo a patadas y pudimos seguir nuestro camino.

Ahora que estamos en Dili renovando nuestra visa indonesia veo en el odómetro que he manejado cerca de 3000km con Juanita Chantik, esquivando orates que no respetan los sentidos, satelucos que creen que van solos en la montaña, cabras que cruzan la carretera sin voltear, baches sorpresa por doquier, changos que hacen fintas de quererte atacar, vacas que simplemente están contemplando la vida en medio del camino y marranos que deciden atravesarse justo en el peor momento; sin embargo -o hasta por ello- concluyo que no hay mejor forma de viajar que en moto; hasta le gana a viajar en convertible, lo que pensé nunca llegar a decir, habiendo disfrutado tremendamente de un recorrido en Miata de la Ciudad de México a Atlanta, pasando por Las Vegas y Nuevo Orleans, entre muchos otros lugares de Estados Unidos.

Como en un convertible, en moto lo vives todo: te llegan los olores, los cambios de temperatura, la fuerza del sol y de la lluvia, la belleza de las nubes y las estrellas, de la variada vegetación, fauna y de las increíbles vistas al mar, a los volcanes, montañas, valles y planicies. Aparte de las ventajas obvias de la moto sobre el auto, como librarte de muchas horas detrás de los camiones que atraviesan las islas y serpentean las montañas, de ser un chick magnet (dicen) y hacerte muchos amigos en el camino, la moto tiene una ventaja adicional incomparable. Sin requerir mucha velocidad, cada curva, subida, bajada, rebaso, tope o bache te da una inyección de adrenalina volviendo el camino algo tan disfrutable como tomar una ola con una tabla de surf, brincar de estela a estela con el wakeboard, planear a 15 metros de profundidad, hacer vueltas cerradas en parapente, pararte en el kitesurf, o bajar una montaña recién nevada en snowboard. Se que no siempre será fácil comprar una moto o cruzar la frontera con ella y, ahora que estoy disfrutando tanto del viaje en dos ruedas, temo no poder volver a acostumbrarme a viajar como mochilero ordinario y preferir brincarme aquellos países donde se vea muy complicado viajar con moto. De momento, espero que Juanita Chantik aguante el recorrido que nos falta, el cual, sujeto a cambios, incluye Sumba, un poco más de Flores, Sulawesi, Borneo y Sumatra. Apenado por como la he hecho sufrir, ya le prometí mayor cuidado y menos terracerías, empezando por una lavadita para quitarle, por fin, el lodo de aquel arrozal en el que me fui a caer y un servicio para ajustarle todo lo que ciertamente se fue aflojando en los terribles caminos de la isla de Timor.

Madrid, el eterno regreso a casa

“A journey is best measured in friends, rather than miles.” – Tim Cahill

Madrid fue mi segundo destino y, al igual que Puerto Escondido, se encuentra en mi Top 3 de lugares predilectos del planeta, por lo que me fue imposible comenzar un viaje alrededor del mundo sin  visitar a los viejos y muy queridos conocidos de esta ciudad.

Madrid es una ciudad hermosa, con grandes atracciones turísticas, fiesta sublime y un sin fin de actividades por hacer; sin embargo, no son las razones que te obligan a amarla y la hacen inmensa, sino la calidad de su gente y su excelente actitud frente a la vida.

El español, en general, es ruidoso, altanero y brutalmente sincero, pero sobre todo es un anfitrión de primera calidad, siempre dispuesto al buen humor y a la camaradería.

Siempre que vuelvo a Madrid no puedo evitar sentir un poco de miedo al recordar una estrofa de Joaquín Sabina que dice “al lugar en que has sido feliz es mejor que no trates nunca de regresar”, a sabiendas que el recuerdo y el cariño pueden ser engañosos y la decepción de la realidad su pronto sustituto; empero, y a pesar de haber regresado más de una decena de veces, Madrid no me ha fallado ni una sola vez y sigue maravillándome en cada ocasión.

Como alguna vez lo expresó un buen amigo español, Madrid, para quien ha tenido la fortuna de conocerla, es, y será siempre, un hogar más, que ofrecerá por igual al forastero y al oriundo  una calurosa bienvenida cuando así lo desee.

El primer día que comencé a residir en Madrid, hace ya varios años, me hospedé en un hostal ubicado sobre Gran Vía, el jet lag, junto con el ruido de la bulliciosa ciudad no me permitió dormir más allá de las tres treinta de la mañana, por lo que decidí salir a la calle a merodear y matar el tiempo restante antes de comenzar mis actividades; sin embargo, al momento de salir del edificio y antes de haber dado más de tres pasos un grupo de juerguistas ya me había abordado, ofreciéndome de sus bebidas embriagantes e invitándome a pasar el rato con ellos. Esta situación no es aislada, sino que se repite en cada excursión al exterior. Incluso con poco presupuesto la diversión y la oportunidad de conocer gente es enorme; 5 pavos (o incluso menos para el abstemio) es más que suficiente para adquirir los insumos necesarios para pasar una soirée de lujo en cualquier plaza donde la gente se reúne a hacer botellón o a salir de marcha por las calles, más que dispuesta a aceptarte en el círculo; un sin fin de festivales y fiestas callejeras donde el gentío se amotina para pasar un buen rato y convivir hasta morir, por la simple razón de celebrar el día, la noche y la vida.

España es un país lleno de gente  amigable y dispuesta a entablar conversación y amistad en el momento en que te cruzas en su camino: en el metro, el Renfe, la marcha, el botellón, donde sea, y aunado a la multiplicidad de vida que ofrece su capital, el abanico de opciones y oportunidades de encuentros y construcción de amistades en esta ciudad es inagotable.

Madrid es una de las ciudades que recomiendo ampliamente para visitar o vivir, pero, sobre todo, para aprovechar los encuentros y la vida pública, que te obligará a apartar un espacioso hueco en tu corazón y recuerdos destinado a ella.