Yakarta, cayendo sobre blandito

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Después de dos meses de viaje, atravesar el mundo casi en su totalidad, más de 14 horas de vuelo desde Roma, una escala larga en la Ciudad de Kuwait y otra pequeña en Kuala Lumpur, por fin llegué a Yakarta, listo para encontrarme con Andrei y comenzar el trayecto por el sur-este asiático.

La decisión de viajar a través de Asia, empezando por Indonesia, fue mera coincidencia. Aunque Andrei y yo estábamos más que decididos a empacar maletas y tomar camino, no sabíamos bien dónde encontrarnos una vez el momento llegara, así que Andrei, una bella tarde después de alguno de mis últimos días de trabajo, comentó,

-¿sabes?, una buena amiga me invitó a su boda en Bali próximamente, ¿qué te parecería ir para allá?

-¿Bali?, me dije, ¿no está eso en Asia?

Me acerqué a un mapa y descubrí que la isla pertenece a un inmenso país formado por miles de islas del que apenas si conocía el nombre. No se dijo más y la decisión fue tomada.

A pesar de las reservas que guardaba sobre mi primer destino asiático, Yakarta, todo comenzaba bien: en principio, como tantas veces antes había recomendado Andrei, no perdí mi vuelo, situación que había logrado convertir ya en un hábito con las pérdidas de casi una decena de vuelos en viajes pasados. Kuwait Airways sería la primera en mostrarme la excelente disposición de ánimo asiática, ofreciéndome, a modo de disculpa debido a los 20 minutos de retraso del vuelo, un ligero entremés durante mi estancia en el aeropuerto de Kuwait, sin mencionar las constantes sonrisas y atenciones que prodigaban, tanto el personal de sobrecargo como las autoridades aéroportuarias, así como un arribo puntual a mi destino. No obstante, la situación no tardaría en cambiar.

Como lo mencioné antes, mi emoción por llegar a Yakarta no era desbordante. Después de haber vivido durante muchos años en la Ciudad de México, una de las ciudades más pobladas del planeta, llegar a otra aún más grande y caótica no era precisamente un sueño anhelante, lo que me hacía ver la megalópolis como una simple parada obligada para poder emprender lo más pronto posible el viaje a través del país del bahasa indonesia y nasi goreng special.

Sin importar la buena hora de llegada, la fila para las visas tenía una longitud de varias decenas de metros y la espera para obtener el deseado sello se prolongó por más de una hora. Por fin, y después de 35 dólares a una tasa de cambio de atraco, me encontraba con el pasaporte estampado y al otro lado de la barda.

El primer problema no se hizo esperar: Andrei, quien tan insistentemente había aconsejado no perder mi vuelo, y quien debía estar esperándome fuera de los controles de seguridad de la terminal aérea para comenzar el viaje, había perdido el suyo. En el aeropuerto de Hong Kong no le permitieron abordar el avión previsto debido a que no había adquirido un boleto de salida de Indonesia, que, aunque no es un requisito indispensable, algunas aerolíneas tienen la desfachatez de aplicarlo.

Yo, en parte porque él había planeado tener la misma consideración, en parte porque con quien llegábamos en Yakarta eran sus conocidos, decidí esperarlo. Durante mis primeras horas de espera me abordó un joven surcoreano solicitando ayuda. Al parecer ninguna de las casas de cambio aceptaban cambiar sus won y no contaba con otro tipo de divisa, por lo que me pedía hacerle el favor de cambiarle 100,000 rupias indonesias, equivalentes a poco menos de diez dólares estadounidenses, para poder tomar un taxi a la ciudad y llegar a su destino. Con el gusto de poder ser de ayuda le ofrecí la cantidad indicada sin aceptar su dinero y él se mostró muy agradecido -y un poco más. Después de haber aceptado el dinero, el coreanito comenzó a hacerme toda clase de preguntas personales, como con quién viajaba, cuánto tiempo, si tenía novia, por qué estaba tan guapo y tan solo, etc., cerrando la serie con un ”¿y eres gay?”, a lo que casual y amablemente respondí que no. Como cualquier ligador, el de la tierra del gangnam style no pensaba darse por vencido con la primera negativa; la secuencia de indagaciones siguió adelante para concluir con la pregunta “¿y lo tienes grande?”, a lo cual, el macho y bocazas que uno lleva dentro no dudó en responder “!por supuesto!”, lo que envalentonó al susodicho a extenderme una cálida invitación al baño para comprobarla, invitación que me vi obligado a rechazar debido a mis inclinaciones sexuales, extendiéndole otra invitación a que continuara su camino, con la excusa de que su presencia comenzaba a ser intrusiva y un tanto molesta.

El aeropuerto de Yakarta tiene muchas salidas para los distintos vuelos de llegada y la información que se proporciona es muy escasa. Andrei, sin haberse enterado que lo esperaba en el aeropuerto, llegó y se fue, y no fue sino hasta las diez de la noche que recibí un mensaje en el que me avisaba que él ya estaba en casa. Bonita empezaba mi experiencia Indonesia. Tomé el primer taxi que encontré y después de casi diez horas por fin dejé el aeropuerto.

Los baches por los que hube de atravesar en el aeropuerto y la expectativa de encontrarme con un monstruo de ciudad se vieron remplazados rápidamente por un oasis idílico al llegar a la “humilde” residencia de Clarita y Vasco. El Four Seasons Residences de Yakarta es un complejo de apartamentos de lujo, constituido por cuatro edificios de más de una treintena de pisos, que cuenta con piscinas, jacuzzi, gimnasio y todo tipo de facilidades y comodidades. No nos confundamos, Yakarta sí es una de las ciudades más grandes y caóticas del planeta, pero cuando se llega al aire acondicionado, un piso de ensueño, anfitriones del más alto estándar, viejos amigos y gratos conocidos, cualquier ciudad, por más pandemónium que sea, se convierte en paraíso.

Al llegar al apartamento lo primero que vi fue la hermosa sonrisa de esta guapa portuguesa que sostenía una copa de vino en ademán de bienvenida; Clarita, a quien veía por primera vez. Ya en el interior del piso conocí a Vasco, el otro anfitrión, que me recibió con la misma calidez; también a Lourenço, invitado de los anfitriones y gran amigo, quien se convertiría en un inseparable compañero de viaje durante más de un mes por el maravilloso país. Por último me encontré con Andrei, a quien hacía más de un mes que no veía y quien había cambiado su siempre impecable imagen de abogangster por  la mata larga y una abundante barba. La llegada iba tomando un dulce sabor.

Del complejo habitacional de lujo salimos poco; un par de veces para ver las prácticas de la selección indonesia de polo en el club ecuestre de la ciudad, otras tantas para recorrer la megalópolis, una visita a los inmensos centros comerciales de Yakarta, a comer a algún lugar cercano y nada más, siempre ansiosos de regresar al edén residencial.

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Pero la buena fortuna no acababa ahí. Después de dos días de estancia, Alá, Vishnu, Jesús, el Buda Gautama y todos los dioses que confluyen pacíficamente en el sureño país de Asia volverían a brindarnos la más cálida de sus sonrisas. Mientras cenábamos reunidos en el comedor del palacio portugués, conversando sobre los preparativos de la boda de Clarita y Vasco y los lugares que habríamos de visitar en Indonesia, Lourenço, quien había ido a su cuarto para buscar algo, salió con el semblante asustado y pálido, mostrando sobre la palma de su mano la razón de tan súbito cambio de ánimo. En un país que castiga con pena de muerte el tráfico de drogas y con varios años de cárcel su consumo y posesión, portar 10 gramos de chocolate puede poner nerviosos al más temerario, justo la cantidad que  Lourenço tenía en su mano. Había viajado de la India a Indonesia sin saber que una china se ocultaba en su bolsa de neceseres de baño. El riesgo de semejante olvido puede costar mucho, pero el disfrutar del producto una vez pasado el susto tampoco tiene precio, sobre todo cuando ya te has hecho a la idea de pasar un largo periodo de tiempo antes de volver a acercarte siquiera a alguna de estas sustancias. Como gente responsables, y para evitar enfrentarnos a una situación desagradable de cualquier tipo, Andrei y yo decidimos no salir del apartamento hasta no haber eliminado toda la evidencia.

Después de 5 días de gloria con nuestros grandes anfitriones y recargada la batería a tope en el Four Seasons rodeados de las mejores atenciones, estábamos listos para comenzar la grandiosa travesía por los recónditos confines del sur-este de Asia y, junto con Lourenço, un viernes por la noche tomamos un tren a Cilacap.

Este texto lo escribió Sacha a principios de agosto, cuando nos encontrábamos atorados en Labuhan Bajo tratando de resolver un tema migratorio. En su momento, yo le dije que no estaba seguro de querer compartir uno de los sucesos más graciosos (para nosotros, no tanto para un querido amigo nuestro) de nuestra llegada a Indonesia, considerando que el tema, absurdamente, sigue siendo un enorme tabú en México, y que por tanto convenía que lo narrara de una forma más sutil, quizás al estilo de Bob Dylan o Sixto Rodriguez. Hoy, por todo lo que ha pasado desde que Sacha me envió su texto a revisión, porque nunca lo adecuó y porque, como él, yo he aceptado que uno vive más tranquilo, congruente y feliz cuando se despreocupa del «¿qué dirán?», decidí levar mi censura y compartirlo con ustedes. Espero les haya gustado. Andrei Rostislavovich.

De Cremaciones balinesas, segunda parte.

Aunque mexicanizada o, mejor dicho, adecuada a la memoria de Sacha y a mi improvisación ante tantas responsabilidades nuevas, puedo decir que su cremación cumplió con los aspectos principales de una cremación balinesa.

En la mañana del viernes 11 de septiembre, mientras muchos recordaban el día del golpe de estado liderado por Augusto Pinochet en contra del gobierno de Salvador Allende y Moby se preparaba para celebrar su cumpleaños, yo salí de mi hotel en Denpasar para ir a Canggu, donde tenia otra habitación que en los últimos días no había servido más que de casillero. Iba a recoger algunas cosas de Sacha que consideraba importantes para su ceremonia de cremación, programada para las 2pm de ese mismo día. Al llegar me encontré con Lela y Putu, dos lindas ayudantes del Ketapang Guesthouse en Echo Beach, y les conté la triste noticia de que Sacha había fallecido la noche anterior. Se limitaron a decirme: «animo».  Noté que sintieron cierta pena por mi, pero no hubo ni condolencias ni caras tristes. Les expliqué que solo venía por efectos personales de Sacha que consideraba debían ser cremados con el, tales como su casco de cartón envuelto en cuero, sus botas Caterpillar con casquillo de hierro, una  gruesa chamarra de cuero y un reloj que nunca había logrado ajustar al horario indonesio y que, luego de su caída en la carretera trans-Sumbawa, llevaba el cristal destrozado.

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Tenia algo de prisa, pues además de tener que entregar la ropa con la que habría que vestir a Sacha, nuestro amigo Arné estaba volando de Yakarta a Bali y había quedado de verlo en el hotel en Denpasar. Agarré lo que consideré apropiado y me subí a la flamante Suzuki Thunder, Chinta Besar, moto que consideraba también apropiada para hacer los recorridos de este día. Me despedí de Putu y de Lela, avisándoles que volvería por la tarde con Arné y que nos quedaríamos unos días en lo que yo decidía que hacer con mi vida. Antes de irme, supuse que por curiosidad, me pidieron los datos del lugar donde sería la cremación.

De regresó a la capital balinesa tomé un camino que había recorrido decenas de veces con Sacha, fuera para buscar a Marie en el aeropuerto, para extender nuestras visas en Denpasar, para trasladarnos a Seminyak a la fiesta pre-boda de Clarita y Vasco, o a Uluwatu donde unos días después se casaron. Es un camino sinuoso, con algo de tráfico, pero rodeado de arrozales, arboles y cálidas sonrisas balinesas.

Me encontré con Arné y tras ponerlo al tanto de los acontecimientos de los días pasados, intercambiar abrazos y lagrimas, juntos hicimos una selección de las cosas que debían acompañar a Sacha en este día. También empaqué mis cosas y como a las 11.30am hice el checkout. Por suerte y consideración, a Arné le habían ofrecido un chófer para apoyarnos durante el día, quien conocía muy bien Denpasar así que lo seguí, siempre a bordo de Chinta Besar, hacia el crematorio. El apoyo de Dewa no se limitó a funciones de chófer: resultó, como se verá más adelante, una enorme fuente de sabiduría y consuelo.

Yo llevaba toda la semana lidiando con temas nuevos y complicados en una mezcla de indonesio, inglés y gesticulaciones, y hasta entonces los balineses y yo nos habíamos entendido bastante bien. Nunca imaginé que lo verdaderamente complejo empezaría en el crematorio y en su momento pensé que era porque los jóvenes con los que estaba tratando eran timorenses y no hablaban bien indonesio o no estaban acostumbrados a lidiar con bules. El primer malentendido tuvo que ver con la preparación de Sacha. Les extendí un bultito de ropa que contenía su wife-beater favorito marca Bilabong; una trusa; el único par de calcetines que encontré que rebasaban los tobillos; unos jeans; un cinturón; su chamarra de cuero; sus botas; y una camisa mía que el había usado en las ocasiones formales del viaje, como la boda, las visitas al consulado indonesio en Dili, las numerosas gestiones en Migración; y en el intento por obtener una licencia de conducir con la Policía de Kupang. Mi intención, obviamente, era que lo vistieran como el motoquero que fue estos últimos meses y, por lo que aprendí de el, había sido durante muchos años antes. Mis amigos timorenses simplemente no entendían y me dejaron con los brazos extendidos sin tomar el bultito.

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En pleno esfuerzo conciliador llegó Lela e inmediatamente comprendió el malentendido. Me preguntó si ya lo habían bañado, a lo que respondí: «supongo». Dirigió la misma pregunta a los timorenses, quienes asintieron. Volvió conmigo y me hizo saber que en Bali a los muertos no se les viste, sino que su ropa y lo que se vaya a cremar con el se colocan a un costado o dentro del ataúd. Entre todos le quitamos la tapa al ataúd y vimos a Sacha cómoda y elegantemente envuelto en una sabana de seda blanca. Después de admirarlo un par de minutos en silencio, empezamos a acomodar sus cosas dentro del ataúd y, respetando la insinuación de Lela, procuramos dejar despejados sus brazos, pecho y cabeza. Sentí que, dado el giro que había dado nuestro plan, los calcetines y los chones no se veían bien entre las demás cosas que estábamos colocando, pero no quería pasar el día cargándolos y opté por acomodarlos debajo de los jeans.

De fondo tocaba un playlist que Sacha había compilado durante el viaje, que escuchábamos prácticamente diario y que siempre empezaba con esta rola. No fue hasta este día que noté que la mayoría de las canciones enfatizaban la importancia de vivir el momento, de ser felices, de aventurarse y sacarle el máximo provecho a nuestra corta existencia terrenal; filosofía que evoca perfectamente el discurso en esta canción de Baz Luhrmann y que buscábamos compartir a través de este blog.

Además de los artículos ya mencionados, consideré importante incluir la aleta que Sacha había comprado en Pantai Lakey, Sumbawa, y cuya pareja había perdido en una revolcada en Nemberala, Rote, pues esta había recorrido casi tantos kilómetros como su casco y conocido, además de las mencionadas, las islas de Flores, Timor, Sumba, Lombok y Bali.

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También coloqué sus lentes de sol, una carpeta de la Universidad Carlos V donde solía llevar todos sus documentos y esconder su dinero, una boina de lana que siempre consideré inapropiada para el clima ecuatorial, una pequeña mochila que portaba sobre el pecho cuando conducía, medio kilo de monedas que había ido coleccionando desde que salió de México, una conchita de mar, condones y cigarros; pues aunque con cada cambio de isla intentaba dejar de fumar, nunca lo consiguió.

Volvimos a cerrar el ataúd y uno de los timorenses me anunció que era hora de partir. Revisé mi reloj y noté con sorpresa que a penas eran las 12.30, preguntándome si su uso del verbo «partir» era literal o no. Le comenté que Charline y Daniel, dos entrañables personalidades con los que Sacha había surfeado diario el tiempo que pasamos en el Tirosa, venían en camino y que no quería que empezáramos sin ellos. Nuevamente, un malentendido. Lela intervino para explicarme que la cremación iba a ser en un cementerio en Nusa Dua, a una hora de donde estábamos, y que era importante emprender el viaje pronto.

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Ni hablar… Mandé a Charline lo que los feisbukeros llaman un «inbox«, explicando el malentendido e incluyendo los detalles del crematorio real, pidiéndole también que le avisara a Daniel, pues el cambio de plan me había estresado un poco y hecho incapaz de multitaskear.

Minutos después, los timorenses agarraron el ataúd y lo subieron a la ambulancia que la noche anterior, a toda velocidad y con la sirena encendida -supongo ahora para despistar al espíritu de Sacha y ayudar a que se desprendiera del cuerpo- nos había traído aquí, a lo que yo pensaba era el crematorio y que solo fue funeraria. Me subí de copiloto y Arné se sentó en la parte trasera, acompañando de cerca al buen Sacha. Desde el día anterior había notado que la ambulancia tenia un potente estéreo y contaba con un cable con el que podía conectar el Ipad de Sacha, solo que no me había atrevido a pedir permiso para hacerlo. El camino a Nusa Dua iba a ser largo, aún con la sirena encendida, así que decidí preguntarle al conductor si tendría inconveniente con escuchar unas buenas rolas. Aquí no hubo malentendido y le pareció una excelente idea.

Yo iba disfrutando enormemente del paseo en ambulancia, pues en ocasiones pasadas siempre me había tocado ir acostado en la parte trasera y solo una vez en Montreal, cuando un orate, sin advertir ni explicar sus razones, me rompió la nariz, había ido escuchando rock n’ roll; detalle que los paramédicos consideraron apropiado para un sábado por la noche. A estas alturas llevaba 18 horas agobiado por llamadas, esemeses, whatsappazos e inboxazos, así que decidí desconectarme de todo lo que estuviera fuera de Bali para atender y despedirme apropiadamente de mi querido amigo. El ingenio de algunos no tiene limite y, al tiempo que sonaba la versión de Alpha Blondy de Wish You Were Here, Esteban, por medio de Arné, dio conmigo justo cuando íbamos sobre el mega-puente que te lleva directo de Denpasar a Nusa Dua, pasando por el puerto, los manglares y unos increíbles paisajes.

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Llamó desde Australia con la mejor intención, sin duda, como todos los que horas antes habían hecho lo propio, pero en ese momento yo no quería estar en el teléfono y luego de 30 segundos de conversación se lo devolví a Arné para que lidiara con el; cosa que hizo con una diplomacia que me sorprendió y que tuve que aplaudir.

Al son de Le Vent Nous Portera de Noir Désir llegamos a la reja del cementerio; un lugar muy triste y desolado, nada bonito y con basura por todos lados, tal y como la hay, tristemente, por todos lados en este país. Hoy comprendo que las tumbas en Bali no son más que depósitos temporales en lo que la familia junta los recursos necesarios para una cremación digna de un dios en potencia y supongo que por eso no se esfuerzan por mantener el cementerio.

Al fondo del cementerio dimos con a una especie de tarima donde habían diez hileras de bancas orientadas hacia una enorme puerta. La ambulancia se estacionó a un costado de esta y personal del cementerio, junto con los de la ambulancia y Dewa, bajaron el ataúd y lo colocaron entre la primera fila de bancas y la puerta. Arné y yo tratamos de ayudar cargando el ataúd pero eran demasiadas manos ya y nosotros solo estorbábamos; similar a como estorbaba Sacha el día que hubo que subir a Chinta Besar a un camión.

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Volvimos a encender la música y nos pusimos a adornar el ataúd y sus alrededores con los pétalos de rosas que habíamos encontrado en una canasta cerca de donde habían acomodado a Sacha. Recordé que algo me habían dicho de flores en la funeraria, pero como fue en indonesio y no pensé que fuéramos a tener invitados, nunca expresé mi opinión al respecto. Había como 100,000 pétalos, unos rojos, otros rosas, así que decidimos también colocar algunos dentro del ataúd. Al abrirlo, vimos que todo seguía en su lugar y uno de los empleados del crematorio aprovechó para asomarse y ver qué curiosidades habíamos colocado adentro. Mi triste mente chilanga de inmediato pensó que era para ver que detallitos se iba a chingar cuando se llevaran el ataúd al horno.

Cerramos el ataúd, terminamos de cubrirlo de colores y se abrió aquella enorme puerta, revelando dos hornos gigantescos. Se volvieron a juntar varios señores para cargar a Sacha hasta una plataforma rodante, por medio de la cual, lentamente, lo fueron metiendo al horno. Un señor de unos 60 años y pansa chelera ligeramente descubierta alrededor del ombligo cerró la puerta y encendió el horno, lo que produjo el mismo sonido de fuego potente que 3 meses antes había escuchado en la explanada del cementerio de Balian cuando encendieron el lanza llamas. Cerraron las puertas del crematorio y yo volví a pensar que ahora aprovecharían para despojar a Sacha de su reloj, kachamatas y cualquier cosa que encontraran de valor, inclusive el casco.

La cremación duró una hora y media y entretanto llegó Charline con dos amigas, Fanny y Charlotte, también francesas; luego apareció Daniel en traje de baño, con la pequeña tabla de surf que un día yo había usado de flotador mientras observaba a Charline, Sacha, Daniel y unas desconocidas pero bellísimas españolas divertirse con el barril perfecto de la ola T-land en Nemberala. Todos, incluyendo Lela y su marido, quienes habían formado parte del convoy detrás de la ambulancia, conversamos muy a gusto, intercambiando buenos recuerdos de Sacha.

Por fin se abrió la puerta, vimos como roseaban las cenizas con agua para apagar cualquier llamita y, entre cuatro empleados armados de unas pinzas panaderas y unas charolas, recolectaron los huesos, distinguiéndolos perfectamente de los restos de ropa, ataúd e incluso, del reloj, armazón de los lentes, monedas y demás cositas que no habían alcanzado a derretirse o incinerarse y que, para mi tranquilidad -y mala conciencia-, no se habían robado. Si lograba ver todo esto era porque seguí el ejemplo de Lela, su marido y Dewa, quienes no habían tenido pena en acercarse lo más posible a la plataforma donde yacían los restos; mostrándome que no había nada morboso en eso ni era falta de respeto. Cada que se llenaban las charolas las llevaban a un rincón de la sala donde las vaciaban en una máquina que otrora probablemente había servido para hacer carne molida. Cuando terminaron, el de la pansa chelera encendió la moledora y, en otra charola, llevó la mezcla de cenizas finas y gruesas, negras, blancas y grises a una mesa donde alguien más había extendido una sabana de seda blanca, vaciándolas en medio de esta. Escuchábamos un rolón de Radiohead mientras mi amigo pansón doblaba la sabana con mucho delicadeza y elegancia, de tal forma que las cenizas quedaran perfectamente cubiertas y resguardadas para al final meterlas en una urna muy bonita de barro café. Con el mismo tacto envolvió la urna en otra sabana blanca y cuando terminó de hacerle un elaborado nudo en la parte superior, se volteó hacia mi y me la entregó.

Me acordé de la cremación de mi hermano Rafael nueve meses antes y el contraste con esta me sorprendió. En aquella ocasión solo había visto a los de la funeraria llevarse su ataúd y unas horas más tarde recibimos la urna -una cajita negra, de aluminio o fierro, a la que visiblemente le habían quitado la cruz. Nunca tuve la curiosidad de abrir la urna y ver como eran los restos, ni de preguntar como era, en concreto, el proceso de cremación; si separaban los huesos de lo demás o si todo iba revuelto; si se robaban los objetos de valor o los respetaban; si las cenizas eran grises y finas, como las que uno encuentra en una chimenea o más bien gruesas como grava; ni siquiera si eran muchas o pocas cenizas y cuanto pesaba todo al final. Sentí vergüenza por esta falta de curiosidad y me di cuenta que en ese momento, cuando se llevaron a mi hermano, para mi había concluido la ceremonia y la urna no era más que un ridículo souvenir.

Ya no en ambulancia sino en el coche de Dewa, con la urna sobre mis piernas, volvimos a la funeraria a recoger a Chinta Besar, pues por querer acompañar a Sacha me había visto obligado a dejarla estacionada. De ahí nos seguimos para Canggu y antes de pasar a Echo Beach a esparcir las cenizas hicimos una escala en la Pizza House donde, en compañía de queridísimas amistades como Lourenço, Vasco, su familia, Marty, Vismai y sus hijos, Megan y muchos más, había cenado en varias ocasiones con Sacha, tanto por las pizzas decentes como por las buenas interpretaciones de la banda indonesia que toca todas las noches en el jardín, en particular cuando se echaban la Bamba o algo de Maná o Santana.

Aquí, por fin, liberado del estrés de los acontecimientos del día, pude conversar con Dewa y aprender mucho de lo que en el relato anterior escribí sobre las cremaciones balinesas. Compartió además ciertos datos y creencias que me parecieron muy interesantes. Su hermano menor, también dueño apasionado de una Suzuki Thunder, había fallecido por causas similares a las de Sacha y de Rafa unos años atrás. En aquel entonces, Dewa no era un hindu muy creyente y sufrió mucho la partida de su hermano. Viendo que la religión de su pueblo ayudaba a lidiar con estas pérdidas, comenzó a informarse al respectó y aprendió, entre muchas cosas, que cuando una persona muere joven es porque no tiene por qué pasar mucho tiempo en la tierra acumulando buen karma, pues llegó al mundo con bastante y en el poco tiempo que estuvo juntó lo suficiente para reencarnarse en un ser superior o incluso alcanzar moksa, la unión con el dios supremo. También me contó que en alguna ocasión visitó a un balian (curandero o shaman), quien sin saber nada sobre el ni su pasado, adivinó que su hermano había fallecido y lo consoló diciéndole que se reencarnaría en una persona cercana. Años más tarde, volvió con el balian y, sin que Dewa le hablara al respecto, este le dijo que el bebé que acababa de tener era la reencarnación de su hermano.

Terminamos de comer/cenar y nos fuimos al Ketapang a ponernos trajes de baño para después reunirnos en Echo Beach con Charline, Fanny, Charlotte y dos amigos chilenos que viven en Canggu, Paula y Nico. Nos encontramos a Lela, quien me preguntó si estábamos por arrojar las cenizas al mar. Yo le dije que quizás era muy apresurado y que tal vez lo dejaríamos para el día siguiente, a lo que contestó que era mejor hacerlo hoy mismo, probablemente por el cariño que le tenía a Sacha, deseándole su pronto ascenso al cielo y/o por temor a que su espíritu se quedará a espantar a su familia. Hay temas que por respeto no se debaten y Arné, Dewa y yo nos fuimos a la playa y nos instalamos en el Sand Bar a disfrutar del atardecer y de unas Bintang, como también lo había hecho con Sacha en varias ocasiones. No tardaron en llegar nuestros amigos pero pasaron varias horas antes de que nos animáramos a cerrar la ceremonia de cremación con la reincorporación de los cinco elementos del cuerpo de Sacha al universo.

El Sand Bar se fue vaciando hasta que quedamos solos y pudimos pedirle al joven que nos estaba atendiendo que apagara su porquería de spunchis spunchis y nos dejara gozar tantito del sonido de las olas. Por fin a las 10.20pm nos levantamos de nuestros sillones, desenvolvimos la urna, vaciamos una parte del contenido en una de las sabanas, la otra directamente dentro de la urna y nos fuimos al mar. Había aprendido bastante en el transcurso del día pero a la hora de la hora no estaba Lela,  Dewa ya se había retirado y ninguno de nosotros sabía cual era la manera más respetuosa y correcta de esparcir las cenizas; si convenía verter todo al mismo tiempo, si las podíamos tomar con las manos y arrojarlas contra las olas, si había que colocarlas con delicadeza dentro del agua, etc. Arné se limitó a opinar que había que evitar cometer el error del Big Lebowski y que todo lo demás, siendo que era con las mejores intenciones, sería correcto. Entonces optamos por agarrar puños de cenizas y cada quien, a su manera, las fue entregando al mar. Cuando terminamos, limpié la urna y se la entregué a Nico para que la cuidara y plantara en ella algo bonito.

Transcurrió poco más de una hora cuando de repente vimos una tortuga a pocos metros de nosotros intentando cavar un nido. No lo podíamos creer. Para llegar a donde estaba, la tortuga tuvo que haber nacido en Echo Beach varios años antes, esperar a que apagaran la terrible música, escalar las rocas que separan el Sand Bar del agua; todo con la intención de hacer su nido entre decenas de sillones y mesitas playeras. No tardó en abandonar su misión, pues la arena estaba muy dura  y poco a poco se fue alejando, dejándonos con la piel enchinada.

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Al cabo de otro rato empezaron a llegar clientes ansiosos de fiesta y los del bar nos preguntaron si podían volver a encender la música, precisando que en cualquier momento, si así lo deseábamos, le podían volver a bajar o incluso apagar. Poco a poco se fue llenando y la ceremonia se convirtió en una fiesta. Llevábamos más cervezas de las que se pueden contar cuando apareció el dueño del changarro y nos pichó una ronda, comentando que entendía que nuestra noche era especial y que el haría todo en su poder por asegurar que lo siguiera siendo. Poco después, un inglés ya bastante borracho, sin saludar ni presentarse, se sentó en uno de los sillones que había alrededor de nuestra mesa y exclamó «¡por una vida bien vivida!», elevando su cerveza al aire. No pudo creer lo atinado que había sido su brindis cuando le explicamos que eso era precisamente lo que estábamos celebrando, apuntando a la sabana blanca que yacía sobre la mesa.

Después de más de seis horas cheleando en el Sand Bar decidimos que era hora de retirarnos. Había sido un día muy lindo, único, rodeado de personas que, aunque no habían conocido a Sacha por mucho tiempo (o que incluso no lo llegaron a conocer), habían quedado marcadas por su amor a la vida, su bondad y sencillez, e hicieron el esfuerzo por estar a su lado y desearle buen camino. También fue un día lleno de experiencias que facilitaron mi asimilación de lo acontecido. Presenciar cada detalle de la cremación y escuchar las creencias de los balineses al respecto me hizo sentir que, efectivamente, Sacha había vuelto a casa tras varias vidas de acumulación de buen karma y que solo había requerido 34 años en esta última para juntar lo suficiente y llegar a moksa.

El sábado transcurrió tranquilamente, con una ligera cruda que fue curándose poco a poco gracias a un sabroso desayuno en el Grocer & Grind, restaurante vecino al Ketapang, seguido de una sesión de surf en Old Man’s, donde Arné logró agarrar un par de olas mientras yo más bien me dediqué a remar, optando finalmente por quedarme en la playa a disfrutar de la pasarela. Entrada la tarde nos encontramos con nuestras tres amigas francesas y Julia, una italiana que estaba disfrutando de un día de escala en Bali antes de retomar su vida en Timor Oriental, dónde las cuatro y Daniel llevan algo de tiempo viviendo. Charline les contó que Sacha y yo no teníamos muy gratos recuerdos de Dili y que en realidad habíamos huido tan pronto obtuvimos nuestras visas para volver a Indonesia, espantados por el contraste entre los elevados precios y la extrema pobreza del país, así como por sus deplorables terracerías. Todas coincidieron que nuestra experiencia hubiera sido diferente y que incluso nos hubiera encantado si las hubiéramos conocido antes. No lo dudo, si hasta Yakarta fue muy grata por los amigos que ahí nos recibieron.

El domingo a medio día Arné se regresó a Yakarta y yo me instalé en Echo Beach a leer, ver el mar, disfrutar del sonido de las olas y reflexionar sobre lo que haría en adelante. Al atardecer, viendo que no iba a ser particularmente bello (supongo que los atardeceres en Flores y Rote me habían vuelto un poco exigente), agarré mis cosas y volví hacia el Ketapang. Conforme me acercaba, notaba con extrañeza la cantidad de autos que había alrededor y en la entrada del hotel, contrastando con los pocos scooters que normalmente había. Llegué al patio y vi que unas veinte personas, en sus mejores ropas, estaban haciendo una ceremonia. Encontré a Putu cerca de la entrada y le pregunté de qué se trababa. Me explicó que, guiados por el sacerdote vestido de blanco, estaban haciendo una ceremonia en honor a Sacha, buscando despedir su espíritu del hotel donde había pasado tan buenos momentos. Supongo que, en parte, también querían asegurarse que este no se había quedado merodeando por los pasillos y cuartos, tomando en cuenta que el bule ignorante de su amigo no había seguido al pie de la letra los pasos exigidos por las tradiciones del hinduismo balinés. Reconocí a Lela, su marido, su hijito y a varios de sus parientes, quienes a veces pasaban a tomarse un cafecito en el hotel. Varios de ellos notaron mi presencia, sonrieron y, sin más, volvieron a lo que estaban haciendo.

Me conmovió mucho lo genuino del acto. Conocían poco a Sacha pero, como en muchos otros que cruzaron su camino en Indonesia, les había dejado su huella y querían asegurarle el libre tránsito al cielo. No se habían molestado por invitarme ni se disculparon por haber empezado sin mi, pues no lo estaban haciendo por mi ni por ellos; lo hacían por el espíritu y alma de Sacha. La ceremonia requirió de muchas ofrendas, inciensos, flores, bendiciones y miles de detallitos que no sabría describir, pues todo se veía extremadamente complejo, pero era claro que habían gastado bastante dinero en esto. Por primera vez en la vida sentí una terrible impotencia ligada a mi incapacidad de encontrar una forma apropiada para expresar mi agradecimiento. Sentía que darles dinero para contribuir al gasto podría afectar la esencia de la ceremonia, así que me contenté, hasta cierto grado, con darles mil veces las gracias.

Cuando volví a ver a Dewa le conté lo de la tortuga. Sorprendido, sonrió y me dijo que sin duda Sacha tuvo que haber sido una persona muy especial, pues la tortuga es la protectora del hombre en el mar y la reencarnación de Vishnu, protector del universo, lo que implicaba que Sacha ciertamente se había reunido con los dioses.

Arné volvió a Bali unas semanas más tarde y pasamos a saludar a los chilenos, Paula y Nico, quienes nos mostraron el bonito cactus que habían plantado en la urna.

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Aprovechamos la ocasión para hacer un pequeño viaje a Balian y esparcir otro tanto de las cenizas en esta chulada de playita de arena negra y fina, olas a veces enormes, otras medianas, y lalanglinggueses lindísimos. Usamos la sabana blanca para izar una pequeña bandera sobre la playa.

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Habiendo vivido todo esto, no creo que podré ver la urna de mi hermano, ni la de mi abuelo que está a su lado, con la indiferencia que hasta ahora había sentido. Tampoco creo que veré la muerte con el miedo de antes, pues tarde o temprano a todos nos toca y si es temprano creeré que es porqué la misión terrenal ya se cumplió y hay que pasar a la que sigue. Sobre todo, me grabo que cada momento es precioso y que hay que sacarle provecho a esta vida, que la muerte no es tan triste como una vida mal gastada. Nadie puede negar que Sacha y Rafael disfrutaron de la vida y ayudaron a que muchos también lo hagamos, inspirándonos a buscar la felicidad a la manera de cada quien. Por eso seguiré viajando; solo que ahora, determinado a seguir un sueño reprimido por mucho tiempo, cambiaré el sonido del motor de Juanita Chantik por el del viento que sopla contra las velas y el agua que choca contra el casco.

Escribo esto desde Balian, donde he decidido quedarme un par de semanas para terminar de escribir lo que viví con Sacha en esta travesía por Indonesia. Es el lugar más tranquilo y bonito que conozco en Bali. Me duermo con el sonido de las olas y lo primero que veo cuando despierto y abro la puerta de mi cuarto es el mar. Tengo una terraza amplia, con una mesa y un par de sillas, donde me instalo en traje de baño a escribir mientras disfruto de la vista, de la brisa y del playlist de Sacha. Varias veces al día me tomo un descanso, sea para leer, meterme al agua o echarme un nasi goreng en el warung del Surf Camp. Los lalanglinggueses me tratan muy bien; me ayudan a que siga aprendiendo indonesio y motivan a que le dé otra oportunidad a las olas de esta playa; como balianes, me ayudan a que esta despedida sea fácil.

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De Cremaciones balinesas, primera parte.

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El día de ayer, 10 de octubre, luego de tres muy buenos días de buceo en Amed, casi seis horas de camino para recorrer 180km y a 4 meses de haber pasado por aquí con Sacha para descansar, surfear y presenciar la ceremonia de cremación de una señora importante de Lalang Linggah, volví a la bahía de Balian para retomar la rutina de la que me enamoré en Rote. Mi llegada al Surf Camp coincidió con la parte final de otra ceremonia de cremación, donde rodeados de alrededor de treinta sonrisas, la familia de un difunto balinés se disponía a esparcir sus cenizas en el mar.

Cumplo 5 meses de haber llegado a Indonesia para iniciar un recorrido por el sureste asiático, supuestamente rumbo a las estepas de Mongolia, y tiene un mes desde la cremación del propio Sacha en el pueblo de Nusa Dua, también en la isla de Bali.

Quienes han tenido la suerte de visitar Bali saben que aquí las cremaciones no son enchiladas; son el resultado de semanas, meses, o hasta años de ceremonias, preparativos y mucho ahorro y sacrificio. Son tremendamente complejas y no pretendo saber mucho al respecto, pero con el animo de compartirles un poco de lo que he vivido y aprendido sobre el tema, y porque me importa que quienes conocieron a Sacha sepan que su partida no hubiera podido ser en mejores términos, los siguientes textos tratan de cremaciones balinesas (primera parte) y en particular la de Alejandro (segunda parte).

Para los balineses, el cuerpo es solo una botarga temporal que mantiene el alma arraigada a la tierra en lo que acumula buen karma, lo que le permite irse al cielo cuando muere o, luego de muchas reencarnaciones y un tremendo superávit de buen karma, alcanzar moksa y volverse uno con dios.

Cuando alguien muere, todos los pensamientos y acciones de quienes se quedan se enfocan en hacer lo necesario por asegurar el libre tránsito del espíritu del difunto hacia el cielo y evitar que se quede merodeando en la tierra. De su casa al cementerio (donde hacen la cremación), el cuerpo será llevado por todos los invitados al ritmo de la música y baile y en el camino darán giros y rodeos para despistar al espíritu y ayudar a que se desprenda del cuerpo; proceso que se dificulta si esta rodeado de tristeza y, supuestamente, se facilita con una alegre celebración. La incineración de los cinco elementos del cuerpo (aire, tierra, fuego, agua y mente) tiene como objetivo asegurar que el alma se desprenda de este y, por respeto y por temor, los balineses no escatiman en sus cremaciones. Consideran que el alma tiene el potencial de deificarse y por lo tanto se involucra, además de la familia nuclear, la extensiva y en muchas ocasiones, todo el pueblo; es importante comenzar de la mejor manera la relación con el nuevo dios. En caso de no deificarse, las ofrendas no dejan de ser importantes, ya que buscan a la vez pedirle a dios que purifique y reencarne el espíritu en una forma superior y así, poco a poco, ir acortando el camino a moksa.

Después de horas de llamas, la familia rosea las cenizas con agua y recolecta los restos de huesos para llevarlos al mar o, si no hay una playa cercana, a un río que sepan desemboque en el mar, ya que solo llegando al mar los cinco elementos del cuerpo se reúnen con el universo. Es por eso que en la isla a veces se ven convoyes de muchos autos y camionetas atiborradas de personas descendiendo de las montañas; aunque tampoco descarto la posibilidad de que algún parque de diversiones balinés ofrezca la promoción de auto sardina como lo solía hacer Reino Aventura en los tiempos de Keiko.

La ceremonia que presenciamos hace 4 meses fue muy interesante y en el texto «Entre el Surf y la hoguera» prometí contar al respecto. Nuestro día había empezado con unas buenas sacudidas en las olas de Balian (mucho más rudas que las que vi hoy) y teníamos cita con Wayan, quien, además de ser el administrador del Surf Camp, resultó ser el sacerdote del templo de la sabiduría de Lalang Linggah. Llegamos al cementerio y, como quien dice, aun estaban inflando los globos. Decidimos hacer tiempo echándonos un cafecito en la tiendita que está en el entronque con la carretera que va de Denpasar a Gilimanuk, donde el día anterior habíamos comprado unos gigabytes para el teléfono (aquí se le dice kuota) y otros víveres importantes, como galletas Oreo y papitas, que son difíciles de procurar en esta bahía.

Curiosamente, esa mañana habían varios policías en la intersección, uno de los cuales me regañó por no traer casco. Sus colegas, mientras tanto, sacaron los celulares anticipando la oportunidad de unas groupfies con los bules que, para ellos, curiosamente habían aparecido en la intersección esa mañana. Nos tomamos un par de fotos con los polis, otras con algunos locales, y disfrutamos de un cafecito al borde de la carretera.

echando el cafecito con Nyoman

echando el cafecito con Nyoman

Conocimos a Nyoman, primo de Wayan y chófer al servicio de la familia de la señora que varios meses atrás había muerto de cáncer y que ahora cremarían. Los temas de nuestra conversación fueron varios y variados: nos preguntó qué tan mal nos habían tratado los musulmanes en Java; si estábamos consientes del problema en el que nos habíamos metido por comprar motos en lugar de rentar; si éramos casados o, como muchos bules, andábamos en busca de esposas balinesas; y si en México de verdad estaba tan jodido el tema del narco y la inseguridad.

Al cabo de media hora todos se pusieron de pie y vimos a los policías bloquear ambos sentidos de la carretera. Poco tiempo después, llegó al entronque una procesión de unas 70 personas, de los cuales 25 habrán sido músicos con instrumentos de cuerda, tambores y platillos, aunque sin mucha armonía.

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Otros 20 iban cargando sobre sus hombros una tremenda torre donde de pie, dentro de un sarcófago envuelto de diversas telas, iba la señora, escoltada de dos sacerdotes vestidos completamente de blanco. Me recordó un poco las descripciones que había leído o escuchado sobre la caravana de Atahualpa cuando se encuentra con el culero de Pizarro.

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Antes de bajar hacia el cementerio, para despistar al espíritu de la difunta, la procesión dio tres vueltas a un árbol que está justo en la intersección. Mientras tanto, la fila de autos y camiones detenidos seguía extendiéndose por centenas de metros, sin que en todo este tiempo se escuchara un solo claxonazo.

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Por fin llegaron al cementerio y en una explanada de pasto encontraron lista la parrilla donde colocarían el cuerpo luego de varios ritos y bendiciones. Poco a poco fueron abriendo la torre y sacando el cuerpo envuelto en seda blanca, recostándola cuidadosamente sobre los brazos de sus parientes y amigos para ser depositada sobre la parrilla.

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Comenzaron otras bendiciones, ahora coordinadas por Ketut, el banjar o jefe del pueblo, y luego se acercaron familiares y amigos a colocar ciertos objetos apreciados por la señora o que representaban la amistad que habían tenido con ella.

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También colocaron muestras de sus platillos favoritos y algunas ofrendas. Entre todos, comenzaron a encender la tela que la envolvía. Finalmente llegó un joven con dos tanques de gas y un lanza llamas a asegurarse de que todo incendiara correctamente. Fue envolviendo la parrilla de placas de fierro para contener las llamas y mantener una alta temperatura alrededor del cuerpo.

En todo este tiempo no vimos ni una lagrima ni un rostro desalmado; todos se veían concentrados en su tarea: procurar que el espíritu se vaya en paz y el alma alcance el cielo. Nosotros, en cambio, como moscas en la sopa, sabíamos que nuestra presencia en la ceremonia causaba curiosidad y quizás molestia, así que permanecíamos alertas a cualquier comentario o mirada rara mientras presenciábamos todo esto a unos veinte metros de las llamas, respetuosamente, bajo la sombra de una palmera, viendo como el fuego lo consumía todo y la gente observaba con mucha atención.

Vino entonces un señor a decirnos, con una cara muy seria y de pocos amigos, que nos alejáramos de la palmera. Primero pensé que era por nuestra ubicación respecto a la parrilla, que quizás afectaba el paso del espíritu o la conexión con el templo del cementerio. Luego pensé en el curioso énfasis con el que apuntó a la copa de la palmera y, no viendo ningún monkiki, concluí que simplemente nos estaba alertando sobre el potencial descalabro por un coco.

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Nos quedamos hipnotizados un largo rato por la hoguera, pero como ya no teníamos una sombra que nos protegiera del sol que ya se acercaba al zenit, empezamos a alejarnos, despidiéndonos de cuanto lalanglinggués encontrábamos camino al entronque, donde Juanita Chantik se había quedado desde varias horas antes. Saludamos cordialmente a los policías -aunque con miedo a despertar su hambre por una mordida- y descendimos hacia la playa, esquivando a los músicos, amigos y familiares que habían elegido sentarse sobre la calle en lo que terminaba de consumirse el fuego. El resto del día se fue atendiendo pendientes administrativos de México y paseando por la playa con Sacha y Lourenço, quien había venido desde Canggu a pasar el día y ver si las olas lo recibían con brazos abiertos, pero estas no habían hecho más que crecer.

Poco antes del atardecer, la procesión llegó al Surf Camp y, luego de varias ceremonias y bendiciones, esparcieron las cenizas en el mar. Se quedaron congregados en la playa una hora o dos, a ratos muy solemnes, otros conversando alegremente, probablemente sobre los buenos ratos que habían disfrutado en esa misma playa con la señora y, quizás, lo importante que es que quienes siguen con vida en la tierra sean felices y continúen acumulando ese buen karma que los acercará a moksa.

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Un Abrazo desde Canggu

Querida familia, amigos, lectores,

Ha sido una semana llena de emociones, con preocupaciones, miedos, lagrimas, sonrisas, risas, suspiros y celebraciones.

Al final, me quedo con una sonrisa, pues mi querido amigo Alejandro Furlong, a.k.a. Sacha Mandinga, se fue sin dolor, tranquilo, feliz y satisfecho con la vida que vivió.

Para mi fue muy lindo estar a su lado, ayudar en lo que podía, ver lo indescriptiblemente bonito y apaciguador que actúan los indonesios en estas situaciones y lo diferente que fue esta experiencia a la que tuve con mi hermano en México, quién si sufrió mucho antes de descansar.

Vivir este suceso en Indonesia y quizás particularmente en Bali me ha puesto a pensar mucho sobre la vida, la muerte y los seres humanos. Pienso en lo contradictorios que somos en estas situaciones, sufriendo desconsoladamente la muerte de alguien pero expresando palabras que pretenden lo contrario. Pienso en la celebración alegre del Día de Muertos en México y a la vez lo mucho que nos flagelamos cuando un ser querido se va. Pienso en lo bonito que las religiones describen el destino de quienes se van y como de cualquier forma nos enoja, frustra y entristece la muerte. Pienso en los convencionalismos y la educación que nos llevan a expresar palabras que no entendemos; a pretender ponernos en los zapatos de quien ha perdido un ser cercano, pero sin considerar de verdad los zapatos específicos, simplemente volviendo a esos convencionalismos. Pienso en la preocupación de muchos, a veces hasta aterradora, sobre lo difícil que se imaginan que ha de ser estar solo, del otro lado del mundo, en un momento así. Pienso en su percepción de la soledad. Pienso en lo difícil que es transmitir el mensaje de que estoy bien, de que voy a seguir adelante, de que Alejandro es una fuente real de inspiración y admiración para mi y que su muerte solo refuerza mi convicción por vivir al máximo cada día. Pienso en como muchos parecen imaginarse o esperar que me ahogaré en tristeza, que me será muy difícil salir del abismo en el que probablemente habré caído. Pienso en nuestra urgencia por llenarnos de distracciones para rápidamente «superar» una muerte, olvidar, aliviar el dolor, etc. Pienso en como yo quiero lo contrario, en como quiero dedicarle días enteros a pensar sobre Furlong, a pensar sobre Rafis, a recordarlos, a tomar lo bueno de ellos y de este viaje e incorporarlo a mi vida. Pienso en como nuestra cultura, nuestras tradiciones y, derivado de estas, nuestros reflejos, nos dificultan terriblemente esto. Pienso en lo que me dijo un gran amigo alguna vez: que había que dedicarle tiempo a estas ideas, por que si no, años más tarde, vuelven y te dan en la madre. Pienso en lo que escuche ahora de otro tremendo amigo: que las muertes duelen tanto porque nos hacen ver todo lo que hubiéramos querido expresar en vida. Pienso en como la muerte nos lleva a expresar nuestros sentimientos y como, con el paso del tiempo, lo volvemos a dejar de hacer.

Esto y mucho más es lo que estoy pensando. No pretendo tener las ideas claras ni decir como habría que reaccionar ante estos sucesos, pues cada persona y cada circunstancia es única.  Lo que no quiero es dejar de pensar sobre esta experiencia, no ahora, no inmediatamente. Quiero vivirla y disfrutarla; quiero aclarar mis ideas y llegar a conclusiones que me permitan ser congruente y feliz.

Por el momento me quedaré aquí en Canggu, Bali, aprovechando la oportunidad que tengo para tomarme un suspiro y enfocar mi mente en estos temas, sin otras distracciones que aquellas que a ratos desee, como revolcarme en las olas, quizás hacer algo de yoga, leer, escribir, escuchar música, conversar o salir a pasear con Chinta Besar o Juanita Chantik.

A principios de octubre retomaré el camino con mi hermano Nicolás y nuestro buen amigo Mohammad, con Chinta Besar y Juanita Chantik y, claro, quien quiera unirse a la caravana de Bali a Batu Karas será bienvenido.

Les ofrezco una disculpa por los errores o falta de claridad que pudiera tener este texto, pues quise expresarme pronto y ya no cuento con el grandioso apoyo editorial de Sacha Mandinga.

Agradezco su preocupación, su cariño y su disposición. Sepan que no estoy solo, pues nadie lo esta y menos en Bali.

Sand Bar, Echo Beach, Canggu, Bali.

Sand Bar, Echo Beach, Canggu, Bali.

La Salida de Indonesia. La Carrera por las visas. Parte X

Escribí el siguiente texto hace un par de semanas. Por falta de internet y tiempo no lo había podido compartir.

Nos encontramos ahora en Labuhan Bajo, un pequeño puerto en el extremo occidente de la isla de Flores, campechaneando burocracia y buceo, esperando sea resuelto un problemita que tenemos con nuestras visas, el cual, nos advierten, puede tomar entre una y dos semanas debido a su “tremenda complejidad”. Para explicarlo debo brincarme algunas etapas de «La Carrera por las visas» y remontarme al momento en que salimos de Indonesia, hace poco más de un mes.

A las 13 horas del 6 de julio, 3 días antes de que vencieran nuestras visas y luego de haber recorrido las islas de Bali, Lombok, Sumbawa, Flores y unos terribles caminos en Timor, llegamos al rascuacho puesto fronterizo de Mota’ain, cerca del puerto de Atapupu, a ver si con tantita suerte Juanita Chantik, Chinta Besar, Rayo Athul, Peter, Sacha y yo lográbamos entrar a Timor Oriental. La frontera cerraba a las 16hrs.

El tema migratorio no nos preocupaba tanto como el aduanal: varios blogs nos habían advertido que para llevar unas motocicletas indonesias a Timor Leste debíamos cumplir con una serie de requisitos y pasos burocráticos, como obtener de la policía en Atambua una autorización para hacerlo y luego, de la autoridad aduanera en Atapupu, un permiso de exportación temporal. La policía, supuestamente, requeriría ver i) una licencia internacional o indonesia para conducir motocicleta; ii) la matrícula de circulación original; y iii) el libro que demuestra la propiedad de la moto o el consentimiento escrito del dueño para sacarla del país.

Respecto de la licencia internacional, Peter era el único que la tenía, aunque, me parece, solo le autorizaba a conducir autos. Sacha y yo no veíamos forma de obtenerla estando ya en Indonesia y nuestro esfuerzo por obtener unas locales se vio frustrado cuando en la oficina de licencias de Kupang nos informaron que se les habían agotado los plásticos donde las imprimen.

Con mucho orgullo, Sacha y yo podíamos presentar las cédulas de matrícula y libros de propietario originales, pues hasta estábamos seguros que los impuestos estaban al corriente; Peter en cambio, le había prometido al dueño de Rayo Athul que esta no saldría de Bali y solo contaba con una copia de su matrícula.

Al no poder satisfacer la lista de requisitos, pasar a Atambua o Atapupu nos pareció un gasto innecesario de tiempo y paciencia, así que nos fuimos directo a la frontera como quien va por primera vez al Departamento de Equivalencias y Revalidaciones con la ilusión de revalidar la maestría que hizo en el extranjero.

El primer control fue con la policía y todo pintaba mal. Unos hombres en chanclas, shorts, playeras desgastadas y kachamatas (lentes de sol -y mi palabra favorita- en indonesio), que según ellos eran policias, riéndose, nos dijeron que debiamos regresar a Atambua a tramitar la autorización de salida de Juanita Chantik, Chinta Besar y Rayo Athul, ofreciendo mandar a un amigo a hacerlo por nosotros a cambio de una lanita. Seguimos unos pasos en busca de un uniformado y dimos con el oficial Clementino Rosas quien, en un perfecto indonesio, nos dio a entender que si Aduanas no tenia broncas con dejarlas salir, el también daría su venia.

Ilusionados pero escépticos con lo que habíamos entendido del oficial Rosas, nos subimos a las motos y partimos en busca de la oficina de aduanas. A unos doscientos metros llegamos a un edificio con varias ventanillas, donde primero nos entrevistamos con unos militares, quienes luego de unas cuantas preguntas, anotaron ciertos datos en su bitácora y nos invitaron a pasar a siguiente ventanilla, que era la de migración. Aquí nos rodearon indonesios, como hormigas que se amontonan sobre una migaja de pan dulce en el suelo o moscas que descubren una caca fresca. Nos hacían miles de preguntas, ofrecían su ayuda, sus plumas e incluso llenar los formularios por nosotros; apoyo que Sacha aceptó hasta detectar que su escribano no dejaba de cometer errores.

Tanta gente, la velocidad con la que migración revisó y selló nuestros pasaportes, así como la prisa que teníamos por pasar a las gestiones aduanales hizo que no le prestáramos mucha atención al trámite y proseguimos a la tercer ventanilla, a ver como recibían la noticia de que Juanita, Chinta y Rayo también iban a Dili.

La noticia sorprendió tanto a los de aduanas que no estaban capacitados para procesarla. Nos señalaron un edificio independiente donde hallaríamos a alguien que podría atender -o al menos entender- nuestra solicitud. En esta, luego de un primer dialogo, nos confirmaron que debíamos ir a Atapupu a trámitar la exportación temporal de nuestras motos. Acatar esta instrucción, considerando que eran casi las 2pm, implicaba aceptar nuestra derrota y volver hasta Atambua a dormir, porque ni en Mota’ain ni Atapupu parecía haber hotel o siquiera un losmen (posada), además de meternos en un problema migratorio potencial, pues nuestros pasaportes ya tenían los sellos de salida, y de abrir la puerta a la posibilidad de tener que dejar atrás a Juanita, Chinta y Rayo. Decidimos luchar por convencer al personal de aduanas de que nos hicieran el favor de hacer una excepción.

Echamos todo el encanto mexicano al asador, sonriendo sin parar; alabándolos por su buen nivel de inglés, lo bonito de su país; cotorreando de batminton, de fútbol, del Barça y del Madrid, de Chicharito, Julio Cesar Chávez, de la Selección de Polo indonesia; contándoles de las tremendas distancias que habíamos recorrido con Chinta, Juanita y Rayo, de las ganas que estas tenían de conocer Timor Oriental y lo ansiosos que nosotros estábamos por regresar a Indonesia para seguir conociendo el archipiélago y aprender más bahasa indonesia. Enormemente entretenidos por nuestros esfuerzos por hablar indonesio y convencidos del cariño que le tenemos a su país, se animaron a hacer todo el papeleo para que pudiéramos cruzar la frontera sin dejar a nadie atrás.

En un principio nos autorizaron un paseo de cinco días, advirtiendo que si queríamos más tiempo debíamos solicitarlo en Atapupu, donde estaban los burócratas con firma de mayor calibre. Bromeamos un poco más y accedieron, renuentes, a darnos diez días. Finalmente, quizás por nata bondad o porque temían el trabajo que conllevaría regularizar nuestra situación si no regresábamos a tiempo, nos dieron permisos de exportación temporal por 15 días. Eran ya las 3.15pm.

De la mano de uno de los de Aduanas volvimos con el oficial Rosas, quien, con muchos errores y a cambio de nuestras matriculas de circulación, redactó los documentos que necesitábamos para sacar las motos del país. Además de la confusión en los números de las placas, Juanita era ahora un scooter Yamaha Vario, Chinta, una Honda Supra Fit y Rayo, una poderosa Suzuki Thunder.

Sin tiempo que perder, cruzamos el puente fronterizo e iniciamos la recolección de sellos y firmas con las autoridades de Timor Leste. Aquí todo fue mucho más rápido y en portugués. Empezamos por entregar ciertos papeles que habían preparado nuestros amigos de aduanas para sus homólogos timorenses. De ahí pasamos con el oficial de migración quien, al recibir los pasaportes de Peter y mío, se puso a buscar a España y Dinamarca en el mapita de la Unión Europea que tenía pegado a la puerta de su oficina para, probablemente, confirmar que estaban incluidos en la exclusiva lista de países cuyos nacionales, según un acuerdo firmado a finales de mayo del presente, no necesitaban visa ni autorización previa para cruzar la frontera y pasar hasta 90 días en su país. Hizo lo mismo cuando recibió el pasaporte mexicano de Sacha, pero luego de un gran esfuerzo volvió a la ventanilla a informarle que no había logrado ubicarlo en su mapa y que, por ende, debía contar con una autorización del Cónsul en Kupang si quería cruzar por esta frontera; documento que Sacha produjo además de sus 35 dólares, obteniendo a cambio una visa por 30 días.

Seguimos a un área donde habían, todos apagados, detectores de llaves y monedas como los que uno encuentra en los aeropuertos, así como los tremendos escáneres que descubren las botellas de alcohol que llevas demás. Nos recibió un señor para supuestamente acompañarnos a hacer la inspección física de Juanita, Chinta y Rayo, las cuales se habían quedado abrigadas del implacable sol de la tarde en el estacionamiento donde también estaban las muchas motos del personal de la frontera. Tras recorrer unos 15 metros rumbo al estacionamiento, faltando todavía unos 35, el oficial de aduanas se detuvo a preguntarnos donde estaban nuestras motos, pues le sorprendía no distinguir en el horizonte ninguna Harley, BMW o cualquier moto que considerara digna de unos barbudos aventureros como nosotros. Luego de oír las descripciones de nuestras acompañantes, se rió y sin dar un paso más nos entregó ciertos papeles y regresó a su oficina.

La última parada fue con los militares timorenses, quienes también consideraron importante anotar ciertos detalles en su bitácora y platicar un poco de fútbol, tras lo cual, con mucho orgullo, nos dieron la bienvenida a Timor Leste. Poco antes de las 4pm hora de Indonesia, 5pm hora de Timor Oriental, concluimos las gestiones del cruce y celebramos el instinto mexicano que nos había llevado a ignorar toda advertencia que tuviera el potencial de desanimarnos. Con sonrisas que hasta lastimaban la cara, partimos rumbo a Dili.

Todas las autoridades con las que tratamos esa tarde fueron muy amables y, dentro de lo que cabe, eficientes, sin requerir nada más que nuestra amabilidad y paciencia a cambio.

Volveré pronto con el relato sobre Timor Leste, algunas fotos, la descripción del ridículo procedimiento de la visa para volver a Indonesia y la conclusión del problemita migratorio que nos tuvo arraigados en Labuhan Bajo.

De Lombok a Sumbawa. La Carrera por las Visas. Parte 2.

El 21 de junio, 19 días antes de que vencieran las visas, partimos de Kuta, Lombok, tan temprano como pudimos – teniendo en cuenta que Peter «estaba de vacaciones». Recorrimos 90 kilómetros de muy lindos paisajes, sobre todo los tramos en los que fuimos costeando o por las faldas del volcán Rinjani. Camino al puerto de Kayangan nos detuvimos un par de veces, algunas para tomar una coca o comer alguna botanita, otra para ayudar a Peter a ponerse de pie luego de una espectacular caída y una más para verlo meterse al mar a limpiarse las heridas.

Los indonesios son conservadores y sensibles al respeto de sus costumbres y creencias, aún más en Ramadán, así que cuando Peter, entrando al mar en pelotas y gritando a todo pulmón, empezó a atraer la atención de los locales, Sacha y yo nos pusimos nerviosos de que lo fueran a linchar. Un poco por suerte y porque no habían mujeres en la playa, supongo que los lomboqueños no lo consideraron necesario y pudimos seguir nuestro camino.

Cuando por fin llegamos al puerto, el señor de la taquilla se espantó (y rio) al ver los aparatosos rasguños con los que llegaron Rayo Athul y su piloto. Primero el de los boletos, luego los policías y finalmente los vendedores ambulantes convencieron a Peter que fuera directo al kiosco de primeros auxilios, donde una joven enfermera, flaquísima, de burca, braquets y mucho acné, limpiaría y desinfectaría los brazos, rodillas y pantorrillas del pobre bule que el viento le había arrojado.

A pesar de haber llegado con tiempo, por poco perdemos el ferri a Sumbawa, que ya estaba subiendo la rampa y soltando las amarres para cuando Peter, con una enorme sonrisa y paso ligero, salió de la enfermería. Afortunadamente Indonesia no es Suecia y bajaron la rampa para que pudiéramos abordar y encontrar al buen amigo Sacha acomodando su moto, riéndose de nosotros.

Después de dos horas de navegación llegamos a Poto Tano, un lugar desolado que me recordó el paisaje del puerto Kavkaz, al este de la península de Crimea: ciénagas secas, árboles muertos, chosas abandonadas, un viento fuertísimo, caliente, remolinos de polvo y gente buscando esconderse del implacable sol, lo que solo conseguían abordando un auto o camión destinado a alejarse de ahí.

Todo en Poto Tano indica que te has alejado del atractivo mundo turístico; pero el paisaje en Sumbawa cambia rápida y constantemente. A diez kilómetros del puerto, la isla recuperó un poco de verdor y nos empezó a conducir por caminos que hubieran podido pertenecer a tierras mediterráneas en verano. Veinte kilómetros más e íbamos corriendo por la carretera de Acapulco a Ixtapa. Poco después, estábamos de regreso en los arrozales de Lombok o Java y, hacia el final de la tarde, disfrutábamos de las curvas y frescura de la libre a Cuernavaca, solo que al borde del mar.

Curiosamente y a pesar de su tremenda belleza, Sumbawa es una isla olvidada por los promotores turísticos. Para cuando abordamos el ferri, solo la veíamos como una isla a atravesar camino Dili y no como destino en sí. Lo único que sabíamos era lo poco que comentaba la Lonely Planet y que Lakey tenía buenas olas, según nos compartió Andy, un inglés bien buena onda con el que platicamos una noche de peda en Old Man’s, Canggu; noche que, por cierto, merece su propio relato por incluir una nadada bajo las estrellas con más mujeres preciosas que las que se pueden contar con las manos, atención quiropráctica profesional para corregir los daños causados por tantos años frente a la computadora y llevar la cartera en el bolsillo trasero del pantalón, así como la final de la Champion’s League.

Cuando comenzaba la hora mosquito, que convierte la experiencia de viajar en moto en una pesadilla debido a la cantidad de bichos que se estrellan contra la cara, meten en los ojos y boca, llegamos a Pantai Kencana, un pequeño paraíso a escasos kilómetros de Sumbawa Besar, donde conseguimos un precioso bungalow para pasar la noche, alcanzamos a aprovechar la alberca y cenamos todo lo que en el día no habíamos ingerido.

Habíamos recorrido poco más de cien kilómetros de la isla y nos quedaban 19 días de visa, lo que significaba que si queríamos surfear unos días en Lakey, al día siguiente tendríamos que manejar unos 230 km.