De Cremaciones balinesas, segunda parte.

Aunque mexicanizada o, mejor dicho, adecuada a la memoria de Sacha y a mi improvisación ante tantas responsabilidades nuevas, puedo decir que su cremación cumplió con los aspectos principales de una cremación balinesa.

En la mañana del viernes 11 de septiembre, mientras muchos recordaban el día del golpe de estado liderado por Augusto Pinochet en contra del gobierno de Salvador Allende y Moby se preparaba para celebrar su cumpleaños, yo salí de mi hotel en Denpasar para ir a Canggu, donde tenia otra habitación que en los últimos días no había servido más que de casillero. Iba a recoger algunas cosas de Sacha que consideraba importantes para su ceremonia de cremación, programada para las 2pm de ese mismo día. Al llegar me encontré con Lela y Putu, dos lindas ayudantes del Ketapang Guesthouse en Echo Beach, y les conté la triste noticia de que Sacha había fallecido la noche anterior. Se limitaron a decirme: “animo”.  Noté que sintieron cierta pena por mi, pero no hubo ni condolencias ni caras tristes. Les expliqué que solo venía por efectos personales de Sacha que consideraba debían ser cremados con el, tales como su casco de cartón envuelto en cuero, sus botas Caterpillar con casquillo de hierro, una  gruesa chamarra de cuero y un reloj que nunca había logrado ajustar al horario indonesio y que, luego de su caída en la carretera trans-Sumbawa, llevaba el cristal destrozado.

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Tenia algo de prisa, pues además de tener que entregar la ropa con la que habría que vestir a Sacha, nuestro amigo Arné estaba volando de Yakarta a Bali y había quedado de verlo en el hotel en Denpasar. Agarré lo que consideré apropiado y me subí a la flamante Suzuki Thunder, Chinta Besar, moto que consideraba también apropiada para hacer los recorridos de este día. Me despedí de Putu y de Lela, avisándoles que volvería por la tarde con Arné y que nos quedaríamos unos días en lo que yo decidía que hacer con mi vida. Antes de irme, supuse que por curiosidad, me pidieron los datos del lugar donde sería la cremación.

De regresó a la capital balinesa tomé un camino que había recorrido decenas de veces con Sacha, fuera para buscar a Marie en el aeropuerto, para extender nuestras visas en Denpasar, para trasladarnos a Seminyak a la fiesta pre-boda de Clarita y Vasco, o a Uluwatu donde unos días después se casaron. Es un camino sinuoso, con algo de tráfico, pero rodeado de arrozales, arboles y cálidas sonrisas balinesas.

Me encontré con Arné y tras ponerlo al tanto de los acontecimientos de los días pasados, intercambiar abrazos y lagrimas, juntos hicimos una selección de las cosas que debían acompañar a Sacha en este día. También empaqué mis cosas y como a las 11.30am hice el checkout. Por suerte y consideración, a Arné le habían ofrecido un chófer para apoyarnos durante el día, quien conocía muy bien Denpasar así que lo seguí, siempre a bordo de Chinta Besar, hacia el crematorio. El apoyo de Dewa no se limitó a funciones de chófer: resultó, como se verá más adelante, una enorme fuente de sabiduría y consuelo.

Yo llevaba toda la semana lidiando con temas nuevos y complicados en una mezcla de indonesio, inglés y gesticulaciones, y hasta entonces los balineses y yo nos habíamos entendido bastante bien. Nunca imaginé que lo verdaderamente complejo empezaría en el crematorio y en su momento pensé que era porque los jóvenes con los que estaba tratando eran timorenses y no hablaban bien indonesio o no estaban acostumbrados a lidiar con bules. El primer malentendido tuvo que ver con la preparación de Sacha. Les extendí un bultito de ropa que contenía su wife-beater favorito marca Bilabong; una trusa; el único par de calcetines que encontré que rebasaban los tobillos; unos jeans; un cinturón; su chamarra de cuero; sus botas; y una camisa mía que el había usado en las ocasiones formales del viaje, como la boda, las visitas al consulado indonesio en Dili, las numerosas gestiones en Migración; y en el intento por obtener una licencia de conducir con la Policía de Kupang. Mi intención, obviamente, era que lo vistieran como el motoquero que fue estos últimos meses y, por lo que aprendí de el, había sido durante muchos años antes. Mis amigos timorenses simplemente no entendían y me dejaron con los brazos extendidos sin tomar el bultito.

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En pleno esfuerzo conciliador llegó Lela e inmediatamente comprendió el malentendido. Me preguntó si ya lo habían bañado, a lo que respondí: “supongo”. Dirigió la misma pregunta a los timorenses, quienes asintieron. Volvió conmigo y me hizo saber que en Bali a los muertos no se les viste, sino que su ropa y lo que se vaya a cremar con el se colocan a un costado o dentro del ataúd. Entre todos le quitamos la tapa al ataúd y vimos a Sacha cómoda y elegantemente envuelto en una sabana de seda blanca. Después de admirarlo un par de minutos en silencio, empezamos a acomodar sus cosas dentro del ataúd y, respetando la insinuación de Lela, procuramos dejar despejados sus brazos, pecho y cabeza. Sentí que, dado el giro que había dado nuestro plan, los calcetines y los chones no se veían bien entre las demás cosas que estábamos colocando, pero no quería pasar el día cargándolos y opté por acomodarlos debajo de los jeans.

De fondo tocaba un playlist que Sacha había compilado durante el viaje, que escuchábamos prácticamente diario y que siempre empezaba con esta rola. No fue hasta este día que noté que la mayoría de las canciones enfatizaban la importancia de vivir el momento, de ser felices, de aventurarse y sacarle el máximo provecho a nuestra corta existencia terrenal; filosofía que evoca perfectamente el discurso en esta canción de Baz Luhrmann y que buscábamos compartir a través de este blog.

Además de los artículos ya mencionados, consideré importante incluir la aleta que Sacha había comprado en Pantai Lakey, Sumbawa, y cuya pareja había perdido en una revolcada en Nemberala, Rote, pues esta había recorrido casi tantos kilómetros como su casco y conocido, además de las mencionadas, las islas de Flores, Timor, Sumba, Lombok y Bali.

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También coloqué sus lentes de sol, una carpeta de la Universidad Carlos V donde solía llevar todos sus documentos y esconder su dinero, una boina de lana que siempre consideré inapropiada para el clima ecuatorial, una pequeña mochila que portaba sobre el pecho cuando conducía, medio kilo de monedas que había ido coleccionando desde que salió de México, una conchita de mar, condones y cigarros; pues aunque con cada cambio de isla intentaba dejar de fumar, nunca lo consiguió.

Volvimos a cerrar el ataúd y uno de los timorenses me anunció que era hora de partir. Revisé mi reloj y noté con sorpresa que a penas eran las 12.30, preguntándome si su uso del verbo “partir” era literal o no. Le comenté que Charline y Daniel, dos entrañables personalidades con los que Sacha había surfeado diario el tiempo que pasamos en el Tirosa, venían en camino y que no quería que empezáramos sin ellos. Nuevamente, un malentendido. Lela intervino para explicarme que la cremación iba a ser en un cementerio en Nusa Dua, a una hora de donde estábamos, y que era importante emprender el viaje pronto.

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Ni hablar… Mandé a Charline lo que los feisbukeros llaman un “inbox“, explicando el malentendido e incluyendo los detalles del crematorio real, pidiéndole también que le avisara a Daniel, pues el cambio de plan me había estresado un poco y hecho incapaz de multitaskear.

Minutos después, los timorenses agarraron el ataúd y lo subieron a la ambulancia que la noche anterior, a toda velocidad y con la sirena encendida -supongo ahora para despistar al espíritu de Sacha y ayudar a que se desprendiera del cuerpo- nos había traído aquí, a lo que yo pensaba era el crematorio y que solo fue funeraria. Me subí de copiloto y Arné se sentó en la parte trasera, acompañando de cerca al buen Sacha. Desde el día anterior había notado que la ambulancia tenia un potente estéreo y contaba con un cable con el que podía conectar el Ipad de Sacha, solo que no me había atrevido a pedir permiso para hacerlo. El camino a Nusa Dua iba a ser largo, aún con la sirena encendida, así que decidí preguntarle al conductor si tendría inconveniente con escuchar unas buenas rolas. Aquí no hubo malentendido y le pareció una excelente idea.

Yo iba disfrutando enormemente del paseo en ambulancia, pues en ocasiones pasadas siempre me había tocado ir acostado en la parte trasera y solo una vez en Montreal, cuando un orate, sin advertir ni explicar sus razones, me rompió la nariz, había ido escuchando rock n’ roll; detalle que los paramédicos consideraron apropiado para un sábado por la noche. A estas alturas llevaba 18 horas agobiado por llamadas, esemeses, whatsappazos e inboxazos, así que decidí desconectarme de todo lo que estuviera fuera de Bali para atender y despedirme apropiadamente de mi querido amigo. El ingenio de algunos no tiene limite y, al tiempo que sonaba la versión de Alpha Blondy de Wish You Were Here, Esteban, por medio de Arné, dio conmigo justo cuando íbamos sobre el mega-puente que te lleva directo de Denpasar a Nusa Dua, pasando por el puerto, los manglares y unos increíbles paisajes.

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Llamó desde Australia con la mejor intención, sin duda, como todos los que horas antes habían hecho lo propio, pero en ese momento yo no quería estar en el teléfono y luego de 30 segundos de conversación se lo devolví a Arné para que lidiara con el; cosa que hizo con una diplomacia que me sorprendió y que tuve que aplaudir.

Al son de Le Vent Nous Portera de Noir Désir llegamos a la reja del cementerio; un lugar muy triste y desolado, nada bonito y con basura por todos lados, tal y como la hay, tristemente, por todos lados en este país. Hoy comprendo que las tumbas en Bali no son más que depósitos temporales en lo que la familia junta los recursos necesarios para una cremación digna de un dios en potencia y supongo que por eso no se esfuerzan por mantener el cementerio.

Al fondo del cementerio dimos con a una especie de tarima donde habían diez hileras de bancas orientadas hacia una enorme puerta. La ambulancia se estacionó a un costado de esta y personal del cementerio, junto con los de la ambulancia y Dewa, bajaron el ataúd y lo colocaron entre la primera fila de bancas y la puerta. Arné y yo tratamos de ayudar cargando el ataúd pero eran demasiadas manos ya y nosotros solo estorbábamos; similar a como estorbaba Sacha el día que hubo que subir a Chinta Besar a un camión.

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Volvimos a encender la música y nos pusimos a adornar el ataúd y sus alrededores con los pétalos de rosas que habíamos encontrado en una canasta cerca de donde habían acomodado a Sacha. Recordé que algo me habían dicho de flores en la funeraria, pero como fue en indonesio y no pensé que fuéramos a tener invitados, nunca expresé mi opinión al respecto. Había como 100,000 pétalos, unos rojos, otros rosas, así que decidimos también colocar algunos dentro del ataúd. Al abrirlo, vimos que todo seguía en su lugar y uno de los empleados del crematorio aprovechó para asomarse y ver qué curiosidades habíamos colocado adentro. Mi triste mente chilanga de inmediato pensó que era para ver que detallitos se iba a chingar cuando se llevaran el ataúd al horno.

Cerramos el ataúd, terminamos de cubrirlo de colores y se abrió aquella enorme puerta, revelando dos hornos gigantescos. Se volvieron a juntar varios señores para cargar a Sacha hasta una plataforma rodante, por medio de la cual, lentamente, lo fueron metiendo al horno. Un señor de unos 60 años y pansa chelera ligeramente descubierta alrededor del ombligo cerró la puerta y encendió el horno, lo que produjo el mismo sonido de fuego potente que 3 meses antes había escuchado en la explanada del cementerio de Balian cuando encendieron el lanza llamas. Cerraron las puertas del crematorio y yo volví a pensar que ahora aprovecharían para despojar a Sacha de su reloj, kachamatas y cualquier cosa que encontraran de valor, inclusive el casco.

La cremación duró una hora y media y entretanto llegó Charline con dos amigas, Fanny y Charlotte, también francesas; luego apareció Daniel en traje de baño, con la pequeña tabla de surf que un día yo había usado de flotador mientras observaba a Charline, Sacha, Daniel y unas desconocidas pero bellísimas españolas divertirse con el barril perfecto de la ola T-land en Nemberala. Todos, incluyendo Lela y su marido, quienes habían formado parte del convoy detrás de la ambulancia, conversamos muy a gusto, intercambiando buenos recuerdos de Sacha.

Por fin se abrió la puerta, vimos como roseaban las cenizas con agua para apagar cualquier llamita y, entre cuatro empleados armados de unas pinzas panaderas y unas charolas, recolectaron los huesos, distinguiéndolos perfectamente de los restos de ropa, ataúd e incluso, del reloj, armazón de los lentes, monedas y demás cositas que no habían alcanzado a derretirse o incinerarse y que, para mi tranquilidad -y mala conciencia-, no se habían robado. Si lograba ver todo esto era porque seguí el ejemplo de Lela, su marido y Dewa, quienes no habían tenido pena en acercarse lo más posible a la plataforma donde yacían los restos; mostrándome que no había nada morboso en eso ni era falta de respeto. Cada que se llenaban las charolas las llevaban a un rincón de la sala donde las vaciaban en una máquina que otrora probablemente había servido para hacer carne molida. Cuando terminaron, el de la pansa chelera encendió la moledora y, en otra charola, llevó la mezcla de cenizas finas y gruesas, negras, blancas y grises a una mesa donde alguien más había extendido una sabana de seda blanca, vaciándolas en medio de esta. Escuchábamos un rolón de Radiohead mientras mi amigo pansón doblaba la sabana con mucho delicadeza y elegancia, de tal forma que las cenizas quedaran perfectamente cubiertas y resguardadas para al final meterlas en una urna muy bonita de barro café. Con el mismo tacto envolvió la urna en otra sabana blanca y cuando terminó de hacerle un elaborado nudo en la parte superior, se volteó hacia mi y me la entregó.

Me acordé de la cremación de mi hermano Rafael nueve meses antes y el contraste con esta me sorprendió. En aquella ocasión solo había visto a los de la funeraria llevarse su ataúd y unas horas más tarde recibimos la urna -una cajita negra, de aluminio o fierro, a la que visiblemente le habían quitado la cruz. Nunca tuve la curiosidad de abrir la urna y ver como eran los restos, ni de preguntar como era, en concreto, el proceso de cremación; si separaban los huesos de lo demás o si todo iba revuelto; si se robaban los objetos de valor o los respetaban; si las cenizas eran grises y finas, como las que uno encuentra en una chimenea o más bien gruesas como grava; ni siquiera si eran muchas o pocas cenizas y cuanto pesaba todo al final. Sentí vergüenza por esta falta de curiosidad y me di cuenta que en ese momento, cuando se llevaron a mi hermano, para mi había concluido la ceremonia y la urna no era más que un ridículo souvenir.

Ya no en ambulancia sino en el coche de Dewa, con la urna sobre mis piernas, volvimos a la funeraria a recoger a Chinta Besar, pues por querer acompañar a Sacha me había visto obligado a dejarla estacionada. De ahí nos seguimos para Canggu y antes de pasar a Echo Beach a esparcir las cenizas hicimos una escala en la Pizza House donde, en compañía de queridísimas amistades como Lourenço, Vasco, su familia, Marty, Vismai y sus hijos, Megan y muchos más, había cenado en varias ocasiones con Sacha, tanto por las pizzas decentes como por las buenas interpretaciones de la banda indonesia que toca todas las noches en el jardín, en particular cuando se echaban la Bamba o algo de Maná o Santana.

Aquí, por fin, liberado del estrés de los acontecimientos del día, pude conversar con Dewa y aprender mucho de lo que en el relato anterior escribí sobre las cremaciones balinesas. Compartió además ciertos datos y creencias que me parecieron muy interesantes. Su hermano menor, también dueño apasionado de una Suzuki Thunder, había fallecido por causas similares a las de Sacha y de Rafa unos años atrás. En aquel entonces, Dewa no era un hindu muy creyente y sufrió mucho la partida de su hermano. Viendo que la religión de su pueblo ayudaba a lidiar con estas pérdidas, comenzó a informarse al respectó y aprendió, entre muchas cosas, que cuando una persona muere joven es porque no tiene por qué pasar mucho tiempo en la tierra acumulando buen karma, pues llegó al mundo con bastante y en el poco tiempo que estuvo juntó lo suficiente para reencarnarse en un ser superior o incluso alcanzar moksa, la unión con el dios supremo. También me contó que en alguna ocasión visitó a un balian (curandero o shaman), quien sin saber nada sobre el ni su pasado, adivinó que su hermano había fallecido y lo consoló diciéndole que se reencarnaría en una persona cercana. Años más tarde, volvió con el balian y, sin que Dewa le hablara al respecto, este le dijo que el bebé que acababa de tener era la reencarnación de su hermano.

Terminamos de comer/cenar y nos fuimos al Ketapang a ponernos trajes de baño para después reunirnos en Echo Beach con Charline, Fanny, Charlotte y dos amigos chilenos que viven en Canggu, Paula y Nico. Nos encontramos a Lela, quien me preguntó si estábamos por arrojar las cenizas al mar. Yo le dije que quizás era muy apresurado y que tal vez lo dejaríamos para el día siguiente, a lo que contestó que era mejor hacerlo hoy mismo, probablemente por el cariño que le tenía a Sacha, deseándole su pronto ascenso al cielo y/o por temor a que su espíritu se quedará a espantar a su familia. Hay temas que por respeto no se debaten y Arné, Dewa y yo nos fuimos a la playa y nos instalamos en el Sand Bar a disfrutar del atardecer y de unas Bintang, como también lo había hecho con Sacha en varias ocasiones. No tardaron en llegar nuestros amigos pero pasaron varias horas antes de que nos animáramos a cerrar la ceremonia de cremación con la reincorporación de los cinco elementos del cuerpo de Sacha al universo.

El Sand Bar se fue vaciando hasta que quedamos solos y pudimos pedirle al joven que nos estaba atendiendo que apagara su porquería de spunchis spunchis y nos dejara gozar tantito del sonido de las olas. Por fin a las 10.20pm nos levantamos de nuestros sillones, desenvolvimos la urna, vaciamos una parte del contenido en una de las sabanas, la otra directamente dentro de la urna y nos fuimos al mar. Había aprendido bastante en el transcurso del día pero a la hora de la hora no estaba Lela,  Dewa ya se había retirado y ninguno de nosotros sabía cual era la manera más respetuosa y correcta de esparcir las cenizas; si convenía verter todo al mismo tiempo, si las podíamos tomar con las manos y arrojarlas contra las olas, si había que colocarlas con delicadeza dentro del agua, etc. Arné se limitó a opinar que había que evitar cometer el error del Big Lebowski y que todo lo demás, siendo que era con las mejores intenciones, sería correcto. Entonces optamos por agarrar puños de cenizas y cada quien, a su manera, las fue entregando al mar. Cuando terminamos, limpié la urna y se la entregué a Nico para que la cuidara y plantara en ella algo bonito.

Transcurrió poco más de una hora cuando de repente vimos una tortuga a pocos metros de nosotros intentando cavar un nido. No lo podíamos creer. Para llegar a donde estaba, la tortuga tuvo que haber nacido en Echo Beach varios años antes, esperar a que apagaran la terrible música, escalar las rocas que separan el Sand Bar del agua; todo con la intención de hacer su nido entre decenas de sillones y mesitas playeras. No tardó en abandonar su misión, pues la arena estaba muy dura  y poco a poco se fue alejando, dejándonos con la piel enchinada.

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Al cabo de otro rato empezaron a llegar clientes ansiosos de fiesta y los del bar nos preguntaron si podían volver a encender la música, precisando que en cualquier momento, si así lo deseábamos, le podían volver a bajar o incluso apagar. Poco a poco se fue llenando y la ceremonia se convirtió en una fiesta. Llevábamos más cervezas de las que se pueden contar cuando apareció el dueño del changarro y nos pichó una ronda, comentando que entendía que nuestra noche era especial y que el haría todo en su poder por asegurar que lo siguiera siendo. Poco después, un inglés ya bastante borracho, sin saludar ni presentarse, se sentó en uno de los sillones que había alrededor de nuestra mesa y exclamó “¡por una vida bien vivida!”, elevando su cerveza al aire. No pudo creer lo atinado que había sido su brindis cuando le explicamos que eso era precisamente lo que estábamos celebrando, apuntando a la sabana blanca que yacía sobre la mesa.

Después de más de seis horas cheleando en el Sand Bar decidimos que era hora de retirarnos. Había sido un día muy lindo, único, rodeado de personas que, aunque no habían conocido a Sacha por mucho tiempo (o que incluso no lo llegaron a conocer), habían quedado marcadas por su amor a la vida, su bondad y sencillez, e hicieron el esfuerzo por estar a su lado y desearle buen camino. También fue un día lleno de experiencias que facilitaron mi asimilación de lo acontecido. Presenciar cada detalle de la cremación y escuchar las creencias de los balineses al respecto me hizo sentir que, efectivamente, Sacha había vuelto a casa tras varias vidas de acumulación de buen karma y que solo había requerido 34 años en esta última para juntar lo suficiente y llegar a moksa.

El sábado transcurrió tranquilamente, con una ligera cruda que fue curándose poco a poco gracias a un sabroso desayuno en el Grocer & Grind, restaurante vecino al Ketapang, seguido de una sesión de surf en Old Man’s, donde Arné logró agarrar un par de olas mientras yo más bien me dediqué a remar, optando finalmente por quedarme en la playa a disfrutar de la pasarela. Entrada la tarde nos encontramos con nuestras tres amigas francesas y Julia, una italiana que estaba disfrutando de un día de escala en Bali antes de retomar su vida en Timor Oriental, dónde las cuatro y Daniel llevan algo de tiempo viviendo. Charline les contó que Sacha y yo no teníamos muy gratos recuerdos de Dili y que en realidad habíamos huido tan pronto obtuvimos nuestras visas para volver a Indonesia, espantados por el contraste entre los elevados precios y la extrema pobreza del país, así como por sus deplorables terracerías. Todas coincidieron que nuestra experiencia hubiera sido diferente y que incluso nos hubiera encantado si las hubiéramos conocido antes. No lo dudo, si hasta Yakarta fue muy grata por los amigos que ahí nos recibieron.

El domingo a medio día Arné se regresó a Yakarta y yo me instalé en Echo Beach a leer, ver el mar, disfrutar del sonido de las olas y reflexionar sobre lo que haría en adelante. Al atardecer, viendo que no iba a ser particularmente bello (supongo que los atardeceres en Flores y Rote me habían vuelto un poco exigente), agarré mis cosas y volví hacia el Ketapang. Conforme me acercaba, notaba con extrañeza la cantidad de autos que había alrededor y en la entrada del hotel, contrastando con los pocos scooters que normalmente había. Llegué al patio y vi que unas veinte personas, en sus mejores ropas, estaban haciendo una ceremonia. Encontré a Putu cerca de la entrada y le pregunté de qué se trababa. Me explicó que, guiados por el sacerdote vestido de blanco, estaban haciendo una ceremonia en honor a Sacha, buscando despedir su espíritu del hotel donde había pasado tan buenos momentos. Supongo que, en parte, también querían asegurarse que este no se había quedado merodeando por los pasillos y cuartos, tomando en cuenta que el bule ignorante de su amigo no había seguido al pie de la letra los pasos exigidos por las tradiciones del hinduismo balinés. Reconocí a Lela, su marido, su hijito y a varios de sus parientes, quienes a veces pasaban a tomarse un cafecito en el hotel. Varios de ellos notaron mi presencia, sonrieron y, sin más, volvieron a lo que estaban haciendo.

Me conmovió mucho lo genuino del acto. Conocían poco a Sacha pero, como en muchos otros que cruzaron su camino en Indonesia, les había dejado su huella y querían asegurarle el libre tránsito al cielo. No se habían molestado por invitarme ni se disculparon por haber empezado sin mi, pues no lo estaban haciendo por mi ni por ellos; lo hacían por el espíritu y alma de Sacha. La ceremonia requirió de muchas ofrendas, inciensos, flores, bendiciones y miles de detallitos que no sabría describir, pues todo se veía extremadamente complejo, pero era claro que habían gastado bastante dinero en esto. Por primera vez en la vida sentí una terrible impotencia ligada a mi incapacidad de encontrar una forma apropiada para expresar mi agradecimiento. Sentía que darles dinero para contribuir al gasto podría afectar la esencia de la ceremonia, así que me contenté, hasta cierto grado, con darles mil veces las gracias.

Cuando volví a ver a Dewa le conté lo de la tortuga. Sorprendido, sonrió y me dijo que sin duda Sacha tuvo que haber sido una persona muy especial, pues la tortuga es la protectora del hombre en el mar y la reencarnación de Vishnu, protector del universo, lo que implicaba que Sacha ciertamente se había reunido con los dioses.

Arné volvió a Bali unas semanas más tarde y pasamos a saludar a los chilenos, Paula y Nico, quienes nos mostraron el bonito cactus que habían plantado en la urna.

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Aprovechamos la ocasión para hacer un pequeño viaje a Balian y esparcir otro tanto de las cenizas en esta chulada de playita de arena negra y fina, olas a veces enormes, otras medianas, y lalanglinggueses lindísimos. Usamos la sabana blanca para izar una pequeña bandera sobre la playa.

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Habiendo vivido todo esto, no creo que podré ver la urna de mi hermano, ni la de mi abuelo que está a su lado, con la indiferencia que hasta ahora había sentido. Tampoco creo que veré la muerte con el miedo de antes, pues tarde o temprano a todos nos toca y si es temprano creeré que es porqué la misión terrenal ya se cumplió y hay que pasar a la que sigue. Sobre todo, me grabo que cada momento es precioso y que hay que sacarle provecho a esta vida, que la muerte no es tan triste como una vida mal gastada. Nadie puede negar que Sacha y Rafael disfrutaron de la vida y ayudaron a que muchos también lo hagamos, inspirándonos a buscar la felicidad a la manera de cada quien. Por eso seguiré viajando; solo que ahora, determinado a seguir un sueño reprimido por mucho tiempo, cambiaré el sonido del motor de Juanita Chantik por el del viento que sopla contra las velas y el agua que choca contra el casco.

Escribo esto desde Balian, donde he decidido quedarme un par de semanas para terminar de escribir lo que viví con Sacha en esta travesía por Indonesia. Es el lugar más tranquilo y bonito que conozco en Bali. Me duermo con el sonido de las olas y lo primero que veo cuando despierto y abro la puerta de mi cuarto es el mar. Tengo una terraza amplia, con una mesa y un par de sillas, donde me instalo en traje de baño a escribir mientras disfruto de la vista, de la brisa y del playlist de Sacha. Varias veces al día me tomo un descanso, sea para leer, meterme al agua o echarme un nasi goreng en el warung del Surf Camp. Los lalanglinggueses me tratan muy bien; me ayudan a que siga aprendiendo indonesio y motivan a que le dé otra oportunidad a las olas de esta playa; como balianes, me ayudan a que esta despedida sea fácil.

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4 comentarios en “De Cremaciones balinesas, segunda parte.

  1. Bob,
    Ha sido a través de la curiosidad que empecé a leer su blog. Tiene un par de meses que publicaron de la compra de la famosa Juanita Chantik y quedé prendada. Fue como seguir las aventuras de un par de personajes que desde inicio son encantadores y que de la memoria, resurge el gran cariño por la amistad que alguna vez tuvimos, como si 15 años o más no fueran nada (no sé por qué tengo de bonito recuerdo una fiesta en casa de Józek donde bailábamos al son de Intergalactic de los Beastie Boys junto con Gabriel. Ha deber sido un pequeño cachito de desprendimiento y felicidad, je).
    Fui leyendo cada entrega, y en todas he reído mucho y sentido cada vez más cariño por ustedes, como si a través de sus bloggeos los conociera más.
    Sin embargo ha sido en estas dos últimas entregas que no sólo he sonreído por los increíbles recuerdos que nos compartes de Sacha sino que he reconocido sentimientos de gran empatía y asombro.
    Creo que en occidente no hablamos suficiente de la muerte, que la tenemos resguardada detrás de grandes muros de concreto y detrás de muchos lamentos. Leerte contando los días después de la partida de tu amigo me ha confrontado a mis propios miedos, a entender mejor la tristeza de las partidas y justo a ver el momento presente de forma que me deje con plenitud a través de las acciones.
    Gracias Roberto por compartirnos todo esto. Gracias Sacha por haber dejado tanto por acá.
    Yo los sigo leyendo y disfrutando, y llevando cerquita del corazón aunque hoy no los conozca.
    Un fuerte abrazo a los dos, en cualquier lado que hoy estén.
    Car.

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