Sicilia, cuota al Karma Police

11140749_10153235556190225_3156747326214422161_n

El tercer destino de mi viaje fue Italia, específicamente Roma y la costa este de Sicilia. La decisión de viajar a este país no fue la atracción de su belleza y riqueza cultural, sino, como a muchos de nosotros nos ha sucedido, debido a una chica, y a pesar de haber disfrutado mucho de sus paisajes, comida y gente, a Italia fui a pagar un poco más de la deuda acumulada al Karma Police en cuanto al tema de amor y romance.

El siguiente texto habla poco del lugar y dedica más espacio a reflexiones sobre relaciones de pareja y su inseparable hermana, la decepción.

Roma, mi primera parada en Italia, me resultó una ciudad como muchas otras grandes metrópolis del turismo de Europa, con mucha gente, cámaras, vendedores ambulantes y sin ninguna particularidad que valga la pena mencionar, excepto por el mal gusto que los romanos han adquirido en cuanto a cortes de pelo y peinados, especialmente los hombres; no lo voy a negar, pero quedé bastante impresionado al notar que una gran proporción de jóvenes y adolescentes romanos imitan cortes de pelo y peinados estilo Vanilla Ice, Fresh Prince of Bel Air o MC Hammer (aunque bien puedo estar equivocado y sólo replican el peinado Ballotelli). Tantos kilómetros de vuelo y yo de regreso en Coapa…

Otra particularidad de esta ciudad, que desgraciadamente se reprodujo en prácticamente la totalidad de la ciudades italianas visitadas, fue la gran cantidad de basura acumulada en las calles y la poca sensibilidad de sus habitantes por mantener éstas limpias.

No obstante, el romano, aunque con el característico mal humor y estrés que condiciona a los habitantes de las grandes urbes, siempre se portó atento, tolerante y pronto a brindar su ayuda cuando así fue solicitada.

Fue en esta ciudad donde mis problemas de desamor comenzaron. Conocí a la italiana en México un año atrás, en una ocasión en que fue a visitar a la linda Vero, antigua amiga suya y una de mis compañeras de piso. Por respeto a ella no mencionaré su nombre, pero para dar una pequeña pista, solo diré que éste comienza con la letra «S» de Silvia y termina con «ilvia» de Silvia. Durante su corta estancia desarrollamos una bonita y rápida relación íntima; pasamos una gran semana y al final de su viaje decidimos mantener la relación a distancia con el fin de reencontrarnos en un futuro. Skype fue capaz de mantener la comunicación y el cariño durante un año entero; tal vez durante ese año yo debí darme cuenta que la relación se basaba más en recibir por su parte y dar por la mía, ya que era yo quien tenía que encontrar el tiempo para que nuestros horarios coincidieran, debido a que ella vivía en Camboya y la diferencia horaria es de doce horas, así como enseñarle a hablar español, el cual terminó aprendiendo a un nivel nada despreciable. En fin, cuando renuncié al trabajo y supe de mi viaje a Europa no dudé en organizarme para verla.

Cuando entré a la adolescencia comencé a notar que mi tipo no era del todo despreciable y nunca me detuve antes de aprovechar de dicha situación. Sé que hice pasar malos tragos a muchas chicas que no lo merecían; solo tuvieron la mala fortuna de cruzarse en mi camino durante una desenfrenada pubertad. Posteriormente se me pagó con la misma moneda en diversas ocasiones, hasta que pensé que mi deuda con el karma police había quedado saldada, sobre todo luego de aquel terrible noviazgo que terminó en martirio durante mis años universitarios. Empero, Italia surgió como lugar ideal para apoquinar un poco más a la deuda.

Primera noche, primera señal. Entrando en la negatividad de los estereotipos, la insatisfacción de la mujer es un poco más complicada de notar que la de los hombre, sin embargo, si uno pone atención no es difícil identificar las señales. Después de un año de palabras de cariño y supuestos deseos de reencuentro, desde el primer abrazo faltó cierta chispa y sazón, algo; no le di demasiada importancia, que más daba, yo iniciaba un gran viaje alrededor del mundo y poseía demasiadas expectativas para molestarme con tales pequeñeces. Las señales se intensificarían en poco tiempo. La insatisfacción, la impaciencia y otras reacciones negativas de su comportamiento me indicaban a cada momento que algo sucedía y mi primera teoría se desarrollaba en el área de los terceros; muy probablemente conoció a alguien más con quien ya no estaba, o bien le faltaron huevos para decidirse al momento de mi reencuentro y en ese momento sufría los estragos de su indecisión y falta de valor. Poco importa ya.

Los problemas entre la princesa italiana y yo comenzaban a aumentar conforme las horas y los días pasaban, sin embargo, debido a mi recién adquirido estatus de viajero, sin complicaciones en la vida más allá de la aventura de mañana, me resbalaban de manera fenomenal. Aun con mi actitud desenfadada amainaban las discusiones y sus grandes esfuerzos por crear tensiones, que eran el pan de cada día y fue en Roma que me di cuenta que tan solo era un viaje de despedida. Mi motivación para aprender la lengua italiana estaba a tope, así que me di a la tarea de esforzarme por absorber lo más posible en los doce días que tendría con maestra privada. Al tercer día, después de preguntar alguna palabra que no lograba retener, la mujer explotó, soltándome una alegata sobre cómo era posible que no recordara la palabra. Un año de pacientes clases de español para que al primer error sacara lo peor de si. No volví a preguntarle nada durante el resto del viaje.

Después de cuatro días en Roma tomamos un avión hacia Sicilia; mi viaje por un gran número de islas alrededor del mundo iba a comenzar.

Llegamos a Catania el primero de mayo alrededor a las 11 de la noche, donde teníamos planeado rentar un coche, el cual ella había apartado. No pudimos rentar el coche. Al parecer la niña no tenía muy claro la diferencia entre lo que es una tarjeta de crédito y una de débito, aun cuando varios días antes yo le había preguntado si sí la comprendía, ya que, por lo general, las agencias de renta de automóviles no admiten tarjetas de débito como medio para efectuar el pago, y dado que yo no portaba la mía podíamos correr el riesgo de vernos imposibilitados de realizar la transacción. La historia no terminaba ahí. La compañía Hertz no sólo no permitía la salida del vehículo, sino además hacía la totalidad del cobro del servicio que no realizaba, que en nuestro caso sería de diez días, es decir, unos ciento setenta y cinco euros, los muy ratas, y del cual, claro está, yo cubriría la mitad, lo cual hice el mismo día de la pifia.

El problema del coche sería una constante durante toda mi travesía por la isla. Mientras ella quería dejar pasar el problema yo me aferré a reclamar la devolución del dinero mediante correos electrónicos y llamadas, mientras ella no se mostraba muy entusiasmada o dispuesta a querer recuperar su dinero. Al final, después de muchos correos llamadas y reclamaciones conseguí que se nos reembolsara la mitad, o más bien su mitad, porque a partir de este cargo su tarjeta dejó de contar con fondos y el viaje de ella fue amablemente financiado en su totalidad por mi.

A pesar de los problemas maritales, Catania es una ciudad hermosa, grande y llena de vida, que se extiende a lo largo del Mar Jónico y es coronada por el Etna, el volcán activo más grande de Europa, el cual se puede ver de prácticamente cualquier lugar de la gran planicie que la ciudad ocupa. Catania es la segunda ciudad más grande de Sicilia y una de las diez más grandes de Italia, por lo que ofrece un gran abanico de posibilidades y actividades. El centro de Catania está repleto de edificios históricos, restaurantes, terrazas para tomar un aperitivo o un par de copas y abundante vida nocturna.

10410187_10153235591130225_3594847972084686093_n

Nosotros nos quedamos en el Camp Jonio, un hermoso lugar ubicado sobre la costa a las afueras de la ciudad; los cuartos del Camp Jonio son viejas caravanas o campers adaptadas como cuarto, con estacionamiento para quien esté viajando en casas rodantes, zona para acampar, restaurante con un excelente menú y un agradable jardín con terraza para tomar un refrigerio, comer o simplemente disfrutar de la tranquilidad del lugar. Aunque el lugar no cuenta con playa es un sitio completamente apto para los amantes de la pesca o del snorkeling, o simplemente para una buena zambullida. La belleza y tranquilidad del lugar me hicieron olvidar rápidamente los sinsabores de la vida de pareja, empero, se necesita ser un verdadero maestro Zen para dejar pasar por alto las oleadas de berrinchitos y pataletas de niñas mimadas y caprichosas y, aceptémoslo, un servidor, por más esfuerzos que haga para controlar su temperamento, dista mucho de ser un maestro en las artes de la paciencia y la tolerancia. Al segundo día de estancia consiguió tocarme las narices.

-Mi vida- le dije –ha sido una encantadora relación de un año por Skype, pero estos seis días que hemos estado juntos me han servido para darme cuenta lo feliz y bien que estaba sin tenerte cerca, además se puede ver a leguas que tú no estás contenta conmigo, así que mañana, cuando salgamos, tú te caminas hacia la derecha y yo hacia la izquierda-. Ni las lágrimas ni las peticiones de cambiar mi decisión se hicieron esperar y me vi  obligado a ceder otra oportunidad de continuar el viaje de pareja, aunque era más que claro que a la relación ningún futuro le esperaba.

Tomamos el tren hasta Ortigia, un pueblo con vistas espectaculares. El lugar es excelente para ser recorrido en bicicleta  y la ciudad y sus alrededores se pueden explorar en no demasiado tiempo; la ciudad está igualmente tejida por callejones y angostas callejuelas de antiguos tiempos que llaman a la nostalgia. A pesar de encontrarnos en un paraíso del Mediterráneo semejante la princesa era incapaz de cambiar de actitud y disfrutar de la vida, por lo que la última noche tomé de nuevo la decisión de ofrecerle de manera tajante salir del hotel por dos vías distintas; las suplicas y promesas de cambio volvieron a resonar en mis oídos; sin embargo, en esta ocasión no estaba dispuesto a dar mi brazo a torcer, así que le propuse que, si no quería dejar el viaje y hacer lo que le viniera en gana, podía acompañarme, pero como bros. La propuesta le pareció descabellada y no hubo más que hablar al respecto. A la mañana siguiente, justo cuando acababa de empacar mi equipaje y preparaba el dinero para pagar la cuenta de nuestros gastos, además de un poco más para sus gastos al lugar al que quisiera irse, ya que su solución financiera todavía no se arreglaba (o no quería arreglarla) la mujer había cambiado de parecer, aceptaba el trato de viajar como buenos amigos y nada más. ¡Perfecto! Ahora podía encabronarse todo lo que quisiera y hacer todos los pucheros que su amarga existencia le permitieran, yo ya no tenía compromisos de consolarla, podía darme la vuelta y decirle que nos veíamos en un par de horas cuando se tranquilizara. Como niño pequeño, después de ignorar su primera pataleta no volvió a hacer ninguna y el viaje comenzó a fluir de manera más tranquila y disfrutable. Esa misma mañana rentamos una Panda, ya que en Sicilia existen agencias independientes en las que se pueden rentar motocicletas y automóviles sin tener que atenerse a las estúpidas condiciones que imponen las grandes compañías de bandidos tipo Hertz, y alcanzamos la parte más al sur de la costa este de Sicilia.

Bertzameme es un pueblo de pescadores; probablemente mi sitio favorito en Sicilia. Es un lugar pequeño, tranquilo, pero de una belleza deslumbrante y una gran vibra. La relación de amiguis continuó viento en popa y las amargas experiencias pasadas me ayudaron a continuar firme en mi decisión y evitar los contactos amorosos y de cariño íntimo.

Un par de días después emprendimos el regreso a Ortigia para regresar la Panda y continuar el viaje de regreso. Aun con la encantadora gente y los magníficos escenarios que ofrece la costa este siciliana, yo comenzaba a estar ansioso por emprender la etapa del sur-este asiático del viaje.

Nuestra ante penúltima parada fue Messina y, aunque no es de los lugares más atractivos de la isla, posee un gran encanto. Messina es una ciudad relativamente nueva, ya que en algún momento fue destruida en su totalidad a causa de un terremoto. Messina también encierra una simpática vida nocturna, restaurantes de comida tradicional siciliana y otras tantas actividades; no obstante fue la gran hospitalidad de la prima de Dalila, otra muy buena amiga de la diva de esta historia, que nos abrió las puertas de su casa y con gran orgullo nos llevó a recorrer su ciudad y los lugares de mayor prestigio y concurrencia diurna. El acuerdo propuesto había logrado maravillas y la relación se relajaba a pasos agigantados, incluso cuando de vez en vez intentaba apelar mi decisión.

La penúltima parada fue Taormina, una ciudad totalmente turística, pero como el resto de la costa, no dejaba de maravillar con su esplendor. La ciudad, al igual que Messina, obtuvo una muy alta calificación en mi memoria gracias a Dalila, quien ya había mencionado con anterioridad y el cómo de mi fortuna de su conocimiento. La familia de Dalila maneja un exquisito lugar de alta cocina italiana con una hermosa vista, donde fuimos invitados a cenar.

El fin se acercaba y ya el nueve de mayo nos encontrábamos en el tren camino a Roma para pasar mi última noche en tierras europeas, antes de comenzar con el nuevo continente, así como para acabar con algo que nunca debió haber sido.

Por fin el momento había llegado. Me causa un poco de pena reconocer que ni nostalgia ni remordimientos me aquejaban, en cambio, el ansia por dejar el lugar y la compañía crecía conforme mi hora de tomar el vuelo a tierras orientales se acercaba. La despedida fue corta y sin sabor, sin pena ni gloria, ya así de simple, la relación a larga distancia que había durado un año llegó a su fin y mi gran trayecto por Asia comenzaba.

10171181_10153235579495225_2560873074951687052_n

No cabe duda que para que una relación funcione es necesario el esfuerzo y cariño de dos. Definitivamente mi situación y perfil no son los más atractivos para realizar este esfuerzo; al final el Karma Police no es más que el resultado y reflejo de nuestros propios actos, una consecución de actos y hábitos que nos van formando como personas y que, al final, el resultado nos explota en la cara. No es posible esperar ciertos resultados en la vida si no se ha trabajado por ellos, se ha trabajado en relación a cumplir con nuestros deseos y se ha formado un carácter, a base de constancia, a partir de dichos objetivos. Las reacciones y la vida de pareja es uno de los más claros ejemplos sobre este sujeto. Aquel que busca crear un estructura familiar debe haberse moldeado un carácter apto para este perfil y debe buscar una pareja que se encuentre en sintonía y con una trayectoria sólida en la búsqueda por alcanzar su meta. En mi caso, el trabajo ha sido pobre y mis defectos como pareja relucen como diamante, con lo que me queda aceptar las situaciones que yo mismo he provocado sin mucha sorpresa y aguante, y he de aceptar que el pago al Karma Police también tiene sus grandes encantos.

Yakarta, cayendo sobre blandito

DCIM101GOPRO

Después de dos meses de viaje, atravesar el mundo casi en su totalidad, más de 14 horas de vuelo desde Roma, una escala larga en la Ciudad de Kuwait y otra pequeña en Kuala Lumpur, por fin llegué a Yakarta, listo para encontrarme con Andrei y comenzar el trayecto por el sur-este asiático.

La decisión de viajar a través de Asia, empezando por Indonesia, fue mera coincidencia. Aunque Andrei y yo estábamos más que decididos a empacar maletas y tomar camino, no sabíamos bien dónde encontrarnos una vez el momento llegara, así que Andrei, una bella tarde después de alguno de mis últimos días de trabajo, comentó,

-¿sabes?, una buena amiga me invitó a su boda en Bali próximamente, ¿qué te parecería ir para allá?

-¿Bali?, me dije, ¿no está eso en Asia?

Me acerqué a un mapa y descubrí que la isla pertenece a un inmenso país formado por miles de islas del que apenas si conocía el nombre. No se dijo más y la decisión fue tomada.

A pesar de las reservas que guardaba sobre mi primer destino asiático, Yakarta, todo comenzaba bien: en principio, como tantas veces antes había recomendado Andrei, no perdí mi vuelo, situación que había logrado convertir ya en un hábito con las pérdidas de casi una decena de vuelos en viajes pasados. Kuwait Airways sería la primera en mostrarme la excelente disposición de ánimo asiática, ofreciéndome, a modo de disculpa debido a los 20 minutos de retraso del vuelo, un ligero entremés durante mi estancia en el aeropuerto de Kuwait, sin mencionar las constantes sonrisas y atenciones que prodigaban, tanto el personal de sobrecargo como las autoridades aéroportuarias, así como un arribo puntual a mi destino. No obstante, la situación no tardaría en cambiar.

Como lo mencioné antes, mi emoción por llegar a Yakarta no era desbordante. Después de haber vivido durante muchos años en la Ciudad de México, una de las ciudades más pobladas del planeta, llegar a otra aún más grande y caótica no era precisamente un sueño anhelante, lo que me hacía ver la megalópolis como una simple parada obligada para poder emprender lo más pronto posible el viaje a través del país del bahasa indonesia y nasi goreng special.

Sin importar la buena hora de llegada, la fila para las visas tenía una longitud de varias decenas de metros y la espera para obtener el deseado sello se prolongó por más de una hora. Por fin, y después de 35 dólares a una tasa de cambio de atraco, me encontraba con el pasaporte estampado y al otro lado de la barda.

El primer problema no se hizo esperar: Andrei, quien tan insistentemente había aconsejado no perder mi vuelo, y quien debía estar esperándome fuera de los controles de seguridad de la terminal aérea para comenzar el viaje, había perdido el suyo. En el aeropuerto de Hong Kong no le permitieron abordar el avión previsto debido a que no había adquirido un boleto de salida de Indonesia, que, aunque no es un requisito indispensable, algunas aerolíneas tienen la desfachatez de aplicarlo.

Yo, en parte porque él había planeado tener la misma consideración, en parte porque con quien llegábamos en Yakarta eran sus conocidos, decidí esperarlo. Durante mis primeras horas de espera me abordó un joven surcoreano solicitando ayuda. Al parecer ninguna de las casas de cambio aceptaban cambiar sus won y no contaba con otro tipo de divisa, por lo que me pedía hacerle el favor de cambiarle 100,000 rupias indonesias, equivalentes a poco menos de diez dólares estadounidenses, para poder tomar un taxi a la ciudad y llegar a su destino. Con el gusto de poder ser de ayuda le ofrecí la cantidad indicada sin aceptar su dinero y él se mostró muy agradecido -y un poco más. Después de haber aceptado el dinero, el coreanito comenzó a hacerme toda clase de preguntas personales, como con quién viajaba, cuánto tiempo, si tenía novia, por qué estaba tan guapo y tan solo, etc., cerrando la serie con un ”¿y eres gay?”, a lo que casual y amablemente respondí que no. Como cualquier ligador, el de la tierra del gangnam style no pensaba darse por vencido con la primera negativa; la secuencia de indagaciones siguió adelante para concluir con la pregunta “¿y lo tienes grande?”, a lo cual, el macho y bocazas que uno lleva dentro no dudó en responder “!por supuesto!”, lo que envalentonó al susodicho a extenderme una cálida invitación al baño para comprobarla, invitación que me vi obligado a rechazar debido a mis inclinaciones sexuales, extendiéndole otra invitación a que continuara su camino, con la excusa de que su presencia comenzaba a ser intrusiva y un tanto molesta.

El aeropuerto de Yakarta tiene muchas salidas para los distintos vuelos de llegada y la información que se proporciona es muy escasa. Andrei, sin haberse enterado que lo esperaba en el aeropuerto, llegó y se fue, y no fue sino hasta las diez de la noche que recibí un mensaje en el que me avisaba que él ya estaba en casa. Bonita empezaba mi experiencia Indonesia. Tomé el primer taxi que encontré y después de casi diez horas por fin dejé el aeropuerto.

Los baches por los que hube de atravesar en el aeropuerto y la expectativa de encontrarme con un monstruo de ciudad se vieron remplazados rápidamente por un oasis idílico al llegar a la “humilde” residencia de Clarita y Vasco. El Four Seasons Residences de Yakarta es un complejo de apartamentos de lujo, constituido por cuatro edificios de más de una treintena de pisos, que cuenta con piscinas, jacuzzi, gimnasio y todo tipo de facilidades y comodidades. No nos confundamos, Yakarta sí es una de las ciudades más grandes y caóticas del planeta, pero cuando se llega al aire acondicionado, un piso de ensueño, anfitriones del más alto estándar, viejos amigos y gratos conocidos, cualquier ciudad, por más pandemónium que sea, se convierte en paraíso.

Al llegar al apartamento lo primero que vi fue la hermosa sonrisa de esta guapa portuguesa que sostenía una copa de vino en ademán de bienvenida; Clarita, a quien veía por primera vez. Ya en el interior del piso conocí a Vasco, el otro anfitrión, que me recibió con la misma calidez; también a Lourenço, invitado de los anfitriones y gran amigo, quien se convertiría en un inseparable compañero de viaje durante más de un mes por el maravilloso país. Por último me encontré con Andrei, a quien hacía más de un mes que no veía y quien había cambiado su siempre impecable imagen de abogangster por  la mata larga y una abundante barba. La llegada iba tomando un dulce sabor.

Del complejo habitacional de lujo salimos poco; un par de veces para ver las prácticas de la selección indonesia de polo en el club ecuestre de la ciudad, otras tantas para recorrer la megalópolis, una visita a los inmensos centros comerciales de Yakarta, a comer a algún lugar cercano y nada más, siempre ansiosos de regresar al edén residencial.

DCIM101GOPRO

DCIM101GOPRO

Pero la buena fortuna no acababa ahí. Después de dos días de estancia, Alá, Vishnu, Jesús, el Buda Gautama y todos los dioses que confluyen pacíficamente en el sureño país de Asia volverían a brindarnos la más cálida de sus sonrisas. Mientras cenábamos reunidos en el comedor del palacio portugués, conversando sobre los preparativos de la boda de Clarita y Vasco y los lugares que habríamos de visitar en Indonesia, Lourenço, quien había ido a su cuarto para buscar algo, salió con el semblante asustado y pálido, mostrando sobre la palma de su mano la razón de tan súbito cambio de ánimo. En un país que castiga con pena de muerte el tráfico de drogas y con varios años de cárcel su consumo y posesión, portar 10 gramos de chocolate puede poner nerviosos al más temerario, justo la cantidad que  Lourenço tenía en su mano. Había viajado de la India a Indonesia sin saber que una china se ocultaba en su bolsa de neceseres de baño. El riesgo de semejante olvido puede costar mucho, pero el disfrutar del producto una vez pasado el susto tampoco tiene precio, sobre todo cuando ya te has hecho a la idea de pasar un largo periodo de tiempo antes de volver a acercarte siquiera a alguna de estas sustancias. Como gente responsables, y para evitar enfrentarnos a una situación desagradable de cualquier tipo, Andrei y yo decidimos no salir del apartamento hasta no haber eliminado toda la evidencia.

Después de 5 días de gloria con nuestros grandes anfitriones y recargada la batería a tope en el Four Seasons rodeados de las mejores atenciones, estábamos listos para comenzar la grandiosa travesía por los recónditos confines del sur-este de Asia y, junto con Lourenço, un viernes por la noche tomamos un tren a Cilacap.

Este texto lo escribió Sacha a principios de agosto, cuando nos encontrábamos atorados en Labuhan Bajo tratando de resolver un tema migratorio. En su momento, yo le dije que no estaba seguro de querer compartir uno de los sucesos más graciosos (para nosotros, no tanto para un querido amigo nuestro) de nuestra llegada a Indonesia, considerando que el tema, absurdamente, sigue siendo un enorme tabú en México, y que por tanto convenía que lo narrara de una forma más sutil, quizás al estilo de Bob Dylan o Sixto Rodriguez. Hoy, por todo lo que ha pasado desde que Sacha me envió su texto a revisión, porque nunca lo adecuó y porque, como él, yo he aceptado que uno vive más tranquilo, congruente y feliz cuando se despreocupa del «¿qué dirán?», decidí levar mi censura y compartirlo con ustedes. Espero les haya gustado. Andrei Rostislavovich.

Madrid, el eterno regreso a casa

“A journey is best measured in friends, rather than miles.” – Tim Cahill

Madrid fue mi segundo destino y, al igual que Puerto Escondido, se encuentra en mi Top 3 de lugares predilectos del planeta, por lo que me fue imposible comenzar un viaje alrededor del mundo sin  visitar a los viejos y muy queridos conocidos de esta ciudad.

Madrid es una ciudad hermosa, con grandes atracciones turísticas, fiesta sublime y un sin fin de actividades por hacer; sin embargo, no son las razones que te obligan a amarla y la hacen inmensa, sino la calidad de su gente y su excelente actitud frente a la vida.

El español, en general, es ruidoso, altanero y brutalmente sincero, pero sobre todo es un anfitrión de primera calidad, siempre dispuesto al buen humor y a la camaradería.

Siempre que vuelvo a Madrid no puedo evitar sentir un poco de miedo al recordar una estrofa de Joaquín Sabina que dice “al lugar en que has sido feliz es mejor que no trates nunca de regresar”, a sabiendas que el recuerdo y el cariño pueden ser engañosos y la decepción de la realidad su pronto sustituto; empero, y a pesar de haber regresado más de una decena de veces, Madrid no me ha fallado ni una sola vez y sigue maravillándome en cada ocasión.

Como alguna vez lo expresó un buen amigo español, Madrid, para quien ha tenido la fortuna de conocerla, es, y será siempre, un hogar más, que ofrecerá por igual al forastero y al oriundo  una calurosa bienvenida cuando así lo desee.

El primer día que comencé a residir en Madrid, hace ya varios años, me hospedé en un hostal ubicado sobre Gran Vía, el jet lag, junto con el ruido de la bulliciosa ciudad no me permitió dormir más allá de las tres treinta de la mañana, por lo que decidí salir a la calle a merodear y matar el tiempo restante antes de comenzar mis actividades; sin embargo, al momento de salir del edificio y antes de haber dado más de tres pasos un grupo de juerguistas ya me había abordado, ofreciéndome de sus bebidas embriagantes e invitándome a pasar el rato con ellos. Esta situación no es aislada, sino que se repite en cada excursión al exterior. Incluso con poco presupuesto la diversión y la oportunidad de conocer gente es enorme; 5 pavos (o incluso menos para el abstemio) es más que suficiente para adquirir los insumos necesarios para pasar una soirée de lujo en cualquier plaza donde la gente se reúne a hacer botellón o a salir de marcha por las calles, más que dispuesta a aceptarte en el círculo; un sin fin de festivales y fiestas callejeras donde el gentío se amotina para pasar un buen rato y convivir hasta morir, por la simple razón de celebrar el día, la noche y la vida.

España es un país lleno de gente  amigable y dispuesta a entablar conversación y amistad en el momento en que te cruzas en su camino: en el metro, el Renfe, la marcha, el botellón, donde sea, y aunado a la multiplicidad de vida que ofrece su capital, el abanico de opciones y oportunidades de encuentros y construcción de amistades en esta ciudad es inagotable.

Madrid es una de las ciudades que recomiendo ampliamente para visitar o vivir, pero, sobre todo, para aprovechar los encuentros y la vida pública, que te obligará a apartar un espacioso hueco en tu corazón y recuerdos destinado a ella.

Puerto Escondido, paraíso en extinción

“Like all great travelers, I have seen more than I remember, and remember more than I have seen.” – Benjamin Disraeli

Cómo comenzar un viaje alrededor del mundo sin visitar aquellos lugares que llegamos a amar y disfrutar con locura, donde cada minuto que se vive es un mar de felicidad,buenos  recuerdos y experiencias que se crean, repiten y renuevan a cada paso. Para mi Puerto representa uno de estos poquísimos, pero muy especiales lugares.

Mi odisea comienza en este paradisiaco lugar, durante los últimos días de marzo del 2015, con toda la intención de pasar tres semanas de goce, surf y la buena vibra que sólo un lugar así puede ofrecer, sin embargo, como pronto iba a darme cuenta, Puerto Escondido es un oasis pronto a evaporarse y del que ya sólo sus últimos resquicios quedan.

Para quienes tuvimos la fortuna de conocer este destino turístico por primera vez 20 años o mas atrás recordaremos que, gracias a su poca accesibilidad y desarrollo, el sitio atraía, ante todo, a aventureros y personas dispuestas a sacrificar el confort por la diversión y belleza del lugar. Durante muchos años esta ciudad de Oaxaca fue punto de encuentro de personas abiertas e inclinadas a dejar en casa prejuicios, puritanismos y snobismos; la ausencia de grandes hoteles y resorts, sus doce horas de carretera desde la Ciudad de México, los escasos vuelos y sus altos costos y otros tantos inconvenientes formaban un filtro infalible para el turista regular de Acapulco, Cancún, Vallarta y otros destinos con servicios y comodidades similares. En la década de los noventa y primeros años del Siglo XXI la playa de Zicatela únicamente contaba con unos pocos hoteles  con aire acondicionado, para dejar espacio más que suficiente a  campamentos surf, cabañas de suelo de arena y hotelitos con servicios mínimos; El Cafecito, para muchos de los asiduos visitantes y amantes de Puerto, representaba  un lujo de una vez por día, o ni eso, y la alternativa a la sopa maruchan calentada en la regadera del hotel (si es que donde uno se hospedaba contaba con agua caliente, o incluso regadera), latas de atún, jochos, y el obligado mezcalito callejero pre-antrero; enramadas con hamacas sobre la playa para pasar el día, que se convertían en pequeñas discotecas durante la noche y las atracciones de la vida nocturna del Bar Fly y el Wipe Out del Adoquín. bb

En esta última visita reconozco con tristeza que encontré un Puerto irreconocible (mi anterior visita fue en el año 2005), donde el lugar más frecuentado de la playa es el Oxxo, los bares para mirreyes, luismis wannabe y lobuquis se expanden por la playa, la música estridente no para durante día y noche y el turista basura se empeña en ir dejando su residuos allá donde pisa, acompañados siempre, claro está, por sus inseparables bocinas inalámbricas que dejan a relucir su pésimo gusto musical y van violando oídos indiscriminadamente.

Empero, el alma del Puerto Escondido de antaño no ha desaparecido por completo, no todavía. La Punta, en el lado más alejado de la playa de Zicatela, protege algunas de sus delicias y conserva su antigua paz, tranquilidad y espíritu. En este lugar todavía es posible acampar sobre la playa, comer en lugares baratos y convivir con viajeros, aventureros y turistas más conscientes del lugar donde se encuentran y su relación con el entorno y los otros.

Yo, por mi parte, me hospedé en un idílico rincón llamado Las Cabañas Buena Onda; un lugar muy recomendable. Olivier, el anfitrión, es una persona responsable que mantiene el lugar limpio y muy bien acondicionado. Las Cabañas Buena Onda está ubicado sobre la playa, cuenta con espacio para acampar y un área común que se convierte en punto de reunión y convivencia obligatoria para todos los huéspedes.

No obstante, como todo paraíso, La Punta no puede evitar tener su caca en la punta del pastel: el locales culero. Este personaje siempre ha existido en Puerto; gente arrogante y  mala vibra que puede fácilmente arruinar el buen momento y diversión.

Recuerdo que cuando estaba en los teens y que por las noches de fiesta iba a la caza de güeritas extranjeras, tenía que cuidarme de ellos, ya que aseguraban que ellas estaban apartadas exclusivamente para los locales y no era difícil ser amenazado o violentado cuando esto no se respetaba; lo mismo sigue sucediendo con las olas u otras situaciones donde el visitante tiene que compartir el entorno con este deshecho de persona.

Está última visita no estuvo exenta de situaciones desagradables con estos payasos, que los hay de todas las edades, sexos y orígenes, ya sea por prioridad en el break point, porque no les gustó como los viste, tuvieron un mal día o vida, o bien, por los borrachines de la vinata que gastan su tiempo en molestar a los visitantes. Pero bueno, falta con no pelarlos y dejar pasar el mal-trago y La Punta no tiene por qué perder su encanto.

Aún así, la amenaza de la apertura de la nueva súper vía a Oaxaca-Puerto Escondido amenaza con extinguir incluso este pequeño bastión de felicidad, así que si estás pensando en visitarlo no dudes más, puede que mañana haya desaparecido por completo.

Sacha Mandinga

Not all those who wander are lost.

J.R. Tolkien

EL INICIO

Que no quepa duda, viajo para fugarme, una evasión de la realidad, mi realidad, tal y como sucede con el consumo de drogas. Cuando uno pasa de nivel turista a nivel viajero, el sedentarismo y la rutina se convierten en sus enemigos naturales. El turista sabe perfectamente a donde va y su fecha de regreso; al viajero no le importa la primera y se niega a reconocer la segunda.

A mis 34 años de edad lo más difícil al emprender el viaje fue ignorar la presión social a la que casi todos cedemos sin cuestionamientos. Con una prometedora trayectoria profesional, un valioso grupo de amigos y familiares, un buen estatus económico y el confort del mundo de lo conocido, las personas a mí alrededor se preguntaban si mis facultades mentales y buen juicio no estarían flaqueando. Renunciar, dejarlo todo y partir a recorrer el globo sin rumbo, boleto de regreso y con únicamente diez kilos de posesiones a cuestas, es una idea que a buena parte de la sociedad le parece descabellada y arriesgada en todos sentidos.

Sin embargo, a solo tres años de haber regresado de mi última vagancia por el planeta, la rutina y comodidad fueron combustible suficiente para aventurarme de nuevo a lo desconocido.

¿Hacia dónde? Es lo que menos importa. ¿Hasta cuándo? Que el tiempo lo decida. ¿Por qué? por el reto, el asombro, el movimiento, la vida misma.

El viajero, cuando se traza una ruta, no busca nada en particular más allá de abrir su mente para redescubrir la belleza del mundo, midiendo la distancia, no mediante kilómetros, sino a través de experiencias y encuentros; el trayecto mismo.

Aquel que viaja debe de tener la disposición de olvidar todo lo que ha aprendido, volver a empezar de cero, arriesgar y sacrificar todo; de otra forma, sin importar las vueltas que consiga dar al universo, jamás saldrá de casa.

La historia va más o menos así. El año 2014 resultó una mierda. El proyecto  social que dirigía en cárceles para menores, que había comenzado un año antes, perdió impulso y me era cada vez más difícil encontrar la motivación necesaria para continuar, menester indispensable para quien  dedica su tiempo, esfuerzo y recursos en aras de mejorar la situación del marginado y excluido. La ayuda económica nunca llegó y yo me vi en la necesidad de encontrar un trabajo paralelo que me permitiera sostener el proyecto, además de continuar con un  tercer trabajo como coordinador de la sección de Derechos Humanos y Cooperación para la revista Pensamiento Libre y colaborador en otras publicaciones del mismo corte.

Por x o y encontrar trabajo nunca ha representado un problema para mi, por lo que en mayo de ese año, y sin prácticamente esfuerzo para conseguirlo, comencé a laborar en una dependencia gubernamental dedicada a la protección de derechos humanos, específicamente en la lucha contra la discriminación. Las funciones de mi puesto resultaron sumamente atractivas y parecían haber sido pensadas expresamente para mi perfil profesional. Todo fue un fraude. Al burócrata, en la mayoría de los casos, le importa un reverendo sorbete en qué consiste su trabajo; lo mismo le da el desarrollo de proyectos con miras a proteger a personas en situación de vulnerabilidad que pasarse el día entero abriendo y cerrando cajones, actitud que se refleja en el mediocre y pobre trabajo que realizan, a menos que, claro está, persigan intereses personales de tipo económico o profesional, con lo que tal vez logren desempolvar la piedra y hacerla girar un poco.

Mi mala experiencia en el gobierno se potenció debido a mi jefa, que además de ser una persona gris y sin chispa, parecía estar completamente amargada por la vida, y cualquiera podía pensar que maltratar a sus subalternos era una de sus actividades favoritas. Mantener tres trabajos, y en uno de ellos con una perra como jefa (ella misma se auto-nombraba con ese mote) absorbía toda mi energía y me dejaba poco tiempo y ganas para disfrutar la vida; para cerrar con broche de oro mi precaria situación, y al tiempo que comenzaba mi tercer trabajo, me enfrente a una seria enfermedad que me obligó a someterme a un par de cirugías mayores de las que, con un poco de suerte y un equipo de cirujanos de mano experta, logré salir avante.

El cáncer me abrió lo ojos. Dinero, desarrollo profesional, estatus social; nada de eso cuenta si mañana expira tu último aliento y no eres capaz de mirar atrás y sonreír. Vivir como si no fuéramos a morir y morir como si nunca hubiéramos vivido tiene que dejar de ser la regla. Es por eso que hoy he dicho adiós a todo y me he propuesto no pensar en el futuro, sino únicamente disfrutar a tope el presente, y que mejor manera que  viajando.