Las Pasiones de algunos

Mientras estudiaba derecho en la UNAM, siempre me causó repugnancia que hubiera quienes en los descansos entre clases, en las tardes libres e incluso en reuniones y fiestas, hablaran (a veces apasionadamente) acerca de alguna ley, reforma, decreto o debate en el congreso. Me impresionaba ver que no importaba si se trataba de mujeres, hombres, jóvenes, chavo-rucos, CGHros, porros, fresas, pobres o ricos; eran demasiados los que gastaban sus palabras en estos temas y pocos los que hablaban de deportes, música, comida, sexo, viajes, borracheras, literatura, bares, arte, etc.

En la preparatoria nadie desperdiciaba su recreo hablando de Pitágoras, Moliere, la guerra de las trincheras o la mano invisible de Adam Smith y yo no entendía porque en la Facultad de Derecho debía ser diferente. Esto me llevó a alejarme siempre que tuve la oportunidad, a buscar solacio en el Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras, a donde acudían estudiantes de todas las demás facultades, por lo general consientes que a nadie interesaban temas muy propios de sus estudios. También encontré paz en la Facultad de Química, donde estudiaba un gran amigo e hice muchos más, y nunca, NUNCA, los escuché hablar de química, de ingeniera o de cualquier cosa inapropiada para una tarde de cervezas. Tuvieron que pasar un par de años antes de que conociera a estudiantes de leyes con los que pudiera relacionarme sin temor a que violaran mis oídos y otros tantos antes de que me volviera tolerante, o más bien sordo, frente a las conversaciones leguleyas.*

Cuando empecé a trabajar como abogado, mi gran temor era encontrarme en una situación parecida a la que viví en la Facultad. Por fortuna sucedió lo contrario y me reí mucho en los años que trabajé para PEMEX, con frecuencia sintiéndome de vuelta a la preparatoria, hablando de nalgas, encontrándole apodos a la gente y compartiendo anécdotas de la peda. Ahora que busco formarme como marinero me vienen a la mente estos recuerdos, pues mis nuevos colegas rara vez hablan de algo que no tenga que ver con barcos, cabos, velas, molinetes, boyas, nudos, regatas y hasta de los tipos de antifouling (antiincrustante), pintura con que se cubre el casco para evitar que acumule percebes y algas. Si fuera obligado a elegir entre dedicarle mi domingo a conversar sobre el Código de Napoleón o el tipo de quilla que más conviene a un velero de cuarenta pies, optaría por lo segundo, pero espero nunca verme en esa situación y por ello voy a clases de meditación, ando en busca de una escuela de tailandés y, cada que puedo, me escapo al wakepark de Phuket. A veces me pregunto si soy raro por no apasionarme de esa forma o si son estos unos intensos que no hemos sabido callar.

Dicho esto, creo que mi próxima publicación será sobre el viaje que acabo de hacer a Langkawi a bordo del S/Y «Piccolo«, un velero Farr 1104 de 36 pies que en 1976 ganó la regata australiana de Sydney a Hobart.

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* Miento, esto nunca pasó; tuve que imponer como castigo un shot de tequila a cualquiera que se atreviera a necear sobre estos temas en mi casa.

A un año de haber dejado la rutina de oficina

Hace unos días cumplí un año de haber vaciado mi escritorio, de tomar mi ultimo café de maquinita, de comer cuidando no manchar mi corbata y de cargar un mentado portafolios. Regalé mis trajes, camisas, corbatas y zapatos, compré las botas más ligeras y cómodas que encontré, una mochila con la módica capacidad de 10 kilos, empaqué unas guayaberas, playeras, jeans, shorts, chanclas y calcetines negros y azul marino (con el paso de los años había dejado de tener blancos) y me despedí una y otra vez de la familia, amigos y tacos. Y esto lo hice, en resumen, por impaciente.

Me tomó siete años formarme como abogado y trabajé otros siete como tal. Me había hecho a la idea que, como todos a mi rededor, gastaría mi salario en bienes materiales, en vacaciones relámpago, en borracheras y manjares y, en una buena proporción, en ahorrar para el retiro. Confiando que el gobierno mexicano tarde o temprano me quitaría los fondos que mañosamente me había obligado a separar para mi jubilación, opté por contratar un asesor financiero que me ayudara a planear a largo plazo. Entre otras cosas, este me preguntó a qué edad esperaba jubilarme, qué nivel de vida deseaba para entonces y si tenía algún sueño o actividad en concreto que esperaba realizar. A la primera, respondí «cuanto antes»; a la segunda, «una vida sencilla, sin grandes lujos ni gastos», a la tercera, un poco avergonzado por el potencial cliché, «navegar por el mundo en un velero». Me pidió que reconsiderara mi respuesta a la primera, lo que también me pareció razonable, y acordamos fijar como meta los 47 años, pues aunque lo normal fuera trabajar hasta los 65, a mis 32 yo no me podía imaginar pasar 79,000 horas más frente a una computadora. Pensar en los efectos que esta rutina tendría sobre mi espalda, mis piernas y mi vista hacia un tanto inverosímil considerar que fuera compatible con el sueño de atravesar los siete mares en un velero. En cambio, limitándome a 36,000 horas más tal vez si lo conseguiría, así que el asesor armó sus proyecciones en torno a esta cifra.

A los seis meses de que empecé a ahorrar para el retiro, mi hermano Rafael fue diagnosticado con cáncer. El llevaba varios años ahorrando para un retiro que ya no vería, lo que me hizo pensar que aún la reducida cifra de las 36,000 horas era una insensatez, que incluso el concepto de jubilación era un absurdo y que el error estaba en haberme dedicado a algo que no producía otra satisfacción que el salario que me daba y el ocasional ego-boost de un ascenso. Empecé a buscar alternativas dentro de la industria en la que ejercía, pues aunque mis labores cotidianas me parecían aburridísimas, el mundo costa afuera me era fascinante. Tuve entonces la oportunidad de embarcarme en el SR/V «Oceanic Sirius», un barco chulísimo de exploración científica que solo había conocido a través de sus contratos o posters en la oficina y al que llegué nada más y nada menos que en helicóptero, pues este se encontraba a unos cien kilómetros de la costa de Tamaulipas.

Ahí, además de aprender sobre sus funciones y capacidades, de disfrutar del bufet de salmón, camarones y otras delicias, dediqué mucho tiempo a buscar alguna actividad que pudiera desempeñar a bordo, pretendiendo dejar de ser abogado para trabajar en una de las tantas embarcaciones de la empresa. Lamentablemente, concluí que todas las labores eran o físicamente extenuantes o mentalmente embrutecedores.

Descartada esta alternativa, empecé a entretener la idea de dejar una vida donde solo los fines de semana, días festivos, vacaciones y ocasionales viajes costa afuera fueran buenos para buscar una donde quizás hasta los lunes serian fáciles de sobrellevar. Meses más tarde falleció mi hermano y, aunque aún no se me había ocurrido qué hacer de mi existencia, me convencí que estaba desperdiciando mi tiempo, renuncié y partí a la aventura con Sacha Mandinga, con la esperanza de inspirarme en el camino.

Ha transcurrido ya un año y no pasa un día sin que celebre esta decisión. En este año, entre varios amigos, arrancamos un proyectito en Manhattan: Miscelanea NY; descubrí la majestuosa y caótica isla de Hong Kong; recorrí unos 7,500 km del archipiélago indonesio, me decepcioné con la esterilidad de Singapur (lugar que desde hacía muchos años quería conocer e incluso habitar); me sorprendí con lo divertido, moderno y carismático que es Bangkok; aprendí a andar en moto, a surfear y bucear; sobreviví -y hasta disfrute- un Vipassana; conviví con decenas de personas felices, positivas e inspiradoras; volví a confiar en desconocidos; recuperé la salud que había perdido tras años de inactividad física, ingesta de comida chatarra y alcohol; me instruí en cremaciones balinesas y burocracia post-mortem; recordé lo efímera que es la vida; reafirmé mi convicción por disfrutar de cada día e incluso, encontré la que de momento parece la mejor actividad que pudiera desempeñar.

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Miscelanea NY

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En un texto publicado a mediados de octubre avisé sobre mis intenciones de dejar atrás los caminos y hacerme a la mar. Easier said than done, cuando no sabes nada de barcos, meteorología, motores de diesel o siquiera cocinar. A pesar de que exista un gran número de redes sociales enfocadas a encontrar barcos y tripulantes para cumplir el tipo de sueño que yo tenía en mente, mi falta de experiencia limitaba las opciones y concluí que convendría capacitarme tantito antes de sorprender a alguien con mi ignorancia e inutilidad. Luego de mucho navegar -por internet- encontré una escuela en Phuket que ofrecía hacerme Capitán e instructor de vela a cambio de un año de trabajo no remunerado.

Al final de mi recorrido el año pasado, tras la súbita y prematura muerte de mi compañero de viaje, Sacha Mandinga, volví a México por unos meses, a tratar de explicar lo acontecido, ver a mi familia, amigos y, lo que más gusto me dio, dejar atrás el nasi goreng por los sabores tanto tiempo añorados: tacos de cecina, carnitas, arrachera, chuleta, bistek, chamorro, costilla, pastor, chicharrón en salsa verde, mole, tinga, cochinita pibil, cabrito, pato, pulpo, choriqueso, barbacoa, escamoles y otros más.

Si ahora he decidido instalarme en la isla de Phuket es en gran medida porque el sureste asiático me parece precioso, su gente, sencilla, honesta y acogedora, la vida, barata y placentera, la escuela de vela, profesional, y porque me resulta asqueroso vivir en un México que cada vez es más autoritario y peligroso, con gobernantes -e hijos de gobernantes- que ya ni se preocupan por ocultar sus abusos y donde su impunidad y corrupción compiten con su ineptitud e ignorancia en las primeras planas. Ya veremos si nos sorprende el desenlace del Panamaleaks…

En el año que estaré aquí pasaré aproximadamente 2,400 horas navegando, las demás descansando, aprendiendo tailandés, conociendo a gente y disfrutando de una cocina que rivaliza dignamente con la mexicana en sabor pero la supera por mucho en salud. Sin duda extrañaré a la familia, los amigos y los tacos, pero confío que los tres meses que pasé en México llenaron las reservas necesarias para aguantar y así poder cumplir próximamente aquel sueño que pensaba dejar pendiente para la vejez en tiempos donde me creía cuasi-inmortal .

Mañana zarpo a Langkawi, Malasia, una isla a 2-3 días de vela de Phuket. Parto en un velero de doce metros que tiene la gracia de carecer de motor, con la misión de comprarle uno, instalarlo y volver sano y salvo. A ver que tal…

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De esas cosas que cuesta asimilar

Hace cinco días llegué a Phuket, la isla tailandesa que sirvió de escondite para el Hombre de la pistola de oro y su sirviente miniatura, Nick Nack; aquel paraíso donde un mochilero DiCaprio y sus amigos jipis perdieron la cabeza; esa tierra fértil de los Wookies que en las navidades de 2004 fue devastada por un tsunami y que a once años de la revolcada vibra y brilla como si tal catástrofe también hubiera salido de la gran pantalla.

Cuesta asimilar que otra vez estoy en el culo del mundo, que llegué para quedarme y para hacerme Capitán.

Cuesta asimilar que ahora recibo esemeses en un alfabeto rarísimo, que no se me graba ni como decir «hola», «gracias» o «adiós» y que debo conducir mi moto del lado equivocado de la calle.

Cuesta asimilar que unas hormigas puedan vivir dentro de la pantalla de mi laptop y que otras no me permitan dejar algo a medio comer ni por un minuto.

Cuesta asimilar que existan papitas sabor a chocolate, cayo de hacha, ensalada de atún o lichi.

Cuesta asimilar que el Papa, con una gran sonrisa y rodeado de millones de sonrisas, ande paseando por un México que se está ahogando en las heces de sus gobernantes.

Pero sobre todas estas cosas y otras más, me cuesta asimilar que llegué aquí sin mi amigo Sacha Mandinga, que no está aquí para compartir las primeras impresiones, divertirnos aprendiendo el idioma local, asesorarme en la compra de una moto, aprender a velear o salir a bucear.

En su momento, también me costó asimilar que tenía un monstruo creciendo dentro de su cabeza; luego, que no estaba dormido, sino inconsciente; después, que yo volvería a casa y él, no. Pero Sacha, siempre atento a los demás, estando ya internado en el Hospital Kasih Ibu de Denpasar, Bali, se rifó con un último texto que hizo y hace todo más fácil de asimilar.

Espero les agrade, si a caso les ayude y, ojala, los inspire, que cuesta mucho asimilar que haya quien -teniendo la opción- prefiera el flagelo a gozar de la vida.

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La Odisea a Batu Karas, día 2.

En Cilacap nos recibió un comité de ojekes, primero sorprendidos de ver unos bules llegar a su remota ciudad, luego más sorprendidos al enterarse que 2 de los 3 éramos mexicanos, y finalmente encantados de conocer a alguien del país natal de Christiano Ronaldo. Sacha y yo nos contentamos con que se pronunciaran admiradores del Chicharito y del mismísimo Brodi, Jorge Campos.

Después de mucho negociar acordamos que tres de ellos nos llevarían en sus motos al puerto donde podríamos convencer a algún pescador de llevarnos a Kalipucang ya que, como lo había advertido la guía, no corría el ferri hacia allá. Aprovechamos haber llegado temprano para negociar con calma con los pescadores y lancheros, pues a pesar de nuestro limitado indonesio, entendimos que como en México, todos estaban empezando con tarifas exageradas, especiales para gringos. Después de tres horas ya estábamos cerca: un lanchero sugirió que primero, por 10,000 rupias por persona (casi un dólar) tomáramos un barquito a Kampulaut, un pequeño pueblo en medio de los manglares, donde su hermano tenía una panga y nos podía llevar el resto del camino, fuera a Majinglak o Kalipucang, pero que esto había que negociarlo con el, limitándose a prometer que ahorraríamos mucho dinero.

Comuniqué la sugerencia a mis compañeros de viaje, Lourenço y Sacha, quienes habían pasado la mañana tomando café y conversando con los locales del pequeño puerto. Aceptaron la propuesta y nos fuimos a descubrir el barco en el que haríamos el primer tramo. Nos sorprendió ver que ya estaba lleno, incluso cargado de tres motos y muchas cajas y costales de víveres, pero los pasajeros y tripulantes (era difícil distinguir unos de otros) insistieron que aún cabíamos. Nos instalamos incómodamente en el barquito de 7 metros de eslora y 3 de manga y esperamos otros quince minutos antes de que partiera, tiempo que permitió que se embarcaran otras diez personas. Al raz del agua -e ignorando completamente los limites establecidos por la Convención Internacional sobre Líneas de Carga- el barquito zarpó, tomando una ruta que nos llevó primero por el puerto industrial de Cilacap -a donde sería posible nadar en caso de naufragio- luego hacia adentro de los manglares, donde un señor que resultó ser el pastor de la iglesia de Kampulaut, nos apuntó a un enorme edificio que apenas y se alcanzaba a percibir entre la maleza, explicando que era la prisión donde días antes habían ejecutado a balazos a 9 individuos que muchos años antes habían detenido en el aeropuerto de Bali mientras intentaban salir con unos pesados souvenirs de heroína.

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Llevábamos casi una hora navegando y sufriendo un terrible dolor de piernas y nalgas cuando por fin llegamos a Kampulaut, un pequeño Venecia rodeado de manglares, donde solo desembarcamos los güeros, el pastor y nuestro amigo, el del hermano dueño de una panga. A pesar de la bellísima naturaleza de los rededores, era imposible no ver la basura que había por todos, en los canales y callejones del aislado pueblo, con bolsas de plástico prendidas de las ramas y latas y botellas visibles en el fondo del agua. Descansamos una hora aquí, lo que nos permitió a Sacha y a mi recorrerlo de un extremo a otro e ir al baño, mientras Lourenço daba un paseo en canoa y echaba el palomaso con el pastor ante la congregación sabatina.

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Logramos que el hermano lanchero nos llevara hasta Kalipucang por unos quince dólares. Su panga, a pesar de lo pequeña, era muy cómoda, techada y tapizada de cobijas. Sacha rápidamente cayó dormido y quedamos Lourenço y yo a disfrutar del recorrido por el rio. Al llegar a Majinglak se unen dos ríos, uno que sigue de frente, supongo hacía el mar, otro que gira costa adentro rumbo a Kalipucang. Donde confluyen sucede un fenómeno extraño, pues las aguas se niegan a mezclarse y la frontera entre un rio y otro se distingue tan clara como agua y aceite.

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Tardamos cerca de una hora en llegar a Kalipucang, pueblito parecido a Nativitas si no fuera por la falta de trajineras, donde también se sorprendieron mucho con el arribo de tres güeros. Recuperado el shock vino la curiosidad y varias personas se acercaron a nosotros a tratar de descifrar nuestra procedencia y destino. Nos beneficiamos de su curiosidad recibiendo repetidas y detalladas explicaciones sobre hacia donde debíamos caminar para tomar el autobús que nos llevaría a Pandangaran, la siguiente escala de nuestra odisea. Nos despedimos del capitán y primer oficial de la panga, quienes estaban aprovechando el viaje para saludar a viejos amigos y hacerse de unas provisiones.

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Bajo el sol de medio día emprendimos la caminata hacia la carretera, seguido interrumpida por la pregunta «mau ke mana?» (¿a donde van?); pregunta que de tanto escucharla en lo que iba del día ya entendíamos y más o menos podíamos responder, aunque no dejaba de sorprendernos el interés de todos por saber nuestro destino. En el entronque de la callecita que nos sacó de Nativitas abordamos un pesero que, desafortunadamente, solo contaba con dos asientos libres. Sacha decidió sacrificarse por sus amigos poco atléticos y se mantuvo de pie la mayor parte del camino sinuoso, sin siquiera quitarse de los hombros las dos mochilas que llevaba. Su tez, músculos, barba y lentes de sol mantuvieron muy entretenidos a aquellos pasajeros que no habían caído dormidos ante el calor bestial, mientras yo sufría la falta de espacio que me obligaba a llevar la mochila sobre las piernas. El conductor, fumando un cigarro tras otro, manejaba su camión como si fuera bombero, rebasando cada que alcanzaba un auto o una moto que no estuviera conduciendo a su máxima velocidad, sin importar estar en plena curva, subida, bajada o recta con autos viniendo en sentido contrario. Mis viajes a Vietnam me recordaron que así eran las cosas en estas longitudes y no me preocupé. Sacha le daba la espalda hacía el frente, así que tampoco se angustió; solo a ratos le costaba mantenerse en equilibrio. Lourenço llevaba un par de años viviendo en la India, así que ni lo percibió.

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Pasó más de una hora antes de que llegáramos a Pandangaran, pueblo que yo sabía estaba sobre la costa pero cuya terminal de autobuses resultó estar a un par de kilómetros de ella. Empezamos a caminar en la dirección que nos apuntaron llevaba hacia el mar, seguidos de varios triciclos que ofrecían su servicio de transporte. Al cabo de un kilómetro bajo el sol decidimos hacer la inversión y por un dólar por piocha nos llevaron hasta un hotel que pensaban nos podía agradar, justo frente a la playa.

Aún era temprano y supuestamente no estábamos muy lejos de Batu Karas, así que decidimos rechazar la oferta de alojamiento y simplemente disfrutar de unas cervezas frías bajo una enramada en la playa en lo que recobrábamos fuerzas para seguir con nuestra Odisea. Ahora no recuerdo que llevó al tema, pero pasamos un largo rato discutiendo sobre el conflicto israelo-palestino, sin llegar a nada y solo consiguiendo que Sacha perdiera la paciencia, pues consideraba que Lourenço y yo nos colocábamos del lado palestino sin saber nada de historia ni de la realidad. El, en cambio, había estudiado detenidamente el tema e incluso vivido un tiempo en la zona de conflicto, y esto parecía ser suficiente para hacernos entender que el estaba en lo cierto y nosotros no, aunque a decir verdad nunca conseguí entender de que lado estaba y creo que solo le molestaba que nos atreviéramos a hablar con el limitado conocimiento que él suponía que teníamos del tema.

Dejándolo por la paz, contratamos otros tres triciclos y volvimos a la terminal, donde conseguimos un camión que prometía llevarnos a Batu Karas. El calor seguía muy fuerte y el camión iba hecho la madre, pero aun así tanto Sacha como yo caímos dormidos, mientras Lourenço pasó el camino negociando una tarifa especial por su pasaje, divirtiendo, y a ratos desesperando, al cobrador en su esfuerzo (creo que él acabó pagando un dólar y nosotros un dólar y cachito).

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De repente llegamos a un pueblito llamado Cijulang y, volviendo sobre su promesa, el chófer pidió que nos bajáramos. Tratamos de discutir con él pero nos dejó muy claro que no nos llevaría hasta Batu Karas. No sabíamos si estábamos cerca, lejos o siquiera en la buena dirección, y ya estaba oscureciendo. Solo quedaba un ojeke en la terminal y no habían taxis.

Sin advertirnos, Lourenço se paró en medio de la carretera y detuvo el primer auto que vio, el cual resultó ser una pequeña pickup detrás de cuyo volante iba Ano, un amable javanés que no hablaba ni una palabra de inglés pero que entendió que queríamos un aventón a Batu Karas y pareció estar de acuerdo con llevarnos.

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Yo iba de copiloto mientras mis compañeros gozaban de la brisa y de poder ahorrarse cualquier necesidad de dialogar. Todo indicaba que por fin íbamos a llegar, pero el destino tenía otro plan en mente.

Ano se salió de la carretera, tratando de explicarme algo que claro que no entendí. Yo solo supuse que a penas iniciada nuestra aventura, también terminaba, y que pronto estarían repartiendo nuestros órganos para enviarlos a diferentes partes de China. Eran como las 5pm cuando llegamos a una casa en obra gris, a unos 50 metros de la carretera. Ano nos invitó a seguirlo y fuimos bordeando la casa, pasando frente a un hangar con maquinas industriales de diferentes tipos, a un costado del cual habían montículos de una fibra café que no reconocía. Por fin llegamos a la puerta trasera de la casa y, luego de quitarnos las chanclas y entrar, vimos que no había ni un mueble, solo una estufa eléctrica portátil a un costado de la puerta, una antigua y pequeña televisión al fondo, una pila de ladrillos en una esquina y dos personas. Entretanto, Ano había desaparecido.

Primero se presentó el más grande, un tipo gordo de casi metro ochenta de estatura, treinta y tantos años, que dijo llamarse Angga. Luego otro pequeño, muy joven, flaco y tímido, que murmuró ser Asno -y a quien Lourenço decidió referirse como John Snow. Ambos sonreían de oreja a oreja, seguramente tan sorprendidos como nosotros del giro que había dado su tarde. Asno nos ofreció de cenar o al menos prepararnos un café mientras Angga nos invitaba a sentarnos en el suelo, cerca de la televisión que en ese momento estaba pasando caricaturas. A pesar de lo extraño de la situación y del lugar, de que ya casi era de noche y de que aun no sabíamos qué tan lejos estábamos de Batu Karas, decidimos aceptar el café y sentarnos a tratar de conversar.

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Angga, batallando por expresarse en el inglés que había aprendido escuchando a Bon Jovi, pero sobre todo hablándonos en bahasa indonesia o  sudanés, nos dio a entender que el y sus amigos fabricaban ladrillos de composta a base de fibra de coco y que los iban juntando en esa casa hasta tener los suficientes para llenar un contenedor y enviarlo a China. Los ladrillos, supuestamente, se expandían enormemente al entrar en contacto con el agua, bastando uno solo para mejorar la tierra de una pequeña parcela de jardín. Nos tomamos el café, que no era muy bueno pero ciertamente hecho con cariño, y retomamos el tema de Batu Karas, preguntándole a Angga si sabía donde quedaba, si conocía algún lugar bueno, bonito y barato donde nos podriamos hospedar y si nos podía ayudar a llegar allá. Entonces algo expresó que nos dio a entender que Ano ya le había dicho esto y que tenían la intención de llevarnos en cuanto Ano terminara de arreglarse, pues resultó que solo se había detenido en la casa a cenar y ducharse.

Al cabo de un rato los seis nos subimos a la pickup y, bordeando el Rio Verde, hicimos el último trecho a nuestra playa prometida. La noche impedía ver mucho y no sabíamos qué esperar de esta playa a la que nos había mandado Vasco y que tanto nos había costado alcanzar. En el camino, Angga nos iba contando que estaba casado y tenía un par de hijas que quería mucho. Se sorprendió al enterarse que ninguno de nosotros lo estaba, pues en su caso había sido un acto necesario para poder coger y no se podía imaginar llegar virgen a nuestra edad. Le explicamos que en nuestros países las cosas eran un poco diferentes, comentario que lo llevó a una profunda reflexión que lo mantuvo en silencio hasta que llegamos al fondo del pueblo, a una bahía de escasos veinte metros de ancho, donde un amigo suyo tenía unos cuartos que nos podía ofrecer.

Ahí conocimos a Komping, quien tampoco hablaba inglés, pero que logró expresar que cada cuarto valía 250,000 rupias, casi 20 dólares por noche. Empezó un largo y tortuoso regateo que los llevó a 100,000 por noche, cantidad que aun parecía elevada a Lourenço y que nos llevó a volver con Angga y pedirle que nos ayudara a buscar algo más barato.

Entonces fuimos a la que resultó ser casa de los padres de Ano y Asno. Ahí querían cobrarnos lo mismo, solo que estábamos ahora a un par de kilómetros de la costa. Luego de una corta e incomoda conversación con la familia, Angga ofreció alojarnos gratis en la fábrica de composta. Aunque muy agradecidos con la oferta, le pedimos que nos llevara de regreso donde Komping, pues ahí nos quedaríamos al menos la primera noche. Nos despedimos de Asno y Ano, así como de sus padres, y Angga nos condujo de vuelta.

Frente a nuestro nuevo hogar, nos echamos unas chelas para festejar el arribo, luego otras. Lourenço se adelantó a buscar algo de cenar, encontrándose en el camino una guitarra con la que empezó a ganarse el cariño de los locales. Esa noche conocimos a un adolescente que trabajaba de mesero en uno de los warungs de la playa principal y que curiosamente era súper fanático de la lucha libre mexicana. Nos presumió las numerosas fotos que tenía guardadas en su teléfono, particularmente de Rey Misterio (y entre las cuales a veces aparecían algunas pornográficas de mujeres desnudas pero con burca). Luego de unos deliciosos soto ayam (caldo de pollo) y otras cervezas, decidimos continuar explorando Batu Karas y dirigirnos hacia donde parecía estar tocando una banda en vivo. Aunque muy talentosa, la banda limitaba su repertorio a éxitos de los ochenta y de Bob Marley, washawasheando con mucho corazón las mismas canciones de Brian Adams, Bon Jovi y Rod Stewart que habíamos escuchado a bordo del tren.

Había poca gente en el lugar pero se sentía lleno y acogedor. De pronto se nos acercó un simpático pelón australiano llamado Marty, con el que empezamos a cotorrear mientras nos acercábamos poco a poco a las escasas mujeres que había en el bar.

Cuando repitieron la de No woman no cry y ya todas las mujeres del lugar nos habían dado el avión, decidimos que era buen momento para retomar la exploración del pueblo. Cruzamos el cerro que divide la bahía de Batu Karas de una playa muy larga y alcanzamos a percibir, a gran distancia, música que claramente indicaba una gran fiesta. Con chela en mano, caminamos hasta dar con ella y en la entrada unos indonesios notaron que estamos dudando entrar. En lugar de batearnos, insistieron que no había problema con que nos coláramos y uno de ellos nos llevó de la mano a unas hieleras gigantes donde encontramos unas cervezas mucho más frías que los caldos con los que habíamos llegado. No tardamos mucho en darnos cuenta que habíamos crasheado una boda en la que a todos ya se les habían pasado las copas, pues varios estaban nadando en la alberca totalmente vestidos y a cada rato caía uno más. Nos tomamos la cerveza y decidimos que, antes de que nos tiraran al agua o agrediera un mala copa, convenía volver a nuestra exclusiva bahía y dormir.

Con esta bienvenida a Batu Karas concluyó la Odisea que habíamos emprendido la tarde anterior y que había implicado transporte en taxi, tren, moto, lancha, panga, peseros, triciclos y pickup, pero dado que habíamos llegado de noche, tendríamos que esperar al día siguiente para saber si había o no valido todo el sudor.

Del Odalan y babi guling

Ayer fui invitado al Odalan de la familia de Wayan y Lita, administradores del Surf Camp de Balian. El Odalan es una ceremonia que, en ocasión de la luna llena, reúne a toda la familia para conmemorar la construcción del templo familiar y honrar a sus antepasados.

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Además de interesante, fue un pregusto fabuloso a lo que me espera en México en cuanto a carnitas. Luego de las oraciones y bendiciones, pasamos a comer babi guling como verdaderos marranos. Habían sacrificado un puerco de unos 50 kg y les había quedado sabrosísimo. Al principio comí por hambre, luego repetí por cortesía y varias veces más me serví por su puro sabor, ya sin molestarme por disimular mi amor por el marrano rodeándolo de arroz y verduras. Ni los estudios de la OMS sobre el tocino, ni la presión del estomago contra mis costillas o pulmones, ni la chaqueta mental de que quizás surfearía al día siguiente me detuvieron. Comí y comí y fui feliz.

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Creo que al rato, casualmente, me daré una vuelta a casa de Wayan y Lita a «saludar».

La Odisea a Batu Karas, día 1.

Aprovechando la reciente publicación de un texto de Sacha en el que describe su llegada a Yakarta y los días que pasamos ahí, y aunque a ratos sienta que ya no hace sentido hacerlo, he decidido retomar el hilo de la narración del viaje y publicar algunos escritos que por falta de tiempo o energía no había podido terminar.

Después de cinco muy buenos días en Yakarta decidimos que habíamos visto y vivido más de lo que esperábamos de esta ciudad y que era tiempo de emprender nuestro recorrido por Indonesia. Carla se había ido a una sesión de relajamiento y piñas coladas en Gili Air; Vasco, a surfear a las islas Mentawai y Lourenço, a un retiro de meditación en Bogor, así que solo quedamos Sacha y yo en el Four Seasons Residences y sin compañía ni chocolate ya no era tan divertido. Nuestro tren salía en la noche así que, además de pasar horas en las albercas (tanto en la mañana como en la tarde), aprovechamos del día para hacernos de un smartphone, dispositivo que ni uno ni el otro había tenido antes y que nos habían dicho podría ser práctico para encontrar el camino, buscar hotel o mantenernos comunicables. Arné, quien llevaba ya un par de semanas en Yakarta dando un curso de Ashtanga, nos sugirió buscar en el centro comercial Grand Indonesia, sin advertir que justo enfrente estaba Plaza Indonesia, también un centro comercial pero de otro calibre.

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Lo primero que nos llamó la atención al llegar al Plaza Indonesia fue el Lamborgini Diablo estacionado justo en la entrada; lo segundo, el personal de seguridad bien armado, operando un detector de monedas y llaves por el que todos debían pasar; lo tercero, el diseño espantoso del mall que, aunque de pisos de mármol, lo se asemejaba más a un edificio de departamentos u oficinas, oscuro, con techos bajos y tiendas cuyos nombres y mercancías solo se podían ver al estar justo frente a ellas y; lo cuarto, el lujo inverosímil de las mercancías de cada una de estas tiendas, incluso sobrepasando lo que había visto en Doha. No tardamos en dar la vuelta en U y optar por recorrer el Grand Indonesia.

Este centro, aunque más shopper-friendly que el anterior, tampoco lo era del todo, contando con 4 o 5 pisos y agrupando, sin advertir, las tiendas en función del tipo de mercancías que ofrecen; lo que implicaba que todas las tiendas de teléfonos estaban en un mismo piso, solo había que atinarle a cual. Cuando por fin encontramos una, fue muy difícil saber qué teléfono escoger, pues no teníamos experiencia con este tipo de aparatos y sus fichas técnicas no nos decían nada. Las vendedoras no hablaban bien inglés y nosotros a lo mucho habíamos aprendido a dar las gracias en indonesio. A pesar de las barreras, todos hicimos nuestro mejor esfuerzo y no solo logramos comprar un teléfono bueno, bonito y barato, sino que aprendimos bastante más indonesio en el ínterin y nos dimos cuenta que habíamos llegado a un país de gente extremadamente amable, atenta y agradable. Aunque la bondad de los jugadores de la selección nacional de polo ya nos había marcado, lo considerábamos un caso excepcional derivado de circunstancias excepcionales (éramos amigos de su entrenador). Esas horas pasadas en la tienda aprendiendo a usar nuestro nuevo teléfono detonaron nuestro proceso de enamoramiento con Indonesia.

Tomamos unos ojeke (moto-taxis) de vuelta al Four Seasons, dispuestos a disfrutar de la alberca unas horas más antes de partir a la estación de trenes Gambir. Lourenço, quien se suponía no tenía acceso a internet ni telefonía, nos había enviado un mensaje preguntando si seguíamos en Yakarta, pues por un malentendido lo habían expulsado de su retiro y venia en camino con la esperanza de encontrarnos y tener un lugar agradable donde dormir. Le informamos de nuestros planes y al cabo de unas horas llegó, extasiado de habernos alcanzado, y decidido a unirse al plan que con cierta temeridad yo había cocinado en estos días de encierro.

Antes de partir, Vasco nos había aconsejado viajar a Batu Karas, una playa poco conocida en la costa sur de Java, donde encontraríamos una ola muy amigable para aprender a surfear. Con la ayuda de una guía de 2004 decidí que la manera más divertida -aunque más complicada- de llegar era combinando tren, barco y autobús, en lugar del vuelo directo o la combinación tren-bus. No me importó, aunque si consideré preferible ocultarlo, que una guía de 2009 que me encontré en la sala del departamento mientras esperábamos el retorno de Lourenço sugería evitar esa opción dado que ya no corrían los ferris entre el puerto de Cilacap y el pueblito ribereño de Kalipucang, que era donde se suponía habríamos de tomar el primero de varios autobuses para llegar a Batu Karas.

El conserje del edificio muy amablemente nos consiguió un taxi a Gambir y, curiosamente, no hubo tráfico y llegamos bastante antes de lo previsto, lo que nos permitió dar un paseo por el Monumento Nacional, que esa tarde estaba lleno de gente chapultepequeando, volando papalotes y paseando en bicis y motos pimpiedas al puro estilo coapeño. En el jardín que rodea la antorcha gigantesca construida por Soekarno nos sentamos a ver la gente pasar en lo que Lourenço nos compartía los detalles de su experiencia en el retiro de meditación hasta el momento en que el gurú, a pesar de las suplicas e inclusive lagrimas de su discípulo, confirmó su decisión de echarlo a la calle.

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Volvimos a la estación y, sin estar 100% seguros de estar abordando el tren y vagones correctos, nos separamos, dejando que Lourenço se fuera a ocupar un lugar en la categoría Executif y Sacha y yo a Bisnis.

Hacia mucho que no viajaba en tren y me emocionaba mucho la idea de tener la oportunidad de hacerlo. Un viaje que hice de Kiev a Beijing, pasando por Odesa y Vladivostok, me había hecho creer que podía aguantar cualquier cantidad de horas a bordo de un tren, pues había recorrido aproximadamente 15,000km (la mitad de los cuales no fueron planeados); pasado a bordo más de 350 horas e ido de aguilita al baño alrededor de 60 veces. Estaba convencido que seria el mejor medio para moverse largas distancias en Indonesia.

La categoría Bisnis que tomamos a Cilacap era similar a la sidyachi rusa y consistía de puras hileras de asientos donde acomodaban a dos personas. Una peculiaridad de los asientos era que eran reversibles, es decir que el respaldo se podía acomodar de tal suerte que siempre estuvieras orientado hacia la locomotora o, si viajabas en familia o con amigos, acomodar dos respaldos a manera de poder sentarse frente a frente. El vagón, a diferencia de la mayoría de los trenes rusos que experimenté, ofrecía aire acondicionado, aunque este podía resultar o muy frío o perfecto o ineficaz en función de donde estuvieras sentado. Los provodnitsi  (ferromozos) recorrían con frecuencia los pasillos, ofreciendo nasi putih (arroz blanco) con tempe o pollo, almohadas en renta, y todo el camino estaba ambientado por música de los ochentas y noventas, destacando la repetición de canciones de Rod Stewart, Brian Adams y Bon Jovi. La noche pasó rápido, logramos dormir un poco y, al igual que los trenes sovietilandeses, este tren llegó perfectamente puntual a su destino, a las prometidas 5.15am.