Del monzón y Phuyin Ti Sungsung

La sensación es similar a la que produce dejar una tesis inconclusa o un diploma extranjero sin revalidar, ya convencido que no pasa nada… No es tan perturbadora como lo que resiente alguien que aplaza una conversación desagradable e inevitable, o rehuye de la visita al dentista o el examen médico pendientes, solo lo suficiente tangible y molesta para saludar, aunque de lejos, hasta en tus momentos de mayor dicha.

En mi caso, es la sensación que produce tener que dejar otra crónica (la de la varadura, entre otras) inclusa. Aunque no es verdad que me perturbe en momentos como los de la fotografía, si lo hace cuando estoy de huevón viendo Game of Thrones o alguna otra serie. Así que antes de emprender un nuevo viaje (zarpo mañana por cuatro días al rededor de la Bahía de Phang Nga), quiero hablarles de la llegada del monzón y de Phuyin Ti Sungsung al Sureste Asiático.

Las dos semanas que precedieron la llegada de Phuyin Ti Sungsung a Phuket fueron de cielo azul, mar de espejo y temperaturas infernales. Las reservas de agua de la isla terminaban de secarse y los baños en la escuela de vela y restaurantes comenzaban a apestar. Las dos semanas de calma anticiparon este día y los que vendrían. La masa continental muy al norte de Phuket había concluido su transformación primaveral y ahora absorbía la radiación solar con la misma eficacia que el mar a mi rededor. El viento había muerto, la presión atmosférica sobre Asia y sobre el mar Indio se había equilibrado. Sabíamos que la calma no podía durar y que pronto la costa de mi isla se convertiría en un frente de batalla entre masas de aire frío y caliente, armadas de vientos fuertes, lluvias torrenciales, marejadas e inundaciones. Con la avanzada del frente hacia el norte, los vientos que hasta ahora habían soplado de China soplarían ahora del mar hasta las estepas mongoles.

Ese giro radical ocurrió el 22 de mayo. Aprovechando mi día libre, desperté como a las 0900, unas dos horas más tarde de lo normal. Era domingo y por primera vez el cielo amanecía cubierto de nubes, cada una representando un tono distinto de gris. A las nueve y cuarto estaba bañado, vestido en shorts y guayabera de manga larga, esperando que hirviera el agua de mi café. Tomaría mi café mientras terminara de llover -esa lluvia por tanto tiempo ansiada. Como buena lluvia tropical, a los veinte minutos comenzó a disiparse y desde mi balcón alcanzaba a ver que el sur de la isla mostraba esperanza de un día despejado. Asumí que Phuyin saldría a los quince minutos de aterrizar y que yo tardaría unos cuarenta y cinco minutos en recorrer los 35km de camino a bordo de mi pequeña moto gris de características casi idénticas a Juanita Chantik. Nunca imaginé que más temprano que tarde alcanzaría la tormenta.

A los cinco kilómetros de casa empezó a gotear, a los ocho me detuve para esconder mi teléfono en la guantera y a los diez, viendo el cielo azul cada vez más distante en mi retrovisor, ya estaba empapado de pies a cabeza, contando la distancia que aún me separaba del aeropuerto. Al cabo de media hora más bajo la lluvia llegué y justo cuando estaba estacionándome vi a Phuyin salir del aeropuerto, encendiendo un cigarro.

Ella lo describiría así:

Phuket me recibió el 22 de mayo con un calor y una humedad bastante chingonas y con un Andrei Rostislavovich empapado esperándome afuera del aeropuerto.

Me divirtió darle la bienvenida a Phuket con un abrazo empapado. Ella fumaba su cigarro mientras yo le contaba de la lluvia, de la canícula y de como pronto se despejaría y sería un día hermoso. Cuando terminó, sacó de su bolsa una chamarra de marinero super profesional que le había encargado, se puso un ligero rompevientos y mi casco, yo me quité la guayabera y estrené mi chamarra. Durante todo el regreso llovió y, aunque calientito, sufrí las gotas de lluvia  en la cara, manejando con ojos de chino, filtrando con mis pestañas tanto el agua del cielo como el lodo que despegaban del pavimento las llantas de los coches y camiones.

Pasamos el resto del domingo echando chelas en mi balcón, al abrigo de la batalla que había comenzado sobre Phuket.

Después de beber 500 cervezas cada uno y que Andrei me mostrará el mercado de los fines de semana -donde se come cabrón- nos fuimos a jetear.

Dos días después invité a Phuyin a navegar. Junto con otro instructor, Rata, iba a dar una clase de vela a dos clientes y un nuevo pasante de la escuela. Phuyin podría observar y disfrutar del paseo. El cielo estaba oscuro pero no lo suficiente como para disuadirnos. Aún no había dejado de llover y como todavía no estábamos acostumbrados a ver el cielo caer, teníamos la esperanza que en cualquier momento mejoraran las condiciones.

El 24 de mayo lo acompañe a su lugar de trabajo y escuela de veleo. El día no lucía de lo mejor, estaba nublado, pero nada más.

Nos subimos a velear 6 personas, 2 con cocimientos suficientes para llevarnos a buen puerto, 3 aprendices y  yo :/

Como se veía que iba a estar bailador el asunto, estuve pensando si tomarme o no la pastillita para el mareo, sin imaginarme que eso al final, iba a ser mi última preocupación.

Empezamos por pedir que cada quien tomara un salvavidas, lo ajustara a su talla y lo acomodara en un lugar que recordarían en caso de tener que usarlo, luego repasamos las acciones a tomar en caso de tormenta y hombre al agua, repartimos papeles y responsabilidades y zarpamos; cinco pasajeros [zarpamos] ese día, a dar un paseo de tres horas, a dar un paseo de tres horas. Pero se vino un temporal y [aunque no] naufrago, de no ser por su tripulación, [Piccolo] se habría perdido.

Pues bien, zarpamos -no me pregunten rumbo a dónde, no lo se- de repente Andrei, de una manera muy tranquila me dijo: «¿Ya sentiste cómo bajo el viento por completo? Eso significa que viene una tormenta, no quiero voltear, pero seguro traemos una nube negra gigante detrás».

En efecto, ahí estaba.

A una hora de salir nos pegó la primera tormenta. Como instructores responsables, la habíamos visto acercarse progresivamente y estábamos listos para recibirla, habiendo elegido un rumbo seguro por si la visibilidad disminuía drásticamente, bajado la vela mayor y vestido a todos con salvavidas. De estar veleando con 17-19 nudos de viento, el sensor ahora indicaba 24 nudos con ráfagas que alcanzaban hasta los 29 nudos.

Comenzó a llover, todos listos, enchamarrados. La «tormenta» duró muy poco. Yo pensaba «Mmmm… ok, estuvo leve lo puedo tolerar».

La tormenta duró aproximadamente quince minutos y nos dio una buena probadita de lo que puede pasar cuando el cielo se traga la tierra.

No sabía lo que estaba diciendo.

Veleamos por otros veinte minutos y nos pegó una segunda tormenta. Esta más de lluvia que de viento. Todos, menos un servidor y amigo, gracias a su chamarra super profesional, estaban empapados. Para cuando terminó de pasar, el viento se había reducido a unos cinco o seis nudos, así que después de andar al pairo por otros quince minutos decidimos levar la mayor, con dos rizos por si volvía a arreciar el viento. Estábamos entre Ko Aeo y el faro de Cabo Panwa, a unos dos kilómetros de la escuela, cuando decidimos volver para secarnos, comer e irnos a descansar. Cuando aún faltaban unos seiscientos metros para llegar a nuestra bolla y quedaban unos minutos antes de bajar y empacar las velas, decidí pasar al baño.

Después de un rato y de que izaran una segunda vela, se vino la tormenta choncha. La de a de veras.

Mientras orinaba, empecé a escuchar como si estuvieran apedreando a Piccolo y a sentir que incrementaba nuestra velocidad.

Enorme. Empezó a llover con una furia tal que te dolía la cara. No podías siquiera voltear a ver. Impresionante. Muchísima lluvia y muchísimo viento. Esto SÍ era la tormenta.

Al salir, me encontré a uno de nuestros alumnos analizando el sistema de navegación para sugerir el rumbo. Volví a la cubierta para recibir las pedradas directamente en la cara, descubrir que habíamos bajado el foque pero la mayor seguía izada, que no podíamos ver más allá de 25 metros, que íbamos a 8 nudos con treinta nudos de viento en popa y que otro alumno, no el más ducho, llevaba el timón.

En el ínter, varios se resbalaban al intentar hacer algún movimiento, incluso yo que por la mayoría del tiempo estuve pensando solamente en que mi única labor a bordo sería no caerme del velero.

Estaba acomodándome cuando la botavara pasó volando sobre mi cabeza. Rata tomó el timón y poco después apareció el faro de Cabo Panwa, a unos cincuenta metros. Íbamos hacia las piedras, otros barcos y un muelle. En ese momento salió el otro alumno a sugerir que viráramos noventa grados a estribor. Usando toda su fuerza, el capitán Rata logró virar esos noventa grados, lo suficiente para librar el faro por babor y sacarnos de la bahía, aplazando el problema del fondeadero plagado de tanqueros, graneleros, dragas y buques de guerra, redes y boyas de pesca, olas de cuatro metros y vientos de fuerza 7 en la escala de Beaufort.

No supe tampoco si íbamos hacia algún lado o si estábamos navegando en círculos.

Rata me pidió que fuera al mástil a tratar de bajar la vela mayor, pues ya estábamos yendo a nueve nudos y el viento soplaba a 40. A mis esfuerzos se sumaron los de Cenizo, el nuevo pasante que además de marinero amateur es ex marine. A penas logramos aliviar un poco la tensión sobre la driza mayor, quizás bajar la vela unos veinte centímetros.

Andrei y su colega intentaron bajar le vale trasera en estas condiciones. Imposible.

Si bien yo estaba disfrutando la tormenta, me dio pavor ver a estos dos intentando hacer esta maniobra en medio de un viento que -literal- los podía mandar a volar muy lejos; esto sin contar con el miedo de que la botavara se moviera y también salieran volando.

Buscando reducir aun más la capacidad de la vela para aprovechar el viento, Rata soltó el cabo de rizo. La vela iba ahora completamente pegada a las crucetas y obenques del mástil, parecida a un periódico que el viento prende contra una reja. Aún así íbamos a ocho nudos. No quedaba más que aguardar a que se calmaran las cosas.

Atado con un arnés, permanecí cerca del mástil a hacerla de vigía. La visibilidad seguía reducida y sabíamos que varios buques de guerra estaban anclados a nuestro rededor.

Después me di cuenta de que, en efecto, íbamos avanzando,porque de pronto apareció una isla; luego un barco de guerra, luego otro… damn!

Me reía por dentro, disfrutando por un lado la emoción y adrenalina provocados por la tormenta, consciente del relativo control que teníamos sobre nuestra embarcación, entretenido con la idea de que era el primer paseo de Phuyin en Tailandia y feliz de estar equipado con una chamarra de calidad. También me reía del soldado que tenia a pocos metros de mi, abrazando con toda su fuerza el mástil. Las olas habían pasado a ser de cuatro metros, la visibilidad ahora de 80 a 100 metros, vientos entre 30 y 36 nudos y todos, menos yo, estaban empapados. Noté que el Cenizo no llevaba arnés, así que le pasé el mio y fui en busca de otro. En el camino me topé con unos ojos enormes de nuestro capitán, una sonrisa tensa de Phuyin y la ecuanimidad de nuestro alumno, el no tan ducho. Luego de sorprender al capitán informándole que iba al baño, pasé a ver al otro alumno, que llevaba más de media hora encerrado, vigilando que no hubiera ningún peligro en nuestro rumbo. Con mayor dificultad que la primera vez, fui al baño, me lavé las manos, busqué el arnés y volví a mi lugar al frente del barco. La visibilidad había mejorado sustancialmente, pero aún tuvimos que navegar la tormenta por una hora antes de lograr virar contra el viento para bajar la mayor. Soplaba  a 28 nudos cuando por fin lo logramos, encendimos el motor y emprendimos el largo meneo a casa, navegando ahora contra las olas y el viento a escasos 4 nudos.

Finalmente decidieron ponerse contra el viento para lograr bajar la vela. Lo lograron! Gritaron de emoción y yo aplaudí -cual Tai aterrizando en el avión-.

Estuvimos dentro de la tormenta al menos una hora.

No voy a mentir, llegó un momento donde me pregunté: ¿Cuándo se va a acabar esto?

Fue espeluznante, emocionante, de miedo y de respeto.

Esta fue la segunda vez que me trepo a un velero, me dejó una sensación adrenalinosa indescriptible.

Fue mi primer tormenta y la viví con una sonrisa.

No omito mencionar que Andrei, durante todo el trayecto tenía una cara de felicidad como de esas que tienen los niños cuando están jugando en la arena. Esto, sin duda, aliviana el momento.

Hoy puedo decir que sin problemas me volvería a echar otra :). Venga!

Cuatro días después, nos volvió a agarrar una tormenta. Para mi decepción, la recibimos tan bien preparados que incluso estábamos anclados y lo único que consiguió fue mojar a los demás.

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La batalla meteorológica se mantuvo sobre la costa de Phuket durante diez días. Diez días de no ver azul, de usar chamarra de marinero super profesional, de no poder bucear con la recien acreditada Phuyin, de tener a los alumnos de vela encerrados en el salón viendo películas (como cuando los IMECAS se disparaban en el DF), de manejar y velear bajo la lluvia. Por más divina, Phuyin había traído el clima de Dinamarca a Tailandia y la por tanto tiempo ansiada lluvia comenzaba a desesperarme. Pero el frente se disipó y tomó su lugar una tolerable alternancia cotidiana entre un cielo azul o ligeramente nublado y uno o dos aguaceros, con la frecuente tormenta.

Antes de que Phuyin Ti Sungsung emprendiera su camino por el Sureste Asiático, volvimos a salir, ahora por un viaje de dos días al mero norte de la isla, acompañados de un gran amigo que llegó al barco directo de su oficina en Beijing. Pasamos la noche abordo de Piccolo y por la mañana, antes de entrar al canal que divide a Phuket del continente, navegamos hasta la entrada del parque nacional de Phang Nga.

Ahora tendré la oportunidad de conocerlo a detalle. Piccolo, el barquito que ya conocen, incluyendo capitán/instructor de vela, fue contratado por unos ruquitos franceses para un paseo/curso de vela de cuatro días por la Bahía de Phang Nga y yo me saqué la que espero no sea la rifa del tigre.

De las suertes de Phuket

En Phuket tuve mi primer acercamiento a un templo budista. Fui al Wat Chalong, el templo más grande la isla.

Ahí aprendí que si bien los tais son budistas, también son supersticiosos y creen mucho en la suerte.

Me enseñaron que un vaso lleno de palillos largos de plástico, cada uno enumerado, colocado frente a unas estatuas de monjes recubiertos de hojas de oro, determina tu suerte. Ahí te hincas, agarras el vaso y empiezas a moverlo hacia arriba y hacia abajo (es un escándalo) hasta que salga solo uno de los palillos.

Lo intenté y lo agité con devoción pero se salían todos los palillos. Parecía que no entendía el juego. Finalmente salió uno, el nueve. Ya que tienes tu numero pasas a un estante a intercambiar el palillo por una hoja que contiene tu suerte. La recogí. ¡Sorpresa!  Todo en tailandés y chino. Imposible saber qué me deparaba el destino.

Días después fui a ver al Gran Buda, una escultura gigante y blanca en lo alto de la montaña. Pensé que tal vez ahí podía encontrar de nuevo el estante, agarrar mi 9 y, con suerte, ver si venia en inglés. Pero no; ni estante, ni hojas.

Lo que si me encontré fue a un monje que bendecía a la gente. Me formé; me arrodillé; me dijo cosas en su idioma y me puso una pulsera colorida en el brazo izquierdo.

No tengo idea de qué me dijo, ni de por qué o para qué la pulsera, pero seguro tendrá algo que ver con la suerte.

Después de estar 20 días en Phuket y pasarla genial, llegue a Bangkok y en mi primer recorrido fui a la Golden Mountain. Otra gran sorpresa! Ahí estaba mi 9, en tai y en inglés!

Por fin sé lo que el Buda me tenía que decir. Dejo aquí el texto íntegro:

«It’s so clear that a fish will turn back to be a dragon like it used to be. Heading toward south and west like a ship sailing on the wind for good fortune and prosperity. Behave properly to the time and place like dragons and snakes cast their skin seasonally. Save your savings the same way as reserving water for dry season then you will be wealthy. You will meet the missing person you are looking for. Currently, it’s not the time for you and your lover to get married. If you are ill, the condition is likely to be serious. One who casts this number will have good fortune and make one’s wish come true. However, be diligent in your profession and things will be good for you.»

Gracias Buda.

 

Phuyin Ti Sungsung

Desde enero de 2015 supe que no podía seguir en ese trabajo. Un ambiente laboral deleznable, una jefa que pide demasiado pero jamás reconoce tu esfuerzo, compañeras que sólo hablan mal de ti; son algunas de las cosas que te hacen saber que ese no es tu lugar.

Después, en septiembre, Sacha Mandinga falleció; dejando con su ausencia miles de pensamientos y preguntas sobre lo que una está haciendo: Sigo trabajando en el Senado ¿para qué?; No me pagan lo que deberían ¿por qué sigo aquí? No valoran mi trabajo… ¿cuándo vas a renunciar? ¿cuánto más aguantarás? ¿aguantar???.

Finalmente ese día llegó un año después. El 11 de marzo de 2016 tuve de nueva cuenta una pelea con la que solía ser mi jefa. La tercera en nuestro haber. Un simple «esa comisión lleva mucho tiempo abandonada», significando «llevas años aquí sin trabajar», hicieron que el cuerpo me explotara y que la dejara hablando sola.

Ya basta.

Me informaron que el 15 de marzo era mi último día de trabajo y -obvio- no me lo informó ella, sino su yerno misógino -a la vez secretario particular porque #nepotismo- fue quien me dio la gran noticia. No pude haber estado más contenta.

He de decir que ya tiene tiempo que le perdí el miedo a no tener chamba. La gente te mete en la cabeza que no importa nada -que te traten mal, que te paguen mal, nada- lo importante es tener trabajo. ¡Patrañas!

Y así, ese día sólo me pregunté a dónde iría. Porque desde el año anterior sabía que necesitaba irme, alejarme de esta gente horrible que, aunque tu tengas las mejores intenciones para con la gente, a ellos no les importa; y con esa facilidad, poco a poco, van matando tus sueños.

Me niego a que maten mis sueños

Por eso viajo; para tratar de encontrar de nuevo mi equilibrio; mis ganas. Para tomar perspectiva y, como se dice constantemente, «ver el bosque».

No tengo ni idea de qué voy a hacer, ni cómo lo voy a hacer. Sólo se una cosa, como dicen en la peli de Noviembre: Yo quiero cambiar este puto mundo. Ahora tengo que ver cómo lo haré, con quién … ¿cómo? ¿por dónde?.

Espero que viajar me abra la mente, me de claridad. Por eso decidí irme lejos, donde no entiendo, donde todo es nuevo, donde también me desentiendo.

El Sureste Asiático será -y ya lo es gracias a Andrei Rostislavovich– mi hogar en estos meses; y entonces ya veremos lo que depara el destino.

A vivir, que la vida es una.

 

Crónica de una Varadura anunciada. Segunda parte.

«My father, who was very ancient, had given me a competent share of learning, as far as house education and a country free school generally goes, and designed me for the law; but I would be satisfied with nothing but going to sea; and my inclination to this led me so strongly against the will, nay, the commands, of my father, and against all entreaties and persuasions of my mother and other friends that there seemed to be something fatal in that propension of nature tending directly to the life of misery which was to befall me.»

– Robinson Crusoe

Eran como las 0400 cuando un estruendo, seguido de un madrazo, me despertó. Dos horas antes me habían relevado en el timón y quise aprovechar el descanso para tratar de dormir. Cumpliendo con los protocolos de navegación nocturna, me había puesto un chaleco salvavidas e informado al Capitán -y al ahora timonel- que pretendía acostarme en la proa. Acostado sobre un cojín en el pasillo de la amura de estribor, entre una escotilla y el barandal, podía admirar un cielo sin luna, millones de estrellas y la gigantesca vela spinnaker que habiamos izado poco antes del atardecer. Nunca había conseguido que Piccolo fuera a más de siete u ocho nudos y ahora, a pesar del dingui maldito arrastrado de la popa, habíamos estado cortando el Mar de Andamán a una velocidad promedio de nueve nudos. Era como si el mismísimo Gran Buddah de Phuket se hubiera apiadado de nosotros, soplando a todo pulmón para que recuperáramos el tiempo perdido entre la ida al supermercado, el brunch, los trámites burocráticos y la descompostura del dingui. Íbamos, como dicen por ahí, viento en popa.

Una ligera sonrisa relajaba los músculos de la cara que el sol y el esfuerzo de volar la spinnaker habían acalambrado durante la tarde y la noche. No tardé en quedarme dormido y comencé a soñar que compartía una enorme carabela con Odiseo, Robinson Crusoe, el Capitán Ahab, Luis Alejandro Velasco y Piscine Molitor. El griego y el gringo, cargados de soberbia, necedad y mal humor, se disputaban el mando del navío, mientras el inglés y el indio, claramente arrepentidos de haberse embarcado y llenos de nostalgia, intercambiaban recetas de supervivencia. El colombiano y yo, entretanto, sin expresar palabra alguna, mirábamos fijamente hacia el horizonte, como hipnotizados ante los cambios graduales en los colores del cielo, la textura del mar y la temperatura del viento. Luis se veía sereno y hasta contento, a pesar de estar nuevamente en ese elemento que tanto le había hecho sufrir; ejemplo, supuse, de lo que puede el hombre con tal de alejarse de la podredumbre de sus gobernantes. Navegábamos por los seis océanos, siguiendo a una ballena al otro lado del cabo de Buena Esperanza, y del cabo de Hornos y del Maelstron noruego; yendo a lugares de otra forma inaccesibles y cumpliendo el sueño de ver aquellas islas sobre las que escribí mi tesis de maestría, las cuales, tristemente, en un par de décadas habrán quedado sepultadas o inhabitables debido a la subida del nivel del mar (como las que aquí menciona The Guardian). Aprendía a pescar, cazar, domesticar, plantar, cosechar, desalar, fermentar y ser paciente. Me veía alejado para siempre de las corbatas, sogas que por muy invertidas que estén, acaban por colgar a un hombre si se descuida; ajeno a los últimos escándalos de corrupción, abuso de poder e impunidad mexicanos (resumidos ahora bastante bien por El Financiero); sumergido en un mundo que no pertenece a los hombres, volando sobre arrecifes que pescadores aún no han dinamitado o turistas, pisoteado torpemente con sus aletas; leyendo, escribiendo, soñando, viviendo -y produciendo vídeos piñatones sobre la experiencia, para que extraños apoquinen nuestros gastos de viaje. Como todo buen sueño, el mío terminó de súbito, aunque quizás para bien, considerando lo desventurada que era esta tripulación.

Escuché una fuerte explosión, como si, a unos ocho o diez metros arriba de mi cabeza, un Cíclope hubiera reventado una bolsa de mareo proporcional a su tamaño. Abrí los ojos y vi como se desplomaba la tremenda spinnaker. Medio dormido y atarantado, traté de hacerme a un lado para no quedar atrapado debajo de ella, pero fallé en observar que la escotilla a mi derecha estaba abierta. Al posar mi brazo sobre lo que suponía era su tapa, todo mi peso se fue hacia el interior del barco y solo se detuvo al estrellar mi cara contra el marco de la ventana. La vela me cayó encima, prolongando mi confusión. Por unos minutos permanecí sentado con las piernas cruzadas, viendo estrellitas volar en torno a mi cabeza y, aunque borroso, a mis compañeros jalando la vela para empacarla. Sintiéndome aún en el contexto del sueño, rodeado de hombres invencibles, fingí que estaba bien y fui hacia la popa a preguntar qué había sucedido.

El timonel me explicó que el viento había muerto y la reducida tensión en la spinnaker, el ligero vaivén de las olas y la ocasional ráfaga habían hecho que la vela aleteara con fuerza, provocando los tamborazos que me habían despertado. Pregunté por qué no me habían pedido ayuda para arriar la vela, o al menos advertido que me venía encima, a lo que, con aire sorprendido, el Capitán respondió que me hacia en una de las camas bajo cubierta.

Izamos el foque, el primer oficial tomó mi lugar en la proa, el Capitán, el timón y yo me quedé a su lado para asegurar que se mantuviera despierto. Luego de verlo cabecear un par de veces y notar que difícilmente mantenía el rumbo, lo relevé y sugerí que durmiera un rato, pues el güero estaba por hacer su aparición e iba a ser difícil dormir con el calor que traería. Aceptó la propuesta y se acostó a disfrutar del cielo estrellado, a veces apuntando a alguna estrella o constelación, luego convencido de que había distinguido, entre tantos puntitos, un satélite, del cual, según el, se alcanzaban a apreciar sus paneles solares. Finalmente, cayó dormido. El mar se había aplanado por completo, a penas se sentía una ligera brisa y nuestra velocidad había bajado a dos nudos, eliminándose por completo el sonido del barco -y del dingui- a través del agua. Sólo el ocasional ronquido del Capitán irrumpía en la noche negra.

Por fin a solas, tomé unos hielos de la nevera y busqué anestesiar mi cara. Aunque no estaba sangrando, sentía un terrible dolor en la frente y en la parte alta de la nariz. Me preocupaba haberme fracturado nuevamente la nariz, pues en los últimos años un codo, una culata y el martillo de un cirujano amateur me habían llevado a sufrir varias operaciones y dejado traumatizado. Me propuse pasar el tiempo distinguiendo los tipos de barco que tenía a mi rededor, buscando cuales eran de pesca, cargueros, yates de vela o motor, percibiendo a veces unos focos rojos, otros blancos, y en ocasiones los inconfundibles focos verdes de los pulperos, potentes como los del letrero del MGM en Las Vegas. Una a una, las estrellas se iban apagando y, a pesar del daño sufrido, me sentía feliz, tranquilo en la inmensidad de la noche y listo para recibir la aurora de rosáceos dedos.

Detrás de la decena de islas que tenía a babor iban naciendo aquellos dedos que tanto gustaban a Homero y, con ellos, comenzó a sentirse calor en el Andamán. El Capitán, dormido aún, se iba volviendo más y más seboso y el primer oficial, acostado sobre el cojín que yo había dejado en la amura de estribor, empezaba a inquietarse. No tardarían en despertar y, muy probablemente, en sugerir encender el maldito dingui, pues casi no habíamos avanzado en la última hora, el mar parecía de aceite y aún estábamos a cincuenta millas náuticas de Langkawi.

Sicilia, cuota al Karma Police

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El tercer destino de mi viaje fue Italia, específicamente Roma y la costa este de Sicilia. La decisión de viajar a este país no fue la atracción de su belleza y riqueza cultural, sino, como a muchos de nosotros nos ha sucedido, debido a una chica, y a pesar de haber disfrutado mucho de sus paisajes, comida y gente, a Italia fui a pagar un poco más de la deuda acumulada al Karma Police en cuanto al tema de amor y romance.

El siguiente texto habla poco del lugar y dedica más espacio a reflexiones sobre relaciones de pareja y su inseparable hermana, la decepción.

Roma, mi primera parada en Italia, me resultó una ciudad como muchas otras grandes metrópolis del turismo de Europa, con mucha gente, cámaras, vendedores ambulantes y sin ninguna particularidad que valga la pena mencionar, excepto por el mal gusto que los romanos han adquirido en cuanto a cortes de pelo y peinados, especialmente los hombres; no lo voy a negar, pero quedé bastante impresionado al notar que una gran proporción de jóvenes y adolescentes romanos imitan cortes de pelo y peinados estilo Vanilla Ice, Fresh Prince of Bel Air o MC Hammer (aunque bien puedo estar equivocado y sólo replican el peinado Ballotelli). Tantos kilómetros de vuelo y yo de regreso en Coapa…

Otra particularidad de esta ciudad, que desgraciadamente se reprodujo en prácticamente la totalidad de la ciudades italianas visitadas, fue la gran cantidad de basura acumulada en las calles y la poca sensibilidad de sus habitantes por mantener éstas limpias.

No obstante, el romano, aunque con el característico mal humor y estrés que condiciona a los habitantes de las grandes urbes, siempre se portó atento, tolerante y pronto a brindar su ayuda cuando así fue solicitada.

Fue en esta ciudad donde mis problemas de desamor comenzaron. Conocí a la italiana en México un año atrás, en una ocasión en que fue a visitar a la linda Vero, antigua amiga suya y una de mis compañeras de piso. Por respeto a ella no mencionaré su nombre, pero para dar una pequeña pista, solo diré que éste comienza con la letra «S» de Silvia y termina con «ilvia» de Silvia. Durante su corta estancia desarrollamos una bonita y rápida relación íntima; pasamos una gran semana y al final de su viaje decidimos mantener la relación a distancia con el fin de reencontrarnos en un futuro. Skype fue capaz de mantener la comunicación y el cariño durante un año entero; tal vez durante ese año yo debí darme cuenta que la relación se basaba más en recibir por su parte y dar por la mía, ya que era yo quien tenía que encontrar el tiempo para que nuestros horarios coincidieran, debido a que ella vivía en Camboya y la diferencia horaria es de doce horas, así como enseñarle a hablar español, el cual terminó aprendiendo a un nivel nada despreciable. En fin, cuando renuncié al trabajo y supe de mi viaje a Europa no dudé en organizarme para verla.

Cuando entré a la adolescencia comencé a notar que mi tipo no era del todo despreciable y nunca me detuve antes de aprovechar de dicha situación. Sé que hice pasar malos tragos a muchas chicas que no lo merecían; solo tuvieron la mala fortuna de cruzarse en mi camino durante una desenfrenada pubertad. Posteriormente se me pagó con la misma moneda en diversas ocasiones, hasta que pensé que mi deuda con el karma police había quedado saldada, sobre todo luego de aquel terrible noviazgo que terminó en martirio durante mis años universitarios. Empero, Italia surgió como lugar ideal para apoquinar un poco más a la deuda.

Primera noche, primera señal. Entrando en la negatividad de los estereotipos, la insatisfacción de la mujer es un poco más complicada de notar que la de los hombre, sin embargo, si uno pone atención no es difícil identificar las señales. Después de un año de palabras de cariño y supuestos deseos de reencuentro, desde el primer abrazo faltó cierta chispa y sazón, algo; no le di demasiada importancia, que más daba, yo iniciaba un gran viaje alrededor del mundo y poseía demasiadas expectativas para molestarme con tales pequeñeces. Las señales se intensificarían en poco tiempo. La insatisfacción, la impaciencia y otras reacciones negativas de su comportamiento me indicaban a cada momento que algo sucedía y mi primera teoría se desarrollaba en el área de los terceros; muy probablemente conoció a alguien más con quien ya no estaba, o bien le faltaron huevos para decidirse al momento de mi reencuentro y en ese momento sufría los estragos de su indecisión y falta de valor. Poco importa ya.

Los problemas entre la princesa italiana y yo comenzaban a aumentar conforme las horas y los días pasaban, sin embargo, debido a mi recién adquirido estatus de viajero, sin complicaciones en la vida más allá de la aventura de mañana, me resbalaban de manera fenomenal. Aun con mi actitud desenfadada amainaban las discusiones y sus grandes esfuerzos por crear tensiones, que eran el pan de cada día y fue en Roma que me di cuenta que tan solo era un viaje de despedida. Mi motivación para aprender la lengua italiana estaba a tope, así que me di a la tarea de esforzarme por absorber lo más posible en los doce días que tendría con maestra privada. Al tercer día, después de preguntar alguna palabra que no lograba retener, la mujer explotó, soltándome una alegata sobre cómo era posible que no recordara la palabra. Un año de pacientes clases de español para que al primer error sacara lo peor de si. No volví a preguntarle nada durante el resto del viaje.

Después de cuatro días en Roma tomamos un avión hacia Sicilia; mi viaje por un gran número de islas alrededor del mundo iba a comenzar.

Llegamos a Catania el primero de mayo alrededor a las 11 de la noche, donde teníamos planeado rentar un coche, el cual ella había apartado. No pudimos rentar el coche. Al parecer la niña no tenía muy claro la diferencia entre lo que es una tarjeta de crédito y una de débito, aun cuando varios días antes yo le había preguntado si sí la comprendía, ya que, por lo general, las agencias de renta de automóviles no admiten tarjetas de débito como medio para efectuar el pago, y dado que yo no portaba la mía podíamos correr el riesgo de vernos imposibilitados de realizar la transacción. La historia no terminaba ahí. La compañía Hertz no sólo no permitía la salida del vehículo, sino además hacía la totalidad del cobro del servicio que no realizaba, que en nuestro caso sería de diez días, es decir, unos ciento setenta y cinco euros, los muy ratas, y del cual, claro está, yo cubriría la mitad, lo cual hice el mismo día de la pifia.

El problema del coche sería una constante durante toda mi travesía por la isla. Mientras ella quería dejar pasar el problema yo me aferré a reclamar la devolución del dinero mediante correos electrónicos y llamadas, mientras ella no se mostraba muy entusiasmada o dispuesta a querer recuperar su dinero. Al final, después de muchos correos llamadas y reclamaciones conseguí que se nos reembolsara la mitad, o más bien su mitad, porque a partir de este cargo su tarjeta dejó de contar con fondos y el viaje de ella fue amablemente financiado en su totalidad por mi.

A pesar de los problemas maritales, Catania es una ciudad hermosa, grande y llena de vida, que se extiende a lo largo del Mar Jónico y es coronada por el Etna, el volcán activo más grande de Europa, el cual se puede ver de prácticamente cualquier lugar de la gran planicie que la ciudad ocupa. Catania es la segunda ciudad más grande de Sicilia y una de las diez más grandes de Italia, por lo que ofrece un gran abanico de posibilidades y actividades. El centro de Catania está repleto de edificios históricos, restaurantes, terrazas para tomar un aperitivo o un par de copas y abundante vida nocturna.

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Nosotros nos quedamos en el Camp Jonio, un hermoso lugar ubicado sobre la costa a las afueras de la ciudad; los cuartos del Camp Jonio son viejas caravanas o campers adaptadas como cuarto, con estacionamiento para quien esté viajando en casas rodantes, zona para acampar, restaurante con un excelente menú y un agradable jardín con terraza para tomar un refrigerio, comer o simplemente disfrutar de la tranquilidad del lugar. Aunque el lugar no cuenta con playa es un sitio completamente apto para los amantes de la pesca o del snorkeling, o simplemente para una buena zambullida. La belleza y tranquilidad del lugar me hicieron olvidar rápidamente los sinsabores de la vida de pareja, empero, se necesita ser un verdadero maestro Zen para dejar pasar por alto las oleadas de berrinchitos y pataletas de niñas mimadas y caprichosas y, aceptémoslo, un servidor, por más esfuerzos que haga para controlar su temperamento, dista mucho de ser un maestro en las artes de la paciencia y la tolerancia. Al segundo día de estancia consiguió tocarme las narices.

-Mi vida- le dije –ha sido una encantadora relación de un año por Skype, pero estos seis días que hemos estado juntos me han servido para darme cuenta lo feliz y bien que estaba sin tenerte cerca, además se puede ver a leguas que tú no estás contenta conmigo, así que mañana, cuando salgamos, tú te caminas hacia la derecha y yo hacia la izquierda-. Ni las lágrimas ni las peticiones de cambiar mi decisión se hicieron esperar y me vi  obligado a ceder otra oportunidad de continuar el viaje de pareja, aunque era más que claro que a la relación ningún futuro le esperaba.

Tomamos el tren hasta Ortigia, un pueblo con vistas espectaculares. El lugar es excelente para ser recorrido en bicicleta  y la ciudad y sus alrededores se pueden explorar en no demasiado tiempo; la ciudad está igualmente tejida por callejones y angostas callejuelas de antiguos tiempos que llaman a la nostalgia. A pesar de encontrarnos en un paraíso del Mediterráneo semejante la princesa era incapaz de cambiar de actitud y disfrutar de la vida, por lo que la última noche tomé de nuevo la decisión de ofrecerle de manera tajante salir del hotel por dos vías distintas; las suplicas y promesas de cambio volvieron a resonar en mis oídos; sin embargo, en esta ocasión no estaba dispuesto a dar mi brazo a torcer, así que le propuse que, si no quería dejar el viaje y hacer lo que le viniera en gana, podía acompañarme, pero como bros. La propuesta le pareció descabellada y no hubo más que hablar al respecto. A la mañana siguiente, justo cuando acababa de empacar mi equipaje y preparaba el dinero para pagar la cuenta de nuestros gastos, además de un poco más para sus gastos al lugar al que quisiera irse, ya que su solución financiera todavía no se arreglaba (o no quería arreglarla) la mujer había cambiado de parecer, aceptaba el trato de viajar como buenos amigos y nada más. ¡Perfecto! Ahora podía encabronarse todo lo que quisiera y hacer todos los pucheros que su amarga existencia le permitieran, yo ya no tenía compromisos de consolarla, podía darme la vuelta y decirle que nos veíamos en un par de horas cuando se tranquilizara. Como niño pequeño, después de ignorar su primera pataleta no volvió a hacer ninguna y el viaje comenzó a fluir de manera más tranquila y disfrutable. Esa misma mañana rentamos una Panda, ya que en Sicilia existen agencias independientes en las que se pueden rentar motocicletas y automóviles sin tener que atenerse a las estúpidas condiciones que imponen las grandes compañías de bandidos tipo Hertz, y alcanzamos la parte más al sur de la costa este de Sicilia.

Bertzameme es un pueblo de pescadores; probablemente mi sitio favorito en Sicilia. Es un lugar pequeño, tranquilo, pero de una belleza deslumbrante y una gran vibra. La relación de amiguis continuó viento en popa y las amargas experiencias pasadas me ayudaron a continuar firme en mi decisión y evitar los contactos amorosos y de cariño íntimo.

Un par de días después emprendimos el regreso a Ortigia para regresar la Panda y continuar el viaje de regreso. Aun con la encantadora gente y los magníficos escenarios que ofrece la costa este siciliana, yo comenzaba a estar ansioso por emprender la etapa del sur-este asiático del viaje.

Nuestra ante penúltima parada fue Messina y, aunque no es de los lugares más atractivos de la isla, posee un gran encanto. Messina es una ciudad relativamente nueva, ya que en algún momento fue destruida en su totalidad a causa de un terremoto. Messina también encierra una simpática vida nocturna, restaurantes de comida tradicional siciliana y otras tantas actividades; no obstante fue la gran hospitalidad de la prima de Dalila, otra muy buena amiga de la diva de esta historia, que nos abrió las puertas de su casa y con gran orgullo nos llevó a recorrer su ciudad y los lugares de mayor prestigio y concurrencia diurna. El acuerdo propuesto había logrado maravillas y la relación se relajaba a pasos agigantados, incluso cuando de vez en vez intentaba apelar mi decisión.

La penúltima parada fue Taormina, una ciudad totalmente turística, pero como el resto de la costa, no dejaba de maravillar con su esplendor. La ciudad, al igual que Messina, obtuvo una muy alta calificación en mi memoria gracias a Dalila, quien ya había mencionado con anterioridad y el cómo de mi fortuna de su conocimiento. La familia de Dalila maneja un exquisito lugar de alta cocina italiana con una hermosa vista, donde fuimos invitados a cenar.

El fin se acercaba y ya el nueve de mayo nos encontrábamos en el tren camino a Roma para pasar mi última noche en tierras europeas, antes de comenzar con el nuevo continente, así como para acabar con algo que nunca debió haber sido.

Por fin el momento había llegado. Me causa un poco de pena reconocer que ni nostalgia ni remordimientos me aquejaban, en cambio, el ansia por dejar el lugar y la compañía crecía conforme mi hora de tomar el vuelo a tierras orientales se acercaba. La despedida fue corta y sin sabor, sin pena ni gloria, ya así de simple, la relación a larga distancia que había durado un año llegó a su fin y mi gran trayecto por Asia comenzaba.

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No cabe duda que para que una relación funcione es necesario el esfuerzo y cariño de dos. Definitivamente mi situación y perfil no son los más atractivos para realizar este esfuerzo; al final el Karma Police no es más que el resultado y reflejo de nuestros propios actos, una consecución de actos y hábitos que nos van formando como personas y que, al final, el resultado nos explota en la cara. No es posible esperar ciertos resultados en la vida si no se ha trabajado por ellos, se ha trabajado en relación a cumplir con nuestros deseos y se ha formado un carácter, a base de constancia, a partir de dichos objetivos. Las reacciones y la vida de pareja es uno de los más claros ejemplos sobre este sujeto. Aquel que busca crear un estructura familiar debe haberse moldeado un carácter apto para este perfil y debe buscar una pareja que se encuentre en sintonía y con una trayectoria sólida en la búsqueda por alcanzar su meta. En mi caso, el trabajo ha sido pobre y mis defectos como pareja relucen como diamante, con lo que me queda aceptar las situaciones que yo mismo he provocado sin mucha sorpresa y aguante, y he de aceptar que el pago al Karma Police también tiene sus grandes encantos.

Crónica de una Varadura anunciada. Primera parte

«In this condition, like true seamen, who are perhaps the least of all mankind given to forethought, they gave it over, and away they strolled about the country again».

– Robinson Crusoe

Siéntese a [leer] el relato de un viaje fatal que empezó en el puerto tropical a bordo de este pequeño barco.

Mi formación para alcanzar el grado de Capitán de Yates inició a mediados de febrero con clases de vela, mareas y meteorología, seguridad en alta mar, manejo de cartas de navegación, señales de tránsito (boyas, faros), cuidado y mantenimiento de motores, VHF, y reglas para prevenir abordajes, o sea, choques entre barcos. Esta etapa concluyó con una evaluación de mi capacidad para planear una ventura marítima, debiendo considerar todo lo necesario previo a un zarpe hipotético, como la preparación del barco, de la tripulación y pasajeros, avituallamiento, análisis del clima, trazado de rutas y diseño de planes alternativos en caso de contingencias; todo lo cual me tomé muy en serio y preparé con ahínco.

Un mes más tarde, el dueño de la escuela me informó que iba a requerir mi apoyo para llevar a Piccolo, uno de sus veleros, a Malasia. La posibilidad de hacer un viaje de ciento veinte millas náuticas (222kms) me emocionó bastante, aún considerando que el barco no tenia motor, ni cocina, ni refrigerador. También me ilusionaba aplicar los conocimientos recién adquiridos y planear a la perfección nuestra salida de Tailandia y la ruta hacia Langkawi. Sin embargo, transcurrían los días y no recibía ningún detalle sobre el viaje, nuestra hora estimada de salida, el tipo de comida que convenía llevar, el tiempo que pasaríamos fuera de casa, etc. Debo confesar que el ñoño dentro de mi se sentía frustrado al no poder planear la ventura como me habían enseñado. Llegó el día que debíamos zarpar y supuse que el dueño, con toda su experiencia, había preparado todo y yo sólo debía subirme al barco, seguir instrucciones y disfrutar del paseo.

Me citó a las 0830 en su casa para de ahí ir a Migración, Aduanas y Capitanía de Puerto, y zarpar lo más temprano posible. Cuando llegué me recibió uno de mis colegas informándome que el jefe no había encontrado los papeles del barco y se había ido a la oficina a ver si por ahí andaban. Entretanto, debíamos esperarlo tomando un cafecito (y sólo tenia del instantáneo). Dieron las 0930 y recibí una llamada con mis primeras instrucciones: debíamos ir al supermercado a comprar los víveres y de ahí seguirnos hacia las oficinas de gobierno mencionadas. Pasamos poco más de una hora escogiendo diversos tipos de botanas, antojitos e ingredientes baratos para sándwiches; lo estrictamente suficiente para alimentarnos de mierda por la duración estimada del viaje. Era como volver a la adolescencia y comprar lo necesario para un fin de semana de fiesta, ignorando que quizás te dará hambre; sólo pensando en beber. No estaba para nada conforme y únicamente conseguí que incluyéramos unas bolsas gigantes de nueces y cacahuates, insistiendo que su valor energético nos podría salvar si el viaje duraba un poco más de lo pronosticado.

Nos encontramos con el jefe en un café cerca de Migración y nos invitó a brunchear, dando la impresión que no había ninguna prisa. Por fin a mediodía empezamos la tramitología y yo, con el abogado que llevo arraigado, me retorcía al ver como el jefe declaraba información al azar, asintiendo incluso que el barco llevaba materiales peligrosos y exponiéndonos con cada respuesta a un arresto o deportación. A pesar de esto, los diversos oficiales nos dieron su beneplácito y desearon buen viento.

A las 1340 soltamos los amarres y emprendimos el largo camino hacia Malasia. Quince minutos después, el jefe, ahora Capitán, encendió un escandaloso e ineficiente generador eléctrico para recargar las baterías del barco y poder usar los instrumentos básicos de navegación, como GPS, sondeador de profundidad, radio y anemómetro. Para cuando zarpamos los vientos de la mañana habían fenecido y luego de una hora todavía alcanzábamos a ver la boya en la que había pernoctado Piccolo. Desesperado, el Capitán lanzó su segunda instrucción del día: debíamos amarrar el dingui a un costado del velero y, gracias a su motor de tan sólo cinco caballos de fuerza, remolcar cuatro toneladas hasta encontrar algo de viento. De una velocidad de a penas un nudo (1 milla náutica/hr o 1.852km/hr) casi milagrosamente pasamos a tres nudos, aunque poco después volvimos a uno. El motor se había muerto así que tuvimos que dar media vuelta y regresar lentamente a la escuela de vela para intercambiar el difunto por un motor que con suerte funcionara.

Eran las 1530 cuando volvimos a intentar alejarnos de Tailandia. El viento permanecía ausente; el calor, insoslayable; el generador y el dingui, taladradores; la expectativa de comida, deprimente. Decidí distraer mi tensión revisando las cartas de navegación pero, para mi desgracia, descubrí que no llevábamos ni una. Vislumbraba un viaje un poco audaz (por no decir infernal), con un desenlace similar al del Minnow.