La somnolienta Lao

Lao (Nombre correcto según me explicaron los pobladores (la S fue un error francés que se quedo ahí) es un país 80% rural. Esto permite que la naturaleza viva feliz y muy tranquila aquí. Todo el norte de Lao es hermosamente verde, no hay un solo hueco en sus montañas, aquí; quienes habitan, son los arboles.

Ya les platiqué sobre «The Gibbon Experience» en la reserva natural de Bokeo, montañas están repletas de bambú gigantes, felices.

Debo confesar que estar trepada a no sé cuantos metros de altura y cruzar por esas tirolesas, admirando la gran vegetación que existe en ese lugar, me hizo llorar.

Yo lloro por casi todo, pero sobre todo cuando algo me impresiona mucho, tanto, que no lo puedo creer y se me sale el sentimiento por los ojos. Fue el caso de cuando vi ballenas en los Cabos, o el mejor cielo estrellado en Cabo Pulmo, o cuando lloré viendo los glaciares en Argentina. Esta fue una de esas ocasiones.

Mis amigos ya saben que lloro por estas cosas y se burlan de mí. Pero aquí estaba con puros extraños, me tuve que contener para que no creyeran que estaba loca. ¿Quien demonios se pone a llorar cuando esta en un lugar tan hermoso?

Pasar la noche en una casa de árbol, solo escuchando los sonidos de miles de aves y quien sabe qué otros animales, fue espectacular.

Todo el norte de Lao es así. Pero no todo es verde; también hay mucho azul.

En Luang Prabang, una de las ciudades norteñas favoritas de los mochileros, se encuentra una cascada maravillosa en la que puedes nadar en agua azul turquesa. Es un lugar mágico, en donde la tierra forma pozas de distintos tamaños, con cascadas, cascaditas, hasta llegar a la gran cascada.

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Pero no solo aquí se ve este azul, también en Vang Vieng, la ciudad de la fiesta. Aquí se ubican -además de varias cuevas- lagunas azules. La primera esta repleta de ciudadanos chinos con chalecos salvavidas que, honestamente, es mejor alejarse de ahí. Simplemente no se puede disfrutar. Si le echas más ganas, avanzas sobre un camino empedrado en donde se ven todos los campos de arrozales, muchísimo ganado, los hermosos búfalos de agua y unas montañas rocosas abrazando el paisaje; al final, esta la laguna azul 3. Hermosa e ideal para nadar y relajarse un muy buen rato ahí.

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Lao, además, comparte tierra y espacio con el enorme río Mekong. Uno de los ríos más grandes del mundo, pasando por Tailandia, Myanmar, Camboya y Vietnam. Hacer tubbing en este río es unos de los «musts» en Lao.

Al meritito sur de Lao, se encuentran las 4000 islas. Islas que son rodeadas por este gran monstruo del Mekong y que también forma unas cascadas verdaderamente espectaculares.

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Ahora, ¿por qué digo que Lao es somnolienta?

Porque al lado de toda esta naturaleza que respira fuertemente, la gente de Lao duerme. Duerme mucho. De hecho, duerme todo el día.

En todos lados, sea en un hostal, un restaurante, una estación de camiones, verás que la gente está durmiendo. Tienes que despertarlos para conseguir cualquier cosa, un agua, un cuarto, la bendita clave del wi-fi, lo que sea.

Esta somnolencia va más allá. El transporte en este país es un verdadero desastre. Para ir de un lugar a otro nunca sabes si te subirás a un solo camión, o a dos, o tal vez a tres. ¡Nadie te dice nada! De hecho, yo llegué a Luang Prabang por error, porque nadie en el camión aviso que ya habíamos llegado a mi destino inicial (Luang Natham) y me seguí y me seguí y me seguí.

Aquí la gente te dice que tu camión llegará en media hora y puedes quedarte esperando por unas dos horas. Las agencias de camiones te dicen que tu trayecto durará 4 horas y en realidad haces 8, porque los conductores paran a cada rato, o por que cambiaste de camión o por que sí.

Se dice que el nombre oficial del país «Lao PDR» que en realidad significa «Lao Please Don’t Rush» y de verdad es algo que aprendes a hacer. Yo tengo tiempo para andar perdiéndolo en camiones, además de que las playas vírgenes mexicanas me han entrenado muy bien en el arte de la paciencia, por lo que no me representó ningún problema.

¿Qué es lo que me parece increíble de este país y su gente?

Que después de haber sido colonizados por los franceses, después de sufrir por 10 años consecutivos los bombardeos diarios por parte de Estados Unidos y después de sufrir un bloqueo económico, otra vez, realizado por EEUUA, esta gente sonríe a veces, es amable a veces y duerme. Descansa.

Tal vez fue muy cansado vivir todo eso.

Tal vez las bombas los dejaron mareados.

Tal vez es que les vale madre.

Esto último es lo que opinó un laosiano con el que tuve el gusto de platicar. Me dijo que todo era más caro en Lao (a diferencia de Tailandia) porque a la gente no le gusta trabajar. Entonces cobran más para trabajar por menos tiempo.

Eso si, las que le chingan todo el santo día son las mujeres. Ellas siembran, cultivan y recogen el arroz, cuidan de sus familias, cocinan, trabajan incluso en la construcción, además de tejer hermosas telas para después venderlas. Ellas también duermen mucho, pero casi siempre trabajan.

Este mismo señor me dijo «Las mujeres están empezando a obligar a sus hijos a trabajar, pero no se dejan, todo es poco a poquito».

Cuando la gente de Lao no está durmiendo, bebe. Y te invitan a beber con ellos, si dices que si.. aguas! porque no te sueltan, y te dan más y más cerveza con hielo hasta que ellos o tu termines en el suelo. Yo solo lo hice por una hora con el señor que les cuento, y lo bueno es que pudimos parar porque teníamos que tomar un camión. En la hora que estuve con el me tomé al menos 9 vasos de cerveza. No se puede decir que ya no quieres más.

Así es la somnolienta y mágica Lao. Vive entre sueños pero sigue avanzando, poco a poquito, quitándose las lagañas.

Tailandia

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El 18 de julio dejé Tailandia para ir a Laos.

Nunca imaginé que me quedaría casi 2 meses ahí. Al final ya estaba muy acostumbrada a lo tai, tanto, que hasta me daba un poco de miedo llegar a un nuevo país.

Durante el trayecto de Chiang Rai a la frontera, estuve pensando sobre los tais, lo que los hace especiales y creo que, más allá de ser «el país de las sonrisas», es un país donde la gente es muy honesta, jamás toman algo que no es suyo, puedes dejar tus cosas en la estación de camiones por un rato y no pasa nada, si olvidas algo puedes volver al siguiente día y ahí va a estar lo que dejaste.

Esto, para mí, es  algo verdaderamente sorprendente viniendo de donde vengo. En Tailandia me sentí segura todo el tiempo, incluso cuando estuve en los lugares donde casi no hay turismo y, por lo tanto, no hablan inglés; no hubo ningún problema. Con mi muy poco y básico tai, la gente me ayudaba a encontrar mi camino. Siempre amables, siempre con una sonrisa y siempre siendo muy útiles.

Entonces la pregunta surge: ¿Como se logra esto? ¿Será, acaso, que los tais se comportan así debido a un tema religioso? Pero aun si fuera así, para los católicos, robar, mentir y chingarse al otro, es un pecado. Entonces no es solo eso.

¿Cual es la formula para crear una sociedad así, en donde todos se sienten seguros la mayoría del tiempo?

Indagando, gente que vive en Tailandia me comentó que el ideario tai se basa en 3 pilares fundamentales: 1) La Nación; 2) El budismo, y 3) el Rey.

En cuanto a la Nación, Tailandia puede preciarse de ser el más listillo del Sureste asiático al ser el único país en la región que nunca fue colonizado. ¿Como se salvaron de esto? Negociando.

Es por esto que defienden a capa y a espada a la nación y también se explica porque ningún extranjero, bajo ningún pretexto, puede comprar propiedades en el país. Interesante ¿no?

Religión: Los tais, en su mayoría, practican el budismo teravada, aunque también hay musulmanes y una pequeña porción de católicos.

Si bien los he visto asistir al templo e hincarse 3 veces ante Buda, también he de decir que es una sociedad bastante abierta y alocada. Probablemente los principios budistas son los que verdaderamente permean dentro de las familias, pero hacia afuera, pareciera que son tan budistas como son católicos los mexicanos.

El Rey: El rey es lo máximo en este país. Una pensaría que tal vez se sienten obligados a decir que lo admiran y lo quieren, pero no; al parecer el cariño hacia el es genuino.

Unos dicen que la sociedad tai es como es debido al rey, porque ha sabido liderar con el ejemplo.

También me comentaron que algunos tais dicen que el día que se muera el Rey, ellos buscaran irse a otro país, ya que subiría al trono su hijo, que no es querido por la población ya que el si se ha visto envuelto en uno que otro escándalo (desconozco de que tipo). El Rey tiene también a una hija y a ella si la respetan y la quieren, pero no puede tomar el trono porque… bueno ustedes ya saben por qué.

Entonces si, tal vez ahí este la clave de que los tais sean tan buenas personas, han seguido un ejemplo. Por supuesto que Tailandia también tiene problemas políticos. Las últimas bombas que fueron detonadas en el Sur de Tailandia son muestras de eso, pero lo anterior no se mezcla con los valores que tienen los tais.

Me pongo a pensar en estas cosas, porque me da coraje saber que en México esto parece imposible, desde la gente común y corriente, o como se dice, la gente «de a pie» hasta la clase política que nada más no se cansan de hincharse de dinero mediante mañas y corrupción. La honestidad NO es un valor que verdaderamente interese a la sociedad mexicana, aunque repitan lo contrario todo el tiempo.

Antes pensaba que eramos más los buenos en el país, ahora ya no tanto, diario veo una noticia de algún «lord» o una «lady» que se creen más que los demás, cretinos sin educación cívica alguna y leo los comentarios de la gente, de los «buenos» y todo lo que dicen es sobre como matar o desaparecer al cretino aquel. Fatal, México.

No sé en qué momento nos volvimos ese tipo de sociedad violenta, discriminadora, racista y de verdad espero que cambie pronto. Espero que aprendamos de gente como esta, de sociedades distintas y buenas, porque definitivamente, viéndolos, ahora sé que no es un tema de religión, ni de pobreza o riqueza, es simplemente un tema de valores, que desgraciadamente nosotros ya aventamos al traste.

Ayer soñé que trabajaba en el Senado

Confieso que no me gustan las películas de terror, ni los programas sobre cirugías, animales ultra-peligrosos o asesinos psicóticos. No aguanto las imágenes fuertes, me encanta dormir y soñar cosas agradables, no que me están taladrando el cerebro, mochando una extremidad, aventando con los tiburones, quemando vivo, etc. Incluso la acupuntura me pone mal.

Sin embargo, recientemente empecé a ver una serie que se llama Penny Dreadful y, a pesar de estar consciente que no es buena para mi salud mental, no la abandono (probablemente porque me late la protagonista). Quién la haya visto quizás se ria, pero a mi si me afecta. En ella salen vampiros, hombres lobo, brujas horripilantes, frankensteins y personajes muy feos. Hay mucha sangre, voodoo, descuartizados, serpientes y obscuridad. Hasta ahora me he librado de pesadillas asociadas a esta serie, pero siempre me acuesto pensando que ya me toca.

Dicho esto, ayer soñé que entraba a trabajar al Senado de la República. Se me estaban acabando los ahorros y un cuate ofreció conseguirme una plaza. No especificó cual seria mi trabajo ni mi sueldo, pero aún así me animé, suponiendo que trabajar en un lugar de tal prestigio tendría que ser una experiencia formidable .

Mi primer día de trabajo fue un viernes de quincena. Me presenté con cuanta gente me encontraba, ofreciendo ayuda en lo que fuera, tratando de indagar cual era mi función. Nadie parecía saber y más bien les sorprendía mi actitud proactiva; a algunos incluso parecía molestarles. Finalmente hubo un señor que ofreció compartirme su carga de trabajo, que consistía en revisar contratos ya firmados.

Eran las once cuando mi colega se desapareció a echar unas quecas y poco después me quedé sin nada que hacer, con miedo a preguntar a otros si les podía ayudar en algo. Como muchos a mi rededor, me dispuse a observar la gente pasar. A veces pasaban personas que parecían Senadores pero no lo eran, otras que lo eran pero no lo parecían. También pasaban edecanes ofreciendo galletas y capuchinos nespresso, ocasionalmente recibiendo nalgadas o pellizcos de aquellos que parecían o eran Senadores.

A lo lejos alcancé a ver un señor vestido de traje color mostaza verdosa, que parecía estar distribuyendo el correo. El personal se le acercaba, recibía algo, llenaba un papelito y se alejaba mirando detenidamente lo que había recibido, como si estuviera cazando pokemones con ello. Cuando el señor estuvo lo suficiente cerca, alcancé a percibir que estaba repartiendo fajos de billetes de $200 pesos. De pronto llegó mi turno. Me entregó dos y pidió que acusara de recibido. Le dije que era nuevo y que probablemente no me tocaba recibir mi salario hasta la siguiente quincena, además de que esperaba pudieran depositarlo en mi cuenta, considerando lo quisquilloso que se había puesto Hacienda con el  manejo de efectivo, así como el riesgo latente de asalto en la Ciudad de México. Después de mirarme con desprecio e instar a mis vecinos a mentarme la madre, volvió a pedir el acuse, el cual decía: Recibí del HH Senado de la República Mexicana ___ fajos de quince mil pesos por concepto de honorarios. Nombre_____________. Firma____________ Sufragio electivo [sic]. No reelección. Puse un «dos» en el primer espacio, lo firmé e hice la observación de que mi nombre completo no cabía. Sin darme la oportunidad de siquiera poner mi nombre de pila, arrebató el acuse de mis manos y siguió su camino.

Al poco tiempo volvió el único que había aceptado chalanearme, con huitlacoche entre los dientes y grasita de chicharrón prensado en la barba, respirando muy fuerte y visiblemente preocupado. Me preguntó si había pasado el de las quincenas. Le enseñé mis dos fajos de quince mil pesos en billetes de a $200. Primero se sorprendió al ver que eran de $200 y no de $20, luego que sólo hubiera recibido dos y finalmente se echó a correr en busca del hombre del traje color mostaza verdosa.

Entretanto, yo me angustiaba más y más ¿Por qué me habían pagado si era nuevo? ¿Por qué por «honorarios»? ¿Por qué en efectivo? ¿Qué hago con tanto billete? ¿Si lo deposito en el banco, no me van a acusar de estar lavando dinero? ¿Cómo compruebo de donde salió? Si me lo llevo a casa, ¿qué tal que me asaltan o me bolsean en el metrobus? Si lo dejo en mi escritorio, ¿qué tal que ya no está cuando regrese de comer? ¿Donde comer? ¿Qué comer? ¿Milanesa con arroz a la mexicana y un huevo estrellado? ¿Tacos? ¿Y si me da diarrea? ¿Me dejarán salir antes de las diez de la noche?

En ese momento sonó mi despertador. Abrí los ojos y comprendí que no había sido más que una pesadilla, una terrible pesadilla Godínez. Normalmente le doy al snooze un par de veces, pero esta mañana lo apagué de inmediato, me paré y metí a bañar. Estaba empapado en sudor y no iba a arriesgar volver a las tinieblas del gobierno mexicano.

Nunca he trabajado en el Senado ni sé como funciona, así que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia… y no hay como la realidad para provocar pesadillas.

Primer viaje como Capitán, ¿»cuota al Karma Police»?

Contrario a lo habitual en esta temporada de monzón, el primero de julio amaneció soleado y sin viento, con pronóstico de permanecer así por una semana. Había empacado ropa para cinco días, una hamaca, un par de libros, linterna, cosas de baño, una almohada de viaje, bastantes botanas y 18 cervezas. Antes de salir de casa tomé un café en el balcón, observando los algodones dispersos sobre un cielo azul claro, mientras repasaba la lista de madres que debía llevar para un viaje de cuatro días por la bahía de Phang Nga, haciéndola de Capitán e instructor de vela para una pareja de frenchies.

Antes de este viaje, sólo había estado al mando en una ocasión, cuando coincidió la visita de unos amigos con la necesidad de llevar un yate -el famoso Piccolo- a una marina al mero norte de la isla para hacerle unas reparaciones y pintarle el casco.

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El viaje fue fácil, no muy largo, con buena compañía y sólo implicó pasar una noche a bordo, así que el paseo que estaba a punto de emprender con los galos sería mi verdadero bautizo como Capitán y, no lo niego, estaba algo nervioso.

Jean Claude y Geraldine llegaron a la escuela a las 9am, cargando unas enormes maletas, una bolsa con tres paquetitos de arroz frito y otra con tres cervezas. Ni saucisson, ni paté, ni vinito, ni unos mentados cacahuates. Me pareció muy raro, dado que para mi todo el chiste de rentar un velero es ir cheleando y tragando mientras disfrutas del paseo, además de que los franceses suelen ser de buen diente. Ni hablar.

A las 10am salimos de la bahía de Ao Yon a bordo -nuevamente- de Piccolo. Esperaba poco viento, mucho calor y marea en contra la mayor parte del trayecto. No eran las condiciones ideales para un bautizo. Por otro lado, Jean Claude no tardó en hacer muecas de desprecio contra mi querido yate, que sin duda no es de lujo ni está en perfectas condiciones, pero que funciona muy bien y corresponde apropiadamente a lo que el cabrón había pagado. A las muecas le siguieron suspiros que hacen vibrar los labios como solo un francés sabe hacer, comentarios soberbios y un trato irrespetuoso hacia Geraldine, por no ser tan ducha como él a bordo de un barco. Tampoco ideal.

Desde los 13 años convivo con franceses, he vivido en Francia, estudiado en el sistema francés y trabajado para franceses, así que, lamentablemente, la actitud de Jean Claude no me sorprendió, pues aunque sé que no es bueno generalizar, es una actitud que considero común en ellos, en particular en los parisinos. Cuando conozco a uno que se aguanta su soberbia y comparaciones, que muestra un poco de joie de vivre y me ahorra su melancolía, suele nacer un fuerte lazo de amistad; lo que afortunadamente me ha sucedido con la mayoría de los que han compartido mi departamento en los últimos años, con todos mis antiguos jefes y colegas cercanos de CGG y con casi todos los franceses que conocí viajando por Indonesia.

Ahora iba a pasar 4 días con Jean Claude y su simpática, aunque oprimida, esposa, y me preocupaba no lograr que sus muecas y comentarios se me resbalen. Haría mi mejor esfuerzo, no por una propina, sino por la paz.

Tras siete horas de navegación, llegamos al fondeadero de Ao Po, una bahía pantanosa al noreste de Phuket, donde ellos se bajarían a pasar la noche en el Chandara Resort. Se acercaba la noche y yo sabía que en la oscuridad se me complicaría colgar la hamaca y preparar el barco para la noche. Ansioso por despacharlos y disfrutar del atardecer a bordo de Piccolo, ofrecí llevarlos al hotel inmediatamente y encargarme solo de empacar las velas y enrollar los cabos. Sonriente, Jean Claude contestó que era hora del apéritif y sacó las tres cervezas que él había comprado para el día. Creo que Geraldine notó mi ansiedad o lo desagradable que me estaba pareciendo su marido y sugirió apurarse con las cervezas, «no fueran a cerrarles la recepción.»

Luego de dejarlos en la playa, colgué mi hamaca, saqué una de las cervezas que me había comprado para el viaje, puse un CD de clases de tai en el estéreo y me acomodé a ver los últimos destellos de luz. Todo había vuelto a ser perfecto a bordo de mi barquito.

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Lamentablemente, el atardecer fue seguido de un ataque mortífero de mosquitos que obligó a refugiarme en la cabina, donde el calor es insoportable. Cansado, no tardé en caer dormido, un poco triste de no haber podido disfrutar más de mi hamaca y ligeramente frustrado de no haber retenido gran cosa de la clase de tai.

Al amanecer me eché un clavado, limpié el barco y esperé que dieran las 9am para recoger a Jean Claude y su esposa, que descubrí era en realidad alemana. Cuando pregunté cómo habían pasado la noche, Jean Claude se limitó a alzar los hombros y bajar la barbilla sin separar los labios (un poco como quien parece tener ganas de vomitar), mientras Geraldine expresaba que el hotel había estado muy bonito y le interesaba saber cómo me había ido a mí.

Sin mucho viento, combinando motor y vela, emprendimos hacia el Parque Nacional de Phang Nga, donde el paisaje es precioso, lleno de islas calizas que se elevan a veces cientos de metros sobre el nivel de mar, similar al que se observa en la bahía de Ha Long, Vietnam y en los fiordos de Lankawi, Malasia. Hasta Jean Claude parecía estar maravillado. Anclamos un rato en Koh Phanak para nadar y comer. Nuevamente, habían considerado apropiado arroz frito.

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Fue un viaje muy lento y un poco estresante, a pesar del increíble paisaje. En ocasiones solo teníamos 30 centímetros de agua bajo la quilla, tuvimos que esquivar redes de pesca a cada rato y, nuevamente, estábamos terminando el viaje poco antes del anochecer, lo que ahora no me gustaba porque desconocía el tipo de fondo que me esperaba para anclar. Después de dos intentos fallidos con el ancla, el barco parecía estar bien agarrado. Jean Claude había descubierto mi reserva de chelas y se disponía a servirse cuando Geraldine propuso tomar el apéro en el hotel. También ofreció su regadera y me invitó a cenar con ellos, idea que, a pesar de la semi-desagradable compañía, me pareció buena. Habíamos llegado a una pequeña bahía al noreste de Koh Yao Noi, un lugar paradisíaco, no por nada llamado Paradise Resort, que seguramente le había provocado un serio dolor de codo a Jean Claude. Su cuarto estaba precioso y el baño era al aire libre, con una increíble vista a la bahía y a unos arboles en los cuales estaban cotorreando unos tucanes. La cena fue tipo buffet, nada mala, tan buena como la de cualquier fonda o restauran tai. Satisfecho y cansado, me fui a caminar un poco por la playa, antes de regresar a gozar de la tranquilidad de la tarde en el barco.

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Esa noche no hubo un solo mosquito y pude dormir riquísimo en la hamaca hasta las 2-3 de la mañana, hora en la cual empezó a menearse demasiado el barco y tuve que pasar a dormir sobre la cubierta. Cuando amaneció, guardé la hamaca, preparé las velas y me eché un clavado. A las nueve fui por ellos y zarpamos hacia las islas que la tarde anterior había alcanzado a ver desde la playa.

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Aquel día tampoco hubo viento y Jean Claude pareció insinuar que era mi culpa. Paramos a comer en Koh Hong, una isla muy bonita que tiene una bahía escondida en su interior, a la que solo se puede acceder por una cueva cuando la marea esta baja. Geraldine sacó unos paquetitos de arroz frito que bajamos con el agua que yo había previsto para emergencias.

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De ahí, navegamos hasta el Glow Elixir Resort en el suroeste de Koh Yao Yai. Esta vez estaba nervioso por tener que anclar en un lugar sin abrigo del viento. Aunque en los tres días anteriores no habíamos tenido viento, ya me había acostumbrado a un clima impredecible y si por mala suerte se alzaba en la noche, corría el riesgo de ser arrastrado al arrecife que protegía la playa del hotel o, en el mejor de los casos, sufrir una noche muy movida. Llegamos con marea baja y era imposible dejarlos en la playa, así que tuve que llevarlos a un muelle ubicado a un kilómetro al norte de donde habíamos anclado. A unos 20 metros de llegar al muelle se acabó la gasolina del pinche dingui. Jean Claude, ya saben… oh là là, c’est pas possible! prrffff! Saqué los remos y en dos minutos ya me había librado de ellos. Al despedirme, les dije que al final del muelle encontrarían un taxi y que los vería a las 9am en la playa, habría marea alta y podría llegar hasta el hotel. Cargando mi vergüenza y sabiendo que si no me apuraba empezaría a sufrir la marea en contra, remé, remé y remé. Mientras remaba, noté que ellos caminaban por la playa, cargando sus maletas y una hielera. Ese Jean Claude, nuevamente distinguiéndose por su codera, había preferido caminar a pagar los 3-4 euros que le hubiera cobrado el taxi.

Lo primero que hice al llegar al barco fue echarme a nadar y, aprovechando que aún había un poquito de sol, fui a explorar el arrecife con un snorkel. El agua estaba un poco turbia, pero alcancé a apreciar decenas peces de distintos colores y un arrecife que sin duda se vería increíble en temporada seca. Colgué mi hamaca, me eché unas chelas y traté de aprender algo de tai mientras veía el sol desaparecer detrás de Phuket. ¡Cómo disfrutaba de mis tardes solitarias en el barco! La noche fue mucho más movida que las anteriores, pero las cervezas consiguieron que durmiera sin problemas toda la noche.

El último día tampoco tuve suerte con el viento ni, por supuesto, con la comida: otro jodido nasi goreng. Me urgía llegar a mi isla, despachar a estos güeyes e irme a cenar algo sabroso. Pero mi suerte, así como la de Odiseo cuando ya está llegando a Itaca, tenía otro plan. Al vernos amarrando en una de las boyas frente a la escuela, uno de los instructores de la escuela, siempre de las mejores intenciones, se apresuró por salir a ayudarnos a desembarcar. Mientras yo estaba en la cabina apagando los instrumentos, guardando las cartas de navegación y recogiendo la basura, Jean Claude le propuso echarse unas chelas en el barco, idea que encantó a mi colega y que me tuvo atorado en el barco otras dos horas, dado que me habían sobrado bastantes chelas. Después de todo, supuse que estaba pagando una cuota al Karma Police, aunque de una especie distinta a la que refiere Sacha Mandinga en su texto, Sicilia, cuota al Karma Police; quizás asociada a mi ligera tendencia a mentar madres sobre Paris y sus habitantes.

Como saben los budistas, la suerte cambia y si a veces te va mal, a veces te irá bien; todo es temporal, nada es permanente y así como no hay que aferrarse a lo malo, tampoco hay que aferrarse a lo bueno. Acabo de regresar de un viaje de dos días a Koh Yao Noi con dos clientes ejemplares, que además de simpáticos e interesantes, tuvieron la decencia de asegurar que hubiera buena comida a bordo, muchas chelas y chupes por la noche, cena y desayuno de campeones. El viento, además, sopló entre 15 y 25 nudos todo el tiempo, no nos llovió y no hubo broncas de gasolina.

El equipo de las malas decisiones

En México tengo un grupo de amigos que, entre otras cosas, se denominan «El equipo de las malas decisiones» y yo, igual que Sacha Mandinga, de vez en cuando, formo parte del mismo.

Para muestra un botón, o dos, o tres. Durante mi viaje he tomado 3 pésimas decisiones, aquí las relato.

La primera sucedió en Phuket. Después de 10 días consecutivos de lluvia, finalmente el cielo se aclaro y permitió que Andrei Rostislavovich y yo fuéramos a bucear en domingo. Sin embargo, como era sábado por la noche, yo quería salir de fiesta. Prometí que me la llevaría leve, cosa que no sucedió en absoluto. Pésima decisión número 1.

Al siguiente día teníamos que despertar bastante temprano para la buceada y yo estaba, no cruda, crudísima, probablemente creda. Así me fui.

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Para cuando llegamos a la primera isla, me preparé para saltar. Me seguía sintiendo fatal pero creí que en el momento en que me metiera al agua todo iba a estar bien. No fue así.

Lo hice pésimo, mi guía estaba preocupada, todos estaban preocupados, yo solo no podía encontrar mi flotabilidad, parecía una estúpida yendo muy arriba o muy abajo, el agua se me metía todo el tiempo a la mascara y yo gastaba más y más energía tratando de sacarla.

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Al final Andrei decidió tomarme de la mano para poder hacerlo mejor, la guía se sentía más tranquila con esa decisión.

Cuando salimos de la primera inmersión me sentía fatal con todos, me dolía muchísimo la cabeza y me juré que jamás, jamás, haría tal estupidez de nuevo.

Esta mala decisión hizo que me ganara un sobrenombre tai puesto por mi guía: «Miss Mao» que significa «Señorita borracha».

Lo bueno es que las siguientes dos inmersiones estuvieron muy bien y todo mejoro. No lo hagan! Es horrible!

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Mi segunda mala decisión sucedió en Laos. Decidí hacer un trekking que dos buenos amigos, Nico y Meli,  me recomendaron ampliamente: «The Gibbon Experience». Es un tour que se puede hacer en 2 días y una noche, haciendo trekking en la impresionante reserva natural de Bokeo, al norte de Laos. El tour incluye varias tirolesas enormes, la más larga de 750 metros, en donde te puedes maravillar al ver tantos arboles hermosos, y la estadía en una preciosa casa de árbol.

Pues bien, una vez más tenía que despertar muy temprano y estar en el punto de partida a las 8.00 am. Me levanté a las 7.40 am, el tiempo necesario para ducharme y llegar a tiempo, pero no para desayunar. No me importó, pensé que no estaría tan difícil. Pésima decisión número 2.

Comencé a caminar y de pronto se volvió súper cansado, todo cuesta arriba, comencé a sentirme horrible, todo me temblaba, las piernas las sentía de hule, nada de fuerza, sudando muchísimo y con dolor de cabeza. Tuve que parar 3 veces para recuperarme, los guías me decían que tomara mi tiempo. No lo podía creer. ¿Como se me ocurrió no desayunar? En la segunda parada unas chicas me dieron unas pastillas de azúcar, tomé mucha agua y me comí unas galletas. No fue suficiente, seguía pasándola fatal y me sentía muy estúpida.

Finalmente llego el momento del lunch, comí y me sentí mucho mejor. Pude continuar el camino por otro par de horas sin problemas.

Posteriormente comenzamos a usar las tirolesas. Fue impresionante, una de las cosas más bonitas que mis ojos han visto.

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Bokeo

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La vista desde la casa de árbol

Ufff… la última y tercera mala decisión me llena de vergüenza. Segura de que me bulearán por contar esto, he decidido aguantármelo y reírme de mi.

Bien, sucedió en Vang Vieng, Laos. Un pueblo que era altamente conocido por la cantidad de fiesta y drogas que corrían durante todo el día y toda la noche. A partir del 2012 y después de varios turistas muertos por excesos, el gobierno puso manos a la obra y, aunque sigue siendo el lugar de la fiesta, se dice que ya no es como antes.

La primera noche en Vang Vieng, en compañía de unos adorables holandeses en sus venti tantos, jugué varias veces un «drinking game» llamado «The bus». Después de beber varias Big BeerLao nos fuimos de fiesta al legendario Sakura Bar.

Ya tarde, decidí regresar al hostal. Me fui directo al sobre, sin pasar antes al baño. Mala, pésima decisión número 3.

Dormí, y ya saben, pasan esos sueños en donde imaginas que vas al baño y despiertas para ir, pero oh oh, si, es lo que imaginan, ¡me hice pipí en la cama!!!!! No lo podía creer, me regañe como media hora: ¡Pinche Ayeska! ¡No mames! ¡tienes 35 años! ¿como pasa esto? estas súper tonta, ¡tienes que ir al baño antes de acostarte! y ahora ¿qué hago con el colchón y todo? ok… primero lo primero, ir al baño, ducharme, limpiarme, cambiarme. Después, cambiar el colchón por el que esta arriba de la litera, nadie lo notará.

Estaba en shock, tanto que le escribí a mis amigos «Weyes! no saben lo que me pasó, mi peor pesadilla! me hice pipí en la cama!» A lo que muy comicamente contestaron con diversas historias sobre ellos haciéndose pipí «para alivianarme el mal viaje», cosa que funcionó.

En efecto, nadie se dio cuenta, ese día abandoné ese hostal y comenzó mi paranoia de despertarme incluso a las 3 am para ir al baño, solo por miedo a que me volviera a suceder. La paranoia duro unos 6 días más. No me vuelve a pasar.

Querido equipo de las malas decisiones, espero que después de esto tenga un lugar honorario y recurrente en tan prestigiado grupo. Por mi parte, espero ya no tomar más malas decisiones en lo que resta del viaje.

Pak Chong y la promesa de Khao Yai

Después de visitar la agitada Bangkok, me dirigí hacia el noreste de Tailandia para conocer Nakhon Ratchasima, también conocido como Khorat, una pequeña ciudad que cuenta con una de las ruinas más antiguas de Tailandia en Phimai, en el parque Phanom Rung. El plan además incluía visitar el Parque Nacional de Khao Yai, ubicado en otra pequeña ciudad llamada Pak Chong.

Así el plan, llegué a la estación de trenes de Khorat y decidí comprar de una vez el tren a Pak Chong para dentro de dos días, yéndome a las 10 p.m. para llegar allá a la medianoche.

Después de visitar Phimai hice mi respectiva búsqueda en internet sobre un lugar que me habían recomendado dos buenos amigos: «Bobby’s Apartments & Jungle Tours». Nunca reservo ningún lugar, pero aquí ofrecían el dormitorio a tan solo $100 Baht ($50 pesos MX), entonces envié un mail diciendo que estaba interesada en el dormitorio y, probablemente, en algún tour.

Phimai

Esa misma noche, Daniele, un italiano que conocí en Bangkok y que prácticamente está haciendo la misma ruta que yo, me escribió preguntándome cuándo partiría a Ayutthaya para vernos ahí. Le sugerí ir a Pak Chong conmigo y le mande la información del dormitorio de $100 baht. Le pareció increíble el precio y poder conocer el Parque de Khao Yai, el cual se dice es uno de los más grandes y en donde cohabitan de manera natural elefantes, changos, cocodrilos, venados y miles de aves.

Acordamos que lo ideal era pagar ese hospedaje, rentar una scooter y aventurarnos solos en el parque, ya que los tours estaban caros -desde nuestra perspectiva-.

Al siguiente día, lista para ir a pasear a Phanom Rung recibo un mail de un tal Mike, dueño del Bobby’s Apartments, diciéndome que era muy tarde mi hora de llegada y que no encontraría taxis a esa hora en Pak Chong. Acto seguido, decidí dejar mi paseo a un lado y cambiar mi boleto de tren para llegar más temprano. Alcancé a avisarle a Daniele que llegaría ese mismo día a las 5 p.m. y que nos veíamos en Bobby’s. Recibió el mensaje pero ya no contestó. Daniele no contaba con tarjeta SIM por lo que dependía 100% del wi-fi.

Llegue a Pak Chong, alguien me recibió de manera muy amable diciéndome que el me llevaría a Bobby’s sin costo alguno. Pensé «que buen pedo de banda» pero no, era parte del servicio del lugar.

Mike, quien resultó ser un alemán chapado a la antigua, me recibió y me preguntó que qué onda con mi amigo, a qué hora llegaría y que qué onda con el tour. Contesté «No se a qué hora llega y tampoco estamos seguros de tomar el tour».

Maña mexicana de no poder decir no rotundamente sino tratando de suavizar el golpe de la decepción.

Sin embargo, el alemán a la antigua, no se toco el corazón. Me respondió contundentemente: «Me tienes que decir pronto porque no se pueden quedar en el dormitorio si no hacen el tour. Mi negocio son los tours, no darles alojamiento».

Pfffff… y ahora? Le escribí a Daniele a sabiendas de que no tenía internet: «Tenemos un problema, este tipo dice que la estancia depende del tour».

Después de un rato decidí ir a preguntar por los mentados tours, pensé que tal vez podríamos tomar el de medio día que costaba $500 baht en vez de $1,600. El alemán respondió «No estamos haciendo el tour de medio día»- e insistió- «¿A qué hora llega tu amigo? Porque después de las 8 p.m. ya no recibo a nadie».

¿Qué demonios esta pasando??? ¡este tipo me esta reventando los ovarios!!

Me senté a comer un pad thai. Estratégicamente, Mike tiene una cocina que solo abre a ciertas horas, y el pueblo queda lejos, así que no tienes de otra más que comer ahí y solo ahí. Tuve que esperar a que dieran las 6.30 para poder comer. Daniele no llegaba y yo no sabia a qué hora había tomado el tren.

Me puse a hacer tarea. Buscar hostales en Pak Chong, algo diferente, fuera de este lugar y lejos de este sujeto. Encontré uno en el centro, a una hora caminando de donde estaba. Pensé «Si dan las 7.30 y Daniele aun no llega, me salgo de aquí y lo espero afuera. Cuando llegue, salimos a la calle principal, buscamos un tuk tuk o lo que sea, pero ya juntos». Al mismo tiempo pensaba «Vete solo tu, estas viajando sola, no tienes que esperar a nadie. Mmmmm, pero no, quedaste de verlo aquí.»

Decidí esperar y decirle a este sujetillo:

Phuyin: Sabes Mike, si mi amigo no llega a las 7.30 yo creo que mejor me salgo con mis cosas y me voy a otro lado.

Mike: Y a donde vas a ir a esa hora? En este pueblo NO hay taxis, mototaxis, ni tuk tuks, por eso te digo que tiene que llegar antes de las 8.

Phuyin: Ok, pero que pasa si no llega a las 8 sino a las 8.30? se va a quedar sin cama? sin nada?

Mike: Llámale

Phuyin: No tiene más que wi-fi (you idiot!)

Mike: Bueno, pues veo si lo podemos recoger.

Yo en mi mente: N’ombre, muchas gracias, haces un gran trabajo.

Pffffff, otra vez, eso significa que nada de lo planeado pasará, ni rentar una scooter, ni evitarnos el maldito tour, ni aventurarnos nosotros mismos. Me siento en una cárcel.

Daniele llegó a las 8.30 a la estación de trenes. Lo llevaron a Bobby’s. El pobre iluso también pensó «¡Qué buen pedo que me lleven gratis!» :/

Lo vi, lo llevé al cuarto y le expliqué lo que estaba sucediendo. No sin antes ofrecerle una disculpa por haber sido yo quien lo llevo a este lugar, y el, disculpándose por no tener modo de comunicarse conmigo.

El sentimiento era fatal y la cerveza necesaria, pero ¡hey! el alemán abre su cocina -y su refrigerador- solo de 6.30 a 8.30 p.m. Daniele no pudo tomar ni una cerveza para pasar este trago amargo.

¡Fatal! Nos fuimos a dormir hablando de lo increíble que era estar atrapados en un lugar, que ahora tendríamos que gastar lo que no queríamos, comer lo que ese sujeto decida y a la hora que el decida. También deseamos que valiera la pena. Daniele me dijo minutos antes de cerrar los ojos:

«Tal vez es que el karma nos quiere aquí por algo, ¿sabes? Ellos (los tai) creen en eso, nosotros también podemos creerlo, es karma que nos debe llevar a algo.»

«Si Daniele, seguro que es el karma»

Al día siguiente conocí a Cecile, una francesa inglesa increíble con la que tuve el honor de compartir viaje y todo por unos 10 días.

Debe ser el karma.

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