La Caída de un Titán. Parte I.

Después de cuatro días bajo la influencia de su compañía (varias latinas muy guapas, una tai que se decía holandesa y un catalán a toda madre), Sacha decidió que era momento de echar una pedita. Compró una botella de Tequila, orgullosamente producido en Bali (por lo que en realidad debiera escribirse y pronunciarse Tekuila) y una de Ron, del mismo origen y dudosa apariencia. No nos habíamos emborrachado desde aquella boda de Clarita y Vasco en Uluwatu que sirvió de excusa para venir a Indonesia. Le habíamos perdido el gusto a eso que en México hacíamos con frecuencia; llevábamos una vida sana.

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Nos reunimos en el Hostal Tri Putri, al que yo me refería como el Hotel Ruanda, quizás por el tremendo contraste que veía con el bello Hotel Segare Anak, donde yo había preferido hospedarme con la bella Sarita luego de los cuatro días que pasamos durmiendo en la cubierta de un barquito que tomamos de Komodo a Lombok. Sacha, como era su costumbre, antepuso la compañía al confort y vivía feliz con dos divinas mujeres que habíamos conocido semanas antes en Flores: Oihane y Leila.

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Para pasar lo asqueroso de cada caballito de Tekuila había limones y sal, buena música y, sobre todo, un gran grupo de nuevos amigos. Con muchas risas y caras chuecas fuimos conociendo a quienes, como Sacha y yo, habían decidido pasar un tiempo en Kuta, Lombok; algunos disfrutando de las olas, otros de las playas, todos de la tranquilidad y belleza del lugar y de su gente. Para nosotros era como volver a aquel Puerto Escondido que conocimos en la adolescencia, de hoteles pequeños, terracerías, changarritos, locales acogedores y diversión subjetivamente sana.

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Al terminar la primera botella, Sarita y yo, por miedo al sufrimiento del día siguiente, a tener que caminar de regreso a nuestro hotel y dejar atrás a Juanita Chantik y, no lo niego, al asco que se avecinaba con la apertura de la botella de ron, decidimos despedirnos.

Aún así amanecí golpeado y arrepentido, pensando en lo agradable que había sido cada mañana desde que salimos de México y dejamos de beber. Sacha amaneció peor. Pasamos el día en la playa, nadando, bebiendo agua y jugos revitalizantes, pero el dolor de cabeza se le quedó.

A pesar de su arraigada cruda, Sacha disfrutó mucho de los días en Kuta, rodeado de personas magnetizadas por su buen karma. Cuando nuestros amigos dejaron Lombok, decidimos que era hora de retomar el camino y Sacha, deseando como de costumbre emprender actividades de esfuerzos sobrehumanos, quiso que escaláramos el volcán Rinjani. A mi me daba miedo la idea: mi condición física no llegaba ni a los talones de la suya y había escuchado de unas holandesas bastante atléticas que conocimos en Sumba que el dolor muscular hasta había hecho llorar a una de ellas. Como muchos otros retos que Sacha me había puesto durante el viaje, decidí aceptarlo y ayudarle a organizar la logística que implicaban los tres o cuatro días de ascenso.

El lunes 31 de agosto debíamos partir a Sembalun Lawang, un pueblito sobre las faldas del volcán Rinjani, pero en la noche del domingo su dolor de cabeza se intensificó y cuando desperté al día siguiente, Sacha me pidió que lo acompañara a platicar con un médico. Fuimos a la clínica del pueblo, donde primero hablamos con dos enfermeros o pseudo-doctores, que, reconociendo los atributos de algunos mexicanos en estos deportes, preferían hablar de box y fútbol que atender a Sacha. Después de un rato de cotorreo, uno de ellos nos guió en su moto a otra clínica, donde un doctor balinés muy profesional le recetó unos desinflamatorios y paracetamol. Sugirió además que, si pasados dos o tres días no se sentía mejor, fuera a alguno de los hospitales importantes de Bali a hacerse una resonancia magnética. Decidimos posponer el ascenso del Rinjani por un par de días y disfrutar de la playa Tanjung Aan, bajo una palapita del Warung Turtle, atendidos por su personal siempre sonriente y acogedor. Recuerdo las ganas que Sacha tenía de meterse al mar con una tabla de paddle y cómo yo se lo desaconsejaba, considerando que el esfuerzo físico, pero sobre todo la insolación, serían contraproducentes a su recuperación. Pasamos dos largos días bajo esa palapa, conversando, abordando temas muy variados; algunos muy profundos: lo que haríamos después del viaje; como mantendríamos este estilo de vida viajero; lo cegados que sentíamos a algunos de nuestros amigos, ahogados en estrés laboral o en el que les ocasionaban sus parejas; el cáncer de mi hermano y el de mi tío Bent; el doctorado que Sacha estaba considerando hacer; su deseo de vivir un rato en Líbano aprendiendo árabe; la posibilidad de que se quedara con mi padre en Teherán; la absurda amenaza que le acababan de  hacer los de la Secretaría de la Función Pública, siempre al acecho de peces flacos; lo importante que era no pensar muy a futuro y disfrutar de cada día; el campamento de muay thai al que quería llevarme y cómo me iba a poner a correr todos los días para que llegara sano y fuerte a la madriza que yo tanto temía; las maravillosas personas que habíamos conocido a lo largo del camino; el espíritu luchador, fiel y honorable de su moto, Chinta Besar, a pesar de sus numerosas fallas mecánicas;  lo increíble que había sido volar a la Luna; lo importante que era mantener la filosofía del “GoingNoW”; el curso de meditación que a petición mía haríamos en Myanmar; la puerta abierta que según el teníamos para trabajar en una ONG en Nepal; el monzón que estaba por llegar a Java y Sumatra; las paradas que haríamos rumbo a Yogjakarta y Batu Karas; lo bonito que sería encontrar un lugar agradable para formalmente ponernos a estudiar indonesio; lo decepcionado que yo estaba con mi libro, Oblomov, que había resultado ser una novela de amor; las ganas que en adelante yo le echaría para acompañarlo todas las mañanas a surfear; y otros que ya no recuerdo.

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Al atardecer regresábamos al hotel y pasábamos un rato en la alberca, yo le dedicaba un rato a Internet y el, a platicar con nuestro vecino canadiense o a echarse una siesta. Por las noches salíamos a comer y, al volver, yo me dormía y el, consciente que por las noches solía volver su dolor de cabeza, se ponía a googlear lo que pudiera estar ocasionándole esos males, para muy tarde rendirse y dormirse sentado, pues había descubierto que amanecía con menos dolor de cabeza si descansaba en esa posición. Llegó a comentarme algunos de sus hallazgos, los cuales yo descartaba diciéndole que identificarse con síntomas de enfermedades descritas en la Web era como leer los horóscopos. (Yo había hecho lo mismo un par de meses antes cuando juraba que mis síntomas febriles encuadraban con los de la malaria y el dengue.)

La mañana del miércoles 2 de septiembre, Sacha me pidió que nos olvidáramos del Rinjani y fuéramos a Bali, pues no había logrado dormir bien y estaba ya convencido que las medicinas recetadas por el doctor no estaban sirviendo de nada. Desayunamos con calma, le aseguré que no tenía ningún inconveniente con sacrificar el ascenso al volcán ni en pasar unos días en Bali. Con la lentitud que yo ya consideraba normal en Sacha cada vez que debíamos dejar un hotel, empacamos nuestras cosas y dejamos Kuta, tomando a petición suya el camino más rápido y conocido al puerto de Lembar, pero a una velocidad bastante más lenta que la que habíamos adoptado desde que Peter, con Rayo Athul, se separó de nosotros en Rote. Nos detuvimos una sola vez a estirar las piernas y descansar tantito; no era un trayecto largo como los que ya estábamos acostumbrados a recorrer. El se tomó un Red Bull y yo una coca.

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Eran las 13.30 hrs cuando llegamos a la terminal marítima de Lembar. Me informaron que había un ferri próximo a zarpar y que en unos minutos empezaría la venta de boletos. Nos formamos y mientras esperábamos, Sacha aprovechó para comprarse unas papitas y una coca. Nos alegramos cuando la fila empezó a avanzar, pero justo cuando llegamos a la caseta cerraron la pluma y nos pidieron que esperáramos al siguiente ferri, que zarparía en una hora. Acostumbrados ya a tomarnos las cosas con calma y sin prisas, aceptamos la noticia y nos sentamos al pie de la taquilla, agradecidos al menos de estar a la sombra -comodidad que muchos de los que llegaron después no tenían. Ansioso por terminarla, me puse a leer mi novela de amor y Sacha, cuyo déficit de sueño era ya evidente, se dispuso a echar una siestesita. A ratos se despertaba y descubría a un indonesio manoseando su moto, cosa que hacían con frecuencia y que el nunca lograba ignorar. Por fin dieron las 3 pm y se abrió la pluma. Pagamos nuestros boletos, retomamos nuestras posiciones sobre las motos, encendimos los motores y nos fuimos felices por el camino que nos habían indicado en la caseta. Doscientos metros después nos encontramos con otra pluma y, luego de esperar una media hora, nos enteramos que el ferri no zarparía antes de las 5 pm; noticia terrible que también aceptamos con resignación. Retomé mi lectura y Sacha su siesta, esta vez sin siquiera bajarse de la moto ni quitarse el casco; simplemente con los pies firmes sobre el suelo y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás.

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Me dolía verlo así, tan cansado, pero suponía que solo era cuestión de llegar a Bali, que durmiera bien, que los doctores le recetaran algo mejor y, sobre todo, que lo reconfortaran y le apaciguaran las ideas pesimistas que había estado entreteniendo.

Por fin abordamos el ferri y, entre siestas y lectura, retomamos algunos de los temas que habíamos tocado bajo la palapa del Warung Turtle. Hacia tiempo que no platicábamos tanto, tan seriamente. Recuerdo que en Batu Karas lo solíamos hacer; que en Yogjakarta yo temí tener una terrible enfermedad y que eso también despertó conversaciones profundas; que entonces el había jugado muy bien el papel reconfortante que ahora yo intentaba jugar para él.

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Algo pasó en la terminal de Padang Bai que obligó a nuestro ferri a fondear justo antes de llegar a Bali. No fue hasta las 10pm que levó el ancla y atracó. Eran las 11.30 cuando por fin llegamos a nuestro hotel de confianza en Canggu, el Ketapang Guesthouse. Risueña, la diosa balinesa/recepcionista Lela abrió la puerta de su cuarto en la planta baja y se sorprendió muchísimo al ver que la noche le había traído dos huéspedes de aspecto familiar, solo mucho más barbudos. Estábamos exhaustos pero no habíamos ingerido nada sustancioso desde el desayuno en Kuta. Luego de agradecerle a Lela e invitarla a que se volviera a dormir, nos fuimos en busca de comida, dando con unas jugosas hamburguesas con tocino que nos enmudecieron hasta el día siguiente.

Cuando volvimos al Ketapang yo me dormí enseguida. Sacha aprovechó del desfase horario para hablar con su neurólogo en México, quien le confirmó que era buena idea ir al hospital por una resonancia magnética. Entró al cuarto y, esforzándose por no despertarme, acomodó varias almohadas contra el respaldo de su cama y se durmió sentado.

La Caida de un Titán. Parte II.

La Caida de un Titán. Parte III.

La Caida de un Titán. Parte IV.

La Cabaña

Era una noche sin luna y sin embargo era posible distinguirlo todo: cada escama en el mar, la espuma de las olas asaltando la playa, el límite que había alcanzado la marea, las pequeñas huellas en la arena que habían dejado unas gaviotas y, como pequeñas jorobas en el horizonte, algunas tortugas desovando. La silueta de cada palmera se delineaba nítidamente en el cielo negro y estrellado. Se habían asomado más estrellas que de costumbre y no parecía una noche de luna nueva. Una ligera brisa soplaba hacia el mar, buscando llenar el vacío provocado por la radiación del agua.

En la frontera entre la playa y la selva, varias formas geométricas irrumpían en la suavidad de los contornos naturales; evidencia inconfundible de la presencia humana. Conforme me iba acercando empezaba distinguir una banca de tres a cuatro metros de larga, erguida sobre la arena y ensamblada cuidadosamente con troncos de palmera cortados por la mitad; luego, más cerca de la selva, colgando entre dos palmeras como una enorme sonrisa, una hamaca blanca, cuya blancura se perdía un poco en sus puntos más bajos y más altos; por fin, entre arbustos de mangle y platanales, una pequeña cabaña de techo de palma, frente a la cual había una mesa cuadrada con dos sillas, una más hundida que la otra. No había luz en la cabaña y el concierto de insectos y lagartijas, acompañado del compas de las olas y opacado ocasionalmente por el grito de alguna bestia en la obscuridad, hacían imposible oír si alguien dormía o no adentro.

Llegué hasta la banca, posé mi mochila y me senté a esperar el amanecer. A unos dos metros de la banca, medio enterrados por la arena, habían unos restos de madera y cocos quemados. Saqué mi teléfono y me sorprendí al ver que eran las cuatro de la mañana: había estado caminando durante más de tres horas. Casi no le quedaba pila y no tenía señal, así que lo apagué y me recosté en la banca, apoyando mi cabeza sobre la mochila. No había sido mi intención alejarme tanto del pueblo, pero el cielo me había hipnotizado y no me había podido detener más para que orinar, de vez en cuando, los litros de chela que había estado ingiriendo todo el día, rodeado de escandalosas grabadoras que competían por imponer su mal gusto. Al ponerse el Sol había vuelto al hotel, asqueado, triste y confundido, deseando alejarme tanto como posible del ruido, de la agresividad, de la soberbia; de las latas, bolsas de plástico, envases de vidrio, condones, pañales, corcholatas, colillas de cigarro; del valemadrismo, de la destrucción, del hombre.

Recostado sobre la banca, bajo aquella nube casi estática que delimita nuestra galaxia, pensaba en Grenouille, en su cueva en la cima de alguna montaña en Francia, lejos del fétido olor de los humanos. Un par de kilómetros atrás había visto la última huella del hombre en la playa. Sentía haber encontrado mi cueva. No tenía sueño y la ocasional estrella fugaz me ampliaba la sonrisa que llevaba tatuada desde que dejé de ver basura en la arena.

Una a una, se fueron apagando las estrellas, hasta que Mercurio quedó solo en el cielo. La brisa se detuvo y detrás de la selva se empezaba a distinguir el contorno de la sierra; detrás de esta, la luz que venía del oriente. Paulatinamente, los pájaros fueron tomando el relevo de los insectos y lagartijas. Pronto conocería a el o los ermitaños de la cabaña.

Decidí aprovechar la espera para nadar y revolcarme en las olas aún domables de la mañana. A unos cincuenta metros de mí pasó lentamente una escuela de delfines y a lo lejos veía los barcos de pesca que volvían en dirección al pueblo de donde había emprendido la marcha. No había ni una nube en el cielo y el celeste, el verde, el amarillo y el azul formaban mi paleta de colores favoritos. La cabaña embonaba perfecto en este paisaje y lo único que aparecía extraño era mi mochila, abandonada sobre la banca. El Sol ya se asomaba por encima de la selva y no tardaría en pegarle a la mochila, donde tenía guardados un par de Milky Ways que había comprado en el Oxxo cuando salí del hotel. Debían ser como las ocho o nueve de la mañana y me parecía extraño que alguien pudiera seguir durmiendo dentro de la cabaña, que ahora veía no tenía ni vidrio ni mosquitero ni cortinas en la ventana.

Con la mochila al hombro, me fui acercando hasta llegar a la mesa. Habían muchas huellas alrededor de una silla, ninguna alrededor de la otra. No queriendo perturbar la arena alrededor de la segunda, posé mi mochila sobre la primera. Un mechero hecho de un frasco de mermelada yacía, medio vacío, en el centro de la mesa. «¡Buenos días! ¡Hola! ¡Hay alguien!», llamaba, mientras me acercaba cautelosamente a la ventana. No hubo respuesta. Me acerqué hasta poder asomarme al interior y vi, atravesando la habitación de un rincón a otro, una hamaca de miles de colores cubierta por un mosquitero. El suelo era de arena y contra la pared del fondo había una enorme hielera. Arriba de esta había una repisa donde estaban cuidadosamente acomodados un par de vasos, un plato hondo y uno plano, una jarra con herramientas de parrillero y algunos cubiertos, una olla y un comal. Volví a llamar, pero nada. Regresé a la banca para ver si había alguien en la playa, luego le di la vuelta a la cabaña y descubrí detrás un pequeño huerto muy bien cuidado con sandías, limones, naranjas, zapotes, mangos y una variedad de plantas que desconocía. A unos treinta metros de este, escondida en la selva, una chosita de poco más de un metro cuadrado. La cabaña solo tenía una puerta que daba a la playa y era imposible que su dueño hubiera salido al baño sin que me diera cuenta, así que no me acerqué a la chosa. Regresé a la entrada, toqué, grité y nada. La puerta no tenía manija ni candado. La abrí, nuevamente me asomé, inspeccioné el interior y confirmé que no había nadie. Aparte de la hamaca, la hielera y una pequeña mesa de madera acomodada contra la misma pared y que debía servir para preparar la comida, no había más mobiliario. Cada pared tenia una ventana de un metro y medio de alta y poco más de ancha y en todas menos la de la hielera, incluso rodeando las ventanas,  habían repisas y repisas repletas de libros. Había libros en español, inglés, ruso, portugués, danés o noruego, sueco, italiano, francés, griego y probablemente otros idiomas más. Todos parecían bastante viejos, quizás de hacía treinta o cuarenta años.

El suelo había sido barrido con un rastrillo al punto de no haber ni una huella en la arena. No habían telarañas ni cucarachas, ni olía mal ni había restos de basura. Todo indicaba que una gran persona habitaba la cabaña. Entre todos los libros me saltó a la vista El Maestro y Margarita, que años atrás me había encantado en inglés y deseaba poder leer en ruso. Sin dejar más huellas en la arena, tomé el libro, salí de la cabaña y me acomodé en la hamaca, al abrigo del sol, a tratar de descifrarlo. No había dormido en veinticuatro horas y mi cuerpo empezó a ceder ante el confort. Tenia miedo de quedarme dormido y que me sorprendiera el amo de la cabaña, invadiendo su espacio, pero mis esfuerzos por mantenerme despierto sucumbieron ante el cansancio.

«Andrei ¿me podrías repetir la definición de obligación en latín? ¿Andrei? ¡Andrei!»

Sentí que alguien me daba un empujón en la espalda, luego oí mi nombre, pronunciado varias veces con cierta impaciencia.

«¿Sí? ¿Qué? ¿Qué pasó?» balbuceé, un poco atarantado.

«¿Cómo que ‘qué pasó’? ¡La definición de obligación en latín!»

 «Uhhh, este, hmm, este, ogligatio» me lleva la chingada, «est, este, iuris vinculum» ¿qué hago aquí? «errrr, este, no recuerdo lo demás.»

«Órale pues, un punto menos en el examen parcial. ¿Y tú, mi reina, nos puedes decir la definición de obligación en latín?»

Con frecuencia me distraía en clase, deseando encontrarme lejos de la Facultad, lejos de los latinazgos, del texto árido de los códigos y la Constitución, intentando volver a aquella cabaña, a sabiendas que pertenecía al mundo de los sueños, de los sueños guajiros.

Hace unos días recordé este sueño de estudiante y caí en cuenta que se había cumplido, incluso con un mayor grado de confort (aunque lo de la basura sigue siendo un tema, pues a los tailandeses, como a los mexicanos, aún les cuesta entender que el plástico no es biodegradable).

Tiene dos años que me bajé del transiberiano corporativo. Vivo sobre una colina, en una casita azul rodeada de platanales, donde nunca hay silencio, aunque tampoco hay ruido: los insectos y lagartijas cantan de noche mientras los pájaros, gallos, gallinas y vacas hacen lo propio de día. Por todas partes hay senderos de hormigas, que simplemente están paseando por la casa -no hay comida que les pueda tentar- en busca, probablemente, de un refugio para pasar la temporada de lluvias, que ya no tarda en llegar. No me hacen nada así que tampoco las molesto. De vez en cuando se mete algún mosquito, pero confío en que las lagartijas se encarguen, aunque a cambio de su entrega tenga que aceptar que caguen por todos lados. Dos gatos sin nombre (los musulmanes no le ponen nombre a los animales) velan por que no se acerquen serpientes ni ratones a la casa, favor que les devuelvo cuidando que las gallinas no se coman su comida.

Mis repisas tienen suficientes libros (incluyendo El Maestro y Margarita en ruso, que poco a poco voy leyendo) y de mobiliario solo tengo una mesita para escribir y a veces comer, una cama y un pequeño refrigerador donde guardo plátanos, agua y café. Tengo aire acondicionado en la recamara, pero rara vez lo uso. No tengo agua caliente y hace tiempo que dejé de usar papel de baño. Tampoco tengo internet ni televisión, bendición que me permite ignorar las cochinadas que hacen Peña Nieto y Trump.

Varias veces al día disfruto del llamado al rezo, que aquí todavía no se hace con grabación y, en ocasiones, alcanzo a escuchar una moto que pasa a la distancia. Del balcón cuelga una hamaca blanca, en la que paso horas contemplando el Andaman, con su infinidad de matices de verde, turquesa y azul, y el cielo, por donde planean águilas y halcones, vuelan cuervos y aves de todos los colores. A lo lejos, veo las islas Maiton, Dok Mai y Phi Phi. Cada mañana bebo mi café en la hamaca, analizando el estado del mar para determinar si merece la pena o no izar las velas y las nubes, con la esperanza de ver unas majestuosas nimbocumulae – latinazgo que no me hace regurgitar y que, por el contrario, sé que garantiza diversión y emociones fuertes en el agua.

Las marcas del Sureste Asiático

Es bien sabido que cuando se viaja a lugares «exóticos» hay que investigar sobre los riesgos que esto conlleva, incluyendo las picaduras de mosquitos, existencia de arañas mortíferas o si es necesario que para entrar a tal o cual país necesites vacunas.

En el caso del Sureste Asiático no es necesario ponerte vacunas de ningún tipo, aunque embajadas, blogs y Lonely Planet te advierten del probable riesgo de dengue y malaria en la región. Nada grave, se trata del mismo riesgo que conlleva ir a la salva chiapaneca o a Yucatán. Aún así, para no correr un riesgo más grande, hay mucha gente que toma pastillas contra la malaria estando en Laos. Dicen que si te da una vez, con esa basta y nunca de los nuncas se va.

Yo traía conmigo un botiquín muy básico que compré en la famosa Farmacia Paris. A sabiendas de que siempre me ando cayendo o pegando, un kit normal compuesto de agua oxigenada, antiséptico y vendas bastaba. Aun así, pensaba que probablemente me daría gripa o que necesitaría alguna otra vitamina, y como no tomo medicina convencional, preferí llevarme mis pastas naturales: equinácea para la vitamina C y pastillas de vitamina B12. Todo listo.

Cuando llegué a Phuket, Andrei Rostislavovich me dio un set de pastillas para la malaria, aconsejándome que no era necesario que me las tomara desde antes ya que era una putiza. Me dijo:  «Guárdalas, y si te da malaria trágate una o dos, con eso te da para llegar al hospital.» Hecho. Las guardé.

Viaje por Tailandia donde los mosquitos me asesinaron las piernas y nalgas, pero nada más. Luego en Laos, el lugar en donde es más probable que te de malaria, los moscos se olvidaron de mí. Simplemente no me picaban. En Camboya ni sus luces; y después llegué a Vietnam.

Ahí, parecía que todo iba bien con el tema, viaje de Ho Chi Minh a Da Lat y de Da Lat a Hoi An. En Hoi An me di la vacación de mi vacación en la playa y me quedé más días porque me enamoré de esta pequeña ciudad. Fue justo ahí… el último día un bicho me picó, o varios bichos… yo qué se.

Al siguiente día me iba a Hue, la ciudad imperial. Desperté con una comezón que ardía en mis antebrazos, los miré y me di cuenta que había sido atacada terriblemente mientras dormía. Además de estos piquetes, tenía otro más en la nalga -lugar favorito de los moscos para picarme- que me dolía mucho.

Los piquetes de los antebrazos eran inusuales; primero porque solo estaban en los antebrazos; segundo, porque  eran pequeñitos pero ardían horrible. Al no tener Andantol para calmar la comezón, recurrí a llenarme los brazos con pomada del tigre, que se supone es re buena para eso. Yo aún así me quería arrancar los brazos y aventarlos.

En Hue, una compañera de cuarto se dio cuenta de mi sufrimiento y me dio una crema de cortisona que salvo mis brazos y mi paz mental, aunque me dijo: «Me parece que esos piquetes son de pulgas». ¿Pero cómo?  Había dormido en ese hostal los últimos 3 días y no había pasado nada, ¿o las pulgas me agarraron en otro lado que no fuera mi cama? Quién sabe.

El piquete de la nalga seguía doliendo bastante, yo lo tocaba (no lo podía ver) y sentía que tenía una especie de hoyo pero pequeño. También pensé que en unos días desaparecería.

Después de dos días me fui a las cuevas de Phong Nha; los antebrazos ya estaban bien. La nalga seguía igual. Pasaron 3 días y me fui a Hanoi, como ya no estaba sola, le pedí a Michelle (la chilena) que por favor me revisara el trasero, lo hizo y me soltó un «Hueona, esto está infectado». ¿Hay un hoyo? pregunté, «Sí hueona, cómo chuchas te lo hiciste?»

Pffff, momento perfecto para sacar el botiquín y ella añadió una pomada con antibiótico. «Con esto seguro se te calma».

Al siguiente día volvió a revisar, y al siguiente Sara, después Clot, después Carlos; todos coincidían en que iba mejorando notablemente.

Ahí me tenían, enseñando el rabo a quien fuera para que me dijeran cómo iba y para que me pusieran la curita, porque como yo no podía ver la herida, me daba miedo poner el pegamento en donde estaba abierto.

De repente, ya no era un «piquete», apareció otro al lado del mayor, y luego otro. Todos con una puntita blanca ¿qué pedo?.

Llegué a Tailandia y hablando en el whatsapp con Sophie me dijo que ella creía que eso no eran piquetes de mosquitos, sino forúnculos.

Andrei y yo no teníamos idea de que era eso, así que nos pusimos a consultar a don Google. En efecto, parecían forúnculos.

Estábamos a escasos días de irnos a sentar 11 horas diarias a meditar, así que decidí ir al doctor para tener el trasero en perfectas condiciones.

El doctor dijo muy fresco «Algo te picó, un mosco o algún otro bicho que traía esta infección, pero no te preocupes, no pasa naaaaaada, sigue limpiándolo con esto y esto  y sigue poniéndote la crema antibiótica. Además, tómate estos antibióticos y ponte un curita.» ok!

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Andrei, con toda la paciencia y suficiente asco, limpiaba diariamente mis forúnculos y ponía el curita correspondiente.

Llegué al Vipassana con un forúnculo muy pequeño, no había ya ningún problema. O al menos, eso es lo que yo pensaba.

De repente, por ahí del octavo día de meditación, salió otro abajo de la nalga izquierda, un poco distinto a los demás. Este parecía una quemada, no tenía nada blanco, tenía una bolsita de agua. No la toqué, la dejé y me dormí. Cuando desperté, la bolsita había crecido 3 veces su tamaño. A la chingada! Saqué una aguja y me picotee. Salió el líquido y comencé a curarla como a las demás. Hasta hace apenas unos días sanó por completo.

En algún momento pensé que el calor que sentía mi cuerpo durante la meditación, era el causante de este nuevo y raro forúnculo de calor.

Salimos del Vipassana y todo siguió bien, pero cuando llegué a Bagan salió otro pequeño y cuando llegué a Mandalay, salió el peor de todos. Dolía muchísimo. Todo el camino en el camión del Lago Inle a Mandalay lo sufrí horrible, esa noche no pude dormir bien.

Cuando llegué al hostal, lo revisé. Limpiar, limpiar, poco a poco empezó a drenar más y más, hasta el día en que llegué a Hong Kong. Ahí decidió drenar todo, ya no sentía más dolor pero dejó una marca profunda en mi trasero. Dejó -literal- un hoyo en mi trasero. ¿Cómo puedes tener un hoyo en el trasero????!!!

Se que todo esto suena asqueroso, pero no podía no escribir sobre esto porque me mantuvo en un mal viaje constante, ya no sabía qué más hacer o cómo detenerlo. Por lo que leí vi que no era nada grave, salvo algunos casos. ¿Un hoyo es suficiente para ser esa excepción?

Decidí decirle a Toño, quien me recibió en Beijing, que por favor me llevara al doctor ya estando allá. Le mandé una foto del hoyo. Me dijo que ni de chiste me llevaría a un doctor porque correría el riesgo de que los chinos no me dejaran salir del país. ¿Quéeeee??? pffffff…. en fin. Decidí aguantarme… el hoyo cada día iba cerrando y pues espere a llegar a México y ver a mi doctor.

Hoy ya no tengo hoyo, ya no han salido más forúnculos y poco a poco mi nalga izquierda regresa a la normalidad. ¿Qué me picó? Al parecer me picó el mosco del dengue, pero mi cuerpo resistió a tal enfermedad y en vez de dengue, me mando forúnculos. De algún modo tenía que salir la chunche esta. Creí que era un estafilococo, y éste no fue encontrado, así que como se dice coloquialmente «sepa la bola». Lo bueno es que ya estoy bien, ya me puedo sentar sin dolor y solo queda esperar que el rabo quede presentable de nueva cuenta e ir a tomarme muestras de sangre para estar 100% segura de que ya no tengo ningún bicho.

Así, me llevo un gran recuerdo del Sureste Asiático en mi cuerpo, y la enseñanza de que no importa lo que te tomes, lo que lleves, que tanto te cuides, ya saben cómo va el dicho: «Cuando te toca; aunque te quites y cuando no te toca; aunque te pongas».

Mama Su y Sapa

Algo que tenia muchas ganas de hacer durante este viaje era hacer un trekking con alguna tribu local.

Estando en Pai, Tailandia fui a preguntar varias veces si era posible, pero el hecho de viajar sola  te complica este tipo de planes. Mis opciones eran: 1) Conseguir gente para hacer el trekking conmigo, o 2) esperar a que se juntara más gente interesada en hacer el mismo tour que yo y regresar a preguntar.

Regresé varias veces hasta que me harte. Me quedaría con ganas de conocer a alguien de las tribus del norte de Tailandia.

Para cuando llegué a Luang Prabang en Laos, me di cuenta que varias de las tribus de Tailandia también habitan en Laos, así que fui a buscar de nuevo y salio la misma chingadera. Si vas sola el paseo te sale lo doble de caro, de nueva cuenta tienes que conseguir gente que quiera hacer lo mismo que tu. Claudiqué.

Finalmente, cuando llegué al norte de Vietnam decidí ir a Sapa, una ciudad en el meritito norte norte de Vietnam, en donde -para mi fortuna- vive gente de la tribu h’mong.

Ahí, si te quieres quedar en casa de una persona local, vayas sola o acompañada, no es ningún problema y es el mismo precio para todo el mundo.

Esta vez -curiosamente- ya no estaba sola. Desde Phong Nha a Hanoi, de Hanoi a Ha Long Bay y de Hanoi a Sapa, estuve acompañada por un grupo de gente increíble: Sara de Inglaterra, Bart de Los Paises Bajos, Michu, Carlos, Claudio (Clot) y Matias de Chile y mi paisano Pepe. Y aunque unos se quedaron en Hanoi para partir hacia Singapur (Carlos y Clot) y otros se fueron antes a Sapa (Michu, Bart y Sara), Pepe, Matias y yo nos fuimos juntos y alcanzamos a los otros tres en casa de Mama Su.

En Hanoi

El plan era hacer el trekking todos juntos, sin embargo, el sureste asiático, empeñado en no dejarte ir sin una marca importante en tu cuerpo, no permitió que Bart ni Sara nos acompañaran, ambos se cayeron de una moto.

Total que, después de dos recomendaciones, fue Mama Su quien nos dio alojamiento y comida. Aquí les dejo lo que aprendí estando con ella:

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Nombre: Su

Tribu: H’mong

Idioma: H’mong

Edad: 37 años

Estado civil: Casada

Hijos e hijas: 2 niñas y un niño

Religión: H’mong y cristiana

Religión y costumbres: En la religion h’mong se cree en los espíritus familiares. Siempre se guarda comida para que ellos coman antes que los vivos. Cuando se cosecha el arroz, se ofrenda primero al padre y a la madre, lo mismo antes de comer.

Le conté que en México tambien honramos a nuestros muertos y les ponemos una ofrenda muy similar a las que ponen en Asia, con la diferencia de que solo lo hacemos una vez al año.

El arroz: Las semillas de arroz que cultivan las compran a una compañía china. Dice que podría cultivar su propio arroz, pero el suyo produce menos granos, por eso usan el otro aunque asegura que es caro y no reciben ningún tipo de apoyo gubernamental.

Identidad: No sabe su fecha de nacimiento ni el de sus hijas e hijo, solo el año en que nacieron es medianamente importante. A pesar de esto, si tienen acta de nacimiento aunque jamás la usen.

Trabajo: Trabajar en los arrozales toma 10 horas diarias. Generalmente, comienzan a las 7:00 a.m. y terminan a las 17:00 horas. No tienen un patrón que les ponga horarios o cualquier otro tipo de cosas, son sus propias tierras y cultivos, por lo que si están cansados o enfermos, pueden descansar.

Los niños y las niñas también trabajan el arrozal, comienzan generalmente a la edad de 11 años. Van a la escuela y de ahí a trabajar. Después de los 15 años tienen que trabajar más.

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Su 

Educación: La escuela es gratuita hasta los 15 años. Después de eso, si quieres seguir estudiando debes ir a Sapa o a alguna localidad cercana a Hanoi; además, deja de ser gratuita a ese nivel, por lo que muchas familias no pueden mandar a sus hijos a la escuela.

Por su parte, Su no sabe leer ni escribir, pero habla muy bien inglés. Lo aprendió hablando con los turistas cuando comenzó a alojarlos hace 8 años, hoy es su principal fuente de ingreso.

Por cierto, Su tampoco habla vietnamita.

Economía personal: No se gana mucho del arroz, primordialmente porque el que siembran es para su consumo, solo a veces lo venden.

Para sembrar, lo ideal es tener un búfalo de agua, pero este cuesta 10 millones de dongs (unos $8,500 pesos). Muy caro para ella. Es por esto, que además de sembrar arroz, tejen. Tejen cosas preciosas y muy elaboradas. Como ando en mi etapa de recuperar conocimiento perdido, antes de emprender este viaje fui a que me re enseñaran a bordar, así que le enseñé el bordado que yo he estado haciendo y tuve la fortuna de que ella me enseñara como bordan ellas. ¡Esta difícil!

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Temores: Su le teme a las alturas, aunque se la vive en las montañas. Dice que cree que nunca podría subirse a un avión. Le dije que era como ir en tren, que no iba a sentir nada, jeje.

Gustos y disgustos: Come de todo menos pescado, víboras o perro. Simplemente no le gusta. Su estación favorita es el verano, no hace tanto calor, ni hace tanto frío. Últimamente en invierno les ha nevado, algo completamente inusual y que les afecta mucho porque los animales, incluyendo los búfalos, se mueren.

No le gusta el sur de China, sus vecinos, dice que son muy groseros con ellos, no dicen hola ni adiós.

Sus animales favoritos son los pájaros y las gallinas. Los arrozales y el paisaje impresionante que forman ya no le sorprenden. Le encanta el vino de arroz, al que le llama «happy water», pero no le gusta la cerveza.

Matrimonio: Las mujeres h’mong se casan alrededor de los 15-16 años, aunque algunas se casan a los 12. Se casan con niños de su misma edad y ellas pueden elegir a su esposo. No existen los matrimonios arreglados ni forzados. Su fue una rebelde, ella se caso hasta los 22.

Procreación: Ella tuvo sus partos en casa, solo cuando hay un problema muy serio van al hospital. Por lo general, para todo se usan remedios medicinales caseros.

Como costumbre, suelen guardar el cordón umbilical de los bebes en un frasco por unos días y lo dejan al lado de la cama, como ofrenda y agradecimiento a sus ancestros. Después, este se entierra bajo la tierra.

Por el momento, Su no quiere tener más hijos.

Roles de género: Son casi inexistentes. Los hombres cocinan, las mujeres también. Los hombres cuidan de la chamacada, las mujeres también. Los hombres trabajan el arrozal, las mujeres también. Solo el tejer pertenece a las mujeres.

Si alguna vez van a Vietnam, no se pueden perder de esta experiencia. Debido a que Su no escribe ni lee, es necesario que para contactarla le marquen por teléfono, aquí dejo sus datos: Giang Su (+84) 01677924940

No se van a arrepentir!!!

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Camboya

Mi paso por Camboya fue rápido pero muy enriquecedor.

Ya sabía que este país se luce por la cantidad de corrupción que hay en su gobierno y autoridades, incluso asimilable a México. Esta corrupción se puede palpar desde antes de que cruces la frontera.

Un par de días antes de partir a Camboya, varios amigos y yo estábamos buscando en internet cuánto costaba la visa, además de preguntarle a otros conocidos cuánto habían pagado y cómo les había ido.

«La página de la Embajada dice que cuesta $35 dólares, más $2 dólares por un examen médico superficial.»

«Sí, pero dicen que en el camión pasan unos sujetos y te piden tu pasaporte para que ellos hagan el trámite y esto puede aumentar el precio a $39, $40 dólares, lo que ellos quieran.»

«Yo no quiero dejarles mi pasaporte, deberíamos hacerlo nosotros mismos.»

«Sí, aunque también me han dicho que si no le caes bien al que te está atendiendo te pueden cobrar todavía más».

«Una amiga pagó $50 dólares». «Un amigo pagó $45».

Así eran las conversaciones. ¿Cómo demonios puede ser posible que hasta para hacer este trámite sean tan corruptos? Todos nos lo preguntábamos y hasta nos daba miedo.

¿De qué dependerá si les caes bien o no? ¿De ser güero, negro, moreno, amarillo? ¿De tu estatura? ¿De si eres «western» o no?

Por estos lares siempre confío en que la nacionalidad mexicana me ayude. A ojos internacionales seguimos siendo un amor.

Pues bien, partí antes que los demás. Prometí avisarles como me iba en el cruce de fronteras y darles -si había- algún tip.

Primera parada: Con la autoridad de Laos que te cobra $2 dólares por salir del país, cuestión que sorprende a muchísimos europeos, ¿por qué cobran? se preguntan. Yo les digo que varios países hacen eso. Recuerdo tener que pagar $20 dólares para salir de Ecuador y que México también le cobraba a algunos países latinoamericanos.

Ahí mismo llenamos las formas migratorias y el sujeto nos dijo que le diéramos nuestros pasaportes para que él hiciera el trámite. Nos resistimos hasta que dijo que podíamos seguirlo en cada paso del trámite y que nos cobraría $39 dólares.

Decidí aceptar, era eso o depender del buen o mal humor de otro camboyano. No hubo contratiempo alguno, lo seguimos hasta donde pudimos, de repente desapareció pero regresó con los pasaportes y descansamos. Ya con visa en mano, me subí a la minivan que me llevaría a Siam Reap.

Desde que entras a Camboya te das cuenta de que las cosas  no deben estar muy bien allí. A diferencia de Laos que conserva muy bien sus montañas repletas de árboles, aquí sólo se veían hectáreas y más hectáreas de terreno con árboles talados. Miles de ellos. Una tristeza monumental. Pensé que sólo sería un área; pero no, este panorama siguió por cuatro horas.

Por otro lado, ves por todas partes el letrero del Partido Popular de Camboya. El único que ha gobernado a este país desde 1993 como tal, aunque -igual que en México- este partido fue creado muchos años antes y fue cambiando de nombre a través de los años ¿Les suena?.

En fin. Llegué a Siam Reap e hice lo debido: visitar el fabuloso complejo de Angkor Wat, una serie de estructuras religiosas o templos considerados como patrimonio de la humanidad y como una de las nuevas maravillas del mundo. Hay que decir también, que no hay ruinas mas grandes que éstas en el mundo. No hay palabras que puedan describir su magnificencia, ni toda la historia que existe detrás de ellas. Simplemente increíble.

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En esta ciudad, varios chicos europeos que trabajaban en el hostel donde me quedé (Funky Flashpackers) me dijeron que tuviera muchísimo cuidado en Phnom Penh, la siguiente ciudad a la que me dirigía y que también es la capital del país.

Ya había leído en mi súper guía -que no ha servido de mucho- que en la capital son muy comunes los asaltos, específicamente el robo de bolsos. Para una que es chilanga esto sólo forma parte de la cotidianeidad, así que hace falta un poco más para asustarme.

Pero cuando estos chicos empezaron a decirme que era re peligroso, más allá de los asaltos y que luego yo, andando sola, debería tomar extra precaución; ahí me empecé a asustar.

Pregunté si era posible salir por la noche a tomar unas chelas, me dijeron que mejor ni lo intentara.

Total que lo lograron. Me fui re espantada a Phnom Penh ¡Me aterroricé!

Tomé de nueva cuenta una minivan hacia allá; misma que se descompuso a medio camino por lo que tuvimos que esperar más de 2 horas para partir. Gracias a este retraso, conocí a uno de los pasajeros:

¿De dónde eres? -De México- ouuuu nice!- ¿y tu? – De Ruanda – woooow!!!

¿Qué se dice cuando conoces a alguien de Ruanda? «Que chingón? Siento muchísimo todas las muertes que han azotado a tu país? ¿La pobreza? ¿ya viven en paz?» No tenía ni idea de qué decir así que me limité a un «wooow!!! nice!». Seguramente en su cabeza ocurrió un debate similar.

Nos fuimos a cenar. Pie-Pacifique me platicó que no vivía en Ruanda sino en Sudáfrica; que dejó su país a los 13 años debido al genocidio y que aún no es un buen lugar para vivir, pero que la gente es buena y linda. Sudáfrica, para el, es un país muy distinto al resto de África, pero le gusta.

Platicamos del catolicismo impuesto en Ruanda y México, de las historias antiguas que ya existían en su país antes de la colonización, yo le conté del mito de la Virgen de Guadalupe y su relación con la antigua Tonantzin.

Le conté también del último libro que había leído, «El origen de la tragedia» y cómo Nietszche describe y explica por qué los países occidentales destruyen y toman otros países como los nuestros.

Fue una plática valiosísima.

El estaba en Phnom Penh por cuestiones de trabajo y no era la primera vez que iba. Así que le pregunté:

¿Es verdad que es súper peligroso? – ¿a qué te refieres?- Me han dicho que asaltan mucho y pasan cosas horribles, que ni siquiera debería salir de noche. – No me ha tocado ver nada así, yo creo que  estarás bien.

Fue un respiro y, efectivamente, no fue como me la pintaron. Camine tranquila por las calles, salí a pasear y no pasó nada.

La cosa es esta: Las y los chicos «occidentales» viven una realidad muy distinta a la de cualquier latinoamericano, africano o asiático, por lo que nuestros estándares no son los mismos, ni están cerca de serlo.

Estas personas viven en países en donde, generalmente, las cosas van bien, mientras que en el resto del mundo no es así. Aprendemos que SIEMPRE tienes que cuidar tus cosas; incluso desconfiar del otro puede considerarse más una virtud que un defecto. Es una desgracia, pero así es. Sabemos que la corrupción es como la humedad, que la pobreza es una maldita constante; que lo rural es eso -rural- no «pobre» o «no civilizado», que a veces viviendo con muy poco se puede ser más feliz. Entendemos que se avanza de poquito en poquito, reconstruyéndonos a cada paso.

Mi percepción sobre Camboya y, en específico Phnom Penh, es que es palpable que es una ciudad en crecimiento, se ven los edificios viejísimos y descuidados al lado de nuevas torres espectaculares. Ahí se puede cenar en restaurantes súper chidos o en fondas; comprar ropa re barata que en realidad se vende a precios mas altos en occidente pero que son 100% costeables para la gente -la de occidente, claro- (H&M y Benetton son clientes favoritos de las manos camboyanas, que trabajan mucho por nada de dinero y en pésimas condiciones de trabajo. NOTA: Si quieren saber mas sobre esto recomiendo altamente ver el documental «The True Cost»  ahí o en Netflix y les invito a dejar de consumir estas y demas marcas que se aprovechan de la mano de obra de paises en desarrollo, se incluye Adidas, zara, bershka, etc. perdon por el comercial y continuo…), habrá a quien le quiten el bolso y a quien no; se ve que hay gente trabajando duro por sueldos bajitos y al mismo tiempo ves muchas escuelas internacionales (para franceses, japoneses, gringos). Total, hay de todo y para todas las personas.

Teniendo una nueva amistad tan interesante, decidí  que no quería salir de fiesta con la gente del hostal, preferí pasar mis 3 noches con Pie-Pacifique, platicando de nuestros países, de Camboya  y bailando salsa. Resultó ser un fanático y gran bailarín.

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Phnom Penh fue duro. La visita obligada es a la prisión Tuol Sleng, tambien conocida como la S21, lugar de tortura y muerte para miles de camboyanos a manos del regimen jemer liderados por Pol Pot (dejo link para curiosear en caso de no saber sobre este malvado). Entender la locura de este sujeto no me resulta nada  fácil. De hecho, sigo sin entenderla y siempre me pregunto cómo le hace la gente para seguir con sus vidas. Estar con Pie me ayudó a entender un poco más de esto, ya que su pais vivió algo muy similar.

Me dijo que el dejo de sentir rencor y sufrimiento por lo que había pasado una vez que aceptó que las cosas pasan. Dejó de preguntarse ¿por qué pasan? ¿qué hubiera sucedido si esto no hubiera pasado? Me dijo: «La cosa es que pasó. Eso ya no lo puedes quitar. Cuando entiendes eso, entonces puedes seguir adelante y tratar de que nunca vuelva a pasar.»

Nunca se me a olvidar y es una buena enseñanza que me llevo.

En lo que respecta a la corrupción camboyana o de cualquier parte del mundo, me parece que siempre va a estar ahí en menor o mayor medida, como en Ruanda, como en México. El tema es amplio y complejo y a estos gobiernos les ha funcionado tener a la población ganando poco dinero, con  educación insuficiente y con un acceso a la información viciado que les permite perpetuar su estancia en el poder y alimentar la corrupción y a su hermana la impunidad.

Se, por lo que he leído, algo sobre los problemas de Camboya. Personalmente, solo tuvimos la desdicha de ser detenidos por un policía que le bajo 5 dólares a Pie por no traer casco mientras manejaba la moto; no crean que existio la posibilidad de una multa. No. Al mas puro estilo poli chilango ochentero, se aventó directamente a pedir su dinero. Fuera de eso todo corrió con absoluta normalidad.

 

 

La Caida de un Titán. Parte IV.

Me despierto cansado, confundido, sintiendo que voy tarde al hospital. Tardo en darme cuenta que no estoy en Canggu sino en un hotel en Denpasar. El despertador me informa que son las ocho de la mañana del 10 de septiembre de 2015. Mientras inspecciono la habitación, me acuerdo que la noche anterior, entre las nueve y las diez, conversé con el neurocirujano. Me hizo saber que Sacha no se recuperaría. Me baño, visto y paso a desayunar el nasi goreng que ofrece el hotel como una única opción de desayuno.

Al llegar a la unidad de terapia intensiva, el anestesiólogo me comenta que hay que decidir si Sacha continua con un soporte de vida completo o si cambia al básico. Con mucha paciencia y en un inglés casi perfecto, me explica que la eutanasia es ilegal en Indonesia, que deben darle aunque sea alimentación y cuidados sencillos hasta que deje de latir su corazón, que ya no es necesario mantenerlo con el respirador artificial ni tener a personal médico al pendiente para resucitarlo. Continua precisando que con apoyo completo podría vivir 2 a 4 días más mientras que con el básico, descansaría al cabo de uno o dos días. Menciona los costos diarios de cada alternativa. Le agradezco la explicación, sincera, objetiva, clara, sin rodeos ni sentimientos forzados, y paso a saludar a Sacha. Yo lo veo igual que el día anterior pero con lo que me comentó el doctor, siento que hablarle ya no hace sentido. Considero igual o más probable que escuche mis pensamientos a que oiga mi voz y permanezco en silencio a su lado por unos minutos, pensando en lo bien que la hemos pasado; en lo incomparablemente buen pedo que es; en sus ganas de rasurarse antes de ir al aeropuerto -que quizás hubiera sido buena idea, pues trae un buen desmadre de cables y tubos en su barba; en lo chingón que fue que se mudara a Ámsterdam 205; en lo malo que era jugando FIFA; en lo sensible que podía ser al respecto; en cómo, sin esfuerzo alguno, se ligó a una guapa Constance semanas antes en Labuhan Bajo; en la vez que se le acabó el aire buceando; en su amor por Chinta Besar, una moto que a cada rato le causaba problemas; en lo mucho que lo admiro; en lo rápido que había decaído su salud y en lo bien que le había ido, a pesar de todo.

Ferry de Sumbawa a Flores

Más tranquilo y con una ligera sonrisa, me retiro para tratar de comunicarme con su madre y pedirle instrucciones. La señal de internet siempre es un problema, pero logramos acordar pasarlo al soporte básico. Antes de hablar con la administración, decido hacer el viaje a Canggu para vaciar la recamara que Sacha y yo tenemos en el Ketapang de Echo Beach, hotel al que habíamos vuelto una semana antes, después de más de dos meses de viajar por Indonesia, con la esperanza de que los doctores de Bali calmaran los temores de Sacha.

Saludo a Lela y a Putu, las atentas encargadas del hotel, y les comparto la mierda de noticia, empaco mis cosas, les dejo encargadas otras, incluyendo la moto de Sacha, su casco, maleta y ropa, pago la cuenta y me regreso a Denpasar. En mi nuevo hotel aprovecho para echarme un clavadito en la alberca. Me refresca y hace sentir muy bien. Salgo de ahí ligero, suave, fresco, listo para pasar horas en el hospital. Solo me falta comer. Hago una escala en el Pizza Hut que está justo a un lado del Kasih Ibu, me pido una pizza de peperoni sin la orilla rellena de queso -aprovechando que no está Sacha, una coca cola y leo Robinson Crusoe en lo que llega la comida. Mastico lentamente, disfrutando de cada mordida y tomando todo el tiempo que siento que requiero antes de comunicarle a los doctores que estamos listos para pasar al soporte básico.

Son como las 4pm cuando por fin vuelvo al hospital. Me encuentro al anestesiólogo y le comparto la decisión de la familia. Me pide pasar a la administración, pues hay ciertos papeles que firmar y el no puede actuar hasta que todo esté en regla. Antes, me detengo a saludar a Sacha. Ha tomado un color más amarillo, más pálido, pero se sigue distinguiendo su bronceado de taxista. Su barba, tupida y despeinada, se enreda entre tubos. Le cuento que Lela se veía muy bien por la mañana, que la dejé encargada de Chinta Besar, de su casco y otras chivas, de lo plano que había amanecido Echo Beach y de lo pinche que la TV indonesia había estado la noche anterior. Le prometo volver en un rato.

Paso a ver a las amables señoritas de la administración, que suelen recibirme con una sonrisa y humanismo. Me comentan que es necesario que la Madre firme unos documentos. Les explico la dificultad que implica la diferencia de horario y los retrasos que conllevaría el envío de documentos originales desde México, pero responden que dada la seriedad de la decisión, no pueden proceder de otra manera. Decido esperar a que amanezca en México para retomar el tema.

Vuelvo a la sala de espera, a observar a la familia, a los niños, a entretenerme con el teléfono, con mi compu. Frente a mi se detiene una señora de uniforme verde. La reconozco cómo la señora que le llevaba la comida a Sacha cuando este aún estaba en el cuarto piso. Se enteró y no lo puede creer. Siempre lo vio alegre, sonriente, emocionado por su viaje a casa. Está muy triste. Conversamos un rato en Indonesio, sobre la vida, la muerte, lo lindo que es Sacha. Si lo hablo y entiendo tan bien es gracias a él. Pasamos unos minutos llorando juntos. Se aleja, retoma su carrito lleno de platos sucios y desaparece al fondo de un pasillo.

Los niños están por todos lados, se ríen, se esconden, se persiguen y, aunque solo pueda ver sus ojos, noto que esto comienza a desesperar a una madre o tía. Retomo mis distracciones y rutina, y veo que recibí un mensaje de Charline. Pregunta si estoy en Bali y si nos podemos ver. Agrega que hace días no sabe de Sacha. A través de lagrimas, le escribo un mensaje, le doy los datos del hospital Kasih Ibu de Denpasar. Charline vive en Dili y está en Bali por unos días para festejar su cumple, surfear, divertirse con unas amigas y reencontrarse con Sacha. Nos hicimos muy buenos amigos un par de meses atrás en Nemberala, una playa de excelentes olas y quietud total en el sur de la isla de Rote. Ahí, Sacha y Charline habían pasado sus mañanas y tardes en las olas, mientras yo echaba la hueva, leía o escribía, a veces escuchando música a través de una pequeña bocina roja que Sacha había traído de México, no sé si con o sin el consentimiento de su dueño, otras, solo oía el sonido del viento en las palmeras, el mar escalando la playa, una cabra luchando con un basurero, gallinas echando el chisme y, más o menos cada hora, un golpe como de tambor, seco, fuerte, profundo, cuyas ondas hacían vibrar la tierra y detenían el tiempo por un instante; un coco que se estrella en el patio del Tirosa. Charline me informa que viene en camino.

Yo sabía que Charline había  marcado a Sacha, aunque él, con pésima actuación, fingía que no. Las circunstancias merecían una última sesión de buleo entre amigos. Quizás hasta lo animaría a despertar, le sacaría una sonrisa o me mentaría la madre. Le advierto que su amada francesa va a venir a verlo y que tiene que echarle ganas para verse un poco menos agüitado. Le grito «¡Echa ganas!», agrego un par de bromas un poco más ojetes, me río, busco una sonrisa en su cara, le aclaro que estoy cotorreando. Le cuento sobre la señora que le llevaba la comida, lo conmovida que estaba, pero tampoco encuentro expresión alguna. No es fácil hablar con alguien que no puede responder. Me despido advirtiéndole que tiene unos veinte minutos para echarse una ducha, raparse, podar su barba y ponerse su colonia.

Charline llega con una amiga, Fanny, con quien me quedo a platicar mientras ella entra a ver a Sacha. Fanny, también francesa residente en Dili, está embarazada y viene a Bali a ver a los doctores, aparentemente mejores que los de Timor Leste. Le cuento sobre nuestra breve visita a ese país, de lo terrible que había sido el primer hotel, la bonita escapada a Baucau y los rumores de dengue y malaria que nos habían espantado.

Después de lo que parecen unos quince minutos a media hora, sonriente y con lagrimas, Charline regresa con nosotros. Me da un fuerte, muy fuerte abrazo, moja mi hombro con lagrimas y tal vez hasta con mocos, y yo la abrazo de vuelta, aunque no tan fuerte porque ella es pequeña y flaca.

Nos sentamos por otro rato, compartiendo historias de Rote, de Dili y de Bali. Charline acaba de cumplir años. Les cuento un poco sobre el recorrido en moto por Flores, Sumba y Lombok, y cómo, aunque al final inexplicable, habíamos llegado a este momento; cómo un tumor del tamaño de una pelota de golf, detectado seis días antes, había presionado el tronco del cerebro al punto de provocarle un apagón.  Cómo sucedió camino al aeropuerto, iba a tomar un vuelo a México…

De pronto, de la sala de cuidados intensos, viene corriendo un enfermero flaco, alto, de piel blanca y cabello negro, sonriendo, agitando su brazo izquierdo de un lado a otro. Lo observo con curiosidad hasta que oigo que llama mi nombre. Me le acerco y, sin dejar de sonreír, me informa que el doctor quiere verme, que está revisando a «Mr. Aledjiandro». Me lo dice muy emocionado. Entro, todo está igual de tranquilo que siempre, hay un doctor examinando a Sacha. Me saluda, muy cortés. Me dice que sospecha que Sacha ha muerto y que va a realizar tres pruebas para confirmarlo. Primero siente su pulso, en la muñeca y en el cuello. Me indica que no siente nada. Luego golpea sus codos y rodillas con un pequeño martillo. No hay reacción. Finalmente, separa sus parpados e ilumina sus ojos con una pequeña linterna. Me dice que no ve ningún cambio en sus pupilas. Me confirma que clínica y legalmente Sacha Mandinga ha muerto.

No sé si fue gracias a la pausada preparación que tuve para enfrentar este momento, a la agradable distracción que me habían dado Charline y Fanny esta última media hora, a la idea de que a Sacha le había tocado un final feliz, a que el doctor me compartió cada paso de su diagnostico con enorme claridad, franqueza y empatía, o a todo esto y más, pero asimilé la noticia. Pasé unos minutos despidiéndome de Sacha, agradeciéndole el viaje por Indonesia y los años de amistad. Aunque no creo en esas cosas, le pedí que me saludara a mi hermano Rafael.

Salí a avisarle a Charline. Desde que me vio supe que mi cara lo decía todo. Vi cómo se llenaban sus ojos y me contagió. Después de unos minutos de abrazos y lagrimas, nos despedimos y fui a buscar un lugar silencioso y con buena señal para llamar a la mama de Sacha. Cerca de la recepción del tercer piso encontré un rincón ideal, con una ventana que daba a un corredor de luz, ancho de dos metros, al final del cual se podía de ver la puesta del sol sobre Seminyak. Eran como las seis de la mañana en México, la señal no daba para el Skype y yo no sabía cómo iba a decir lo que tenía que decir. Recuerdo mucho de ese día y de los días que lo precedieron, pero no de esa conversación. Supongo que hablamos de las cuestiones prácticas, como repatriación, cremación, qué hacer con sus cosas, cuentas de hospital, Chinta Besar, etc. Acordamos que Sacha debía ser cremado en Bali, luego me interrumpió una señorita de la administración, pidiendo firmas, y quedé en que me haría cargo de organizar la cremación, de gestionar el certificado de defunción y de esparcir sus cenizas.

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Llegaron los de la funeraria, dos flacos de mediana estatura, morenos, de pelo corto chino y uniforme militar. Pusieron a Sacha sobre una camilla y pasando por lo que parecían puertas secretas llegamos a un callejón donde estaba estacionada la ambulancia verde. Subieron a Sacha por la cajuela, un chavo se acomodó a su costado y yo me subí de copiloto. A toda velocidad, nos fuimos a la funeraria del hospital militar, cortando a través del rio de motos y autos de un jueves por la noche en Denpasar. Empezamos a platicar. Me dijeron que eran de Timor, que llevaban un par de años en Bali y que no estaban casados ni tenían hijos. Les platiqué un poco de Sacha y de nuestro viaje en moto de Kupang a Dili, de las terracerías infernales que nos habían tocado entre Tablolong y Baun, y otra vez para llegar a Boti. Les dije que no estabamos casados. Me sorprendía que cada que tomaba atajos por barrios residenciales, apagaba las luces y la sirena de la ambulancia.

En la funeraria no había quien hablara inglés. Fue difícil y tardado, pero salí convencido que al día siguiente lo cremarían, alguien se encargaría de conseguir unas flores y se comunicarían conmigo en cuanto estuviera listo el certificado de defunción.

Mi amigo de la ambulancia me dio un aventón de regreso al hotel. Ya no había tráfico e íbamos sin prisa, pero aún así me resultaba imposible grabarme el camino. Me preocupaba no poder encontrar a Sacha al día siguiente. Era tarde cuando llegué al hotel y la alberca estaba cerrada. El día había estado pesado y me sentía todo pegajoso. Me urgía un chapuzón en agua fresca. Me quité los jeans, puse un traje de baño, agarré una toalla, salí de la habitación, bajé las escaleras, pasé casualmente frente a la recepcionista, le solté un «selamat malam», doblé a la izquierda y entré al patio donde estaba la alberca. Sin esperar a ver si reaccionaba la recepcionista, me eché un clavado. Me mantuve bajo el agua tanto tiempo como pude. Bajo el agua, grité, lloré, me calmé y salí por aire. Repetí este ejercicio un par de veces, luego me sequé y fui al cuarto a hacer llamadas, a darle a la familia y amigos un resumen de los acontecimientos de este día y dormir.

A un año, quiero imaginarme a Sacha en una playa, disfrutando del ejercicio de remar y remar (y más remar) para agarrar una ola, feliz de ya no tener que molestarse por usar protector solar ni playera, de ya no tener que preocuparse por los erizos o los madrazos contra el arrecife, o por perder una aleta o tener que compartir las olas con soberbios territoriales. Quizás haya pasado este aniversario surfeando en Nihiwatu, Sumba, aprovechando que el imbécil del dueño ya no le puede negar el ingreso; o tal vez esté pajareando en Moksa, el lounge de los dioses balineses. Podría ser que haya reencarnado en uno de los muchos perros que tanto quería o que, aprovechando su omnipresencia y que tiene amigos en todo el mundo, esté discretamente asistiendo a todas las fiestas en su honor. Probablemente ya no existe más que su recuerdo. No le doy muchas vueltas a estas ideas. Me conformo con reconocer que Sacha fue y seguirá siendo un excelente ejemplo y fuente de diversión.

Aquí el texto de lo que fue la cremación al día siguiente.

La Caida de un Titán. Parte I.

La Caida de un Titán. Parte II.

La Caida de un Titán. Parte III.