De violaciones al derecho internacional a bordo de un velero

Hace unas tres semanas me encontraba a bordo de un velero en el estrecho de La Perouse, entre las islas de Hokkaido y Sakhalin. Habíamos zarpado diez días antes de Petropavlovsk-Kamchatski con apenas suficiente combustible para la mitad del trayecto hasta Japón, lo que nos forzaba a estar al pendiente del viento las 24 horas del día. Vientos leves y una espesa neblina nos obligaron a usar el motor mucho más de lo prudente y la tensión a bordo iba creciendo con cada litro de diésel que se evaporaba. Soplaban a penas ocho nudos y con las velas que llevábamos avanzábamos a escasos 2 nudos -que es la velocidad a la que alguien con bastante hueva camina. Estábamos a la vez tan lejos y tan cerca de nuestra meta. Sugerí entonces cambiar el foque por una genova dos veces más grande; vela que nunca usamos en el Mar de Bering, donde sufríamos ráfagas de hasta 50 nudos, porque hubiera o explotado en mil pedazos o doblado el mástil como si fuera un popote.

Una combinación de pequeños desgarres en el grátil de la vela y roturas en la pista del estay de proa hicieron que la vela se atorara encontrándose a poco más de medio camino. No había forma de izarla ni bajarla sin mandar a alguien a la verga para de ahí bajar en rapel por el estay y desatorarla. Debíamos actuar rápido porque, como siempre sucede en estas situaciones, el viento incrementó y amenazaba con despedazar la vela. El Capitán se ofreció para escalar el mástil y yo tomé el timón, tanto para evitar una colisión con alguno de los tanqueros o cargueros que también iban transitando por el canal como para tratar de suavizar el vaivén del barco y así evitar que el Capi se convirtiera en Volador de Papantla. Con la vela sacudiéndose enfurecida y el Capitán haciéndola de trapecista nos fuimos acercando a Rusia. Tan absorbido estaba yo en mi labor que no le presté atención a lo que sonaba a un juego de bingo transmitido por el VHF.

Después de casi una hora de lucha, con las manos ya ensangrentadas, el Capitán logró zafar la vela, que bajamos y dejamos hecha bulto sobre la cubierta. Poco después de retomar el canal navegación la Guardia Costera nos abordó. Cual Tamarindo en Día de las Madres, el oficial nos informó que quedábamos detenidos y el barco arrestado por penetrar en aguas territoriales rusas sin su autorización. Siendo el único a bordo que hablaba ruso, fui el único que se cagó encima. Habiendo desafiado y vencido los vientos y olas del Bering, los osos y las morsas de Alaska y la cirrosis en Kamchatka, nuestro viaje terminaría en una celda en Korsakov, si no en un gulag en Siberia.

Disimulé tanto como uno que se ha cagado encima cree poder disimular y empecé a alegar el derecho de paso en tránsito que toda embarcación tiene para navegar por un estrecho utilizado para la navegación internacional. Me concedió mi argumento, pero reviró preguntando, por un lado, por qué nos habíamos desviado del estrecho y acercado a menos de una milla de la costa y, por el otro por qué no había respondido a sus llamados por radio. Empezaba una ronda de final del Jessup (competencia mundial de derecho internacional en la que participé de estudiante), de aquellas donde ya no se trata tanto de qué sabes, sino como lo vendes y que tan bien caes.

En respuesta a lo primero, le hablé de las broncas que tuvimos con la vela, apuntando al enorme bulto que yacía sobre la cubierta, y de como eso constituía una fuerza mayor; a lo segundo, que estando en un estrecho altamente transitado, yo había estado a cargo de monitorear el VHF y que no había escuchado los llamados, quizás por el caos que teníamos sobre la cubierta; probablemente por mi limitada maestría de su idioma. Con cara incrédula, repitió que nos llamaron una decena de veces, indicando nuestras coordenadas. Por fin entendí qué era aquello que me había sonado como un juego de bingo. En lugar de llamarnos por el nombre del barco, que es un dato publico visible en AIS (un sistema muy chingón que a través de GPS te permite ver la ubicación de cualquier barco en el planeta, su nombre, características, signo distintivo, rumbo y velocidad), habían guacareado una docena de números, en chinga, que con mi nivel de ruso no habían hecho mucho sentido. Me disculpe por mi ineptitud. El oficial prosiguió con su madriza preguntando por qué, si teníamos una situación de fuerza mayor, no habíamos informado a la Guardia Costera. Su argumento me hizo sentido desde el punto de vista jurídico pero en la práctica, con un capitán en la verga, una vela a punto de reventar y la esperanza de que pudiéramos resolver el problema en pocos minutos, no; argumento que traté de explicarle a la muy seria autoridad.

No lo convencí y ofreció que alegara esta postura ante los jueces de Korsakov, a donde nos remolcarían si no le echaba más ganas. Para esto, el Capitán ya intuía que nos estaba yendo mal. Le explique que nos estaban arrestando y ¡claro! se cagó. Ante la pena de ver su cara torcerse, prometí que eso no sucedería.

Repetí tres veces la misma historia y argumentos, les juré que había sido sin querer queriendo, que lamentaba si se nos había hecho fácil y que sólo eramos unos inocentes e ignorantes veleristas tratando de llegar a Japón para celebrar mi cumpleaños en tierra, sin intención alguna de volver de ilegales al país que tan bien nos había acogido semanas antes. Todo esto en un ruso tarzanesco pero lleno de sinceridad y confianza. Por fin conseguí que el oficial y sus marineros se rieran.

El oficial se retiró a discutir el caso con sus colegas y volvió al cabo de 10 minutos, nuevamente serio, a pedirnos nuestros pasaportes y los documentos del barco. A pesar del pequeño triunfo, mi experiencia previa con Tamarindos me hizo pensar que una vez entregados los papeles no los volveríamos a ver hasta cumplir nuestra pena en el gulag o pagar una buena mordida. Volví a implorar. Le pedí que me ayudara a ayudarle. Le hablé del respetable desempeño de la selección rusa en el mundial y de lo guapas que me parecen las rusas. Las risas volvieron y el oficial, habiendo percibido mi angustia, prometió que solo les iban a sacar unas copias, levantar un acta y que nos soltarían.

Traduje todo al Capitán, quien accedió a entregar nuestros documentos. Pasó otra media hora y me pasaron el acta a revisión y firma. Cual acta de Ministerio Público mexicano, estaba ininteligible, además de en ruso, pero siguiendo mis costumbres arraigadas de lic., la rubriqué y le sugerí al Capi firmarla.

Nos devolvieron nuestros documentos y soltaron sus amarres, no sin antes recordarnos la obligación de enarbolar su pabellón mientras navegaramos en aguas territoriales rusas.


Por supuesto que, como siempre sucede en estas situaciones, el viento murió en cuanto nos soltaron y tuvimos que usar el motor para alejarnos de Rusia. Cargado de adrenalina, baje por nuestra última botella de vodka. En eso, sobre una cama, noté la caña de pescar de uno de nuestros flamantes tripulantes, húmeda y con el anzuelo enredado en algas, y antes de poder echarme el primero de varios caballitos necesarios para calmar mi ritmo cardíaco, le tuve que mentar la madre y explicar que bajo el derecho internacional no constituye paso inocente el andar pescando, que por su culpa ¡hubiéramos podido acabar en un gulag!

Contra todo pronóstico meteorológico, esa noche se levó el viento y dos días después, con los vapores en reserva, llegamos a Otaru en Hokkaido, donde pasamos mi cumpleaños comiendo sashimi, bebiendo Sapporo y echando el karaoke.

De osos, volcanes y madrizas

Cuando en febrero Craig me contactó para invitarme a cruzar el Mar de Bering a bordo de su velero «Whakaari», un Cabo Rico de 40 pies, pensé que sería una buena oportunidad para adquirir experiencia en vientos fuertes, corrientes alocadas y olas altas. Le eché un ojo a su blog, echamos una skypeadita pa’ conocernos y aclarar ciertas dudas respecto a la vestimenta y equipo que debía llevar y al terminar le confirmé mi interés en unirme a su aventura. Little did I know lo mucho más que me esperaba en este viaje.

Luego de un intento frustrado, el 10 de mayo volvimos a zarpar de Sand Point, Alaska, con destino a Dutch Harbor, un puerto a 230 millas náuticas (425km), sede de la serie Pesca Mortal, donde debíamos entrevistarnos con el oficial de aduanas y migración a fin de obtener un permiso de navegación para pasear por estas aguas. Concluido el trámite, Craig, neozelandés ya medio rucón, expresó su interés en volver hacia el este a escalar un par de volcanes. Yo no lo disuadí, pensando que serian paseitos por la naturaleza que mi puerquecito podría sobrellevar. En su lista estaba el volcán Pavlof en la península de Alaska y su majestad Shishaldin en la isla de Unimak. Rumbo a estos, fuimos veleando en vientos que oscilaban entre los 10 y 25 nudos, turnándonos en el timón y disfrutando de los paisajes volcánicos que caracterizan la cadena de las islas Aleutianas. Todo mejor que lo esperado.

Un día, yendo de la isla de Akutan hacia Unimak, tuvimos la suerte de pasar por una manada de doce ballenas jorobadas. Horas después, anclamos en la bahía de Urilia, donde notamos que una osa con dos ozesnos estaban paseando por la playa en busca de algo de carroña. Luego vimos unas morsas nadando al rededor del barco y al día siguiente fuimos en busca de más, dando con una playa que tenía cerca de ciento cincuenta amontonadas tomando el sol, apareando, nadando o comiendo almejas. Cuando dejamos la bahía, pensando que estas aguas tendrían que seguir cumpliendo mis deseos, pedí ver orcas y el deseo me fue concedido diez minutos después.

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Unos días más tarde llegamos a la bahía de Pavlof para escalar la Hermana de Pavlof, volcán un poco más pequeño que el mero Pavlof, pero reto que el capitán estimaba posible en un día largo de estás latitudes, sin tener que acampar en la montaña. En esta temporada los osos Grizzly andan bien hambrientos, así que ademas de cargar esquís, botas, kit de primeros auxilios, botanas y ropa de repuesto, fuimos armados de un rifle, bengalas del barco, repelente de osos y una bubucela. Dejamos el dingui en una playa de arena negra repleta de huellas de osos y nos fuimos caminando hacia las faldas del volcán, haciendo un chingo de ruido con la esperanza de ahuyentar los osos. Después de unas cuatro horas llegamos a la nieve, cambiamos de botas, ajustamos los esquís con piel de foca en las suelas para así poder usarlos en el ascenso y le dedicamos las siguientes dos horas a subir en linea recta.

Cuando llegamos a las nubes el viento comenzó a soplar enfurecido y Craig, a temer por el anclaje de su barco. Quitamos las pieles de los esquís y en menos de diez minutos bajamos lo que tanto nos había costado subir. El contraste entre la nieve, la lava y el mar azul en el fondo son difíciles de capturar con una Gopro, pero quedarán por siempre gravados en mi memoria, al igual que todas las huellas de oso marcadas en la nieve, en las cenizas y entre los arbustos.

Craig, preocupado por su barco, fue bajando como si tuviera piernas motorizadas y nada en la espalda. Yo sufrí como nunca la fuerza de gravedad y llegué de vuelta a la playa gateando, algo enojado, pues el llevaba el rifle y me había dejado kilómetros atrás. El viento soplaba a unos 40 nudos, las olas se habían levado y era evidente que el barco no aguantaría mucho más en ese fondeadero, así que no tuve mucho tiempo para reponerme antes de tener que arrastrar el dingui hacia el agua, izar las velas y retomar la travesía.

Una semana después llegamos a False Pass en el estrecho de Isanotski, que separa la Península de Alaska del Unimak, la primera de las islas Aleutianas. Entramos al estrecho con 4 nudos de corriente en popa, yendo a ratos a 10 nudos, que para un velero es ir hecho la madre. Camino al puerto sentí que perdía todo el control del barco y cuando me asomé por el costado de estribor noté un remolino con medio metro de profundidad y poco más de un metro de diámetro que nos estaba succionando como un escusado. Logré esquivarlo, pero el giro repentino del barco hizo que el capitán se estrellara la frente contra la pared mientras usaba el baño.

Ibamos con la misión de escalar Shishaldin, el volcán conico más simétrico y perfecto del mundo y, con 2860 metros, el más alto de las islas Aleutianas. Esta vez, además de todas las pendejadas listadas arriba, llenamos nuestras mochilas de comida, tienda de campaña, sleeping bags, estufa de acampar, municiones y raquetas de nieve. La misión era caminar 15 kilómetros al día, llegar a la sima de Shishaldin en la madrugada del tercer día y volver al barco al cabo de un total de 5 días. Mi mochila nunca había pesado tanto y solo rezaba porque Craig se diera cuenta que era una chaqueta mental pensar que lograríamos llegar a la cima. A diferencia de cuando se aparecieron las orcas, esta vez no se cumplieron mis deseos. Se puso su mochila, dejamos el muelle y nos fuimos andando por tierras que solo transitan osos. Empezamos por tener que atravesar unos tres kilómetros de matorrales y arbustos que se divertían enganchándose con los esquís y arañándonos la cara.

A eso le siguieron dos kilómetros brincando piedras en un arroyo, y otros dos en la ladera de un río, que seguimos hasta llegar a la nieve. Huellas y heces de osos por todos lados. Yo me puse las raquetas de nieve mientras que Craig, quien ya tenia las botas empapadas por el río, siguió como si nada, escalando la montaña.

Por fin llegamos a una cima, tras la cual debíamos descender a un valle donde pasaríamos la noche al pie de la montaña Roundtop. Yo quería ponerme los esquís pero Craig iba cientos de metros adelante de mi y no quise retrasarme más por una bajada de cinco minutos. Cuando llegué al valle, el cabrón estaba tirado descansando sobre el techo de la tienda de campaña, esperando que yo llegara con los palos y clavos de la tienda. Otra vez, no pude descansar ni dos minutos antes de que me pusieran a chambear. Montamos la tienda, preparó una mierda de cenar (frijoles dulces con arroz mal cocido) y, luego de enterrar toda nuestra comida a unos cincuenta metros de nosotros, nos fuimos a dormir, agotados y con dolores fuertes en la espalda.

En la noche comenzó a soplar el viento, luego a nevar. La fuerza del viendo aumentaba con cada hora que pasaba hasta que se volvió imposible dormir. El viento aplastaba el techo de la tienda, como si un luchador se le aventara encima, sofocándonos y provocando que toda la humedad acumulada en el techo se traspasara a nuestra ropa, sleeping y demás cosas dentro de la tienda. Mis botas, que tanto había cuidado de no mojar, amanecieron con charcos de agua en su interior, toda mi ropa empapada y mi sleeping, húmedo y frío. Ni el viento ni la nieve habían amainado y ya no podía aguantar las ganas de orinar. En calzones largos, botas de esquí, chamarrita y gorrito, armado del rifle, salí a la tempestad, solo para volver aún más mojado al relativo confort y calor de un humedo sleeping. Con ese clima, era evidente que ese día lo pasaríamos encerrados en la tienda. Como a las 5pm el hambre obligó a Craig a salir por la comida, pero esta vez no pudimos incendiar la pequeña estufa que llevábamos y tuvimos que cenar unas quecas secas y frías. Con la moral por los suelos, sabiendo que nos estábamos mojando cada vez más, adoloridos ahora por las horas pasadas acostados en un espacio diminuto, ya no nos molestamos por volver a enterrar la comida.

A las 10am del día siguiente sopló la última ráfaga, se asomó el sol y salimos de nuestro mediocre refugio. Vimos que el viento había deformado todos los palos de la tienda y que la tela estaba desgarrada en algunos lugares. Craig tuvo que admitir que con ropa mojada y una tienda en esas condiciones sería imprudente seguir, así que con su hacha pica hielos cabo un profundo agujero, maldijo la tienda y la enterró. Nos deshicimos de la comida, empacamos lo demás, nos pusimos los esquís y volvimos por donde habíamos llegado, yo feliz y Craig frustrado y desilusionado. Disfrutamos de un descenso de cinco minutos antes de cambiar las botas de esqui por botas empapadas, que ahora no importaba cuidar del rio e hizo mucho más rápido y fácil el descenso. Mientras no tomaramos descansos muy largos, Craig prometia que nuestros dedos no se congelarian. Ocho horas después llegamos de vuelta al barco, cenamos unos hotdogs, nos anestesiamos con pomadas y un porrito y vimos los primeros 10 minutos de una peli.

Por cierto, a través de esta página pueden seguir nuestra ruta y los vientos que vamos enfrentando.

Ubud: ¿shanti shanti o ganas de regurgitar?

Hmmm… Ubud ¿qué puedo decir sobre Ubud? Seguramente no le dí la oportunidad que debiera, pero no me gustó o, mejor dicho, casi no me gustó. Aprovechamos la visita de una amiga a Bali y que Clarita, la bride to be, se había ido a Ubud a otra sesión de relajación y piñas coladas para hacer la excursión desde Canggu. El camino fue muy bonito y divertido, a ratos por calles pequeñas entre campos y casitas, a otros en avenidas grandes, caóticas, llenas de autos y motos yendo lo más rápido posible. Recogimos a Clarita a un lado del Yoga Barn, que por lo que entendí es como la meca de los yoggis, con clases a todas horas y grupos enormes de estudiantes y bali dreamers. Sentada en la parte trasera de mi moto, Clarita nos guió hacia un restaurante super saludable que tenía una bonita vista hacia la selva y a un templo hinduista. Al bajarse, tuvo la mala suerte de que su chamorro derecho tocara el escape de mi moto, Juanita Chantik, asándose al instante. Complemento su torpeza poniéndose pasta de dientes sobre la herida, haciendo que el choque térmico rompiera la piel, por lo que al cabo de una hora ya estaba secretando pus. Yo me sentía muy mal, pues, además del dolor, me imaginaba lo importante que para ella sería poder presumir sus chamorros el día de su boda. Pero Clarita es fuerte y, luego de mentarme la madre un par de veces y otras a la pobre Juanita, pasamos a ocupar una mesa en aquel restauran.

Yo me pedí un fetuccini de zucchini, que en realidad no era más que zucchini rayado con alguna salsita. Bastante equis, la verdad. Sacha se pidió unos increíbles huevos rancheros que, sorprendentemente, se parecían mucho a los verdaderos. Ya no recuerdo que pidieron Marie y Clarita, sólo sé que envidiaba la elección de Sacha y maldecía la mía. Eso del raw food claramente no es para mí -aunque tal vez un poco de tocino, incluso crudo, hubiera salvado el platillo.

Ubud es un pueblo en la montaña con bonitos templos, buenos restaurantes, un chingo de tiendas de pareos, batik y madres para decorar tu casa bien shanti shanti. Aquí ya no abundan los surfers ni los bikinis, pero abundan los güeros vestidos en trajes típicos balineses, con sorong y sombrerito, paseando por las calles, skypeando en los restaurantes, sentados en el piso (¡al pie de una mesa con sillas!) actualizando su facebook o escribiendo en sus blogs sobre la increíble energía que perciben en Ubud. Los restaurantes enfatizan su fair trade, sus productos orgánicos, la comida raw, libre de gluten, vegana, etc. ¡Bah humbug!

Ubud

Campos de arroz a las afueras de Ubud

Ubud sin duda tuvo sus momentos bonitos, acogedores, pero el turismo yoggi y los fanáticos de Eat, Pray, Love llegaron a desvirtuarlo todo. Se organizan tours en bicicleta para ir a ver los arrozales, tomar fotos preciosas de lxs campesinxs chingándose bajo el sol, con pausas en los varios cafés que hay por todos lados alrededor del pueblo, también con vistas a los arrozales y esclavos, mientras aprovechan del wifi para taggearse con un frapuccino.

El contraste entre las macbooks y la madriza que se acomodan lxs campesinxs a escasos metros de estos me revuelve la pansa. No logro disfrutar de los paisajes y sólo quiero alejarme de ahí, de dejar de contribuir a que el esquema del hombre blanco y su frapuccino frente al balinés y su hoz se siga reproduciendo. Mi humor mejora cuando llegamos al Bosque de los Changos. Aunque no entramos, me divierto en las calles de los alrededores viendo como los changos hostigan a los turistas y vendedores de parafernalia balinesa. Tratan de robarlo todo, sea comida, sea unos lentes, una cámara, etc. No importa. Los balineses cuidan sus changarros armados de resorteras, ramas y escobas y no descansan ni un minuto. Los turistas se confían y van perdiendo cosas, sin saberlo, en el camino. Un señor sale del supermercado con una bolsa de plástico llena de frutas y un chango lo sigue de cerca hasta que alcanza la bolsa, le hace un agujero por debajo, caen todas las frutas, agarra todas las que pueda y se va corriendo, trepando las paredes de una tienda e instalándose en el techo a disfrutar de su tesoro, cuidándose siempre del acecho de otros changos. El señor está furioso. No le causa ni una gracia. Quiere matar al chango. Odia al chango. Odia su existencia. Odia haber salido de su ciudad de gente llena de odio. A mi me da risa y disfruto mucho de la escena, de ver como una persona puede enojarse tanto con un chango.

Debo enfatizar que esto no es más que la expresión de mi propia experiencia en Ubud y que tengo amigos que maman el Yoga Barn, la comida insípida y colocar estatuillas de Ganesh en su jardín. En aras de fomentar la diversidad de opiniones en este blog, de formas de expresarse y abrir este espacio a un mayor número de autores y lectores, la semana que viene Virginie Martin-Onraët, co-capitana del velero «Un Jour» e intrepida escaladora, publicará su visión de Ubud.

La Ruta del Pacífico

Empecé a leer a los veintiuno, en un esfuerzo por aprovechar las horas que pasaba en el metro y peserosmientras hacia mi servicio social en Pemex. Antes de esto, claro que se me habían cruzado un par de novelas, algunas inextricables impuestas por el Liceo Francés, otras bestsellers de Tom Clancy o Michael Crichton sugeridas por mi hermano Rafael. Si leí, probablemente fue tras agotar cualquier alternativa de entretenimiento. Hasta los veintiuno, diría que carecía totalmente de la madurez para apreciar un libro sin ilustraciones.

Esto cambio, probablemente, cuando un primo me recomendó Crimen y Castigo. Yo volvía de mi primer verano en Rusia y me gustó poder reconocer las calles de San Petersburgo en las descripciones de Dostoyevski. A partir de entonces he leído todo lo que me han recomendado, pero la vergüenza de no haber leído antes, aunada a una fascinación peculiar con la época victoriana, me llevaron a enfocarme en la literatura clásica francesa, rusa e inglesa.  Zola me marcó por su realismo deprimente; Dickens, por la descripción florida y enlodada de sus personajes y Tolstoi, por su incomparable genio.

Aunque disfruto casi todo lo que leo, hay dos temas que despiertan mi imaginación más que otros: el mar y los descubrimientos. Novelas como la Odisea, Robinson Crusoe, Les voyages du capitaine Cook, Homme libre, A Voyage for Madmen, Os Velhos Marinheiros ou o Capitão de Longo Curso, Relato de un naufrago, Le Comte de Monte-Cristo, Life of Pi, Shackleton’s Boat Journey, Los Cuarenta bramadores, Moby Dick (aunque debo confesar que este me pareció tedioso en su detallada descripción de la industria ballenera) o los libros de Gavin Menzies sobre la circunnavegación que hicieron los chinos en las primeras décadas del siglo XV, me llevan a soñar con zarpar hacia la inmensidad azul. Esto incluso sucedía, para mi sorpresa, cuando en la Universidad estudiaba la disputa entre Holanda y España sobre la propiedad de la Isla de Palmas (o Myangas, como la conocen en Filipinas), o el caso de las Pesquerías islandesas, sobre el conflicto entre el Reino Unido e Islandia por derechos de pesca disque ancestrales. Siempre buscando transportarme hacia un mar distante, hice mi tesis de maestría sobre los efectos que tendría el calentamiento global en el mar y las islas de poca altura, soñando con algún día defender a países como Vanuatu y Tuvalu frente a los grandes contaminantes del orbe. En el trabajo, a veces me engañaba en el mismo sentido, mientras redactaba contratos para la exploración del subsuelo del Golfo de México o de la plataforma continental peruana, o para cargar gasolina en Bonnaire, pero la chaqueta mental duraba poco y caía en cuenta que estaba frente a documentos tan aburridos como las Páginas Amarillas.

Ahora que tengo tiempo para leer y para soñar, pero sobre todo para soltar las riendas de la imaginación, me pongo a pensar qué sigue. La vida en Tailandia es sin duda agradable y aun conozco poco del sureste asiático, pero hay algo en el mar que me llama más que los arrozales, la selva, las montañas, los ríos y los estuarios. Me cuesta identificarlo, pero tampoco me importa no poderlo hacer. Lo acepto como uno debe aceptar la ley de la gravedad, la magia de la física o el paso del tiempo.

Inspirado por las aventuras y desventuras descritas en los libros mencionados, por todo lo que leí sobre los efectos que tendrá la subida del nivel del mar en las islas y atolones del Pacífico Sur, quisiera algún día seguir la ruta de aquellos Europeos que en los siglos XVII y XVIII empezaron a doblar el Cabo de Hornos o a cruzar el Estrecho de Magallanes con animo de descubrir nuevas tierras en el vasto Pacífico. Mi ruta ideal sería zarpar de Valparaiso hacia Juan Fernández, seguir a Más Afuera (isla donde fue abandonado por más de cuatro años el escocés Alexander Selkirk y que también se conoce bajo este nombre, cuyo relato sirvió de inspiración para novelas como Sólo! y Robinson Crusoe), de ahí a Pascua, Islas Pitcairn y por fin la Polinesia Francesa.

Lo ideal, considerando mi limitado presupuesto, es hacer este viaje en un barco ajeno, pero he notado con cierta decepción que la mayoría de los circunnavengantes prefieren ir de Panamá a Galápagos y de ahí directo a la Polinesia Francesa. En aras de encontrar un punto medio, podría empezar el viaje en Panamá, pasar por Galápagos, bajar por la costas de Ecuador, Peru y Chile, para luego virar a estribor y dar con Juan Fernández , antes de emprender el rumbo hacia Pascua y la famosa Bora Bora.

Si hay algún lector interesado en unirse a esta aventura, en patrocinarla, contribuir a ella o en sugerir una forma de hacerla segura y sustentable, sus ideas y apoyo serán enormemente agradecidas. En caso de que hubiera interesados en contribuir para la compra de un velero, podría aceptar que el punto de partida fuera Florida o el Caribe, donde suelen haber buenas gangas (y tal vez más ahora, tras el paso de Irma por la zona), siempre y cuando limitemos el tiempo de paseo y lleguemos a tiempo a Panamá para aprovechar los vientos necesarios para cruzar el Pacífico.

Aquí un bosquejo de las rutas que propongo.

rutadelpacifico

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Y si andas de ocioso y quieres conocer la lista completa de destinos que tengo pendientes, ver fotos y leer un poco acerca de estos, dale click aquí.

En lo que se motivan los patrocinadores para la ruta del Pacífico, cruzaré el Océano Índico a bordo del velero S/Y «Dreamcatcher», comandado por su Capitán canadiense Norm y acompañado de un británico, instructor de vela como yo, Graham. Zarpamos el Sábado 7 de octubre de 2017 de Bali hacia Cocos Keeling, un territorio que Australia compró hace un par de décadas por cacahuates y que se ubica en medio de la nada. Luego de unas compritas, un par de inmersiones y largas sesiones de hueva en la playa, levaremos el ancla para seguir hacia Reunión, lo que también me llena de emoción porque finalmente podré conocer un mentado TOM (Territoire d’outre-mer), 20 años después de que el Liceo Francés me obligó a aprendérmelos todos y a distinguirlos de sus primos, los DOM.

Bali a Nosy Be

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Dejando por un momento el sarcasmo, sin duda será una escala muy interesante. Se rumora que muchas de las «Miss Francia» vienen de ahí, que la música es muy buena, las ciudades y naturaleza preciosas. De Reunión partiremos hacia el norte para bordear Madagascar y tocar tierra en Nosy Be. En Windy podrán ver con claridad qué tipo de olas, tormentas o doldrums vamos a encontrar en el camino. Está página, además de ser una fuente de información relativamente confiable, presenta todo con movimiento y colores que aquellos amantes de las lamparas de lava apreciaran, sobre todo si pueden conectar la computadora a un proyector.

Si les interesa, podrán seguir la ubicación del barco en tiempo real a través de este link. Mi siguiente reporte será por ay de diciembre o enero; fuera.

La Caída de un Titán. Parte III.

Hospital Kasih Ibu, Denpasar, Bali, Martes 8 de septiembre de 2015.

Es el día en que tiene que hacer el checkout del hospital y Sacha se ve muy cansado. Me dice que en la noche le dolió un poco la cabeza y que le dieron unas medicinas que, aunque le quitaron el dolor, lo tienen adormecido. Le pregunto a la enfermera si es normal. Dice que si, que solo hay que dejarlo descansar tantito.

Pasan las horas y sigue en la siesta. A las 13.30 le pido que se empiece a alistar, que se bañe, etc. Le digo que si está muy cansado siempre puede volar otro día. Se para y me dice que no hay bronca, que sólo está cansado pero que se siente bien y quiere tomar el avión. Yo lo entiendo. Lleva 5 días en el hospital y quiere irse a casa, a estar con su mamá y atacar el tema del tumor. Se mete a bañar. Se tarda mucho. Le pregunto si está bien, contesta que todo está bien. Me pide su ropa, se la paso. Se viste y cuando sale se sienta en una silla frente a la tv, a comer el pollo y arroz que trajeron mientras dormía. Insiste en que yo también coma un poco. Prefiero que el se llene, pero insiste y acepto darle unas mordidas al pollo y comer tantito arroz. Me dice que quiere rasurarse la mega barba y raparse. Le digo que ya no hay tiempo, que hay que hacer el checkout y empezar a movernos hacia el aeropuerto. Insiste. Le recuerdo las horas que siempre le toma raparse. Me dice que es algo que puede hacer rapidísimo, con los ojos vendados, que ya lo ha hecho mil veces. Insisto que no hay tiempo. Veo que se cansa de discutir. Dejamos el tema.

Le digo que se eche otro ratito en la cama mientras adelanto el checkout. Hago el checkout, traigo algunos papeles que debe firmar, incluyendo algunos vouchers del hospital. La enfermera me entrega una bolsita llena de pastillas y me explica para qué son y cada cuando las debe tomar. Todo viene claramente descrito en una receta, que también incluye en la bolsita. Decido que le explicaré todo a Sacha cuando ya estemos en el aeropuerto. Es hora de partir. Se ve muy cansado, pero dice que está bien, que dormirá riquísimo en el avión. Salimos despacio del cuarto. Esta muy cansado. Me recuerdo que la enfermera comentó que era una reacción normal ante las medicinas. Pasamos despacio frente a las enfermeras. Sacha se despide, aunque con un aire distraído y somnoliento, contrario a como suele despedirse del personal de los hoteles y restaurantes que visitamos. Tomamos el elevador. Le pregunto si está seguro de querer viajar. Está seguro. En la recepción pido un taxi. Sacha espera sentado en un sillón. Llega el taxi y nos subimos. Son las 3pm y hace mucho calor. Hay tráfico. Le digo que se puede echar una siesta en lo que llegamos al aeropuerto, pues estimo que estaremos un buen rato atorados. Se duerme. Ha pasado casi una hora cuando noto que nos estamos acercando al aeropuerto y lo despierto. Le pido que se vaya activando, que en unos minutos vamos a tener que bajarnos. Responde «OK». Le pregunto si se siente bien. Me dice que sí, que sólo esta cansado. Lo veo sacudiendo sus piernas. Le pregunto si no prefiere volar otro día. Me dice que no, que no me preocupe, que está bien.

Dos minutos después llegamos. El tiene los ojos cerrados. Le digo que es hora de bajarse, que ya llegamos. Balbucea algo que me da a entender que me escuchó y que se va a bajar. Agarro sus maletas y pago el taxi. Sacha no se baja. Abro su puerta y lo veo dormido. Lo trato de despertar y no se despierta. Decido que no puede viajar tan cansado, que se va a quedar dormido en la sala de espera y perder su avión. Que no tiene caso. Le pido al taxi que dé media vuelta y nos regrese al hospital. Le aviso a Sacha que me apena pero que vamos de regreso al hospital. Sigue dormido. Le ruego que no se enoje cuando se despierte, pero que tuve que tomar esa decisión, pues no le echó ganas. Espero que comprenda, que comprenda que puede volar otro día, que no me iba a sentir bien viéndolo partir tan cansado. Hay mucho tráfico. Sacha respira normal, profundamente, ocasionalmente ronca. Se deja caer sobre mi hombro. No lo rechazo. Dejo que descanse. Me duele verlo tan cansado. Me duele pensar en su tumor, pensar que puede seguir la misma suerte que mi hermano. Se ve incomodo sobre mi hombro. Le digo que se puede acostar sobre mis piernas. Me duele verlo tan cansado. Nunca he tenido un amigo dormido sobre mis piernas. No me molesta. Me da gusto y siento un poco de felicidad al poder hacer algo por el, aunque sea ayudarlo a descansar en lo que llegamos al hospital. Estoy tranquilo. Le llamo a Sara para pedirle que me ayude a cancelar su vuelo, a posponerlo. Me ayuda, lo hace. Volveremos a intentar en 3 días.

Llegamos al hospital. Lo trato de despertar. No quiere. Me recuerda a amigos borrachos cuando no cooperan para bajarse del coche. Le hablo fuerte, lo sacudo, no despierta. Con mucha calma, le pido al de seguridad que traiga una silla de ruedas y que me ayude, pues mi amigo esta bien jetón. Le digo «tidur besar«. Tidur es dormir y besar es grande; supongo que hace sentido. Entre los dos tratamos de sacarlo del taxi y subirlo a la silla. No despierta. El taxista nos ayuda, pero aun así nos cuesta mucho subirlo. Pesa muchísimo. No coopera nada. Ellos lo jalan de los brazos, yo empujo desde abajo. Por fin lo logramos. El de seguridad se lo lleva en lo que yo pago el taxi. Mientras cuento el dinero me doy cuenta que mi pantalón y guayabera están babeados. Me río, pinche Sacha me babeó. Al rato que despierte lo bulearé por esto. Saco sus cosas de la cajuela. Regresa el de seguridad. Me dice que dejó a Sacha en Urgencias. Camino hacia Urgencias pensando que no era necesario, que probablemente podíamos volver al cuarto que tenia en el cuarto piso, donde las enfermeras ya lo conocen, saben qué le gusta comer y donde la cortina ya esta quemada por un cigarro.

Llego a Urgencias. Sacha sigue hundido en la silla de ruedas, sentado como si estuviera bien borracho. Los doctores me miran, me preguntan qué tiene. Con toda tranquilidad, les contesto que está dormido, que se durmió camino al aeropuerto y que sólo está dormido. Me dicen que no está dormido. Me preguntan cuanto tiempo lleva así. Les digo que casi una hora. Me dicen que no está dormido. Me empiezo a dar cuenta que algo está mal. Empiezo a retroceder para darles espacio, para no estorbar, para salir de Urgencias. Con mi espalda abro la puerta, mientras les digo que estaré afuera si necesitan algo, si tienen dudas. Una enfermera le grita «¡Mister! ¡Mister!» y alcanzo a escuchar un par de cachetadas. Me siento en la sala de espera. No pasa ni un minuto. Me llaman. Me pongo de pie pensando ¿por qué me llamarán, si ni sirvo para detectar que mi amigo no está dormido? Alrededor de Sacha hay cinco doctores, todos más chaparros que yo. En Bali todos son chaparros y, curiosamente, los hombres son tan chaparros como las mujeres. No logran subirlo a la camilla. Pesa mucho. No colabora. Piden mi ayuda. Nos cuesta mucho, pero logramos subir a Sacha a la camilla. Regreso a la sala de espera. Mi lugar está a tres metros de la puerta de Urgencias. Pasan dos minutos. Me vuelven a llamar. Entro. Veo a un doctor, sudando, haciéndole RCP. Sé lo que le está haciendo, pues Sacha y yo tomamos un curso de primeros auxilios juntos, pero no entiendo por qué lo está haciendo, si mi amigo sólo está dormido. El doctor me reitera que no está dormido. Que sufrió un ataque bla bla bla. Le pregunto: «¿un infarto?» Me contesta: «algo como un infarto». Me dice que tiene que hacerle RCP, que si se lo autorizo. Le digo que sí. Regreso a mi lugar. Veo a una enfermera salir apurada de Urgencias. Minutos después sale otra. Vuelve una con un tanque. Vuelve la otra con un aparato misterioso. La escena se repite varias veces. Cada vez vuelven con un objeto distinto, siempre apuradas. Mi amigo no está dormido. Algo grave está pasando. No sé qué hacer. No sé qué pensar. No sé qué mirar. Mi amigo no está bien. Pero ¿está tan mal como para alarmar a su madre? Entre las manchas de baba se hacen manchas de lagrimas. Son las 5am en México. Me vuelven a llamar. Ahora esta desnudo sobre la camilla y veo que le están metiendo una sonda por el pene. Sigo en shock. No me da asco ver su pene, pero no entiendo por qué le están haciendo eso, ni pregunto. Me dice un doctor que mi amigo no está bien. Que no logran resucitarlo y que necesita intervenir un anestesiólogo. Que si autorizo el procedimiento. Autorizo el procedimiento. Regreso a mi lugar. Mi amigo no está bien. No sé qué hacer. Creo que es momento de avisar. Pero para qué avisar. Qué puede hacer alguien más. Que puede hacer alguien tan lejos. Sarita me pregunta si ya le avise a su madre. No. ¿Lo hago? No sabe. Son las 5am en México. Además, qué puedo decir. ¿Que mi amigo no está dormido? Decido comunicarme con su madre. No lo logro. Seguro está dormida. Le mando un mensaje pidiendo que me llame. Mando un mensaje a un grupo de amigos que hemos estado manteniendo informados de nuestro viaje. Les pido que recen, que manden buena vibra, que hagan lo que puedan para que Sacha despierte. Su mamá me llama. Le explico lo que sé. No sé nada, solo que no está bien. Sacha sale de urgencias sobre la camilla, lo llevan a otra sala. Sin hablar, sin pararme, paralizado, veo como se lo llevan. Un doctor me dice que le van a hacer unos escans, que si lo autorizo. Digo que sí. Pasan 15 minutos. No sé nada, no entiendo nada. Mi amigo estaba echando una siesta, solo estaba cansado, nada nuevo. Algunos amigos empiezan a despertar. Mandan buena vibra. Algunos rezan. Pienso que les arruiné el día.

Se me acerca una señorita de la administración del hospital. Está apenada. Nos había visto salir sonrientes del hospital unas horas antes. Igual que yo, no entiende. Me informa sobre los costos potenciales, pregunta quien va a pagar. Le digo que yo. Me lleva a la caja para que dé un deposito de cincuenta millones de rupias (mi moto costó cinco millones). La cifra me deja un poco pendejo pero afortunadamente pasa mi tarjeta. Al menos para eso soy bueno.

Regreso a mi lugar. Trato de enfocar mi mirada en una columna blanca que tengo en frente. Trato de no cruzar la mirada de nadie. Veo las manchas de baba que me dejó mi amigo, las lagrimas que han caído encima. Pasa media hora más. Vuelve el anestesiólogo. Me dice que Sacha ya está estable. Suspiro. Sonrió. Le agradezco. Mi amigo está bien. No escucho lo demás. Pregunto si hay algo que pueda hacer, si tiene sentido que me quede en el hospital. Me dice que no, que me vaya a descansar. Entro a Urgencias. Agradezco a todos, a las enfermeras, a los doctores y en particular al doctor que empapado en sudor le dedicó toda su fuerza y energía a hacerle RCP. Sé que no es algo fácil, que implica un gran esfuerzo físico, pues tomé un curso con Sacha al respecto. Le digo que es un crack y que lo aprecio mucho. Le pregunto a la administradora si puedo dejar la mochila de Sacha en el hospital, en lo que me mudo a Denpasar. Me dice que sí e indica donde. Me regreso a Canggu.

Manejando camino a casa sólo pienso en lo mal que nos salió ese viaje en taxi al aeropuerto. Voy trepado sobre Chinta Besar, que aún me cuesta manejar, pues tiene sólo un par de días que aprendí a usarla. En los semáforos se me apaga o jalonea. Se me dificultan los cambios de velocidad. Me duele la cara. Sacha debería estar manejando esta moto, no yo. Sacha solo estaba dormido. ¿Como pasó de estar dormido al RCP? ¿a tener una sonda en el pene? En un estado de trance llego a Canggu y poco después me duermo.

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Miércoles 9 de septiembre.

Me despierto temprano pero cansando. Me baño, visto y le pido a Putu que me prepare unos huevos. Mientras desayuno y tomo un cafecito actualizo a Putu y Lela sobre el estado de Sacha. No lo pueden creer; a penas el otro día lo vieron subirse a la moto. Le digo a Lela, la hermosa princesa balinesa del Ketapang, que probablemente decida mudarme a Denpasar, pues conviene que esté cerca de Sacha, además de que me canso mucho y siento que no voy lo suficiente concentrado como para andar en moto. Aun con estas ideas en la cabeza, sólo empaco mi traje de baño, mi cepillo de dientes, agarro mi casco, me subo a Juanita Chantik y me voy al hospital.

Cuando voy entrando a la unidad de terapia intensiva me encuentro a la neuróloga. Ella me confirma que Sacha no está bien, aclarándome que no sufrió un paro cardíaco, sino un paro cerebral provocado por una alta concentración de sangre en la cabeza, que hizo que el tumor presionara fuertemente el tronco del cerebro haciéndole perder el conocimiento. No puede decirme si va a estar bien. Está muy apenada, yo también.

Paso a saludar a Sacha. No se ve bien. Su color es amarillento, sus parpados están irritados, ligeramente abiertos, rodeados de lagañas; los ojos inundados de lagrimas. Está conectado a miles de cables y solo respira gracias a una bomba de aire. Le platico un rato. Le digo que Lela se veía guapísima por la mañana, que tanto ella como Putu le mandan un fuerte abrazo. Que curiosamente no había olas en Echo Beach, pero que el Grocer & Grind y la terraza que da al mar ya estaban llenos de güeras bonitas.

Me siento un rato en la sala de espera. Decidí empezar a leer Robinson Crusoe y me está gustando. Paso a ver a Sacha para contarle y me encuentro a un doctor, el anestesiólogo de la noche anterior, quien me dice que aún es difícil saber la extensión del daño sufrido, pero que tiene la esperanza de que recupere el conocimiento y sus capacidades motrices. Concluye diciéndome que en el transcurso del día sabrán más.

Regreso a la sala de espera, leo otro capitulo -al joven Robinson ya lo espantaron las tormentas- y, después de un rato, para distraerme y considerando que es algo que tarde o temprano tendré que hacer, salgo a caminar por las calles de Denpasar en busca de un hotel barato cerca del hospital. A unos cien metros encuentro una opción súper económica pero súper deprimente. Sé que si estuviera con Sacha seria nuestra elección; después de 5 meses por Indonesia ya no nos molestan los lugares feos, sin agua caliente, sin aire acondicionado, sin baño en el cuarto, con nasi goreng de desayuno. Mi hábito ahorrador me lleva a reservar una habitación, pero mis ganas de poder deshacerme de todas las sensaciones terribles de mi cuerpo me hacen pensar que conviene buscar un hotel con alberca. Continuo con mi búsqueda. Hace un calor bestial y estoy sudando como marrano. Llegó a un hotel que se ve bastante bien, con una deliciosa alberca, una recepcionista muy linda y amable y cuartos no excesivamente caros; solo me parece que está un poco retirado y que probablemente encuentre una opción más cerca del hospital al mismo o menor precio. Se me ocurre que podría hablarle a Constance; había escuchado que trabajaba para una cadena de hoteles de los cuales hay uno justo frente al hospital. Quizás ella me podría conseguir una buena tarifa, ¿pero qué le digo? ¿como justifico el favor que le pido? No dudo que me ayudaría, pero me entristece pensar en la conversación que tendríamos que tener. Paso a ver un par de hoteles más, todos igual o más caros, pero sin la amabilidad de aquella recepcionista. El último que visito es el de la cadena de hoteles para la que trabaja Constance, pero resulta que no tiene alberca. Me olvido del dilema y, por un rato, me olvido de Constance. Agotado y empapado, me rindo y acepto que el primer hotel con alberca que visité es la mejor opción. Paso a cancelar mi reservación y regreso a saludar a Sacha, me instalo en la sala de espera, me entretengo con el celular, con el personal administrativo. Se me va el día entre el paseo, la sala de espera, la tiendita del hospital y la unidad de terapia intensiva.

Ahora en la sala de espera también está una familia musulmana que, como yo, la está pasando bastante mal. Varias mujeres lloran, los hombres sólo conversan o se mantienen en silencio. Los niños y niñas me observan con curiosidad. Yo observo a la familia con curiosidad, pues hay una mujer cubierta de pies a cabeza, con solo una pequeña ventanilla que permite ver el lugar donde tiene los ojos. Pero estos no se pueden ver, pues siempre están cerrados. Solo veo como a ratos se convulsiona su cuerpo mientras los ojos permanecen cerrados. La familia ha traído varios toppers con arroz y diferentes guisos. Traen platos desechables y diferentes bebidas. A veces llegan otras personas y se sientan a conversar, a beber y comer un poco. Los niños tratan de distraerse jugando y de vez en cuando los regañan por estar causando demasiado alboroto. Pasan varias horas, oscurece, me voy a la tiendita por una coca y unos M&Ms de cacahuate; mi dieta favorita en estos días.

A veces, sin poder frenarlo, chorros de agua se escurren de mis ojos, empapando mis cachetes, mi camisa, hasta el piso. Luego se detienen. En otras ocasiones me convulsiono como la señora musulmana. Tratando de controlarme, me pongo a chatear con alguien en México o en Europa. Me tranquilizo. O llega alguien de la administración a pedirme una firma, un pago, a explicarme algo. También me tranquiliza. Me llama el anestesiólogo para decirme que la condición de Sacha parece haber empeorado en el transcurso del día; que ya no encuentra los reflejos que debiera tener y que su cerebro parece estar rindiéndose. Añade que para saber bien es necesario que su caso lo revise un neurocirujano, pero que esto tiene un costo y que necesita mi autorización. Consulto a su madre y le doy la autorización.

A las 9pm, el cirujano me pide que pase a verlo. Como lo saludo en indonesio, supone que lo hablo perfecto y empieza a explicarme la situación en su idioma. Trato de entender pero después de un rato lo interrumpo para confesarle que mi nivel no da para tanto. Pasa al inglés, aunque a veces se le vuelve a olvidar y me habla en indonesio. A mi se me olvida que no lo hablo y lo dejo hablar, pues en inglés o en indonesio solo entiendo que ya no hay esperanza. Me indica que, efectivamente, el cerebro se está rindiendo y que es cuestión de días antes de que fallezca Sacha. Que aunque podría operar el tumor, no serviría de nada, que Sacha seria un vegetal. El doctor es sincero, directo, claro y hasta simpático. Me mira siempre a los ojos, me pregunta cómo aprendí indonesio, le cuento sobre la odisea que hicimos Sacha y yo por su bello país. Se toma su tiempo para escuchar, para aclarar mis dudas. Ya es tarde así que le agradezco por su tiempo, por su paciencia, por su sinceridad y me despido.

Decido que es hora de ir a mi nuevo hotel, descansar tantito, ver una peli o un talk show indonesio. Me gustan los talk shows, siento que entiendo bastante y aprendo mucho. Paso a despedirme de Sacha, a decirle que me daría gusto que se recuperara, pero que también entiendo si está hasta la madre y prefiere dejarse ir. Paso a ver a la de la administración para recoger la mochila de Sacha y pedirle que me ayude comprobando que hay una habitación disponible en el hotel que me había gustado. Me confirma que me están esperando.

Cuando llego al hotel ya son como las 10pm. Me importa poco que la alberca esté cerrada y me echó un clavado. Aprovecho la impenetrabilidad del agua para gritar, para desahogarme y llorar. La recepcionista parece entender mi dolor, no me dice nada cuando me ve pasar goteando frente a la recepción; solo sonríe tímidamente. Me cuesta trabajo quedarme dormido. Mi cabeza va a mil por hora. Veo una peli, otra, algo de tele, la apago, trato de dormir. Son más de las 3am cuando por fin lo consigo.

Al despertar descubriría que durante sus noches en el hospital Sacha había escrito un largo relato despidiéndose de su madre, de mi, de la vida y expresando lo satisfecho que estaba con ella y deseando que no fuera muy difícil para quienes nos quedamos a verlo partir.

Aquí la IV y última parte de esta historia y aquí un vídeo que nada tiene que ver, para cambiar de sabor de boca.

La Caida de un Titán. Parte I.

La Caida de un Titán. Parte II.

La Caida de un Titán. Parte IV.

 

La Caída de un Titán. Parte II.

En mayo publiqué la primera parte de esta triste historia y esperaba publicar una parte al mes hasta llegar a este, que fue el mes en que Sacha Mandinga murió. Sobra decir que me distraje, pero ahora que estoy por partir a Madagascar en velero siento que no puedo dejar pasar más tiempo; no vaya a ser que la historia acabe en las profundidades del Océano Indico. (A partir del 7 de octubre podrás seguir la ubicación del velero en tiempo real a través de este link).

Es posible que para quienes conocieron a Sacha resulte difícil la lectura de estos textos y entender como una situación aparentemente bajo control escaló a una tragedia. Tal vez haya quien opine que todo hubiera podido darse de otra manera, que fuimos unos estúpidos o incluso juzgar que soy parcialmente responsable de lo sucedido. Yo lo viví y sé que darle vueltas no lleva a nada. Mejor, reconocer que la vida es frágil, bella y única y tratar de aprovechar el tiempo y vivirla feliz.

 

Ketapang Guesthouse, Canggu, Jueves 3 de septiembre de 2015.

Como en noches anteriores, Sacha no logró descansar mucho. Le tomó mucho tiempo alistarse para emprender el camino al Hospital General Kasih Ibu; uno de los recomendados por el doctor de Kuta, Lombok y también el más cercano y fácil de llegar  desde Canggu, según Google Maps.

Mientras lo esperaba, yo cotorreaba con Lela y Putu, las encargadas del hotel, compartiéndoles la cronología de la odisea que emprendimos al despedirnos de ellas tres meses antes, el amor que en este tiempo desarrollamos por Indonesia, nuestros avances en el idioma y lo bien que se habían portado nuestras motos, Juanita Chantik y Chinta Besar, a pesar de las largas distancias y los pésimos caminos sobre los que les tocó rodar. Se sorprendieron mucho cuando Sacha por fin salió del cuarto, acercándose tímidamente a pedirles de desayunar; lo recordaban con una tremenda sonrisa, siempre haciendo un esfuerzo por expresarse en indonesio y conversar un poquito.

Cerca de las 12pm partimos hacia Denpasar. Ahí se nos fue el día entre análisis de sangre, pláticas con varios doctores y la resonancia magnética; justo el tipo de actividades que yo odiaba y que sentía eran muy personales como para hacerlas acompañado. Varias veces quise dejar a Sacha solo pero lo sentía en las nubes y notaba que necesitaba ayuda para comunicar sus síntomas y entender las preguntas o comentarios que le hacían los doctores. Al final del día, yo sentí que le había ido bien y que indudablemente le confirmarían que con tantito reposo y unos chochitos quedaría como nuevo.

Nos regresamos a Canggu y, como era jueves por la noche, decidimos darnos una vuelta a Old Man’s a echar el taco de ojo y ver si había buena música en vivo, pues teníamos gratos recuerdos de un jueves cuatro meses antes, donde además de la buena música y ambiente, esa noche sucedieron cosas insólitas: un amigo quiropráctico nos corrigió la espalda, nadamos bajo la luna y las estrellas con doce preciosas yoggis en cueros y nos chutamos una aburridísima final de la Champions. En fin, se nos antojó ver si había algo interesante y también queríamos olvidar un poco lo que habíamos hecho durante el día. Desgraciadamente, no había mucha gente, así que luego de una cerveza decidimos regresar al Ketapang a ver una peli y dormirnos. Aproveché que aún era temprano para ponerme de acuerdo con nuestra coyote de las visas, Valeria, pues estás vencían el martes 8 de septiembre y queríamos que nos tramitara la renovación lo más rápido posible para seguir nuestro camino hacia Java. Sacha había quedado de ver a una amiga, Constance, en Yogyakarta el fin de semana del 20, lo que nos dejaba poco tiempo para hacer el recorrido e incluir unas visitas a Njean y Bromo, volcanes que habíamos optado por brincarnos meses antes, cuando estuvimos en Yogya y yo sentía que me moría de paludismo.

Viernes 4 de septiembre de 2015.

Llegamos al Kasih Ibu a medio día a preguntar por los resultados de Sacha. Nos pasaron a la sala de urgencias, donde, sin introducciones elaboradas ni rodeos, la neuróloga colocó las radiografías sobre una pantalla de luz. No fue necesario escuchar lo que decía -y Sacha probablemente lo dejó de hacer tan pronto encendió la pantalla- las imágenes hablaban por sí solas. La expresión en la cara de la doctora y una foto que mostraba una mancha más grande que una pelota de golf me dejaron claro que estaba atestiguando una pesadilla que sólo había visto en la tele. Le estaba confirmando lo que en días anteriores Sacha se había imaginado y lo que yo juraba era una estupidez creer.

Sentí como se me acalambrada la quijada y volví a desear estar en otro lado. Entre otras cosas desagradables, la doctora le informó que a pesar de ser viernes, no habría fiesta en Deus y que convenía que se quedara en el hospital en tanto lo medicaban para atender el dolor de cabeza y prepararlo para el vuelo a casa, pues su vacación había terminado.

Lo instalaron en una recamara del cuarto piso que contaba con una buena vista a los tejados de Denpasar y nos permitía echarle un ojo de vez en cuando a nuestras queridas Chinta Besar y Juanita Chantik, mientras estas aguardaban noticias en el estacionamiento del hospital. Lo habían internado justo antes de la cena, así que lo primero que una de las enfermeras le preguntó era qué iba a querer cenar, mostrándole un menú típico de warung indonesio. Sacha se pidió el clásico nasi goreng y, cuando llegó, yo me fui a buscar unas papitas y una coca a la tiendita de la recepción. Pasamos la tarde viendo el campeonato mundial de atletismo mientras el me platicaba de sus logros universitarios, comparando sus tiempos con los que íbamos viendo en la televisión. En ocasiones se sorprendía al ver que no estaban tan lejos de los que estaban haciendo las corredoras. Cuando dieron las ocho me despedí, diciéndole que volvería temprano al día siguiente, pero que esa noche había quedado de ver a Sinead, una amiga que estaba en Bali por unos días y que llevaba días presionando para que nos viéramos. Sacha me pidió que no le contara a nadie sobre el diagnostico que había recibido, que no quería llegar a México a abrazos de lástima y condolencias, y sugirió que me llevara su moto para ir agarrándole la onda, ya que ahora pasaba a ser mi responsabilidad. Le dí el avión e hice lo posible por mantener una sonrisa y mirada optimista, pero al darle la mano y desearle un buen descanso, fue inevitable que se me inundaran los ojos. Traté de que no se diera cuenta y no se si lo logré, pero antes de perder todo el control me salí de la habitación. En el pasillo fue inevitable y me quedé parado afuera de su cuarto unos minutos tratando de reponerme.

Con un terrible nudo en la garganta me regresé a Canggu, ahora solo y sin poder creer el desenlace del día. La doctora le había dicho a Sacha que necesitaría alrededor de tres días de acondicionamiento para poder tomar el avión sin riesgo de derrame o convulsión y que convenía que el viaje lo hiciera con escolta médica. Todo esto implicaba un par de cosas prácticas. Primero, debía encargarme de recuperar su pasaporte, pues ya no iba a ser necesaria la extensión de su visa y era importante tenerlo a la mano para poder salir en el momento que fuera oportuno. Segundo, ¿viajaría yo con el o no? En el hospital Sacha había insistido que yo debía quedarme en Bali, luego continuar hasta Sumatra, pero no me sentía a gusto con la idea. Tercero, había que cancelar los planes con Contance. Cuarto, yo debía considerar mudarme a Denpasar. Quinto, ¿qué hacer con la moto de Sacha? A estos pensamientos se sumaban muchos más, al grado que no lograba enfocarme en uno y solo conseguí enviarle un mensaje a Valeria preguntándole si aún podía recuperar el pasaporte de Sacha.

Esa noche fui a cenar con Sinead al Echo Beach Club. Nos comimos unos increíbles filetes de dorado acompañados de una miserable porción de camarones. Me forcé a tomar un par de araks y unas cervezas, esperando que eso ayudara a relajar mi cuerpo, pues aun sentía ese nudo y una quijada acalambrada. Después de cenar nos fuimos a Old Man’s, que a diferencia de la noche anterior sí estaba lleno, aunque de puros aussies desagradables. Seguimos tomando, ahora vodka tonics y un par de shots, hasta que alcanzamos un nivel de peda bastante alto. Nos divertimos mucho esa noche y siempre le agradeceré a Sinead haber estado ahí para distraerme un poco.

Sábado 5 de septiembre.

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Camino a Denpasar pasé a Kerobokan, que fue donde compramos nuestras motos y, casualmente, el barrio donde vivía Valeria. Encontré su casa al final de una serie de callejuelas entre pequeños templos, casas y arrozales. Definitivamente un lugar precioso para vivir, alejado del caos de Canggu y de Denpasar, rodeado de una peculiar naturaleza, donde sólo se escucha el ruido de pájaros y gallinas. Me devolvió el pasaporte, preguntando por Sacha. No quería compartirle toda la tragedia y me limité a decirle que había tenido un accidente, que estaba bien pero que necesitaba regresarse a México para que lo operaran.

Cuando llegué al cuarto de Sacha no lo encontré en su cama e imaginé que estaba en el baño o que se lo habían llevado a hacer más estudios. De repente empezaron a moverse las cortinas y al cabo de unos segundos apareció Sacha, exhalando humo. La ventana se abría completamente y hacía difícil que Sacha se aguantara las recurrentes ganas de fumar, a pesar de que, como en todos los hospitales del mundo, estaba prohibido.

Lo vi bien, fresco, sonriente y con mucha energía, como si no tuviera nada que estar haciendo en el hospital. Me contó que la administración del hospital andaba viendo los requisitos para que un doctor lo acompañara a México pero como el consulado mexicano estaba cerrado, no sabrían los detalles hasta el lunes. Noté cierta frustración en Sacha al contarme esto. Sabía que esperar al lunes implicaría que de requerir visa, este, cuanto antes, se movilizaría el martes para obtenerla y por tanto no sería hasta el miércoles por la tarde, en el mejor de los casos, que podría emprender el vuelo de dos días a casa.

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En el tema de las gestiones consulares sentía que podía finalmente serle útil, fuera a través de mi padre o a través de Clarita, quien además de ser una gran amiga y la excusa que nos trajo a Indonesia, fue cónsul de Portugal en Yakarta hasta el mes de agosto y conocía muy bien al cónsul mexicano. Con el permiso de Sacha, le hablé a mi padre y le conté toda la historia, pidiéndole además que me pusiera en contacto con el Embajador de México en Yakarta. A los pocos minutos de colgar hablé con el emba y después con el cónsul. Ambos se portaron muy atentos y brindaron toda la información y ayuda que de momento requeríamos.

Le entregué a la jefa de enfermeras del cuarto piso un papelito escrito con toda claridad que contenía todos los requisitos que debía cumplir el doctor para obtener la visa mexicana, la cual, desgraciadamente, sólo le podrían expedir en Yakarta. Pasaron unas horas y me vino a visitar alguien de la administración para comentarme que habían varias agencias que ofrecían el servicio de traslado médico, por si quería encargarme de cotizar e ir viendo disponibilidad, a fin de no retrasar el vuelo de Sacha más de lo necesario. Los intercambios con las agencias, con el cónsul y con el personal médico me sirvieron mucho ese fin de semana para mantenerme enfocado y optimista y a la vez sentirme un poco útil. Poder desahogarme con mis padres también servía de alivio, pues a ratos sentía una enorme necesidad de expresarme y no había nadie en Bali con quien lo pudiera hacer. Supongo que Sacha sentía algo parecido, pero en los largos ratos que pasamos en su cuarto de hospital siempre se mostró positivo, satisfecho con el viaje que habíamos hecho juntos y listo para irse a casa. El insistía que yo debía quedarme en Indonesia, que con mi hermano Rafael ya había vivido lo que le venía y que no tenía caso que me regresara a repetirlo con él. Entendía su argumento y hasta estaba de acuerdo, pero sentía que no podría seguir viajando sabiendo que mientras tanto el estaría intercalando operaciones con quimioterapia, radiación y un nivel de sufrimiento y dolor que en la vida podría imaginarme.

Todos los días tocábamos el tema y el insistía que no tenía caso que lo acompañara a México. Todos los días yo acababa cediendo, pues por un lado no quería que sufriera por la idea de que «por su culpa» mi viaje también había terminado y, por el otro, porque sabía que no habría nada que yo pudiera hacer allá; quizás hasta podría ayudarlo a esperanzarse si sabía que yo seguía viajando. En fin, de los dilemas más tortuosos que he tenido en la vida y que espero no volver a tener.

En la tarde vimos la película de Matilda con Danny Devito y una niñita de poderes mágicos. Después de la peli nos echamos diferentes etapas del campeonato mundial de atletismo y me contó más sobre sus hazañas universitarias y de cómo una ideología retrograda del entrenador había acabado con su carrera deportiva. Se aproximaba la hora de la cena así que salí por una pizza hawaiana con orilla de queso (nunca dejó de sorprenderme que esta fuera la favorita de Sacha) y compartimos su nasi goreng y la pizza viendo mujeres corriendo.

Dieron las diez de la noche y decidí que convenía dejar a Sacha descansar y emprender el viaje de vuelta a Canggu. Había sido un día muy agradable, como cualquier día que hubiéramos pasado sin hacer gran cosa, solo disfrutando del buen clima, la amabilidad de los indonesios y de una buena conversación. Aprovechando que ya era tarde y que al día siguiente sería domingo, día en que quizás habría menos tráfico que de costumbre, se me ocurrió que era buen momento para aprender a usar la moto de Sacha. Sólo la había probado una vez, sin alcanzar a recorrer más de cien metros, intimidado por su clutch, mayor potencia y peso. Luego de recibir un par de consejos, bajé al estacionamiento, me despedí de Juanita Chantik e intenté arrancar a Chinta Besar. Desde su ventana, Sacha me observaba y gritaba algunas consignas. Varias veces me falló el clutch pero finalmente pude ponerla en marcha y, nervioso y despacio, me dirigí hacia la salida mientras Sacha me observaba con una enorme sonrisa y un cigarro en mano. Me tardé un poco en acostumbrarme a hacer los cambios de velocidad, pero cuando llegué a la quinta, disfrute enormemente la superioridad del motor de Chinta Besar sobre aquel de Juanita Chantik, además de la estabilidad y suavidad con la que corría.

Había notado que la televisión en el hospital tenía una entrada USB, así que esa noche preparé una tarjeta de memoria con varias películas. Mientras hacia esto, me entretuve con un talk show indonesio pero sin lograr concentrarme lo suficiente como para que sirviera de clase de idiomas. Al cabo de un rato caí dormido. Sacha, por su parte, dedicó gran parte de la noche a subir fotos de nuestro viaje al feis.

Domingo 6 de septiembre de 2015.

En el camino al hospital me topé con un Dunkin Donuts y compré un chingo de donas de todos los sabores, recordando que Sacha se había quedado con el antojo de unas cuando venimos por los resultados de la resonancia magnética.

El día transcurrió lentamente, como todo Domingo debe transcurrir, y entre pelis y atletismo, Sacha se la pasó sorteando sus chivas y yo, cotizando vuelos y escolta medico. Los servicios de escoltas insistían que dada la distancia era importante que tanto Sacha como su doctor viajaran en primera clase, con cada boleto costando más de $5,000 dolares. El servicio de ambulancia y de atención durante el viaje también estaba carísimo y su burocracia interna hacia que el tramite de la visa fuera a tardar casi una semana.

Sacha se veía muy sano, ya no le dolía la cabeza y cada que podía se colgaba de la ventana a fumar un cigarro. Estaba harto del hospital, de estar echado en la cama, y ansiaba volar a casa. Como lo veía con ganas de subir más fotos, le pedí que las subiera a este blog en lugar de a facebook, pues en aquel entonces aún tenía la ilusión de que este proyectito se volviera viral y fuera la fuente de ingresos que necesitábamos para viajar.

Lunes 7 de septiembre de 2015.

Yo seguía viviendo en el Ketapang, que quedaba a unos 45 minutos del hospital y representaba una chinga todos los días. Ahora tenía dos motos: Chinta, conmigo y Juanita, estacionada en el Kasih Ibu. Para facilitar la logística de recuperar mi moto, le pedí un aventón al novio de Putu y llegué al hospital como a las 10am. Las enfermeras me recibieron con un paquete de documentos que debía firmar para liberar al hospital de toda responsabilidad en caso de que sucediera algo durante el traslado a México.

Sacha me comentó que a mitad de la noche había hablado con su neurólogo en México para preguntarle si consideraba imprescindible el servicio de escolta medico y viaje en primera clase. Le había enviado copias escaneadas de todos los análisis, resultados y el detalle del tratamiento que había estado recibiendo los últimos días. Con todo esto, el doctor consideró que el tumor estaba bien contenido y que no debía haber problemas con volar a México en el gallinero y sin chaperón. Me puse a buscar dos boletos para el día siguiente y el se escondió en la ventana a fumar un cigarro. En eso entraron la neuróloga, el gerente y una enfermera. Se sorprendieron al verme echado en la cama y más cuando se percataron que Sacha estaba fumando, colgado de la ventana. En el susto de haber sido sorprendido, Sacha reapareció de detrás de las cortinas y, enredándose en ellas, les quemó un agujerito. La enfermera se cagó de la risa, el gerente lo miró furioso y la neuróloga no pudo más que sonreír y pedirle que de favor lo dejara de hacer. Luego de este pequeño oso, la neuróloga nos expresó que estaba muy preocupada por la decisión de volar a México sin enfermero y que había traído al gerente para que atestiguara su desacuerdo.

Estaba a punto de comprar los boletos cuando Sacha volvió a pedirme que lo dejara ir solo. Su argumento era que si en el avión le daba un derrame, de todas formas yo no iba a saber que hacer y sólo me tocaría verlo morir en el asiento de a lado, luego atender pedos legales en donde hiciera escala y finalmente quedarme con un terrible recuerdo. Le dí la razón y le compré el vuelo más rápido a México. A cambio, le pedí que se comprometiera a llamarme cada dos horas desde el avión y en cuanto hiciera escala en Ámsterdam. También le hice prometer que no pasaría por un coffee shop. 

Harto del nasi goreng, fui por una cena coreana para llevar y nos echamos a ver la película de Lego, que al parecer era una de sus favoritas, especialmente por esta canción.

La Caida de un Titán. Parte I.

La Caida de un Titán. Parte III.

La Caida de un Titán. Parte IV.