Juanita Chantik

En un pueblito de Bali llamado Kerobotan, el 29 de mayo, compramos dos flamantes motocicletas o, mejor dicho, una moto y una motoneta. La decisión fue el resultado de muchos factores, entre los cuales destacan la inmediata sugerencia hecha por Vasco el día que llegamos a Yakarta, lo poco que se ve o se disfruta el camino en tren o bus en Indonesia, el apoyo constante que recibía esta idea cada que se la comentábamos a algún bule residente en estas islas y lo divertido y satisfactorio que fue pasear de esta manera al momento de rentarle un scooter a Komping, el marido de Rini, quien era la cocinera de nuestro warung de confianza en Batu Karas y además nos daba clases de bahasa indonesia.

paseando por Batu Karas

paseando por Batu Karas

Los primeros consejos de como llevar a cabo la transacción fueron proporcionados por Ustad, marido de la cocinera de otro warung y arquitecto/albañil de Joni, un joven alemán que había optado por mandar a su mujer sudanesa a trabajar a Alemania mientras el construía una preciosa casa al borde del Río Verde. Ustad nos enseñó a leer y entender los documentos de las motos; explicó como lidiar con la autoridad (todo se resuelve con un gochap, billete de 50,000 rupias que equivale como a 4 dólares); sugirió ciertas marcas y modelos que podían repararse fácilmente y, lo mejor de todo, nos acompañó en nuestras primeras negociaciones. Así, nos dimos una idea de los precios y qué tan dispuestos a negociar estaban los vendedores. Con el visitamos 3 agencias y a algún pariente que ya quería deshacerse de su motoneta, pero no logramos regatear tanto como pretendíamos; probablemente por el conflicto de interés natural de Ustad.

Por circunstancias del camino (falta de voluntad para irnos de Batu Karas, una probadita del dengue y un poco de indecisión), la compra quedó pendiente hasta que llegamos a la Isla de los Dioses, Bali. Ahí, Nyoman, el chofer de Vismai, nos llevó un buen viernes a recorrer los showrooms de Canggu. Para estas alturas, nuestro nivel de indonesio había mejorado simbólicamente y la negociación y chascarrillos fluían mejor. Cerramos el trato en la ultima agencia que visitamos, ya en Kerobotan, casi llegando a Denpasar, donde Sacha encontró justo el modelo que tenia en mente y yo elegí la que me parecía más sencilla y común posible, sin imaginarme el grado de apego que luego de pocos días habría desarrollado por ella. Decidí bautizarla Juanita Chantik, que en indonesio se escribe Wanita Cantik y quiere decir mujer preciosa.

Mi experiencia con las motos era mínima. Había rentado un scooter en Isla Mujeres y no creo haber logrado darle la vuelta a la isla sin embarrarme primero. Ese clásico y estúpido error que comete quien no está acostumbrado a tener un acelerador en el manubrio y que al dar una vuelta en U lo lleva a estirar el brazo derecho y, con ello, sin querer, a darle potencia al motor en el momento que menos requiere de ella. Me fui a un barranco, donde, por suerte, los arboles me frenaron a pocos metros de la carretera. Después de eso preferí pasear en carrito de golf.

Pasaron unos diez años antes de que me volviera a atrever manejar una moto y, para ello, elegí el lugar con más motos que jamás había visto: Hanoi. Al borde de un laguito medianamente transitado, con la urgencia de salir a buscar una calle menos frecuentada, me tomó 5 minutos aprender a cambiar las velocidades sin perder empuje, equilibrio ni la confianza de mi maestro, el Sr. Vu. Nunca encontré esa calle, pero con algo de huevos empecé a moverme por las avenidas de la capital con cierta agilidad. Una noche hasta llevé a su casa a una joven filipina que se había puesto hasta las chanclas y que cada que la desatendía, comenzaba a irse de lado, como queriendo pulirse tantito el cutis con el asfalto. Llegó sana y salva y en esas vacaciones no tuve ningún incidente, aunque sí un par de sustos en las montañas de Sapa, donde las motos van rapidísimo y los camiones se comen las curvas cubiertas de grava.

Volvieron a pasar muchos años antes de que volviera a sentarme en una moto. Poco antes de salir del DF saqué mi credencial de Econduce, un servicio que renta scooters por muy poco dinero y que hace divertidísimo el commute de Polanco a la Condesa. La primera vez iba nervioso, pues la experiencia en Ecobici me había demostrado que la gente de Polanco, al igual que los taxistas en general, odia cualquier cosa que anda en dos ruedas. También me sacaba de onda que, siendo eléctrica, la moto no hiciera ruido, nada de ruido. Confieso que por miedo y algo de hueva (no habían estaciones ni muy cerca de mi casa, ni muy cerca de mi trabajo) no lo usé mucho, pero sí lo recomiendo ampliamente.

Juanita Chantik es una motoneta de 100cc, marca Honda, modelo Supra Fit, que todo local sabe reparar y de la cual toda tiendita tiene refacciones. Tiene un pequeño compartimiento debajo del asiendo donde guardo un poncho por si llueve y un sombrero tico que me protege del sol cuando no traigo el casco. Consume poca gasolina y, salvo que tenga el viento en popa, difícilmente alcanza velocidades peligrosas, haciéndola perfecta para mi y para este recorrido por el archipiélago indonesio.Juanita Chantik

Llevo ya tres accidentes, pero ninguno grave. El primero fue por querer atravesar un arrozal para llegar a la playa de Medewi. El caminito por el que iba se convirtió, sin previo aviso, en canal de irrigación, tragándose la llanta delantera de Juanita de una mordida y mandándome de golpe contra el volante. El segundo fue en Labuan Bajo, donde saliendo de una curva mi moto se encontró con la de un indonesio que había decidido detenerse en plena calle sin motivo aparente. La carrocería de la Chantik se cuarteó un poquito y su acelerador se deformó de tal modo que ya no desaceleraba en automático. El indonesio insistió que yo era el culpable y que debía pagar la reparación de sus faros traseros, que según el se habían sumido. Para evitar broncas y viendo que con cada segundo que pasaba nos mosqueaba un indonesio más, Sacha sacó un gochap y nos fuimos. Mi reparación salió en 60,000 rupias; casi 5 dólares. El tercero fue por andar viendo google maps mientras descendía lentamente por una terracería, buscando llegar de Tablolong a Baun, para de ahí seguir a Soe sin pasar por Kupang. A Juanita se le aboyó tantito el reposa pies; pero justo lo suficiente para complicar el cambio de velocidades. Afortunadamente, Sacha, con sus botas caterpillar, logró enderezarlo todo a patadas y pudimos seguir nuestro camino.

Ahora que estamos en Dili renovando nuestra visa indonesia veo en el odómetro que he manejado cerca de 3000km con Juanita Chantik, esquivando orates que no respetan los sentidos, satelucos que creen que van solos en la montaña, cabras que cruzan la carretera sin voltear, baches sorpresa por doquier, changos que hacen fintas de quererte atacar, vacas que simplemente están contemplando la vida en medio del camino y marranos que deciden atravesarse justo en el peor momento; sin embargo -o hasta por ello- concluyo que no hay mejor forma de viajar que en moto; hasta le gana a viajar en convertible, lo que pensé nunca llegar a decir, habiendo disfrutado tremendamente de un recorrido en Miata de la Ciudad de México a Atlanta, pasando por Las Vegas y Nuevo Orleans, entre muchos otros lugares de Estados Unidos.

Como en un convertible, en moto lo vives todo: te llegan los olores, los cambios de temperatura, la fuerza del sol y de la lluvia, la belleza de las nubes y las estrellas, de la variada vegetación, fauna y de las increíbles vistas al mar, a los volcanes, montañas, valles y planicies. Aparte de las ventajas obvias de la moto sobre el auto, como librarte de muchas horas detrás de los camiones que atraviesan las islas y serpentean las montañas, de ser un chick magnet (dicen) y hacerte muchos amigos en el camino, la moto tiene una ventaja adicional incomparable. Sin requerir mucha velocidad, cada curva, subida, bajada, rebaso, tope o bache te da una inyección de adrenalina volviendo el camino algo tan disfrutable como tomar una ola con una tabla de surf, brincar de estela a estela con el wakeboard, planear a 15 metros de profundidad, hacer vueltas cerradas en parapente, pararte en el kitesurf, o bajar una montaña recién nevada en snowboard. Se que no siempre será fácil comprar una moto o cruzar la frontera con ella y, ahora que estoy disfrutando tanto del viaje en dos ruedas, temo no poder volver a acostumbrarme a viajar como mochilero ordinario y preferir brincarme aquellos países donde se vea muy complicado viajar con moto. De momento, espero que Juanita Chantik aguante el recorrido que nos falta, el cual, sujeto a cambios, incluye Sumba, un poco más de Flores, Sulawesi, Borneo y Sumatra. Apenado por como la he hecho sufrir, ya le prometí mayor cuidado y menos terracerías, empezando por una lavadita para quitarle, por fin, el lodo de aquel arrozal en el que me fui a caer y un servicio para ajustarle todo lo que ciertamente se fue aflojando en los terribles caminos de la isla de Timor.

2 comentarios en “Juanita Chantik

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