¡Salud! (Cont.)

Resulta que en México, hacerse la prueba del dengue es más complicado de lo que uno podría imaginar. Hay varios tipos de exámenes y uno tiene que saber cuál quiere. Además, cada una de las opciones esta carísima y no cualquier laboratorio las hace. Para un procrastinador nato, el resultado es que la prueba quedó para después y que nuevamente estoy navegando en la incertidumbre. La sensación, sin embargo, sigue muy presente, y desde aquel episodio malévolo en el estrecho de Malaca no había logrado recordar con precisión cuando había sido la última vez que me sentí así de gacho.

Hoy, de golpe, mientras me preparaba para borrar un par de pendientes de una lista abrumadora de talachas, lo recordé con suma claridad, y la historia, como muchas de las mías, es larga y preferí dedicar mi tarde a narrarla que retomar mi responsabilidad de capitán.

La historia se remonta a mayo de 2015 en Batu Karas, un pueblo en la costa suroeste de Java, donde una ola larga y dócil atrae a surfers de todo el mundo, pero sobre todo de Australia, para practicar tabla hawaiana y disfrutar de la tranquilidad y amabilidad de sus habitantes; similar al Puerto Escondido de hace más de 20 años. Es una verdadera putiza llegar; sólo comparable, en mi mente salada de hoy, con la que implica navegar en invierno hasta Puerto Refugio en la isla Ángel de la Guarda o de Raja Ampat a Ambon en verano -historias que espero algún día encuentren su espacio en este blog. Sé que estas comparaciones de nada sirven al lector, así que trataré de resumirlas: ambas implican navegar contra vientos y corrientes muy fuertes, la primera incluso contra olas altas y de frecuencia muy corta; implican esfuerzos físicos importantes e invaden la mente de dudas sobre su factibilidad. La tentación de dar vuelta en U siempre está presente y la tensión entre los tripulantes/compañeros de viaje se puede cortar con sierra. El grado de satisfacción al lograrlo es proporcional al sufrimiento, como para quien ha llegado a la cima de una montaña, conseguido hacer sus compras de navidad justo antes de Noche Buena o concluido los trámites de titulación en la UNAM.

Volviendo a Batu Karas, por alrededor de 10 dólares la noche, Furlong y yo compartíamos un colchón matrimonial en el suelo de una pequeña recamara, que además contaba con un kamar mandi: WC de un hueco en el suelo, un barril lleno de agua y una jícara. La recamara había sido construida arriba del warung de Rini, nuestra linda anfitriona, y de otros kamar mandi, justo frente a una diminuta caleta. No tenía ventanas, pero a la altura del techo estaba completamente abierta y eso permitía que fluyera el aire y que los moscos entraran y salieran a placer. En la recamara de alado vivía plácidamente Lourenco, un loquito portugués que conocimos en Yakarta y con el que estábamos viajando en esta primera etapa.

 

A los seis días de llegar, ya nos sentíamos cómo locales. Los batukarenses nos llamaban por nuestros nombres, incluso en pueblos vecinos; todos los días tomábamos clases de indonesio, nunca con el mismo profesor y siempre dudando si efectivamente era indonesio o más bien sudanés lo que nos enseñaban; clases basadas en conversaciones sobre fútbol, box, lucha libre o telenovelas mexicanas. Nos acostumbramos al llamado a rezar de las cinco de la mañana y a ver como inmediatamente después la playa se llenaba de feligreses vestidos de pies a cabeza, que así mismo se metían a nadar justo en el camino de los surfers de las primeras olas del día. Furlong acostumbraba despertarse a esta hora, disque pa’ surfear, pero, como en México, requería de al menos dos cafés y varios cigarros antes de decidirse a hacer cualquier cosa. Por fin a las siete u ocho se echaba un par de olas, mientras que yo me quedaba en el cuarto echando la hueva hasta las nueve.

Batu Karas pareció un excelente punto de partida para nuestro viaje por Indonesia.

Aprendí a pararme en una tabla de surf, a contar y saludar en indonesio, hicimos muchos amigos, desarrollé los muslos cagando de aguilita, me acostumbre a la ducha a jicarazos, me di una primera empapada con la cultura musulmana y sus hábitos de natación que yo juraba exclusivos de Caleta y Caletilla, recibí una introducción a lo mamones que pueden ser los surfers australianos, que no toleran ver principiantes en el agua pero viajan miles de kilómetros en busca de la ola más fácil de Indonesia, pero también conocí a aquellos que viven para disfrutar de la vida, para compartir su conocimiento y emociones, que reciben con brazos abiertos a extraños y conocidos y que se desvían para ayudar. También me acostumbré a que me dijeran bule (gringo, güero, farang…) y a que extraños se quieran tomar fotos conmigo, a que no haya internet y, claro, a tener que cagar de aguilita y bañarme a jicarazos. Tristemente, también me empecé a acostumbrar a ver basura por todos lados y, lo más extraño, a gatos sin cola o con doble cola, aspecto que lucen desde que nacen, no por mutilación.

Por más acogedor, necesitábamos planear nuestra huida de Batu Karas, tanto porque nos esperaba una boda en Bali como otras 13,000 islas que conocer. Pero la madriza que implicó llegar (taxi, tren, moto, lancha, panga, peseros, triciclos y pickup) nos impedía decidir sobre cómo salir y hacia dónde dirigirnos. Las principales opciones implicaban combinaciones de moto-bus-tren-moto o moto-avión-avión-moto o minibús-tren-moto, todas estas de varios días de tortura. Pasábamos nuestros días combinando el surf con el procrastineo frente a la Lonely Planet, o al internet bien lento de nuestro primer smartphone, o en un cibercafé sin internet o en una agencia de viajes que poco sabía de viajes.

Por fin compramos unos pasajes de tren a Surabaya. No era lo que teníamos en mente cuando llegamos a la agencia. Íbamos a comprar unos boletos a Yakarta, para que la combinación de transporte se limitara a moto, avión y taxi, con el beneficio agregado del aire acondicionado, WIFI, alberquita y buena compañía que teníamos allá. De alguna manera, en la agencia nos dieron a entender que para Yakarta, todo estaba agotado. Fue gracias a mapas colgados en las paredes que logramos improvisar, en menos de una hora, la alternativa que ahora nos llevaría a la segunda ciudad más grande de Indonesia, puerto importante y punto de salida hacia varios lugares, como la isla de Madura, los pueblos de Malang y Probolingo (de donde salen los tours al volcán Bromo) y, de perdida, los ferris y camiones a Bali. Esta alternativa implicaba tomar una minivan a las 7am, trasbordar a un guajolotren a las 10am, para llegar al Lázaro Cárdenas indonesio a las 930pm. Sería un día largo, sobre todo porque la codera nos llevó a comprar boletos para la categoría más jodida disponible. Aunque me había encantado Batu Karas, donde me sentía en casa y hasta consideraba posible quedarme a vivir para siempre, ansiaba seguir explorando Indonesia. A Bali íbamos por una boda pero más allá de eso no me atraía mucho como destino. Me la imaginaba repleta de aquellos surfers soberbios o del equivalente australiano de spring breakers. Me emocionaba más pensar en lo que le seguiría, pues aunque apenas estábamos empezando nuestra odisea, Indonesia ya nos había enamorado y era claro que pasaríamos muchos meses aquí, buscando recorrer el mayor número de islas habitadas del archipiélago más grande del mundo.

Después del paseo minibús, en el que dormí casi todo el camino aún con los acelerones, enfrenones y claxonazos del chófer, llegamos a Sidareja, donde abordaríamos la categoría más pinche de la de por si pinche Ekonomi Klas. Cómo llegamos un poco temprano, nos fuimos a dar un paseo y ver si conseguíamos algo que desayunar. Nos entretuvieron unos viejitos que, a señas, querían saber de dónde veníamos. Al responder «México», todos juntos, como si lo hubieran ensayado, fruncieron las cejas e imitaron los disparos de ametralladoras. Así la imagen de México en este culo del mundo.

Desde el primer minuto a bordo, el viaje fue un infierno. Hacia un chingo de calor, no cabíamos en los asientos de plástico macizo, la ruca de enfrente llevaba su maleta en el pequeño espacio diseñado para intercalar los pies, el vagón iba repleto, incluso con gente instalada en los pasillos y a mí me estaba pegando una fiebre que sólo me hacía pensar en malaria o dengue. A las dos horas de partir, me levanté para recorrer el tren, con la esperanza de encontrar algo de aire fresco, el vagón restauran, un mejor lugar o simplemente estirar las piernas. A diferencia de los trenes rusos, aquí no había vagón restauran ni espacios donde uno pudiera asomarse por la ventana a respirar. Donde había ventanas abiertas, había un aperre de cabrones fumando clavo. No había ni un lugar libre en todo el tren, aunque si había vagones con aire acondicionado o sillones acolchonados. Nada se antojaba más que bajarse del tren, sin importar donde fuera. Faltaban 9 horas para llegar a Surabaya y yo me sentía cada minuto más débil y hasta con ganas de llorar, recordando los miles de minutos que faltaban.

Una hora antes de que el tren pasara por Yogyakarta empecé a delirar que todo el viaje era un error; que quien era yo para pensar que podía viajar a lo rudo por 6 meses, habiéndome vuelto un abogado marrano, fan del confort y la buena comida; deseaba irme a casa, echar un FIFA entre amigos en la comodidad de mi sala; dormir solo en mi cama matrimonial con edredón de plumas, cagar sentado, etc. Maldecía los kamar mandi, que ahora veía como cunas de mosquitos enfermos, y ese colchón en el suelo que seguro había permitido que más de una araña me envenenara. Con apenas dos semanas en el país, ya estaba hasta la madre del nasi goreng (arroz frito) y su aún más pinche primo, el mie goreng (fideo maruchan frito).

Faltaban ahora 50 minutos para llegar a Yogya y, temiendo un batazo, me atreví a sugerirle a Furlong que nos bajáramos ahí en lugar de seguir hasta Surabaya. No veía posible sobrevivir el viaje, al que aún le faltaban 8 horas. Pasaron otros 20 minutos y ya no sentía mis pies, me dolían las rodillas y deseaba que me amputaran las nalgas. Me temblaban los cachetes y sentía un terrible nudo en la garganta. Volví a tocar el tema de bajarnos. Furlong no se oponía, pero tampoco decía mucho. Parecía estar de acuerdo pero sin querer aceptarlo. Cuando quedaban 25 minutos para llegar a Yogya empecé a creer que no llegaría, que me moriría poco antes de llegar. La estaba pasando mil veces peor que en una clase de Derecho Administrativo o que los últimos 25 minutos de un lunes de cruda en la oficina; casi tan mal como si me hubieran atado a ver el Teletón. De súbito caí noqueado y dormí los 20 minutos que le tomó al tren atravesar los suburbios de Yogya y entrar a la estación. Al llegar, Furlong me despertó para confirmar si aún me quería bajar. Asentí y salimos por patas de esa caldera ferroviaria.

Nuestra estancia en Yogyakarta fue extraña. Después de un paseo por la calle Marlboro y una cenita carísima en Pizza Hut, me acabó por tumbar la porcina y no salí de la cama por 20 horas, pasando calores y heladas, empapando las sabanas de sudor y luego sufriendo el frio que su humedad provocaba. Me dolía la cabeza pero peor que eso, todas las articulaciones. Era como tener acalambrado todo el cuerpo. Temía que fuera algo que me obligara a volver a casa, porque a pesar de mi berrinchito en el tren, en mi delirio febril confirmé que no quería volver a casa, que no quería dejar de viajar, dejar de aprovechar la libertad que acaba de readquirir y que esperaba me ayudara a encontrar el camino a una vida más saludable, satisfactoria. Tenía claro que no volvería a viajar en Ekonomi y que procuraría encontrar habitaciones un poco más alejadas de los kamar mandi, tal vez hasta con mosquiteros; era importante seguir adelante.

En Yogya, aparte de dormir, aprovechamos el WIFI y la electricidad para ponernos al día con el mundo, armar este blog (que 5 años después sigue vivo) y planear nuestra ida a Bali. No compramos Batik ni fuimos a Borobodur. Aunque después de esa súper siesta me reincorporé como nuevo, por temor a recaer preferí ver Bromo desde el avión y dirigirme lo más rápido posible hacia una playa con «western food»: Canggu.

La Odisea a Batu Karas, día 2.

En Cilacap nos recibió un comité de ojekes, primero sorprendidos de ver unos bules llegar a su remota ciudad, luego más sorprendidos al enterarse que 2 de los 3 éramos mexicanos, y finalmente encantados de conocer a alguien del país natal de Christiano Ronaldo. Sacha y yo nos contentamos con que se pronunciaran admiradores del Chicharito y del mismísimo Brodi, Jorge Campos.

Después de mucho negociar acordamos que tres de ellos nos llevarían en sus motos al puerto donde podríamos convencer a algún pescador de llevarnos a Kalipucang ya que, como lo había advertido la guía, no corría el ferri hacia allá. Aprovechamos haber llegado temprano para negociar con calma con los pescadores y lancheros, pues a pesar de nuestro limitado indonesio, entendimos que como en México, todos estaban empezando con tarifas exageradas, especiales para gringos. Después de tres horas ya estábamos cerca: un lanchero sugirió que primero, por 10,000 rupias por persona (casi un dólar) tomáramos un barquito a Kampulaut, un pequeño pueblo en medio de los manglares, donde su hermano tenía una panga y nos podía llevar el resto del camino, fuera a Majinglak o Kalipucang, pero que esto había que negociarlo con el, limitándose a prometer que ahorraríamos mucho dinero.

Comuniqué la sugerencia a mis compañeros de viaje, Lourenço y Sacha, quienes habían pasado la mañana tomando café y conversando con los locales del pequeño puerto. Aceptaron la propuesta y nos fuimos a descubrir el barco en el que haríamos el primer tramo. Nos sorprendió ver que ya estaba lleno, incluso cargado de tres motos y muchas cajas y costales de víveres, pero los pasajeros y tripulantes (era difícil distinguir unos de otros) insistieron que aún cabíamos. Nos instalamos incómodamente en el barquito de 7 metros de eslora y 3 de manga y esperamos otros quince minutos antes de que partiera, tiempo que permitió que se embarcaran otras diez personas. Al raz del agua -e ignorando completamente los limites establecidos por la Convención Internacional sobre Líneas de Carga- el barquito zarpó, tomando una ruta que nos llevó primero por el puerto industrial de Cilacap -a donde sería posible nadar en caso de naufragio- luego hacia adentro de los manglares, donde un señor que resultó ser el pastor de la iglesia de Kampulaut, nos apuntó a un enorme edificio que apenas y se alcanzaba a percibir entre la maleza, explicando que era la prisión donde días antes habían ejecutado a balazos a 9 individuos que muchos años antes habían detenido en el aeropuerto de Bali mientras intentaban salir con unos pesados souvenirs de heroína.

DCIM101GOPRO

DCIM101GOPRO

Llevábamos casi una hora navegando y sufriendo un terrible dolor de piernas y nalgas cuando por fin llegamos a Kampulaut, un pequeño Venecia rodeado de manglares, donde solo desembarcamos los güeros, el pastor y nuestro amigo, el del hermano dueño de una panga. A pesar de la bellísima naturaleza de los rededores, era imposible no ver la basura que había por todos, en los canales y callejones del aislado pueblo, con bolsas de plástico prendidas de las ramas y latas y botellas visibles en el fondo del agua. Descansamos una hora aquí, lo que nos permitió a Sacha y a mi recorrerlo de un extremo a otro e ir al baño, mientras Lourenço daba un paseo en canoa y echaba el palomaso con el pastor ante la congregación sabatina.

DCIM101GOPRO

DCIM101GOPRO

DCIM101GOPRO

DCIM101GOPRO

Logramos que el hermano lanchero nos llevara hasta Kalipucang por unos quince dólares. Su panga, a pesar de lo pequeña, era muy cómoda, techada y tapizada de cobijas. Sacha rápidamente cayó dormido y quedamos Lourenço y yo a disfrutar del recorrido por el rio. Al llegar a Majinglak se unen dos ríos, uno que sigue de frente, supongo hacía el mar, otro que gira costa adentro rumbo a Kalipucang. Donde confluyen sucede un fenómeno extraño, pues las aguas se niegan a mezclarse y la frontera entre un rio y otro se distingue tan clara como agua y aceite.

DCIM101GOPRO

DCIM101GOPRO

Tardamos cerca de una hora en llegar a Kalipucang, pueblito parecido a Nativitas si no fuera por la falta de trajineras, donde también se sorprendieron mucho con el arribo de tres güeros. Recuperado el shock vino la curiosidad y varias personas se acercaron a nosotros a tratar de descifrar nuestra procedencia y destino. Nos beneficiamos de su curiosidad recibiendo repetidas y detalladas explicaciones sobre hacia donde debíamos caminar para tomar el autobús que nos llevaría a Pandangaran, la siguiente escala de nuestra odisea. Nos despedimos del capitán y primer oficial de la panga, quienes estaban aprovechando el viaje para saludar a viejos amigos y hacerse de unas provisiones.

DCIM101GOPRO

Bajo el sol de medio día emprendimos la caminata hacia la carretera, seguido interrumpida por la pregunta «mau ke mana?» (¿a donde van?); pregunta que de tanto escucharla en lo que iba del día ya entendíamos y más o menos podíamos responder, aunque no dejaba de sorprendernos el interés de todos por saber nuestro destino. En el entronque de la callecita que nos sacó de Nativitas abordamos un pesero que, desafortunadamente, solo contaba con dos asientos libres. Sacha decidió sacrificarse por sus amigos poco atléticos y se mantuvo de pie la mayor parte del camino sinuoso, sin siquiera quitarse de los hombros las dos mochilas que llevaba. Su tez, músculos, barba y lentes de sol mantuvieron muy entretenidos a aquellos pasajeros que no habían caído dormidos ante el calor bestial, mientras yo sufría la falta de espacio que me obligaba a llevar la mochila sobre las piernas. El conductor, fumando un cigarro tras otro, manejaba su camión como si fuera bombero, rebasando cada que alcanzaba un auto o una moto que no estuviera conduciendo a su máxima velocidad, sin importar estar en plena curva, subida, bajada o recta con autos viniendo en sentido contrario. Mis viajes a Vietnam me recordaron que así eran las cosas en estas longitudes y no me preocupé. Sacha le daba la espalda hacía el frente, así que tampoco se angustió; solo a ratos le costaba mantenerse en equilibrio. Lourenço llevaba un par de años viviendo en la India, así que ni lo percibió.

DCIM101GOPRO

Pasó más de una hora antes de que llegáramos a Pandangaran, pueblo que yo sabía estaba sobre la costa pero cuya terminal de autobuses resultó estar a un par de kilómetros de ella. Empezamos a caminar en la dirección que nos apuntaron llevaba hacia el mar, seguidos de varios triciclos que ofrecían su servicio de transporte. Al cabo de un kilómetro bajo el sol decidimos hacer la inversión y por un dólar por piocha nos llevaron hasta un hotel que pensaban nos podía agradar, justo frente a la playa.

Aún era temprano y supuestamente no estábamos muy lejos de Batu Karas, así que decidimos rechazar la oferta de alojamiento y simplemente disfrutar de unas cervezas frías bajo una enramada en la playa en lo que recobrábamos fuerzas para seguir con nuestra Odisea. Ahora no recuerdo que llevó al tema, pero pasamos un largo rato discutiendo sobre el conflicto israelo-palestino, sin llegar a nada y solo consiguiendo que Sacha perdiera la paciencia, pues consideraba que Lourenço y yo nos colocábamos del lado palestino sin saber nada de historia ni de la realidad. El, en cambio, había estudiado detenidamente el tema e incluso vivido un tiempo en la zona de conflicto, y esto parecía ser suficiente para hacernos entender que el estaba en lo cierto y nosotros no, aunque a decir verdad nunca conseguí entender de que lado estaba y creo que solo le molestaba que nos atreviéramos a hablar con el limitado conocimiento que él suponía que teníamos del tema.

Dejándolo por la paz, contratamos otros tres triciclos y volvimos a la terminal, donde conseguimos un camión que prometía llevarnos a Batu Karas. El calor seguía muy fuerte y el camión iba hecho la madre, pero aun así tanto Sacha como yo caímos dormidos, mientras Lourenço pasó el camino negociando una tarifa especial por su pasaje, divirtiendo, y a ratos desesperando, al cobrador en su esfuerzo (creo que él acabó pagando un dólar y nosotros un dólar y cachito).

DCIM101GOPRO

De repente llegamos a un pueblito llamado Cijulang y, volviendo sobre su promesa, el chófer pidió que nos bajáramos. Tratamos de discutir con él pero nos dejó muy claro que no nos llevaría hasta Batu Karas. No sabíamos si estábamos cerca, lejos o siquiera en la buena dirección, y ya estaba oscureciendo. Solo quedaba un ojeke en la terminal y no habían taxis.

Sin advertirnos, Lourenço se paró en medio de la carretera y detuvo el primer auto que vio, el cual resultó ser una pequeña pickup detrás de cuyo volante iba Ano, un amable javanés que no hablaba ni una palabra de inglés pero que entendió que queríamos un aventón a Batu Karas y pareció estar de acuerdo con llevarnos.

DCIM101GOPRO

Yo iba de copiloto mientras mis compañeros gozaban de la brisa y de poder ahorrarse cualquier necesidad de dialogar. Todo indicaba que por fin íbamos a llegar, pero el destino tenía otro plan en mente.

Ano se salió de la carretera, tratando de explicarme algo que claro que no entendí. Yo solo supuse que a penas iniciada nuestra aventura, también terminaba, y que pronto estarían repartiendo nuestros órganos para enviarlos a diferentes partes de China. Eran como las 5pm cuando llegamos a una casa en obra gris, a unos 50 metros de la carretera. Ano nos invitó a seguirlo y fuimos bordeando la casa, pasando frente a un hangar con maquinas industriales de diferentes tipos, a un costado del cual habían montículos de una fibra café que no reconocía. Por fin llegamos a la puerta trasera de la casa y, luego de quitarnos las chanclas y entrar, vimos que no había ni un mueble, solo una estufa eléctrica portátil a un costado de la puerta, una antigua y pequeña televisión al fondo, una pila de ladrillos en una esquina y dos personas. Entretanto, Ano había desaparecido.

Primero se presentó el más grande, un tipo gordo de casi metro ochenta de estatura, treinta y tantos años, que dijo llamarse Angga. Luego otro pequeño, muy joven, flaco y tímido, que murmuró ser Asno -y a quien Lourenço decidió referirse como John Snow. Ambos sonreían de oreja a oreja, seguramente tan sorprendidos como nosotros del giro que había dado su tarde. Asno nos ofreció de cenar o al menos prepararnos un café mientras Angga nos invitaba a sentarnos en el suelo, cerca de la televisión que en ese momento estaba pasando caricaturas. A pesar de lo extraño de la situación y del lugar, de que ya casi era de noche y de que aun no sabíamos qué tan lejos estábamos de Batu Karas, decidimos aceptar el café y sentarnos a tratar de conversar.

IMG_0131

Angga, batallando por expresarse en el inglés que había aprendido escuchando a Bon Jovi, pero sobre todo hablándonos en bahasa indonesia o  sudanés, nos dio a entender que el y sus amigos fabricaban ladrillos de composta a base de fibra de coco y que los iban juntando en esa casa hasta tener los suficientes para llenar un contenedor y enviarlo a China. Los ladrillos, supuestamente, se expandían enormemente al entrar en contacto con el agua, bastando uno solo para mejorar la tierra de una pequeña parcela de jardín. Nos tomamos el café, que no era muy bueno pero ciertamente hecho con cariño, y retomamos el tema de Batu Karas, preguntándole a Angga si sabía donde quedaba, si conocía algún lugar bueno, bonito y barato donde nos podriamos hospedar y si nos podía ayudar a llegar allá. Entonces algo expresó que nos dio a entender que Ano ya le había dicho esto y que tenían la intención de llevarnos en cuanto Ano terminara de arreglarse, pues resultó que solo se había detenido en la casa a cenar y ducharse.

Al cabo de un rato los seis nos subimos a la pickup y, bordeando el Rio Verde, hicimos el último trecho a nuestra playa prometida. La noche impedía ver mucho y no sabíamos qué esperar de esta playa a la que nos había mandado Vasco y que tanto nos había costado alcanzar. En el camino, Angga nos iba contando que estaba casado y tenía un par de hijas que quería mucho. Se sorprendió al enterarse que ninguno de nosotros lo estaba, pues en su caso había sido un acto necesario para poder coger y no se podía imaginar llegar virgen a nuestra edad. Le explicamos que en nuestros países las cosas eran un poco diferentes, comentario que lo llevó a una profunda reflexión que lo mantuvo en silencio hasta que llegamos al fondo del pueblo, a una bahía de escasos veinte metros de ancho, donde un amigo suyo tenía unos cuartos que nos podía ofrecer.

Ahí conocimos a Komping, quien tampoco hablaba inglés, pero que logró expresar que cada cuarto valía 250,000 rupias, casi 20 dólares por noche. Empezó un largo y tortuoso regateo que los llevó a 100,000 por noche, cantidad que aun parecía elevada a Lourenço y que nos llevó a volver con Angga y pedirle que nos ayudara a buscar algo más barato.

Entonces fuimos a la que resultó ser casa de los padres de Ano y Asno. Ahí querían cobrarnos lo mismo, solo que estábamos ahora a un par de kilómetros de la costa. Luego de una corta e incomoda conversación con la familia, Angga ofreció alojarnos gratis en la fábrica de composta. Aunque muy agradecidos con la oferta, le pedimos que nos llevara de regreso donde Komping, pues ahí nos quedaríamos al menos la primera noche. Nos despedimos de Asno y Ano, así como de sus padres, y Angga nos condujo de vuelta.

Frente a nuestro nuevo hogar, nos echamos unas chelas para festejar el arribo, luego otras. Lourenço se adelantó a buscar algo de cenar, encontrándose en el camino una guitarra con la que empezó a ganarse el cariño de los locales. Esa noche conocimos a un adolescente que trabajaba de mesero en uno de los warungs de la playa principal y que curiosamente era súper fanático de la lucha libre mexicana. Nos presumió las numerosas fotos que tenía guardadas en su teléfono, particularmente de Rey Misterio (y entre las cuales a veces aparecían algunas pornográficas de mujeres desnudas pero con burca). Luego de unos deliciosos soto ayam (caldo de pollo) y otras cervezas, decidimos continuar explorando Batu Karas y dirigirnos hacia donde parecía estar tocando una banda en vivo. Aunque muy talentosa, la banda limitaba su repertorio a éxitos de los ochenta y de Bob Marley, washawasheando con mucho corazón las mismas canciones de Brian Adams, Bon Jovi y Rod Stewart que habíamos escuchado a bordo del tren.

Había poca gente en el lugar pero se sentía lleno y acogedor. De pronto se nos acercó un simpático pelón australiano llamado Marty, con el que empezamos a cotorrear mientras nos acercábamos poco a poco a las escasas mujeres que había en el bar.

Cuando repitieron la de No woman no cry y ya todas las mujeres del lugar nos habían dado el avión, decidimos que era buen momento para retomar la exploración del pueblo. Cruzamos el cerro que divide la bahía de Batu Karas de una playa muy larga y alcanzamos a percibir, a gran distancia, música que claramente indicaba una gran fiesta. Con chela en mano, caminamos hasta dar con ella y en la entrada unos indonesios notaron que estamos dudando entrar. En lugar de batearnos, insistieron que no había problema con que nos coláramos y uno de ellos nos llevó de la mano a unas hieleras gigantes donde encontramos unas cervezas mucho más frías que los caldos con los que habíamos llegado. No tardamos mucho en darnos cuenta que habíamos crasheado una boda en la que a todos ya se les habían pasado las copas, pues varios estaban nadando en la alberca totalmente vestidos y a cada rato caía uno más. Nos tomamos la cerveza y decidimos que, antes de que nos tiraran al agua o agrediera un mala copa, convenía volver a nuestra exclusiva bahía y dormir.

Con esta bienvenida a Batu Karas concluyó la Odisea que habíamos emprendido la tarde anterior y que había implicado transporte en taxi, tren, moto, lancha, panga, peseros, triciclos y pickup, pero dado que habíamos llegado de noche, tendríamos que esperar al día siguiente para saber si había o no valido todo el sudor.

La Odisea a Batu Karas, día 1.

Aprovechando la reciente publicación de un texto de Sacha en el que describe su llegada a Yakarta y los días que pasamos ahí, y aunque a ratos sienta que ya no hace sentido hacerlo, he decidido retomar el hilo de la narración del viaje y publicar algunos escritos que por falta de tiempo o energía no había podido terminar.

Después de cinco muy buenos días en Yakarta decidimos que habíamos visto y vivido más de lo que esperábamos de esta ciudad y que era tiempo de emprender nuestro recorrido por Indonesia. Carla se había ido a una sesión de relajamiento y piñas coladas en Gili Air; Vasco, a surfear a las islas Mentawai y Lourenço, a un retiro de meditación en Bogor, así que solo quedamos Sacha y yo en el Four Seasons Residences y sin compañía ni chocolate ya no era tan divertido. Nuestro tren salía en la noche así que, además de pasar horas en las albercas (tanto en la mañana como en la tarde), aprovechamos del día para hacernos de un smartphone, dispositivo que ni uno ni el otro había tenido antes y que nos habían dicho podría ser práctico para encontrar el camino, buscar hotel o mantenernos comunicables. Arné, quien llevaba ya un par de semanas en Yakarta dando un curso de Ashtanga, nos sugirió buscar en el centro comercial Grand Indonesia, sin advertir que justo enfrente estaba Plaza Indonesia, también un centro comercial pero de otro calibre.

DCIM101GOPRO

Lo primero que nos llamó la atención al llegar al Plaza Indonesia fue el Lamborgini Diablo estacionado justo en la entrada; lo segundo, el personal de seguridad bien armado, operando un detector de monedas y llaves por el que todos debían pasar; lo tercero, el diseño espantoso del mall que, aunque de pisos de mármol, lo se asemejaba más a un edificio de departamentos u oficinas, oscuro, con techos bajos y tiendas cuyos nombres y mercancías solo se podían ver al estar justo frente a ellas y; lo cuarto, el lujo inverosímil de las mercancías de cada una de estas tiendas, incluso sobrepasando lo que había visto en Doha. No tardamos en dar la vuelta en U y optar por recorrer el Grand Indonesia.

Este centro, aunque más shopper-friendly que el anterior, tampoco lo era del todo, contando con 4 o 5 pisos y agrupando, sin advertir, las tiendas en función del tipo de mercancías que ofrecen; lo que implicaba que todas las tiendas de teléfonos estaban en un mismo piso, solo había que atinarle a cual. Cuando por fin encontramos una, fue muy difícil saber qué teléfono escoger, pues no teníamos experiencia con este tipo de aparatos y sus fichas técnicas no nos decían nada. Las vendedoras no hablaban bien inglés y nosotros a lo mucho habíamos aprendido a dar las gracias en indonesio. A pesar de las barreras, todos hicimos nuestro mejor esfuerzo y no solo logramos comprar un teléfono bueno, bonito y barato, sino que aprendimos bastante más indonesio en el ínterin y nos dimos cuenta que habíamos llegado a un país de gente extremadamente amable, atenta y agradable. Aunque la bondad de los jugadores de la selección nacional de polo ya nos había marcado, lo considerábamos un caso excepcional derivado de circunstancias excepcionales (éramos amigos de su entrenador). Esas horas pasadas en la tienda aprendiendo a usar nuestro nuevo teléfono detonaron nuestro proceso de enamoramiento con Indonesia.

Tomamos unos ojeke (moto-taxis) de vuelta al Four Seasons, dispuestos a disfrutar de la alberca unas horas más antes de partir a la estación de trenes Gambir. Lourenço, quien se suponía no tenía acceso a internet ni telefonía, nos había enviado un mensaje preguntando si seguíamos en Yakarta, pues por un malentendido lo habían expulsado de su retiro y venia en camino con la esperanza de encontrarnos y tener un lugar agradable donde dormir. Le informamos de nuestros planes y al cabo de unas horas llegó, extasiado de habernos alcanzado, y decidido a unirse al plan que con cierta temeridad yo había cocinado en estos días de encierro.

Antes de partir, Vasco nos había aconsejado viajar a Batu Karas, una playa poco conocida en la costa sur de Java, donde encontraríamos una ola muy amigable para aprender a surfear. Con la ayuda de una guía de 2004 decidí que la manera más divertida -aunque más complicada- de llegar era combinando tren, barco y autobús, en lugar del vuelo directo o la combinación tren-bus. No me importó, aunque si consideré preferible ocultarlo, que una guía de 2009 que me encontré en la sala del departamento mientras esperábamos el retorno de Lourenço sugería evitar esa opción dado que ya no corrían los ferris entre el puerto de Cilacap y el pueblito ribereño de Kalipucang, que era donde se suponía habríamos de tomar el primero de varios autobuses para llegar a Batu Karas.

El conserje del edificio muy amablemente nos consiguió un taxi a Gambir y, curiosamente, no hubo tráfico y llegamos bastante antes de lo previsto, lo que nos permitió dar un paseo por el Monumento Nacional, que esa tarde estaba lleno de gente chapultepequeando, volando papalotes y paseando en bicis y motos pimpiedas al puro estilo coapeño. En el jardín que rodea la antorcha gigantesca construida por Soekarno nos sentamos a ver la gente pasar en lo que Lourenço nos compartía los detalles de su experiencia en el retiro de meditación hasta el momento en que el gurú, a pesar de las suplicas e inclusive lagrimas de su discípulo, confirmó su decisión de echarlo a la calle.

IMG_0127

Volvimos a la estación y, sin estar 100% seguros de estar abordando el tren y vagones correctos, nos separamos, dejando que Lourenço se fuera a ocupar un lugar en la categoría Executif y Sacha y yo a Bisnis.

Hacia mucho que no viajaba en tren y me emocionaba mucho la idea de tener la oportunidad de hacerlo. Un viaje que hice de Kiev a Beijing, pasando por Odesa y Vladivostok, me había hecho creer que podía aguantar cualquier cantidad de horas a bordo de un tren, pues había recorrido aproximadamente 15,000km (la mitad de los cuales no fueron planeados); pasado a bordo más de 350 horas e ido de aguilita al baño alrededor de 60 veces. Estaba convencido que seria el mejor medio para moverse largas distancias en Indonesia.

La categoría Bisnis que tomamos a Cilacap era similar a la sidyachi rusa y consistía de puras hileras de asientos donde acomodaban a dos personas. Una peculiaridad de los asientos era que eran reversibles, es decir que el respaldo se podía acomodar de tal suerte que siempre estuvieras orientado hacia la locomotora o, si viajabas en familia o con amigos, acomodar dos respaldos a manera de poder sentarse frente a frente. El vagón, a diferencia de la mayoría de los trenes rusos que experimenté, ofrecía aire acondicionado, aunque este podía resultar o muy frío o perfecto o ineficaz en función de donde estuvieras sentado. Los provodnitsi  (ferromozos) recorrían con frecuencia los pasillos, ofreciendo nasi putih (arroz blanco) con tempe o pollo, almohadas en renta, y todo el camino estaba ambientado por música de los ochentas y noventas, destacando la repetición de canciones de Rod Stewart, Brian Adams y Bon Jovi. La noche pasó rápido, logramos dormir un poco y, al igual que los trenes sovietilandeses, este tren llegó perfectamente puntual a su destino, a las prometidas 5.15am.

Juanita Chantik

En un pueblito de Bali llamado Kerobotan, el 29 de mayo, compramos dos flamantes motocicletas o, mejor dicho, una moto y una motoneta. La decisión fue el resultado de muchos factores, entre los cuales destacan la inmediata sugerencia hecha por Vasco el día que llegamos a Yakarta, lo poco que se ve o se disfruta el camino en tren o bus en Indonesia, el apoyo constante que recibía esta idea cada que se la comentábamos a algún bule residente en estas islas y lo divertido y satisfactorio que fue pasear de esta manera al momento de rentarle un scooter a Komping, el marido de Rini, quien era la cocinera de nuestro warung de confianza en Batu Karas y además nos daba clases de bahasa indonesia.

paseando por Batu Karas

paseando por Batu Karas

Los primeros consejos de como llevar a cabo la transacción fueron proporcionados por Ustad, marido de la cocinera de otro warung y arquitecto/albañil de Joni, un joven alemán que había optado por mandar a su mujer sudanesa a trabajar a Alemania mientras el construía una preciosa casa al borde del Río Verde. Ustad nos enseñó a leer y entender los documentos de las motos; explicó como lidiar con la autoridad (todo se resuelve con un gochap, billete de 50,000 rupias que equivale como a 4 dólares); sugirió ciertas marcas y modelos que podían repararse fácilmente y, lo mejor de todo, nos acompañó en nuestras primeras negociaciones. Así, nos dimos una idea de los precios y qué tan dispuestos a negociar estaban los vendedores. Con el visitamos 3 agencias y a algún pariente que ya quería deshacerse de su motoneta, pero no logramos regatear tanto como pretendíamos; probablemente por el conflicto de interés natural de Ustad.

Por circunstancias del camino (falta de voluntad para irnos de Batu Karas, una probadita del dengue y un poco de indecisión), la compra quedó pendiente hasta que llegamos a la Isla de los Dioses, Bali. Ahí, Nyoman, el chofer de Vismai, nos llevó un buen viernes a recorrer los showrooms de Canggu. Para estas alturas, nuestro nivel de indonesio había mejorado simbólicamente y la negociación y chascarrillos fluían mejor. Cerramos el trato en la ultima agencia que visitamos, ya en Kerobotan, casi llegando a Denpasar, donde Sacha encontró justo el modelo que tenia en mente y yo elegí la que me parecía más sencilla y común posible, sin imaginarme el grado de apego que luego de pocos días habría desarrollado por ella. Decidí bautizarla Juanita Chantik, que en indonesio se escribe Wanita Cantik y quiere decir mujer preciosa.

Mi experiencia con las motos era mínima. Había rentado un scooter en Isla Mujeres y no creo haber logrado darle la vuelta a la isla sin embarrarme primero. Ese clásico y estúpido error que comete quien no está acostumbrado a tener un acelerador en el manubrio y que al dar una vuelta en U lo lleva a estirar el brazo derecho y, con ello, sin querer, a darle potencia al motor en el momento que menos requiere de ella. Me fui a un barranco, donde, por suerte, los arboles me frenaron a pocos metros de la carretera. Después de eso preferí pasear en carrito de golf.

Pasaron unos diez años antes de que me volviera a atrever manejar una moto y, para ello, elegí el lugar con más motos que jamás había visto: Hanoi. Al borde de un laguito medianamente transitado, con la urgencia de salir a buscar una calle menos frecuentada, me tomó 5 minutos aprender a cambiar las velocidades sin perder empuje, equilibrio ni la confianza de mi maestro, el Sr. Vu. Nunca encontré esa calle, pero con algo de huevos empecé a moverme por las avenidas de la capital con cierta agilidad. Una noche hasta llevé a su casa a una joven filipina que se había puesto hasta las chanclas y que cada que la desatendía, comenzaba a irse de lado, como queriendo pulirse tantito el cutis con el asfalto. Llegó sana y salva y en esas vacaciones no tuve ningún incidente, aunque sí un par de sustos en las montañas de Sapa, donde las motos van rapidísimo y los camiones se comen las curvas cubiertas de grava.

Volvieron a pasar muchos años antes de que volviera a sentarme en una moto. Poco antes de salir del DF saqué mi credencial de Econduce, un servicio que renta scooters por muy poco dinero y que hace divertidísimo el commute de Polanco a la Condesa. La primera vez iba nervioso, pues la experiencia en Ecobici me había demostrado que la gente de Polanco, al igual que los taxistas en general, odia cualquier cosa que anda en dos ruedas. También me sacaba de onda que, siendo eléctrica, la moto no hiciera ruido, nada de ruido. Confieso que por miedo y algo de hueva (no habían estaciones ni muy cerca de mi casa, ni muy cerca de mi trabajo) no lo usé mucho, pero sí lo recomiendo ampliamente.

Juanita Chantik es una motoneta de 100cc, marca Honda, modelo Supra Fit, que todo local sabe reparar y de la cual toda tiendita tiene refacciones. Tiene un pequeño compartimiento debajo del asiendo donde guardo un poncho por si llueve y un sombrero tico que me protege del sol cuando no traigo el casco. Consume poca gasolina y, salvo que tenga el viento en popa, difícilmente alcanza velocidades peligrosas, haciéndola perfecta para mi y para este recorrido por el archipiélago indonesio.Juanita Chantik

Llevo ya tres accidentes, pero ninguno grave. El primero fue por querer atravesar un arrozal para llegar a la playa de Medewi. El caminito por el que iba se convirtió, sin previo aviso, en canal de irrigación, tragándose la llanta delantera de Juanita de una mordida y mandándome de golpe contra el volante. El segundo fue en Labuan Bajo, donde saliendo de una curva mi moto se encontró con la de un indonesio que había decidido detenerse en plena calle sin motivo aparente. La carrocería de la Chantik se cuarteó un poquito y su acelerador se deformó de tal modo que ya no desaceleraba en automático. El indonesio insistió que yo era el culpable y que debía pagar la reparación de sus faros traseros, que según el se habían sumido. Para evitar broncas y viendo que con cada segundo que pasaba nos mosqueaba un indonesio más, Sacha sacó un gochap y nos fuimos. Mi reparación salió en 60,000 rupias; casi 5 dólares. El tercero fue por andar viendo google maps mientras descendía lentamente por una terracería, buscando llegar de Tablolong a Baun, para de ahí seguir a Soe sin pasar por Kupang. A Juanita se le aboyó tantito el reposa pies; pero justo lo suficiente para complicar el cambio de velocidades. Afortunadamente, Sacha, con sus botas caterpillar, logró enderezarlo todo a patadas y pudimos seguir nuestro camino.

Ahora que estamos en Dili renovando nuestra visa indonesia veo en el odómetro que he manejado cerca de 3000km con Juanita Chantik, esquivando orates que no respetan los sentidos, satelucos que creen que van solos en la montaña, cabras que cruzan la carretera sin voltear, baches sorpresa por doquier, changos que hacen fintas de quererte atacar, vacas que simplemente están contemplando la vida en medio del camino y marranos que deciden atravesarse justo en el peor momento; sin embargo -o hasta por ello- concluyo que no hay mejor forma de viajar que en moto; hasta le gana a viajar en convertible, lo que pensé nunca llegar a decir, habiendo disfrutado tremendamente de un recorrido en Miata de la Ciudad de México a Atlanta, pasando por Las Vegas y Nuevo Orleans, entre muchos otros lugares de Estados Unidos.

Como en un convertible, en moto lo vives todo: te llegan los olores, los cambios de temperatura, la fuerza del sol y de la lluvia, la belleza de las nubes y las estrellas, de la variada vegetación, fauna y de las increíbles vistas al mar, a los volcanes, montañas, valles y planicies. Aparte de las ventajas obvias de la moto sobre el auto, como librarte de muchas horas detrás de los camiones que atraviesan las islas y serpentean las montañas, de ser un chick magnet (dicen) y hacerte muchos amigos en el camino, la moto tiene una ventaja adicional incomparable. Sin requerir mucha velocidad, cada curva, subida, bajada, rebaso, tope o bache te da una inyección de adrenalina volviendo el camino algo tan disfrutable como tomar una ola con una tabla de surf, brincar de estela a estela con el wakeboard, planear a 15 metros de profundidad, hacer vueltas cerradas en parapente, pararte en el kitesurf, o bajar una montaña recién nevada en snowboard. Se que no siempre será fácil comprar una moto o cruzar la frontera con ella y, ahora que estoy disfrutando tanto del viaje en dos ruedas, temo no poder volver a acostumbrarme a viajar como mochilero ordinario y preferir brincarme aquellos países donde se vea muy complicado viajar con moto. De momento, espero que Juanita Chantik aguante el recorrido que nos falta, el cual, sujeto a cambios, incluye Sumba, un poco más de Flores, Sulawesi, Borneo y Sumatra. Apenado por como la he hecho sufrir, ya le prometí mayor cuidado y menos terracerías, empezando por una lavadita para quitarle, por fin, el lodo de aquel arrozal en el que me fui a caer y un servicio para ajustarle todo lo que ciertamente se fue aflojando en los terribles caminos de la isla de Timor.