Las marcas del Sureste Asiático

Es bien sabido que cuando se viaja a lugares “exóticos” hay que investigar sobre los riesgos que esto conlleva, incluyendo las picaduras de mosquitos, existencia de arañas mortíferas o si es necesario que para entrar a tal o cual país necesites vacunas.

En el caso del Sureste Asiático no es necesario ponerte vacunas de ningún tipo, aunque embajadas, blogs y Lonely Planet te advierten del probable riesgo de dengue y malaria en la región. Nada grave, se trata del mismo riesgo que conlleva ir a la salva chiapaneca o a Yucatán. Aún así, para no correr un riesgo más grande, hay mucha gente que toma pastillas contra la malaria estando en Laos. Dicen que si te da una vez, con esa basta y nunca de los nuncas se va.

Yo traía conmigo un botiquín muy básico que compré en la famosa Farmacia Paris. A sabiendas de que siempre me ando cayendo o pegando, un kit normal compuesto de agua oxigenada, antiséptico y vendas bastaba. Aun así, pensaba que probablemente me daría gripa o que necesitaría alguna otra vitamina, y como no tomo medicina convencional, preferí llevarme mis pastas naturales: equinácea para la vitamina C y pastillas de vitamina B12. Todo listo.

Cuando llegué a Phuket, Andrei Rostislavovich me dio un set de pastillas para la malaria, aconsejándome que no era necesario que me las tomara desde antes ya que era una putiza. Me dijo:  “Guárdalas, y si te da malaria trágate una o dos, con eso te da para llegar al hospital.” Hecho. Las guardé.

Viaje por Tailandia donde los mosquitos me asesinaron las piernas y nalgas, pero nada más. Luego en Laos, el lugar en donde es más probable que te de malaria, los moscos se olvidaron de mí. Simplemente no me picaban. En Camboya ni sus luces; y después llegué a Vietnam.

Ahí, parecía que todo iba bien con el tema, viaje de Ho Chi Minh a Da Lat y de Da Lat a Hoi An. En Hoi An me di la vacación de mi vacación en la playa y me quedé más días porque me enamoré de esta pequeña ciudad. Fue justo ahí… el último día un bicho me picó, o varios bichos… yo qué se.

Al siguiente día me iba a Hue, la ciudad imperial. Desperté con una comezón que ardía en mis antebrazos, los miré y me di cuenta que había sido atacada terriblemente mientras dormía. Además de estos piquetes, tenía otro más en la nalga -lugar favorito de los moscos para picarme- que me dolía mucho.

Los piquetes de los antebrazos eran inusuales; primero porque solo estaban en los antebrazos; segundo, porque  eran pequeñitos pero ardían horrible. Al no tener Andantol para calmar la comezón, recurrí a llenarme los brazos con pomada del tigre, que se supone es re buena para eso. Yo aún así me quería arrancar los brazos y aventarlos.

En Hue, una compañera de cuarto se dio cuenta de mi sufrimiento y me dio una crema de cortisona que salvo mis brazos y mi paz mental, aunque me dijo: “Me parece que esos piquetes son de pulgas”. ¿Pero cómo?  Había dormido en ese hostal los últimos 3 días y no había pasado nada, ¿o las pulgas me agarraron en otro lado que no fuera mi cama? Quién sabe.

El piquete de la nalga seguía doliendo bastante, yo lo tocaba (no lo podía ver) y sentía que tenía una especie de hoyo pero pequeño. También pensé que en unos días desaparecería.

Después de dos días me fui a las cuevas de Phong Nha; los antebrazos ya estaban bien. La nalga seguía igual. Pasaron 3 días y me fui a Hanoi, como ya no estaba sola, le pedí a Michelle (la chilena) que por favor me revisara el trasero, lo hizo y me soltó un “Hueona, esto está infectado”. ¿Hay un hoyo? pregunté, “Sí hueona, cómo chuchas te lo hiciste?”

Pffff, momento perfecto para sacar el botiquín y ella añadió una pomada con antibiótico. “Con esto seguro se te calma”.

Al siguiente día volvió a revisar, y al siguiente Sara, después Clot, después Carlos; todos coincidían en que iba mejorando notablemente.

Ahí me tenían, enseñando el rabo a quien fuera para que me dijeran cómo iba y para que me pusieran la curita, porque como yo no podía ver la herida, me daba miedo poner el pegamento en donde estaba abierto.

De repente, ya no era un “piquete”, apareció otro al lado del mayor, y luego otro. Todos con una puntita blanca ¿qué pedo?.

Llegué a Tailandia y hablando en el whatsapp con Sophie me dijo que ella creía que eso no eran piquetes de mosquitos, sino forúnculos.

Andrei y yo no teníamos idea de que era eso, así que nos pusimos a consultar a don Google. En efecto, parecían forúnculos.

Estábamos a escasos días de irnos a sentar 11 horas diarias a meditar, así que decidí ir al doctor para tener el trasero en perfectas condiciones.

El doctor dijo muy fresco “Algo te picó, un mosco o algún otro bicho que traía esta infección, pero no te preocupes, no pasa naaaaaada, sigue limpiándolo con esto y esto  y sigue poniéndote la crema antibiótica. Además, tómate estos antibióticos y ponte un curita.” ok!

en el doctor

Andrei, con toda la paciencia y suficiente asco, limpiaba diariamente mis forúnculos y ponía el curita correspondiente.

Llegué al Vipassana con un forúnculo muy pequeño, no había ya ningún problema. O al menos, eso es lo que yo pensaba.

De repente, por ahí del octavo día de meditación, salió otro abajo de la nalga izquierda, un poco distinto a los demás. Este parecía una quemada, no tenía nada blanco, tenía una bolsita de agua. No la toqué, la dejé y me dormí. Cuando desperté, la bolsita había crecido 3 veces su tamaño. A la chingada! Saqué una aguja y me picotee. Salió el líquido y comencé a curarla como a las demás. Hasta hace apenas unos días sanó por completo.

En algún momento pensé que el calor que sentía mi cuerpo durante la meditación, era el causante de este nuevo y raro forúnculo de calor.

Salimos del Vipassana y todo siguió bien, pero cuando llegué a Bagan salió otro pequeño y cuando llegué a Mandalay, salió el peor de todos. Dolía muchísimo. Todo el camino en el camión del Lago Inle a Mandalay lo sufrí horrible, esa noche no pude dormir bien.

Cuando llegué al hostal, lo revisé. Limpiar, limpiar, poco a poco empezó a drenar más y más, hasta el día en que llegué a Hong Kong. Ahí decidió drenar todo, ya no sentía más dolor pero dejó una marca profunda en mi trasero. Dejó -literal- un hoyo en mi trasero. ¿Cómo puedes tener un hoyo en el trasero????!!!

Se que todo esto suena asqueroso, pero no podía no escribir sobre esto porque me mantuvo en un mal viaje constante, ya no sabía qué más hacer o cómo detenerlo. Por lo que leí vi que no era nada grave, salvo algunos casos. ¿Un hoyo es suficiente para ser esa excepción?

Decidí decirle a Toño, quien me recibió en Beijing, que por favor me llevara al doctor ya estando allá. Le mandé una foto del hoyo. Me dijo que ni de chiste me llevaría a un doctor porque correría el riesgo de que los chinos no me dejaran salir del país. ¿Quéeeee??? pffffff…. en fin. Decidí aguantarme… el hoyo cada día iba cerrando y pues espere a llegar a México y ver a mi doctor.

Hoy ya no tengo hoyo, ya no han salido más forúnculos y poco a poco mi nalga izquierda regresa a la normalidad. ¿Qué me picó? Al parecer me picó el mosco del dengue, pero mi cuerpo resistió a tal enfermedad y en vez de dengue, me mando forúnculos. De algún modo tenía que salir la chunche esta. Creí que era un estafilococo, y éste no fue encontrado, así que como se dice coloquialmente “sepa la bola”. Lo bueno es que ya estoy bien, ya me puedo sentar sin dolor y solo queda esperar que el rabo quede presentable de nueva cuenta e ir a tomarme muestras de sangre para estar 100% segura de que ya no tengo ningún bicho.

Así, me llevo un gran recuerdo del Sureste Asiático en mi cuerpo, y la enseñanza de que no importa lo que te tomes, lo que lleves, que tanto te cuides, ya saben cómo va el dicho: “Cuando te toca; aunque te quites y cuando no te toca; aunque te pongas”.

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