La Cabaña

Era una noche sin luna y sin embargo era posible distinguirlo todo: cada escama en el mar, la espuma de las olas asaltando la playa, el límite que había alcanzado la marea, las pequeñas huellas en la arena que habían dejado unas gaviotas y, como pequeñas jorobas en el horizonte, algunas tortugas desovando. La silueta de cada palmera se delineaba nítidamente en el cielo negro y estrellado. Se habían asomado más estrellas que de costumbre y no parecía una noche de luna nueva. Una ligera brisa soplaba hacia el mar, buscando llenar el vacío provocado por la radiación del agua.

En la frontera entre la playa y la selva, varias formas geométricas irrumpían en la suavidad de los contornos naturales; evidencia inconfundible de la presencia humana. Conforme me iba acercando empezaba distinguir una banca de tres a cuatro metros de larga, erguida sobre la arena y ensamblada cuidadosamente con troncos de palmera cortados por la mitad; luego, más cerca de la selva, colgando entre dos palmeras como una enorme sonrisa, una hamaca blanca, cuya blancura se perdía un poco en sus puntos más bajos y más altos; por fin, entre arbustos de mangle y platanales, una pequeña cabaña de techo de palma, frente a la cual había una mesa cuadrada con dos sillas, una más hundida que la otra. No había luz en la cabaña y el concierto de insectos y lagartijas, acompañado del compas de las olas y opacado ocasionalmente por el grito de alguna bestia en la obscuridad, hacían imposible oír si alguien dormía o no adentro.

Llegué hasta la banca, posé mi mochila y me senté a esperar el amanecer. A unos dos metros de la banca, medio enterrados por la arena, habían unos restos de madera y cocos quemados. Saqué mi teléfono y me sorprendí al ver que eran las cuatro de la mañana: había estado caminando durante más de tres horas. Casi no le quedaba pila y no tenía señal, así que lo apagué y me recosté en la banca, apoyando mi cabeza sobre la mochila. No había sido mi intención alejarme tanto del pueblo, pero el cielo me había hipnotizado y no me había podido detener más para que orinar, de vez en cuando, los litros de chela que había estado ingiriendo todo el día, rodeado de escandalosas grabadoras que competían por imponer su mal gusto. Al ponerse el Sol había vuelto al hotel, asqueado, triste y confundido, deseando alejarme tanto como posible del ruido, de la agresividad, de la soberbia; de las latas, bolsas de plástico, envases de vidrio, condones, pañales, corcholatas, colillas de cigarro; del valemadrismo, de la destrucción, del hombre.

Recostado sobre la banca, bajo aquella nube casi estática que delimita nuestra galaxia, pensaba en Grenouille, en su cueva en la cima de alguna montaña en Francia, lejos del fétido olor de los humanos. Un par de kilómetros atrás había visto la última huella del hombre en la playa. Sentía haber encontrado mi cueva. No tenía sueño y la ocasional estrella fugaz me ampliaba la sonrisa que llevaba tatuada desde que dejé de ver basura en la arena.

Una a una, se fueron apagando las estrellas, hasta que Mercurio quedó solo en el cielo. La brisa se detuvo y detrás de la selva se empezaba a distinguir el contorno de la sierra; detrás de esta, la luz que venía del oriente. Paulatinamente, los pájaros fueron tomando el relevo de los insectos y lagartijas. Pronto conocería a el o los ermitaños de la cabaña.

Decidí aprovechar la espera para nadar y revolcarme en las olas aún domables de la mañana. A unos cincuenta metros de mí pasó lentamente una escuela de delfines y a lo lejos veía los barcos de pesca que volvían en dirección al pueblo de donde había emprendido la marcha. No había ni una nube en el cielo y el celeste, el verde, el amarillo y el azul formaban mi paleta de colores favoritos. La cabaña embonaba perfecto en este paisaje y lo único que aparecía extraño era mi mochila, abandonada sobre la banca. El Sol ya se asomaba por encima de la selva y no tardaría en pegarle a la mochila, donde tenía guardados un par de Milky Ways que había comprado en el Oxxo cuando salí del hotel. Debían ser como las ocho o nueve de la mañana y me parecía extraño que alguien pudiera seguir durmiendo dentro de la cabaña, que ahora veía no tenía ni vidrio ni mosquitero ni cortinas en la ventana.

Con la mochila al hombro, me fui acercando hasta llegar a la mesa. Habían muchas huellas alrededor de una silla, ninguna alrededor de la otra. No queriendo perturbar la arena alrededor de la segunda, posé mi mochila sobre la primera. Un mechero hecho de un frasco de mermelada yacía, medio vacío, en el centro de la mesa. “¡Buenos días! ¡Hola! ¡Hay alguien!”, llamaba, mientras me acercaba cautelosamente a la ventana. No hubo respuesta. Me acerqué hasta poder asomarme al interior y vi, atravesando la habitación de un rincón a otro, una hamaca de miles de colores cubierta por un mosquitero. El suelo era de arena y contra la pared del fondo había una enorme hielera. Arriba de esta había una repisa donde estaban cuidadosamente acomodados un par de vasos, un plato hondo y uno plano, una jarra con herramientas de parrillero y algunos cubiertos, una olla y un comal. Volví a llamar, pero nada. Regresé a la banca para ver si había alguien en la playa, luego le di la vuelta a la cabaña y descubrí detrás un pequeño huerto muy bien cuidado con sandías, limones, naranjas, zapotes, mangos y una variedad de plantas que desconocía. A unos treinta metros de este, escondida en la selva, una chosita de poco más de un metro cuadrado. La cabaña solo tenía una puerta que daba a la playa y era imposible que su dueño hubiera salido al baño sin que me diera cuenta, así que no me acerqué a la chosa. Regresé a la entrada, toqué, grité y nada. La puerta no tenía manija ni candado. La abrí, nuevamente me asomé, inspeccioné el interior y confirmé que no había nadie. Aparte de la hamaca, la hielera y una pequeña mesa de madera acomodada contra la misma pared y que debía servir para preparar la comida, no había más mobiliario. Cada pared tenia una ventana de un metro y medio de alta y poco más de ancha y en todas menos la de la hielera, incluso rodeando las ventanas,  habían repisas y repisas repletas de libros. Había libros en español, inglés, ruso, portugués, danés o noruego, sueco, italiano, francés, griego y probablemente otros idiomas más. Todos parecían bastante viejos, quizás de hacía treinta o cuarenta años.

El suelo había sido barrido con un rastrillo al punto de no haber ni una huella en la arena. No habían telarañas ni cucarachas, ni olía mal ni había restos de basura. Todo indicaba que una gran persona habitaba la cabaña. Entre todos los libros me saltó a la vista El Maestro y Margarita, que años atrás me había encantado en inglés y deseaba poder leer en ruso. Sin dejar más huellas en la arena, tomé el libro, salí de la cabaña y me acomodé en la hamaca, al abrigo del sol, a tratar de descifrarlo. No había dormido en veinticuatro horas y mi cuerpo empezó a ceder ante el confort. Tenia miedo de quedarme dormido y que me sorprendiera el amo de la cabaña, invadiendo su espacio, pero mis esfuerzos por mantenerme despierto sucumbieron ante el cansancio.

“Andrei ¿me podrías repetir la definición de obligación en latín? ¿Andrei? ¡Andrei!”

Sentí que alguien me daba un empujón en la espalda, luego oí mi nombre, pronunciado varias veces con cierta impaciencia.

“¿Sí? ¿Qué? ¿Qué pasó?” balbuceé, un poco atarantado.

“¿Cómo que ‘qué pasó’? ¡La definición de obligación en latín!”

 “Uhhh, este, hmm, este, ogligatio” me lleva la chingada, “est, este, iuris vinculum” ¿qué hago aquí? “errrr, este, no recuerdo lo demás.”

“Órale pues, un punto menos en el examen parcial. ¿Y tú, mi reina, nos puedes decir la definición de obligación en latín?”

Con frecuencia me distraía en clase, deseando encontrarme lejos de la Facultad, lejos de los latinazgos, del texto árido de los códigos y la Constitución, intentando volver a aquella cabaña, a sabiendas que pertenecía al mundo de los sueños, de los sueños guajiros.

Hace unos días recordé este sueño de estudiante y caí en cuenta que se había cumplido, incluso con un mayor grado de confort (aunque lo de la basura sigue siendo un tema, pues a los tailandeses, como a los mexicanos, aún les cuesta entender que el plástico no es biodegradable).

Tiene dos años que me bajé del transiberiano corporativo. Vivo sobre una colina, en una casita azul rodeada de platanales, donde nunca hay silencio, aunque tampoco hay ruido: los insectos y lagartijas cantan de noche mientras los pájaros, gallos, gallinas y vacas hacen lo propio de día. Por todas partes hay senderos de hormigas, que simplemente están paseando por la casa -no hay comida que les pueda tentar- en busca, probablemente, de un refugio para pasar la temporada de lluvias, que ya no tarda en llegar. No me hacen nada así que tampoco las molesto. De vez en cuando se mete algún mosquito, pero confío en que las lagartijas se encarguen, aunque a cambio de su entrega tenga que aceptar que caguen por todos lados. Dos gatos sin nombre (los musulmanes no le ponen nombre a los animales) velan por que no se acerquen serpientes ni ratones a la casa, favor que les devuelvo cuidando que las gallinas no se coman su comida.

Mis repisas tienen suficientes libros (incluyendo El Maestro y Margarita en ruso, que poco a poco voy leyendo) y de mobiliario solo tengo una mesita para escribir y a veces comer, una cama y un pequeño refrigerador donde guardo plátanos, agua y café. Tengo aire acondicionado en la recamara, pero rara vez lo uso. No tengo agua caliente y hace tiempo que dejé de usar papel de baño. Tampoco tengo internet ni televisión, bendición que me permite ignorar las cochinadas que hacen Peña Nieto y Trump.

Varias veces al día disfruto del llamado al rezo, que aquí todavía no se hace con grabación y, en ocasiones, alcanzo a escuchar una moto que pasa a la distancia. Del balcón cuelga una hamaca blanca, en la que paso horas contemplando el Andaman, con su infinidad de matices de verde, turquesa y azul, y el cielo, por donde planean águilas y halcones, vuelan cuervos y aves de todos los colores. A lo lejos, veo las islas Maiton, Dok Mai y Phi Phi. Cada mañana bebo mi café en la hamaca, analizando el estado del mar para determinar si merece la pena o no izar las velas y las nubes, con la esperanza de ver unas majestuosas nimbocumulae – latinazgo que no me hace regurgitar y que, por el contrario, sé que garantiza diversión y emociones fuertes en el agua.

4 comentarios en “La Cabaña

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