Primer viaje como Capitán, ¿”cuota al Karma Police”?

Contrario a lo habitual en esta temporada de monzón, el primero de julio amaneció soleado y sin viento, con pronóstico de permanecer así por una semana. Había empacado ropa para cinco días, una hamaca, un par de libros, linterna, cosas de baño, una almohada de viaje, bastantes botanas y 18 cervezas. Antes de salir de casa tomé un café en el balcón, observando los algodones dispersos sobre un cielo azul claro, mientras repasaba la lista de madres que debía llevar para un viaje de cuatro días por la bahía de Phang Nga, haciéndola de Capitán e instructor de vela para una pareja de frenchies.

Antes de este viaje, sólo había estado al mando en una ocasión, cuando coincidió la visita de unos amigos con la necesidad de llevar un yate -el famoso Piccolo- a una marina al mero norte de la isla para hacerle unas reparaciones y pintarle el casco.

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El viaje fue fácil, no muy largo, con buena compañía y sólo implicó pasar una noche a bordo, así que el paseo que estaba a punto de emprender con los galos sería mi verdadero bautizo como Capitán y, no lo niego, estaba algo nervioso.

Jean Claude y Geraldine llegaron a la escuela a las 9am, cargando unas enormes maletas, una bolsa con tres paquetitos de arroz frito y otra con tres cervezas. Ni saucisson, ni paté, ni vinito, ni unos mentados cacahuates. Me pareció muy raro, dado que para mi todo el chiste de rentar un velero es ir cheleando y tragando mientras disfrutas del paseo, además de que los franceses suelen ser de buen diente. Ni hablar.

A las 10am salimos de la bahía de Ao Yon a bordo -nuevamente- de Piccolo. Esperaba poco viento, mucho calor y marea en contra la mayor parte del trayecto. No eran las condiciones ideales para un bautizo. Por otro lado, Jean Claude no tardó en hacer muecas de desprecio contra mi querido yate, que sin duda no es de lujo ni está en perfectas condiciones, pero que funciona muy bien y corresponde apropiadamente a lo que el cabrón había pagado. A las muecas le siguieron suspiros que hacen vibrar los labios como solo un francés sabe hacer, comentarios soberbios y un trato irrespetuoso hacia Geraldine, por no ser tan ducha como él a bordo de un barco. Tampoco ideal.

Desde los 13 años convivo con franceses, he vivido en Francia, estudiado en el sistema francés y trabajado para franceses, así que, lamentablemente, la actitud de Jean Claude no me sorprendió, pues aunque sé que no es bueno generalizar, es una actitud que considero común en ellos, en particular en los parisinos. Cuando conozco a uno que se aguanta su soberbia y comparaciones, que muestra un poco de joie de vivre y me ahorra su melancolía, suele nacer un fuerte lazo de amistad; lo que afortunadamente me ha sucedido con la mayoría de los que han compartido mi departamento en los últimos años, con todos mis antiguos jefes y colegas cercanos de CGG y con casi todos los franceses que conocí viajando por Indonesia.

Ahora iba a pasar 4 días con Jean Claude y su simpática, aunque oprimida, esposa, y me preocupaba no lograr que sus muecas y comentarios se me resbalen. Haría mi mejor esfuerzo, no por una propina, sino por la paz.

Tras siete horas de navegación, llegamos al fondeadero de Ao Po, una bahía pantanosa al noreste de Phuket, donde ellos se bajarían a pasar la noche en el Chandara Resort. Se acercaba la noche y yo sabía que en la oscuridad se me complicaría colgar la hamaca y preparar el barco para la noche. Ansioso por despacharlos y disfrutar del atardecer a bordo de Piccolo, ofrecí llevarlos al hotel inmediatamente y encargarme solo de empacar las velas y enrollar los cabos. Sonriente, Jean Claude contestó que era hora del apéritif y sacó las tres cervezas que él había comprado para el día. Creo que Geraldine notó mi ansiedad o lo desagradable que me estaba pareciendo su marido y sugirió apurarse con las cervezas, “no fueran a cerrarles la recepción.”

Luego de dejarlos en la playa, colgué mi hamaca, saqué una de las cervezas que me había comprado para el viaje, puse un CD de clases de tai en el estéreo y me acomodé a ver los últimos destellos de luz. Todo había vuelto a ser perfecto a bordo de mi barquito.

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Lamentablemente, el atardecer fue seguido de un ataque mortífero de mosquitos que obligó a refugiarme en la cabina, donde el calor es insoportable. Cansado, no tardé en caer dormido, un poco triste de no haber podido disfrutar más de mi hamaca y ligeramente frustrado de no haber retenido gran cosa de la clase de tai.

Al amanecer me eché un clavado, limpié el barco y esperé que dieran las 9am para recoger a Jean Claude y su esposa, que descubrí era en realidad alemana. Cuando pregunté cómo habían pasado la noche, Jean Claude se limitó a alzar los hombros y bajar la barbilla sin separar los labios (un poco como quien parece tener ganas de vomitar), mientras Geraldine expresaba que el hotel había estado muy bonito y le interesaba saber cómo me había ido a mí.

Sin mucho viento, combinando motor y vela, emprendimos hacia el Parque Nacional de Phang Nga, donde el paisaje es precioso, lleno de islas calizas que se elevan a veces cientos de metros sobre el nivel de mar, similar al que se observa en la bahía de Ha Long, Vietnam y en los fiordos de Lankawi, Malasia. Hasta Jean Claude parecía estar maravillado. Anclamos un rato en Koh Phanak para nadar y comer. Nuevamente, habían considerado apropiado arroz frito.

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Fue un viaje muy lento y un poco estresante, a pesar del increíble paisaje. En ocasiones solo teníamos 30 centímetros de agua bajo la quilla, tuvimos que esquivar redes de pesca a cada rato y, nuevamente, estábamos terminando el viaje poco antes del anochecer, lo que ahora no me gustaba porque desconocía el tipo de fondo que me esperaba para anclar. Después de dos intentos fallidos con el ancla, el barco parecía estar bien agarrado. Jean Claude había descubierto mi reserva de chelas y se disponía a servirse cuando Geraldine propuso tomar el apéro en el hotel. También ofreció su regadera y me invitó a cenar con ellos, idea que, a pesar de la semi-desagradable compañía, me pareció buena. Habíamos llegado a una pequeña bahía al noreste de Koh Yao Noi, un lugar paradisíaco, no por nada llamado Paradise Resort, que seguramente le había provocado un serio dolor de codo a Jean Claude. Su cuarto estaba precioso y el baño era al aire libre, con una increíble vista a la bahía y a unos arboles en los cuales estaban cotorreando unos tucanes. La cena fue tipo buffet, nada mala, tan buena como la de cualquier fonda o restauran tai. Satisfecho y cansado, me fui a caminar un poco por la playa, antes de regresar a gozar de la tranquilidad de la tarde en el barco.

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Esa noche no hubo un solo mosquito y pude dormir riquísimo en la hamaca hasta las 2-3 de la mañana, hora en la cual empezó a menearse demasiado el barco y tuve que pasar a dormir sobre la cubierta. Cuando amaneció, guardé la hamaca, preparé las velas y me eché un clavado. A las nueve fui por ellos y zarpamos hacia las islas que la tarde anterior había alcanzado a ver desde la playa.

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Aquel día tampoco hubo viento y Jean Claude pareció insinuar que era mi culpa. Paramos a comer en Koh Hong, una isla muy bonita que tiene una bahía escondida en su interior, a la que solo se puede acceder por una cueva cuando la marea esta baja. Geraldine sacó unos paquetitos de arroz frito que bajamos con el agua que yo había previsto para emergencias.

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De ahí, navegamos hasta el Glow Elixir Resort en el suroeste de Koh Yao Yai. Esta vez estaba nervioso por tener que anclar en un lugar sin abrigo del viento. Aunque en los tres días anteriores no habíamos tenido viento, ya me había acostumbrado a un clima impredecible y si por mala suerte se alzaba en la noche, corría el riesgo de ser arrastrado al arrecife que protegía la playa del hotel o, en el mejor de los casos, sufrir una noche muy movida. Llegamos con marea baja y era imposible dejarlos en la playa, así que tuve que llevarlos a un muelle ubicado a un kilómetro al norte de donde habíamos anclado. A unos 20 metros de llegar al muelle se acabó la gasolina del pinche dingui. Jean Claude, ya saben… oh là là, c’est pas possible! prrffff! Saqué los remos y en dos minutos ya me había librado de ellos. Al despedirme, les dije que al final del muelle encontrarían un taxi y que los vería a las 9am en la playa, habría marea alta y podría llegar hasta el hotel. Cargando mi vergüenza y sabiendo que si no me apuraba empezaría a sufrir la marea en contra, remé, remé y remé. Mientras remaba, noté que ellos caminaban por la playa, cargando sus maletas y una hielera. Ese Jean Claude, nuevamente distinguiéndose por su codera, había preferido caminar a pagar los 3-4 euros que le hubiera cobrado el taxi.

Lo primero que hice al llegar al barco fue echarme a nadar y, aprovechando que aún había un poquito de sol, fui a explorar el arrecife con un snorkel. El agua estaba un poco turbia, pero alcancé a apreciar decenas peces de distintos colores y un arrecife que sin duda se vería increíble en temporada seca. Colgué mi hamaca, me eché unas chelas y traté de aprender algo de tai mientras veía el sol desaparecer detrás de Phuket. ¡Cómo disfrutaba de mis tardes solitarias en el barco! La noche fue mucho más movida que las anteriores, pero las cervezas consiguieron que durmiera sin problemas toda la noche.

El último día tampoco tuve suerte con el viento ni, por supuesto, con la comida: otro jodido nasi goreng. Me urgía llegar a mi isla, despachar a estos güeyes e irme a cenar algo sabroso. Pero mi suerte, así como la de Odiseo cuando ya está llegando a Itaca, tenía otro plan. Al vernos amarrando en una de las boyas frente a la escuela, uno de los instructores de la escuela, siempre de las mejores intenciones, se apresuró por salir a ayudarnos a desembarcar. Mientras yo estaba en la cabina apagando los instrumentos, guardando las cartas de navegación y recogiendo la basura, Jean Claude le propuso echarse unas chelas en el barco, idea que encantó a mi colega y que me tuvo atorado en el barco otras dos horas, dado que me habían sobrado bastantes chelas. Después de todo, supuse que estaba pagando una cuota al Karma Police, aunque de una especie distinta a la que refiere Sacha Mandinga en su texto, Sicilia, cuota al Karma Police; quizás asociada a mi ligera tendencia a mentar madres sobre Paris y sus habitantes.

Como saben los budistas, la suerte cambia y si a veces te va mal, a veces te irá bien; todo es temporal, nada es permanente y así como no hay que aferrarse a lo malo, tampoco hay que aferrarse a lo bueno. Acabo de regresar de un viaje de dos días a Koh Yao Noi con dos clientes ejemplares, que además de simpáticos e interesantes, tuvieron la decencia de asegurar que hubiera buena comida a bordo, muchas chelas y chupes por la noche, cena y desayuno de campeones. El viento, además, sopló entre 15 y 25 nudos todo el tiempo, no nos llovió y no hubo broncas de gasolina.

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