Primer viaje como Capitán, ¿»cuota al Karma Police»?

Contrario a lo habitual en esta temporada de monzón, el primero de julio amaneció soleado y sin viento, con pronóstico de permanecer así por una semana. Había empacado ropa para cinco días, una hamaca, un par de libros, linterna, cosas de baño, una almohada de viaje, bastantes botanas y 18 cervezas. Antes de salir de casa tomé un café en el balcón, observando los algodones dispersos sobre un cielo azul claro, mientras repasaba la lista de madres que debía llevar para un viaje de cuatro días por la bahía de Phang Nga, haciéndola de Capitán e instructor de vela para una pareja de frenchies.

Antes de este viaje, sólo había estado al mando en una ocasión, cuando coincidió la visita de unos amigos con la necesidad de llevar un yate -el famoso Piccolo- a una marina al mero norte de la isla para hacerle unas reparaciones y pintarle el casco.

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El viaje fue fácil, no muy largo, con buena compañía y sólo implicó pasar una noche a bordo, así que el paseo que estaba a punto de emprender con los galos sería mi verdadero bautizo como Capitán y, no lo niego, estaba algo nervioso.

Jean Claude y Geraldine llegaron a la escuela a las 9am, cargando unas enormes maletas, una bolsa con tres paquetitos de arroz frito y otra con tres cervezas. Ni saucisson, ni paté, ni vinito, ni unos mentados cacahuates. Me pareció muy raro, dado que para mi todo el chiste de rentar un velero es ir cheleando y tragando mientras disfrutas del paseo, además de que los franceses suelen ser de buen diente. Ni hablar.

A las 10am salimos de la bahía de Ao Yon a bordo -nuevamente- de Piccolo. Esperaba poco viento, mucho calor y marea en contra la mayor parte del trayecto. No eran las condiciones ideales para un bautizo. Por otro lado, Jean Claude no tardó en hacer muecas de desprecio contra mi querido yate, que sin duda no es de lujo ni está en perfectas condiciones, pero que funciona muy bien y corresponde apropiadamente a lo que el cabrón había pagado. A las muecas le siguieron suspiros que hacen vibrar los labios como solo un francés sabe hacer, comentarios soberbios y un trato irrespetuoso hacia Geraldine, por no ser tan ducha como él a bordo de un barco. Tampoco ideal.

Desde los 13 años convivo con franceses, he vivido en Francia, estudiado en el sistema francés y trabajado para franceses, así que, lamentablemente, la actitud de Jean Claude no me sorprendió, pues aunque sé que no es bueno generalizar, es una actitud que considero común en ellos, en particular en los parisinos. Cuando conozco a uno que se aguanta su soberbia y comparaciones, que muestra un poco de joie de vivre y me ahorra su melancolía, suele nacer un fuerte lazo de amistad; lo que afortunadamente me ha sucedido con la mayoría de los que han compartido mi departamento en los últimos años, con todos mis antiguos jefes y colegas cercanos de CGG y con casi todos los franceses que conocí viajando por Indonesia.

Ahora iba a pasar 4 días con Jean Claude y su simpática, aunque oprimida, esposa, y me preocupaba no lograr que sus muecas y comentarios se me resbalen. Haría mi mejor esfuerzo, no por una propina, sino por la paz.

Tras siete horas de navegación, llegamos al fondeadero de Ao Po, una bahía pantanosa al noreste de Phuket, donde ellos se bajarían a pasar la noche en el Chandara Resort. Se acercaba la noche y yo sabía que en la oscuridad se me complicaría colgar la hamaca y preparar el barco para la noche. Ansioso por despacharlos y disfrutar del atardecer a bordo de Piccolo, ofrecí llevarlos al hotel inmediatamente y encargarme solo de empacar las velas y enrollar los cabos. Sonriente, Jean Claude contestó que era hora del apéritif y sacó las tres cervezas que él había comprado para el día. Creo que Geraldine notó mi ansiedad o lo desagradable que me estaba pareciendo su marido y sugirió apurarse con las cervezas, «no fueran a cerrarles la recepción.»

Luego de dejarlos en la playa, colgué mi hamaca, saqué una de las cervezas que me había comprado para el viaje, puse un CD de clases de tai en el estéreo y me acomodé a ver los últimos destellos de luz. Todo había vuelto a ser perfecto a bordo de mi barquito.

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Lamentablemente, el atardecer fue seguido de un ataque mortífero de mosquitos que obligó a refugiarme en la cabina, donde el calor es insoportable. Cansado, no tardé en caer dormido, un poco triste de no haber podido disfrutar más de mi hamaca y ligeramente frustrado de no haber retenido gran cosa de la clase de tai.

Al amanecer me eché un clavado, limpié el barco y esperé que dieran las 9am para recoger a Jean Claude y su esposa, que descubrí era en realidad alemana. Cuando pregunté cómo habían pasado la noche, Jean Claude se limitó a alzar los hombros y bajar la barbilla sin separar los labios (un poco como quien parece tener ganas de vomitar), mientras Geraldine expresaba que el hotel había estado muy bonito y le interesaba saber cómo me había ido a mí.

Sin mucho viento, combinando motor y vela, emprendimos hacia el Parque Nacional de Phang Nga, donde el paisaje es precioso, lleno de islas calizas que se elevan a veces cientos de metros sobre el nivel de mar, similar al que se observa en la bahía de Ha Long, Vietnam y en los fiordos de Lankawi, Malasia. Hasta Jean Claude parecía estar maravillado. Anclamos un rato en Koh Phanak para nadar y comer. Nuevamente, habían considerado apropiado arroz frito.

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Fue un viaje muy lento y un poco estresante, a pesar del increíble paisaje. En ocasiones solo teníamos 30 centímetros de agua bajo la quilla, tuvimos que esquivar redes de pesca a cada rato y, nuevamente, estábamos terminando el viaje poco antes del anochecer, lo que ahora no me gustaba porque desconocía el tipo de fondo que me esperaba para anclar. Después de dos intentos fallidos con el ancla, el barco parecía estar bien agarrado. Jean Claude había descubierto mi reserva de chelas y se disponía a servirse cuando Geraldine propuso tomar el apéro en el hotel. También ofreció su regadera y me invitó a cenar con ellos, idea que, a pesar de la semi-desagradable compañía, me pareció buena. Habíamos llegado a una pequeña bahía al noreste de Koh Yao Noi, un lugar paradisíaco, no por nada llamado Paradise Resort, que seguramente le había provocado un serio dolor de codo a Jean Claude. Su cuarto estaba precioso y el baño era al aire libre, con una increíble vista a la bahía y a unos arboles en los cuales estaban cotorreando unos tucanes. La cena fue tipo buffet, nada mala, tan buena como la de cualquier fonda o restauran tai. Satisfecho y cansado, me fui a caminar un poco por la playa, antes de regresar a gozar de la tranquilidad de la tarde en el barco.

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Esa noche no hubo un solo mosquito y pude dormir riquísimo en la hamaca hasta las 2-3 de la mañana, hora en la cual empezó a menearse demasiado el barco y tuve que pasar a dormir sobre la cubierta. Cuando amaneció, guardé la hamaca, preparé las velas y me eché un clavado. A las nueve fui por ellos y zarpamos hacia las islas que la tarde anterior había alcanzado a ver desde la playa.

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Aquel día tampoco hubo viento y Jean Claude pareció insinuar que era mi culpa. Paramos a comer en Koh Hong, una isla muy bonita que tiene una bahía escondida en su interior, a la que solo se puede acceder por una cueva cuando la marea esta baja. Geraldine sacó unos paquetitos de arroz frito que bajamos con el agua que yo había previsto para emergencias.

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De ahí, navegamos hasta el Glow Elixir Resort en el suroeste de Koh Yao Yai. Esta vez estaba nervioso por tener que anclar en un lugar sin abrigo del viento. Aunque en los tres días anteriores no habíamos tenido viento, ya me había acostumbrado a un clima impredecible y si por mala suerte se alzaba en la noche, corría el riesgo de ser arrastrado al arrecife que protegía la playa del hotel o, en el mejor de los casos, sufrir una noche muy movida. Llegamos con marea baja y era imposible dejarlos en la playa, así que tuve que llevarlos a un muelle ubicado a un kilómetro al norte de donde habíamos anclado. A unos 20 metros de llegar al muelle se acabó la gasolina del pinche dingui. Jean Claude, ya saben… oh là là, c’est pas possible! prrffff! Saqué los remos y en dos minutos ya me había librado de ellos. Al despedirme, les dije que al final del muelle encontrarían un taxi y que los vería a las 9am en la playa, habría marea alta y podría llegar hasta el hotel. Cargando mi vergüenza y sabiendo que si no me apuraba empezaría a sufrir la marea en contra, remé, remé y remé. Mientras remaba, noté que ellos caminaban por la playa, cargando sus maletas y una hielera. Ese Jean Claude, nuevamente distinguiéndose por su codera, había preferido caminar a pagar los 3-4 euros que le hubiera cobrado el taxi.

Lo primero que hice al llegar al barco fue echarme a nadar y, aprovechando que aún había un poquito de sol, fui a explorar el arrecife con un snorkel. El agua estaba un poco turbia, pero alcancé a apreciar decenas peces de distintos colores y un arrecife que sin duda se vería increíble en temporada seca. Colgué mi hamaca, me eché unas chelas y traté de aprender algo de tai mientras veía el sol desaparecer detrás de Phuket. ¡Cómo disfrutaba de mis tardes solitarias en el barco! La noche fue mucho más movida que las anteriores, pero las cervezas consiguieron que durmiera sin problemas toda la noche.

El último día tampoco tuve suerte con el viento ni, por supuesto, con la comida: otro jodido nasi goreng. Me urgía llegar a mi isla, despachar a estos güeyes e irme a cenar algo sabroso. Pero mi suerte, así como la de Odiseo cuando ya está llegando a Itaca, tenía otro plan. Al vernos amarrando en una de las boyas frente a la escuela, uno de los instructores de la escuela, siempre de las mejores intenciones, se apresuró por salir a ayudarnos a desembarcar. Mientras yo estaba en la cabina apagando los instrumentos, guardando las cartas de navegación y recogiendo la basura, Jean Claude le propuso echarse unas chelas en el barco, idea que encantó a mi colega y que me tuvo atorado en el barco otras dos horas, dado que me habían sobrado bastantes chelas. Después de todo, supuse que estaba pagando una cuota al Karma Police, aunque de una especie distinta a la que refiere Sacha Mandinga en su texto, Sicilia, cuota al Karma Police; quizás asociada a mi ligera tendencia a mentar madres sobre Paris y sus habitantes.

Como saben los budistas, la suerte cambia y si a veces te va mal, a veces te irá bien; todo es temporal, nada es permanente y así como no hay que aferrarse a lo malo, tampoco hay que aferrarse a lo bueno. Acabo de regresar de un viaje de dos días a Koh Yao Noi con dos clientes ejemplares, que además de simpáticos e interesantes, tuvieron la decencia de asegurar que hubiera buena comida a bordo, muchas chelas y chupes por la noche, cena y desayuno de campeones. El viento, además, sopló entre 15 y 25 nudos todo el tiempo, no nos llovió y no hubo broncas de gasolina.

Del monzón y Phuyin Ti Sungsung

La sensación es similar a la que produce dejar una tesis inconclusa o un diploma extranjero sin revalidar, ya convencido que no pasa nada… No es tan perturbadora como lo que resiente alguien que aplaza una conversación desagradable e inevitable, o rehuye de la visita al dentista o el examen médico pendientes, solo lo suficiente tangible y molesta para saludar, aunque de lejos, hasta en tus momentos de mayor dicha.

En mi caso, es la sensación que produce tener que dejar otra crónica (la de la varadura, entre otras) inclusa. Aunque no es verdad que me perturbe en momentos como los de la fotografía, si lo hace cuando estoy de huevón viendo Game of Thrones o alguna otra serie. Así que antes de emprender un nuevo viaje (zarpo mañana por cuatro días al rededor de la Bahía de Phang Nga), quiero hablarles de la llegada del monzón y de Phuyin Ti Sungsung al Sureste Asiático.

Las dos semanas que precedieron la llegada de Phuyin Ti Sungsung a Phuket fueron de cielo azul, mar de espejo y temperaturas infernales. Las reservas de agua de la isla terminaban de secarse y los baños en la escuela de vela y restaurantes comenzaban a apestar. Las dos semanas de calma anticiparon este día y los que vendrían. La masa continental muy al norte de Phuket había concluido su transformación primaveral y ahora absorbía la radiación solar con la misma eficacia que el mar a mi rededor. El viento había muerto, la presión atmosférica sobre Asia y sobre el mar Indio se había equilibrado. Sabíamos que la calma no podía durar y que pronto la costa de mi isla se convertiría en un frente de batalla entre masas de aire frío y caliente, armadas de vientos fuertes, lluvias torrenciales, marejadas e inundaciones. Con la avanzada del frente hacia el norte, los vientos que hasta ahora habían soplado de China soplarían ahora del mar hasta las estepas mongoles.

Ese giro radical ocurrió el 22 de mayo. Aprovechando mi día libre, desperté como a las 0900, unas dos horas más tarde de lo normal. Era domingo y por primera vez el cielo amanecía cubierto de nubes, cada una representando un tono distinto de gris. A las nueve y cuarto estaba bañado, vestido en shorts y guayabera de manga larga, esperando que hirviera el agua de mi café. Tomaría mi café mientras terminara de llover -esa lluvia por tanto tiempo ansiada. Como buena lluvia tropical, a los veinte minutos comenzó a disiparse y desde mi balcón alcanzaba a ver que el sur de la isla mostraba esperanza de un día despejado. Asumí que Phuyin saldría a los quince minutos de aterrizar y que yo tardaría unos cuarenta y cinco minutos en recorrer los 35km de camino a bordo de mi pequeña moto gris de características casi idénticas a Juanita Chantik. Nunca imaginé que más temprano que tarde alcanzaría la tormenta.

A los cinco kilómetros de casa empezó a gotear, a los ocho me detuve para esconder mi teléfono en la guantera y a los diez, viendo el cielo azul cada vez más distante en mi retrovisor, ya estaba empapado de pies a cabeza, contando la distancia que aún me separaba del aeropuerto. Al cabo de media hora más bajo la lluvia llegué y justo cuando estaba estacionándome vi a Phuyin salir del aeropuerto, encendiendo un cigarro.

Ella lo describiría así:

Phuket me recibió el 22 de mayo con un calor y una humedad bastante chingonas y con un Andrei Rostislavovich empapado esperándome afuera del aeropuerto.

Me divirtió darle la bienvenida a Phuket con un abrazo empapado. Ella fumaba su cigarro mientras yo le contaba de la lluvia, de la canícula y de como pronto se despejaría y sería un día hermoso. Cuando terminó, sacó de su bolsa una chamarra de marinero super profesional que le había encargado, se puso un ligero rompevientos y mi casco, yo me quité la guayabera y estrené mi chamarra. Durante todo el regreso llovió y, aunque calientito, sufrí las gotas de lluvia  en la cara, manejando con ojos de chino, filtrando con mis pestañas tanto el agua del cielo como el lodo que despegaban del pavimento las llantas de los coches y camiones.

Pasamos el resto del domingo echando chelas en mi balcón, al abrigo de la batalla que había comenzado sobre Phuket.

Después de beber 500 cervezas cada uno y que Andrei me mostrará el mercado de los fines de semana -donde se come cabrón- nos fuimos a jetear.

Dos días después invité a Phuyin a navegar. Junto con otro instructor, Rata, iba a dar una clase de vela a dos clientes y un nuevo pasante de la escuela. Phuyin podría observar y disfrutar del paseo. El cielo estaba oscuro pero no lo suficiente como para disuadirnos. Aún no había dejado de llover y como todavía no estábamos acostumbrados a ver el cielo caer, teníamos la esperanza que en cualquier momento mejoraran las condiciones.

El 24 de mayo lo acompañe a su lugar de trabajo y escuela de veleo. El día no lucía de lo mejor, estaba nublado, pero nada más.

Nos subimos a velear 6 personas, 2 con cocimientos suficientes para llevarnos a buen puerto, 3 aprendices y  yo :/

Como se veía que iba a estar bailador el asunto, estuve pensando si tomarme o no la pastillita para el mareo, sin imaginarme que eso al final, iba a ser mi última preocupación.

Empezamos por pedir que cada quien tomara un salvavidas, lo ajustara a su talla y lo acomodara en un lugar que recordarían en caso de tener que usarlo, luego repasamos las acciones a tomar en caso de tormenta y hombre al agua, repartimos papeles y responsabilidades y zarpamos; cinco pasajeros [zarpamos] ese día, a dar un paseo de tres horas, a dar un paseo de tres horas. Pero se vino un temporal y [aunque no] naufrago, de no ser por su tripulación, [Piccolo] se habría perdido.

Pues bien, zarpamos -no me pregunten rumbo a dónde, no lo se- de repente Andrei, de una manera muy tranquila me dijo: «¿Ya sentiste cómo bajo el viento por completo? Eso significa que viene una tormenta, no quiero voltear, pero seguro traemos una nube negra gigante detrás».

En efecto, ahí estaba.

A una hora de salir nos pegó la primera tormenta. Como instructores responsables, la habíamos visto acercarse progresivamente y estábamos listos para recibirla, habiendo elegido un rumbo seguro por si la visibilidad disminuía drásticamente, bajado la vela mayor y vestido a todos con salvavidas. De estar veleando con 17-19 nudos de viento, el sensor ahora indicaba 24 nudos con ráfagas que alcanzaban hasta los 29 nudos.

Comenzó a llover, todos listos, enchamarrados. La «tormenta» duró muy poco. Yo pensaba «Mmmm… ok, estuvo leve lo puedo tolerar».

La tormenta duró aproximadamente quince minutos y nos dio una buena probadita de lo que puede pasar cuando el cielo se traga la tierra.

No sabía lo que estaba diciendo.

Veleamos por otros veinte minutos y nos pegó una segunda tormenta. Esta más de lluvia que de viento. Todos, menos un servidor y amigo, gracias a su chamarra super profesional, estaban empapados. Para cuando terminó de pasar, el viento se había reducido a unos cinco o seis nudos, así que después de andar al pairo por otros quince minutos decidimos levar la mayor, con dos rizos por si volvía a arreciar el viento. Estábamos entre Ko Aeo y el faro de Cabo Panwa, a unos dos kilómetros de la escuela, cuando decidimos volver para secarnos, comer e irnos a descansar. Cuando aún faltaban unos seiscientos metros para llegar a nuestra bolla y quedaban unos minutos antes de bajar y empacar las velas, decidí pasar al baño.

Después de un rato y de que izaran una segunda vela, se vino la tormenta choncha. La de a de veras.

Mientras orinaba, empecé a escuchar como si estuvieran apedreando a Piccolo y a sentir que incrementaba nuestra velocidad.

Enorme. Empezó a llover con una furia tal que te dolía la cara. No podías siquiera voltear a ver. Impresionante. Muchísima lluvia y muchísimo viento. Esto SÍ era la tormenta.

Al salir, me encontré a uno de nuestros alumnos analizando el sistema de navegación para sugerir el rumbo. Volví a la cubierta para recibir las pedradas directamente en la cara, descubrir que habíamos bajado el foque pero la mayor seguía izada, que no podíamos ver más allá de 25 metros, que íbamos a 8 nudos con treinta nudos de viento en popa y que otro alumno, no el más ducho, llevaba el timón.

En el ínter, varios se resbalaban al intentar hacer algún movimiento, incluso yo que por la mayoría del tiempo estuve pensando solamente en que mi única labor a bordo sería no caerme del velero.

Estaba acomodándome cuando la botavara pasó volando sobre mi cabeza. Rata tomó el timón y poco después apareció el faro de Cabo Panwa, a unos cincuenta metros. Íbamos hacia las piedras, otros barcos y un muelle. En ese momento salió el otro alumno a sugerir que viráramos noventa grados a estribor. Usando toda su fuerza, el capitán Rata logró virar esos noventa grados, lo suficiente para librar el faro por babor y sacarnos de la bahía, aplazando el problema del fondeadero plagado de tanqueros, graneleros, dragas y buques de guerra, redes y boyas de pesca, olas de cuatro metros y vientos de fuerza 7 en la escala de Beaufort.

No supe tampoco si íbamos hacia algún lado o si estábamos navegando en círculos.

Rata me pidió que fuera al mástil a tratar de bajar la vela mayor, pues ya estábamos yendo a nueve nudos y el viento soplaba a 40. A mis esfuerzos se sumaron los de Cenizo, el nuevo pasante que además de marinero amateur es ex marine. A penas logramos aliviar un poco la tensión sobre la driza mayor, quizás bajar la vela unos veinte centímetros.

Andrei y su colega intentaron bajar le vale trasera en estas condiciones. Imposible.

Si bien yo estaba disfrutando la tormenta, me dio pavor ver a estos dos intentando hacer esta maniobra en medio de un viento que -literal- los podía mandar a volar muy lejos; esto sin contar con el miedo de que la botavara se moviera y también salieran volando.

Buscando reducir aun más la capacidad de la vela para aprovechar el viento, Rata soltó el cabo de rizo. La vela iba ahora completamente pegada a las crucetas y obenques del mástil, parecida a un periódico que el viento prende contra una reja. Aún así íbamos a ocho nudos. No quedaba más que aguardar a que se calmaran las cosas.

Atado con un arnés, permanecí cerca del mástil a hacerla de vigía. La visibilidad seguía reducida y sabíamos que varios buques de guerra estaban anclados a nuestro rededor.

Después me di cuenta de que, en efecto, íbamos avanzando,porque de pronto apareció una isla; luego un barco de guerra, luego otro… damn!

Me reía por dentro, disfrutando por un lado la emoción y adrenalina provocados por la tormenta, consciente del relativo control que teníamos sobre nuestra embarcación, entretenido con la idea de que era el primer paseo de Phuyin en Tailandia y feliz de estar equipado con una chamarra de calidad. También me reía del soldado que tenia a pocos metros de mi, abrazando con toda su fuerza el mástil. Las olas habían pasado a ser de cuatro metros, la visibilidad ahora de 80 a 100 metros, vientos entre 30 y 36 nudos y todos, menos yo, estaban empapados. Noté que el Cenizo no llevaba arnés, así que le pasé el mio y fui en busca de otro. En el camino me topé con unos ojos enormes de nuestro capitán, una sonrisa tensa de Phuyin y la ecuanimidad de nuestro alumno, el no tan ducho. Luego de sorprender al capitán informándole que iba al baño, pasé a ver al otro alumno, que llevaba más de media hora encerrado, vigilando que no hubiera ningún peligro en nuestro rumbo. Con mayor dificultad que la primera vez, fui al baño, me lavé las manos, busqué el arnés y volví a mi lugar al frente del barco. La visibilidad había mejorado sustancialmente, pero aún tuvimos que navegar la tormenta por una hora antes de lograr virar contra el viento para bajar la mayor. Soplaba  a 28 nudos cuando por fin lo logramos, encendimos el motor y emprendimos el largo meneo a casa, navegando ahora contra las olas y el viento a escasos 4 nudos.

Finalmente decidieron ponerse contra el viento para lograr bajar la vela. Lo lograron! Gritaron de emoción y yo aplaudí -cual Tai aterrizando en el avión-.

Estuvimos dentro de la tormenta al menos una hora.

No voy a mentir, llegó un momento donde me pregunté: ¿Cuándo se va a acabar esto?

Fue espeluznante, emocionante, de miedo y de respeto.

Esta fue la segunda vez que me trepo a un velero, me dejó una sensación adrenalinosa indescriptible.

Fue mi primer tormenta y la viví con una sonrisa.

No omito mencionar que Andrei, durante todo el trayecto tenía una cara de felicidad como de esas que tienen los niños cuando están jugando en la arena. Esto, sin duda, aliviana el momento.

Hoy puedo decir que sin problemas me volvería a echar otra :). Venga!

Cuatro días después, nos volvió a agarrar una tormenta. Para mi decepción, la recibimos tan bien preparados que incluso estábamos anclados y lo único que consiguió fue mojar a los demás.

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La batalla meteorológica se mantuvo sobre la costa de Phuket durante diez días. Diez días de no ver azul, de usar chamarra de marinero super profesional, de no poder bucear con la recien acreditada Phuyin, de tener a los alumnos de vela encerrados en el salón viendo películas (como cuando los IMECAS se disparaban en el DF), de manejar y velear bajo la lluvia. Por más divina, Phuyin había traído el clima de Dinamarca a Tailandia y la por tanto tiempo ansiada lluvia comenzaba a desesperarme. Pero el frente se disipó y tomó su lugar una tolerable alternancia cotidiana entre un cielo azul o ligeramente nublado y uno o dos aguaceros, con la frecuente tormenta.

Antes de que Phuyin Ti Sungsung emprendiera su camino por el Sureste Asiático, volvimos a salir, ahora por un viaje de dos días al mero norte de la isla, acompañados de un gran amigo que llegó al barco directo de su oficina en Beijing. Pasamos la noche abordo de Piccolo y por la mañana, antes de entrar al canal que divide a Phuket del continente, navegamos hasta la entrada del parque nacional de Phang Nga.

Ahora tendré la oportunidad de conocerlo a detalle. Piccolo, el barquito que ya conocen, incluyendo capitán/instructor de vela, fue contratado por unos ruquitos franceses para un paseo/curso de vela de cuatro días por la Bahía de Phang Nga y yo me saqué la que espero no sea la rifa del tigre.