Las Pasiones de algunos

Mientras estudiaba derecho en la UNAM, siempre me causó repugnancia que hubiera quienes en los descansos entre clases, en las tardes libres e incluso en reuniones y fiestas, hablaran (a veces apasionadamente) acerca de alguna ley, reforma, decreto o debate en el congreso. Me impresionaba ver que no importaba si se trataba de mujeres, hombres, jóvenes, chavo-rucos, CGHros, porros, fresas, pobres o ricos; eran demasiados los que gastaban sus palabras en estos temas y pocos los que hablaban de deportes, música, comida, sexo, viajes, borracheras, literatura, bares, arte, etc.

En la preparatoria nadie desperdiciaba su recreo hablando de Pitágoras, Moliere, la guerra de las trincheras o la mano invisible de Adam Smith y yo no entendía porque en la Facultad de Derecho debía ser diferente. Esto me llevó a alejarme siempre que tuve la oportunidad, a buscar solacio en el Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras, a donde acudían estudiantes de todas las demás facultades, por lo general consientes que a nadie interesaban temas muy propios de sus estudios. También encontré paz en la Facultad de Química, donde estudiaba un gran amigo e hice muchos más, y nunca, NUNCA, los escuché hablar de química, de ingeniera o de cualquier cosa inapropiada para una tarde de cervezas. Tuvieron que pasar un par de años antes de que conociera a estudiantes de leyes con los que pudiera relacionarme sin temor a que violaran mis oídos y otros tantos antes de que me volviera tolerante, o más bien sordo, frente a las conversaciones leguleyas.*

Cuando empecé a trabajar como abogado, mi gran temor era encontrarme en una situación parecida a la que viví en la Facultad. Por fortuna sucedió lo contrario y me reí mucho en los años que trabajé para PEMEX, con frecuencia sintiéndome de vuelta a la preparatoria, hablando de nalgas, encontrándole apodos a la gente y compartiendo anécdotas de la peda. Ahora que busco formarme como marinero me vienen a la mente estos recuerdos, pues mis nuevos colegas rara vez hablan de algo que no tenga que ver con barcos, cabos, velas, molinetes, boyas, nudos, regatas y hasta de los tipos de antifouling (antiincrustante), pintura con que se cubre el casco para evitar que acumule percebes y algas. Si fuera obligado a elegir entre dedicarle mi domingo a conversar sobre el Código de Napoleón o el tipo de quilla que más conviene a un velero de cuarenta pies, optaría por lo segundo, pero espero nunca verme en esa situación y por ello voy a clases de meditación, ando en busca de una escuela de tailandés y, cada que puedo, me escapo al wakepark de Phuket. A veces me pregunto si soy raro por no apasionarme de esa forma o si son estos unos intensos que no hemos sabido callar.

Dicho esto, creo que mi próxima publicación será sobre el viaje que acabo de hacer a Langkawi a bordo del S/Y “Piccolo“, un velero Farr 1104 de 36 pies que en 1976 ganó la regata australiana de Sydney a Hobart.

DCIM103GOPRO

* Miento, esto nunca pasó; tuve que imponer como castigo un shot de tequila a cualquiera que se atreviera a necear sobre estos temas en mi casa.

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