Ayer soñé que trabajaba en el Senado

Confieso que no me gustan las películas de terror, ni los programas sobre cirugías, animales ultra-peligrosos o asesinos psicóticos. No aguanto las imágenes fuertes, me encanta dormir y soñar cosas agradables, no que me están taladrando el cerebro, mochando una extremidad, aventando con los tiburones, quemando vivo, etc. Incluso la acupuntura me pone mal.

Sin embargo, recientemente empecé a ver una serie que se llama Penny Dreadful y, a pesar de estar consciente que no es buena para mi salud mental, no la abandono (probablemente porque me late la protagonista). Quién la haya visto quizás se ria, pero a mi si me afecta. En ella salen vampiros, hombres lobo, brujas horripilantes, frankensteins y personajes muy feos. Hay mucha sangre, voodoo, descuartizados, serpientes y obscuridad. Hasta ahora me he librado de pesadillas asociadas a esta serie, pero siempre me acuesto pensando que ya me toca.

Dicho esto, ayer soñé que entraba a trabajar al Senado de la República. Se me estaban acabando los ahorros y un cuate ofreció conseguirme una plaza. No especificó cual seria mi trabajo ni mi sueldo, pero aún así me animé, suponiendo que trabajar en un lugar de tal prestigio tendría que ser una experiencia formidable .

Mi primer día de trabajo fue un viernes de quincena. Me presenté con cuanta gente me encontraba, ofreciendo ayuda en lo que fuera, tratando de indagar cual era mi función. Nadie parecía saber y más bien les sorprendía mi actitud proactiva; a algunos incluso parecía molestarles. Finalmente hubo un señor que ofreció compartirme su carga de trabajo, que consistía en revisar contratos ya firmados.

Eran las once cuando mi colega se desapareció a echar unas quecas y poco después me quedé sin nada que hacer, con miedo a preguntar a otros si les podía ayudar en algo. Como muchos a mi rededor, me dispuse a observar la gente pasar. A veces pasaban personas que parecían Senadores pero no lo eran, otras que lo eran pero no lo parecían. También pasaban edecanes ofreciendo galletas y capuchinos nespresso, ocasionalmente recibiendo nalgadas o pellizcos de aquellos que parecían o eran Senadores.

A lo lejos alcancé a ver un señor vestido de traje color mostaza verdosa, que parecía estar distribuyendo el correo. El personal se le acercaba, recibía algo, llenaba un papelito y se alejaba mirando detenidamente lo que había recibido, como si estuviera cazando pokemones con ello. Cuando el señor estuvo lo suficiente cerca, alcancé a percibir que estaba repartiendo fajos de billetes de $200 pesos. De pronto llegó mi turno. Me entregó dos y pidió que acusara de recibido. Le dije que era nuevo y que probablemente no me tocaba recibir mi salario hasta la siguiente quincena, además de que esperaba pudieran depositarlo en mi cuenta, considerando lo quisquilloso que se había puesto Hacienda con el  manejo de efectivo, así como el riesgo latente de asalto en la Ciudad de México. Después de mirarme con desprecio e instar a mis vecinos a mentarme la madre, volvió a pedir el acuse, el cual decía: Recibí del HH Senado de la República Mexicana ___ fajos de quince mil pesos por concepto de honorarios. Nombre_____________. Firma____________ Sufragio electivo [sic]. No reelección. Puse un «dos» en el primer espacio, lo firmé e hice la observación de que mi nombre completo no cabía. Sin darme la oportunidad de siquiera poner mi nombre de pila, arrebató el acuse de mis manos y siguió su camino.

Al poco tiempo volvió el único que había aceptado chalanearme, con huitlacoche entre los dientes y grasita de chicharrón prensado en la barba, respirando muy fuerte y visiblemente preocupado. Me preguntó si había pasado el de las quincenas. Le enseñé mis dos fajos de quince mil pesos en billetes de a $200. Primero se sorprendió al ver que eran de $200 y no de $20, luego que sólo hubiera recibido dos y finalmente se echó a correr en busca del hombre del traje color mostaza verdosa.

Entretanto, yo me angustiaba más y más ¿Por qué me habían pagado si era nuevo? ¿Por qué por «honorarios»? ¿Por qué en efectivo? ¿Qué hago con tanto billete? ¿Si lo deposito en el banco, no me van a acusar de estar lavando dinero? ¿Cómo compruebo de donde salió? Si me lo llevo a casa, ¿qué tal que me asaltan o me bolsean en el metrobus? Si lo dejo en mi escritorio, ¿qué tal que ya no está cuando regrese de comer? ¿Donde comer? ¿Qué comer? ¿Milanesa con arroz a la mexicana y un huevo estrellado? ¿Tacos? ¿Y si me da diarrea? ¿Me dejarán salir antes de las diez de la noche?

En ese momento sonó mi despertador. Abrí los ojos y comprendí que no había sido más que una pesadilla, una terrible pesadilla Godínez. Normalmente le doy al snooze un par de veces, pero esta mañana lo apagué de inmediato, me paré y metí a bañar. Estaba empapado en sudor y no iba a arriesgar volver a las tinieblas del gobierno mexicano.

Nunca he trabajado en el Senado ni sé como funciona, así que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia… y no hay como la realidad para provocar pesadillas.

Las Pasiones de algunos

Mientras estudiaba derecho en la UNAM, siempre me causó repugnancia que hubiera quienes en los descansos entre clases, en las tardes libres e incluso en reuniones y fiestas, hablaran (a veces apasionadamente) acerca de alguna ley, reforma, decreto o debate en el congreso. Me impresionaba ver que no importaba si se trataba de mujeres, hombres, jóvenes, chavo-rucos, CGHros, porros, fresas, pobres o ricos; eran demasiados los que gastaban sus palabras en estos temas y pocos los que hablaban de deportes, música, comida, sexo, viajes, borracheras, literatura, bares, arte, etc.

En la preparatoria nadie desperdiciaba su recreo hablando de Pitágoras, Moliere, la guerra de las trincheras o la mano invisible de Adam Smith y yo no entendía porque en la Facultad de Derecho debía ser diferente. Esto me llevó a alejarme siempre que tuve la oportunidad, a buscar solacio en el Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras, a donde acudían estudiantes de todas las demás facultades, por lo general consientes que a nadie interesaban temas muy propios de sus estudios. También encontré paz en la Facultad de Química, donde estudiaba un gran amigo e hice muchos más, y nunca, NUNCA, los escuché hablar de química, de ingeniera o de cualquier cosa inapropiada para una tarde de cervezas. Tuvieron que pasar un par de años antes de que conociera a estudiantes de leyes con los que pudiera relacionarme sin temor a que violaran mis oídos y otros tantos antes de que me volviera tolerante, o más bien sordo, frente a las conversaciones leguleyas.*

Cuando empecé a trabajar como abogado, mi gran temor era encontrarme en una situación parecida a la que viví en la Facultad. Por fortuna sucedió lo contrario y me reí mucho en los años que trabajé para PEMEX, con frecuencia sintiéndome de vuelta a la preparatoria, hablando de nalgas, encontrándole apodos a la gente y compartiendo anécdotas de la peda. Ahora que busco formarme como marinero me vienen a la mente estos recuerdos, pues mis nuevos colegas rara vez hablan de algo que no tenga que ver con barcos, cabos, velas, molinetes, boyas, nudos, regatas y hasta de los tipos de antifouling (antiincrustante), pintura con que se cubre el casco para evitar que acumule percebes y algas. Si fuera obligado a elegir entre dedicarle mi domingo a conversar sobre el Código de Napoleón o el tipo de quilla que más conviene a un velero de cuarenta pies, optaría por lo segundo, pero espero nunca verme en esa situación y por ello voy a clases de meditación, ando en busca de una escuela de tailandés y, cada que puedo, me escapo al wakepark de Phuket. A veces me pregunto si soy raro por no apasionarme de esa forma o si son estos unos intensos que no hemos sabido callar.

Dicho esto, creo que mi próxima publicación será sobre el viaje que acabo de hacer a Langkawi a bordo del S/Y «Piccolo«, un velero Farr 1104 de 36 pies que en 1976 ganó la regata australiana de Sydney a Hobart.

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* Miento, esto nunca pasó; tuve que imponer como castigo un shot de tequila a cualquiera que se atreviera a necear sobre estos temas en mi casa.

Un Abrazo desde Canggu

Querida familia, amigos, lectores,

Ha sido una semana llena de emociones, con preocupaciones, miedos, lagrimas, sonrisas, risas, suspiros y celebraciones.

Al final, me quedo con una sonrisa, pues mi querido amigo Alejandro Furlong, a.k.a. Sacha Mandinga, se fue sin dolor, tranquilo, feliz y satisfecho con la vida que vivió.

Para mi fue muy lindo estar a su lado, ayudar en lo que podía, ver lo indescriptiblemente bonito y apaciguador que actúan los indonesios en estas situaciones y lo diferente que fue esta experiencia a la que tuve con mi hermano en México, quién si sufrió mucho antes de descansar.

Vivir este suceso en Indonesia y quizás particularmente en Bali me ha puesto a pensar mucho sobre la vida, la muerte y los seres humanos. Pienso en lo contradictorios que somos en estas situaciones, sufriendo desconsoladamente la muerte de alguien pero expresando palabras que pretenden lo contrario. Pienso en la celebración alegre del Día de Muertos en México y a la vez lo mucho que nos flagelamos cuando un ser querido se va. Pienso en lo bonito que las religiones describen el destino de quienes se van y como de cualquier forma nos enoja, frustra y entristece la muerte. Pienso en los convencionalismos y la educación que nos llevan a expresar palabras que no entendemos; a pretender ponernos en los zapatos de quien ha perdido un ser cercano, pero sin considerar de verdad los zapatos específicos, simplemente volviendo a esos convencionalismos. Pienso en la preocupación de muchos, a veces hasta aterradora, sobre lo difícil que se imaginan que ha de ser estar solo, del otro lado del mundo, en un momento así. Pienso en su percepción de la soledad. Pienso en lo difícil que es transmitir el mensaje de que estoy bien, de que voy a seguir adelante, de que Alejandro es una fuente real de inspiración y admiración para mi y que su muerte solo refuerza mi convicción por vivir al máximo cada día. Pienso en como muchos parecen imaginarse o esperar que me ahogaré en tristeza, que me será muy difícil salir del abismo en el que probablemente habré caído. Pienso en nuestra urgencia por llenarnos de distracciones para rápidamente «superar» una muerte, olvidar, aliviar el dolor, etc. Pienso en como yo quiero lo contrario, en como quiero dedicarle días enteros a pensar sobre Furlong, a pensar sobre Rafis, a recordarlos, a tomar lo bueno de ellos y de este viaje e incorporarlo a mi vida. Pienso en como nuestra cultura, nuestras tradiciones y, derivado de estas, nuestros reflejos, nos dificultan terriblemente esto. Pienso en lo que me dijo un gran amigo alguna vez: que había que dedicarle tiempo a estas ideas, por que si no, años más tarde, vuelven y te dan en la madre. Pienso en lo que escuche ahora de otro tremendo amigo: que las muertes duelen tanto porque nos hacen ver todo lo que hubiéramos querido expresar en vida. Pienso en como la muerte nos lleva a expresar nuestros sentimientos y como, con el paso del tiempo, lo volvemos a dejar de hacer.

Esto y mucho más es lo que estoy pensando. No pretendo tener las ideas claras ni decir como habría que reaccionar ante estos sucesos, pues cada persona y cada circunstancia es única.  Lo que no quiero es dejar de pensar sobre esta experiencia, no ahora, no inmediatamente. Quiero vivirla y disfrutarla; quiero aclarar mis ideas y llegar a conclusiones que me permitan ser congruente y feliz.

Por el momento me quedaré aquí en Canggu, Bali, aprovechando la oportunidad que tengo para tomarme un suspiro y enfocar mi mente en estos temas, sin otras distracciones que aquellas que a ratos desee, como revolcarme en las olas, quizás hacer algo de yoga, leer, escribir, escuchar música, conversar o salir a pasear con Chinta Besar o Juanita Chantik.

A principios de octubre retomaré el camino con mi hermano Nicolás y nuestro buen amigo Mohammad, con Chinta Besar y Juanita Chantik y, claro, quien quiera unirse a la caravana de Bali a Batu Karas será bienvenido.

Les ofrezco una disculpa por los errores o falta de claridad que pudiera tener este texto, pues quise expresarme pronto y ya no cuento con el grandioso apoyo editorial de Sacha Mandinga.

Agradezco su preocupación, su cariño y su disposición. Sepan que no estoy solo, pues nadie lo esta y menos en Bali.

Sand Bar, Echo Beach, Canggu, Bali.

Sand Bar, Echo Beach, Canggu, Bali.

Volar

Desde chavito volé mucho. Nacido en el pueblo de Hans Christian Andersen y con algunos años de residencia en México, Perú, Gringolandia, Francia y Suecia, me tocó cruzar el charco varias veces, hacer escalas en lugares inubicables, probar toda suerte de aeronaves y ver la evolución del servicio aéreo desde principios de los 80 al día de hoy, marcada en mi mente por el contraste entre un avión con televisiones personales repletas de películas de estreno y otro pasando tres veces seguidas la película de Lassie en colores sepia, con una pantalla compartida por toda la cabina, audífonos que servían también de popotes, al tiempo que sus pasajeros fuman un cigarro tras otro.

Creo que no fue hasta que empecé a volar solo que mi atención comenzó a centrarse en los pasajeros y, hasta hoy, reconozco que sentía harta pena ajena cuando veía la cantidad exagerada de equipaje de mano con el que viajaban mis compatriotas y al ver que eran incapaces de esperar su turno para abordar (y esto, muy a pesar de que les rogaran una y otra vez solo formarse cuando fueran llamados). Sé que es poca cosa, comparada, por ejemplo, con la rabia que me produce ver la descarada corrupción de nuestro gobierno, pero me ponía de malas y estresaba porque sabía que si no me aperraba con ellos, mi maletita, 100% reglamentaria, no cabría en los compartimientos superiores desbordados de fayuca, krispy cremes, tere casola, sombreros y kilos y kilos de ropa de invierno que siempre se llevan o compran por si las moscas.

Sentado en la sala de espera, atento a mi vuelo de Copenhague a Doha, me vuelven estos recuerdos, pero ya no es pena ajena lo que me invade, sino miedo. Rodeado ahora de chinos (hablaban mandarín), comienzo a añorar a mis amigos guajoloteros, a sentirme fuera de mi elemento, a temer los miles de contrastes culturales con los que me voy a enfrentar los próximos meses. Y no importa si estos cuates -son como 30, los que a menos de 5 metros de mi están echando el picnic, saboreando sus toppers llenos de guisos bien apestositos, acomodando y reacomodando sus chivas en las miles de bolsas de plástico -disque del duty free- o llenando formatos de migración; lo fuerte es que están gritando como si estuvieran vendiendo acciones en Wall Street.

Siempre consideré que el «vagón silencioso» que existe en algunos trenes de Suecia y Dinamarca era una mentada de madre y me reía cuando en Kastrup, sin malas intenciones, lo abordaban turistas gachupines, cuyo escandalo desataba de inmediato convulsiones mudas en los vikingos a su alrededor. Ahora que estoy aquí sentado, esperando el arranque de mi gira por Asia, temo no disfrutar del bullicio, los olores y contrastes que me esperan. Con el miedo, espero absurdo, viene también algo de vergüenza por esa pena ajena antes mencionada. Nunca en esos vuelos a, de o dentro de México, temí por sentarme junto a un güey que gritara todo el camino o que llevará semanas sin lavar su ropa, o comiendo curry, o que fuera a la vez alérgico a la regadera y fan de los perfumes (solo confieso que algunas veces temí que me tocará un gordo o un mochilero europeo). Al subirme al avión de Qatar Airways me recibe una bonita aeromosa, quien después de leer mi boleto y pronunciar perfectamente mi nombre, me acompaña a mi asiento, disculpándose por su mala pronunciación. Sorprendido con el servicio, noto que muchas personas no logran leer lo que dicen sus boletos y que algunos, intimidados o confundidos por la atención de la aeromoza, se adelantan a asientos equivocados. Los picniqueros toman sus lugares, se gritan de un lado a otro, continúan esparciendo sus olores y yo: me resigno -no sin emoción- a la idea de una aventura similar a la del Transiberiano, aunque distinta por no tener trazadas sus vías; una aventura en la que, como en ese tren, esta clase de temores no tienen más relevancia que su valor anecdótico.

Andrei Rostislavovich

Esperando no aburrirlos, lo que sigue busca explicar lo que para muchos es inexplicable. Se trata de una serie de decisiones, donde algunas fueron genuinas y otras ilusorias, que me llevaron a tomar la ultima, que fue botarlo todo por una vida en el camino, o al menos muchos meses.

A los quince años me fui a vivir un año a Barcelonnette, un pueblito perdido en los Alpes franceses donde no había más que hacer que deportes extremos como esquí, snowboard, tiro al blanco, parapente, kayak, alpinismo y escalar, todos los cuales practiqué con muchísimo entusiasmo. Ese año me tocó escoger el área de estudios en la que me quería enfocar, teniendo como opción literario, científico y económico-social; nada muy apetecible, pero algo debía escoger. Elegí la tercera, pero los franceses no pudieron aguantarse las ganas de intentar humillarme, poniendo por escrito que había sido rechazado del área científico pero aceptado en económico-social. Ese año también aprendí a malabarear, a darle al diabolo y al bastón del diablo, y estoy convencido que pasé el tan temido baccalaureat gracias a estas artes, que me ayudaban a soportar la tremenda hueva que implica estudiar para ese examen. Hasta saqué mención assez bien, que para mi no es más que otro insulto francés pero que según ellos es algo cabrón. ¿Por qué querrías que tu diploma diga que lo hiciste «suficiente bien»?

Mi siguiente gran decisión se dio al acercarse el fin de la prepa: ¿qué y donde estudiar? Malabares me parecía lo más divertido y brevemente coquetee con la idea de irme a Bélgica a estudiar circo. Claro, ¡qué idea tan poco seria! Entonces pensé en Relaciones Internacionales, que por su simple nombre parecía una carrera que me permitiría viajar por el mundo como hasta entonces lo había hecho con mis padres, ambos diplomáticos. En qué consistía el plan de estudios o cual era el mercado laboral no fueron preguntas que me hice, pero me desanime cuando oí que los que estudian eso no saben hacer nada y sólo tienen buena conversación. Entonces, sin cuestionarlo en absoluto, me compré la idea de que podría seguir los pasos de mi papa, quien había estudiado derecho en la UNAM. Para cuando acabé la prepa, la UNAM llevaba un par de meses en huelga, así que me fui a viajar por Europa del Este en lo que reanudaban clases. Para Noviembre seguía cerrada y decidí irme a Dinamarca a ver si conseguía una chambita y luego, a escoger una escuelita donde estudiar algo chido. Después de trabajar de obrero en un invernadero, me fui a Krogerup Hojskole, una especie de camp para adultos donde podía aprender fotografía y música, todo en danés. Como el de Barcelonnette, el año de huelga de la UNAM fue una maravilla.

Cuando la UNAM abrió sus puertas, una parte de mi murió. Nadie me había advertido que correría el riesgo, contrario a los internacionalistas, de tener una conversación de ultra-hueva (que si la reforma constitucional esto, que si la ley de amparo lo otro… terrible) o que estaría rodeado de la gente más pretenciosa del país, con pelmazos de primer semestre que no trabajaban, pero aun así usaban traje, corbata y -hazme el chingado favor- portafolios. Tampoco me advirtieron sobre la discriminación que por güerito de escuela privada iba a sufrir en la UNAM, que para mi papa, aunque americanista, era la unica universidad; ni me confesaron que de las seis mil mujeres que diario pisan sus aulas, solo vería a 5 o 6 bonitas, aunque con el tiempo ajustaría mis gustos hasta dejar de discriminar (¡Qué ardido me puse el día que conocí la Ibero!) Estuve muy cerca de librarme de esos cinco años de derecho x, derecho y, derecho z, etc. cuando reprobé el examen de admisión a la UNAM. Volví a estar cerca cuando sus estudiantes se fueron a huelga, pero como los huevones no lograron bloquear la entrada al sitio de inscripción al examen, pude presentarlo una segunda vez y, habiéndole atinado a una pregunta demás, lo pasé.

Después de unos años, hasta empecé a comprarme la idea de que amaba mi Facultad, de que a pesar de sus centenas de maestros mediocres, sus burócratas nefastos, instalaciones deplorables y alumnos flojos y tramposos, no había nada como la UNAM. Hoy me atrevo a decir que son solo tres cosas las que la hicieron chingona en los tiempos que estuve: el apoyo económico que me dio para irme de intercambio a Montreal, el CELE, donde aprendí ruso, tantito griego y algo de italiano y, finalmente, el espacio escultórico y reserva ecológica. No tengo recuerdos gratos de la Facultad, sino lo contrario, pero aun así me eché 5 años estudiando ahí lo más aburrido que hubiera podido escoger. Si tuve 5 materias (¡de unas 85!) que me interesaron «genuinamente», creo que fueron muchas. Las comillas son porqué en realidad dudo que me hayan interesado, simplemente creo que tenia que encontrarle el gusto a algo, o me hubiera vuelto loco. ¿Por qué no lo dejé? Probablemente porque no se me ocurría otra cosa que estudiar, porque no quería «tirar el tiempo ya invertido a la basura», porque el CELE, el espacio escultórico y, casi la olvidaba, la curvita, me ayudaban a soportar esa monotonía jurídica. En fin, seguramente por falta de huevos o porque seguia pensando que era el camino para convertirme en funcionario internacional y así poder recorrer el mundo y ser feliz.

Siguiente decisión importante: ¿donde hacer el servicio social? Por falta de créditos, me batearon en la Secretaria de Relaciones Exteriores. Entonces, entré a PMI Comercio Internacional, una filial de PEMEX, a revisar contratos para comprar papelería, muebles, software y cuanta cosa de hueva te puedas imaginar. Gente muy linda, eso si.

La que le siguió: participar en el torneo mundial de ñoñería jurídica llamado Jessup, o no. Me vendieron unas super fiestas en D.C. y yo me convencí que era la única forma de dejar de beber Tonayán y de frecuentar tanto el espacio escultórico.

Luego, ¿donde chambear? se acercaba el verano y me proponían entrar a un despacho medio tiempo. Cuando pregunté si durante las vacaciones también iba a ser medio tiempo o si pagarían más por el tiempo completo, se rieron de mi. Les rechacé su miserable oferta y entonces me llamaron de PMI, donde tendría que trabajar tiempo completo a cambio de lo que entonces parecía un sueldazo. Entré y, con el tiempo, me empecé a convertir en abogado petrolero, lo ultimo que me hubiera imaginado o deseado; nada que ver con volverme diplomático.

Cumplí tres años de servicio y decidí que era hora de irme a la maestría. ¿A donde? A donde durara más y costara menos. ¿Qué? Derecho marítimo, si lo mio, me convencí, eran los barcos y el mar. La Universidad de Lund en Suecia cumplía estos criterios y ofrecía un programa en colaboración con la Universidad Marítima Mundial, cuyo nombre ya lo vendía muy bien. Si le hubiera echado un ojo a su pagina de internet hubiera visto que solo era el segundo año que daban la maestría, que sus maestros no tenían mucha idea del tema y que la UMM era una institución estancada en los ochenta. Si hubiera cuestionado un poco el fondo de una maestría en derecho marítimo, también hubiera caído en cuenta que me estaba haciendo otra mega chaqueta mental, pues de barcos y mar no ves nada: se trata en realidad de aprender a disecar los documentos que los describen y regulan, algo así como buscarle errores o puntos de mejora a las paginas amarillas o a un diccionario. En fin, como no le eché muchas ganas y solo me quería largar, el plan parecía muy chingón y nuevamente tomé una decisión al chile. La experiencia fue una gran vacación, con muchas menos clases, aunque misma monotonía y mediocridad, que aquella licenciatura que hasta me dio mención honorifica.

Me fui a Suecia con la intención de quedarme en Escandinavia, de encontrar una empresa que reconociera el esfuerzo y merito profesional, pero extrañé demasiado la comida y calidez mexicana, así que con el arranque de la Copa en Alemania, regresé a PMI. Volvieron a entrar las quincenas, retomé mi rutina de comer garnachas alrededor de la Torre de PEMEX y, para soportar la rutina godinez, convertí mi departamento en un auberge espagnole y cursé unos talleres de redacción y narración, que espero se noten.

Como todo lo que nunca me apasionó, PMI me empezó a cagar: la gente a mi alrededor ascendía, yo no. ¿Trabajaban más? ¿Eran más inteligentes? ¿Mejores en su chamba? ¿Más simpáticos? No creo. Simplemente no eran abogados y eso les permitía correr al elevador todos los días a las 16.55 y gozar de promociones inverosímiles. En mi caso, debía esperar a que el de arriba muriera. Frustrado, traté de que me mandaran a vivir a un astillero en el culo de Corea a supervisar la construcción de unos barcos que había ayudado a comprar. Nadie quería ir pero alguien debía. Pasaron unos meses, arrancó la construcción y no nombraron a nadie. Entre pena ajena, hartazgo y porque, supuse, no era digno de semejante premio, hice lo impensable: tiré la toalla, renuncié a una plaza de privilegio, rechacé a PEMEX, uno de los «mejores» patrones de México, a su hospital, jubilación, auto, vales, horario de mierda, etc. ¡Una locura! me decían.

Como el de Barcelonnette y el de la huelga, el año que siguió mi repudio a PEMEX, donde tomé decisiones 100% mías, fue una maravilla. Lamentablemente, para estas alturas, estaba ya tan gravado en mi cabeza que yo era abogado petrolero-marítimo, que era una fumada tirarlo todo para hacer algo verdaderamente ameno, así que me dejé comprar por una compañía de exploración petrolera, aunque me gustaba pensar que había vendido mi buena vida por los barcos bien chingones que veía en los posters de la oficina. Otra vez, como si ser su abogado implicara salir a navegar en ellos…

Les dediqué casi tres años de mi vida, subiendo el corporate ladder como la burocracia mexicana nunca lo hubiera permitido. Con la promesa de expatriarme a Brasil, me patrocinaron clases de portugués, las cuales eran mi mejor momento de la semana. Cuando renuncié, me hicieron efectiva la promesa, esperando con ello que retirara mi renuncia. Aunque por razones muy distintas a las que me motivaron a mandar a la chingada a PEMEX, me negué a retirarla. No fue fácil, pues por fin había encontrado un lugar donde me trataran con respeto, tenia un horario no tan pinche, colegas agradables, un gran jefe, ganaba rebien, veía oportunidades de desarrollo y miles de cosas por aprender, no solo del mundo aburridísimo de las leyes, sino de barcos, sísmica, geología, supervivencia en alta mar, etc.

Ya casí llego al punto de este relato, pero antes un par de ideas más, porque son importantes para darle sentido al choro que ya se chutaron y entender por qué me fui.

En mi trayectoria académica y profesional, el dinero siempre me sobró: Cuando me fui a Montreal, además del apoyo de la UNAM, empecé a recibir una beca bastante sabrosa del gobierno danés. En PMI arranqué con un muy buen sueldo que, combinado con lo ahorrado de la beca, permitió que a los 26 años me consintiera con un A3 nuevesito, con quemacocos y lector de Ipod (era algo cabrón en 2007). Poco después del Audi, me compré una lancha y antes de cumplir los 28 decidí invertir en un gran departamento en la Condesa, que me imaginaba terminaría de pagar a los cuarenta y tantos. Luego me fui a Suecia con cierto apoyo económico de PMI, que tuve que devolver cuando renuncié, incluyendo el costo de un boleto de avión de casi 10,000 dólares (porque al gobierno no le gusta pagar precio de mercado). Aun con estos setbacks, hace aproximadamente un año terminé de pagar el depa y, por si fuera poco, lo logré sin sacrificar una escapada al mundial de Brasil ni una inversión sustancial en una casa en Mérida. Si comparto esto no es por presumir, es por lo siguiente:

Desde que elegí económico-social he estado tomando decisiones supuestamente difíciles e importantes y, bajo los estándares actuales de la sociedad, se podría decir que todas fueron acertadas, siendo me llevaron a la profesión de Cicerón, a la industria que mejor paga y a tanta satisfacción material. Pero como comento arriba, los mejores años fueron aquellos donde hice lo que quise, donde el dinero no jugó ningún papel en mi toma de decisiones, donde la ambición y planes a largo plazo no tenían cabida… pero viene la sociedad y dice: estudia algo serio, consigue un trabajo que pague bien, ahorra, gasta, invierte, ahorra, despilfarra, invierte más…

Cuando terminé de pagar mi depa caí en cuenta que ya no tenia ningún objetivo material que perseguir y me nortee. Hubiera podido convencerme que el siguiente paso era un segundo bien raíz, cosa que consideré muchas veces. Por suerte, antes de volver a gastar en algo innecesario, empecé a reconocer que lo que a mi me gusta es viajar, no pensar demasiado a futuro, sino gozar del momento, aprender otros idiomas (y entre más raros, mejor), disfrutar de la naturaleza, del día, de las calles, de la gente, de lo nuevo y perpetuamente cambiante. Brasil me atraia, pero no para ver el Pan de Azucar desde la ventana de una oficina en el centro, sino para conocer su gente, el Amazonas y otros lugares increibles.

Reconociendo esto, mi desktop se volvió mi peor enemiga, los contratos, el reflujo que ni con peptobismol se quita, los trajes y corbatas, disfraces asfixiantes y el celular, un cactus que nunca perdía sus espinas. Por eso no retiré mi renuncia y ahora emprendo este viaje, un viaje por solo viajar, sin importar a donde, ni por donde, ni como, ni nada…

Traté de seguir el camino de la mayoría y por varios años lo hice bien, pero ese camino se volvió absurdo porque no entendía porqué lo había emprendido. Me tardé, pero ahora reconozco que yo no elegí ser abogado, menos petrolero, no era mi sueño entrar a la UNAM ni trabajar para PEMEX, ni tener un super puesto en una trasnacional, ni cambiar de vista como si fuera cambiar de wallpaper. Mi sueño, desde que pensaba en la diplomacia, era viajar. No era ser ni cónsul, ni embajador, mucho menos burócrata en un sistema corrupto, nepotista y que lo último que le interesa es el bien del pueblo por el qué se supone trabaja. Pero eso nunca lo entendí porque nunca lo cuestioné. Simplemente acepté que debía elegir una profesión, una carrera, un auto, una casa… hasta la fucking big television y demás chingaderas que lista Rent-boy en Trainspotting.

Hoy, por suerte, lo tengo más claro aunque, confieso, no 100% claro. Llegar aquí me tomó varios años, un par de renuncias, gastos estúpidos, mucho hartazgo, algunos artículos topados en el feis, otros vídeos inspiradores de youtube (de esos a los que la gente le da like pero que nunca los llevan a reaccionar), algunas conversaciones, muchas que buscaron disuadirme, otras que aplaudían mi valentía (porque, al parecer, ¡buscar la felicidad es un lujo!) y, no lo niego, atestiguar la veloz y terrible degradación de salud de mi hermano, Rafael, quien murió de cáncer el pasado 12 de enero, a sus 35 años de edad.

Ahora entiendo lo que vale el tiempo, mi tiempo, y que no tiene nada de malo querer buscar la felicidad en sí y no a través de la riqueza. Acepto que viajar es el mejor camino que hoy me pueda imaginar, pero que no necesariamente será el único. Voy a viajar porque trabajé mucho y ahorré a lo pendejo y porque ahora, además del dinero, tengo la salud y el tiempo. Voy a viajar porque me daría vergüenza encontrarme a Rafis más adelante y tener que confesarle que viví frustrado e incluso, que morí por estrés o colesterol o depresión, no sin antes jorobarme, perder la vista y sufrir de artritis, todo por las horas pasadas frente a la compu. Quiero que cuando me muera, sea mañana  o en muchos años, que no importe, que no sea triste, aunque sea por un atropello, naufragio, asesinato, cáncer, infección o cualquier chingadera que se puedan imaginar -mientras no sea una de las que matan oficinistas.

Puede ser que en algún momento me canse, añore mi camita, mi regadera, los amigos, la familia, los tacos o inclusive la tranquilidad que aportan las quincenas. Pase lo que pase, espero retener que el camino a la felicidad hay que elegirlo, no conformarse con seguir el tráfico. Mientras tanto, disfrutaré del paseo y, para mis recuerdos, ejercicio mental y, si les late y no se ofenden fácil, entretenerlos un poco, escribiré en este blog.

Sacha Mandinga

Not all those who wander are lost.

J.R. Tolkien

EL INICIO

Que no quepa duda, viajo para fugarme, una evasión de la realidad, mi realidad, tal y como sucede con el consumo de drogas. Cuando uno pasa de nivel turista a nivel viajero, el sedentarismo y la rutina se convierten en sus enemigos naturales. El turista sabe perfectamente a donde va y su fecha de regreso; al viajero no le importa la primera y se niega a reconocer la segunda.

A mis 34 años de edad lo más difícil al emprender el viaje fue ignorar la presión social a la que casi todos cedemos sin cuestionamientos. Con una prometedora trayectoria profesional, un valioso grupo de amigos y familiares, un buen estatus económico y el confort del mundo de lo conocido, las personas a mí alrededor se preguntaban si mis facultades mentales y buen juicio no estarían flaqueando. Renunciar, dejarlo todo y partir a recorrer el globo sin rumbo, boleto de regreso y con únicamente diez kilos de posesiones a cuestas, es una idea que a buena parte de la sociedad le parece descabellada y arriesgada en todos sentidos.

Sin embargo, a solo tres años de haber regresado de mi última vagancia por el planeta, la rutina y comodidad fueron combustible suficiente para aventurarme de nuevo a lo desconocido.

¿Hacia dónde? Es lo que menos importa. ¿Hasta cuándo? Que el tiempo lo decida. ¿Por qué? por el reto, el asombro, el movimiento, la vida misma.

El viajero, cuando se traza una ruta, no busca nada en particular más allá de abrir su mente para redescubrir la belleza del mundo, midiendo la distancia, no mediante kilómetros, sino a través de experiencias y encuentros; el trayecto mismo.

Aquel que viaja debe de tener la disposición de olvidar todo lo que ha aprendido, volver a empezar de cero, arriesgar y sacrificar todo; de otra forma, sin importar las vueltas que consiga dar al universo, jamás saldrá de casa.

La historia va más o menos así. El año 2014 resultó una mierda. El proyecto  social que dirigía en cárceles para menores, que había comenzado un año antes, perdió impulso y me era cada vez más difícil encontrar la motivación necesaria para continuar, menester indispensable para quien  dedica su tiempo, esfuerzo y recursos en aras de mejorar la situación del marginado y excluido. La ayuda económica nunca llegó y yo me vi en la necesidad de encontrar un trabajo paralelo que me permitiera sostener el proyecto, además de continuar con un  tercer trabajo como coordinador de la sección de Derechos Humanos y Cooperación para la revista Pensamiento Libre y colaborador en otras publicaciones del mismo corte.

Por x o y encontrar trabajo nunca ha representado un problema para mi, por lo que en mayo de ese año, y sin prácticamente esfuerzo para conseguirlo, comencé a laborar en una dependencia gubernamental dedicada a la protección de derechos humanos, específicamente en la lucha contra la discriminación. Las funciones de mi puesto resultaron sumamente atractivas y parecían haber sido pensadas expresamente para mi perfil profesional. Todo fue un fraude. Al burócrata, en la mayoría de los casos, le importa un reverendo sorbete en qué consiste su trabajo; lo mismo le da el desarrollo de proyectos con miras a proteger a personas en situación de vulnerabilidad que pasarse el día entero abriendo y cerrando cajones, actitud que se refleja en el mediocre y pobre trabajo que realizan, a menos que, claro está, persigan intereses personales de tipo económico o profesional, con lo que tal vez logren desempolvar la piedra y hacerla girar un poco.

Mi mala experiencia en el gobierno se potenció debido a mi jefa, que además de ser una persona gris y sin chispa, parecía estar completamente amargada por la vida, y cualquiera podía pensar que maltratar a sus subalternos era una de sus actividades favoritas. Mantener tres trabajos, y en uno de ellos con una perra como jefa (ella misma se auto-nombraba con ese mote) absorbía toda mi energía y me dejaba poco tiempo y ganas para disfrutar la vida; para cerrar con broche de oro mi precaria situación, y al tiempo que comenzaba mi tercer trabajo, me enfrente a una seria enfermedad que me obligó a someterme a un par de cirugías mayores de las que, con un poco de suerte y un equipo de cirujanos de mano experta, logré salir avante.

El cáncer me abrió lo ojos. Dinero, desarrollo profesional, estatus social; nada de eso cuenta si mañana expira tu último aliento y no eres capaz de mirar atrás y sonreír. Vivir como si no fuéramos a morir y morir como si nunca hubiéramos vivido tiene que dejar de ser la regla. Es por eso que hoy he dicho adiós a todo y me he propuesto no pensar en el futuro, sino únicamente disfrutar a tope el presente, y que mejor manera que  viajando.