El Virus y el mar

En estas latitudes la temperatura del agua y del mar oscila los 30° C, la humedad es de aquellas que te mantienen pegajoso y el sol quema hasta al más dorado marinero. En las noches aparece la vía láctea, nos visitan mantarrayas gigantes y respiramos aire fresco, un poco menos caliente que de día. Está prohibido nadar.

Tres semanas nos tomó llegar desde Puerto Vallarta; semanas en las que el viento del noreste nos empujó hasta el hemisferio sur, en las que seguimos nubes de algodón y conocimos nuevas estrellas, en las que los chubascos refrescaban los días y aterrorizaban las noches, en las que la sed por una cerveza fría y un chapuzón nos llenaron de ilusión; tres semanas en las que el mundo cambió.

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A principios de marzo el Virus parecía un problema lejano y controlable, tal vez una amenaza exagerada o parte de una riña comercial entre China y Estados Unidos, una fuente de memes ligados al consumo de cierta cerveza y otro triste pretexto de xenofobia.

Después de cuatro meses navegando por el mar de Cortés, acabada de sacar mi barco del agua y viajé de Guaymas a Vallarta para embarcarme hacia el Pacífico. En la Cruz de Huanacaxtle salíamos a cenar todas las noches, bebíamos cervezas demás, había una sola y larga fila en el Oxxo (aunque hubieran dos cajeras), nadie usaba mascaras ni se tenía asco.

Zarpamos con aprehensiones sobre el mar y el viento, el estado del velero, la calidad de la tripulación y los peligros inherentes a un viaje de 3000 millas náuticas, en el que llegas a estar más cerca de un satélite que de una palmera. Pero zarpamos confiados que encontraríamos un mundo similar al que conocíamos.

Hoy, resulta, son pocos los países sin casos confirmados, hay miles de muertos, el mundo está encerrado en casa, el aire en las grandes urbes dejó de ser tóxico, casi no hay vuelos y las fronteras de muchos países, incluyendo las de las naciones insulares del Pacífico Sur, están cerradas.

Llevamos una semana anclados en la bahía de Taiohae, isla de Nuku Hiva del archipiélago de las Marquesas, Polinesia Francesa. Una semana demás, si le preguntas a las autoridades, quienes preferirían vernos pasar esta crisis en altamar. Es claro que quieren que nos vayamos, sea del país, o de pérdida a Papeete, capital de este territorio francés, para ahí pescar el Virus o un avión, lo que ocurra primero, porqué aviones no hay.

De vecinos igual de apestados tenemos a otros ochenta veleros, la mayoría de los cuales llegaron a finales de marzo tras cruzar el Pacífico desde Panamá, Ecuador o Galápagos. Ni estos, ni ningún otro velero, trajo consigo a un infectado. Todos pasamos al menos 2 semanas en altamar, muchos, cuatro semanas o más. No hay vuelos ni embarcaciones mercantes pasando por aquí. La isla está totalmente aislada y no reporta ni un incidente de contagio y, sin embargo, sus habitantes sólo pueden salir a la calle una vez por semana para comprar víveres y medicinas, ir al banco o al correo. Lo mismo aplica para nosotros. Por imposible que sea que uno de estos barcos tenga el virus a bordo, tenemos ordenes de mantener la distancia entre nosotros. No hay venta de alcohol y, para colmo, tenemos tajantemente prohibido meternos al agua, sea para refrescarnos, ejercitarnos o para reparar o inspeccionar algo bajo el casco; no vaya a ser que los locales se pongan celosos de que nosotros tenemos derecho al mar y ellos no.

En este escenario, hemos decidido zarpar hacia Hawái, un conjunto de islas a casi cuatro mil kilómetros al norte de aquí, que pertenece a una nación reconocida por su trayectoria acogiendo a refugiados. Estimamos que el viaje nos tomará otras tres semanas, durante las cuales nos volveremos a desconectar de este mundo vuelto al revés. Esperamos encontrar, a nuestra llegada a Honolulu, unas autoridades ávidas de un abrazo.

Antes de continuar con esta circunnavegación impuesta del Pacífico, debemos avituallar, cargar combustible y reparar ciertos detalles del barco, cómo una escotilla que un barrilete de veinte kilos tuvo a mal destruir mientras intentábamos treparlo al barco, remplazar el cable del radio de alta frecuencia para poder descargar reportes meteorológicos en el trayecto y por último pero no por ello menos importante, embotellar los veinticinco litros de cerveza tipo IPA que tenemos fermentando.

Del Mar de Cortés, sumo, Coriolis y corrupción

Entre decenas de páginas describiendo su belleza natural, John Steinbeck se refirió al Mar de Cortés cómo «un cuerpo de agua largo, angosto y muy peligroso. Con frecuencia ocurren tormentas sorpresivas y malignas de gran intensidad.»

Tal vez sea rebeldía asociada a su juventud (tiernos 5 millones de años), o quizás no es el Mar en sí, sino sus áridos y escabrosos vecinos, o incluso el gigante Pacífico, quienes lo llevan a parecer tan hostil. Pero más probable que no, es que sea una combinación de esto y mucho más. Por eso, para ser justos al juzgar este Mar, merece la pena recordar el entorno en el que nació y creció, así cómo el barrio en el que intenta desenvolverse día a día.

Hace un chingo de tiempo, unos sesenta millones de años para ser cuasi-precisos, la placa tectónica llamada Farallón vino del Pacífico a estamparse contra la placa de Norteamérica. Para mejor entender el encontronazo, imaginemos estas placas cómo dos luchadores de sumo que buscan sacarse del ring… del dohyo. A la placa de Norteamérica le daremos el shikona Norita. Farallón era un rikishi enorme, pesado y de mucha fuerza, mientras que Norita era, aunque marrano también, más liviano y ágil. Durante varios minutos estuvieron abrazados, inclinados hacia adelante, con los pies enterrados en la arena, creando con ellos pequeñas cordilleras. Cada uno buscaba ganarle terreno al otro.

© The Japan Times

Sus brazos patinaban en sudor y al chocar, tsunamis recorrían sus cuerpos y gritos que conmovían hasta las filas más alejadas de las gradas hacían erupción. Atraído por la fuerza de gravedad, Farallón se fue hundiendo en las lonjas resbalosas de su oponente. En un último esfuerzo por sacar a Norita, se inclinó tanto que su chongmage pasó por entre los muslos de aquel y, al no encontrar la fuerza contraria acostumbrada, se fue de cara hacia el piso a tal velocidad que no sólo salió del dohyo, sino que cayó de la plataforma y desapareció entre los espectadores. Al mismo tiempo, Norita, quién no había cedido ni un paso ni menguado la fuerza ejercida sobre el cuerpo de su rival, se vio volar por encima de este, cayendo sobre el shikiri-sen, lejos del borde al que sus pies tanto se habían aferrado. Fue una lucha de titanes a quienes la Tercera Ley de Newton dio una lección inolvidable, y que, volviendo al mundo geológico, produjo la falla de San Andrés y el propio Mar de Cortés.

Así, el encuentro de las placas tectónicas comenzó con actividad volcánica y el crecimiento de las montañas ya existentes. Al quedar totalmente sumergida la de Farallón, la inercia impulsó la placa de Norteamérica hacia el oeste, llevando consigo parte de la cordillera y adelgazando la corteza terrestre entre las montañas que ahora quedaban separadas. Esta inercia de decenas de millones de años ocasionó el hundimiento de la corteza delgada, mayor actividad volcánica y, gradualmente, la inundación del valle formado. De ahí que, por un lado, en muchas de las Islas del Golfo y el litoral occidental de la Península se alcance a apreciar el origen volcánico y, por el otro, encontremos semejanzas en las formaciones rocosas de la Sierra Madre Occidental y la Sierra de Baja California.

Cueva en el noreste de Espíritu Santo

¿Pero qué tiene que ver todo esto con las «tormentas malignas y de gran intensidad»? Todo. El Mar de Cortés quedó atrapado entre dos sierras y eso tiene consecuencias.

Durante los meses de invierno suelen haber sistemas meteorológicos de alta presión atmosférica en el noroeste de Estados Unidos y océano Pacífico Norte, mientras que en México y su litoral con el Pacífico la presión atmosférica es menor. Anschuldigung?

Imaginemos que sostenemos un globo inflado en una habitación. El aire al interior del globo está sujeto a una presión mayor a la del aire de la habitación en la que se encuentra. Prueba de ello es que cuando perforamos el globo con un alfiler el aire escapa hecho la madre y se mezcla con el que lo rodea. En nuestro caso, veamos al globo cómo el sistema de alta presión del Pacifico Norte y a México, cómo el de baja presión. El aire del norte va a querer venir hacia el sur y uno de los caminos más eficientes va a ser por el embudo natural que conforman las sierras que colindan el Mar de Cortés. Este embudo genera lo que para apantallar llamamos el efecto Venturi: así como acelera la velocidad del agua en un rio cuando su anchura y/o profundidad se reduce, la velocidad del viento incrementa cuando el espacio por el que debe pasar se acota. El resultado es que en invierno los vientos del norte suelen soplar enfurecidos en el Mar de Cortés, normalmente por encima de los 35 kilómetros por hora (20 nudos), muchas veces con ráfagas arriba de los 60km/hr (35 nudos). Un kitesurfer quizás piense: «no… pues qué chingón suena eso». Pero no, nada chingón, porque aún hay más. Es tal el volumen de agua que entra al Mar de Cortés en una marea ascendente que, cuando este, siguiendo un rumbo de sur a norte, se enfrenta al viento soplando de norte a sur, se crean olas altas y de frecuencia muy corta (pueden superar los 3 metros e ir separadas por escasos segundos); lo que lo convierte en uno de los mares menos placenteros y más difíciles de navegar. El kitesurfer que practique en una zona expuesta a estas olas no avanzaría nada; más bien se la pasaría tragando agua e implorando a su mamá. ¿Y qué creen? Eso no es todo.

A veces un sistema de alta presión en el Pacífico, del lado oeste de la Península, percibe que en el Mar de Cortés hay menor presión y decide mandar viento a echar desmadre. Cuando este llega a la cima de la Sierra de Baja California se enfría y ahora la diferencia de presiones es mayor, lo que lo hace bajar en chinga. El resultado es un viento catabático (viento que baja la montaña hacia el mar) en esteroides, que en la Baja Sur llaman Coromual, mientras que en la Baja Norte lo llaman Elefante. Los mentados Coromuales y Elefantes se pueden dar todo el año, aunque son más comunes en primavera y verano, cuando el Norte anda más tranquilo.

Los Coromuales se robaron mis shorts

La cereza en el pastel es que azotan de noche, cuando estás anclado, preparando la cena o intentando dormir, o cuando vas navegando tranquilamente pensando en los cetáceos y aves que viste durante el día. Además, el efecto aterrador de la oscuridad es inobjetable. Todo lo gacho se percibe aún más gacho de noche: tanto el viento y las olas cómo los policías de la Ciudad de México.

Hablemos ahora del verano y del otoño. Por un lado es una época de calor infernal  -con vientos que más parecen aliento de dragón, por el otro impera la amenaza de que una tormenta ciclónica venga a descagarlo todo. Yo por eso saco mi barco del agua en Guaymas, donde confío ciegamente que estará a salvo, y me largo a donde encuentre alguna chambita, mejor clima y me distraiga al grado de olvidarme de seguir los reportes meteorológicos de por allá. Aquí el regocijo del verano pasado.

Raja Ampat, Indonesia

Para que una tormentita pase a ser un huracán se requieren varios ingredientes, entre los cuales destacan la ira de Dios, una temperatura de agua superior a los 27°C y un efecto Coriolis perceptible (usualmente al norte de los 6° de Latitud). El efecto Coriolis es aquel que produce la rotación de la Tierra sobre aquello que no está fijado a ella, como el viento, las nubes, los aviones y mis tiros cuando juego golf; no así los tenis que cuelgan de los cables de luz. En el hemisferio norte, hace rotar una tormenta en el sentido de las manecillas del reloj y en el sentido opuesto en el hemisferio sur.

En el Pacifico mexicano, cada verano se reúnen todos estos ingredientes. Los políticos, narcos y demás gandayas encabronan a Dios, el agua se pone calientita y México está lo suficiente al norte del ecuador pa’ echar a andar la pirinola. Una vez formado, el huracán va a seguir el caminito que mantenga sus pies más calientitos; si se le enfrían, se desanima y desvanece. Entre junio y noviembre, según como anden las temperaturas del agua, los huracanes pueden visitar playas y puertos desde Guerrero hasta el sur de Sonora, o concentrar todo su odio en la Península de Baja California, lo que han hecho en años recientes,  tal vez cómo respuesta a la xenofobia creciente en Estados Unidos (aunque para la desgracia de los mexicanos que la habitan, que son a toda madre con todos los spring breakers y demás turistas, incluso con aquellos que traen el #MAGA tatuado en la frente). En fin, Él sabe por qué lo hace.

Oficialmente, la temporada de huracanes en el Pacifico va del 1 de junio al 30 de noviembre, pero los meses de mayor angustia suelen ser agosto y septiembre, que es cuando el agua está a toda madre. Este año, confiando que Dios estaría complacido con las meras buenas intenciones del Peje, decidí echar mi barco antes del banderazo oficial. Need I say more?

De la bitácora del Capitán se desprende que, con dos tripulantes primerizos, el velero dejó el puerto de Guaymas el 13 de noviembre, siguiendo la costa de Sonora hasta Isla Tiburón, dónde unos pescadores les advirtieron sobre la inminente llegada de un «Weste» (vientos fuertes del oeste) y sobre lo gandayas que pueden ser los Seris. El Capitán decidió buscar refugio en la Bahía de San Francisquito, del lado de la Península.

San Francisquito

A los 3 días se disipó el Weste y emprendieron hacia Bahía de los Ángeles. Ahí actualizaron el derrotero meteorológico y el 25 de noviembre aprovecharon un viento del sur para subir el Canal de Ballenas hasta Puerto Refugio, en el extremo norte de la isla Ángel de la Guarda.

Luego de una breve escala en isla Mitlán comenzaron su ascenso por el Canal de Ballenas. Según la información anotada en la bitácora, las condiciones parecían incluso idóneas para izar la spinnaker. Todo cambió bastante rápido. A las 1600 bajaron la vela mayor, sin perder velocidad alguna. Iban a unos 6 nudos. A las 1700 redujeron el tamaño de la genovesa en un 50%. Tampoco afecto la velocidad. A las 1930, con 20% de la genovesa, lo que llamó «un pañuelo de vela», iban a 9 nudos, que, agregó «es la velocidad a la que el Delorian hubiera viajado al futuro de haber sido un velero monocasco de 33 pies».

Canal de Ballenas

A las 2300, con vientos por encima de los 30 nudos y ráfagas superiores a los 40,  anclaron en Puerto Refugio y, luego de unas quecas, la tripulación y su capitán se fueron a dormir. A las 0700 el viento viró a Norte y las olas comenzaron a empujar el velero hacia la playa. Levaron el ancla para refugiarse en el extremo oeste de la bahía. La fuerza del Norte les impidió tocar tierra ese día.

Puerto Refugio, Ángel de la Guarda

El 27 de noviembre el mar amaneció cómo espejo y pasaron varias horas explorando el norte de la isla. El Weste se esperaba para las 1400, así que a las 1200 levaron ancla para tirarla frente a un peñasco que el Capitán esperaba les brindara mayor protección. El Weste llegó puntual. Entre las 1400 del 27 y las 0600 del 29 tuvieron que reacomodar el ancla tres veces. Las ráfagas superaron los 45 nudos, inclinando el barco lo suficiente para mandar volando comida, platos y vasos por todos lados e incluso botar a un tripulante de su cama. Con tiempo de sobra y sin poder ir a tierra, pasaron estos días leyendo, filosofando y viendo capítulos del Señor de los Anillos y Guerra de las Galaxias.

Ángel de la Guarda es la isla en el noroeste. ©Windy

El 30 a las 0300 zarparon y disfrutaron de un cómodo Norte para navegar hasta la isla Salsipuedes, donde deseaban pasar la noche. Llegaron 30 minutos antes de que anocheciera, hambrientos, cansados y felices de haber dejado atrás aquella Ángel de la Guarda, que poco alivio les había dado, según consta en la bitácora. El motor declaró estar en huelga. No encendió y entrar a pura vela a la pequeña bahía rodeada de rocas y peligros no marcados en la cartas náuticas era «inconcebible», por lo que el Capitán adecuó el plan y se fueron a buscar refugio en San Francisquito, bahía ya conocida y donde esperaba fuera fácil anclar a pura vela, aún de noche, con fuertes vientos y oleaje incómodo.

El 1o de diciembre amaneció despejado y con los binoculares el Capitán alcanzó a reconocer a «Sirena», el velero de Jake y debajo del cual había empedado el día antes de zarpar de Guaymas. Por el VHF le preguntó si tenía algo de aceite que pueda regalar. El motor lo estaba quemando y diluyendo rápido. Jake se acercó remando en un kayak inflable y entregó cuatro litros de justo lo que necesitaba. Además, actualizó el reporte meteorológico y sugirió zarpar por la tarde hacia Santa Rosalia, antes de que pegara el siguiente Norte. El Capi pasó unas horas dándole atención al motor hasta que este accedió a hacer un último esfuerzo. Los sacó de la bahía y, a rastras, los acompañó hasta un muelle en Santa Rosalía, dónde, negado a negociar, enarboló la bandera roji-negra hasta el 27 de diciembre.

Entre el 27 de diciembre y 28 de enero, el Norte desgarró la Genovesa, que el Capitán tuvo que suturar, y arrastró 4 veces el barco de su lugar, no importándole que el Capitán cumpliera holgadamente los protocolos de anclaje. En una ocasión, el Norte incluso lo hizo mientras él se encontraba en la lavandería de Mulegé, lo que «dio qué hacer y llenó de orgullo a los viejitos anclados en la Bahía de Santispac.» Al capitán, «además del oso, [le] costó patrocinar la hora feliz esa noche», cómo pago del salvamento.

Ayer, 29 de enero, con un nuevo ancla de 25 libras tipo Rocna que un velero vecino le vendió en Puerto Balandra, Isla Carmen (donde también arrastró un par de veces), ancló al sur de la entrada a la Bahía de Puerto Escondido, justo a tiempo para refugiarse de otro Weste. Este ancla parece estar funcionándole mucho mejor que aquel Danforth de 25 kilos que solía usar y que tantas veces le quedó mal.

De no ser por el abuso de poder y olor a corrupción que ahí imperan, hubiera anclado dentro de la Bahía de Puerto Escondido. Pero porque México es mágico, una marina que solía ser de FONATUR ahora es privada y presume gozar de derechos exclusivos sobre esta bahía (e incluso áreas aledañas), prohibiendo anclar en su interior, cobrando cantidades inverosímiles por ocupar una boya  poco confiable y ofreciendo muelles a precios de Mónaco. Pero esa es otra historia, que con la desaparición de y censura a periodistas que impera en este país quizás convenga no contarla.

¡Salud! (Cont.)

Resulta que en México, hacerse la prueba del dengue es más complicado de lo que uno podría imaginar. Hay varios tipos de exámenes y uno tiene que saber cuál quiere. Además, cada una de las opciones esta carísima y no cualquier laboratorio las hace. Para un procrastinador nato, el resultado es que la prueba quedó para después y que nuevamente estoy navegando en la incertidumbre. La sensación, sin embargo, sigue muy presente, y desde aquel episodio malévolo en el estrecho de Malaca no había logrado recordar con precisión cuando había sido la última vez que me sentí así de gacho.

Hoy, de golpe, mientras me preparaba para borrar un par de pendientes de una lista abrumadora de talachas, lo recordé con suma claridad, y la historia, como muchas de las mías, es larga y preferí dedicar mi tarde a narrarla que retomar mi responsabilidad de capitán.

La historia se remonta a mayo de 2015 en Batu Karas, un pueblo en la costa suroeste de Java, donde una ola larga y dócil atrae a surfers de todo el mundo, pero sobre todo de Australia, para practicar tabla hawaiana y disfrutar de la tranquilidad y amabilidad de sus habitantes; similar al Puerto Escondido de hace más de 20 años. Es una verdadera putiza llegar; sólo comparable, en mi mente salada de hoy, con la que implica navegar en invierno hasta Puerto Refugio en la isla Ángel de la Guarda o de Raja Ampat a Ambon en verano -historias que espero algún día encuentren su espacio en este blog. Sé que estas comparaciones de nada sirven al lector, así que trataré de resumirlas: ambas implican navegar contra vientos y corrientes muy fuertes, la primera incluso contra olas altas y de frecuencia muy corta; implican esfuerzos físicos importantes e invaden la mente de dudas sobre su factibilidad. La tentación de dar vuelta en U siempre está presente y la tensión entre los tripulantes/compañeros de viaje se puede cortar con sierra. El grado de satisfacción al lograrlo es proporcional al sufrimiento, como para quien ha llegado a la cima de una montaña, conseguido hacer sus compras de navidad justo antes de Noche Buena o concluido los trámites de titulación en la UNAM.

Volviendo a Batu Karas, por alrededor de 10 dólares la noche, Furlong y yo compartíamos un colchón matrimonial en el suelo de una pequeña recamara, que además contaba con un kamar mandi: WC de un hueco en el suelo, un barril lleno de agua y una jícara. La recamara había sido construida arriba del warung de Rini, nuestra linda anfitriona, y de otros kamar mandi, justo frente a una diminuta caleta. No tenía ventanas, pero a la altura del techo estaba completamente abierta y eso permitía que fluyera el aire y que los moscos entraran y salieran a placer. En la recamara de alado vivía plácidamente Lourenco, un loquito portugués que conocimos en Yakarta y con el que estábamos viajando en esta primera etapa.

 

A los seis días de llegar, ya nos sentíamos cómo locales. Los batukarenses nos llamaban por nuestros nombres, incluso en pueblos vecinos; todos los días tomábamos clases de indonesio, nunca con el mismo profesor y siempre dudando si efectivamente era indonesio o más bien sudanés lo que nos enseñaban; clases basadas en conversaciones sobre fútbol, box, lucha libre o telenovelas mexicanas. Nos acostumbramos al llamado a rezar de las cinco de la mañana y a ver como inmediatamente después la playa se llenaba de feligreses vestidos de pies a cabeza, que así mismo se metían a nadar justo en el camino de los surfers de las primeras olas del día. Furlong acostumbraba despertarse a esta hora, disque pa’ surfear, pero, como en México, requería de al menos dos cafés y varios cigarros antes de decidirse a hacer cualquier cosa. Por fin a las siete u ocho se echaba un par de olas, mientras que yo me quedaba en el cuarto echando la hueva hasta las nueve.

Batu Karas pareció un excelente punto de partida para nuestro viaje por Indonesia.

Aprendí a pararme en una tabla de surf, a contar y saludar en indonesio, hicimos muchos amigos, desarrollé los muslos cagando de aguilita, me acostumbre a la ducha a jicarazos, me di una primera empapada con la cultura musulmana y sus hábitos de natación que yo juraba exclusivos de Caleta y Caletilla, recibí una introducción a lo mamones que pueden ser los surfers australianos, que no toleran ver principiantes en el agua pero viajan miles de kilómetros en busca de la ola más fácil de Indonesia, pero también conocí a aquellos que viven para disfrutar de la vida, para compartir su conocimiento y emociones, que reciben con brazos abiertos a extraños y conocidos y que se desvían para ayudar. También me acostumbré a que me dijeran bule (gringo, güero, farang…) y a que extraños se quieran tomar fotos conmigo, a que no haya internet y, claro, a tener que cagar de aguilita y bañarme a jicarazos. Tristemente, también me empecé a acostumbrar a ver basura por todos lados y, lo más extraño, a gatos sin cola o con doble cola, aspecto que lucen desde que nacen, no por mutilación.

Por más acogedor, necesitábamos planear nuestra huida de Batu Karas, tanto porque nos esperaba una boda en Bali como otras 13,000 islas que conocer. Pero la madriza que implicó llegar (taxi, tren, moto, lancha, panga, peseros, triciclos y pickup) nos impedía decidir sobre cómo salir y hacia dónde dirigirnos. Las principales opciones implicaban combinaciones de moto-bus-tren-moto o moto-avión-avión-moto o minibús-tren-moto, todas estas de varios días de tortura. Pasábamos nuestros días combinando el surf con el procrastineo frente a la Lonely Planet, o al internet bien lento de nuestro primer smartphone, o en un cibercafé sin internet o en una agencia de viajes que poco sabía de viajes.

Por fin compramos unos pasajes de tren a Surabaya. No era lo que teníamos en mente cuando llegamos a la agencia. Íbamos a comprar unos boletos a Yakarta, para que la combinación de transporte se limitara a moto, avión y taxi, con el beneficio agregado del aire acondicionado, WIFI, alberquita y buena compañía que teníamos allá. De alguna manera, en la agencia nos dieron a entender que para Yakarta, todo estaba agotado. Fue gracias a mapas colgados en las paredes que logramos improvisar, en menos de una hora, la alternativa que ahora nos llevaría a la segunda ciudad más grande de Indonesia, puerto importante y punto de salida hacia varios lugares, como la isla de Madura, los pueblos de Malang y Probolingo (de donde salen los tours al volcán Bromo) y, de perdida, los ferris y camiones a Bali. Esta alternativa implicaba tomar una minivan a las 7am, trasbordar a un guajolotren a las 10am, para llegar al Lázaro Cárdenas indonesio a las 930pm. Sería un día largo, sobre todo porque la codera nos llevó a comprar boletos para la categoría más jodida disponible. Aunque me había encantado Batu Karas, donde me sentía en casa y hasta consideraba posible quedarme a vivir para siempre, ansiaba seguir explorando Indonesia. A Bali íbamos por una boda pero más allá de eso no me atraía mucho como destino. Me la imaginaba repleta de aquellos surfers soberbios o del equivalente australiano de spring breakers. Me emocionaba más pensar en lo que le seguiría, pues aunque apenas estábamos empezando nuestra odisea, Indonesia ya nos había enamorado y era claro que pasaríamos muchos meses aquí, buscando recorrer el mayor número de islas habitadas del archipiélago más grande del mundo.

Después del paseo minibús, en el que dormí casi todo el camino aún con los acelerones, enfrenones y claxonazos del chófer, llegamos a Sidareja, donde abordaríamos la categoría más pinche de la de por si pinche Ekonomi Klas. Cómo llegamos un poco temprano, nos fuimos a dar un paseo y ver si conseguíamos algo que desayunar. Nos entretuvieron unos viejitos que, a señas, querían saber de dónde veníamos. Al responder «México», todos juntos, como si lo hubieran ensayado, fruncieron las cejas e imitaron los disparos de ametralladoras. Así la imagen de México en este culo del mundo.

Desde el primer minuto a bordo, el viaje fue un infierno. Hacia un chingo de calor, no cabíamos en los asientos de plástico macizo, la ruca de enfrente llevaba su maleta en el pequeño espacio diseñado para intercalar los pies, el vagón iba repleto, incluso con gente instalada en los pasillos y a mí me estaba pegando una fiebre que sólo me hacía pensar en malaria o dengue. A las dos horas de partir, me levanté para recorrer el tren, con la esperanza de encontrar algo de aire fresco, el vagón restauran, un mejor lugar o simplemente estirar las piernas. A diferencia de los trenes rusos, aquí no había vagón restauran ni espacios donde uno pudiera asomarse por la ventana a respirar. Donde había ventanas abiertas, había un aperre de cabrones fumando clavo. No había ni un lugar libre en todo el tren, aunque si había vagones con aire acondicionado o sillones acolchonados. Nada se antojaba más que bajarse del tren, sin importar donde fuera. Faltaban 9 horas para llegar a Surabaya y yo me sentía cada minuto más débil y hasta con ganas de llorar, recordando los miles de minutos que faltaban.

Una hora antes de que el tren pasara por Yogyakarta empecé a delirar que todo el viaje era un error; que quien era yo para pensar que podía viajar a lo rudo por 6 meses, habiéndome vuelto un abogado marrano, fan del confort y la buena comida; deseaba irme a casa, echar un FIFA entre amigos en la comodidad de mi sala; dormir solo en mi cama matrimonial con edredón de plumas, cagar sentado, etc. Maldecía los kamar mandi, que ahora veía como cunas de mosquitos enfermos, y ese colchón en el suelo que seguro había permitido que más de una araña me envenenara. Con apenas dos semanas en el país, ya estaba hasta la madre del nasi goreng (arroz frito) y su aún más pinche primo, el mie goreng (fideo maruchan frito).

Faltaban ahora 50 minutos para llegar a Yogya y, temiendo un batazo, me atreví a sugerirle a Furlong que nos bajáramos ahí en lugar de seguir hasta Surabaya. No veía posible sobrevivir el viaje, al que aún le faltaban 8 horas. Pasaron otros 20 minutos y ya no sentía mis pies, me dolían las rodillas y deseaba que me amputaran las nalgas. Me temblaban los cachetes y sentía un terrible nudo en la garganta. Volví a tocar el tema de bajarnos. Furlong no se oponía, pero tampoco decía mucho. Parecía estar de acuerdo pero sin querer aceptarlo. Cuando quedaban 25 minutos para llegar a Yogya empecé a creer que no llegaría, que me moriría poco antes de llegar. La estaba pasando mil veces peor que en una clase de Derecho Administrativo o que los últimos 25 minutos de un lunes de cruda en la oficina; casi tan mal como si me hubieran atado a ver el Teletón. De súbito caí noqueado y dormí los 20 minutos que le tomó al tren atravesar los suburbios de Yogya y entrar a la estación. Al llegar, Furlong me despertó para confirmar si aún me quería bajar. Asentí y salimos por patas de esa caldera ferroviaria.

Nuestra estancia en Yogyakarta fue extraña. Después de un paseo por la calle Marlboro y una cenita carísima en Pizza Hut, me acabó por tumbar la porcina y no salí de la cama por 20 horas, pasando calores y heladas, empapando las sabanas de sudor y luego sufriendo el frio que su humedad provocaba. Me dolía la cabeza pero peor que eso, todas las articulaciones. Era como tener acalambrado todo el cuerpo. Temía que fuera algo que me obligara a volver a casa, porque a pesar de mi berrinchito en el tren, en mi delirio febril confirmé que no quería volver a casa, que no quería dejar de viajar, dejar de aprovechar la libertad que acaba de readquirir y que esperaba me ayudara a encontrar el camino a una vida más saludable, satisfactoria. Tenía claro que no volvería a viajar en Ekonomi y que procuraría encontrar habitaciones un poco más alejadas de los kamar mandi, tal vez hasta con mosquiteros; era importante seguir adelante.

En Yogya, aparte de dormir, aprovechamos el WIFI y la electricidad para ponernos al día con el mundo, armar este blog (que 5 años después sigue vivo) y planear nuestra ida a Bali. No compramos Batik ni fuimos a Borobodur. Aunque después de esa súper siesta me reincorporé como nuevo, por temor a recaer preferí ver Bromo desde el avión y dirigirme lo más rápido posible hacia una playa con «western food»: Canggu.

¡Salud!

De pequeño me parecía aburrido que los adultos se desearan buena salud en los cumpleaños o festejos de fin de año. Pensaba: ¡Qué hueva! ¿Por qué no se desean dinero o unas vacaciones bien chingonas? Ya más grandesito, me decía ¿por qué no se desean un chingo de sexo, buenas pedas y también dinero y vacaciones chingonas. ¡Wacala con su deseo de «mucha salud para ti y tu familia».

Al cumplir 38 este año, celebré con una cena tranquila y una peliculita, yéndome a dormir bastante temprano. Al día siguiente iba a bucear y quería estar al 100% para disfrutar al máximo del paseo en lancha y de las tres horas que pasaría bajo el agua.

DCIM104GOPROGOPR7035.Fue algo muy raro para mi: los veinte festejos cumpleañeros que lo precedieron siempre incluyeron cantidades irresponsables de alcohol y desde el número 30, unas crudas lamentables y duraderas. En esos veinte años, entre festejos propios y ajenos, comidas con amigos o familia, tardes de calor o de frío, partidos de fútbol o juegos de póker, noches de FIFA o de MarioKart, habré brindado unas cien mil veces, la mayoría usando la sencilla exclamación «¡salud!» o sus equivalentes en otros idiomas, la minoría con discursos o expresiones más largas, cómo es costumbre en Rusia, por ejemplo. Cien mil veces repetí esta palabra sin nunca darle una importancia sincera a su significado; algo así como cuando le preguntamos a alguien «¿qué tal?» sin dar tiempo para responder o valiéndonos totalmente madres la respuesta.

«¡Salud!» Se dice fácil y repite muchas veces en una noche de copas, provocando con frecuencia un estado contrario a lo que la expresión desea.

En los últimos años mi relación con la expresión ha cambiado. Ahora soy ese adulto que tanta hueva me provocaba de chamaco y no lo puedo evitar. Por un lado, en los últimos años he visto a amigos y familiares sufrir en hospitales o hasta morir por falta de salud. He visto que el dinero ayuda para obtener la atención médica necesaria, pero que no siempre es suficiente. Más que distracción, aprendizaje u entretenimiento, ahora veo unas buenas vacaciones como oportunidad inigualable para recuperar la salud pérdida detrás de un escritorio o una rutina llena de estrés.

En las últimas dos semanas he pensado mucho en esta palabra, en los deseos de buena salud, en su uso cuando alguien estornuda, y es que a bordo de un velero sin piloto automático, hay poco que uno pueda hacer a parte de ver la brújula y meditar.

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Amanecer en Sumbawa, con el Volcán Rinjani en el fondo.

El 27 de agosto a las 1700, luego de un día de carreras bajo el sol y la lluvia para cargar combustible, agua, cervezas, despedirnos de Aduanas, Migración y del Capitán de Puerto, levamos el ancla en el Puerto de Tanjung Pandan, Isla de Belitung, Indonesia, con destino a Phuket,Tailandia. El último jalón.

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Atardecer dejando Tanjung Pandan. El río lleno de basura después de un aguacero.

El día siguiente estuvo en su mayoría nublado, pero durante una hora sufrimos un aguacero en el que, muy a pesar de mi chamarra super pedera de marinero profesional, acabé empapado y helado. Habiendo librado la tormenta, dejé el timón por unos instantes para ponerme un suéter grueso y seco y aún así tardé media hora en dejar de temblar.

Llegada la noche, sentí un ligero dolor de cabeza, como aquel que acompaña una resaca fresona. A las 12am comenzó mi turno de tres horas al timón y me rendí a tomar una aspirina. Me hizo lo que el viento a Juárez. Al despertar la mañana siguiente, tomé otra y nada. Por la tarde, con un dolor de cabeza cada vez más intenso y ahora acompañado por una debilidad generalizada y un dolor en todas las articulaciones, mis compañeros tripulantes sugirieron que me metiera dos. Funcionó. Por seis u ocho horas me sentí casi normal, sólo carente de fuerza para ayudar izando o bajando velas. Cuando la anestesia de las aspirinas pasaba, tomaba otras dos, y así me la llevé hasta el 3 de septiembre, día en el que pisamos tierra para recargar combustible, agua y cervezas.

Fueron casi 150 horas de agonía, de pensar en dengue, porcina y malaria, de recordar lo efímera  que puede ser la salud, de hacer las paces con un velero al que tantas cosas se le habían roto y descompuesto, de arrepentirme de haber anclado en un pinche pantano y cenado en un restauran dónde abundaban los mosquitos,  de pensar que con salud, nada es imposible y que sin ella, todo es difícil. Me iba a dormir temblando de frío y despertaba poco después empapado en sudor. Era imposible encontrar una posición cómoda en mi camarote y muchas veces dormía sentado o con las piernas estiradas y los pies haciendo presión contra el techo. Durante el día pasaba mucho tiempo al timón, era lo único en lo que podía apoyar. Cocinar, ajustar velas, lidiar con los motores e incluso las líneas de pesca (que solían ser una responsabilidad que asumía con gusto y entusiasmo) implicaban esfuerzos que no era capaz de hacer.

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Así se veía el pantano en Tanjung Pandan con marea baja. Cómo es catamaran, mientras el fondo sea de lodo, no hay bronca si lo tocas o incluso te posas sobre el.

El 30 de agosto sacamos un pecesote y por la mera emoción hice el esfuerzo de limpiarlo y convertir la mitad en ceviche. La otra mitad se fue a la parrilla. Temía no tener apetito suficiente para disfrutarlo. Esa noche, a pesar de la ocasión especial, renuncié a mi derecho a una segunda cerveza y me fui a dormir inmediatamente después de cenar. A esto se sumaba una angustia psicológica: estábamos a punto de entrar al estrecho de Malaca, el más transitado del mundo, y habiendo llegado al hemisferio norte, esperábamos encontrarnos con una buena tormenta al día. Compartí mis síntomas con una amiga en el otro lado del mundo y entre ella y sus googleadas calmaron mis peores temores. También aclaró que paracetamol, que era lo que llevaba días tomando, no era lo mismo que aspirina, y que no corría riesgo de sobredosis.

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La madrugada del 31, luego de una noche terrible y un amanecer espectacular, entramos al estrecho de Malaca. Fueron cuatro días de riesgos de colisión con barcazas, buques y barcos de pesca, poco sueño, vientos leves, mucho calor, nada en los anzuelos, en un laberinto de redes de pesca.

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El 3 de septiembre, con a penas 20 litros de gasolina restantes y unos cuarenta de agua, nos desviamos de la ruta para hacer una escala de emergencia. Yo aprovecharía, además, para visitar a un doctor. Pero en el puerto al que llegamos no había doctor ni farmacia, solo otros navegantes con botiquines de primeros auxilios igual de escuetos que el nuestro. Decidí rendirme ante el destino y ver si de pura casualidad una buena ducha de agua caliente seguida de unas Carlsberg rete-frías de barril me curarían.

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El 4 de septiembre zarpamos nuevamente y yo, incrédulo, me sentía como nuevo. Tal vez no era dengue ni porcina, sino el efecto de la abstinencia, el delirium tremens, o quizás todo fue psicológico, asociado al cansancio y hartazgo acumulado, o al temor de estar tan cerca del destino pero a la vez tan lejos, o a la preocupación de no saber qué hacer ahora que la odisea concluyera. Lo cierto es que mi semana en el infierno fue un recordatorio de que la salud es invaluable, es primordial, es aquello sin lo cual todo lo demás es irrelevante.

Entonces, ¡brindemos por la salud! Y con tanta ocasión para brindar, también brindemos por dinero, vacaciones chingonas, mucho sexo, buenas pedas y todo lo que se les ocurra. Y quienes gocen de salud, ¡sáquenle jugo! Anitya.

Before naming your boat, ask yourself these 5 questions

It’s not easy to name a boat. Much thought goes into it, akin to naming a child. In this scene of The Simpsons, you can get an idea of the process, but I have yet to come across a similar source of inspiration for naming a boat and so, can only share my thought process with you.

Superstition and tradition aside, one should consider the following five questions:

  1. Where will you be sailing?

If you don’t plan on going abroad you can almost chose any word in your dictionary, country map or yellow pages, provided you consider the questions below. However, if your intention is to sail beyond your maritime boundaries, be considerate of differences in languages, accents and possibly offensive or ridiculous names. A fail that comes to mind is Mamada, which in Mexico refers to oral sex or an absurd statement. This vessel was recently anchored in Labuan Bajo, Indonesia, so not at risk of being bullied by Mexicans for the time being.

2. Is it easy to understand when pronounced on the radio?

VHF radio is still the primary means of communication at sea. It is used between vessels in proximity of each other, by the harbour master, navy, coast guard and other authorities, by marinas and even ship chandlers and shore-side restaurants. Anyone who has ever used a walkie-talkie (which, by the way, the French, who don’t like to corrupt their language with anglicisms, refer to as talkie-walkie) or simply seen a movie or show where police communicate with radios, knows that the clarity of speech is highly degraded.

For VHF to be audible, it is necessary for the antennas of the transmitter and receiver to be in sight of one another. As such, vessels place them atop of their masts and coast guard stations, on hills or buildings. Distance, quality, age and power (watts) of the radio will play an important role on clarity. Therefore, avoid choosing a name which is only audible in your own language or is comprised of numerous words. You will lose valuable time and possibly the receiver’s patience if you have to pronounce your vessel’s name several times before he or she finally gets it.

In the Sea of Cortez, I came across a yacht called Taw & Torridge. Aside from being a name more appropriate for a law firm, imagine a non-Brit trying to understand this over the VHF. The owner of this yacht is a really nice guy and I mean no disrespect by using this name as an example.

3. How long does it take to spell it out?

Though VHF is pretty easy to use, the frequencies available for communication are limited and it is important that users avoid having long conversations over the radio, in particular over channel 16, which is the international emergency and maritime safety frequency. Long and complicated names not only add unnecessarily to the duration of a broadcast, but also pose a safety risk when they involve a vessel in distress. A receiver can request that a word not understood be spelled out using the phonetic alphabet. If you are not familiar with this alphabet or do not have it glued to your chart desk, it may be a while before you find it or you might end up inventing alternatives and having to spell those out too. But having a complicated name also has the potential to put those trying to assist you in a predicament. Imagine a scenario where your boat is taking water 100 nautical miles offshore and your only means of reaching the coast guard is by having one, two or three vessels relay your message to them. In such an instance, your creative impulses are now imposing the burden of mastering the phonetic alphabet onto others.

One of the coolest, cleverest names I’ve come across is Tequila Mockingbird, but I would hesitate giving my boat this name for the following reasons: Aside from combining two words, it uses all the vowels and eleven consonants. Phonetically, this is what it translates to:

Tango, Echo, Quebec, Uniform, India, Lima, Alfa, Mike, Oscar, Charlie, Kilo, India, November, Golf, Bravo, India, Romeo, Delta.

And you still haven’t gotten to stating the nature of your emergency, described your vessel or whether you intend to abandon ship or not.

4. Is the name very common?

There are names that keep popping up, whether in the Pacific, Atlantic, Mediterranean or elsewhere: Freedom, Destiny, Serenity, Carpe Diem, Compass Rose, Second Wind, etc. If you’ve been to more than one marina, you know which ones they are. It seems that in an effort to abide by the previous recommendations, imagination has been annihilated. There are two immediate risks associated with this apathy. The first is that in a distress situation, if a call sign, MMSI number or registration number, flag and/or description of the vessel has not been duly noted, authorities who only have a name to go by may end up looking for a vessel that is quite distinct to yours.

The second risk is that vessels have a tendency to accumulate debts in the ports and marinas they visit, either with port officials, crew, fuel suppliers, yard workers, etc. These debts follow the boat and not necessarily the owner. In legalese, we call them liens, and anyone considering to have a valid claim may ask a judge to issue an order for the arrest of such a ship on entering the harbour. With a common name, it may be just a matter of time before you get mixed up in something completely unrelated to you. While you may deem yourself honorable and innocent, depending on where you are, it could take plenty of time and money (legal fees, bribes, etc.) before you are allowed to continue on your marry way.

5. Does the name mean anything to you?

Can you imagine Pink Floyd as Screaming Abdabs, Depeche Mode as Composition of Sound, Led Zeppelin as The New Yardbirds or Nirvana as Fecal Matter? Like rock bands, you will probably be asked more than a couple of times where the name of the boat comes from or what it means, so it would be wise to have an idea, even if not an eloquent answer. As in their case, you are certainly entitled to repent and change the name, but this may entail both paper and paint work, money, or simply be so cumbersome that you abandon the idea altogether.

I decided to name my first boat Balian, after a quiet, friendly beach in Bali where I spent a month assimilating the death of my best friend, Alejandro Furlong, a.k.a. Sacha Mandinga, who died of a brain tumor just two weeks after catching his last wave in Lombok. In Balinese, Balian also refers to a healer or shaman.

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Recent study shows Komodo Dragon prefers fried rice over live prey

According to UNESCO, the Komodo National Park is home to approximately 5,700 Komodo Dragons, so-named because of their intimidating looks and aggressive behavior. The Komodo is currently the largest lizard on the planet, weighing up to 70kg (150lb) and averaging a length of 2 to 3 metres (or up to 10 medium-sized feet).

A survey conducted by scientists interested in Darwin’s blasphemous theory of evolution showed that these fearsome lizards now prefer the local staple, Nasi Goreng, over the many deer, monkeys, rats and buffalo who share its habitat. Most of today’s dragons live in the vicinity of the numerous canteens the park rangers have set up on the islands of Rinca and Komodo. There they are fed, like millions of Indonesians, fried rice for breakfast, lunch and dinner. Komodos spend the hours between meals lying flat on their bellies, occasionally smiling when photographed by the many tourists that interrupt their digestive process every day.

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As in the case of Luis Suarez, Uruguay’s most famous vampire, the Komodo Dragon was for-long judged severely on account of the bacteria in its mouth, capable of mortally infecting its victim within days of an attack. Today, however, (like Suarez in Barcelona) it peacefully coexists with the park rangers and tourists, making a live Komodo as docile as a dead one. According to local rangers, it will at best get up from its place of slumber after months of starvation, which occurs prior to the arrival of a National Geographic team or Sir David Attenborough.

Still, one ranger added, with blue screens, green screens and digital animation, this rarely ever happens anymore, as one action-filled documentary footage is recycled over and over by different producers, often simply flipping the images to fool the viewers into believing they are seeing never-before-seen footage. Scientists have therefore concluded that while the lizards are unlikely to grow in length, like Mexicans, they will probably evolve into more obese beings.

Lastly, the survey also showed that when given the option between Mie Goreng -fried noodles- and Nasi Goreng, the dragons were more inclined to go for the rice dish, and that a fried egg on top went a long way into getting them to look happier in selfies.

Many thanks to AJ Rush for allowing me to use her very good pictures for this post.