¡Salud! (Cont.)

Resulta que en México, hacerse la prueba del dengue es más complicado de lo que uno podría imaginar. Hay varios tipos de exámenes y uno tiene que saber cuál quiere. Además, cada una de las opciones esta carísima y no cualquier laboratorio las hace. Para un procrastinador nato, el resultado es que la prueba quedó para después y que nuevamente estoy navegando en la incertidumbre. La sensación, sin embargo, sigue muy presente, y desde aquel episodio malévolo en el estrecho de Malaca no había logrado recordar con precisión cuando había sido la última vez que me sentí así de gacho.

Hoy, de golpe, mientras me preparaba para borrar un par de pendientes de una lista abrumadora de talachas, lo recordé con suma claridad, y la historia, como muchas de las mías, es larga y preferí dedicar mi tarde a narrarla que retomar mi responsabilidad de capitán.

La historia se remonta a mayo de 2015 en Batu Karas, un pueblo en la costa suroeste de Java, donde una ola larga y dócil atrae a surfers de todo el mundo, pero sobre todo de Australia, para practicar tabla hawaiana y disfrutar de la tranquilidad y amabilidad de sus habitantes; similar al Puerto Escondido de hace más de 20 años. Es una verdadera putiza llegar; sólo comparable, en mi mente salada de hoy, con la que implica navegar en invierno hasta Puerto Refugio en la isla Ángel de la Guarda o de Raja Ampat a Ambon en verano -historias que espero algún día encuentren su espacio en este blog. Sé que estas comparaciones de nada sirven al lector, así que trataré de resumirlas: ambas implican navegar contra vientos y corrientes muy fuertes, la primera incluso contra olas altas y de frecuencia muy corta; implican esfuerzos físicos importantes e invaden la mente de dudas sobre su factibilidad. La tentación de dar vuelta en U siempre está presente y la tensión entre los tripulantes/compañeros de viaje se puede cortar con sierra. El grado de satisfacción al lograrlo es proporcional al sufrimiento, como para quien ha llegado a la cima de una montaña, conseguido hacer sus compras de navidad justo antes de Noche Buena o concluido los trámites de titulación en la UNAM.

Volviendo a Batu Karas, por alrededor de 10 dólares la noche, Furlong y yo compartíamos un colchón matrimonial en el suelo de una pequeña recamara, que además contaba con un kamar mandi: WC de un hueco en el suelo, un barril lleno de agua y una jícara. La recamara había sido construida arriba del warung de Rini, nuestra linda anfitriona, y de otros kamar mandi, justo frente a una diminuta caleta. No tenía ventanas, pero a la altura del techo estaba completamente abierta y eso permitía que fluyera el aire y que los moscos entraran y salieran a placer. En la recamara de alado vivía plácidamente Lourenco, un loquito portugués que conocimos en Yakarta y con el que estábamos viajando en esta primera etapa.

 

A los seis días de llegar, ya nos sentíamos cómo locales. Los batukarenses nos llamaban por nuestros nombres, incluso en pueblos vecinos; todos los días tomábamos clases de indonesio, nunca con el mismo profesor y siempre dudando si efectivamente era indonesio o más bien sudanés lo que nos enseñaban; clases basadas en conversaciones sobre fútbol, box, lucha libre o telenovelas mexicanas. Nos acostumbramos al llamado a rezar de las cinco de la mañana y a ver como inmediatamente después la playa se llenaba de feligreses vestidos de pies a cabeza, que así mismo se metían a nadar justo en el camino de los surfers de las primeras olas del día. Furlong acostumbraba despertarse a esta hora, disque pa’ surfear, pero, como en México, requería de al menos dos cafés y varios cigarros antes de decidirse a hacer cualquier cosa. Por fin a las siete u ocho se echaba un par de olas, mientras que yo me quedaba en el cuarto echando la hueva hasta las nueve.

Batu Karas pareció un excelente punto de partida para nuestro viaje por Indonesia.

Aprendí a pararme en una tabla de surf, a contar y saludar en indonesio, hicimos muchos amigos, desarrollé los muslos cagando de aguilita, me acostumbre a la ducha a jicarazos, me di una primera empapada con la cultura musulmana y sus hábitos de natación que yo juraba exclusivos de Caleta y Caletilla, recibí una introducción a lo mamones que pueden ser los surfers australianos, que no toleran ver principiantes en el agua pero viajan miles de kilómetros en busca de la ola más fácil de Indonesia, pero también conocí a aquellos que viven para disfrutar de la vida, para compartir su conocimiento y emociones, que reciben con brazos abiertos a extraños y conocidos y que se desvían para ayudar. También me acostumbré a que me dijeran bule (gringo, güero, farang…) y a que extraños se quieran tomar fotos conmigo, a que no haya internet y, claro, a tener que cagar de aguilita y bañarme a jicarazos. Tristemente, también me empecé a acostumbrar a ver basura por todos lados y, lo más extraño, a gatos sin cola o con doble cola, aspecto que lucen desde que nacen, no por mutilación.

Por más acogedor, necesitábamos planear nuestra huida de Batu Karas, tanto porque nos esperaba una boda en Bali como otras 13,000 islas que conocer. Pero la madriza que implicó llegar (taxi, tren, moto, lancha, panga, peseros, triciclos y pickup) nos impedía decidir sobre cómo salir y hacia dónde dirigirnos. Las principales opciones implicaban combinaciones de moto-bus-tren-moto o moto-avión-avión-moto o minibús-tren-moto, todas estas de varios días de tortura. Pasábamos nuestros días combinando el surf con el procrastineo frente a la Lonely Planet, o al internet bien lento de nuestro primer smartphone, o en un cibercafé sin internet o en una agencia de viajes que poco sabía de viajes.

Por fin compramos unos pasajes de tren a Surabaya. No era lo que teníamos en mente cuando llegamos a la agencia. Íbamos a comprar unos boletos a Yakarta, para que la combinación de transporte se limitara a moto, avión y taxi, con el beneficio agregado del aire acondicionado, WIFI, alberquita y buena compañía que teníamos allá. De alguna manera, en la agencia nos dieron a entender que para Yakarta, todo estaba agotado. Fue gracias a mapas colgados en las paredes que logramos improvisar, en menos de una hora, la alternativa que ahora nos llevaría a la segunda ciudad más grande de Indonesia, puerto importante y punto de salida hacia varios lugares, como la isla de Madura, los pueblos de Malang y Probolingo (de donde salen los tours al volcán Bromo) y, de perdida, los ferris y camiones a Bali. Esta alternativa implicaba tomar una minivan a las 7am, trasbordar a un guajolotren a las 10am, para llegar al Lázaro Cárdenas indonesio a las 930pm. Sería un día largo, sobre todo porque la codera nos llevó a comprar boletos para la categoría más jodida disponible. Aunque me había encantado Batu Karas, donde me sentía en casa y hasta consideraba posible quedarme a vivir para siempre, ansiaba seguir explorando Indonesia. A Bali íbamos por una boda pero más allá de eso no me atraía mucho como destino. Me la imaginaba repleta de aquellos surfers soberbios o del equivalente australiano de spring breakers. Me emocionaba más pensar en lo que le seguiría, pues aunque apenas estábamos empezando nuestra odisea, Indonesia ya nos había enamorado y era claro que pasaríamos muchos meses aquí, buscando recorrer el mayor número de islas habitadas del archipiélago más grande del mundo.

Después del paseo minibús, en el que dormí casi todo el camino aún con los acelerones, enfrenones y claxonazos del chófer, llegamos a Sidareja, donde abordaríamos la categoría más pinche de la de por si pinche Ekonomi Klas. Cómo llegamos un poco temprano, nos fuimos a dar un paseo y ver si conseguíamos algo que desayunar. Nos entretuvieron unos viejitos que, a señas, querían saber de dónde veníamos. Al responder «México», todos juntos, como si lo hubieran ensayado, fruncieron las cejas e imitaron los disparos de ametralladoras. Así la imagen de México en este culo del mundo.

Desde el primer minuto a bordo, el viaje fue un infierno. Hacia un chingo de calor, no cabíamos en los asientos de plástico macizo, la ruca de enfrente llevaba su maleta en el pequeño espacio diseñado para intercalar los pies, el vagón iba repleto, incluso con gente instalada en los pasillos y a mí me estaba pegando una fiebre que sólo me hacía pensar en malaria o dengue. A las dos horas de partir, me levanté para recorrer el tren, con la esperanza de encontrar algo de aire fresco, el vagón restauran, un mejor lugar o simplemente estirar las piernas. A diferencia de los trenes rusos, aquí no había vagón restauran ni espacios donde uno pudiera asomarse por la ventana a respirar. Donde había ventanas abiertas, había un aperre de cabrones fumando clavo. No había ni un lugar libre en todo el tren, aunque si había vagones con aire acondicionado o sillones acolchonados. Nada se antojaba más que bajarse del tren, sin importar donde fuera. Faltaban 9 horas para llegar a Surabaya y yo me sentía cada minuto más débil y hasta con ganas de llorar, recordando los miles de minutos que faltaban.

Una hora antes de que el tren pasara por Yogyakarta empecé a delirar que todo el viaje era un error; que quien era yo para pensar que podía viajar a lo rudo por 6 meses, habiéndome vuelto un abogado marrano, fan del confort y la buena comida; deseaba irme a casa, echar un FIFA entre amigos en la comodidad de mi sala; dormir solo en mi cama matrimonial con edredón de plumas, cagar sentado, etc. Maldecía los kamar mandi, que ahora veía como cunas de mosquitos enfermos, y ese colchón en el suelo que seguro había permitido que más de una araña me envenenara. Con apenas dos semanas en el país, ya estaba hasta la madre del nasi goreng (arroz frito) y su aún más pinche primo, el mie goreng (fideo maruchan frito).

Faltaban ahora 50 minutos para llegar a Yogya y, temiendo un batazo, me atreví a sugerirle a Furlong que nos bajáramos ahí en lugar de seguir hasta Surabaya. No veía posible sobrevivir el viaje, al que aún le faltaban 8 horas. Pasaron otros 20 minutos y ya no sentía mis pies, me dolían las rodillas y deseaba que me amputaran las nalgas. Me temblaban los cachetes y sentía un terrible nudo en la garganta. Volví a tocar el tema de bajarnos. Furlong no se oponía, pero tampoco decía mucho. Parecía estar de acuerdo pero sin querer aceptarlo. Cuando quedaban 25 minutos para llegar a Yogya empecé a creer que no llegaría, que me moriría poco antes de llegar. La estaba pasando mil veces peor que en una clase de Derecho Administrativo o que los últimos 25 minutos de un lunes de cruda en la oficina; casi tan mal como si me hubieran atado a ver el Teletón. De súbito caí noqueado y dormí los 20 minutos que le tomó al tren atravesar los suburbios de Yogya y entrar a la estación. Al llegar, Furlong me despertó para confirmar si aún me quería bajar. Asentí y salimos por patas de esa caldera ferroviaria.

Nuestra estancia en Yogyakarta fue extraña. Después de un paseo por la calle Marlboro y una cenita carísima en Pizza Hut, me acabó por tumbar la porcina y no salí de la cama por 20 horas, pasando calores y heladas, empapando las sabanas de sudor y luego sufriendo el frio que su humedad provocaba. Me dolía la cabeza pero peor que eso, todas las articulaciones. Era como tener acalambrado todo el cuerpo. Temía que fuera algo que me obligara a volver a casa, porque a pesar de mi berrinchito en el tren, en mi delirio febril confirmé que no quería volver a casa, que no quería dejar de viajar, dejar de aprovechar la libertad que acaba de readquirir y que esperaba me ayudara a encontrar el camino a una vida más saludable, satisfactoria. Tenía claro que no volvería a viajar en Ekonomi y que procuraría encontrar habitaciones un poco más alejadas de los kamar mandi, tal vez hasta con mosquiteros; era importante seguir adelante.

En Yogya, aparte de dormir, aprovechamos el WIFI y la electricidad para ponernos al día con el mundo, armar este blog (que 5 años después sigue vivo) y planear nuestra ida a Bali. No compramos Batik ni fuimos a Borobodur. Aunque después de esa súper siesta me reincorporé como nuevo, por temor a recaer preferí ver Bromo desde el avión y dirigirme lo más rápido posible hacia una playa con «western food»: Canggu.

¡Salud!

De pequeño me parecía aburrido que los adultos se desearan buena salud en los cumpleaños o festejos de fin de año. Pensaba: ¡Qué hueva! ¿Por qué no se desean dinero o unas vacaciones bien chingonas? Ya más grandesito, me decía ¿por qué no se desean un chingo de sexo, buenas pedas y también dinero y vacaciones chingonas. ¡Wacala con su deseo de «mucha salud para ti y tu familia».

Al cumplir 38 este año, celebré con una cena tranquila y una peliculita, yéndome a dormir bastante temprano. Al día siguiente iba a bucear y quería estar al 100% para disfrutar al máximo del paseo en lancha y de las tres horas que pasaría bajo el agua.

DCIM104GOPROGOPR7035.Fue algo muy raro para mi: los veinte festejos cumpleañeros que lo precedieron siempre incluyeron cantidades irresponsables de alcohol y desde el número 30, unas crudas lamentables y duraderas. En esos veinte años, entre festejos propios y ajenos, comidas con amigos o familia, tardes de calor o de frío, partidos de fútbol o juegos de póker, noches de FIFA o de MarioKart, habré brindado unas cien mil veces, la mayoría usando la sencilla exclamación «¡salud!» o sus equivalentes en otros idiomas, la minoría con discursos o expresiones más largas, cómo es costumbre en Rusia, por ejemplo. Cien mil veces repetí esta palabra sin nunca darle una importancia sincera a su significado; algo así como cuando le preguntamos a alguien «¿qué tal?» sin dar tiempo para responder o valiéndonos totalmente madres la respuesta.

«¡Salud!» Se dice fácil y repite muchas veces en una noche de copas, provocando con frecuencia un estado contrario a lo que la expresión desea.

En los últimos años mi relación con la expresión ha cambiado. Ahora soy ese adulto que tanta hueva me provocaba de chamaco y no lo puedo evitar. Por un lado, en los últimos años he visto a amigos y familiares sufrir en hospitales o hasta morir por falta de salud. He visto que el dinero ayuda para obtener la atención médica necesaria, pero que no siempre es suficiente. Más que distracción, aprendizaje u entretenimiento, ahora veo unas buenas vacaciones como oportunidad inigualable para recuperar la salud pérdida detrás de un escritorio o una rutina llena de estrés.

En las últimas dos semanas he pensado mucho en esta palabra, en los deseos de buena salud, en su uso cuando alguien estornuda, y es que a bordo de un velero sin piloto automático, hay poco que uno pueda hacer a parte de ver la brújula y meditar.

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Amanecer en Sumbawa, con el Volcán Rinjani en el fondo.

El 27 de agosto a las 1700, luego de un día de carreras bajo el sol y la lluvia para cargar combustible, agua, cervezas, despedirnos de Aduanas, Migración y del Capitán de Puerto, levamos el ancla en el Puerto de Tanjung Pandan, Isla de Belitung, Indonesia, con destino a Phuket,Tailandia. El último jalón.

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Atardecer dejando Tanjung Pandan. El río lleno de basura después de un aguacero.

El día siguiente estuvo en su mayoría nublado, pero durante una hora sufrimos un aguacero en el que, muy a pesar de mi chamarra super pedera de marinero profesional, acabé empapado y helado. Habiendo librado la tormenta, dejé el timón por unos instantes para ponerme un suéter grueso y seco y aún así tardé media hora en dejar de temblar.

Llegada la noche, sentí un ligero dolor de cabeza, como aquel que acompaña una resaca fresona. A las 12am comenzó mi turno de tres horas al timón y me rendí a tomar una aspirina. Me hizo lo que el viento a Juárez. Al despertar la mañana siguiente, tomé otra y nada. Por la tarde, con un dolor de cabeza cada vez más intenso y ahora acompañado por una debilidad generalizada y un dolor en todas las articulaciones, mis compañeros tripulantes sugirieron que me metiera dos. Funcionó. Por seis u ocho horas me sentí casi normal, sólo carente de fuerza para ayudar izando o bajando velas. Cuando la anestesia de las aspirinas pasaba, tomaba otras dos, y así me la llevé hasta el 3 de septiembre, día en el que pisamos tierra para recargar combustible, agua y cervezas.

Fueron casi 150 horas de agonía, de pensar en dengue, porcina y malaria, de recordar lo efímera  que puede ser la salud, de hacer las paces con un velero al que tantas cosas se le habían roto y descompuesto, de arrepentirme de haber anclado en un pinche pantano y cenado en un restauran dónde abundaban los mosquitos,  de pensar que con salud, nada es imposible y que sin ella, todo es difícil. Me iba a dormir temblando de frío y despertaba poco después empapado en sudor. Era imposible encontrar una posición cómoda en mi camarote y muchas veces dormía sentado o con las piernas estiradas y los pies haciendo presión contra el techo. Durante el día pasaba mucho tiempo al timón, era lo único en lo que podía apoyar. Cocinar, ajustar velas, lidiar con los motores e incluso las líneas de pesca (que solían ser una responsabilidad que asumía con gusto y entusiasmo) implicaban esfuerzos que no era capaz de hacer.

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Así se veía el pantano en Tanjung Pandan con marea baja. Cómo es catamaran, mientras el fondo sea de lodo, no hay bronca si lo tocas o incluso te posas sobre el.

El 30 de agosto sacamos un pecesote y por la mera emoción hice el esfuerzo de limpiarlo y convertir la mitad en ceviche. La otra mitad se fue a la parrilla. Temía no tener apetito suficiente para disfrutarlo. Esa noche, a pesar de la ocasión especial, renuncié a mi derecho a una segunda cerveza y me fui a dormir inmediatamente después de cenar. A esto se sumaba una angustia psicológica: estábamos a punto de entrar al estrecho de Malaca, el más transitado del mundo, y habiendo llegado al hemisferio norte, esperábamos encontrarnos con una buena tormenta al día. Compartí mis síntomas con una amiga en el otro lado del mundo y entre ella y sus googleadas calmaron mis peores temores. También aclaró que paracetamol, que era lo que llevaba días tomando, no era lo mismo que aspirina, y que no corría riesgo de sobredosis.

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La madrugada del 31, luego de una noche terrible y un amanecer espectacular, entramos al estrecho de Malaca. Fueron cuatro días de riesgos de colisión con barcazas, buques y barcos de pesca, poco sueño, vientos leves, mucho calor, nada en los anzuelos, en un laberinto de redes de pesca.

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El 3 de septiembre, con a penas 20 litros de gasolina restantes y unos cuarenta de agua, nos desviamos de la ruta para hacer una escala de emergencia. Yo aprovecharía, además, para visitar a un doctor. Pero en el puerto al que llegamos no había doctor ni farmacia, solo otros navegantes con botiquines de primeros auxilios igual de escuetos que el nuestro. Decidí rendirme ante el destino y ver si de pura casualidad una buena ducha de agua caliente seguida de unas Carlsberg rete-frías de barril me curarían.

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El 4 de septiembre zarpamos nuevamente y yo, incrédulo, me sentía como nuevo. Tal vez no era dengue ni porcina, sino el efecto de la abstinencia, el delirium tremens, o quizás todo fue psicológico, asociado al cansancio y hartazgo acumulado, o al temor de estar tan cerca del destino pero a la vez tan lejos, o a la preocupación de no saber qué hacer ahora que la odisea concluyera. Lo cierto es que mi semana en el infierno fue un recordatorio de que la salud es invaluable, es primordial, es aquello sin lo cual todo lo demás es irrelevante.

Entonces, ¡brindemos por la salud! Y con tanta ocasión para brindar, también brindemos por dinero, vacaciones chingonas, mucho sexo, buenas pedas y todo lo que se les ocurra. Y quienes gocen de salud, ¡sáquenle jugo! Anitya.

Recent study shows Komodo Dragon prefers fried rice over live prey

According to UNESCO, the Komodo National Park is home to approximately 5,700 Komodo Dragons, so-named because of their intimidating looks and aggressive behavior. The Komodo is currently the largest lizard on the planet, weighing up to 70kg (150lb) and averaging a length of 2 to 3 metres (or up to 10 medium-sized feet).

A survey conducted by scientists interested in Darwin’s blasphemous theory of evolution showed that these fearsome lizards now prefer the local staple, Nasi Goreng, over the many deer, monkeys, rats and buffalo who share its habitat. Most of today’s dragons live in the vicinity of the numerous canteens the park rangers have set up on the islands of Rinca and Komodo. There they are fed, like millions of Indonesians, fried rice for breakfast, lunch and dinner. Komodos spend the hours between meals lying flat on their bellies, occasionally smiling when photographed by the many tourists that interrupt their digestive process every day.

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As in the case of Luis Suarez, Uruguay’s most famous vampire, the Komodo Dragon was for-long judged severely on account of the bacteria in its mouth, capable of mortally infecting its victim within days of an attack. Today, however, (like Suarez in Barcelona) it peacefully coexists with the park rangers and tourists, making a live Komodo as docile as a dead one. According to local rangers, it will at best get up from its place of slumber after months of starvation, which occurs prior to the arrival of a National Geographic team or Sir David Attenborough.

Still, one ranger added, with blue screens, green screens and digital animation, this rarely ever happens anymore, as one action-filled documentary footage is recycled over and over by different producers, often simply flipping the images to fool the viewers into believing they are seeing never-before-seen footage. Scientists have therefore concluded that while the lizards are unlikely to grow in length, like Mexicans, they will probably evolve into more obese beings.

Lastly, the survey also showed that when given the option between Mie Goreng -fried noodles- and Nasi Goreng, the dragons were more inclined to go for the rice dish, and that a fried egg on top went a long way into getting them to look happier in selfies.

Many thanks to AJ Rush for allowing me to use her very good pictures for this post.

¡Embaucado por Mercator!

¡Ese Mercator! Por su culpa estoy en el culo del mundo y no veo pa’ cuando salga de aquí. El cabrón, aprovechándose de mi ingenuidad, me hizo creer que llevar un velero de Papúa Occidental, en el extremo este de Indonesia, a Phuket, en el suroeste de Tailandia, sería un viaje relativamente corto.

Hay quienes culpan a Mercator de la desgracia de millones y la opulencia de algunos, y sobre esto hay un chingo de material en internet, ideal para esos días en que no sabes qué basura escoger en Netflix. Yo me limitaré a tratar de explicar por qué lo culpo de mi jodida situación, empezando con un poco de historia y ciencia.

A mediados del siglo XVI, Gerardus Mercator, un cartógrafo ilustre de Flandes, obsequió a su hijo Romualdo un balón de Krachtbal con el globo terraqueo impreso en el. Buscaba, por un lado, inspirarlo a hacer un poco de deporte para bajar los Neuzekes que, veía, iban cobrando residencia permanente en su barriga y, por el otro, darle una manera fácil y divertida de aprender los países y las capitales del mundo. Procrastinador nato, no fue hasta el día del cumpleaños de Romualdo que Mercator se puso a pintar el balón y, con las Mañanitas ya entonadas en el cuarto de junto, de volada lo envolvió en una de las hojas cuadriculadas que solía ocupar para trazar mapas. Al recibir el esférico regalo, Romualdo se mostró emocionado y contento, pues sabía que por primera vez no recibiría calcetines. Desenvolvió el balón con mucho cuidado y entregó el papel a su madre, quien meses después lo uso para revestir una botella de Crabbelaer edición especial y regalársela a su marido.

Ocupado con piratear unos mapas chinos, el ingrato Lalo desempacó y bebió la cerveza en la soledad de su despacho. Cuando el alcohol ya lo tenía algo apendejado, no habiendo feis ni Youtube, se puso a contemplar la envoltura de su regalo. Notó que el mundo, aunque medio deforme, estaba marcado en el y que había traspasado un objeto tridimensional a un plano en dos dimensiones. Orgulloso de su genio, festejó con otra(s) cerveza(s) que conservaba debajo del escritorio y se sentó en el suelo a jugar con pelotas y papel hasta perfeccionar la técnica. Bárbara, su esposa, lo encontró al día siguiente tirado en el suelo, en bolas, con algo de vómito en el pelo y decidió dejarlo ahí. No obstante, Mercator pasó a la historia como uno de los cartógrafos más importantes y su técnica es la que hoy me tiene algo encabronado.

En su peda, Mercator llegó a «cuadricular» un globo terráqueo, con rebanadas yendo de un polo a otro y otras líneas paralelas a la que hoy conocemos como el ecuador. Partió el globo a la mitad y colocó una vela en su interior. Luego envolvió esa mitad en una hoja en blanco y vio como se proyectaba el mundo y las líneas en el papel. Se quedó pendejo viendo la imagen hasta que se le acabaron las chelas y cayó dormido. Tardó dos días en deshacerse de la cruda y retomar el proyecto, ahora haciendo cálculos que le permitieran reproducir matemáticamente el efecto de la luz sobre el papel y así lograr, por un lado, evitar incendiar su casa y, por el otro, una representación que suponía más precisa del orbe.

Aqui como lo presenta la Enciclopedia Británica:

Mercator Projection

A estas alturas probablemente estés considerando ver si te llegó un meme cagado por whats o darle otra pasada al feis, así que iré al grano. Como lo muestra la imagen, la proyección de Mercator distorsiona los tamaños conforme uno se aleja del ecuador. Los continentes cercanos a los polos cobran dimensiones mucho mayores a las reales y, de la misma forma, las distancias entre estos se amplifican.

El año pasado fui de Alaska a Kamchatka en un velero y la distancia en un mapa de esta proyección parece enorme, mucho más grande que la de Papúa a Phuket. Sin embargo, es casi la mitad. Habiendo logrado cruzar el Mar de Bering bastante rápido, pensé que este viajecito tropical sería más corto, además de más fácil. La culpa la tiene entonces Mercator, por diseñar mapas con tantas falacias y orillarme a aceptar la responsabilidad de llevar un velero más de 4,600 kilómetros.

Si bien fue la distorsión en distancias la que me embaucó, el problema ahora es que el barco resultó ser una chatarra y su dueño, aún más ingenuo que yo.

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Estamos a punto de cumplir seis semanas a bordo y sólo hemos recorrido una tercera parte. Los motores no funcionan, las velas se deshilan con cualquier ráfaga y los dos cascos del barco se mantienen unidos por un mecate de tendedero. Para colmo, somos pesimos pescadores. La tensión a bordo ha llegado al grado que ayer renunció uno de nuestros tripulantes y el dueño voló a su casa para que lo apapacharan, abandonando su barco y a su capitán hasta nuevo aviso.

Así las cosas ¡pinche Mercator! Y la Tierra no es redonda ni esférica. Es una roca amorfa, producto de miles de millones de años de crecimiento y madrazos. ¡Otra razón por la que tu técnica apesta!

Down the corporate ladder and up the yard ladder

Three years ago I was on the beautiful island of Rote, Indonesia, with my mate Furlong, a.k.a. Sasha Mandinga, discussing with some Aussie surfers the feasibility of flying to Australia to learn how to sail and get jobs as deckhands. We had been enjoying touring across Indonesia on our motorbikes but realized that such an archipelago could only really be conquered by boat (if at all possible, considering its 17,000 or so islands).

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Not long thereafter, Furlong died and I was left to decide whether I should go back to the office life I had known for almost ten years and found unfulfilling or actually try to learn to sail and pursue the idea of cruising. Clarity (and courage) came during a Vipassana meditation retreat in Bali and, determined, I quickly found an opportunity to enslave myself at a sailing school in Phuket, Thailand. During my first year there I worked in exchange for experience and qualifications, became a yachting instructor and participated in a couple of regattas.

Picture from MBS / Cape Panwa Hotel Phuket Raceweek 2017

Tight rounding of the leward mark. Our team is flying the yellow spinnaker. Photo taken from SEA Yachting Magazine

Life in Phuket was awesome and the sailing, great, so I decided to stick around for another year, this time paid just enough to cover my rent, some beers and Thai lessons. Within that second year I was invited to help Captain Norm take his 49ft Bruce Roberts across the Indian Ocean, an experience that only confirmed I had been right in staying away from the suits and ties, for, as Yann Martel’s Piscine Molitor so rightly puts it, «I [had] nothing to say of my working life, except that a tie is a noose, and inverted though it is, it will hang a man nonetheless if he’s not careful.»

As I was reaching the end of my second year in Thailand I felt I was living the life of a retired expat, lacking in mental and physical challenges, spending too much time and money at the Ship Inn, the local pub, and decided to look for another crewing opportunity, hoping for a paid one. This time, Captain Craig distracted my search with a crazy proposal: to sail east from Sand Point, Alaska, along the Aleutian chain, in freezing temperatures and against the prevailing winds, to Russia’s westernmost frontier, Kamchatka, and then south following the Kurils, to Hokkaido, Japan.

I had already seen his plan on a crewing website and didn’t even consider it. There was a Hallberg Rassy making its way to Phuket which would then head to Sri Lanka, the Maldives, Chagos and around the Cape of Good Hope. It was not a paid gig, but the fact that I had all the appropriate clothing (shorts and flipflops) and that a 15-minute ride to the marina would lead me half way around the world had an enormous appeal. For the Bering Sea, on the other hand, I would be subject to constant shit weather, have to spend heaps on gear and flights and go through the hassle of applying for a Russian visa. Had it not been for Craig’s email, I’d be snorkeling in some tropical paradise right now.

But Craig planted a seed. He mentioned he was looking for someone who spoke Russian and was keen on climbing volcanoes, which was enough for me to give his plan a closer look. It took about a month for me to make up my mind. In the meantime, I quit my job, the Hallberg Rassy arrived in Phuket, I had some beers with her very friendly Danish skipper and was very tempted to leave for Sri Lanka. But the seed was sprouting. I believe what decided it was the advice of my friends Ana and Jose, regulars at the above-mentioned pub. They put it very simply: there will always be another opportunity to sail to Sri Lanka and so on, but maybe never another to explore the Aleutian Islands.

So I called the crazy Kiwi, told him I was in and asked him what gear I needed. Aside from the obvious, he suggested I get some snow shoes (which he had to explain are not the same as snow boots), a gas mask, an immersion suit, avalanche kit and a sleeping bag appropriate for freezing temperatures; suggestions which only confirmed how insane the plan was. I then spent over a month shopping, packing, processing my visa, studying the weather and currents and making my way to Sand Point. At the same, as if I could juggle more crazyness, my friend Daniel, one of the owners of the beautiful Casa Blat Ha in Holbox, called me to say he knew of a good, cheap yacht for sale that I should buy. And so I did.

The journey from Alaska to Hokkaido proved indeed to be a once-in-a-lifetime experience, rich with adrenaline, challenges, surprises and lessons. In this blog I’ve shared some of these adrenaline-laden and challenging moments; I’ve written about the beautiful people we met every step of the way and have posted some crappy pictures of the amazing scenery and wildlife we were fortunate to encounter. Below are some taken by the more talented photographer, Craig, whose blog you can visit here.

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Concerning the lessons learned, Craig was a great Captain in that he delegated many maintenance tasks and repairs to me; lessons which now give me the confidence, if not necessarily the skills, to take on the challenge of restoring the S/V «Rossa», a 33ft Bayliner Buccaneer, to its former glory. Following three great weeks in Japan, I went back to Phuket, packed whatever stuff I had left and flew home to Mexico, where, after months of thinking about this 1979 fiberglass yacht, I finally found her in a boatyard in Puerto Chiapas, close to the border with Guatemala.

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I’ve been here for almost two weeks, at first just staring at her, not knowing where to begin, then gradually tackling what I could manage, like organizing the tools left on board and buying what I felt was missing, then examining and mending her sails, and now I’ve moved on to what I am clueless about: plumbing and preparing the hull for a new paint job. Rossa’s previous owners were awesome in handling most of the woodwork the inside needs and still advise me when I get stuck. Youtube and Google haven’t been the great aids I had hope for, so I’m mostly learning from my mistakes, specially when fooling around with epoxy. Don’t expect the coming posts to teach how to restore your own boat.

Here’s a bit of what I’ve done so far:

Yoga Barn, Lulu Lemon, Namaste

Sitting at the communal table of the Yoga Barn’s Garden Kafe, I order a ginger, lemon and honey hot pot as I take a look at my surroundings. The Yoga Barn is a beautiful space. Rustic but chic and as green as it gets. With high-end yoga facilities, perfect lighting, high ceilings and comfortable areas to chill and relax between classes, the barn offers a wide and open space set amidst terraced rice paddies and nestled in the bustling mountain village of lovely Ubud in Bali. As I keep looking around, I am stunned by the people – fucking beautiful people: perfect bodies everywhere wearing the most fashionable Lulu Lemon yogi outfits, perfectly tanned and simply gorgeous… Many tattoos all over the place: infinity signs, lotus flowers, Oms, Shanti, Shanti, Shanti… Lots of blondies with dreadlocks… and, the crystal healing necklace seems to be the barn’s uniform. I need to get one.

People from all over the world, true, but the diversity is somehow inhibited by the ruling class of the barn: top 1% without a doubt (they do offer “community free classes”… I don’t mean to overlook this initiative with my comment).

The Kafe Menu explains The Yoga Barn was one of the first veggie cafes in Ubud including “some non-veggie options for those who believe they need them”. Aouch!

As I am one of “those people”, I decide to order a chicken breast with potatoes. They offer only free-range chicken; happy chickens! So, as tables are shared, we all sit close to one another and it’s inevitable not to glance over my neighbors’ orders: kombucha, raw bowls, tofu in its different presentations, tempeh… I see no other happy chickens, uh-oh…

After a couple of minutes, the smiley waitress arrives with my order and says out loud, “one chicken breast with potatoes, pleaaaase!” … My neighbors look at her… and I say: “here” (a small, small here), my neighbors look at me. I feel as if my dealer has just delivered my cocaine order which I am receiving in front of many kinder garden kids… I look back at my beautiful neighbors and smile. It was a happy chicken!

My neighbors change, I finish the (delicious and happy) chicken and two girls sit next to me. I open my book, Dune, and I am ready to immerse myself in it but the conversation distracts me.

  • Are you doing The Dance tonight? – gorgeous girl #1
  • Of course I am, SO excited! – gorgeous girl #2

A stunning guy joins them and asks: “how are you girls?”

  • SO GOOD, what about you?
  • AWESOME! – gorgeous guy responds

I am quite surprised about how good people feel around here, note to self: maybe I should go vegan. Conversation continues:

  • Hey so, we are grabbing a bite, do you want to order something? – GG#2
  • Noooo, I only eat breakfast! Big smile on his face.
  • SO GOOD for you! – GG#1
  • I know, I feel wonderful. I have to get going but I’ll see you tonight riiiight?
  • HELL YEAH! – GG#1&2

They take their hands to their hearts and then to their mouths, they do a little bow and he leaves…

(…)

I take a vinyasa class that day, probably the best vinyasa class I have ever taken, and, when the class ends my neighbor smiles at me and asks me about my tattoo. I tell him about it and he smiles again. Mannnn he is good-looking!

  • Did they use vegan ink? – he asks

WTF. I try to analyze the question. Vegan ink means?
As he sees my startling eyes, he just says:

  • It’s ok if you don´t know, they probably didn’t. I mean if you are not into that…

“Not into that” seems to mean: “if you are more into the let’s-kill-everyone thing”.

After the class I decide to sit in one of the comfy puffs at the lobby and wait for my next class. You can hear everywhere “the dance”, “the dance”, “the dance”. Fuck it, I might as well just do the dance.

The Ecstatic Dance is a free form dance event that recognizes itself by being a “talk free space” and by featuring a live DJ and electronic dance music with little to no direction to how people should dance. The events are drug and alcohol-free and most important, it is a space of non-judgment where people come together to “share a movement experience”.

The barn issues the dance tickets 1.5 hours before the dance starts and people just get all crazy pushing each other to get one of the golden tickets. And yes, I pushed as well.

As I wait for the dance floor to open its doors, I sit in the lobby area having a detox energetic juice before the big event. I would prefer to have a few beers to be ready to loose myself to dance but let’s see what this beetroot drink can do.

People come to the lobby and yogi outfits are gone: beautiful dresses, necklaces, flowers, hippie pants, make up, “OMG, you look amazing!”.

I realize I am still wearing my sports bra and the same sweatshirt I’ve used all week… (…)

An older guy is wearing a “Vegan means Peace” t-shirt and as he walks into the lobby, he gets high-fives from people “al righty!”, “I hear you man!”

  • You vegan? – he asks a girl
  • Of course!
  • How long?
  • 14 months. How about you?
  • 11 years. – smile, hands to the heart, bow, he walks away

As the lobby gets more and more crowded, I put away my book and decide just to watch. The average height is 5.10” and damn, how pretty they all are!

A new conversation starts close-by.

  • Hey, did you invite HER? – cute guy asks a cute girl
  • No way, I didn’t.
  • I mean, she eats caviar, I can’t even…
  • I know, I don’t hang out with people who eat caviar.
  • So wrong!

(…)

  • Hey so, is George coming?
  • Noooo, he is water fasting and he is in his 6th day so he is at that stage where he can’t move.
  • Wow, I SO wanna do that.

(…)

19:20 the dance floor opens… Music starts… people begin to dance, music gets louder and a strong and shared woohoo explodes in the studio… No drugs, no alcohol and people are just dancing like there is no tomorrow. B-e-a-u-t-i-f-u-l people.

And so, as the music gets louder, I start to dance… cautiously… a few slow movements, and then a little more, and little more… and…

Fuck it! I close my eyes and I just lose it.

So there I am – quoting Hugh Grant – “dancing with my eyes closed and making a complete fool of myself”, sweating like a pig, jumping, moving and twisting every little part of my tiny 4.11” body and, I feel just AWESOME.

Namaste.