La Caída de un Titán. Parte III.

Hospital Kasih Ibu, Denpasar, Bali, Martes 8 de septiembre de 2015.

Es el día en que tiene que hacer el checkout del hospital y Sacha se ve muy cansado. Me dice que en la noche le dolió un poco la cabeza y que le dieron unas medicinas que, aunque le quitaron el dolor, lo tienen adormecido. Le pregunto a la enfermera si es normal. Dice que si, que solo hay que dejarlo descansar tantito.

Pasan las horas y sigue en la siesta. A las 13.30 le pido que se empiece a alistar, que se bañe, etc. Le digo que si está muy cansado siempre puede volar otro día. Se para y me dice que no hay bronca, que sólo está cansado pero que se siente bien y quiere tomar el avión. Yo lo entiendo. Lleva 5 días en el hospital y quiere irse a casa, a estar con su mamá y atacar el tema del tumor. Se mete a bañar. Se tarda mucho. Le pregunto si está bien, contesta que todo está bien. Me pide su ropa, se la paso. Se viste y cuando sale se sienta en una silla frente a la tv, a comer el pollo y arroz que trajeron mientras dormía. Insiste en que yo también coma un poco. Prefiero que el se llene, pero insiste y acepto darle unas mordidas al pollo y comer tantito arroz. Me dice que quiere rasurarse la mega barba y raparse. Le digo que ya no hay tiempo, que hay que hacer el checkout y empezar a movernos hacia el aeropuerto. Insiste. Le recuerdo las horas que siempre le toma raparse. Me dice que es algo que puede hacer rapidísimo, con los ojos vendados, que ya lo ha hecho mil veces. Insisto que no hay tiempo. Veo que se cansa de discutir. Dejamos el tema.

Le digo que se eche otro ratito en la cama mientras adelanto el checkout. Hago el checkout, traigo algunos papeles que debe firmar, incluyendo algunos vouchers del hospital. La enfermera me entrega una bolsita llena de pastillas y me explica para qué son y cada cuando las debe tomar. Todo viene claramente descrito en una receta, que también incluye en la bolsita. Decido que le explicaré todo a Sacha cuando ya estemos en el aeropuerto. Es hora de partir. Se ve muy cansado, pero dice que está bien, que dormirá riquísimo en el avión. Salimos despacio del cuarto. Esta muy cansado. Me recuerdo que la enfermera comentó que era una reacción normal ante las medicinas. Pasamos despacio frente a las enfermeras. Sacha se despide, aunque con un aire distraído y somnoliento, contrario a como suele despedirse del personal de los hoteles y restaurantes que visitamos. Tomamos el elevador. Le pregunto si está seguro de querer viajar. Está seguro. En la recepción pido un taxi. Sacha espera sentado en un sillón. Llega el taxi y nos subimos. Son las 3pm y hace mucho calor. Hay tráfico. Le digo que se puede echar una siesta en lo que llegamos al aeropuerto, pues estimo que estaremos un buen rato atorados. Se duerme. Ha pasado casi una hora cuando noto que nos estamos acercando al aeropuerto y lo despierto. Le pido que se vaya activando, que en unos minutos vamos a tener que bajarnos. Responde «OK». Le pregunto si se siente bien. Me dice que sí, que sólo esta cansado. Lo veo sacudiendo sus piernas. Le pregunto si no prefiere volar otro día. Me dice que no, que no me preocupe, que está bien.

Dos minutos después llegamos. El tiene los ojos cerrados. Le digo que es hora de bajarse, que ya llegamos. Balbucea algo que me da a entender que me escuchó y que se va a bajar. Agarro sus maletas y pago el taxi. Sacha no se baja. Abro su puerta y lo veo dormido. Lo trato de despertar y no se despierta. Decido que no puede viajar tan cansado, que se va a quedar dormido en la sala de espera y perder su avión. Que no tiene caso. Le pido al taxi que dé media vuelta y nos regrese al hospital. Le aviso a Sacha que me apena pero que vamos de regreso al hospital. Sigue dormido. Le ruego que no se enoje cuando se despierte, pero que tuve que tomar esa decisión, pues no le echó ganas. Espero que comprenda, que comprenda que puede volar otro día, que no me iba a sentir bien viéndolo partir tan cansado. Hay mucho tráfico. Sacha respira normal, profundamente, ocasionalmente ronca. Se deja caer sobre mi hombro. No lo rechazo. Dejo que descanse. Me duele verlo tan cansado. Me duele pensar en su tumor, pensar que puede seguir la misma suerte que mi hermano. Se ve incomodo sobre mi hombro. Le digo que se puede acostar sobre mis piernas. Me duele verlo tan cansado. Nunca he tenido un amigo dormido sobre mis piernas. No me molesta. Me da gusto y siento un poco de felicidad al poder hacer algo por el, aunque sea ayudarlo a descansar en lo que llegamos al hospital. Estoy tranquilo. Le llamo a Sara para pedirle que me ayude a cancelar su vuelo, a posponerlo. Me ayuda, lo hace. Volveremos a intentar en 3 días.

Llegamos al hospital. Lo trato de despertar. No quiere. Me recuerda a amigos borrachos cuando no cooperan para bajarse del coche. Le hablo fuerte, lo sacudo, no despierta. Con mucha calma, le pido al de seguridad que traiga una silla de ruedas y que me ayude, pues mi amigo esta bien jetón. Le digo «tidur besar«. Tidur es dormir y besar es grande; supongo que hace sentido. Entre los dos tratamos de sacarlo del taxi y subirlo a la silla. No despierta. El taxista nos ayuda, pero aun así nos cuesta mucho subirlo. Pesa muchísimo. No coopera nada. Ellos lo jalan de los brazos, yo empujo desde abajo. Por fin lo logramos. El de seguridad se lo lleva en lo que yo pago el taxi. Mientras cuento el dinero me doy cuenta que mi pantalón y guayabera están babeados. Me río, pinche Sacha me babeó. Al rato que despierte lo bulearé por esto. Saco sus cosas de la cajuela. Regresa el de seguridad. Me dice que dejó a Sacha en Urgencias. Camino hacia Urgencias pensando que no era necesario, que probablemente podíamos volver al cuarto que tenia en el cuarto piso, donde las enfermeras ya lo conocen, saben qué le gusta comer y donde la cortina ya esta quemada por un cigarro.

Llego a Urgencias. Sacha sigue hundido en la silla de ruedas, sentado como si estuviera bien borracho. Los doctores me miran, me preguntan qué tiene. Con toda tranquilidad, les contesto que está dormido, que se durmió camino al aeropuerto y que sólo está dormido. Me dicen que no está dormido. Me preguntan cuanto tiempo lleva así. Les digo que casi una hora. Me dicen que no está dormido. Me empiezo a dar cuenta que algo está mal. Empiezo a retroceder para darles espacio, para no estorbar, para salir de Urgencias. Con mi espalda abro la puerta, mientras les digo que estaré afuera si necesitan algo, si tienen dudas. Una enfermera le grita «¡Mister! ¡Mister!» y alcanzo a escuchar un par de cachetadas. Me siento en la sala de espera. No pasa ni un minuto. Me llaman. Me pongo de pie pensando ¿por qué me llamarán, si ni sirvo para detectar que mi amigo no está dormido? Alrededor de Sacha hay cinco doctores, todos más chaparros que yo. En Bali todos son chaparros y, curiosamente, los hombres son tan chaparros como las mujeres. No logran subirlo a la camilla. Pesa mucho. No colabora. Piden mi ayuda. Nos cuesta mucho, pero logramos subir a Sacha a la camilla. Regreso a la sala de espera. Mi lugar está a tres metros de la puerta de Urgencias. Pasan dos minutos. Me vuelven a llamar. Entro. Veo a un doctor, sudando, haciéndole RCP. Sé lo que le está haciendo, pues Sacha y yo tomamos un curso de primeros auxilios juntos, pero no entiendo por qué lo está haciendo, si mi amigo sólo está dormido. El doctor me reitera que no está dormido. Que sufrió un ataque bla bla bla. Le pregunto: «¿un infarto?» Me contesta: «algo como un infarto». Me dice que tiene que hacerle RCP, que si se lo autorizo. Le digo que sí. Regreso a mi lugar. Veo a una enfermera salir apurada de Urgencias. Minutos después sale otra. Vuelve una con un tanque. Vuelve la otra con un aparato misterioso. La escena se repite varias veces. Cada vez vuelven con un objeto distinto, siempre apuradas. Mi amigo no está dormido. Algo grave está pasando. No sé qué hacer. No sé qué pensar. No sé qué mirar. Mi amigo no está bien. Pero ¿está tan mal como para alarmar a su madre? Entre las manchas de baba se hacen manchas de lagrimas. Son las 5am en México. Me vuelven a llamar. Ahora esta desnudo sobre la camilla y veo que le están metiendo una sonda por el pene. Sigo en shock. No me da asco ver su pene, pero no entiendo por qué le están haciendo eso, ni pregunto. Me dice un doctor que mi amigo no está bien. Que no logran resucitarlo y que necesita intervenir un anestesiólogo. Que si autorizo el procedimiento. Autorizo el procedimiento. Regreso a mi lugar. Mi amigo no está bien. No sé qué hacer. Creo que es momento de avisar. Pero para qué avisar. Qué puede hacer alguien más. Que puede hacer alguien tan lejos. Sarita me pregunta si ya le avise a su madre. No. ¿Lo hago? No sabe. Son las 5am en México. Además, qué puedo decir. ¿Que mi amigo no está dormido? Decido comunicarme con su madre. No lo logro. Seguro está dormida. Le mando un mensaje pidiendo que me llame. Mando un mensaje a un grupo de amigos que hemos estado manteniendo informados de nuestro viaje. Les pido que recen, que manden buena vibra, que hagan lo que puedan para que Sacha despierte. Su mamá me llama. Le explico lo que sé. No sé nada, solo que no está bien. Sacha sale de urgencias sobre la camilla, lo llevan a otra sala. Sin hablar, sin pararme, paralizado, veo como se lo llevan. Un doctor me dice que le van a hacer unos escans, que si lo autorizo. Digo que sí. Pasan 15 minutos. No sé nada, no entiendo nada. Mi amigo estaba echando una siesta, solo estaba cansado, nada nuevo. Algunos amigos empiezan a despertar. Mandan buena vibra. Algunos rezan. Pienso que les arruiné el día.

Se me acerca una señorita de la administración del hospital. Está apenada. Nos había visto salir sonrientes del hospital unas horas antes. Igual que yo, no entiende. Me informa sobre los costos potenciales, pregunta quien va a pagar. Le digo que yo. Me lleva a la caja para que dé un deposito de cincuenta millones de rupias (mi moto costó cinco millones). La cifra me deja un poco pendejo pero afortunadamente pasa mi tarjeta. Al menos para eso soy bueno.

Regreso a mi lugar. Trato de enfocar mi mirada en una columna blanca que tengo en frente. Trato de no cruzar la mirada de nadie. Veo las manchas de baba que me dejó mi amigo, las lagrimas que han caído encima. Pasa media hora más. Vuelve el anestesiólogo. Me dice que Sacha ya está estable. Suspiro. Sonrió. Le agradezco. Mi amigo está bien. No escucho lo demás. Pregunto si hay algo que pueda hacer, si tiene sentido que me quede en el hospital. Me dice que no, que me vaya a descansar. Entro a Urgencias. Agradezco a todos, a las enfermeras, a los doctores y en particular al doctor que empapado en sudor le dedicó toda su fuerza y energía a hacerle RCP. Sé que no es algo fácil, que implica un gran esfuerzo físico, pues tomé un curso con Sacha al respecto. Le digo que es un crack y que lo aprecio mucho. Le pregunto a la administradora si puedo dejar la mochila de Sacha en el hospital, en lo que me mudo a Denpasar. Me dice que sí e indica donde. Me regreso a Canggu.

Manejando camino a casa sólo pienso en lo mal que nos salió ese viaje en taxi al aeropuerto. Voy trepado sobre Chinta Besar, que aún me cuesta manejar, pues tiene sólo un par de días que aprendí a usarla. En los semáforos se me apaga o jalonea. Se me dificultan los cambios de velocidad. Me duele la cara. Sacha debería estar manejando esta moto, no yo. Sacha solo estaba dormido. ¿Como pasó de estar dormido al RCP? ¿a tener una sonda en el pene? En un estado de trance llego a Canggu y poco después me duermo.

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Miércoles 9 de septiembre.

Me despierto temprano pero cansando. Me baño, visto y le pido a Putu que me prepare unos huevos. Mientras desayuno y tomo un cafecito actualizo a Putu y Lela sobre el estado de Sacha. No lo pueden creer; a penas el otro día lo vieron subirse a la moto. Le digo a Lela, la hermosa princesa balinesa del Ketapang, que probablemente decida mudarme a Denpasar, pues conviene que esté cerca de Sacha, además de que me canso mucho y siento que no voy lo suficiente concentrado como para andar en moto. Aun con estas ideas en la cabeza, sólo empaco mi traje de baño, mi cepillo de dientes, agarro mi casco, me subo a Juanita Chantik y me voy al hospital.

Cuando voy entrando a la unidad de terapia intensiva me encuentro a la neuróloga. Ella me confirma que Sacha no está bien, aclarándome que no sufrió un paro cardíaco, sino un paro cerebral provocado por una alta concentración de sangre en la cabeza, que hizo que el tumor presionara fuertemente el tronco del cerebro haciéndole perder el conocimiento. No puede decirme si va a estar bien. Está muy apenada, yo también.

Paso a saludar a Sacha. No se ve bien. Su color es amarillento, sus parpados están irritados, ligeramente abiertos, rodeados de lagañas; los ojos inundados de lagrimas. Está conectado a miles de cables y solo respira gracias a una bomba de aire. Le platico un rato. Le digo que Lela se veía guapísima por la mañana, que tanto ella como Putu le mandan un fuerte abrazo. Que curiosamente no había olas en Echo Beach, pero que el Grocer & Grind y la terraza que da al mar ya estaban llenos de güeras bonitas.

Me siento un rato en la sala de espera. Decidí empezar a leer Robinson Crusoe y me está gustando. Paso a ver a Sacha para contarle y me encuentro a un doctor, el anestesiólogo de la noche anterior, quien me dice que aún es difícil saber la extensión del daño sufrido, pero que tiene la esperanza de que recupere el conocimiento y sus capacidades motrices. Concluye diciéndome que en el transcurso del día sabrán más.

Regreso a la sala de espera, leo otro capitulo -al joven Robinson ya lo espantaron las tormentas- y, después de un rato, para distraerme y considerando que es algo que tarde o temprano tendré que hacer, salgo a caminar por las calles de Denpasar en busca de un hotel barato cerca del hospital. A unos cien metros encuentro una opción súper económica pero súper deprimente. Sé que si estuviera con Sacha seria nuestra elección; después de 5 meses por Indonesia ya no nos molestan los lugares feos, sin agua caliente, sin aire acondicionado, sin baño en el cuarto, con nasi goreng de desayuno. Mi hábito ahorrador me lleva a reservar una habitación, pero mis ganas de poder deshacerme de todas las sensaciones terribles de mi cuerpo me hacen pensar que conviene buscar un hotel con alberca. Continuo con mi búsqueda. Hace un calor bestial y estoy sudando como marrano. Llegó a un hotel que se ve bastante bien, con una deliciosa alberca, una recepcionista muy linda y amable y cuartos no excesivamente caros; solo me parece que está un poco retirado y que probablemente encuentre una opción más cerca del hospital al mismo o menor precio. Se me ocurre que podría hablarle a Constance; había escuchado que trabajaba para una cadena de hoteles de los cuales hay uno justo frente al hospital. Quizás ella me podría conseguir una buena tarifa, ¿pero qué le digo? ¿como justifico el favor que le pido? No dudo que me ayudaría, pero me entristece pensar en la conversación que tendríamos que tener. Paso a ver un par de hoteles más, todos igual o más caros, pero sin la amabilidad de aquella recepcionista. El último que visito es el de la cadena de hoteles para la que trabaja Constance, pero resulta que no tiene alberca. Me olvido del dilema y, por un rato, me olvido de Constance. Agotado y empapado, me rindo y acepto que el primer hotel con alberca que visité es la mejor opción. Paso a cancelar mi reservación y regreso a saludar a Sacha, me instalo en la sala de espera, me entretengo con el celular, con el personal administrativo. Se me va el día entre el paseo, la sala de espera, la tiendita del hospital y la unidad de terapia intensiva.

Ahora en la sala de espera también está una familia musulmana que, como yo, la está pasando bastante mal. Varias mujeres lloran, los hombres sólo conversan o se mantienen en silencio. Los niños y niñas me observan con curiosidad. Yo observo a la familia con curiosidad, pues hay una mujer cubierta de pies a cabeza, con solo una pequeña ventanilla que permite ver el lugar donde tiene los ojos. Pero estos no se pueden ver, pues siempre están cerrados. Solo veo como a ratos se convulsiona su cuerpo mientras los ojos permanecen cerrados. La familia ha traído varios toppers con arroz y diferentes guisos. Traen platos desechables y diferentes bebidas. A veces llegan otras personas y se sientan a conversar, a beber y comer un poco. Los niños tratan de distraerse jugando y de vez en cuando los regañan por estar causando demasiado alboroto. Pasan varias horas, oscurece, me voy a la tiendita por una coca y unos M&Ms de cacahuate; mi dieta favorita en estos días.

A veces, sin poder frenarlo, chorros de agua se escurren de mis ojos, empapando mis cachetes, mi camisa, hasta el piso. Luego se detienen. En otras ocasiones me convulsiono como la señora musulmana. Tratando de controlarme, me pongo a chatear con alguien en México o en Europa. Me tranquilizo. O llega alguien de la administración a pedirme una firma, un pago, a explicarme algo. También me tranquiliza. Me llama el anestesiólogo para decirme que la condición de Sacha parece haber empeorado en el transcurso del día; que ya no encuentra los reflejos que debiera tener y que su cerebro parece estar rindiéndose. Añade que para saber bien es necesario que su caso lo revise un neurocirujano, pero que esto tiene un costo y que necesita mi autorización. Consulto a su madre y le doy la autorización.

A las 9pm, el cirujano me pide que pase a verlo. Como lo saludo en indonesio, supone que lo hablo perfecto y empieza a explicarme la situación en su idioma. Trato de entender pero después de un rato lo interrumpo para confesarle que mi nivel no da para tanto. Pasa al inglés, aunque a veces se le vuelve a olvidar y me habla en indonesio. A mi se me olvida que no lo hablo y lo dejo hablar, pues en inglés o en indonesio solo entiendo que ya no hay esperanza. Me indica que, efectivamente, el cerebro se está rindiendo y que es cuestión de días antes de que fallezca Sacha. Que aunque podría operar el tumor, no serviría de nada, que Sacha seria un vegetal. El doctor es sincero, directo, claro y hasta simpático. Me mira siempre a los ojos, me pregunta cómo aprendí indonesio, le cuento sobre la odisea que hicimos Sacha y yo por su bello país. Se toma su tiempo para escuchar, para aclarar mis dudas. Ya es tarde así que le agradezco por su tiempo, por su paciencia, por su sinceridad y me despido.

Decido que es hora de ir a mi nuevo hotel, descansar tantito, ver una peli o un talk show indonesio. Me gustan los talk shows, siento que entiendo bastante y aprendo mucho. Paso a despedirme de Sacha, a decirle que me daría gusto que se recuperara, pero que también entiendo si está hasta la madre y prefiere dejarse ir. Paso a ver a la de la administración para recoger la mochila de Sacha y pedirle que me ayude comprobando que hay una habitación disponible en el hotel que me había gustado. Me confirma que me están esperando.

Cuando llego al hotel ya son como las 10pm. Me importa poco que la alberca esté cerrada y me echó un clavado. Aprovecho la impenetrabilidad del agua para gritar, para desahogarme y llorar. La recepcionista parece entender mi dolor, no me dice nada cuando me ve pasar goteando frente a la recepción; solo sonríe tímidamente. Me cuesta trabajo quedarme dormido. Mi cabeza va a mil por hora. Veo una peli, otra, algo de tele, la apago, trato de dormir. Son más de las 3am cuando por fin lo consigo.

Al despertar descubriría que durante sus noches en el hospital Sacha había escrito un largo relato despidiéndose de su madre, de mi, de la vida y expresando lo satisfecho que estaba con ella y deseando que no fuera muy difícil para quienes nos quedamos a verlo partir.

Aquí la IV y última parte de esta historia y aquí un vídeo que nada tiene que ver, para cambiar de sabor de boca.

La Caida de un Titán. Parte I.

La Caida de un Titán. Parte II.

La Caida de un Titán. Parte IV.

 

La Caída de un Titán. Parte II.

En mayo publiqué la primera parte de esta triste historia y esperaba publicar una parte al mes hasta llegar a este, que fue el mes en que Sacha Mandinga murió. Sobra decir que me distraje, pero ahora que estoy por partir a Madagascar en velero siento que no puedo dejar pasar más tiempo; no vaya a ser que la historia acabe en las profundidades del Océano Indico. (A partir del 7 de octubre podrás seguir la ubicación del velero en tiempo real a través de este link).

Es posible que para quienes conocieron a Sacha resulte difícil la lectura de estos textos y entender como una situación aparentemente bajo control escaló a una tragedia. Tal vez haya quien opine que todo hubiera podido darse de otra manera, que fuimos unos estúpidos o incluso juzgar que soy parcialmente responsable de lo sucedido. Yo lo viví y sé que darle vueltas no lleva a nada. Mejor, reconocer que la vida es frágil, bella y única y tratar de aprovechar el tiempo y vivirla feliz.

 

Ketapang Guesthouse, Canggu, Jueves 3 de septiembre de 2015.

Como en noches anteriores, Sacha no logró descansar mucho. Le tomó mucho tiempo alistarse para emprender el camino al Hospital General Kasih Ibu; uno de los recomendados por el doctor de Kuta, Lombok y también el más cercano y fácil de llegar  desde Canggu, según Google Maps.

Mientras lo esperaba, yo cotorreaba con Lela y Putu, las encargadas del hotel, compartiéndoles la cronología de la odisea que emprendimos al despedirnos de ellas tres meses antes, el amor que en este tiempo desarrollamos por Indonesia, nuestros avances en el idioma y lo bien que se habían portado nuestras motos, Juanita Chantik y Chinta Besar, a pesar de las largas distancias y los pésimos caminos sobre los que les tocó rodar. Se sorprendieron mucho cuando Sacha por fin salió del cuarto, acercándose tímidamente a pedirles de desayunar; lo recordaban con una tremenda sonrisa, siempre haciendo un esfuerzo por expresarse en indonesio y conversar un poquito.

Cerca de las 12pm partimos hacia Denpasar. Ahí se nos fue el día entre análisis de sangre, pláticas con varios doctores y la resonancia magnética; justo el tipo de actividades que yo odiaba y que sentía eran muy personales como para hacerlas acompañado. Varias veces quise dejar a Sacha solo pero lo sentía en las nubes y notaba que necesitaba ayuda para comunicar sus síntomas y entender las preguntas o comentarios que le hacían los doctores. Al final del día, yo sentí que le había ido bien y que indudablemente le confirmarían que con tantito reposo y unos chochitos quedaría como nuevo.

Nos regresamos a Canggu y, como era jueves por la noche, decidimos darnos una vuelta a Old Man’s a echar el taco de ojo y ver si había buena música en vivo, pues teníamos gratos recuerdos de un jueves cuatro meses antes, donde además de la buena música y ambiente, esa noche sucedieron cosas insólitas: un amigo quiropráctico nos corrigió la espalda, nadamos bajo la luna y las estrellas con doce preciosas yoggis en cueros y nos chutamos una aburridísima final de la Champions. En fin, se nos antojó ver si había algo interesante y también queríamos olvidar un poco lo que habíamos hecho durante el día. Desgraciadamente, no había mucha gente, así que luego de una cerveza decidimos regresar al Ketapang a ver una peli y dormirnos. Aproveché que aún era temprano para ponerme de acuerdo con nuestra coyote de las visas, Valeria, pues estás vencían el martes 8 de septiembre y queríamos que nos tramitara la renovación lo más rápido posible para seguir nuestro camino hacia Java. Sacha había quedado de ver a una amiga, Constance, en Yogyakarta el fin de semana del 20, lo que nos dejaba poco tiempo para hacer el recorrido e incluir unas visitas a Njean y Bromo, volcanes que habíamos optado por brincarnos meses antes, cuando estuvimos en Yogya y yo sentía que me moría de paludismo.

Viernes 4 de septiembre de 2015.

Llegamos al Kasih Ibu a medio día a preguntar por los resultados de Sacha. Nos pasaron a la sala de urgencias, donde, sin introducciones elaboradas ni rodeos, la neuróloga colocó las radiografías sobre una pantalla de luz. No fue necesario escuchar lo que decía -y Sacha probablemente lo dejó de hacer tan pronto encendió la pantalla- las imágenes hablaban por sí solas. La expresión en la cara de la doctora y una foto que mostraba una mancha más grande que una pelota de golf me dejaron claro que estaba atestiguando una pesadilla que sólo había visto en la tele. Le estaba confirmando lo que en días anteriores Sacha se había imaginado y lo que yo juraba era una estupidez creer.

Sentí como se me acalambrada la quijada y volví a desear estar en otro lado. Entre otras cosas desagradables, la doctora le informó que a pesar de ser viernes, no habría fiesta en Deus y que convenía que se quedara en el hospital en tanto lo medicaban para atender el dolor de cabeza y prepararlo para el vuelo a casa, pues su vacación había terminado.

Lo instalaron en una recamara del cuarto piso que contaba con una buena vista a los tejados de Denpasar y nos permitía echarle un ojo de vez en cuando a nuestras queridas Chinta Besar y Juanita Chantik, mientras estas aguardaban noticias en el estacionamiento del hospital. Lo habían internado justo antes de la cena, así que lo primero que una de las enfermeras le preguntó era qué iba a querer cenar, mostrándole un menú típico de warung indonesio. Sacha se pidió el clásico nasi goreng y, cuando llegó, yo me fui a buscar unas papitas y una coca a la tiendita de la recepción. Pasamos la tarde viendo el campeonato mundial de atletismo mientras el me platicaba de sus logros universitarios, comparando sus tiempos con los que íbamos viendo en la televisión. En ocasiones se sorprendía al ver que no estaban tan lejos de los que estaban haciendo las corredoras. Cuando dieron las ocho me despedí, diciéndole que volvería temprano al día siguiente, pero que esa noche había quedado de ver a Sinead, una amiga que estaba en Bali por unos días y que llevaba días presionando para que nos viéramos. Sacha me pidió que no le contara a nadie sobre el diagnostico que había recibido, que no quería llegar a México a abrazos de lástima y condolencias, y sugirió que me llevara su moto para ir agarrándole la onda, ya que ahora pasaba a ser mi responsabilidad. Le dí el avión e hice lo posible por mantener una sonrisa y mirada optimista, pero al darle la mano y desearle un buen descanso, fue inevitable que se me inundaran los ojos. Traté de que no se diera cuenta y no se si lo logré, pero antes de perder todo el control me salí de la habitación. En el pasillo fue inevitable y me quedé parado afuera de su cuarto unos minutos tratando de reponerme.

Con un terrible nudo en la garganta me regresé a Canggu, ahora solo y sin poder creer el desenlace del día. La doctora le había dicho a Sacha que necesitaría alrededor de tres días de acondicionamiento para poder tomar el avión sin riesgo de derrame o convulsión y que convenía que el viaje lo hiciera con escolta médica. Todo esto implicaba un par de cosas prácticas. Primero, debía encargarme de recuperar su pasaporte, pues ya no iba a ser necesaria la extensión de su visa y era importante tenerlo a la mano para poder salir en el momento que fuera oportuno. Segundo, ¿viajaría yo con el o no? En el hospital Sacha había insistido que yo debía quedarme en Bali, luego continuar hasta Sumatra, pero no me sentía a gusto con la idea. Tercero, había que cancelar los planes con Contance. Cuarto, yo debía considerar mudarme a Denpasar. Quinto, ¿qué hacer con la moto de Sacha? A estos pensamientos se sumaban muchos más, al grado que no lograba enfocarme en uno y solo conseguí enviarle un mensaje a Valeria preguntándole si aún podía recuperar el pasaporte de Sacha.

Esa noche fui a cenar con Sinead al Echo Beach Club. Nos comimos unos increíbles filetes de dorado acompañados de una miserable porción de camarones. Me forcé a tomar un par de araks y unas cervezas, esperando que eso ayudara a relajar mi cuerpo, pues aun sentía ese nudo y una quijada acalambrada. Después de cenar nos fuimos a Old Man’s, que a diferencia de la noche anterior sí estaba lleno, aunque de puros aussies desagradables. Seguimos tomando, ahora vodka tonics y un par de shots, hasta que alcanzamos un nivel de peda bastante alto. Nos divertimos mucho esa noche y siempre le agradeceré a Sinead haber estado ahí para distraerme un poco.

Sábado 5 de septiembre.

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Camino a Denpasar pasé a Kerobokan, que fue donde compramos nuestras motos y, casualmente, el barrio donde vivía Valeria. Encontré su casa al final de una serie de callejuelas entre pequeños templos, casas y arrozales. Definitivamente un lugar precioso para vivir, alejado del caos de Canggu y de Denpasar, rodeado de una peculiar naturaleza, donde sólo se escucha el ruido de pájaros y gallinas. Me devolvió el pasaporte, preguntando por Sacha. No quería compartirle toda la tragedia y me limité a decirle que había tenido un accidente, que estaba bien pero que necesitaba regresarse a México para que lo operaran.

Cuando llegué al cuarto de Sacha no lo encontré en su cama e imaginé que estaba en el baño o que se lo habían llevado a hacer más estudios. De repente empezaron a moverse las cortinas y al cabo de unos segundos apareció Sacha, exhalando humo. La ventana se abría completamente y hacía difícil que Sacha se aguantara las recurrentes ganas de fumar, a pesar de que, como en todos los hospitales del mundo, estaba prohibido.

Lo vi bien, fresco, sonriente y con mucha energía, como si no tuviera nada que estar haciendo en el hospital. Me contó que la administración del hospital andaba viendo los requisitos para que un doctor lo acompañara a México pero como el consulado mexicano estaba cerrado, no sabrían los detalles hasta el lunes. Noté cierta frustración en Sacha al contarme esto. Sabía que esperar al lunes implicaría que de requerir visa, este, cuanto antes, se movilizaría el martes para obtenerla y por tanto no sería hasta el miércoles por la tarde, en el mejor de los casos, que podría emprender el vuelo de dos días a casa.

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En el tema de las gestiones consulares sentía que podía finalmente serle útil, fuera a través de mi padre o a través de Clarita, quien además de ser una gran amiga y la excusa que nos trajo a Indonesia, fue cónsul de Portugal en Yakarta hasta el mes de agosto y conocía muy bien al cónsul mexicano. Con el permiso de Sacha, le hablé a mi padre y le conté toda la historia, pidiéndole además que me pusiera en contacto con el Embajador de México en Yakarta. A los pocos minutos de colgar hablé con el emba y después con el cónsul. Ambos se portaron muy atentos y brindaron toda la información y ayuda que de momento requeríamos.

Le entregué a la jefa de enfermeras del cuarto piso un papelito escrito con toda claridad que contenía todos los requisitos que debía cumplir el doctor para obtener la visa mexicana, la cual, desgraciadamente, sólo le podrían expedir en Yakarta. Pasaron unas horas y me vino a visitar alguien de la administración para comentarme que habían varias agencias que ofrecían el servicio de traslado médico, por si quería encargarme de cotizar e ir viendo disponibilidad, a fin de no retrasar el vuelo de Sacha más de lo necesario. Los intercambios con las agencias, con el cónsul y con el personal médico me sirvieron mucho ese fin de semana para mantenerme enfocado y optimista y a la vez sentirme un poco útil. Poder desahogarme con mis padres también servía de alivio, pues a ratos sentía una enorme necesidad de expresarme y no había nadie en Bali con quien lo pudiera hacer. Supongo que Sacha sentía algo parecido, pero en los largos ratos que pasamos en su cuarto de hospital siempre se mostró positivo, satisfecho con el viaje que habíamos hecho juntos y listo para irse a casa. El insistía que yo debía quedarme en Indonesia, que con mi hermano Rafael ya había vivido lo que le venía y que no tenía caso que me regresara a repetirlo con él. Entendía su argumento y hasta estaba de acuerdo, pero sentía que no podría seguir viajando sabiendo que mientras tanto el estaría intercalando operaciones con quimioterapia, radiación y un nivel de sufrimiento y dolor que en la vida podría imaginarme.

Todos los días tocábamos el tema y el insistía que no tenía caso que lo acompañara a México. Todos los días yo acababa cediendo, pues por un lado no quería que sufriera por la idea de que «por su culpa» mi viaje también había terminado y, por el otro, porque sabía que no habría nada que yo pudiera hacer allá; quizás hasta podría ayudarlo a esperanzarse si sabía que yo seguía viajando. En fin, de los dilemas más tortuosos que he tenido en la vida y que espero no volver a tener.

En la tarde vimos la película de Matilda con Danny Devito y una niñita de poderes mágicos. Después de la peli nos echamos diferentes etapas del campeonato mundial de atletismo y me contó más sobre sus hazañas universitarias y de cómo una ideología retrograda del entrenador había acabado con su carrera deportiva. Se aproximaba la hora de la cena así que salí por una pizza hawaiana con orilla de queso (nunca dejó de sorprenderme que esta fuera la favorita de Sacha) y compartimos su nasi goreng y la pizza viendo mujeres corriendo.

Dieron las diez de la noche y decidí que convenía dejar a Sacha descansar y emprender el viaje de vuelta a Canggu. Había sido un día muy agradable, como cualquier día que hubiéramos pasado sin hacer gran cosa, solo disfrutando del buen clima, la amabilidad de los indonesios y de una buena conversación. Aprovechando que ya era tarde y que al día siguiente sería domingo, día en que quizás habría menos tráfico que de costumbre, se me ocurrió que era buen momento para aprender a usar la moto de Sacha. Sólo la había probado una vez, sin alcanzar a recorrer más de cien metros, intimidado por su clutch, mayor potencia y peso. Luego de recibir un par de consejos, bajé al estacionamiento, me despedí de Juanita Chantik e intenté arrancar a Chinta Besar. Desde su ventana, Sacha me observaba y gritaba algunas consignas. Varias veces me falló el clutch pero finalmente pude ponerla en marcha y, nervioso y despacio, me dirigí hacia la salida mientras Sacha me observaba con una enorme sonrisa y un cigarro en mano. Me tardé un poco en acostumbrarme a hacer los cambios de velocidad, pero cuando llegué a la quinta, disfrute enormemente la superioridad del motor de Chinta Besar sobre aquel de Juanita Chantik, además de la estabilidad y suavidad con la que corría.

Había notado que la televisión en el hospital tenía una entrada USB, así que esa noche preparé una tarjeta de memoria con varias películas. Mientras hacia esto, me entretuve con un talk show indonesio pero sin lograr concentrarme lo suficiente como para que sirviera de clase de idiomas. Al cabo de un rato caí dormido. Sacha, por su parte, dedicó gran parte de la noche a subir fotos de nuestro viaje al feis.

Domingo 6 de septiembre de 2015.

En el camino al hospital me topé con un Dunkin Donuts y compré un chingo de donas de todos los sabores, recordando que Sacha se había quedado con el antojo de unas cuando venimos por los resultados de la resonancia magnética.

El día transcurrió lentamente, como todo Domingo debe transcurrir, y entre pelis y atletismo, Sacha se la pasó sorteando sus chivas y yo, cotizando vuelos y escolta medico. Los servicios de escoltas insistían que dada la distancia era importante que tanto Sacha como su doctor viajaran en primera clase, con cada boleto costando más de $5,000 dolares. El servicio de ambulancia y de atención durante el viaje también estaba carísimo y su burocracia interna hacia que el tramite de la visa fuera a tardar casi una semana.

Sacha se veía muy sano, ya no le dolía la cabeza y cada que podía se colgaba de la ventana a fumar un cigarro. Estaba harto del hospital, de estar echado en la cama, y ansiaba volar a casa. Como lo veía con ganas de subir más fotos, le pedí que las subiera a este blog en lugar de a facebook, pues en aquel entonces aún tenía la ilusión de que este proyectito se volviera viral y fuera la fuente de ingresos que necesitábamos para viajar.

Lunes 7 de septiembre de 2015.

Yo seguía viviendo en el Ketapang, que quedaba a unos 45 minutos del hospital y representaba una chinga todos los días. Ahora tenía dos motos: Chinta, conmigo y Juanita, estacionada en el Kasih Ibu. Para facilitar la logística de recuperar mi moto, le pedí un aventón al novio de Putu y llegué al hospital como a las 10am. Las enfermeras me recibieron con un paquete de documentos que debía firmar para liberar al hospital de toda responsabilidad en caso de que sucediera algo durante el traslado a México.

Sacha me comentó que a mitad de la noche había hablado con su neurólogo en México para preguntarle si consideraba imprescindible el servicio de escolta medico y viaje en primera clase. Le había enviado copias escaneadas de todos los análisis, resultados y el detalle del tratamiento que había estado recibiendo los últimos días. Con todo esto, el doctor consideró que el tumor estaba bien contenido y que no debía haber problemas con volar a México en el gallinero y sin chaperón. Me puse a buscar dos boletos para el día siguiente y el se escondió en la ventana a fumar un cigarro. En eso entraron la neuróloga, el gerente y una enfermera. Se sorprendieron al verme echado en la cama y más cuando se percataron que Sacha estaba fumando, colgado de la ventana. En el susto de haber sido sorprendido, Sacha reapareció de detrás de las cortinas y, enredándose en ellas, les quemó un agujerito. La enfermera se cagó de la risa, el gerente lo miró furioso y la neuróloga no pudo más que sonreír y pedirle que de favor lo dejara de hacer. Luego de este pequeño oso, la neuróloga nos expresó que estaba muy preocupada por la decisión de volar a México sin enfermero y que había traído al gerente para que atestiguara su desacuerdo.

Estaba a punto de comprar los boletos cuando Sacha volvió a pedirme que lo dejara ir solo. Su argumento era que si en el avión le daba un derrame, de todas formas yo no iba a saber que hacer y sólo me tocaría verlo morir en el asiento de a lado, luego atender pedos legales en donde hiciera escala y finalmente quedarme con un terrible recuerdo. Le dí la razón y le compré el vuelo más rápido a México. A cambio, le pedí que se comprometiera a llamarme cada dos horas desde el avión y en cuanto hiciera escala en Ámsterdam. También le hice prometer que no pasaría por un coffee shop. 

Harto del nasi goreng, fui por una cena coreana para llevar y nos echamos a ver la película de Lego, que al parecer era una de sus favoritas, especialmente por esta canción.

La Caida de un Titán. Parte I.

La Caida de un Titán. Parte III.

La Caida de un Titán. Parte IV.

 

La Caída de un Titán. Parte I.

Después de cuatro días bajo la influencia de su compañía (varias latinas muy guapas, una tai que se decía holandesa y un catalán a toda madre), Sacha decidió que era momento de echar una pedita. Compró una botella de Tequila, orgullosamente producido en Bali (por lo que en realidad debiera escribirse y pronunciarse Tekuila) y una de Ron, del mismo origen y dudosa apariencia. No nos habíamos emborrachado desde aquella boda de Clarita y Vasco en Uluwatu que sirvió de excusa para venir a Indonesia. Le habíamos perdido el gusto a eso que en México hacíamos con frecuencia; llevábamos una vida sana.

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Nos reunimos en el Hostal Tri Putri, al que yo me refería como el Hotel Ruanda, quizás por el tremendo contraste que veía con el bello Hotel Segare Anak, donde yo había preferido hospedarme con la bella Sarita luego de los cuatro días que pasamos durmiendo en la cubierta de un barquito que tomamos de Komodo a Lombok. Sacha, como era su costumbre, antepuso la compañía al confort y vivía feliz con dos divinas mujeres que habíamos conocido semanas antes en Flores: Oihane y Leila.

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Para pasar lo asqueroso de cada caballito de Tekuila había limones y sal, buena música y, sobre todo, un gran grupo de nuevos amigos. Con muchas risas y caras chuecas fuimos conociendo a quienes, como Sacha y yo, habían decidido pasar un tiempo en Kuta, Lombok; algunos disfrutando de las olas, otros de las playas, todos de la tranquilidad y belleza del lugar y de su gente. Para nosotros era como volver a aquel Puerto Escondido que conocimos en la adolescencia, de hoteles pequeños, terracerías, changarritos, locales acogedores y diversión subjetivamente sana.

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Al terminar la primera botella, Sarita y yo, por miedo al sufrimiento del día siguiente, a tener que caminar de regreso a nuestro hotel y dejar atrás a Juanita Chantik y, no lo niego, al asco que se avecinaba con la apertura de la botella de ron, decidimos despedirnos.

Aún así amanecí golpeado y arrepentido, pensando en lo agradable que había sido cada mañana desde que salimos de México y dejamos de beber. Sacha amaneció peor. Pasamos el día en la playa, nadando, bebiendo agua y jugos revitalizantes, pero el dolor de cabeza se le quedó.

A pesar de su arraigada cruda, Sacha disfrutó mucho de los días en Kuta, rodeado de personas magnetizadas por su buen karma. Cuando nuestros amigos dejaron Lombok, decidimos que era hora de retomar el camino y Sacha, deseando como de costumbre emprender actividades de esfuerzos sobrehumanos, quiso que escaláramos el volcán Rinjani. A mi me daba miedo la idea: mi condición física no llegaba ni a los talones de la suya y había escuchado de unas holandesas bastante atléticas que conocimos en Sumba que el dolor muscular hasta había hecho llorar a una de ellas. Como muchos otros retos que Sacha me había puesto durante el viaje, decidí aceptarlo y ayudarle a organizar la logística que implicaban los tres o cuatro días de ascenso.

El lunes 31 de agosto debíamos partir a Sembalun Lawang, un pueblito sobre las faldas del volcán Rinjani, pero en la noche del domingo su dolor de cabeza se intensificó y cuando desperté al día siguiente, Sacha me pidió que lo acompañara a platicar con un médico. Fuimos a la clínica del pueblo, donde primero hablamos con dos enfermeros o pseudo-doctores, que, reconociendo los atributos de algunos mexicanos en estos deportes, preferían hablar de box y fútbol que atender a Sacha. Después de un rato de cotorreo, uno de ellos nos guió en su moto a otra clínica, donde un doctor balinés muy profesional le recetó unos desinflamatorios y paracetamol. Sugirió además que, si pasados dos o tres días no se sentía mejor, fuera a alguno de los hospitales importantes de Bali a hacerse una resonancia magnética. Decidimos posponer el ascenso del Rinjani por un par de días y disfrutar de la playa Tanjung Aan, bajo una palapita del Warung Turtle, atendidos por su personal siempre sonriente y acogedor. Recuerdo las ganas que Sacha tenía de meterse al mar con una tabla de paddle y cómo yo se lo desaconsejaba, considerando que el esfuerzo físico, pero sobre todo la insolación, serían contraproducentes a su recuperación. Pasamos dos largos días bajo esa palapa, conversando, abordando temas muy variados; algunos muy profundos: lo que haríamos después del viaje; como mantendríamos este estilo de vida viajero; lo cegados que sentíamos a algunos de nuestros amigos, ahogados en estrés laboral o en el que les ocasionaban sus parejas; el cáncer de mi hermano y el de mi tío Bent; el doctorado que Sacha estaba considerando hacer; su deseo de vivir un rato en Líbano aprendiendo árabe; la posibilidad de que se quedara con mi padre en Teherán; la absurda amenaza que le acababan de  hacer los de la Secretaría de la Función Pública, siempre al acecho de peces flacos; lo importante que era no pensar muy a futuro y disfrutar de cada día; el campamento de muay thai al que quería llevarme y cómo me iba a poner a correr todos los días para que llegara sano y fuerte a la madriza que yo tanto temía; las maravillosas personas que habíamos conocido a lo largo del camino; el espíritu luchador, fiel y honorable de su moto, Chinta Besar, a pesar de sus numerosas fallas mecánicas;  lo increíble que había sido volar a la Luna; lo importante que era mantener la filosofía del “GoingNoW”; el curso de meditación que a petición mía haríamos en Myanmar; la puerta abierta que según el teníamos para trabajar en una ONG en Nepal; el monzón que estaba por llegar a Java y Sumatra; las paradas que haríamos rumbo a Yogjakarta y Batu Karas; lo bonito que sería encontrar un lugar agradable para formalmente ponernos a estudiar indonesio; lo decepcionado que yo estaba con mi libro, Oblomov, que había resultado ser una novela de amor; las ganas que en adelante yo le echaría para acompañarlo todas las mañanas a surfear; y otros que ya no recuerdo.

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Al atardecer regresábamos al hotel y pasábamos un rato en la alberca, yo le dedicaba un rato a Internet y el, a platicar con nuestro vecino canadiense o a echarse una siesta. Por las noches salíamos a comer y, al volver, yo me dormía y el, consciente que por las noches solía volver su dolor de cabeza, se ponía a googlear lo que pudiera estar ocasionándole esos males, para muy tarde rendirse y dormirse sentado, pues había descubierto que amanecía con menos dolor de cabeza si descansaba en esa posición. Llegó a comentarme algunos de sus hallazgos, los cuales yo descartaba diciéndole que identificarse con síntomas de enfermedades descritas en la Web era como leer los horóscopos. (Yo había hecho lo mismo un par de meses antes cuando juraba que mis síntomas febriles encuadraban con los de la malaria y el dengue.)

La mañana del miércoles 2 de septiembre, Sacha me pidió que nos olvidáramos del Rinjani y fuéramos a Bali, pues no había logrado dormir bien y estaba ya convencido que las medicinas recetadas por el doctor no estaban sirviendo de nada. Desayunamos con calma, le aseguré que no tenía ningún inconveniente con sacrificar el ascenso al volcán ni en pasar unos días en Bali. Con la lentitud que yo ya consideraba normal en Sacha cada vez que debíamos dejar un hotel, empacamos nuestras cosas y dejamos Kuta, tomando a petición suya el camino más rápido y conocido al puerto de Lembar, pero a una velocidad bastante más lenta que la que habíamos adoptado desde que Peter, con Rayo Athul, se separó de nosotros en Rote. Nos detuvimos una sola vez a estirar las piernas y descansar tantito; no era un trayecto largo como los que ya estábamos acostumbrados a recorrer. El se tomó un Red Bull y yo una coca.

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Eran las 13.30 hrs cuando llegamos a la terminal marítima de Lembar. Me informaron que había un ferri próximo a zarpar y que en unos minutos empezaría la venta de boletos. Nos formamos y mientras esperábamos, Sacha aprovechó para comprarse unas papitas y una coca. Nos alegramos cuando la fila empezó a avanzar, pero justo cuando llegamos a la caseta cerraron la pluma y nos pidieron que esperáramos al siguiente ferri, que zarparía en una hora. Acostumbrados ya a tomarnos las cosas con calma y sin prisas, aceptamos la noticia y nos sentamos al pie de la taquilla, agradecidos al menos de estar a la sombra -comodidad que muchos de los que llegaron después no tenían. Ansioso por terminarla, me puse a leer mi novela de amor y Sacha, cuyo déficit de sueño era ya evidente, se dispuso a echar una siestesita. A ratos se despertaba y descubría a un indonesio manoseando su moto, cosa que hacían con frecuencia y que el nunca lograba ignorar. Por fin dieron las 3 pm y se abrió la pluma. Pagamos nuestros boletos, retomamos nuestras posiciones sobre las motos, encendimos los motores y nos fuimos felices por el camino que nos habían indicado en la caseta. Doscientos metros después nos encontramos con otra pluma y, luego de esperar una media hora, nos enteramos que el ferri no zarparía antes de las 5 pm; noticia terrible que también aceptamos con resignación. Retomé mi lectura y Sacha su siesta, esta vez sin siquiera bajarse de la moto ni quitarse el casco; simplemente con los pies firmes sobre el suelo y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás.

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Me dolía verlo así, tan cansado, pero suponía que solo era cuestión de llegar a Bali, que durmiera bien, que los doctores le recetaran algo mejor y, sobre todo, que lo reconfortaran y le apaciguaran las ideas pesimistas que había estado entreteniendo.

Por fin abordamos el ferri y, entre siestas y lectura, retomamos algunos de los temas que habíamos tocado bajo la palapa del Warung Turtle. Hacia tiempo que no platicábamos tanto, tan seriamente. Recuerdo que en Batu Karas lo solíamos hacer; que en Yogjakarta yo temí tener una terrible enfermedad y que eso también despertó conversaciones profundas; que entonces el había jugado muy bien el papel reconfortante que ahora yo intentaba jugar para él.

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Algo pasó en la terminal de Padang Bai que obligó a nuestro ferri a fondear justo antes de llegar a Bali. No fue hasta las 10pm que levó el ancla y atracó. Eran las 11.30 cuando por fin llegamos a nuestro hotel de confianza en Canggu, el Ketapang Guesthouse. Risueña, la diosa balinesa/recepcionista Lela abrió la puerta de su cuarto en la planta baja y se sorprendió muchísimo al ver que la noche le había traído dos huéspedes de aspecto familiar, solo mucho más barbudos. Estábamos exhaustos pero no habíamos ingerido nada sustancioso desde el desayuno en Kuta. Luego de agradecerle a Lela e invitarla a que se volviera a dormir, nos fuimos en busca de comida, dando con unas jugosas hamburguesas con tocino que nos enmudecieron hasta el día siguiente.

Cuando volvimos al Ketapang yo me dormí enseguida. Sacha aprovechó del desfase horario para hablar con su neurólogo en México, quien le confirmó que era buena idea ir al hospital por una resonancia magnética. Entró al cuarto y, esforzándose por no despertarme, acomodó varias almohadas contra el respaldo de su cama y se durmió sentado.

La Caida de un Titán. Parte II.

La Caida de un Titán. Parte III.

La Caida de un Titán. Parte IV.

La Cabaña

Era una noche sin luna y sin embargo era posible distinguirlo todo: cada escama en el mar, la espuma de las olas asaltando la playa, el límite que había alcanzado la marea, las pequeñas huellas en la arena que habían dejado unas gaviotas y, como pequeñas jorobas en el horizonte, algunas tortugas desovando. La silueta de cada palmera se delineaba nítidamente en el cielo negro y estrellado. Se habían asomado más estrellas que de costumbre y no parecía una noche de luna nueva. Una ligera brisa soplaba hacia el mar, buscando llenar el vacío provocado por la radiación del agua.

En la frontera entre la playa y la selva, varias formas geométricas irrumpían en la suavidad de los contornos naturales; evidencia inconfundible de la presencia humana. Conforme me iba acercando empezaba distinguir una banca de tres a cuatro metros de larga, erguida sobre la arena y ensamblada cuidadosamente con troncos de palmera cortados por la mitad; luego, más cerca de la selva, colgando entre dos palmeras como una enorme sonrisa, una hamaca blanca, cuya blancura se perdía un poco en sus puntos más bajos y más altos; por fin, entre arbustos de mangle y platanales, una pequeña cabaña de techo de palma, frente a la cual había una mesa cuadrada con dos sillas, una más hundida que la otra. No había luz en la cabaña y el concierto de insectos y lagartijas, acompañado del compas de las olas y opacado ocasionalmente por el grito de alguna bestia en la obscuridad, hacían imposible oír si alguien dormía o no adentro.

Llegué hasta la banca, posé mi mochila y me senté a esperar el amanecer. A unos dos metros de la banca, medio enterrados por la arena, habían unos restos de madera y cocos quemados. Saqué mi teléfono y me sorprendí al ver que eran las cuatro de la mañana: había estado caminando durante más de tres horas. Casi no le quedaba pila y no tenía señal, así que lo apagué y me recosté en la banca, apoyando mi cabeza sobre la mochila. No había sido mi intención alejarme tanto del pueblo, pero el cielo me había hipnotizado y no me había podido detener más para que orinar, de vez en cuando, los litros de chela que había estado ingiriendo todo el día, rodeado de escandalosas grabadoras que competían por imponer su mal gusto. Al ponerse el Sol había vuelto al hotel, asqueado, triste y confundido, deseando alejarme tanto como posible del ruido, de la agresividad, de la soberbia; de las latas, bolsas de plástico, envases de vidrio, condones, pañales, corcholatas, colillas de cigarro; del valemadrismo, de la destrucción, del hombre.

Recostado sobre la banca, bajo aquella nube casi estática que delimita nuestra galaxia, pensaba en Grenouille, en su cueva en la cima de alguna montaña en Francia, lejos del fétido olor de los humanos. Un par de kilómetros atrás había visto la última huella del hombre en la playa. Sentía haber encontrado mi cueva. No tenía sueño y la ocasional estrella fugaz me ampliaba la sonrisa que llevaba tatuada desde que dejé de ver basura en la arena.

Una a una, se fueron apagando las estrellas, hasta que Mercurio quedó solo en el cielo. La brisa se detuvo y detrás de la selva se empezaba a distinguir el contorno de la sierra; detrás de esta, la luz que venía del oriente. Paulatinamente, los pájaros fueron tomando el relevo de los insectos y lagartijas. Pronto conocería a el o los ermitaños de la cabaña.

Decidí aprovechar la espera para nadar y revolcarme en las olas aún domables de la mañana. A unos cincuenta metros de mí pasó lentamente una escuela de delfines y a lo lejos veía los barcos de pesca que volvían en dirección al pueblo de donde había emprendido la marcha. No había ni una nube en el cielo y el celeste, el verde, el amarillo y el azul formaban mi paleta de colores favoritos. La cabaña embonaba perfecto en este paisaje y lo único que aparecía extraño era mi mochila, abandonada sobre la banca. El Sol ya se asomaba por encima de la selva y no tardaría en pegarle a la mochila, donde tenía guardados un par de Milky Ways que había comprado en el Oxxo cuando salí del hotel. Debían ser como las ocho o nueve de la mañana y me parecía extraño que alguien pudiera seguir durmiendo dentro de la cabaña, que ahora veía no tenía ni vidrio ni mosquitero ni cortinas en la ventana.

Con la mochila al hombro, me fui acercando hasta llegar a la mesa. Habían muchas huellas alrededor de una silla, ninguna alrededor de la otra. No queriendo perturbar la arena alrededor de la segunda, posé mi mochila sobre la primera. Un mechero hecho de un frasco de mermelada yacía, medio vacío, en el centro de la mesa. «¡Buenos días! ¡Hola! ¡Hay alguien!», llamaba, mientras me acercaba cautelosamente a la ventana. No hubo respuesta. Me acerqué hasta poder asomarme al interior y vi, atravesando la habitación de un rincón a otro, una hamaca de miles de colores cubierta por un mosquitero. El suelo era de arena y contra la pared del fondo había una enorme hielera. Arriba de esta había una repisa donde estaban cuidadosamente acomodados un par de vasos, un plato hondo y uno plano, una jarra con herramientas de parrillero y algunos cubiertos, una olla y un comal. Volví a llamar, pero nada. Regresé a la banca para ver si había alguien en la playa, luego le di la vuelta a la cabaña y descubrí detrás un pequeño huerto muy bien cuidado con sandías, limones, naranjas, zapotes, mangos y una variedad de plantas que desconocía. A unos treinta metros de este, escondida en la selva, una chosita de poco más de un metro cuadrado. La cabaña solo tenía una puerta que daba a la playa y era imposible que su dueño hubiera salido al baño sin que me diera cuenta, así que no me acerqué a la chosa. Regresé a la entrada, toqué, grité y nada. La puerta no tenía manija ni candado. La abrí, nuevamente me asomé, inspeccioné el interior y confirmé que no había nadie. Aparte de la hamaca, la hielera y una pequeña mesa de madera acomodada contra la misma pared y que debía servir para preparar la comida, no había más mobiliario. Cada pared tenia una ventana de un metro y medio de alta y poco más de ancha y en todas menos la de la hielera, incluso rodeando las ventanas,  habían repisas y repisas repletas de libros. Había libros en español, inglés, ruso, portugués, danés o noruego, sueco, italiano, francés, griego y probablemente otros idiomas más. Todos parecían bastante viejos, quizás de hacía treinta o cuarenta años.

El suelo había sido barrido con un rastrillo al punto de no haber ni una huella en la arena. No habían telarañas ni cucarachas, ni olía mal ni había restos de basura. Todo indicaba que una gran persona habitaba la cabaña. Entre todos los libros me saltó a la vista El Maestro y Margarita, que años atrás me había encantado en inglés y deseaba poder leer en ruso. Sin dejar más huellas en la arena, tomé el libro, salí de la cabaña y me acomodé en la hamaca, al abrigo del sol, a tratar de descifrarlo. No había dormido en veinticuatro horas y mi cuerpo empezó a ceder ante el confort. Tenia miedo de quedarme dormido y que me sorprendiera el amo de la cabaña, invadiendo su espacio, pero mis esfuerzos por mantenerme despierto sucumbieron ante el cansancio.

«Andrei ¿me podrías repetir la definición de obligación en latín? ¿Andrei? ¡Andrei!»

Sentí que alguien me daba un empujón en la espalda, luego oí mi nombre, pronunciado varias veces con cierta impaciencia.

«¿Sí? ¿Qué? ¿Qué pasó?» balbuceé, un poco atarantado.

«¿Cómo que ‘qué pasó’? ¡La definición de obligación en latín!»

 «Uhhh, este, hmm, este, ogligatio» me lleva la chingada, «est, este, iuris vinculum» ¿qué hago aquí? «errrr, este, no recuerdo lo demás.»

«Órale pues, un punto menos en el examen parcial. ¿Y tú, mi reina, nos puedes decir la definición de obligación en latín?»

Con frecuencia me distraía en clase, deseando encontrarme lejos de la Facultad, lejos de los latinazgos, del texto árido de los códigos y la Constitución, intentando volver a aquella cabaña, a sabiendas que pertenecía al mundo de los sueños, de los sueños guajiros.

Hace unos días recordé este sueño de estudiante y caí en cuenta que se había cumplido, incluso con un mayor grado de confort (aunque lo de la basura sigue siendo un tema, pues a los tailandeses, como a los mexicanos, aún les cuesta entender que el plástico no es biodegradable).

Tiene dos años que me bajé del transiberiano corporativo. Vivo sobre una colina, en una casita azul rodeada de platanales, donde nunca hay silencio, aunque tampoco hay ruido: los insectos y lagartijas cantan de noche mientras los pájaros, gallos, gallinas y vacas hacen lo propio de día. Por todas partes hay senderos de hormigas, que simplemente están paseando por la casa -no hay comida que les pueda tentar- en busca, probablemente, de un refugio para pasar la temporada de lluvias, que ya no tarda en llegar. No me hacen nada así que tampoco las molesto. De vez en cuando se mete algún mosquito, pero confío en que las lagartijas se encarguen, aunque a cambio de su entrega tenga que aceptar que caguen por todos lados. Dos gatos sin nombre (los musulmanes no le ponen nombre a los animales) velan por que no se acerquen serpientes ni ratones a la casa, favor que les devuelvo cuidando que las gallinas no se coman su comida.

Mis repisas tienen suficientes libros (incluyendo El Maestro y Margarita en ruso, que poco a poco voy leyendo) y de mobiliario solo tengo una mesita para escribir y a veces comer, una cama y un pequeño refrigerador donde guardo plátanos, agua y café. Tengo aire acondicionado en la recamara, pero rara vez lo uso. No tengo agua caliente y hace tiempo que dejé de usar papel de baño. Tampoco tengo internet ni televisión, bendición que me permite ignorar las cochinadas que hacen Peña Nieto y Trump.

Varias veces al día disfruto del llamado al rezo, que aquí todavía no se hace con grabación y, en ocasiones, alcanzo a escuchar una moto que pasa a la distancia. Del balcón cuelga una hamaca blanca, en la que paso horas contemplando el Andaman, con su infinidad de matices de verde, turquesa y azul, y el cielo, por donde planean águilas y halcones, vuelan cuervos y aves de todos los colores. A lo lejos, veo las islas Maiton, Dok Mai y Phi Phi. Cada mañana bebo mi café en la hamaca, analizando el estado del mar para determinar si merece la pena o no izar las velas y las nubes, con la esperanza de ver unas majestuosas nimbocumulae – latinazgo que no me hace regurgitar y que, por el contrario, sé que garantiza diversión y emociones fuertes en el agua.

Las marcas del Sureste Asiático

Es bien sabido que cuando se viaja a lugares «exóticos» hay que investigar sobre los riesgos que esto conlleva, incluyendo las picaduras de mosquitos, existencia de arañas mortíferas o si es necesario que para entrar a tal o cual país necesites vacunas.

En el caso del Sureste Asiático no es necesario ponerte vacunas de ningún tipo, aunque embajadas, blogs y Lonely Planet te advierten del probable riesgo de dengue y malaria en la región. Nada grave, se trata del mismo riesgo que conlleva ir a la salva chiapaneca o a Yucatán. Aún así, para no correr un riesgo más grande, hay mucha gente que toma pastillas contra la malaria estando en Laos. Dicen que si te da una vez, con esa basta y nunca de los nuncas se va.

Yo traía conmigo un botiquín muy básico que compré en la famosa Farmacia Paris. A sabiendas de que siempre me ando cayendo o pegando, un kit normal compuesto de agua oxigenada, antiséptico y vendas bastaba. Aun así, pensaba que probablemente me daría gripa o que necesitaría alguna otra vitamina, y como no tomo medicina convencional, preferí llevarme mis pastas naturales: equinácea para la vitamina C y pastillas de vitamina B12. Todo listo.

Cuando llegué a Phuket, Andrei Rostislavovich me dio un set de pastillas para la malaria, aconsejándome que no era necesario que me las tomara desde antes ya que era una putiza. Me dijo:  «Guárdalas, y si te da malaria trágate una o dos, con eso te da para llegar al hospital.» Hecho. Las guardé.

Viaje por Tailandia donde los mosquitos me asesinaron las piernas y nalgas, pero nada más. Luego en Laos, el lugar en donde es más probable que te de malaria, los moscos se olvidaron de mí. Simplemente no me picaban. En Camboya ni sus luces; y después llegué a Vietnam.

Ahí, parecía que todo iba bien con el tema, viaje de Ho Chi Minh a Da Lat y de Da Lat a Hoi An. En Hoi An me di la vacación de mi vacación en la playa y me quedé más días porque me enamoré de esta pequeña ciudad. Fue justo ahí… el último día un bicho me picó, o varios bichos… yo qué se.

Al siguiente día me iba a Hue, la ciudad imperial. Desperté con una comezón que ardía en mis antebrazos, los miré y me di cuenta que había sido atacada terriblemente mientras dormía. Además de estos piquetes, tenía otro más en la nalga -lugar favorito de los moscos para picarme- que me dolía mucho.

Los piquetes de los antebrazos eran inusuales; primero porque solo estaban en los antebrazos; segundo, porque  eran pequeñitos pero ardían horrible. Al no tener Andantol para calmar la comezón, recurrí a llenarme los brazos con pomada del tigre, que se supone es re buena para eso. Yo aún así me quería arrancar los brazos y aventarlos.

En Hue, una compañera de cuarto se dio cuenta de mi sufrimiento y me dio una crema de cortisona que salvo mis brazos y mi paz mental, aunque me dijo: «Me parece que esos piquetes son de pulgas». ¿Pero cómo?  Había dormido en ese hostal los últimos 3 días y no había pasado nada, ¿o las pulgas me agarraron en otro lado que no fuera mi cama? Quién sabe.

El piquete de la nalga seguía doliendo bastante, yo lo tocaba (no lo podía ver) y sentía que tenía una especie de hoyo pero pequeño. También pensé que en unos días desaparecería.

Después de dos días me fui a las cuevas de Phong Nha; los antebrazos ya estaban bien. La nalga seguía igual. Pasaron 3 días y me fui a Hanoi, como ya no estaba sola, le pedí a Michelle (la chilena) que por favor me revisara el trasero, lo hizo y me soltó un «Hueona, esto está infectado». ¿Hay un hoyo? pregunté, «Sí hueona, cómo chuchas te lo hiciste?»

Pffff, momento perfecto para sacar el botiquín y ella añadió una pomada con antibiótico. «Con esto seguro se te calma».

Al siguiente día volvió a revisar, y al siguiente Sara, después Clot, después Carlos; todos coincidían en que iba mejorando notablemente.

Ahí me tenían, enseñando el rabo a quien fuera para que me dijeran cómo iba y para que me pusieran la curita, porque como yo no podía ver la herida, me daba miedo poner el pegamento en donde estaba abierto.

De repente, ya no era un «piquete», apareció otro al lado del mayor, y luego otro. Todos con una puntita blanca ¿qué pedo?.

Llegué a Tailandia y hablando en el whatsapp con Sophie me dijo que ella creía que eso no eran piquetes de mosquitos, sino forúnculos.

Andrei y yo no teníamos idea de que era eso, así que nos pusimos a consultar a don Google. En efecto, parecían forúnculos.

Estábamos a escasos días de irnos a sentar 11 horas diarias a meditar, así que decidí ir al doctor para tener el trasero en perfectas condiciones.

El doctor dijo muy fresco «Algo te picó, un mosco o algún otro bicho que traía esta infección, pero no te preocupes, no pasa naaaaaada, sigue limpiándolo con esto y esto  y sigue poniéndote la crema antibiótica. Además, tómate estos antibióticos y ponte un curita.» ok!

en el doctor

Andrei, con toda la paciencia y suficiente asco, limpiaba diariamente mis forúnculos y ponía el curita correspondiente.

Llegué al Vipassana con un forúnculo muy pequeño, no había ya ningún problema. O al menos, eso es lo que yo pensaba.

De repente, por ahí del octavo día de meditación, salió otro abajo de la nalga izquierda, un poco distinto a los demás. Este parecía una quemada, no tenía nada blanco, tenía una bolsita de agua. No la toqué, la dejé y me dormí. Cuando desperté, la bolsita había crecido 3 veces su tamaño. A la chingada! Saqué una aguja y me picotee. Salió el líquido y comencé a curarla como a las demás. Hasta hace apenas unos días sanó por completo.

En algún momento pensé que el calor que sentía mi cuerpo durante la meditación, era el causante de este nuevo y raro forúnculo de calor.

Salimos del Vipassana y todo siguió bien, pero cuando llegué a Bagan salió otro pequeño y cuando llegué a Mandalay, salió el peor de todos. Dolía muchísimo. Todo el camino en el camión del Lago Inle a Mandalay lo sufrí horrible, esa noche no pude dormir bien.

Cuando llegué al hostal, lo revisé. Limpiar, limpiar, poco a poco empezó a drenar más y más, hasta el día en que llegué a Hong Kong. Ahí decidió drenar todo, ya no sentía más dolor pero dejó una marca profunda en mi trasero. Dejó -literal- un hoyo en mi trasero. ¿Cómo puedes tener un hoyo en el trasero????!!!

Se que todo esto suena asqueroso, pero no podía no escribir sobre esto porque me mantuvo en un mal viaje constante, ya no sabía qué más hacer o cómo detenerlo. Por lo que leí vi que no era nada grave, salvo algunos casos. ¿Un hoyo es suficiente para ser esa excepción?

Decidí decirle a Toño, quien me recibió en Beijing, que por favor me llevara al doctor ya estando allá. Le mandé una foto del hoyo. Me dijo que ni de chiste me llevaría a un doctor porque correría el riesgo de que los chinos no me dejaran salir del país. ¿Quéeeee??? pffffff…. en fin. Decidí aguantarme… el hoyo cada día iba cerrando y pues espere a llegar a México y ver a mi doctor.

Hoy ya no tengo hoyo, ya no han salido más forúnculos y poco a poco mi nalga izquierda regresa a la normalidad. ¿Qué me picó? Al parecer me picó el mosco del dengue, pero mi cuerpo resistió a tal enfermedad y en vez de dengue, me mando forúnculos. De algún modo tenía que salir la chunche esta. Creí que era un estafilococo, y éste no fue encontrado, así que como se dice coloquialmente «sepa la bola». Lo bueno es que ya estoy bien, ya me puedo sentar sin dolor y solo queda esperar que el rabo quede presentable de nueva cuenta e ir a tomarme muestras de sangre para estar 100% segura de que ya no tengo ningún bicho.

Así, me llevo un gran recuerdo del Sureste Asiático en mi cuerpo, y la enseñanza de que no importa lo que te tomes, lo que lleves, que tanto te cuides, ya saben cómo va el dicho: «Cuando te toca; aunque te quites y cuando no te toca; aunque te pongas».

Of shocks and puzzles

I recently read a Frenchman’s observation of current human interactions, wherein he basically states that today, when people meet, after a brief handshake and hidden glance, they immediately exchange Facebook IDs, sites and blogs and that a session in front of a computer screen has replaced conversation. While I agree that there is a tendency for more and more of this behaviour, I am happy to be able to look back at all the wonderful people I’ve met since I left Mexico in April 2015, as well as all those I have met since 2011, when I decided to share my flat with strangers from all over the world. As a tribute to all these amazing people, I have chosen to write this post in English.

One Friday afternoon many years ago, before shutting my computer off and starting the weekend celebrations, I was trying to schedule the pick up of a gas shipment from Algeria. I could not get through to anyone in that country. After a while, I learned that they don’t work on Fridays, but do work on Sundays. This shocked me, as Sunday, for no rational reason, seemed to me like the most appropriate day to chill out. Now it puzzles me to see so many countries agreeing to have Sundays off.

In 2008, Barack Obama became president of the US and then went on to win the Nobel Peace Prize. I cared little about the former, but was shocked by the later. He had promised denuclearization and closing Guantanamo, among other promises to reduce the US’ aggressive stance towards the world. I didn’t buy into this international populism, just as I don’t worry much about Donald Trump’s national populism of getting Mexico to build and pay for a wall (that’s already there, by the way), or his withdrawing from the Paris Climate Deal or from the many international trade agreements the US is a party to. I am nevertheless shocked at his election, simply because of his lack of diplomacy, his terrible cantinfleo, his prejudices and his crazy hairdo. But then I think of the Mexican president, Enrique Peña Nieto. He was a proven ignorant, human rights violator, corrupt as can be, and all he had going for him was a slick hairdo. He was elected president by an uneducated, uninformed, highly gullible and/or corruptible Mexican population. He pledged to reduce the cost of electricity and gas and bought votes in exchange for portable stoves, TV’s and grocery coupons! Aside from losing a bit of weight and gaining some grey hairs, he has not changed a bit since coming to office. He continuously flaunts his ignorance and impunity and kills, disappears and displaces hundreds of thousands of Mexicans while the international community supposedly worries about what Kim Jong-un might be up to. I am puzzled by the fact that Obama is still glorified, that leaders from all over are politely congratulating Trump and that Peña Nieto is able to do whatever horrors without suffering international condemnation.

In the fall of 2013, my brother Rafael was diagnosed with cancer. Like the denuclearization promises of Obama, I thought this wasn’t really serious. He then weighed about 110 kilos and was 1.98 meters tall. He hated when people asked him if he played basketball. Eight months later, he weighed around 60kg and was about 1.80m, but we were both hopeful he would recover. Nobody asked him if he played basketball anymore; in fact, people -me included- didn’t really know what to ask him. He held on to his optimism and made plans for the future. He wished to spend the summer of 2016 on a ranch in Denmark he had found through Airbnb. He would be there with his family, while friends would be able to come and go as they pleased. Julian would learn Danish, pick strawberries and play with farm animals, as Rafael and I had done when we were cute and careless. Back then, I was not the (relatively) healthy sailor I am today. I was a chubby maritime lawyer working for an oil exploration company, following a strict diet of tacos and garnachas, doing no exercise whatsoever and getting wasted regularly to forget how uneventful my day had been; a routine shared by and with most of my friends.

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Towards the end of the summer of 2014, my brother was eating a passion fruit and its seeds started coming out through a fist-sized hole on his neck. When I saw this, two fatal thoughts dawned on me: 1. my brother would not recover, and 2. anyone, including me, could get sick and die at any moment. This shocked me. I had never been told this, or at least not in a way that invited me to really think about it. I had gone to school for about fifteen years, studied law for another seven, practiced for about eight and was looking at another thirty behind a desk. Despite this great investment, the corporate ladder and a comfortable retirement were no longer a given and had forever lost their appeal. A shocking, but somewhat liberating realization. Now it puzzles me to see people, including many of my friends and my brother’s friends, who having the opportunity to opt out and knowing what I had just learned, continue on a path they are unhappy with.

Following the passion fruit incident, my friend Sacha Mandinga and I started brewing a plan to ditch our mundane existences and travel the world until we found something gratifying to do with our lives. Two weeks after Rafael’s cremation, Sacha came home boasting how rather than quitting, he had been fired, his boss being too proud to let him quit, and how this had suddenly given him an ample travel budget. I was thus pushed to sit and write my own resignation, to a boss I admired and considered a friend, to a company that had been very supportive during my brother’s illness, to the possibility of flying a helicopter to witness the offshore operations of the oil industry, to having my ego inflated by a title or position and to a salary that allowed me to purchase whatever I craved. It was not easy, for in addition to these apparent obstacles, a promising career in Rio de Janeiro was offered in a last effort to corrupt my resolve. Fortunately for my weak, well-programmed capitalist self, the oil crisis did not allow my employer to back the proposal with an interesting raise.

And so, Sacha and I set off for Indonesia, bought a pair of motorbikes and drove and drove, with watery eyes and beaming like two Cheshire cats, overwhelmed by the beauty of an ever changing scenery always decorated by joyous, welcoming smiles, some reddened by the betel nut, others of a glowing white.

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Among the many things we learned during our journey, we found that in the greatest archipelago, like in Thailand, people eat with a spoon. They sometimes use a fork to shove food onto the spoon, but it is quite hard to find a knife. After a couple of perplexing days, Sacha and I realized how superior the spoon was to the fork, and how, again, through some irrational programming, we had been made to view eating with a spoon as something ill-mannered. In Phuket, the furnished flat I am renting only came with one massive knife which I use for chopping up vegetables and fruit. At first, I thought of buying some normal knives, at least to spread Nutella on bread, but I could not find any. No problem finding spoons and forks though. Now, it puzzles me to see people eating with a fork rather than a spoon.

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Reinforcing the truth that anyone can die at any moment, just four months into our trip, Sacha died of cancer. From diagnosis to death, only 6 days transpired. At first, I was of course sad, but I was not shocked nor engulfed in misery. Life had been truly beautiful since we left Mexico, and so he passed with a grin across his bearded face, and I, with a similar grin but not as bearded face, scattered his ashes. Again, it puzzles me to continue seeing friends who have the means to change, yet stick to their unhappy routines. As Yann Martel so rightly put it in the words of the extraordinary Piscine Molitor Patel, «a tie is a noose, and inverted though it is, it will hang a man nonetheless if he’s not careful.»

Alone, thoughts of the future came back to haunt me. What was I to do? Go back to Mexico? Ride across Java and Sumatra on my own? Take a plane to Ulan Bator, buy a horse and ride up to Lake Baikal? Shocking, how well-programmed we are to forever think about the future. Hoping to quell these thoughts, I went on a ten day Vipassana meditation retreat. The retreat did much more than quell. I was shocked to realize how much bullshit is constantly hovering in my mind, making it very difficult, but not impossible, to regain my clarity. I was shocked to discover how much physical pain results from one’s own mental anguish and lack of equanimity; shocked to learn that a deep meditative state is a truly psychedelic experience; shocked to acknowledge how prejudiced I can be, fearing a guy simply because he wore camouflage clothing everyday, had some scars across his neck and face, spoke in his sleep and was much taller than me; loathing another because he had brought his own squeaky «Happy Buddha» pillow to sit on and because he applied some strong smelling oils to his long hair every evening; disapproving of many for eating with a fork or using elephant-patterned pants -the trademark of the South-East Asian backpacker; and getting slightly angry at some for distracting my meditation with their farts, burps, coughs or phlegm.

On the other hand, I was surprised and glad to see that with strong determination, anyone, including me, severely overweight individuals, heavy smokers, eighty year-olds or hyper-actives, can make it through more than a week of waking up at 4am, sitting cross-legged eleven hours a day, eating only vegetarian food, keeping their mouths shut and not killing a single mosquito, ant or fly. This said, it is by no means an easy task, but it puzzles me when I hear some say «I would never be able to do it, I don’t have the physical condition, I cannot decelerate my mind, I cannot go without smoking…»

Aside from the lot of chatter that invaded my mind throughout the 110 hours of meditation, the recurrent sexual flashbacks or fantasies and the occasional, deep, relevant thought, I concluded that I was in no hurry and that I should mourn on my own terms, without returning to Mexico nor continuing my trip. I settled in the beautiful Balinese village of Lalang Linggah, at the Balian Surf Camp, where I spent weeks relaxing, meditating, reading, writing and, occasionally, surfing. I decided there that I would move to Thailand and become a sailor.

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A few weeks after moving to Thailand, I had to pay my first utility bills, even though somewhere on them I could read that they weren’t really due until the year 2559. I suspected this to be a system glitch (akin to Y2K), or maybe a number that had nothing to do with dates. The fact left me confused and curios, so I started observing anything I could find a date on. I saw that the computers at work all referred to 2559, that the taxes and insurance on my motorbike were valid until 2560, that the cans of tomato sauce I was about to buy would be good until 2562… I was in shock. I was either in the future, or the Thais were not giving the death of Jesus Christ the importance given elsewhere. Now it puzzles me to see so many countries agreeing to count their years on the same basis.

I have now been living in Phuket for nine months and in a couple more will reach the end of my training and the end of my rental agreement. Though I have much more control over it now, I cannot help but start to think about the future. And so, hoping again to find some answers through meditation, I traveled to Myanmar for another ten-day retreat. This time, I was accompanied by Phuyin Ti Sungsung. I was immediately shocked to see every single man in Yangon wearing a long skirt, called longyi. How had they managed to avoid the international male fashion of pants or shorts? To not be bullied for doing so? I found it amazing, and could only imagine how comfortable they all were. It brought back memories of how happy Homer Simpson was when wearing a dress or how happy I was with the extra extra large t-shirts I sometimes inherited from my parents or brother. I did not, however, dare to get one for myself, as I never thought I’d have the courage to wear it. A couple of days later, I entered the meditation centre and started seeing foreigners wearing them. At first, I thought they looked quite ridiculous. Then I saw other foreigners wearing elephant-patterned pants, frowned upon them, and decided that those who had opted to wear the longyi might actually be alright. At dinner, I saw all of them eating with a fork, and pitied their ignorance. After a couple of days, I envied all the Burmese and the courageous foreigners for meditating so comfortably in their skirts, while I sweated in my jogging pants and boxer shorts. When I got out, I bought one and can no longer think of a more comfortable, elegant outfit. The length of the longyi is easily adjustable to fit the weather and need for ventilation. In short, it is to the bottom half of the body what the guayabera is to the top half.

Of my many puzzles, that the longyi has not spread around the globe is most puzzling.

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