Mama Su y Sapa

Algo que tenia muchas ganas de hacer durante este viaje era hacer un trekking con alguna tribu local.

Estando en Pai, Tailandia fui a preguntar varias veces si era posible, pero el hecho de viajar sola  te complica este tipo de planes. Mis opciones eran: 1) Conseguir gente para hacer el trekking conmigo, o 2) esperar a que se juntara más gente interesada en hacer el mismo tour que yo y regresar a preguntar.

Regresé varias veces hasta que me harte. Me quedaría con ganas de conocer a alguien de las tribus del norte de Tailandia.

Para cuando llegué a Luang Prabang en Laos, me di cuenta que varias de las tribus de Tailandia también habitan en Laos, así que fui a buscar de nuevo y salio la misma chingadera. Si vas sola el paseo te sale lo doble de caro, de nueva cuenta tienes que conseguir gente que quiera hacer lo mismo que tu. Claudiqué.

Finalmente, cuando llegué al norte de Vietnam decidí ir a Sapa, una ciudad en el meritito norte norte de Vietnam, en donde -para mi fortuna- vive gente de la tribu h’mong.

Ahí, si te quieres quedar en casa de una persona local, vayas sola o acompañada, no es ningún problema y es el mismo precio para todo el mundo.

Esta vez -curiosamente- ya no estaba sola. Desde Phong Nha a Hanoi, de Hanoi a Ha Long Bay y de Hanoi a Sapa, estuve acompañada por un grupo de gente increíble: Sara de Inglaterra, Bart de Los Paises Bajos, Michu, Carlos, Claudio (Clot) y Matias de Chile y mi paisano Pepe. Y aunque unos se quedaron en Hanoi para partir hacia Singapur (Carlos y Clot) y otros se fueron antes a Sapa (Michu, Bart y Sara), Pepe, Matias y yo nos fuimos juntos y alcanzamos a los otros tres en casa de Mama Su.

En Hanoi

El plan era hacer el trekking todos juntos, sin embargo, el sureste asiático, empeñado en no dejarte ir sin una marca importante en tu cuerpo, no permitió que Bart ni Sara nos acompañaran, ambos se cayeron de una moto.

Total que, después de dos recomendaciones, fue Mama Su quien nos dio alojamiento y comida. Aquí les dejo lo que aprendí estando con ella:

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Nombre: Su

Tribu: H’mong

Idioma: H’mong

Edad: 37 años

Estado civil: Casada

Hijos e hijas: 2 niñas y un niño

Religión: H’mong y cristiana

Religión y costumbres: En la religion h’mong se cree en los espíritus familiares. Siempre se guarda comida para que ellos coman antes que los vivos. Cuando se cosecha el arroz, se ofrenda primero al padre y a la madre, lo mismo antes de comer.

Le conté que en México tambien honramos a nuestros muertos y les ponemos una ofrenda muy similar a las que ponen en Asia, con la diferencia de que solo lo hacemos una vez al año.

El arroz: Las semillas de arroz que cultivan las compran a una compañía china. Dice que podría cultivar su propio arroz, pero el suyo produce menos granos, por eso usan el otro aunque asegura que es caro y no reciben ningún tipo de apoyo gubernamental.

Identidad: No sabe su fecha de nacimiento ni el de sus hijas e hijo, solo el año en que nacieron es medianamente importante. A pesar de esto, si tienen acta de nacimiento aunque jamás la usen.

Trabajo: Trabajar en los arrozales toma 10 horas diarias. Generalmente, comienzan a las 7:00 a.m. y terminan a las 17:00 horas. No tienen un patrón que les ponga horarios o cualquier otro tipo de cosas, son sus propias tierras y cultivos, por lo que si están cansados o enfermos, pueden descansar.

Los niños y las niñas también trabajan el arrozal, comienzan generalmente a la edad de 11 años. Van a la escuela y de ahí a trabajar. Después de los 15 años tienen que trabajar más.

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Su 

Educación: La escuela es gratuita hasta los 15 años. Después de eso, si quieres seguir estudiando debes ir a Sapa o a alguna localidad cercana a Hanoi; además, deja de ser gratuita a ese nivel, por lo que muchas familias no pueden mandar a sus hijos a la escuela.

Por su parte, Su no sabe leer ni escribir, pero habla muy bien inglés. Lo aprendió hablando con los turistas cuando comenzó a alojarlos hace 8 años, hoy es su principal fuente de ingreso.

Por cierto, Su tampoco habla vietnamita.

Economía personal: No se gana mucho del arroz, primordialmente porque el que siembran es para su consumo, solo a veces lo venden.

Para sembrar, lo ideal es tener un búfalo de agua, pero este cuesta 10 millones de dongs (unos $8,500 pesos). Muy caro para ella. Es por esto, que además de sembrar arroz, tejen. Tejen cosas preciosas y muy elaboradas. Como ando en mi etapa de recuperar conocimiento perdido, antes de emprender este viaje fui a que me re enseñaran a bordar, así que le enseñé el bordado que yo he estado haciendo y tuve la fortuna de que ella me enseñara como bordan ellas. ¡Esta difícil!

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Temores: Su le teme a las alturas, aunque se la vive en las montañas. Dice que cree que nunca podría subirse a un avión. Le dije que era como ir en tren, que no iba a sentir nada, jeje.

Gustos y disgustos: Come de todo menos pescado, víboras o perro. Simplemente no le gusta. Su estación favorita es el verano, no hace tanto calor, ni hace tanto frío. Últimamente en invierno les ha nevado, algo completamente inusual y que les afecta mucho porque los animales, incluyendo los búfalos, se mueren.

No le gusta el sur de China, sus vecinos, dice que son muy groseros con ellos, no dicen hola ni adiós.

Sus animales favoritos son los pájaros y las gallinas. Los arrozales y el paisaje impresionante que forman ya no le sorprenden. Le encanta el vino de arroz, al que le llama «happy water», pero no le gusta la cerveza.

Matrimonio: Las mujeres h’mong se casan alrededor de los 15-16 años, aunque algunas se casan a los 12. Se casan con niños de su misma edad y ellas pueden elegir a su esposo. No existen los matrimonios arreglados ni forzados. Su fue una rebelde, ella se caso hasta los 22.

Procreación: Ella tuvo sus partos en casa, solo cuando hay un problema muy serio van al hospital. Por lo general, para todo se usan remedios medicinales caseros.

Como costumbre, suelen guardar el cordón umbilical de los bebes en un frasco por unos días y lo dejan al lado de la cama, como ofrenda y agradecimiento a sus ancestros. Después, este se entierra bajo la tierra.

Por el momento, Su no quiere tener más hijos.

Roles de género: Son casi inexistentes. Los hombres cocinan, las mujeres también. Los hombres cuidan de la chamacada, las mujeres también. Los hombres trabajan el arrozal, las mujeres también. Solo el tejer pertenece a las mujeres.

Si alguna vez van a Vietnam, no se pueden perder de esta experiencia. Debido a que Su no escribe ni lee, es necesario que para contactarla le marquen por teléfono, aquí dejo sus datos: Giang Su (+84) 01677924940

No se van a arrepentir!!!

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Camboya

Mi paso por Camboya fue rápido pero muy enriquecedor.

Ya sabía que este país se luce por la cantidad de corrupción que hay en su gobierno y autoridades, incluso asimilable a México. Esta corrupción se puede palpar desde antes de que cruces la frontera.

Un par de días antes de partir a Camboya, varios amigos y yo estábamos buscando en internet cuánto costaba la visa, además de preguntarle a otros conocidos cuánto habían pagado y cómo les había ido.

«La página de la Embajada dice que cuesta $35 dólares, más $2 dólares por un examen médico superficial.»

«Sí, pero dicen que en el camión pasan unos sujetos y te piden tu pasaporte para que ellos hagan el trámite y esto puede aumentar el precio a $39, $40 dólares, lo que ellos quieran.»

«Yo no quiero dejarles mi pasaporte, deberíamos hacerlo nosotros mismos.»

«Sí, aunque también me han dicho que si no le caes bien al que te está atendiendo te pueden cobrar todavía más».

«Una amiga pagó $50 dólares». «Un amigo pagó $45».

Así eran las conversaciones. ¿Cómo demonios puede ser posible que hasta para hacer este trámite sean tan corruptos? Todos nos lo preguntábamos y hasta nos daba miedo.

¿De qué dependerá si les caes bien o no? ¿De ser güero, negro, moreno, amarillo? ¿De tu estatura? ¿De si eres «western» o no?

Por estos lares siempre confío en que la nacionalidad mexicana me ayude. A ojos internacionales seguimos siendo un amor.

Pues bien, partí antes que los demás. Prometí avisarles como me iba en el cruce de fronteras y darles -si había- algún tip.

Primera parada: Con la autoridad de Laos que te cobra $2 dólares por salir del país, cuestión que sorprende a muchísimos europeos, ¿por qué cobran? se preguntan. Yo les digo que varios países hacen eso. Recuerdo tener que pagar $20 dólares para salir de Ecuador y que México también le cobraba a algunos países latinoamericanos.

Ahí mismo llenamos las formas migratorias y el sujeto nos dijo que le diéramos nuestros pasaportes para que él hiciera el trámite. Nos resistimos hasta que dijo que podíamos seguirlo en cada paso del trámite y que nos cobraría $39 dólares.

Decidí aceptar, era eso o depender del buen o mal humor de otro camboyano. No hubo contratiempo alguno, lo seguimos hasta donde pudimos, de repente desapareció pero regresó con los pasaportes y descansamos. Ya con visa en mano, me subí a la minivan que me llevaría a Siam Reap.

Desde que entras a Camboya te das cuenta de que las cosas  no deben estar muy bien allí. A diferencia de Laos que conserva muy bien sus montañas repletas de árboles, aquí sólo se veían hectáreas y más hectáreas de terreno con árboles talados. Miles de ellos. Una tristeza monumental. Pensé que sólo sería un área; pero no, este panorama siguió por cuatro horas.

Por otro lado, ves por todas partes el letrero del Partido Popular de Camboya. El único que ha gobernado a este país desde 1993 como tal, aunque -igual que en México- este partido fue creado muchos años antes y fue cambiando de nombre a través de los años ¿Les suena?.

En fin. Llegué a Siam Reap e hice lo debido: visitar el fabuloso complejo de Angkor Wat, una serie de estructuras religiosas o templos considerados como patrimonio de la humanidad y como una de las nuevas maravillas del mundo. Hay que decir también, que no hay ruinas mas grandes que éstas en el mundo. No hay palabras que puedan describir su magnificencia, ni toda la historia que existe detrás de ellas. Simplemente increíble.

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En esta ciudad, varios chicos europeos que trabajaban en el hostel donde me quedé (Funky Flashpackers) me dijeron que tuviera muchísimo cuidado en Phnom Penh, la siguiente ciudad a la que me dirigía y que también es la capital del país.

Ya había leído en mi súper guía -que no ha servido de mucho- que en la capital son muy comunes los asaltos, específicamente el robo de bolsos. Para una que es chilanga esto sólo forma parte de la cotidianeidad, así que hace falta un poco más para asustarme.

Pero cuando estos chicos empezaron a decirme que era re peligroso, más allá de los asaltos y que luego yo, andando sola, debería tomar extra precaución; ahí me empecé a asustar.

Pregunté si era posible salir por la noche a tomar unas chelas, me dijeron que mejor ni lo intentara.

Total que lo lograron. Me fui re espantada a Phnom Penh ¡Me aterroricé!

Tomé de nueva cuenta una minivan hacia allá; misma que se descompuso a medio camino por lo que tuvimos que esperar más de 2 horas para partir. Gracias a este retraso, conocí a uno de los pasajeros:

¿De dónde eres? -De México- ouuuu nice!- ¿y tu? – De Ruanda – woooow!!!

¿Qué se dice cuando conoces a alguien de Ruanda? «Que chingón? Siento muchísimo todas las muertes que han azotado a tu país? ¿La pobreza? ¿ya viven en paz?» No tenía ni idea de qué decir así que me limité a un «wooow!!! nice!». Seguramente en su cabeza ocurrió un debate similar.

Nos fuimos a cenar. Pie-Pacifique me platicó que no vivía en Ruanda sino en Sudáfrica; que dejó su país a los 13 años debido al genocidio y que aún no es un buen lugar para vivir, pero que la gente es buena y linda. Sudáfrica, para el, es un país muy distinto al resto de África, pero le gusta.

Platicamos del catolicismo impuesto en Ruanda y México, de las historias antiguas que ya existían en su país antes de la colonización, yo le conté del mito de la Virgen de Guadalupe y su relación con la antigua Tonantzin.

Le conté también del último libro que había leído, «El origen de la tragedia» y cómo Nietszche describe y explica por qué los países occidentales destruyen y toman otros países como los nuestros.

Fue una plática valiosísima.

El estaba en Phnom Penh por cuestiones de trabajo y no era la primera vez que iba. Así que le pregunté:

¿Es verdad que es súper peligroso? – ¿a qué te refieres?- Me han dicho que asaltan mucho y pasan cosas horribles, que ni siquiera debería salir de noche. – No me ha tocado ver nada así, yo creo que  estarás bien.

Fue un respiro y, efectivamente, no fue como me la pintaron. Camine tranquila por las calles, salí a pasear y no pasó nada.

La cosa es esta: Las y los chicos «occidentales» viven una realidad muy distinta a la de cualquier latinoamericano, africano o asiático, por lo que nuestros estándares no son los mismos, ni están cerca de serlo.

Estas personas viven en países en donde, generalmente, las cosas van bien, mientras que en el resto del mundo no es así. Aprendemos que SIEMPRE tienes que cuidar tus cosas; incluso desconfiar del otro puede considerarse más una virtud que un defecto. Es una desgracia, pero así es. Sabemos que la corrupción es como la humedad, que la pobreza es una maldita constante; que lo rural es eso -rural- no «pobre» o «no civilizado», que a veces viviendo con muy poco se puede ser más feliz. Entendemos que se avanza de poquito en poquito, reconstruyéndonos a cada paso.

Mi percepción sobre Camboya y, en específico Phnom Penh, es que es palpable que es una ciudad en crecimiento, se ven los edificios viejísimos y descuidados al lado de nuevas torres espectaculares. Ahí se puede cenar en restaurantes súper chidos o en fondas; comprar ropa re barata que en realidad se vende a precios mas altos en occidente pero que son 100% costeables para la gente -la de occidente, claro- (H&M y Benetton son clientes favoritos de las manos camboyanas, que trabajan mucho por nada de dinero y en pésimas condiciones de trabajo. NOTA: Si quieren saber mas sobre esto recomiendo altamente ver el documental «The True Cost»  ahí o en Netflix y les invito a dejar de consumir estas y demas marcas que se aprovechan de la mano de obra de paises en desarrollo, se incluye Adidas, zara, bershka, etc. perdon por el comercial y continuo…), habrá a quien le quiten el bolso y a quien no; se ve que hay gente trabajando duro por sueldos bajitos y al mismo tiempo ves muchas escuelas internacionales (para franceses, japoneses, gringos). Total, hay de todo y para todas las personas.

Teniendo una nueva amistad tan interesante, decidí  que no quería salir de fiesta con la gente del hostal, preferí pasar mis 3 noches con Pie-Pacifique, platicando de nuestros países, de Camboya  y bailando salsa. Resultó ser un fanático y gran bailarín.

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Phnom Penh fue duro. La visita obligada es a la prisión Tuol Sleng, tambien conocida como la S21, lugar de tortura y muerte para miles de camboyanos a manos del regimen jemer liderados por Pol Pot (dejo link para curiosear en caso de no saber sobre este malvado). Entender la locura de este sujeto no me resulta nada  fácil. De hecho, sigo sin entenderla y siempre me pregunto cómo le hace la gente para seguir con sus vidas. Estar con Pie me ayudó a entender un poco más de esto, ya que su pais vivió algo muy similar.

Me dijo que el dejo de sentir rencor y sufrimiento por lo que había pasado una vez que aceptó que las cosas pasan. Dejó de preguntarse ¿por qué pasan? ¿qué hubiera sucedido si esto no hubiera pasado? Me dijo: «La cosa es que pasó. Eso ya no lo puedes quitar. Cuando entiendes eso, entonces puedes seguir adelante y tratar de que nunca vuelva a pasar.»

Nunca se me a olvidar y es una buena enseñanza que me llevo.

En lo que respecta a la corrupción camboyana o de cualquier parte del mundo, me parece que siempre va a estar ahí en menor o mayor medida, como en Ruanda, como en México. El tema es amplio y complejo y a estos gobiernos les ha funcionado tener a la población ganando poco dinero, con  educación insuficiente y con un acceso a la información viciado que les permite perpetuar su estancia en el poder y alimentar la corrupción y a su hermana la impunidad.

Se, por lo que he leído, algo sobre los problemas de Camboya. Personalmente, solo tuvimos la desdicha de ser detenidos por un policía que le bajo 5 dólares a Pie por no traer casco mientras manejaba la moto; no crean que existio la posibilidad de una multa. No. Al mas puro estilo poli chilango ochentero, se aventó directamente a pedir su dinero. Fuera de eso todo corrió con absoluta normalidad.

 

 

La Caida de un Titán. Parte IV.

Me despierto cansado, confundido, sintiendo que voy tarde al hospital. Tardo en darme cuenta que no estoy en Canggu sino en un hotel en Denpasar. El despertador me informa que son las ocho de la mañana del 10 de septiembre de 2015. Mientras inspecciono la habitación, me acuerdo que la noche anterior, entre las nueve y las diez, conversé con el neurocirujano. Me hizo saber que Sacha no se recuperaría. Me baño, visto y paso a desayunar el nasi goreng que ofrece el hotel como una única opción de desayuno.

Al llegar a la unidad de terapia intensiva, el anestesiólogo me comenta que hay que decidir si Sacha continua con un soporte de vida completo o si cambia al básico. Con mucha paciencia y en un inglés casi perfecto, me explica que la eutanasia es ilegal en Indonesia, que deben darle aunque sea alimentación y cuidados sencillos hasta que deje de latir su corazón, que ya no es necesario mantenerlo con el respirador artificial ni tener a personal médico al pendiente para resucitarlo. Continua precisando que con apoyo completo podría vivir 2 a 4 días más mientras que con el básico, descansaría al cabo de uno o dos días. Menciona los costos diarios de cada alternativa. Le agradezco la explicación, sincera, objetiva, clara, sin rodeos ni sentimientos forzados, y paso a saludar a Sacha. Yo lo veo igual que el día anterior pero con lo que me comentó el doctor, siento que hablarle ya no hace sentido. Considero igual o más probable que escuche mis pensamientos a que oiga mi voz y permanezco en silencio a su lado por unos minutos, pensando en lo bien que la hemos pasado; en lo incomparablemente buen pedo que es; en sus ganas de rasurarse antes de ir al aeropuerto -que quizás hubiera sido buena idea, pues trae un buen desmadre de cables y tubos en su barba; en lo chingón que fue que se mudara a Ámsterdam 205; en lo malo que era jugando FIFA; en lo sensible que podía ser al respecto; en cómo, sin esfuerzo alguno, se ligó a una guapa Constance semanas antes en Labuhan Bajo; en la vez que se le acabó el aire buceando; en su amor por Chinta Besar, una moto que a cada rato le causaba problemas; en lo mucho que lo admiro; en lo rápido que había decaído su salud y en lo bien que le había ido, a pesar de todo.

Ferry de Sumbawa a Flores

Más tranquilo y con una ligera sonrisa, me retiro para tratar de comunicarme con su madre y pedirle instrucciones. La señal de internet siempre es un problema, pero logramos acordar pasarlo al soporte básico. Antes de hablar con la administración, decido hacer el viaje a Canggu para vaciar la recamara que Sacha y yo tenemos en el Ketapang de Echo Beach, hotel al que habíamos vuelto una semana antes, después de más de dos meses de viajar por Indonesia, con la esperanza de que los doctores de Bali calmaran los temores de Sacha.

Saludo a Lela y a Putu, las atentas encargadas del hotel, y les comparto la mierda de noticia, empaco mis cosas, les dejo encargadas otras, incluyendo la moto de Sacha, su casco, maleta y ropa, pago la cuenta y me regreso a Denpasar. En mi nuevo hotel aprovecho para echarme un clavadito en la alberca. Me refresca y hace sentir muy bien. Salgo de ahí ligero, suave, fresco, listo para pasar horas en el hospital. Solo me falta comer. Hago una escala en el Pizza Hut que está justo a un lado del Kasih Ibu, me pido una pizza de peperoni sin la orilla rellena de queso -aprovechando que no está Sacha, una coca cola y leo Robinson Crusoe en lo que llega la comida. Mastico lentamente, disfrutando de cada mordida y tomando todo el tiempo que siento que requiero antes de comunicarle a los doctores que estamos listos para pasar al soporte básico.

Son como las 4pm cuando por fin vuelvo al hospital. Me encuentro al anestesiólogo y le comparto la decisión de la familia. Me pide pasar a la administración, pues hay ciertos papeles que firmar y el no puede actuar hasta que todo esté en regla. Antes, me detengo a saludar a Sacha. Ha tomado un color más amarillo, más pálido, pero se sigue distinguiendo su bronceado de taxista. Su barba, tupida y despeinada, se enreda entre tubos. Le cuento que Lela se veía muy bien por la mañana, que la dejé encargada de Chinta Besar, de su casco y otras chivas, de lo plano que había amanecido Echo Beach y de lo pinche que la TV indonesia había estado la noche anterior. Le prometo volver en un rato.

Paso a ver a las amables señoritas de la administración, que suelen recibirme con una sonrisa y humanismo. Me comentan que es necesario que la Madre firme unos documentos. Les explico la dificultad que implica la diferencia de horario y los retrasos que conllevaría el envío de documentos originales desde México, pero responden que dada la seriedad de la decisión, no pueden proceder de otra manera. Decido esperar a que amanezca en México para retomar el tema.

Vuelvo a la sala de espera, a observar a la familia, a los niños, a entretenerme con el teléfono, con mi compu. Frente a mi se detiene una señora de uniforme verde. La reconozco cómo la señora que le llevaba la comida a Sacha cuando este aún estaba en el cuarto piso. Se enteró y no lo puede creer. Siempre lo vio alegre, sonriente, emocionado por su viaje a casa. Está muy triste. Conversamos un rato en Indonesio, sobre la vida, la muerte, lo lindo que es Sacha. Si lo hablo y entiendo tan bien es gracias a él. Pasamos unos minutos llorando juntos. Se aleja, retoma su carrito lleno de platos sucios y desaparece al fondo de un pasillo.

Los niños están por todos lados, se ríen, se esconden, se persiguen y, aunque solo pueda ver sus ojos, noto que esto comienza a desesperar a una madre o tía. Retomo mis distracciones y rutina, y veo que recibí un mensaje de Charline. Pregunta si estoy en Bali y si nos podemos ver. Agrega que hace días no sabe de Sacha. A través de lagrimas, le escribo un mensaje, le doy los datos del hospital Kasih Ibu de Denpasar. Charline vive en Dili y está en Bali por unos días para festejar su cumple, surfear, divertirse con unas amigas y reencontrarse con Sacha. Nos hicimos muy buenos amigos un par de meses atrás en Nemberala, una playa de excelentes olas y quietud total en el sur de la isla de Rote. Ahí, Sacha y Charline habían pasado sus mañanas y tardes en las olas, mientras yo echaba la hueva, leía o escribía, a veces escuchando música a través de una pequeña bocina roja que Sacha había traído de México, no sé si con o sin el consentimiento de su dueño, otras, solo oía el sonido del viento en las palmeras, el mar escalando la playa, una cabra luchando con un basurero, gallinas echando el chisme y, más o menos cada hora, un golpe como de tambor, seco, fuerte, profundo, cuyas ondas hacían vibrar la tierra y detenían el tiempo por un instante; un coco que se estrella en el patio del Tirosa. Charline me informa que viene en camino.

Yo sabía que Charline había  marcado a Sacha, aunque él, con pésima actuación, fingía que no. Las circunstancias merecían una última sesión de buleo entre amigos. Quizás hasta lo animaría a despertar, le sacaría una sonrisa o me mentaría la madre. Le advierto que su amada francesa va a venir a verlo y que tiene que echarle ganas para verse un poco menos agüitado. Le grito «¡Echa ganas!», agrego un par de bromas un poco más ojetes, me río, busco una sonrisa en su cara, le aclaro que estoy cotorreando. Le cuento sobre la señora que le llevaba la comida, lo conmovida que estaba, pero tampoco encuentro expresión alguna. No es fácil hablar con alguien que no puede responder. Me despido advirtiéndole que tiene unos veinte minutos para echarse una ducha, raparse, podar su barba y ponerse su colonia.

Charline llega con una amiga, Fanny, con quien me quedo a platicar mientras ella entra a ver a Sacha. Fanny, también francesa residente en Dili, está embarazada y viene a Bali a ver a los doctores, aparentemente mejores que los de Timor Leste. Le cuento sobre nuestra breve visita a ese país, de lo terrible que había sido el primer hotel, la bonita escapada a Baucau y los rumores de dengue y malaria que nos habían espantado.

Después de lo que parecen unos quince minutos a media hora, sonriente y con lagrimas, Charline regresa con nosotros. Me da un fuerte, muy fuerte abrazo, moja mi hombro con lagrimas y tal vez hasta con mocos, y yo la abrazo de vuelta, aunque no tan fuerte porque ella es pequeña y flaca.

Nos sentamos por otro rato, compartiendo historias de Rote, de Dili y de Bali. Charline acaba de cumplir años. Les cuento un poco sobre el recorrido en moto por Flores, Sumba y Lombok, y cómo, aunque al final inexplicable, habíamos llegado a este momento; cómo un tumor del tamaño de una pelota de golf, detectado seis días antes, había presionado el tronco del cerebro al punto de provocarle un apagón.  Cómo sucedió camino al aeropuerto, iba a tomar un vuelo a México…

De pronto, de la sala de cuidados intensos, viene corriendo un enfermero flaco, alto, de piel blanca y cabello negro, sonriendo, agitando su brazo izquierdo de un lado a otro. Lo observo con curiosidad hasta que oigo que llama mi nombre. Me le acerco y, sin dejar de sonreír, me informa que el doctor quiere verme, que está revisando a «Mr. Aledjiandro». Me lo dice muy emocionado. Entro, todo está igual de tranquilo que siempre, hay un doctor examinando a Sacha. Me saluda, muy cortés. Me dice que sospecha que Sacha ha muerto y que va a realizar tres pruebas para confirmarlo. Primero siente su pulso, en la muñeca y en el cuello. Me indica que no siente nada. Luego golpea sus codos y rodillas con un pequeño martillo. No hay reacción. Finalmente, separa sus parpados e ilumina sus ojos con una pequeña linterna. Me dice que no ve ningún cambio en sus pupilas. Me confirma que clínica y legalmente Sacha Mandinga ha muerto.

No sé si fue gracias a la pausada preparación que tuve para enfrentar este momento, a la agradable distracción que me habían dado Charline y Fanny esta última media hora, a la idea de que a Sacha le había tocado un final feliz, a que el doctor me compartió cada paso de su diagnostico con enorme claridad, franqueza y empatía, o a todo esto y más, pero asimilé la noticia. Pasé unos minutos despidiéndome de Sacha, agradeciéndole el viaje por Indonesia y los años de amistad. Aunque no creo en esas cosas, le pedí que me saludara a mi hermano Rafael.

Salí a avisarle a Charline. Desde que me vio supe que mi cara lo decía todo. Vi cómo se llenaban sus ojos y me contagió. Después de unos minutos de abrazos y lagrimas, nos despedimos y fui a buscar un lugar silencioso y con buena señal para llamar a la mama de Sacha. Cerca de la recepción del tercer piso encontré un rincón ideal, con una ventana que daba a un corredor de luz, ancho de dos metros, al final del cual se podía de ver la puesta del sol sobre Seminyak. Eran como las seis de la mañana en México, la señal no daba para el Skype y yo no sabía cómo iba a decir lo que tenía que decir. Recuerdo mucho de ese día y de los días que lo precedieron, pero no de esa conversación. Supongo que hablamos de las cuestiones prácticas, como repatriación, cremación, qué hacer con sus cosas, cuentas de hospital, Chinta Besar, etc. Acordamos que Sacha debía ser cremado en Bali, luego me interrumpió una señorita de la administración, pidiendo firmas, y quedé en que me haría cargo de organizar la cremación, de gestionar el certificado de defunción y de esparcir sus cenizas.

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Llegaron los de la funeraria, dos flacos de mediana estatura, morenos, de pelo corto chino y uniforme militar. Pusieron a Sacha sobre una camilla y pasando por lo que parecían puertas secretas llegamos a un callejón donde estaba estacionada la ambulancia verde. Subieron a Sacha por la cajuela, un chavo se acomodó a su costado y yo me subí de copiloto. A toda velocidad, nos fuimos a la funeraria del hospital militar, cortando a través del rio de motos y autos de un jueves por la noche en Denpasar. Empezamos a platicar. Me dijeron que eran de Timor, que llevaban un par de años en Bali y que no estaban casados ni tenían hijos. Les platiqué un poco de Sacha y de nuestro viaje en moto de Kupang a Dili, de las terracerías infernales que nos habían tocado entre Tablolong y Baun, y otra vez para llegar a Boti. Les dije que no estabamos casados. Me sorprendía que cada que tomaba atajos por barrios residenciales, apagaba las luces y la sirena de la ambulancia.

En la funeraria no había quien hablara inglés. Fue difícil y tardado, pero salí convencido que al día siguiente lo cremarían, alguien se encargaría de conseguir unas flores y se comunicarían conmigo en cuanto estuviera listo el certificado de defunción.

Mi amigo de la ambulancia me dio un aventón de regreso al hotel. Ya no había tráfico e íbamos sin prisa, pero aún así me resultaba imposible grabarme el camino. Me preocupaba no poder encontrar a Sacha al día siguiente. Era tarde cuando llegué al hotel y la alberca estaba cerrada. El día había estado pesado y me sentía todo pegajoso. Me urgía un chapuzón en agua fresca. Me quité los jeans, puse un traje de baño, agarré una toalla, salí de la habitación, bajé las escaleras, pasé casualmente frente a la recepcionista, le solté un «selamat malam», doblé a la izquierda y entré al patio donde estaba la alberca. Sin esperar a ver si reaccionaba la recepcionista, me eché un clavado. Me mantuve bajo el agua tanto tiempo como pude. Bajo el agua, grité, lloré, me calmé y salí por aire. Repetí este ejercicio un par de veces, luego me sequé y fui al cuarto a hacer llamadas, a darle a la familia y amigos un resumen de los acontecimientos de este día y dormir.

A un año, quiero imaginarme a Sacha en una playa, disfrutando del ejercicio de remar y remar (y más remar) para agarrar una ola, feliz de ya no tener que molestarse por usar protector solar ni playera, de ya no tener que preocuparse por los erizos o los madrazos contra el arrecife, o por perder una aleta o tener que compartir las olas con soberbios territoriales. Quizás haya pasado este aniversario surfeando en Nihiwatu, Sumba, aprovechando que el imbécil del dueño ya no le puede negar el ingreso; o tal vez esté pajareando en Moksa, el lounge de los dioses balineses. Podría ser que haya reencarnado en uno de los muchos perros que tanto quería o que, aprovechando su omnipresencia y que tiene amigos en todo el mundo, esté discretamente asistiendo a todas las fiestas en su honor. Probablemente ya no existe más que su recuerdo. No le doy muchas vueltas a estas ideas. Me conformo con reconocer que Sacha fue y seguirá siendo un excelente ejemplo y fuente de diversión.

Aquí el texto de lo que fue la cremación al día siguiente.

La Caida de un Titán. Parte I.

La Caida de un Titán. Parte II.

La Caida de un Titán. Parte III.

La somnolienta Lao

Lao (Nombre correcto según me explicaron los pobladores (la S fue un error francés que se quedo ahí) es un país 80% rural. Esto permite que la naturaleza viva feliz y muy tranquila aquí. Todo el norte de Lao es hermosamente verde, no hay un solo hueco en sus montañas, aquí; quienes habitan, son los arboles.

Ya les platiqué sobre «The Gibbon Experience» en la reserva natural de Bokeo, montañas están repletas de bambú gigantes, felices.

Debo confesar que estar trepada a no sé cuantos metros de altura y cruzar por esas tirolesas, admirando la gran vegetación que existe en ese lugar, me hizo llorar.

Yo lloro por casi todo, pero sobre todo cuando algo me impresiona mucho, tanto, que no lo puedo creer y se me sale el sentimiento por los ojos. Fue el caso de cuando vi ballenas en los Cabos, o el mejor cielo estrellado en Cabo Pulmo, o cuando lloré viendo los glaciares en Argentina. Esta fue una de esas ocasiones.

Mis amigos ya saben que lloro por estas cosas y se burlan de mí. Pero aquí estaba con puros extraños, me tuve que contener para que no creyeran que estaba loca. ¿Quien demonios se pone a llorar cuando esta en un lugar tan hermoso?

Pasar la noche en una casa de árbol, solo escuchando los sonidos de miles de aves y quien sabe qué otros animales, fue espectacular.

Todo el norte de Lao es así. Pero no todo es verde; también hay mucho azul.

En Luang Prabang, una de las ciudades norteñas favoritas de los mochileros, se encuentra una cascada maravillosa en la que puedes nadar en agua azul turquesa. Es un lugar mágico, en donde la tierra forma pozas de distintos tamaños, con cascadas, cascaditas, hasta llegar a la gran cascada.

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Pero no solo aquí se ve este azul, también en Vang Vieng, la ciudad de la fiesta. Aquí se ubican -además de varias cuevas- lagunas azules. La primera esta repleta de ciudadanos chinos con chalecos salvavidas que, honestamente, es mejor alejarse de ahí. Simplemente no se puede disfrutar. Si le echas más ganas, avanzas sobre un camino empedrado en donde se ven todos los campos de arrozales, muchísimo ganado, los hermosos búfalos de agua y unas montañas rocosas abrazando el paisaje; al final, esta la laguna azul 3. Hermosa e ideal para nadar y relajarse un muy buen rato ahí.

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Lao, además, comparte tierra y espacio con el enorme río Mekong. Uno de los ríos más grandes del mundo, pasando por Tailandia, Myanmar, Camboya y Vietnam. Hacer tubbing en este río es unos de los «musts» en Lao.

Al meritito sur de Lao, se encuentran las 4000 islas. Islas que son rodeadas por este gran monstruo del Mekong y que también forma unas cascadas verdaderamente espectaculares.

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Ahora, ¿por qué digo que Lao es somnolienta?

Porque al lado de toda esta naturaleza que respira fuertemente, la gente de Lao duerme. Duerme mucho. De hecho, duerme todo el día.

En todos lados, sea en un hostal, un restaurante, una estación de camiones, verás que la gente está durmiendo. Tienes que despertarlos para conseguir cualquier cosa, un agua, un cuarto, la bendita clave del wi-fi, lo que sea.

Esta somnolencia va más allá. El transporte en este país es un verdadero desastre. Para ir de un lugar a otro nunca sabes si te subirás a un solo camión, o a dos, o tal vez a tres. ¡Nadie te dice nada! De hecho, yo llegué a Luang Prabang por error, porque nadie en el camión aviso que ya habíamos llegado a mi destino inicial (Luang Natham) y me seguí y me seguí y me seguí.

Aquí la gente te dice que tu camión llegará en media hora y puedes quedarte esperando por unas dos horas. Las agencias de camiones te dicen que tu trayecto durará 4 horas y en realidad haces 8, porque los conductores paran a cada rato, o por que cambiaste de camión o por que sí.

Se dice que el nombre oficial del país «Lao PDR» que en realidad significa «Lao Please Don’t Rush» y de verdad es algo que aprendes a hacer. Yo tengo tiempo para andar perdiéndolo en camiones, además de que las playas vírgenes mexicanas me han entrenado muy bien en el arte de la paciencia, por lo que no me representó ningún problema.

¿Qué es lo que me parece increíble de este país y su gente?

Que después de haber sido colonizados por los franceses, después de sufrir por 10 años consecutivos los bombardeos diarios por parte de Estados Unidos y después de sufrir un bloqueo económico, otra vez, realizado por EEUUA, esta gente sonríe a veces, es amable a veces y duerme. Descansa.

Tal vez fue muy cansado vivir todo eso.

Tal vez las bombas los dejaron mareados.

Tal vez es que les vale madre.

Esto último es lo que opinó un laosiano con el que tuve el gusto de platicar. Me dijo que todo era más caro en Lao (a diferencia de Tailandia) porque a la gente no le gusta trabajar. Entonces cobran más para trabajar por menos tiempo.

Eso si, las que le chingan todo el santo día son las mujeres. Ellas siembran, cultivan y recogen el arroz, cuidan de sus familias, cocinan, trabajan incluso en la construcción, además de tejer hermosas telas para después venderlas. Ellas también duermen mucho, pero casi siempre trabajan.

Este mismo señor me dijo «Las mujeres están empezando a obligar a sus hijos a trabajar, pero no se dejan, todo es poco a poquito».

Cuando la gente de Lao no está durmiendo, bebe. Y te invitan a beber con ellos, si dices que si.. aguas! porque no te sueltan, y te dan más y más cerveza con hielo hasta que ellos o tu termines en el suelo. Yo solo lo hice por una hora con el señor que les cuento, y lo bueno es que pudimos parar porque teníamos que tomar un camión. En la hora que estuve con el me tomé al menos 9 vasos de cerveza. No se puede decir que ya no quieres más.

Así es la somnolienta y mágica Lao. Vive entre sueños pero sigue avanzando, poco a poquito, quitándose las lagañas.

Tailandia

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El 18 de julio dejé Tailandia para ir a Laos.

Nunca imaginé que me quedaría casi 2 meses ahí. Al final ya estaba muy acostumbrada a lo tai, tanto, que hasta me daba un poco de miedo llegar a un nuevo país.

Durante el trayecto de Chiang Rai a la frontera, estuve pensando sobre los tais, lo que los hace especiales y creo que, más allá de ser «el país de las sonrisas», es un país donde la gente es muy honesta, jamás toman algo que no es suyo, puedes dejar tus cosas en la estación de camiones por un rato y no pasa nada, si olvidas algo puedes volver al siguiente día y ahí va a estar lo que dejaste.

Esto, para mí, es  algo verdaderamente sorprendente viniendo de donde vengo. En Tailandia me sentí segura todo el tiempo, incluso cuando estuve en los lugares donde casi no hay turismo y, por lo tanto, no hablan inglés; no hubo ningún problema. Con mi muy poco y básico tai, la gente me ayudaba a encontrar mi camino. Siempre amables, siempre con una sonrisa y siempre siendo muy útiles.

Entonces la pregunta surge: ¿Como se logra esto? ¿Será, acaso, que los tais se comportan así debido a un tema religioso? Pero aun si fuera así, para los católicos, robar, mentir y chingarse al otro, es un pecado. Entonces no es solo eso.

¿Cual es la formula para crear una sociedad así, en donde todos se sienten seguros la mayoría del tiempo?

Indagando, gente que vive en Tailandia me comentó que el ideario tai se basa en 3 pilares fundamentales: 1) La Nación; 2) El budismo, y 3) el Rey.

En cuanto a la Nación, Tailandia puede preciarse de ser el más listillo del Sureste asiático al ser el único país en la región que nunca fue colonizado. ¿Como se salvaron de esto? Negociando.

Es por esto que defienden a capa y a espada a la nación y también se explica porque ningún extranjero, bajo ningún pretexto, puede comprar propiedades en el país. Interesante ¿no?

Religión: Los tais, en su mayoría, practican el budismo teravada, aunque también hay musulmanes y una pequeña porción de católicos.

Si bien los he visto asistir al templo e hincarse 3 veces ante Buda, también he de decir que es una sociedad bastante abierta y alocada. Probablemente los principios budistas son los que verdaderamente permean dentro de las familias, pero hacia afuera, pareciera que son tan budistas como son católicos los mexicanos.

El Rey: El rey es lo máximo en este país. Una pensaría que tal vez se sienten obligados a decir que lo admiran y lo quieren, pero no; al parecer el cariño hacia el es genuino.

Unos dicen que la sociedad tai es como es debido al rey, porque ha sabido liderar con el ejemplo.

También me comentaron que algunos tais dicen que el día que se muera el Rey, ellos buscaran irse a otro país, ya que subiría al trono su hijo, que no es querido por la población ya que el si se ha visto envuelto en uno que otro escándalo (desconozco de que tipo). El Rey tiene también a una hija y a ella si la respetan y la quieren, pero no puede tomar el trono porque… bueno ustedes ya saben por qué.

Entonces si, tal vez ahí este la clave de que los tais sean tan buenas personas, han seguido un ejemplo. Por supuesto que Tailandia también tiene problemas políticos. Las últimas bombas que fueron detonadas en el Sur de Tailandia son muestras de eso, pero lo anterior no se mezcla con los valores que tienen los tais.

Me pongo a pensar en estas cosas, porque me da coraje saber que en México esto parece imposible, desde la gente común y corriente, o como se dice, la gente «de a pie» hasta la clase política que nada más no se cansan de hincharse de dinero mediante mañas y corrupción. La honestidad NO es un valor que verdaderamente interese a la sociedad mexicana, aunque repitan lo contrario todo el tiempo.

Antes pensaba que eramos más los buenos en el país, ahora ya no tanto, diario veo una noticia de algún «lord» o una «lady» que se creen más que los demás, cretinos sin educación cívica alguna y leo los comentarios de la gente, de los «buenos» y todo lo que dicen es sobre como matar o desaparecer al cretino aquel. Fatal, México.

No sé en qué momento nos volvimos ese tipo de sociedad violenta, discriminadora, racista y de verdad espero que cambie pronto. Espero que aprendamos de gente como esta, de sociedades distintas y buenas, porque definitivamente, viéndolos, ahora sé que no es un tema de religión, ni de pobreza o riqueza, es simplemente un tema de valores, que desgraciadamente nosotros ya aventamos al traste.

Primer viaje como Capitán, ¿»cuota al Karma Police»?

Contrario a lo habitual en esta temporada de monzón, el primero de julio amaneció soleado y sin viento, con pronóstico de permanecer así por una semana. Había empacado ropa para cinco días, una hamaca, un par de libros, linterna, cosas de baño, una almohada de viaje, bastantes botanas y 18 cervezas. Antes de salir de casa tomé un café en el balcón, observando los algodones dispersos sobre un cielo azul claro, mientras repasaba la lista de madres que debía llevar para un viaje de cuatro días por la bahía de Phang Nga, haciéndola de Capitán e instructor de vela para una pareja de frenchies.

Antes de este viaje, sólo había estado al mando en una ocasión, cuando coincidió la visita de unos amigos con la necesidad de llevar un yate -el famoso Piccolo- a una marina al mero norte de la isla para hacerle unas reparaciones y pintarle el casco.

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El viaje fue fácil, no muy largo, con buena compañía y sólo implicó pasar una noche a bordo, así que el paseo que estaba a punto de emprender con los galos sería mi verdadero bautizo como Capitán y, no lo niego, estaba algo nervioso.

Jean Claude y Geraldine llegaron a la escuela a las 9am, cargando unas enormes maletas, una bolsa con tres paquetitos de arroz frito y otra con tres cervezas. Ni saucisson, ni paté, ni vinito, ni unos mentados cacahuates. Me pareció muy raro, dado que para mi todo el chiste de rentar un velero es ir cheleando y tragando mientras disfrutas del paseo, además de que los franceses suelen ser de buen diente. Ni hablar.

A las 10am salimos de la bahía de Ao Yon a bordo -nuevamente- de Piccolo. Esperaba poco viento, mucho calor y marea en contra la mayor parte del trayecto. No eran las condiciones ideales para un bautizo. Por otro lado, Jean Claude no tardó en hacer muecas de desprecio contra mi querido yate, que sin duda no es de lujo ni está en perfectas condiciones, pero que funciona muy bien y corresponde apropiadamente a lo que el cabrón había pagado. A las muecas le siguieron suspiros que hacen vibrar los labios como solo un francés sabe hacer, comentarios soberbios y un trato irrespetuoso hacia Geraldine, por no ser tan ducha como él a bordo de un barco. Tampoco ideal.

Desde los 13 años convivo con franceses, he vivido en Francia, estudiado en el sistema francés y trabajado para franceses, así que, lamentablemente, la actitud de Jean Claude no me sorprendió, pues aunque sé que no es bueno generalizar, es una actitud que considero común en ellos, en particular en los parisinos. Cuando conozco a uno que se aguanta su soberbia y comparaciones, que muestra un poco de joie de vivre y me ahorra su melancolía, suele nacer un fuerte lazo de amistad; lo que afortunadamente me ha sucedido con la mayoría de los que han compartido mi departamento en los últimos años, con todos mis antiguos jefes y colegas cercanos de CGG y con casi todos los franceses que conocí viajando por Indonesia.

Ahora iba a pasar 4 días con Jean Claude y su simpática, aunque oprimida, esposa, y me preocupaba no lograr que sus muecas y comentarios se me resbalen. Haría mi mejor esfuerzo, no por una propina, sino por la paz.

Tras siete horas de navegación, llegamos al fondeadero de Ao Po, una bahía pantanosa al noreste de Phuket, donde ellos se bajarían a pasar la noche en el Chandara Resort. Se acercaba la noche y yo sabía que en la oscuridad se me complicaría colgar la hamaca y preparar el barco para la noche. Ansioso por despacharlos y disfrutar del atardecer a bordo de Piccolo, ofrecí llevarlos al hotel inmediatamente y encargarme solo de empacar las velas y enrollar los cabos. Sonriente, Jean Claude contestó que era hora del apéritif y sacó las tres cervezas que él había comprado para el día. Creo que Geraldine notó mi ansiedad o lo desagradable que me estaba pareciendo su marido y sugirió apurarse con las cervezas, «no fueran a cerrarles la recepción.»

Luego de dejarlos en la playa, colgué mi hamaca, saqué una de las cervezas que me había comprado para el viaje, puse un CD de clases de tai en el estéreo y me acomodé a ver los últimos destellos de luz. Todo había vuelto a ser perfecto a bordo de mi barquito.

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Lamentablemente, el atardecer fue seguido de un ataque mortífero de mosquitos que obligó a refugiarme en la cabina, donde el calor es insoportable. Cansado, no tardé en caer dormido, un poco triste de no haber podido disfrutar más de mi hamaca y ligeramente frustrado de no haber retenido gran cosa de la clase de tai.

Al amanecer me eché un clavado, limpié el barco y esperé que dieran las 9am para recoger a Jean Claude y su esposa, que descubrí era en realidad alemana. Cuando pregunté cómo habían pasado la noche, Jean Claude se limitó a alzar los hombros y bajar la barbilla sin separar los labios (un poco como quien parece tener ganas de vomitar), mientras Geraldine expresaba que el hotel había estado muy bonito y le interesaba saber cómo me había ido a mí.

Sin mucho viento, combinando motor y vela, emprendimos hacia el Parque Nacional de Phang Nga, donde el paisaje es precioso, lleno de islas calizas que se elevan a veces cientos de metros sobre el nivel de mar, similar al que se observa en la bahía de Ha Long, Vietnam y en los fiordos de Lankawi, Malasia. Hasta Jean Claude parecía estar maravillado. Anclamos un rato en Koh Phanak para nadar y comer. Nuevamente, habían considerado apropiado arroz frito.

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Fue un viaje muy lento y un poco estresante, a pesar del increíble paisaje. En ocasiones solo teníamos 30 centímetros de agua bajo la quilla, tuvimos que esquivar redes de pesca a cada rato y, nuevamente, estábamos terminando el viaje poco antes del anochecer, lo que ahora no me gustaba porque desconocía el tipo de fondo que me esperaba para anclar. Después de dos intentos fallidos con el ancla, el barco parecía estar bien agarrado. Jean Claude había descubierto mi reserva de chelas y se disponía a servirse cuando Geraldine propuso tomar el apéro en el hotel. También ofreció su regadera y me invitó a cenar con ellos, idea que, a pesar de la semi-desagradable compañía, me pareció buena. Habíamos llegado a una pequeña bahía al noreste de Koh Yao Noi, un lugar paradisíaco, no por nada llamado Paradise Resort, que seguramente le había provocado un serio dolor de codo a Jean Claude. Su cuarto estaba precioso y el baño era al aire libre, con una increíble vista a la bahía y a unos arboles en los cuales estaban cotorreando unos tucanes. La cena fue tipo buffet, nada mala, tan buena como la de cualquier fonda o restauran tai. Satisfecho y cansado, me fui a caminar un poco por la playa, antes de regresar a gozar de la tranquilidad de la tarde en el barco.

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Esa noche no hubo un solo mosquito y pude dormir riquísimo en la hamaca hasta las 2-3 de la mañana, hora en la cual empezó a menearse demasiado el barco y tuve que pasar a dormir sobre la cubierta. Cuando amaneció, guardé la hamaca, preparé las velas y me eché un clavado. A las nueve fui por ellos y zarpamos hacia las islas que la tarde anterior había alcanzado a ver desde la playa.

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Aquel día tampoco hubo viento y Jean Claude pareció insinuar que era mi culpa. Paramos a comer en Koh Hong, una isla muy bonita que tiene una bahía escondida en su interior, a la que solo se puede acceder por una cueva cuando la marea esta baja. Geraldine sacó unos paquetitos de arroz frito que bajamos con el agua que yo había previsto para emergencias.

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De ahí, navegamos hasta el Glow Elixir Resort en el suroeste de Koh Yao Yai. Esta vez estaba nervioso por tener que anclar en un lugar sin abrigo del viento. Aunque en los tres días anteriores no habíamos tenido viento, ya me había acostumbrado a un clima impredecible y si por mala suerte se alzaba en la noche, corría el riesgo de ser arrastrado al arrecife que protegía la playa del hotel o, en el mejor de los casos, sufrir una noche muy movida. Llegamos con marea baja y era imposible dejarlos en la playa, así que tuve que llevarlos a un muelle ubicado a un kilómetro al norte de donde habíamos anclado. A unos 20 metros de llegar al muelle se acabó la gasolina del pinche dingui. Jean Claude, ya saben… oh là là, c’est pas possible! prrffff! Saqué los remos y en dos minutos ya me había librado de ellos. Al despedirme, les dije que al final del muelle encontrarían un taxi y que los vería a las 9am en la playa, habría marea alta y podría llegar hasta el hotel. Cargando mi vergüenza y sabiendo que si no me apuraba empezaría a sufrir la marea en contra, remé, remé y remé. Mientras remaba, noté que ellos caminaban por la playa, cargando sus maletas y una hielera. Ese Jean Claude, nuevamente distinguiéndose por su codera, había preferido caminar a pagar los 3-4 euros que le hubiera cobrado el taxi.

Lo primero que hice al llegar al barco fue echarme a nadar y, aprovechando que aún había un poquito de sol, fui a explorar el arrecife con un snorkel. El agua estaba un poco turbia, pero alcancé a apreciar decenas peces de distintos colores y un arrecife que sin duda se vería increíble en temporada seca. Colgué mi hamaca, me eché unas chelas y traté de aprender algo de tai mientras veía el sol desaparecer detrás de Phuket. ¡Cómo disfrutaba de mis tardes solitarias en el barco! La noche fue mucho más movida que las anteriores, pero las cervezas consiguieron que durmiera sin problemas toda la noche.

El último día tampoco tuve suerte con el viento ni, por supuesto, con la comida: otro jodido nasi goreng. Me urgía llegar a mi isla, despachar a estos güeyes e irme a cenar algo sabroso. Pero mi suerte, así como la de Odiseo cuando ya está llegando a Itaca, tenía otro plan. Al vernos amarrando en una de las boyas frente a la escuela, uno de los instructores de la escuela, siempre de las mejores intenciones, se apresuró por salir a ayudarnos a desembarcar. Mientras yo estaba en la cabina apagando los instrumentos, guardando las cartas de navegación y recogiendo la basura, Jean Claude le propuso echarse unas chelas en el barco, idea que encantó a mi colega y que me tuvo atorado en el barco otras dos horas, dado que me habían sobrado bastantes chelas. Después de todo, supuse que estaba pagando una cuota al Karma Police, aunque de una especie distinta a la que refiere Sacha Mandinga en su texto, Sicilia, cuota al Karma Police; quizás asociada a mi ligera tendencia a mentar madres sobre Paris y sus habitantes.

Como saben los budistas, la suerte cambia y si a veces te va mal, a veces te irá bien; todo es temporal, nada es permanente y así como no hay que aferrarse a lo malo, tampoco hay que aferrarse a lo bueno. Acabo de regresar de un viaje de dos días a Koh Yao Noi con dos clientes ejemplares, que además de simpáticos e interesantes, tuvieron la decencia de asegurar que hubiera buena comida a bordo, muchas chelas y chupes por la noche, cena y desayuno de campeones. El viento, además, sopló entre 15 y 25 nudos todo el tiempo, no nos llovió y no hubo broncas de gasolina.