El equipo de las malas decisiones

En México tengo un grupo de amigos que, entre otras cosas, se denominan «El equipo de las malas decisiones» y yo, igual que Sacha Mandinga, de vez en cuando, formo parte del mismo.

Para muestra un botón, o dos, o tres. Durante mi viaje he tomado 3 pésimas decisiones, aquí las relato.

La primera sucedió en Phuket. Después de 10 días consecutivos de lluvia, finalmente el cielo se aclaro y permitió que Andrei Rostislavovich y yo fuéramos a bucear en domingo. Sin embargo, como era sábado por la noche, yo quería salir de fiesta. Prometí que me la llevaría leve, cosa que no sucedió en absoluto. Pésima decisión número 1.

Al siguiente día teníamos que despertar bastante temprano para la buceada y yo estaba, no cruda, crudísima, probablemente creda. Así me fui.

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Para cuando llegamos a la primera isla, me preparé para saltar. Me seguía sintiendo fatal pero creí que en el momento en que me metiera al agua todo iba a estar bien. No fue así.

Lo hice pésimo, mi guía estaba preocupada, todos estaban preocupados, yo solo no podía encontrar mi flotabilidad, parecía una estúpida yendo muy arriba o muy abajo, el agua se me metía todo el tiempo a la mascara y yo gastaba más y más energía tratando de sacarla.

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Al final Andrei decidió tomarme de la mano para poder hacerlo mejor, la guía se sentía más tranquila con esa decisión.

Cuando salimos de la primera inmersión me sentía fatal con todos, me dolía muchísimo la cabeza y me juré que jamás, jamás, haría tal estupidez de nuevo.

Esta mala decisión hizo que me ganara un sobrenombre tai puesto por mi guía: «Miss Mao» que significa «Señorita borracha».

Lo bueno es que las siguientes dos inmersiones estuvieron muy bien y todo mejoro. No lo hagan! Es horrible!

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Mi segunda mala decisión sucedió en Laos. Decidí hacer un trekking que dos buenos amigos, Nico y Meli,  me recomendaron ampliamente: «The Gibbon Experience». Es un tour que se puede hacer en 2 días y una noche, haciendo trekking en la impresionante reserva natural de Bokeo, al norte de Laos. El tour incluye varias tirolesas enormes, la más larga de 750 metros, en donde te puedes maravillar al ver tantos arboles hermosos, y la estadía en una preciosa casa de árbol.

Pues bien, una vez más tenía que despertar muy temprano y estar en el punto de partida a las 8.00 am. Me levanté a las 7.40 am, el tiempo necesario para ducharme y llegar a tiempo, pero no para desayunar. No me importó, pensé que no estaría tan difícil. Pésima decisión número 2.

Comencé a caminar y de pronto se volvió súper cansado, todo cuesta arriba, comencé a sentirme horrible, todo me temblaba, las piernas las sentía de hule, nada de fuerza, sudando muchísimo y con dolor de cabeza. Tuve que parar 3 veces para recuperarme, los guías me decían que tomara mi tiempo. No lo podía creer. ¿Como se me ocurrió no desayunar? En la segunda parada unas chicas me dieron unas pastillas de azúcar, tomé mucha agua y me comí unas galletas. No fue suficiente, seguía pasándola fatal y me sentía muy estúpida.

Finalmente llego el momento del lunch, comí y me sentí mucho mejor. Pude continuar el camino por otro par de horas sin problemas.

Posteriormente comenzamos a usar las tirolesas. Fue impresionante, una de las cosas más bonitas que mis ojos han visto.

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Bokeo

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La vista desde la casa de árbol

Ufff… la última y tercera mala decisión me llena de vergüenza. Segura de que me bulearán por contar esto, he decidido aguantármelo y reírme de mi.

Bien, sucedió en Vang Vieng, Laos. Un pueblo que era altamente conocido por la cantidad de fiesta y drogas que corrían durante todo el día y toda la noche. A partir del 2012 y después de varios turistas muertos por excesos, el gobierno puso manos a la obra y, aunque sigue siendo el lugar de la fiesta, se dice que ya no es como antes.

La primera noche en Vang Vieng, en compañía de unos adorables holandeses en sus venti tantos, jugué varias veces un «drinking game» llamado «The bus». Después de beber varias Big BeerLao nos fuimos de fiesta al legendario Sakura Bar.

Ya tarde, decidí regresar al hostal. Me fui directo al sobre, sin pasar antes al baño. Mala, pésima decisión número 3.

Dormí, y ya saben, pasan esos sueños en donde imaginas que vas al baño y despiertas para ir, pero oh oh, si, es lo que imaginan, ¡me hice pipí en la cama!!!!! No lo podía creer, me regañe como media hora: ¡Pinche Ayeska! ¡No mames! ¡tienes 35 años! ¿como pasa esto? estas súper tonta, ¡tienes que ir al baño antes de acostarte! y ahora ¿qué hago con el colchón y todo? ok… primero lo primero, ir al baño, ducharme, limpiarme, cambiarme. Después, cambiar el colchón por el que esta arriba de la litera, nadie lo notará.

Estaba en shock, tanto que le escribí a mis amigos «Weyes! no saben lo que me pasó, mi peor pesadilla! me hice pipí en la cama!» A lo que muy comicamente contestaron con diversas historias sobre ellos haciéndose pipí «para alivianarme el mal viaje», cosa que funcionó.

En efecto, nadie se dio cuenta, ese día abandoné ese hostal y comenzó mi paranoia de despertarme incluso a las 3 am para ir al baño, solo por miedo a que me volviera a suceder. La paranoia duro unos 6 días más. No me vuelve a pasar.

Querido equipo de las malas decisiones, espero que después de esto tenga un lugar honorario y recurrente en tan prestigiado grupo. Por mi parte, espero ya no tomar más malas decisiones en lo que resta del viaje.

Pak Chong y la promesa de Khao Yai

Después de visitar la agitada Bangkok, me dirigí hacia el noreste de Tailandia para conocer Nakhon Ratchasima, también conocido como Khorat, una pequeña ciudad que cuenta con una de las ruinas más antiguas de Tailandia en Phimai, en el parque Phanom Rung. El plan además incluía visitar el Parque Nacional de Khao Yai, ubicado en otra pequeña ciudad llamada Pak Chong.

Así el plan, llegué a la estación de trenes de Khorat y decidí comprar de una vez el tren a Pak Chong para dentro de dos días, yéndome a las 10 p.m. para llegar allá a la medianoche.

Después de visitar Phimai hice mi respectiva búsqueda en internet sobre un lugar que me habían recomendado dos buenos amigos: «Bobby’s Apartments & Jungle Tours». Nunca reservo ningún lugar, pero aquí ofrecían el dormitorio a tan solo $100 Baht ($50 pesos MX), entonces envié un mail diciendo que estaba interesada en el dormitorio y, probablemente, en algún tour.

Phimai

Esa misma noche, Daniele, un italiano que conocí en Bangkok y que prácticamente está haciendo la misma ruta que yo, me escribió preguntándome cuándo partiría a Ayutthaya para vernos ahí. Le sugerí ir a Pak Chong conmigo y le mande la información del dormitorio de $100 baht. Le pareció increíble el precio y poder conocer el Parque de Khao Yai, el cual se dice es uno de los más grandes y en donde cohabitan de manera natural elefantes, changos, cocodrilos, venados y miles de aves.

Acordamos que lo ideal era pagar ese hospedaje, rentar una scooter y aventurarnos solos en el parque, ya que los tours estaban caros -desde nuestra perspectiva-.

Al siguiente día, lista para ir a pasear a Phanom Rung recibo un mail de un tal Mike, dueño del Bobby’s Apartments, diciéndome que era muy tarde mi hora de llegada y que no encontraría taxis a esa hora en Pak Chong. Acto seguido, decidí dejar mi paseo a un lado y cambiar mi boleto de tren para llegar más temprano. Alcancé a avisarle a Daniele que llegaría ese mismo día a las 5 p.m. y que nos veíamos en Bobby’s. Recibió el mensaje pero ya no contestó. Daniele no contaba con tarjeta SIM por lo que dependía 100% del wi-fi.

Llegue a Pak Chong, alguien me recibió de manera muy amable diciéndome que el me llevaría a Bobby’s sin costo alguno. Pensé «que buen pedo de banda» pero no, era parte del servicio del lugar.

Mike, quien resultó ser un alemán chapado a la antigua, me recibió y me preguntó que qué onda con mi amigo, a qué hora llegaría y que qué onda con el tour. Contesté «No se a qué hora llega y tampoco estamos seguros de tomar el tour».

Maña mexicana de no poder decir no rotundamente sino tratando de suavizar el golpe de la decepción.

Sin embargo, el alemán a la antigua, no se toco el corazón. Me respondió contundentemente: «Me tienes que decir pronto porque no se pueden quedar en el dormitorio si no hacen el tour. Mi negocio son los tours, no darles alojamiento».

Pfffff… y ahora? Le escribí a Daniele a sabiendas de que no tenía internet: «Tenemos un problema, este tipo dice que la estancia depende del tour».

Después de un rato decidí ir a preguntar por los mentados tours, pensé que tal vez podríamos tomar el de medio día que costaba $500 baht en vez de $1,600. El alemán respondió «No estamos haciendo el tour de medio día»- e insistió- «¿A qué hora llega tu amigo? Porque después de las 8 p.m. ya no recibo a nadie».

¿Qué demonios esta pasando??? ¡este tipo me esta reventando los ovarios!!

Me senté a comer un pad thai. Estratégicamente, Mike tiene una cocina que solo abre a ciertas horas, y el pueblo queda lejos, así que no tienes de otra más que comer ahí y solo ahí. Tuve que esperar a que dieran las 6.30 para poder comer. Daniele no llegaba y yo no sabia a qué hora había tomado el tren.

Me puse a hacer tarea. Buscar hostales en Pak Chong, algo diferente, fuera de este lugar y lejos de este sujeto. Encontré uno en el centro, a una hora caminando de donde estaba. Pensé «Si dan las 7.30 y Daniele aun no llega, me salgo de aquí y lo espero afuera. Cuando llegue, salimos a la calle principal, buscamos un tuk tuk o lo que sea, pero ya juntos». Al mismo tiempo pensaba «Vete solo tu, estas viajando sola, no tienes que esperar a nadie. Mmmmm, pero no, quedaste de verlo aquí.»

Decidí esperar y decirle a este sujetillo:

Phuyin: Sabes Mike, si mi amigo no llega a las 7.30 yo creo que mejor me salgo con mis cosas y me voy a otro lado.

Mike: Y a donde vas a ir a esa hora? En este pueblo NO hay taxis, mototaxis, ni tuk tuks, por eso te digo que tiene que llegar antes de las 8.

Phuyin: Ok, pero que pasa si no llega a las 8 sino a las 8.30? se va a quedar sin cama? sin nada?

Mike: Llámale

Phuyin: No tiene más que wi-fi (you idiot!)

Mike: Bueno, pues veo si lo podemos recoger.

Yo en mi mente: N’ombre, muchas gracias, haces un gran trabajo.

Pffffff, otra vez, eso significa que nada de lo planeado pasará, ni rentar una scooter, ni evitarnos el maldito tour, ni aventurarnos nosotros mismos. Me siento en una cárcel.

Daniele llegó a las 8.30 a la estación de trenes. Lo llevaron a Bobby’s. El pobre iluso también pensó «¡Qué buen pedo que me lleven gratis!» :/

Lo vi, lo llevé al cuarto y le expliqué lo que estaba sucediendo. No sin antes ofrecerle una disculpa por haber sido yo quien lo llevo a este lugar, y el, disculpándose por no tener modo de comunicarse conmigo.

El sentimiento era fatal y la cerveza necesaria, pero ¡hey! el alemán abre su cocina -y su refrigerador- solo de 6.30 a 8.30 p.m. Daniele no pudo tomar ni una cerveza para pasar este trago amargo.

¡Fatal! Nos fuimos a dormir hablando de lo increíble que era estar atrapados en un lugar, que ahora tendríamos que gastar lo que no queríamos, comer lo que ese sujeto decida y a la hora que el decida. También deseamos que valiera la pena. Daniele me dijo minutos antes de cerrar los ojos:

«Tal vez es que el karma nos quiere aquí por algo, ¿sabes? Ellos (los tai) creen en eso, nosotros también podemos creerlo, es karma que nos debe llevar a algo.»

«Si Daniele, seguro que es el karma»

Al día siguiente conocí a Cecile, una francesa inglesa increíble con la que tuve el honor de compartir viaje y todo por unos 10 días.

Debe ser el karma.

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Del monzón y Phuyin Ti Sungsung

La sensación es similar a la que produce dejar una tesis inconclusa o un diploma extranjero sin revalidar, ya convencido que no pasa nada… No es tan perturbadora como lo que resiente alguien que aplaza una conversación desagradable e inevitable, o rehuye de la visita al dentista o el examen médico pendientes, solo lo suficiente tangible y molesta para saludar, aunque de lejos, hasta en tus momentos de mayor dicha.

En mi caso, es la sensación que produce tener que dejar otra crónica (la de la varadura, entre otras) inclusa. Aunque no es verdad que me perturbe en momentos como los de la fotografía, si lo hace cuando estoy de huevón viendo Game of Thrones o alguna otra serie. Así que antes de emprender un nuevo viaje (zarpo mañana por cuatro días al rededor de la Bahía de Phang Nga), quiero hablarles de la llegada del monzón y de Phuyin Ti Sungsung al Sureste Asiático.

Las dos semanas que precedieron la llegada de Phuyin Ti Sungsung a Phuket fueron de cielo azul, mar de espejo y temperaturas infernales. Las reservas de agua de la isla terminaban de secarse y los baños en la escuela de vela y restaurantes comenzaban a apestar. Las dos semanas de calma anticiparon este día y los que vendrían. La masa continental muy al norte de Phuket había concluido su transformación primaveral y ahora absorbía la radiación solar con la misma eficacia que el mar a mi rededor. El viento había muerto, la presión atmosférica sobre Asia y sobre el mar Indio se había equilibrado. Sabíamos que la calma no podía durar y que pronto la costa de mi isla se convertiría en un frente de batalla entre masas de aire frío y caliente, armadas de vientos fuertes, lluvias torrenciales, marejadas e inundaciones. Con la avanzada del frente hacia el norte, los vientos que hasta ahora habían soplado de China soplarían ahora del mar hasta las estepas mongoles.

Ese giro radical ocurrió el 22 de mayo. Aprovechando mi día libre, desperté como a las 0900, unas dos horas más tarde de lo normal. Era domingo y por primera vez el cielo amanecía cubierto de nubes, cada una representando un tono distinto de gris. A las nueve y cuarto estaba bañado, vestido en shorts y guayabera de manga larga, esperando que hirviera el agua de mi café. Tomaría mi café mientras terminara de llover -esa lluvia por tanto tiempo ansiada. Como buena lluvia tropical, a los veinte minutos comenzó a disiparse y desde mi balcón alcanzaba a ver que el sur de la isla mostraba esperanza de un día despejado. Asumí que Phuyin saldría a los quince minutos de aterrizar y que yo tardaría unos cuarenta y cinco minutos en recorrer los 35km de camino a bordo de mi pequeña moto gris de características casi idénticas a Juanita Chantik. Nunca imaginé que más temprano que tarde alcanzaría la tormenta.

A los cinco kilómetros de casa empezó a gotear, a los ocho me detuve para esconder mi teléfono en la guantera y a los diez, viendo el cielo azul cada vez más distante en mi retrovisor, ya estaba empapado de pies a cabeza, contando la distancia que aún me separaba del aeropuerto. Al cabo de media hora más bajo la lluvia llegué y justo cuando estaba estacionándome vi a Phuyin salir del aeropuerto, encendiendo un cigarro.

Ella lo describiría así:

Phuket me recibió el 22 de mayo con un calor y una humedad bastante chingonas y con un Andrei Rostislavovich empapado esperándome afuera del aeropuerto.

Me divirtió darle la bienvenida a Phuket con un abrazo empapado. Ella fumaba su cigarro mientras yo le contaba de la lluvia, de la canícula y de como pronto se despejaría y sería un día hermoso. Cuando terminó, sacó de su bolsa una chamarra de marinero super profesional que le había encargado, se puso un ligero rompevientos y mi casco, yo me quité la guayabera y estrené mi chamarra. Durante todo el regreso llovió y, aunque calientito, sufrí las gotas de lluvia  en la cara, manejando con ojos de chino, filtrando con mis pestañas tanto el agua del cielo como el lodo que despegaban del pavimento las llantas de los coches y camiones.

Pasamos el resto del domingo echando chelas en mi balcón, al abrigo de la batalla que había comenzado sobre Phuket.

Después de beber 500 cervezas cada uno y que Andrei me mostrará el mercado de los fines de semana -donde se come cabrón- nos fuimos a jetear.

Dos días después invité a Phuyin a navegar. Junto con otro instructor, Rata, iba a dar una clase de vela a dos clientes y un nuevo pasante de la escuela. Phuyin podría observar y disfrutar del paseo. El cielo estaba oscuro pero no lo suficiente como para disuadirnos. Aún no había dejado de llover y como todavía no estábamos acostumbrados a ver el cielo caer, teníamos la esperanza que en cualquier momento mejoraran las condiciones.

El 24 de mayo lo acompañe a su lugar de trabajo y escuela de veleo. El día no lucía de lo mejor, estaba nublado, pero nada más.

Nos subimos a velear 6 personas, 2 con cocimientos suficientes para llevarnos a buen puerto, 3 aprendices y  yo :/

Como se veía que iba a estar bailador el asunto, estuve pensando si tomarme o no la pastillita para el mareo, sin imaginarme que eso al final, iba a ser mi última preocupación.

Empezamos por pedir que cada quien tomara un salvavidas, lo ajustara a su talla y lo acomodara en un lugar que recordarían en caso de tener que usarlo, luego repasamos las acciones a tomar en caso de tormenta y hombre al agua, repartimos papeles y responsabilidades y zarpamos; cinco pasajeros [zarpamos] ese día, a dar un paseo de tres horas, a dar un paseo de tres horas. Pero se vino un temporal y [aunque no] naufrago, de no ser por su tripulación, [Piccolo] se habría perdido.

Pues bien, zarpamos -no me pregunten rumbo a dónde, no lo se- de repente Andrei, de una manera muy tranquila me dijo: «¿Ya sentiste cómo bajo el viento por completo? Eso significa que viene una tormenta, no quiero voltear, pero seguro traemos una nube negra gigante detrás».

En efecto, ahí estaba.

A una hora de salir nos pegó la primera tormenta. Como instructores responsables, la habíamos visto acercarse progresivamente y estábamos listos para recibirla, habiendo elegido un rumbo seguro por si la visibilidad disminuía drásticamente, bajado la vela mayor y vestido a todos con salvavidas. De estar veleando con 17-19 nudos de viento, el sensor ahora indicaba 24 nudos con ráfagas que alcanzaban hasta los 29 nudos.

Comenzó a llover, todos listos, enchamarrados. La «tormenta» duró muy poco. Yo pensaba «Mmmm… ok, estuvo leve lo puedo tolerar».

La tormenta duró aproximadamente quince minutos y nos dio una buena probadita de lo que puede pasar cuando el cielo se traga la tierra.

No sabía lo que estaba diciendo.

Veleamos por otros veinte minutos y nos pegó una segunda tormenta. Esta más de lluvia que de viento. Todos, menos un servidor y amigo, gracias a su chamarra super profesional, estaban empapados. Para cuando terminó de pasar, el viento se había reducido a unos cinco o seis nudos, así que después de andar al pairo por otros quince minutos decidimos levar la mayor, con dos rizos por si volvía a arreciar el viento. Estábamos entre Ko Aeo y el faro de Cabo Panwa, a unos dos kilómetros de la escuela, cuando decidimos volver para secarnos, comer e irnos a descansar. Cuando aún faltaban unos seiscientos metros para llegar a nuestra bolla y quedaban unos minutos antes de bajar y empacar las velas, decidí pasar al baño.

Después de un rato y de que izaran una segunda vela, se vino la tormenta choncha. La de a de veras.

Mientras orinaba, empecé a escuchar como si estuvieran apedreando a Piccolo y a sentir que incrementaba nuestra velocidad.

Enorme. Empezó a llover con una furia tal que te dolía la cara. No podías siquiera voltear a ver. Impresionante. Muchísima lluvia y muchísimo viento. Esto SÍ era la tormenta.

Al salir, me encontré a uno de nuestros alumnos analizando el sistema de navegación para sugerir el rumbo. Volví a la cubierta para recibir las pedradas directamente en la cara, descubrir que habíamos bajado el foque pero la mayor seguía izada, que no podíamos ver más allá de 25 metros, que íbamos a 8 nudos con treinta nudos de viento en popa y que otro alumno, no el más ducho, llevaba el timón.

En el ínter, varios se resbalaban al intentar hacer algún movimiento, incluso yo que por la mayoría del tiempo estuve pensando solamente en que mi única labor a bordo sería no caerme del velero.

Estaba acomodándome cuando la botavara pasó volando sobre mi cabeza. Rata tomó el timón y poco después apareció el faro de Cabo Panwa, a unos cincuenta metros. Íbamos hacia las piedras, otros barcos y un muelle. En ese momento salió el otro alumno a sugerir que viráramos noventa grados a estribor. Usando toda su fuerza, el capitán Rata logró virar esos noventa grados, lo suficiente para librar el faro por babor y sacarnos de la bahía, aplazando el problema del fondeadero plagado de tanqueros, graneleros, dragas y buques de guerra, redes y boyas de pesca, olas de cuatro metros y vientos de fuerza 7 en la escala de Beaufort.

No supe tampoco si íbamos hacia algún lado o si estábamos navegando en círculos.

Rata me pidió que fuera al mástil a tratar de bajar la vela mayor, pues ya estábamos yendo a nueve nudos y el viento soplaba a 40. A mis esfuerzos se sumaron los de Cenizo, el nuevo pasante que además de marinero amateur es ex marine. A penas logramos aliviar un poco la tensión sobre la driza mayor, quizás bajar la vela unos veinte centímetros.

Andrei y su colega intentaron bajar le vale trasera en estas condiciones. Imposible.

Si bien yo estaba disfrutando la tormenta, me dio pavor ver a estos dos intentando hacer esta maniobra en medio de un viento que -literal- los podía mandar a volar muy lejos; esto sin contar con el miedo de que la botavara se moviera y también salieran volando.

Buscando reducir aun más la capacidad de la vela para aprovechar el viento, Rata soltó el cabo de rizo. La vela iba ahora completamente pegada a las crucetas y obenques del mástil, parecida a un periódico que el viento prende contra una reja. Aún así íbamos a ocho nudos. No quedaba más que aguardar a que se calmaran las cosas.

Atado con un arnés, permanecí cerca del mástil a hacerla de vigía. La visibilidad seguía reducida y sabíamos que varios buques de guerra estaban anclados a nuestro rededor.

Después me di cuenta de que, en efecto, íbamos avanzando,porque de pronto apareció una isla; luego un barco de guerra, luego otro… damn!

Me reía por dentro, disfrutando por un lado la emoción y adrenalina provocados por la tormenta, consciente del relativo control que teníamos sobre nuestra embarcación, entretenido con la idea de que era el primer paseo de Phuyin en Tailandia y feliz de estar equipado con una chamarra de calidad. También me reía del soldado que tenia a pocos metros de mi, abrazando con toda su fuerza el mástil. Las olas habían pasado a ser de cuatro metros, la visibilidad ahora de 80 a 100 metros, vientos entre 30 y 36 nudos y todos, menos yo, estaban empapados. Noté que el Cenizo no llevaba arnés, así que le pasé el mio y fui en busca de otro. En el camino me topé con unos ojos enormes de nuestro capitán, una sonrisa tensa de Phuyin y la ecuanimidad de nuestro alumno, el no tan ducho. Luego de sorprender al capitán informándole que iba al baño, pasé a ver al otro alumno, que llevaba más de media hora encerrado, vigilando que no hubiera ningún peligro en nuestro rumbo. Con mayor dificultad que la primera vez, fui al baño, me lavé las manos, busqué el arnés y volví a mi lugar al frente del barco. La visibilidad había mejorado sustancialmente, pero aún tuvimos que navegar la tormenta por una hora antes de lograr virar contra el viento para bajar la mayor. Soplaba  a 28 nudos cuando por fin lo logramos, encendimos el motor y emprendimos el largo meneo a casa, navegando ahora contra las olas y el viento a escasos 4 nudos.

Finalmente decidieron ponerse contra el viento para lograr bajar la vela. Lo lograron! Gritaron de emoción y yo aplaudí -cual Tai aterrizando en el avión-.

Estuvimos dentro de la tormenta al menos una hora.

No voy a mentir, llegó un momento donde me pregunté: ¿Cuándo se va a acabar esto?

Fue espeluznante, emocionante, de miedo y de respeto.

Esta fue la segunda vez que me trepo a un velero, me dejó una sensación adrenalinosa indescriptible.

Fue mi primer tormenta y la viví con una sonrisa.

No omito mencionar que Andrei, durante todo el trayecto tenía una cara de felicidad como de esas que tienen los niños cuando están jugando en la arena. Esto, sin duda, aliviana el momento.

Hoy puedo decir que sin problemas me volvería a echar otra :). Venga!

Cuatro días después, nos volvió a agarrar una tormenta. Para mi decepción, la recibimos tan bien preparados que incluso estábamos anclados y lo único que consiguió fue mojar a los demás.

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La batalla meteorológica se mantuvo sobre la costa de Phuket durante diez días. Diez días de no ver azul, de usar chamarra de marinero super profesional, de no poder bucear con la recien acreditada Phuyin, de tener a los alumnos de vela encerrados en el salón viendo películas (como cuando los IMECAS se disparaban en el DF), de manejar y velear bajo la lluvia. Por más divina, Phuyin había traído el clima de Dinamarca a Tailandia y la por tanto tiempo ansiada lluvia comenzaba a desesperarme. Pero el frente se disipó y tomó su lugar una tolerable alternancia cotidiana entre un cielo azul o ligeramente nublado y uno o dos aguaceros, con la frecuente tormenta.

Antes de que Phuyin Ti Sungsung emprendiera su camino por el Sureste Asiático, volvimos a salir, ahora por un viaje de dos días al mero norte de la isla, acompañados de un gran amigo que llegó al barco directo de su oficina en Beijing. Pasamos la noche abordo de Piccolo y por la mañana, antes de entrar al canal que divide a Phuket del continente, navegamos hasta la entrada del parque nacional de Phang Nga.

Ahora tendré la oportunidad de conocerlo a detalle. Piccolo, el barquito que ya conocen, incluyendo capitán/instructor de vela, fue contratado por unos ruquitos franceses para un paseo/curso de vela de cuatro días por la Bahía de Phang Nga y yo me saqué la que espero no sea la rifa del tigre.

De las suertes de Phuket

En Phuket tuve mi primer acercamiento a un templo budista. Fui al Wat Chalong, el templo más grande la isla.

Ahí aprendí que si bien los tais son budistas, también son supersticiosos y creen mucho en la suerte.

Me enseñaron que un vaso lleno de palillos largos de plástico, cada uno enumerado, colocado frente a unas estatuas de monjes recubiertos de hojas de oro, determina tu suerte. Ahí te hincas, agarras el vaso y empiezas a moverlo hacia arriba y hacia abajo (es un escándalo) hasta que salga solo uno de los palillos.

Lo intenté y lo agité con devoción pero se salían todos los palillos. Parecía que no entendía el juego. Finalmente salió uno, el nueve. Ya que tienes tu numero pasas a un estante a intercambiar el palillo por una hoja que contiene tu suerte. La recogí. ¡Sorpresa!  Todo en tailandés y chino. Imposible saber qué me deparaba el destino.

Días después fui a ver al Gran Buda, una escultura gigante y blanca en lo alto de la montaña. Pensé que tal vez ahí podía encontrar de nuevo el estante, agarrar mi 9 y, con suerte, ver si venia en inglés. Pero no; ni estante, ni hojas.

Lo que si me encontré fue a un monje que bendecía a la gente. Me formé; me arrodillé; me dijo cosas en su idioma y me puso una pulsera colorida en el brazo izquierdo.

No tengo idea de qué me dijo, ni de por qué o para qué la pulsera, pero seguro tendrá algo que ver con la suerte.

Después de estar 20 días en Phuket y pasarla genial, llegue a Bangkok y en mi primer recorrido fui a la Golden Mountain. Otra gran sorpresa! Ahí estaba mi 9, en tai y en inglés!

Por fin sé lo que el Buda me tenía que decir. Dejo aquí el texto íntegro:

«It’s so clear that a fish will turn back to be a dragon like it used to be. Heading toward south and west like a ship sailing on the wind for good fortune and prosperity. Behave properly to the time and place like dragons and snakes cast their skin seasonally. Save your savings the same way as reserving water for dry season then you will be wealthy. You will meet the missing person you are looking for. Currently, it’s not the time for you and your lover to get married. If you are ill, the condition is likely to be serious. One who casts this number will have good fortune and make one’s wish come true. However, be diligent in your profession and things will be good for you.»

Gracias Buda.

 

Phuyin Ti Sungsung

Desde enero de 2015 supe que no podía seguir en ese trabajo. Un ambiente laboral deleznable, una jefa que pide demasiado pero jamás reconoce tu esfuerzo, compañeras que sólo hablan mal de ti; son algunas de las cosas que te hacen saber que ese no es tu lugar.

Después, en septiembre, Sacha Mandinga falleció; dejando con su ausencia miles de pensamientos y preguntas sobre lo que una está haciendo: Sigo trabajando en el Senado ¿para qué?; No me pagan lo que deberían ¿por qué sigo aquí? No valoran mi trabajo… ¿cuándo vas a renunciar? ¿cuánto más aguantarás? ¿aguantar???.

Finalmente ese día llegó un año después. El 11 de marzo de 2016 tuve de nueva cuenta una pelea con la que solía ser mi jefa. La tercera en nuestro haber. Un simple «esa comisión lleva mucho tiempo abandonada», significando «llevas años aquí sin trabajar», hicieron que el cuerpo me explotara y que la dejara hablando sola.

Ya basta.

Me informaron que el 15 de marzo era mi último día de trabajo y -obvio- no me lo informó ella, sino su yerno misógino -a la vez secretario particular porque #nepotismo- fue quien me dio la gran noticia. No pude haber estado más contenta.

He de decir que ya tiene tiempo que le perdí el miedo a no tener chamba. La gente te mete en la cabeza que no importa nada -que te traten mal, que te paguen mal, nada- lo importante es tener trabajo. ¡Patrañas!

Y así, ese día sólo me pregunté a dónde iría. Porque desde el año anterior sabía que necesitaba irme, alejarme de esta gente horrible que, aunque tu tengas las mejores intenciones para con la gente, a ellos no les importa; y con esa facilidad, poco a poco, van matando tus sueños.

Me niego a que maten mis sueños

Por eso viajo; para tratar de encontrar de nuevo mi equilibrio; mis ganas. Para tomar perspectiva y, como se dice constantemente, «ver el bosque».

No tengo ni idea de qué voy a hacer, ni cómo lo voy a hacer. Sólo se una cosa, como dicen en la peli de Noviembre: Yo quiero cambiar este puto mundo. Ahora tengo que ver cómo lo haré, con quién … ¿cómo? ¿por dónde?.

Espero que viajar me abra la mente, me de claridad. Por eso decidí irme lejos, donde no entiendo, donde todo es nuevo, donde también me desentiendo.

El Sureste Asiático será -y ya lo es gracias a Andrei Rostislavovich– mi hogar en estos meses; y entonces ya veremos lo que depara el destino.

A vivir, que la vida es una.

 

Crónica de una Varadura anunciada. Segunda parte.

«My father, who was very ancient, had given me a competent share of learning, as far as house education and a country free school generally goes, and designed me for the law; but I would be satisfied with nothing but going to sea; and my inclination to this led me so strongly against the will, nay, the commands, of my father, and against all entreaties and persuasions of my mother and other friends that there seemed to be something fatal in that propension of nature tending directly to the life of misery which was to befall me.»

– Robinson Crusoe

Eran como las 0400 cuando un estruendo, seguido de un madrazo, me despertó. Dos horas antes me habían relevado en el timón y quise aprovechar el descanso para tratar de dormir. Cumpliendo con los protocolos de navegación nocturna, me había puesto un chaleco salvavidas e informado al Capitán -y al ahora timonel- que pretendía acostarme en la proa. Acostado sobre un cojín en el pasillo de la amura de estribor, entre una escotilla y el barandal, podía admirar un cielo sin luna, millones de estrellas y la gigantesca vela spinnaker que habiamos izado poco antes del atardecer. Nunca había conseguido que Piccolo fuera a más de siete u ocho nudos y ahora, a pesar del dingui maldito arrastrado de la popa, habíamos estado cortando el Mar de Andamán a una velocidad promedio de nueve nudos. Era como si el mismísimo Gran Buddah de Phuket se hubiera apiadado de nosotros, soplando a todo pulmón para que recuperáramos el tiempo perdido entre la ida al supermercado, el brunch, los trámites burocráticos y la descompostura del dingui. Íbamos, como dicen por ahí, viento en popa.

Una ligera sonrisa relajaba los músculos de la cara que el sol y el esfuerzo de volar la spinnaker habían acalambrado durante la tarde y la noche. No tardé en quedarme dormido y comencé a soñar que compartía una enorme carabela con Odiseo, Robinson Crusoe, el Capitán Ahab, Luis Alejandro Velasco y Piscine Molitor. El griego y el gringo, cargados de soberbia, necedad y mal humor, se disputaban el mando del navío, mientras el inglés y el indio, claramente arrepentidos de haberse embarcado y llenos de nostalgia, intercambiaban recetas de supervivencia. El colombiano y yo, entretanto, sin expresar palabra alguna, mirábamos fijamente hacia el horizonte, como hipnotizados ante los cambios graduales en los colores del cielo, la textura del mar y la temperatura del viento. Luis se veía sereno y hasta contento, a pesar de estar nuevamente en ese elemento que tanto le había hecho sufrir; ejemplo, supuse, de lo que puede el hombre con tal de alejarse de la podredumbre de sus gobernantes. Navegábamos por los seis océanos, siguiendo a una ballena al otro lado del cabo de Buena Esperanza, y del cabo de Hornos y del Maelstron noruego; yendo a lugares de otra forma inaccesibles y cumpliendo el sueño de ver aquellas islas sobre las que escribí mi tesis de maestría, las cuales, tristemente, en un par de décadas habrán quedado sepultadas o inhabitables debido a la subida del nivel del mar (como las que aquí menciona The Guardian). Aprendía a pescar, cazar, domesticar, plantar, cosechar, desalar, fermentar y ser paciente. Me veía alejado para siempre de las corbatas, sogas que por muy invertidas que estén, acaban por colgar a un hombre si se descuida; ajeno a los últimos escándalos de corrupción, abuso de poder e impunidad mexicanos (resumidos ahora bastante bien por El Financiero); sumergido en un mundo que no pertenece a los hombres, volando sobre arrecifes que pescadores aún no han dinamitado o turistas, pisoteado torpemente con sus aletas; leyendo, escribiendo, soñando, viviendo -y produciendo vídeos piñatones sobre la experiencia, para que extraños apoquinen nuestros gastos de viaje. Como todo buen sueño, el mío terminó de súbito, aunque quizás para bien, considerando lo desventurada que era esta tripulación.

Escuché una fuerte explosión, como si, a unos ocho o diez metros arriba de mi cabeza, un Cíclope hubiera reventado una bolsa de mareo proporcional a su tamaño. Abrí los ojos y vi como se desplomaba la tremenda spinnaker. Medio dormido y atarantado, traté de hacerme a un lado para no quedar atrapado debajo de ella, pero fallé en observar que la escotilla a mi derecha estaba abierta. Al posar mi brazo sobre lo que suponía era su tapa, todo mi peso se fue hacia el interior del barco y solo se detuvo al estrellar mi cara contra el marco de la ventana. La vela me cayó encima, prolongando mi confusión. Por unos minutos permanecí sentado con las piernas cruzadas, viendo estrellitas volar en torno a mi cabeza y, aunque borroso, a mis compañeros jalando la vela para empacarla. Sintiéndome aún en el contexto del sueño, rodeado de hombres invencibles, fingí que estaba bien y fui hacia la popa a preguntar qué había sucedido.

El timonel me explicó que el viento había muerto y la reducida tensión en la spinnaker, el ligero vaivén de las olas y la ocasional ráfaga habían hecho que la vela aleteara con fuerza, provocando los tamborazos que me habían despertado. Pregunté por qué no me habían pedido ayuda para arriar la vela, o al menos advertido que me venía encima, a lo que, con aire sorprendido, el Capitán respondió que me hacia en una de las camas bajo cubierta.

Izamos el foque, el primer oficial tomó mi lugar en la proa, el Capitán, el timón y yo me quedé a su lado para asegurar que se mantuviera despierto. Luego de verlo cabecear un par de veces y notar que difícilmente mantenía el rumbo, lo relevé y sugerí que durmiera un rato, pues el güero estaba por hacer su aparición e iba a ser difícil dormir con el calor que traería. Aceptó la propuesta y se acostó a disfrutar del cielo estrellado, a veces apuntando a alguna estrella o constelación, luego convencido de que había distinguido, entre tantos puntitos, un satélite, del cual, según el, se alcanzaban a apreciar sus paneles solares. Finalmente, cayó dormido. El mar se había aplanado por completo, a penas se sentía una ligera brisa y nuestra velocidad había bajado a dos nudos, eliminándose por completo el sonido del barco -y del dingui- a través del agua. Sólo el ocasional ronquido del Capitán irrumpía en la noche negra.

Por fin a solas, tomé unos hielos de la nevera y busqué anestesiar mi cara. Aunque no estaba sangrando, sentía un terrible dolor en la frente y en la parte alta de la nariz. Me preocupaba haberme fracturado nuevamente la nariz, pues en los últimos años un codo, una culata y el martillo de un cirujano amateur me habían llevado a sufrir varias operaciones y dejado traumatizado. Me propuse pasar el tiempo distinguiendo los tipos de barco que tenía a mi rededor, buscando cuales eran de pesca, cargueros, yates de vela o motor, percibiendo a veces unos focos rojos, otros blancos, y en ocasiones los inconfundibles focos verdes de los pulperos, potentes como los del letrero del MGM en Las Vegas. Una a una, las estrellas se iban apagando y, a pesar del daño sufrido, me sentía feliz, tranquilo en la inmensidad de la noche y listo para recibir la aurora de rosáceos dedos.

Detrás de la decena de islas que tenía a babor iban naciendo aquellos dedos que tanto gustaban a Homero y, con ellos, comenzó a sentirse calor en el Andamán. El Capitán, dormido aún, se iba volviendo más y más seboso y el primer oficial, acostado sobre el cojín que yo había dejado en la amura de estribor, empezaba a inquietarse. No tardarían en despertar y, muy probablemente, en sugerir encender el maldito dingui, pues casi no habíamos avanzado en la última hora, el mar parecía de aceite y aún estábamos a cincuenta millas náuticas de Langkawi.