Sicilia, cuota al Karma Police

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El tercer destino de mi viaje fue Italia, específicamente Roma y la costa este de Sicilia. La decisión de viajar a este país no fue la atracción de su belleza y riqueza cultural, sino, como a muchos de nosotros nos ha sucedido, debido a una chica, y a pesar de haber disfrutado mucho de sus paisajes, comida y gente, a Italia fui a pagar un poco más de la deuda acumulada al Karma Police en cuanto al tema de amor y romance.

El siguiente texto habla poco del lugar y dedica más espacio a reflexiones sobre relaciones de pareja y su inseparable hermana, la decepción.

Roma, mi primera parada en Italia, me resultó una ciudad como muchas otras grandes metrópolis del turismo de Europa, con mucha gente, cámaras, vendedores ambulantes y sin ninguna particularidad que valga la pena mencionar, excepto por el mal gusto que los romanos han adquirido en cuanto a cortes de pelo y peinados, especialmente los hombres; no lo voy a negar, pero quedé bastante impresionado al notar que una gran proporción de jóvenes y adolescentes romanos imitan cortes de pelo y peinados estilo Vanilla Ice, Fresh Prince of Bel Air o MC Hammer (aunque bien puedo estar equivocado y sólo replican el peinado Ballotelli). Tantos kilómetros de vuelo y yo de regreso en Coapa…

Otra particularidad de esta ciudad, que desgraciadamente se reprodujo en prácticamente la totalidad de la ciudades italianas visitadas, fue la gran cantidad de basura acumulada en las calles y la poca sensibilidad de sus habitantes por mantener éstas limpias.

No obstante, el romano, aunque con el característico mal humor y estrés que condiciona a los habitantes de las grandes urbes, siempre se portó atento, tolerante y pronto a brindar su ayuda cuando así fue solicitada.

Fue en esta ciudad donde mis problemas de desamor comenzaron. Conocí a la italiana en México un año atrás, en una ocasión en que fue a visitar a la linda Vero, antigua amiga suya y una de mis compañeras de piso. Por respeto a ella no mencionaré su nombre, pero para dar una pequeña pista, solo diré que éste comienza con la letra «S» de Silvia y termina con «ilvia» de Silvia. Durante su corta estancia desarrollamos una bonita y rápida relación íntima; pasamos una gran semana y al final de su viaje decidimos mantener la relación a distancia con el fin de reencontrarnos en un futuro. Skype fue capaz de mantener la comunicación y el cariño durante un año entero; tal vez durante ese año yo debí darme cuenta que la relación se basaba más en recibir por su parte y dar por la mía, ya que era yo quien tenía que encontrar el tiempo para que nuestros horarios coincidieran, debido a que ella vivía en Camboya y la diferencia horaria es de doce horas, así como enseñarle a hablar español, el cual terminó aprendiendo a un nivel nada despreciable. En fin, cuando renuncié al trabajo y supe de mi viaje a Europa no dudé en organizarme para verla.

Cuando entré a la adolescencia comencé a notar que mi tipo no era del todo despreciable y nunca me detuve antes de aprovechar de dicha situación. Sé que hice pasar malos tragos a muchas chicas que no lo merecían; solo tuvieron la mala fortuna de cruzarse en mi camino durante una desenfrenada pubertad. Posteriormente se me pagó con la misma moneda en diversas ocasiones, hasta que pensé que mi deuda con el karma police había quedado saldada, sobre todo luego de aquel terrible noviazgo que terminó en martirio durante mis años universitarios. Empero, Italia surgió como lugar ideal para apoquinar un poco más a la deuda.

Primera noche, primera señal. Entrando en la negatividad de los estereotipos, la insatisfacción de la mujer es un poco más complicada de notar que la de los hombre, sin embargo, si uno pone atención no es difícil identificar las señales. Después de un año de palabras de cariño y supuestos deseos de reencuentro, desde el primer abrazo faltó cierta chispa y sazón, algo; no le di demasiada importancia, que más daba, yo iniciaba un gran viaje alrededor del mundo y poseía demasiadas expectativas para molestarme con tales pequeñeces. Las señales se intensificarían en poco tiempo. La insatisfacción, la impaciencia y otras reacciones negativas de su comportamiento me indicaban a cada momento que algo sucedía y mi primera teoría se desarrollaba en el área de los terceros; muy probablemente conoció a alguien más con quien ya no estaba, o bien le faltaron huevos para decidirse al momento de mi reencuentro y en ese momento sufría los estragos de su indecisión y falta de valor. Poco importa ya.

Los problemas entre la princesa italiana y yo comenzaban a aumentar conforme las horas y los días pasaban, sin embargo, debido a mi recién adquirido estatus de viajero, sin complicaciones en la vida más allá de la aventura de mañana, me resbalaban de manera fenomenal. Aun con mi actitud desenfadada amainaban las discusiones y sus grandes esfuerzos por crear tensiones, que eran el pan de cada día y fue en Roma que me di cuenta que tan solo era un viaje de despedida. Mi motivación para aprender la lengua italiana estaba a tope, así que me di a la tarea de esforzarme por absorber lo más posible en los doce días que tendría con maestra privada. Al tercer día, después de preguntar alguna palabra que no lograba retener, la mujer explotó, soltándome una alegata sobre cómo era posible que no recordara la palabra. Un año de pacientes clases de español para que al primer error sacara lo peor de si. No volví a preguntarle nada durante el resto del viaje.

Después de cuatro días en Roma tomamos un avión hacia Sicilia; mi viaje por un gran número de islas alrededor del mundo iba a comenzar.

Llegamos a Catania el primero de mayo alrededor a las 11 de la noche, donde teníamos planeado rentar un coche, el cual ella había apartado. No pudimos rentar el coche. Al parecer la niña no tenía muy claro la diferencia entre lo que es una tarjeta de crédito y una de débito, aun cuando varios días antes yo le había preguntado si sí la comprendía, ya que, por lo general, las agencias de renta de automóviles no admiten tarjetas de débito como medio para efectuar el pago, y dado que yo no portaba la mía podíamos correr el riesgo de vernos imposibilitados de realizar la transacción. La historia no terminaba ahí. La compañía Hertz no sólo no permitía la salida del vehículo, sino además hacía la totalidad del cobro del servicio que no realizaba, que en nuestro caso sería de diez días, es decir, unos ciento setenta y cinco euros, los muy ratas, y del cual, claro está, yo cubriría la mitad, lo cual hice el mismo día de la pifia.

El problema del coche sería una constante durante toda mi travesía por la isla. Mientras ella quería dejar pasar el problema yo me aferré a reclamar la devolución del dinero mediante correos electrónicos y llamadas, mientras ella no se mostraba muy entusiasmada o dispuesta a querer recuperar su dinero. Al final, después de muchos correos llamadas y reclamaciones conseguí que se nos reembolsara la mitad, o más bien su mitad, porque a partir de este cargo su tarjeta dejó de contar con fondos y el viaje de ella fue amablemente financiado en su totalidad por mi.

A pesar de los problemas maritales, Catania es una ciudad hermosa, grande y llena de vida, que se extiende a lo largo del Mar Jónico y es coronada por el Etna, el volcán activo más grande de Europa, el cual se puede ver de prácticamente cualquier lugar de la gran planicie que la ciudad ocupa. Catania es la segunda ciudad más grande de Sicilia y una de las diez más grandes de Italia, por lo que ofrece un gran abanico de posibilidades y actividades. El centro de Catania está repleto de edificios históricos, restaurantes, terrazas para tomar un aperitivo o un par de copas y abundante vida nocturna.

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Nosotros nos quedamos en el Camp Jonio, un hermoso lugar ubicado sobre la costa a las afueras de la ciudad; los cuartos del Camp Jonio son viejas caravanas o campers adaptadas como cuarto, con estacionamiento para quien esté viajando en casas rodantes, zona para acampar, restaurante con un excelente menú y un agradable jardín con terraza para tomar un refrigerio, comer o simplemente disfrutar de la tranquilidad del lugar. Aunque el lugar no cuenta con playa es un sitio completamente apto para los amantes de la pesca o del snorkeling, o simplemente para una buena zambullida. La belleza y tranquilidad del lugar me hicieron olvidar rápidamente los sinsabores de la vida de pareja, empero, se necesita ser un verdadero maestro Zen para dejar pasar por alto las oleadas de berrinchitos y pataletas de niñas mimadas y caprichosas y, aceptémoslo, un servidor, por más esfuerzos que haga para controlar su temperamento, dista mucho de ser un maestro en las artes de la paciencia y la tolerancia. Al segundo día de estancia consiguió tocarme las narices.

-Mi vida- le dije –ha sido una encantadora relación de un año por Skype, pero estos seis días que hemos estado juntos me han servido para darme cuenta lo feliz y bien que estaba sin tenerte cerca, además se puede ver a leguas que tú no estás contenta conmigo, así que mañana, cuando salgamos, tú te caminas hacia la derecha y yo hacia la izquierda-. Ni las lágrimas ni las peticiones de cambiar mi decisión se hicieron esperar y me vi  obligado a ceder otra oportunidad de continuar el viaje de pareja, aunque era más que claro que a la relación ningún futuro le esperaba.

Tomamos el tren hasta Ortigia, un pueblo con vistas espectaculares. El lugar es excelente para ser recorrido en bicicleta  y la ciudad y sus alrededores se pueden explorar en no demasiado tiempo; la ciudad está igualmente tejida por callejones y angostas callejuelas de antiguos tiempos que llaman a la nostalgia. A pesar de encontrarnos en un paraíso del Mediterráneo semejante la princesa era incapaz de cambiar de actitud y disfrutar de la vida, por lo que la última noche tomé de nuevo la decisión de ofrecerle de manera tajante salir del hotel por dos vías distintas; las suplicas y promesas de cambio volvieron a resonar en mis oídos; sin embargo, en esta ocasión no estaba dispuesto a dar mi brazo a torcer, así que le propuse que, si no quería dejar el viaje y hacer lo que le viniera en gana, podía acompañarme, pero como bros. La propuesta le pareció descabellada y no hubo más que hablar al respecto. A la mañana siguiente, justo cuando acababa de empacar mi equipaje y preparaba el dinero para pagar la cuenta de nuestros gastos, además de un poco más para sus gastos al lugar al que quisiera irse, ya que su solución financiera todavía no se arreglaba (o no quería arreglarla) la mujer había cambiado de parecer, aceptaba el trato de viajar como buenos amigos y nada más. ¡Perfecto! Ahora podía encabronarse todo lo que quisiera y hacer todos los pucheros que su amarga existencia le permitieran, yo ya no tenía compromisos de consolarla, podía darme la vuelta y decirle que nos veíamos en un par de horas cuando se tranquilizara. Como niño pequeño, después de ignorar su primera pataleta no volvió a hacer ninguna y el viaje comenzó a fluir de manera más tranquila y disfrutable. Esa misma mañana rentamos una Panda, ya que en Sicilia existen agencias independientes en las que se pueden rentar motocicletas y automóviles sin tener que atenerse a las estúpidas condiciones que imponen las grandes compañías de bandidos tipo Hertz, y alcanzamos la parte más al sur de la costa este de Sicilia.

Bertzameme es un pueblo de pescadores; probablemente mi sitio favorito en Sicilia. Es un lugar pequeño, tranquilo, pero de una belleza deslumbrante y una gran vibra. La relación de amiguis continuó viento en popa y las amargas experiencias pasadas me ayudaron a continuar firme en mi decisión y evitar los contactos amorosos y de cariño íntimo.

Un par de días después emprendimos el regreso a Ortigia para regresar la Panda y continuar el viaje de regreso. Aun con la encantadora gente y los magníficos escenarios que ofrece la costa este siciliana, yo comenzaba a estar ansioso por emprender la etapa del sur-este asiático del viaje.

Nuestra ante penúltima parada fue Messina y, aunque no es de los lugares más atractivos de la isla, posee un gran encanto. Messina es una ciudad relativamente nueva, ya que en algún momento fue destruida en su totalidad a causa de un terremoto. Messina también encierra una simpática vida nocturna, restaurantes de comida tradicional siciliana y otras tantas actividades; no obstante fue la gran hospitalidad de la prima de Dalila, otra muy buena amiga de la diva de esta historia, que nos abrió las puertas de su casa y con gran orgullo nos llevó a recorrer su ciudad y los lugares de mayor prestigio y concurrencia diurna. El acuerdo propuesto había logrado maravillas y la relación se relajaba a pasos agigantados, incluso cuando de vez en vez intentaba apelar mi decisión.

La penúltima parada fue Taormina, una ciudad totalmente turística, pero como el resto de la costa, no dejaba de maravillar con su esplendor. La ciudad, al igual que Messina, obtuvo una muy alta calificación en mi memoria gracias a Dalila, quien ya había mencionado con anterioridad y el cómo de mi fortuna de su conocimiento. La familia de Dalila maneja un exquisito lugar de alta cocina italiana con una hermosa vista, donde fuimos invitados a cenar.

El fin se acercaba y ya el nueve de mayo nos encontrábamos en el tren camino a Roma para pasar mi última noche en tierras europeas, antes de comenzar con el nuevo continente, así como para acabar con algo que nunca debió haber sido.

Por fin el momento había llegado. Me causa un poco de pena reconocer que ni nostalgia ni remordimientos me aquejaban, en cambio, el ansia por dejar el lugar y la compañía crecía conforme mi hora de tomar el vuelo a tierras orientales se acercaba. La despedida fue corta y sin sabor, sin pena ni gloria, ya así de simple, la relación a larga distancia que había durado un año llegó a su fin y mi gran trayecto por Asia comenzaba.

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No cabe duda que para que una relación funcione es necesario el esfuerzo y cariño de dos. Definitivamente mi situación y perfil no son los más atractivos para realizar este esfuerzo; al final el Karma Police no es más que el resultado y reflejo de nuestros propios actos, una consecución de actos y hábitos que nos van formando como personas y que, al final, el resultado nos explota en la cara. No es posible esperar ciertos resultados en la vida si no se ha trabajado por ellos, se ha trabajado en relación a cumplir con nuestros deseos y se ha formado un carácter, a base de constancia, a partir de dichos objetivos. Las reacciones y la vida de pareja es uno de los más claros ejemplos sobre este sujeto. Aquel que busca crear un estructura familiar debe haberse moldeado un carácter apto para este perfil y debe buscar una pareja que se encuentre en sintonía y con una trayectoria sólida en la búsqueda por alcanzar su meta. En mi caso, el trabajo ha sido pobre y mis defectos como pareja relucen como diamante, con lo que me queda aceptar las situaciones que yo mismo he provocado sin mucha sorpresa y aguante, y he de aceptar que el pago al Karma Police también tiene sus grandes encantos.

Crónica de una Varadura anunciada. Primera parte

«In this condition, like true seamen, who are perhaps the least of all mankind given to forethought, they gave it over, and away they strolled about the country again».

– Robinson Crusoe

Siéntese a [leer] el relato de un viaje fatal que empezó en el puerto tropical a bordo de este pequeño barco.

Mi formación para alcanzar el grado de Capitán de Yates inició a mediados de febrero con clases de vela, mareas y meteorología, seguridad en alta mar, manejo de cartas de navegación, señales de tránsito (boyas, faros), cuidado y mantenimiento de motores, VHF, y reglas para prevenir abordajes, o sea, choques entre barcos. Esta etapa concluyó con una evaluación de mi capacidad para planear una ventura marítima, debiendo considerar todo lo necesario previo a un zarpe hipotético, como la preparación del barco, de la tripulación y pasajeros, avituallamiento, análisis del clima, trazado de rutas y diseño de planes alternativos en caso de contingencias; todo lo cual me tomé muy en serio y preparé con ahínco.

Un mes más tarde, el dueño de la escuela me informó que iba a requerir mi apoyo para llevar a Piccolo, uno de sus veleros, a Malasia. La posibilidad de hacer un viaje de ciento veinte millas náuticas (222kms) me emocionó bastante, aún considerando que el barco no tenia motor, ni cocina, ni refrigerador. También me ilusionaba aplicar los conocimientos recién adquiridos y planear a la perfección nuestra salida de Tailandia y la ruta hacia Langkawi. Sin embargo, transcurrían los días y no recibía ningún detalle sobre el viaje, nuestra hora estimada de salida, el tipo de comida que convenía llevar, el tiempo que pasaríamos fuera de casa, etc. Debo confesar que el ñoño dentro de mi se sentía frustrado al no poder planear la ventura como me habían enseñado. Llegó el día que debíamos zarpar y supuse que el dueño, con toda su experiencia, había preparado todo y yo sólo debía subirme al barco, seguir instrucciones y disfrutar del paseo.

Me citó a las 0830 en su casa para de ahí ir a Migración, Aduanas y Capitanía de Puerto, y zarpar lo más temprano posible. Cuando llegué me recibió uno de mis colegas informándome que el jefe no había encontrado los papeles del barco y se había ido a la oficina a ver si por ahí andaban. Entretanto, debíamos esperarlo tomando un cafecito (y sólo tenia del instantáneo). Dieron las 0930 y recibí una llamada con mis primeras instrucciones: debíamos ir al supermercado a comprar los víveres y de ahí seguirnos hacia las oficinas de gobierno mencionadas. Pasamos poco más de una hora escogiendo diversos tipos de botanas, antojitos e ingredientes baratos para sándwiches; lo estrictamente suficiente para alimentarnos de mierda por la duración estimada del viaje. Era como volver a la adolescencia y comprar lo necesario para un fin de semana de fiesta, ignorando que quizás te dará hambre; sólo pensando en beber. No estaba para nada conforme y únicamente conseguí que incluyéramos unas bolsas gigantes de nueces y cacahuates, insistiendo que su valor energético nos podría salvar si el viaje duraba un poco más de lo pronosticado.

Nos encontramos con el jefe en un café cerca de Migración y nos invitó a brunchear, dando la impresión que no había ninguna prisa. Por fin a mediodía empezamos la tramitología y yo, con el abogado que llevo arraigado, me retorcía al ver como el jefe declaraba información al azar, asintiendo incluso que el barco llevaba materiales peligrosos y exponiéndonos con cada respuesta a un arresto o deportación. A pesar de esto, los diversos oficiales nos dieron su beneplácito y desearon buen viento.

A las 1340 soltamos los amarres y emprendimos el largo camino hacia Malasia. Quince minutos después, el jefe, ahora Capitán, encendió un escandaloso e ineficiente generador eléctrico para recargar las baterías del barco y poder usar los instrumentos básicos de navegación, como GPS, sondeador de profundidad, radio y anemómetro. Para cuando zarpamos los vientos de la mañana habían fenecido y luego de una hora todavía alcanzábamos a ver la boya en la que había pernoctado Piccolo. Desesperado, el Capitán lanzó su segunda instrucción del día: debíamos amarrar el dingui a un costado del velero y, gracias a su motor de tan sólo cinco caballos de fuerza, remolcar cuatro toneladas hasta encontrar algo de viento. De una velocidad de a penas un nudo (1 milla náutica/hr o 1.852km/hr) casi milagrosamente pasamos a tres nudos, aunque poco después volvimos a uno. El motor se había muerto así que tuvimos que dar media vuelta y regresar lentamente a la escuela de vela para intercambiar el difunto por un motor que con suerte funcionara.

Eran las 1530 cuando volvimos a intentar alejarnos de Tailandia. El viento permanecía ausente; el calor, insoslayable; el generador y el dingui, taladradores; la expectativa de comida, deprimente. Decidí distraer mi tensión revisando las cartas de navegación pero, para mi desgracia, descubrí que no llevábamos ni una. Vislumbraba un viaje un poco audaz (por no decir infernal), con un desenlace similar al del Minnow.

A un año de haber dejado la rutina de oficina

Hace unos días cumplí un año de haber vaciado mi escritorio, de tomar mi ultimo café de maquinita, de comer cuidando no manchar mi corbata y de cargar un mentado portafolios. Regalé mis trajes, camisas, corbatas y zapatos, compré las botas más ligeras y cómodas que encontré, una mochila con la módica capacidad de 10 kilos, empaqué unas guayaberas, playeras, jeans, shorts, chanclas y calcetines negros y azul marino (con el paso de los años había dejado de tener blancos) y me despedí una y otra vez de la familia, amigos y tacos. Y esto lo hice, en resumen, por impaciente.

Me tomó siete años formarme como abogado y trabajé otros siete como tal. Me había hecho a la idea que, como todos a mi rededor, gastaría mi salario en bienes materiales, en vacaciones relámpago, en borracheras y manjares y, en una buena proporción, en ahorrar para el retiro. Confiando que el gobierno mexicano tarde o temprano me quitaría los fondos que mañosamente me había obligado a separar para mi jubilación, opté por contratar un asesor financiero que me ayudara a planear a largo plazo. Entre otras cosas, este me preguntó a qué edad esperaba jubilarme, qué nivel de vida deseaba para entonces y si tenía algún sueño o actividad en concreto que esperaba realizar. A la primera, respondí «cuanto antes»; a la segunda, «una vida sencilla, sin grandes lujos ni gastos», a la tercera, un poco avergonzado por el potencial cliché, «navegar por el mundo en un velero». Me pidió que reconsiderara mi respuesta a la primera, lo que también me pareció razonable, y acordamos fijar como meta los 47 años, pues aunque lo normal fuera trabajar hasta los 65, a mis 32 yo no me podía imaginar pasar 79,000 horas más frente a una computadora. Pensar en los efectos que esta rutina tendría sobre mi espalda, mis piernas y mi vista hacia un tanto inverosímil considerar que fuera compatible con el sueño de atravesar los siete mares en un velero. En cambio, limitándome a 36,000 horas más tal vez si lo conseguiría, así que el asesor armó sus proyecciones en torno a esta cifra.

A los seis meses de que empecé a ahorrar para el retiro, mi hermano Rafael fue diagnosticado con cáncer. El llevaba varios años ahorrando para un retiro que ya no vería, lo que me hizo pensar que aún la reducida cifra de las 36,000 horas era una insensatez, que incluso el concepto de jubilación era un absurdo y que el error estaba en haberme dedicado a algo que no producía otra satisfacción que el salario que me daba y el ocasional ego-boost de un ascenso. Empecé a buscar alternativas dentro de la industria en la que ejercía, pues aunque mis labores cotidianas me parecían aburridísimas, el mundo costa afuera me era fascinante. Tuve entonces la oportunidad de embarcarme en el SR/V «Oceanic Sirius», un barco chulísimo de exploración científica que solo había conocido a través de sus contratos o posters en la oficina y al que llegué nada más y nada menos que en helicóptero, pues este se encontraba a unos cien kilómetros de la costa de Tamaulipas.

Ahí, además de aprender sobre sus funciones y capacidades, de disfrutar del bufet de salmón, camarones y otras delicias, dediqué mucho tiempo a buscar alguna actividad que pudiera desempeñar a bordo, pretendiendo dejar de ser abogado para trabajar en una de las tantas embarcaciones de la empresa. Lamentablemente, concluí que todas las labores eran o físicamente extenuantes o mentalmente embrutecedores.

Descartada esta alternativa, empecé a entretener la idea de dejar una vida donde solo los fines de semana, días festivos, vacaciones y ocasionales viajes costa afuera fueran buenos para buscar una donde quizás hasta los lunes serian fáciles de sobrellevar. Meses más tarde falleció mi hermano y, aunque aún no se me había ocurrido qué hacer de mi existencia, me convencí que estaba desperdiciando mi tiempo, renuncié y partí a la aventura con Sacha Mandinga, con la esperanza de inspirarme en el camino.

Ha transcurrido ya un año y no pasa un día sin que celebre esta decisión. En este año, entre varios amigos, arrancamos un proyectito en Manhattan: Miscelanea NY; descubrí la majestuosa y caótica isla de Hong Kong; recorrí unos 7,500 km del archipiélago indonesio, me decepcioné con la esterilidad de Singapur (lugar que desde hacía muchos años quería conocer e incluso habitar); me sorprendí con lo divertido, moderno y carismático que es Bangkok; aprendí a andar en moto, a surfear y bucear; sobreviví -y hasta disfrute- un Vipassana; conviví con decenas de personas felices, positivas e inspiradoras; volví a confiar en desconocidos; recuperé la salud que había perdido tras años de inactividad física, ingesta de comida chatarra y alcohol; me instruí en cremaciones balinesas y burocracia post-mortem; recordé lo efímera que es la vida; reafirmé mi convicción por disfrutar de cada día e incluso, encontré la que de momento parece la mejor actividad que pudiera desempeñar.

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Miscelanea NY

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En un texto publicado a mediados de octubre avisé sobre mis intenciones de dejar atrás los caminos y hacerme a la mar. Easier said than done, cuando no sabes nada de barcos, meteorología, motores de diesel o siquiera cocinar. A pesar de que exista un gran número de redes sociales enfocadas a encontrar barcos y tripulantes para cumplir el tipo de sueño que yo tenía en mente, mi falta de experiencia limitaba las opciones y concluí que convendría capacitarme tantito antes de sorprender a alguien con mi ignorancia e inutilidad. Luego de mucho navegar -por internet- encontré una escuela en Phuket que ofrecía hacerme Capitán e instructor de vela a cambio de un año de trabajo no remunerado.

Al final de mi recorrido el año pasado, tras la súbita y prematura muerte de mi compañero de viaje, Sacha Mandinga, volví a México por unos meses, a tratar de explicar lo acontecido, ver a mi familia, amigos y, lo que más gusto me dio, dejar atrás el nasi goreng por los sabores tanto tiempo añorados: tacos de cecina, carnitas, arrachera, chuleta, bistek, chamorro, costilla, pastor, chicharrón en salsa verde, mole, tinga, cochinita pibil, cabrito, pato, pulpo, choriqueso, barbacoa, escamoles y otros más.

Si ahora he decidido instalarme en la isla de Phuket es en gran medida porque el sureste asiático me parece precioso, su gente, sencilla, honesta y acogedora, la vida, barata y placentera, la escuela de vela, profesional, y porque me resulta asqueroso vivir en un México que cada vez es más autoritario y peligroso, con gobernantes -e hijos de gobernantes- que ya ni se preocupan por ocultar sus abusos y donde su impunidad y corrupción compiten con su ineptitud e ignorancia en las primeras planas. Ya veremos si nos sorprende el desenlace del Panamaleaks…

En el año que estaré aquí pasaré aproximadamente 2,400 horas navegando, las demás descansando, aprendiendo tailandés, conociendo a gente y disfrutando de una cocina que rivaliza dignamente con la mexicana en sabor pero la supera por mucho en salud. Sin duda extrañaré a la familia, los amigos y los tacos, pero confío que los tres meses que pasé en México llenaron las reservas necesarias para aguantar y así poder cumplir próximamente aquel sueño que pensaba dejar pendiente para la vejez en tiempos donde me creía cuasi-inmortal .

Mañana zarpo a Langkawi, Malasia, una isla a 2-3 días de vela de Phuket. Parto en un velero de doce metros que tiene la gracia de carecer de motor, con la misión de comprarle uno, instalarlo y volver sano y salvo. A ver que tal…

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De esas cosas que cuesta asimilar

Hace cinco días llegué a Phuket, la isla tailandesa que sirvió de escondite para el Hombre de la pistola de oro y su sirviente miniatura, Nick Nack; aquel paraíso donde un mochilero DiCaprio y sus amigos jipis perdieron la cabeza; esa tierra fértil de los Wookies que en las navidades de 2004 fue devastada por un tsunami y que a once años de la revolcada vibra y brilla como si tal catástrofe también hubiera salido de la gran pantalla.

Cuesta asimilar que otra vez estoy en el culo del mundo, que llegué para quedarme y para hacerme Capitán.

Cuesta asimilar que ahora recibo esemeses en un alfabeto rarísimo, que no se me graba ni como decir «hola», «gracias» o «adiós» y que debo conducir mi moto del lado equivocado de la calle.

Cuesta asimilar que unas hormigas puedan vivir dentro de la pantalla de mi laptop y que otras no me permitan dejar algo a medio comer ni por un minuto.

Cuesta asimilar que existan papitas sabor a chocolate, cayo de hacha, ensalada de atún o lichi.

Cuesta asimilar que el Papa, con una gran sonrisa y rodeado de millones de sonrisas, ande paseando por un México que se está ahogando en las heces de sus gobernantes.

Pero sobre todas estas cosas y otras más, me cuesta asimilar que llegué aquí sin mi amigo Sacha Mandinga, que no está aquí para compartir las primeras impresiones, divertirnos aprendiendo el idioma local, asesorarme en la compra de una moto, aprender a velear o salir a bucear.

En su momento, también me costó asimilar que tenía un monstruo creciendo dentro de su cabeza; luego, que no estaba dormido, sino inconsciente; después, que yo volvería a casa y él, no. Pero Sacha, siempre atento a los demás, estando ya internado en el Hospital Kasih Ibu de Denpasar, Bali, se rifó con un último texto que hizo y hace todo más fácil de asimilar.

Espero les agrade, si a caso les ayude y, ojala, los inspire, que cuesta mucho asimilar que haya quien -teniendo la opción- prefiera el flagelo a gozar de la vida.

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La Odisea a Batu Karas, día 2.

En Cilacap nos recibió un comité de ojekes, primero sorprendidos de ver unos bules llegar a su remota ciudad, luego más sorprendidos al enterarse que 2 de los 3 éramos mexicanos, y finalmente encantados de conocer a alguien del país natal de Christiano Ronaldo. Sacha y yo nos contentamos con que se pronunciaran admiradores del Chicharito y del mismísimo Brodi, Jorge Campos.

Después de mucho negociar acordamos que tres de ellos nos llevarían en sus motos al puerto donde podríamos convencer a algún pescador de llevarnos a Kalipucang ya que, como lo había advertido la guía, no corría el ferri hacia allá. Aprovechamos haber llegado temprano para negociar con calma con los pescadores y lancheros, pues a pesar de nuestro limitado indonesio, entendimos que como en México, todos estaban empezando con tarifas exageradas, especiales para gringos. Después de tres horas ya estábamos cerca: un lanchero sugirió que primero, por 10,000 rupias por persona (casi un dólar) tomáramos un barquito a Kampulaut, un pequeño pueblo en medio de los manglares, donde su hermano tenía una panga y nos podía llevar el resto del camino, fuera a Majinglak o Kalipucang, pero que esto había que negociarlo con el, limitándose a prometer que ahorraríamos mucho dinero.

Comuniqué la sugerencia a mis compañeros de viaje, Lourenço y Sacha, quienes habían pasado la mañana tomando café y conversando con los locales del pequeño puerto. Aceptaron la propuesta y nos fuimos a descubrir el barco en el que haríamos el primer tramo. Nos sorprendió ver que ya estaba lleno, incluso cargado de tres motos y muchas cajas y costales de víveres, pero los pasajeros y tripulantes (era difícil distinguir unos de otros) insistieron que aún cabíamos. Nos instalamos incómodamente en el barquito de 7 metros de eslora y 3 de manga y esperamos otros quince minutos antes de que partiera, tiempo que permitió que se embarcaran otras diez personas. Al raz del agua -e ignorando completamente los limites establecidos por la Convención Internacional sobre Líneas de Carga- el barquito zarpó, tomando una ruta que nos llevó primero por el puerto industrial de Cilacap -a donde sería posible nadar en caso de naufragio- luego hacia adentro de los manglares, donde un señor que resultó ser el pastor de la iglesia de Kampulaut, nos apuntó a un enorme edificio que apenas y se alcanzaba a percibir entre la maleza, explicando que era la prisión donde días antes habían ejecutado a balazos a 9 individuos que muchos años antes habían detenido en el aeropuerto de Bali mientras intentaban salir con unos pesados souvenirs de heroína.

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Llevábamos casi una hora navegando y sufriendo un terrible dolor de piernas y nalgas cuando por fin llegamos a Kampulaut, un pequeño Venecia rodeado de manglares, donde solo desembarcamos los güeros, el pastor y nuestro amigo, el del hermano dueño de una panga. A pesar de la bellísima naturaleza de los rededores, era imposible no ver la basura que había por todos, en los canales y callejones del aislado pueblo, con bolsas de plástico prendidas de las ramas y latas y botellas visibles en el fondo del agua. Descansamos una hora aquí, lo que nos permitió a Sacha y a mi recorrerlo de un extremo a otro e ir al baño, mientras Lourenço daba un paseo en canoa y echaba el palomaso con el pastor ante la congregación sabatina.

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Logramos que el hermano lanchero nos llevara hasta Kalipucang por unos quince dólares. Su panga, a pesar de lo pequeña, era muy cómoda, techada y tapizada de cobijas. Sacha rápidamente cayó dormido y quedamos Lourenço y yo a disfrutar del recorrido por el rio. Al llegar a Majinglak se unen dos ríos, uno que sigue de frente, supongo hacía el mar, otro que gira costa adentro rumbo a Kalipucang. Donde confluyen sucede un fenómeno extraño, pues las aguas se niegan a mezclarse y la frontera entre un rio y otro se distingue tan clara como agua y aceite.

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Tardamos cerca de una hora en llegar a Kalipucang, pueblito parecido a Nativitas si no fuera por la falta de trajineras, donde también se sorprendieron mucho con el arribo de tres güeros. Recuperado el shock vino la curiosidad y varias personas se acercaron a nosotros a tratar de descifrar nuestra procedencia y destino. Nos beneficiamos de su curiosidad recibiendo repetidas y detalladas explicaciones sobre hacia donde debíamos caminar para tomar el autobús que nos llevaría a Pandangaran, la siguiente escala de nuestra odisea. Nos despedimos del capitán y primer oficial de la panga, quienes estaban aprovechando el viaje para saludar a viejos amigos y hacerse de unas provisiones.

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Bajo el sol de medio día emprendimos la caminata hacia la carretera, seguido interrumpida por la pregunta «mau ke mana?» (¿a donde van?); pregunta que de tanto escucharla en lo que iba del día ya entendíamos y más o menos podíamos responder, aunque no dejaba de sorprendernos el interés de todos por saber nuestro destino. En el entronque de la callecita que nos sacó de Nativitas abordamos un pesero que, desafortunadamente, solo contaba con dos asientos libres. Sacha decidió sacrificarse por sus amigos poco atléticos y se mantuvo de pie la mayor parte del camino sinuoso, sin siquiera quitarse de los hombros las dos mochilas que llevaba. Su tez, músculos, barba y lentes de sol mantuvieron muy entretenidos a aquellos pasajeros que no habían caído dormidos ante el calor bestial, mientras yo sufría la falta de espacio que me obligaba a llevar la mochila sobre las piernas. El conductor, fumando un cigarro tras otro, manejaba su camión como si fuera bombero, rebasando cada que alcanzaba un auto o una moto que no estuviera conduciendo a su máxima velocidad, sin importar estar en plena curva, subida, bajada o recta con autos viniendo en sentido contrario. Mis viajes a Vietnam me recordaron que así eran las cosas en estas longitudes y no me preocupé. Sacha le daba la espalda hacía el frente, así que tampoco se angustió; solo a ratos le costaba mantenerse en equilibrio. Lourenço llevaba un par de años viviendo en la India, así que ni lo percibió.

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Pasó más de una hora antes de que llegáramos a Pandangaran, pueblo que yo sabía estaba sobre la costa pero cuya terminal de autobuses resultó estar a un par de kilómetros de ella. Empezamos a caminar en la dirección que nos apuntaron llevaba hacia el mar, seguidos de varios triciclos que ofrecían su servicio de transporte. Al cabo de un kilómetro bajo el sol decidimos hacer la inversión y por un dólar por piocha nos llevaron hasta un hotel que pensaban nos podía agradar, justo frente a la playa.

Aún era temprano y supuestamente no estábamos muy lejos de Batu Karas, así que decidimos rechazar la oferta de alojamiento y simplemente disfrutar de unas cervezas frías bajo una enramada en la playa en lo que recobrábamos fuerzas para seguir con nuestra Odisea. Ahora no recuerdo que llevó al tema, pero pasamos un largo rato discutiendo sobre el conflicto israelo-palestino, sin llegar a nada y solo consiguiendo que Sacha perdiera la paciencia, pues consideraba que Lourenço y yo nos colocábamos del lado palestino sin saber nada de historia ni de la realidad. El, en cambio, había estudiado detenidamente el tema e incluso vivido un tiempo en la zona de conflicto, y esto parecía ser suficiente para hacernos entender que el estaba en lo cierto y nosotros no, aunque a decir verdad nunca conseguí entender de que lado estaba y creo que solo le molestaba que nos atreviéramos a hablar con el limitado conocimiento que él suponía que teníamos del tema.

Dejándolo por la paz, contratamos otros tres triciclos y volvimos a la terminal, donde conseguimos un camión que prometía llevarnos a Batu Karas. El calor seguía muy fuerte y el camión iba hecho la madre, pero aun así tanto Sacha como yo caímos dormidos, mientras Lourenço pasó el camino negociando una tarifa especial por su pasaje, divirtiendo, y a ratos desesperando, al cobrador en su esfuerzo (creo que él acabó pagando un dólar y nosotros un dólar y cachito).

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De repente llegamos a un pueblito llamado Cijulang y, volviendo sobre su promesa, el chófer pidió que nos bajáramos. Tratamos de discutir con él pero nos dejó muy claro que no nos llevaría hasta Batu Karas. No sabíamos si estábamos cerca, lejos o siquiera en la buena dirección, y ya estaba oscureciendo. Solo quedaba un ojeke en la terminal y no habían taxis.

Sin advertirnos, Lourenço se paró en medio de la carretera y detuvo el primer auto que vio, el cual resultó ser una pequeña pickup detrás de cuyo volante iba Ano, un amable javanés que no hablaba ni una palabra de inglés pero que entendió que queríamos un aventón a Batu Karas y pareció estar de acuerdo con llevarnos.

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Yo iba de copiloto mientras mis compañeros gozaban de la brisa y de poder ahorrarse cualquier necesidad de dialogar. Todo indicaba que por fin íbamos a llegar, pero el destino tenía otro plan en mente.

Ano se salió de la carretera, tratando de explicarme algo que claro que no entendí. Yo solo supuse que a penas iniciada nuestra aventura, también terminaba, y que pronto estarían repartiendo nuestros órganos para enviarlos a diferentes partes de China. Eran como las 5pm cuando llegamos a una casa en obra gris, a unos 50 metros de la carretera. Ano nos invitó a seguirlo y fuimos bordeando la casa, pasando frente a un hangar con maquinas industriales de diferentes tipos, a un costado del cual habían montículos de una fibra café que no reconocía. Por fin llegamos a la puerta trasera de la casa y, luego de quitarnos las chanclas y entrar, vimos que no había ni un mueble, solo una estufa eléctrica portátil a un costado de la puerta, una antigua y pequeña televisión al fondo, una pila de ladrillos en una esquina y dos personas. Entretanto, Ano había desaparecido.

Primero se presentó el más grande, un tipo gordo de casi metro ochenta de estatura, treinta y tantos años, que dijo llamarse Angga. Luego otro pequeño, muy joven, flaco y tímido, que murmuró ser Asno -y a quien Lourenço decidió referirse como John Snow. Ambos sonreían de oreja a oreja, seguramente tan sorprendidos como nosotros del giro que había dado su tarde. Asno nos ofreció de cenar o al menos prepararnos un café mientras Angga nos invitaba a sentarnos en el suelo, cerca de la televisión que en ese momento estaba pasando caricaturas. A pesar de lo extraño de la situación y del lugar, de que ya casi era de noche y de que aun no sabíamos qué tan lejos estábamos de Batu Karas, decidimos aceptar el café y sentarnos a tratar de conversar.

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Angga, batallando por expresarse en el inglés que había aprendido escuchando a Bon Jovi, pero sobre todo hablándonos en bahasa indonesia o  sudanés, nos dio a entender que el y sus amigos fabricaban ladrillos de composta a base de fibra de coco y que los iban juntando en esa casa hasta tener los suficientes para llenar un contenedor y enviarlo a China. Los ladrillos, supuestamente, se expandían enormemente al entrar en contacto con el agua, bastando uno solo para mejorar la tierra de una pequeña parcela de jardín. Nos tomamos el café, que no era muy bueno pero ciertamente hecho con cariño, y retomamos el tema de Batu Karas, preguntándole a Angga si sabía donde quedaba, si conocía algún lugar bueno, bonito y barato donde nos podriamos hospedar y si nos podía ayudar a llegar allá. Entonces algo expresó que nos dio a entender que Ano ya le había dicho esto y que tenían la intención de llevarnos en cuanto Ano terminara de arreglarse, pues resultó que solo se había detenido en la casa a cenar y ducharse.

Al cabo de un rato los seis nos subimos a la pickup y, bordeando el Rio Verde, hicimos el último trecho a nuestra playa prometida. La noche impedía ver mucho y no sabíamos qué esperar de esta playa a la que nos había mandado Vasco y que tanto nos había costado alcanzar. En el camino, Angga nos iba contando que estaba casado y tenía un par de hijas que quería mucho. Se sorprendió al enterarse que ninguno de nosotros lo estaba, pues en su caso había sido un acto necesario para poder coger y no se podía imaginar llegar virgen a nuestra edad. Le explicamos que en nuestros países las cosas eran un poco diferentes, comentario que lo llevó a una profunda reflexión que lo mantuvo en silencio hasta que llegamos al fondo del pueblo, a una bahía de escasos veinte metros de ancho, donde un amigo suyo tenía unos cuartos que nos podía ofrecer.

Ahí conocimos a Komping, quien tampoco hablaba inglés, pero que logró expresar que cada cuarto valía 250,000 rupias, casi 20 dólares por noche. Empezó un largo y tortuoso regateo que los llevó a 100,000 por noche, cantidad que aun parecía elevada a Lourenço y que nos llevó a volver con Angga y pedirle que nos ayudara a buscar algo más barato.

Entonces fuimos a la que resultó ser casa de los padres de Ano y Asno. Ahí querían cobrarnos lo mismo, solo que estábamos ahora a un par de kilómetros de la costa. Luego de una corta e incomoda conversación con la familia, Angga ofreció alojarnos gratis en la fábrica de composta. Aunque muy agradecidos con la oferta, le pedimos que nos llevara de regreso donde Komping, pues ahí nos quedaríamos al menos la primera noche. Nos despedimos de Asno y Ano, así como de sus padres, y Angga nos condujo de vuelta.

Frente a nuestro nuevo hogar, nos echamos unas chelas para festejar el arribo, luego otras. Lourenço se adelantó a buscar algo de cenar, encontrándose en el camino una guitarra con la que empezó a ganarse el cariño de los locales. Esa noche conocimos a un adolescente que trabajaba de mesero en uno de los warungs de la playa principal y que curiosamente era súper fanático de la lucha libre mexicana. Nos presumió las numerosas fotos que tenía guardadas en su teléfono, particularmente de Rey Misterio (y entre las cuales a veces aparecían algunas pornográficas de mujeres desnudas pero con burca). Luego de unos deliciosos soto ayam (caldo de pollo) y otras cervezas, decidimos continuar explorando Batu Karas y dirigirnos hacia donde parecía estar tocando una banda en vivo. Aunque muy talentosa, la banda limitaba su repertorio a éxitos de los ochenta y de Bob Marley, washawasheando con mucho corazón las mismas canciones de Brian Adams, Bon Jovi y Rod Stewart que habíamos escuchado a bordo del tren.

Había poca gente en el lugar pero se sentía lleno y acogedor. De pronto se nos acercó un simpático pelón australiano llamado Marty, con el que empezamos a cotorrear mientras nos acercábamos poco a poco a las escasas mujeres que había en el bar.

Cuando repitieron la de No woman no cry y ya todas las mujeres del lugar nos habían dado el avión, decidimos que era buen momento para retomar la exploración del pueblo. Cruzamos el cerro que divide la bahía de Batu Karas de una playa muy larga y alcanzamos a percibir, a gran distancia, música que claramente indicaba una gran fiesta. Con chela en mano, caminamos hasta dar con ella y en la entrada unos indonesios notaron que estamos dudando entrar. En lugar de batearnos, insistieron que no había problema con que nos coláramos y uno de ellos nos llevó de la mano a unas hieleras gigantes donde encontramos unas cervezas mucho más frías que los caldos con los que habíamos llegado. No tardamos mucho en darnos cuenta que habíamos crasheado una boda en la que a todos ya se les habían pasado las copas, pues varios estaban nadando en la alberca totalmente vestidos y a cada rato caía uno más. Nos tomamos la cerveza y decidimos que, antes de que nos tiraran al agua o agrediera un mala copa, convenía volver a nuestra exclusiva bahía y dormir.

Con esta bienvenida a Batu Karas concluyó la Odisea que habíamos emprendido la tarde anterior y que había implicado transporte en taxi, tren, moto, lancha, panga, peseros, triciclos y pickup, pero dado que habíamos llegado de noche, tendríamos que esperar al día siguiente para saber si había o no valido todo el sudor.

Del Odalan y babi guling

Ayer fui invitado al Odalan de la familia de Wayan y Lita, administradores del Surf Camp de Balian. El Odalan es una ceremonia que, en ocasión de la luna llena, reúne a toda la familia para conmemorar la construcción del templo familiar y honrar a sus antepasados.

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Además de interesante, fue un pregusto fabuloso a lo que me espera en México en cuanto a carnitas. Luego de las oraciones y bendiciones, pasamos a comer babi guling como verdaderos marranos. Habían sacrificado un puerco de unos 50 kg y les había quedado sabrosísimo. Al principio comí por hambre, luego repetí por cortesía y varias veces más me serví por su puro sabor, ya sin molestarme por disimular mi amor por el marrano rodeándolo de arroz y verduras. Ni los estudios de la OMS sobre el tocino, ni la presión del estomago contra mis costillas o pulmones, ni la chaqueta mental de que quizás surfearía al día siguiente me detuvieron. Comí y comí y fui feliz.

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Creo que al rato, casualmente, me daré una vuelta a casa de Wayan y Lita a «saludar».